miércoles, 11 de mayo de 2022

El día más feliz de mi vida, por Nancy Bearzotti



Escribe Nancy Bearzotti




El sábado me sentí desanimada, hoy domingo estoy muy contenta. La adrenalina es lava de volcán corriendo por mi cuerpo.


Son las 21.00 horas y en un rato me tengo que acostar. Hay una canción que dice algo así como “se viene el estallido”, y si, ayer hice el primer contacto con una persona a la que le había echado el ojo no hace mucho. Y en donde pongo el ojo pongo la bala.  


Tengo las ideas revolucionadas o la vida tal vez; pasan cosas, parece que me estoy enterando recién ahora de lo difícil y atractivamente fascinante que es el desafío constante de estar vivo sin pasarla mal. Precisamente ese es un lugar común en mi vida, hablando en criollo: Pasarla como el culo. Todavía elijo de manera consciente algún patrón de conducta destructivo como por ejemplo, vomitar. Después me siento pésimo y sucedió el jueves posterior al festejo de cumpleaños.  

Yo vomito por bronca últimamente y porque el fantasma de la imagen perfecta se cierne sobre mi cabeza. No hay tu tía, no es cuestión de tener buen cuerpo, es mucho más profundo. Para mi vomitar es como drogarse, exactamente igual. Lastimarme y la sensación de un vacío que hay que llenar todo el tiempo porque nada alcanza. No podés parar, primero comes por demás, después vomitas y te alivias y después te sentís culpable y volvés a comer y te adentrás en un loop interminable que te deja en un estado sorprendentemente opaco. 


La fiesta amerita un capítulo aparte, ojalá pueda poner en un papel la cantidad de pensamientos que me interpelan a diario. Pero no será hoy el día que escriba sobre mi cumpleaños porque quiero gritar a voces lo que todo el mundo sabe. El sistema de salud es un fraude… Y no es cierto que siempre el trabajo dignifica; a veces te rebaja y humilla y lo peor es saberlo y jugar el juego. 


Las dos últimas dos semanas en la clínica en donde trabajo, fueron complejas.  


Marcela, mi jefa directa, los lunes trabaja desde la casa. Cuando llegué, alrededor de las 9am, me envió un mensaje. Me pedía que fuera al 5to piso, el lugar de la clínica utilizado como lavadero y acopio de insumos de limpieza, entre otras cosas. La idea era hablar con Ramona por la compra de unos tachos de basura que había que reemplazar. Esta señora es la mucama de mayor antigüedad en la clínica, veinticinco años de servicio y a pesar del compromiso con su trabajo, los directivos no son capaces de otorgarle el beneficio del almuerzo, lo hacen con las personas que trabajamos jornada completa, Ramona trabaja dos horas menos, gana dos pesos con cincuenta y se trae comida de su casa. Detesto la desigualdad.    


De todos modos, el almuerzo lo tuve que conquistar. No me fue dado como corresponde; es la licenciada quien se ocupa de gestionar la comida del personal y yo no estaba en su lista. Hablé con Jorge y ese mismo día empecé a almorzar rico. Al día siguiente varias personas que no recibían la comida la ligaron de rebote, y mi amiga Sol me dijo que era un referente para el bien común; por dos segundos, me sentí Evita. 


Qué impotencia!, quiero hacer algo por aquellos que son menospreciados, aunque la realidad es que, al margen de tener ojos claros, saber inglés (aunque parezca una locura algo tan común,  me diferencia del resto), sigo siendo una esclava, porque esa es la palabra, soy una esclava aria que trabaja en el tercer Reich.  


La cuestión es que me crucé a Ramona en el piso 4to, el piso de los muertos vivos. Había que cambiar algunos cestos de basura por unos más grandes porque los pañales ocupan mucho espacio. No habíamos empezado a pensar en el tamaño adecuado cuando suena el altoparlante “Señora Ramona por favor dirigirse al 5to piso, la espera la Licenciada”.  


Nos miramos, y le dije: Andá Ramona y suerte.  


Me fui a planta baja y tenía un mensaje en el teléfono de Germán, el jefe de Mantenimiento, su frase rezaba algo así como: “agarrate porque hoy vino tremenda”. (Por la Licenciada, obvio)  


Durante el mes de abril, compré una serie de materiales para hacer arreglos en el 5to piso. No había una fecha límite para terminar un trabajo que se diagramó cuarenta y cinco veces de diferente manera. Parecería que presiono el botón comprar solo porque una desquiciada se levanta con ideas revolucionarias que en general no llegan a buen puerto.  


Eso venía pasando con el 5to piso, nadie me informó que las compras debían hacerse antes de pascua. Nunca me dijeron que ese fatídico lunes comenzaba a trabajar la nueva Ama de Llaves quien se encargaría de las mucamas y todo lo relacionado con la limpieza de la clínica.  


En definitiva, para mí, estaba todo bien. ¿Y qué fue lo que pasó? Que unos rieles o rapistant no llegaron el sábado, y el trabajo que había que hacer, no estaba listo.  


De eso me enteré a las 11am, cuando vi venir a la Licenciada cual tromba a la oficina en donde estamos hacinados, rengueando (más tarde nos enteramos que tenía el pie fracturado), a gritarme.   


Cuando la Licenciada te maltrata es muy difícil ganar la pulseada.   


-              ¡Cómo puede ser que siendo las 11 de la mañana tenga que ser yo la que se da cuenta de que no llegaron los materiales para terminar el arreglo del 5to piso!!  


-              Licenciada, los prometieron para el sábado y no los trajeron. Yo no trabajo el sábado. Acabo de hablar con un vendedor y me dijo que programó el envío para hoy a la tarde.  


¡¡Para qué!! Enloqueció.  


-              Los materiales los quiero ya en la clínica, comunícate nuevamente con el proveedor, deciles que te levantaron en peso -  la remató con la frase “a veces hay que tener carácter”.  


Yo no la estaba mirando para no putearla, pero fue en ese momento en que giré el cuello hacia la izquierda, y desde mi silla miré para arriba con una tranquilidad feroz que me sirvió para decirle: “Carácter es lo que me sobra”.  


Obviamente que llamé por los materiales y los mandaron en un remise media hora después.  


No tomo como personal el maltrato, porque ese día repartió cachetazos por toda la clínica.  


Después esa misma semana Vanesa – la jefa de Recursos Humanos  – hizo un comentario sobre lo que había aumentado de peso desde que había dejado de fumar y yo le dije en voz alta “no seas boluda Vanesa, no es para tanto”.  


La Licenciada me llamó a su oficina para decirme que tuviera cuidado con mi vocabulario.   

En ese caso le di la derecha, tenía razón. Yo tengo un problema serio y quisiera insultar menos.  

Al día siguiente me llamó la atención por otra pavada, y al día siguiente me felicitó por la gestión del bendito gazebo, y al día siguiente fue ella quien insultó a una persona mientras estábamos solas en la oficina y la debo haber mirado como desorientada, porque enseguida me dijo: “Bueno, nosotras podemos insultar cuando estamos acá, solas... lo que no se puede hacer es gritar malas palabras a viva voz para que escuche toda la clínica”.

En fin, hablemos de abuso de poder...  


También estuve reflexiva y recordé que hacía mucho que no veía a Valentín, así se llama el marido de Jazmín. Y es porque ahora la visita en el piso 4to directamente. A algunas personas las visitan en el zoom de planta baja y por eso, para evitar amontonamiento de sillas de ruedas, oxígenos, sueros y familiares gritando; el lunes tengo que comprar el bendito gazebo para poner en el patio y que la gente no muera por causa del frío, sería el colmo.  


Hablé con Norma, la jefa de fonoaudiología, hablé con Gabriela, la jefa de Kinesiología y hablé con Lucía, la jefa de Terapia Ocupacional. Las tres me dijeron que el ACV que tuvo Jazmín, es irreversible. Yo no me resigno a su destino, a que su vida se apague algún día de todos los míseros días que va a vivir, pudiendo tan solo comunicarse moviendo y cerrando los ojos.  


Cambiando de tema, hoy domingo fui a coordinar el grupo de Loreto, la reunión de Narcóticos Anónimos, me encantó verlo a Juan el padrino de Valeria, su mirada cristalina me derrite y me traslada al universo propiedad de la ilusión.  


Mi amiga Clara ya se había dado cuenta que antes que yo de que entre nosotros dos (por Juan y por mí), iba a pasar algo, todavía no sé qué.  


Después del grupo nos reunimos unos compañeros enfrente al Alto Palermo, sobre Coronel Díaz, no me acuerdo el nombre del bar, vamos seguido.   


Del bar se fueron yendo de a poco y con Juan nos fuimos al parque Las Heras a tomar sol. Yo estaba con la bici y él con la moto. Él dejó la moto al lado de la iglesia y yo me senté en el pasto con la bici al lado. El tipo ya estaba preparado, había llevado una lona y todo.   


Venimos hablando desde hace poco, me resulta una persona interesante.  

Esta tarde nos contamos un poco nuestras historias de vida, él empezó Narcóticos Anónimos cuando no existían los teléfonos celulares. Después hablamos de qué hago masajes y después nos fuimos al pasto, bah, ya estábamos en el pasto, pero derrapamos.  


Julieta, mi amiga, trabaja para el gobierno de la ciudad, en el gobierno de la ciudad regalan preservativos y gel lubricante. Yo tengo la lívido baja y le pedí gel. Me trajo un montón de sobrecitos; yo los tenía en la mochila; terminamos haciéndonos masajes en los pies con el gel lubricante y riéndonos de nosotros mismos. Lo mejor que me puede pasar en la vida es reírme y suelo reírme bastante seguido y con Juan fue genial.  


 Obviamente nos gustamos, pero le dije:  


-              Mirá, Raquel (Mi madrina en Narcóticos Anónimos, que es una especie de psicóloga para drogadictos, pero drogadicta como yo); me dijo que hasta que no escriba el cuarto paso no me relacione con nadie y yo le voy a hacer caso.  


El cuarto paso es un punto muy importante para nosotros, los adictos. Parece que es ahí cuando recién empezamos a conocernos, y yo ya tuve una historia con Rolando cuando tenía media hora sin drogas y una sola baldosa sin vómito de alcohol;  fue muy a los comienzos de mi tratamiento. Un amor más platónico que real, ahora no tengo ningún apuro y se lo dije a Juan.  


-              Me cae bien Raquel, la conozco de hace mucho y no quiero pelearme con ella.  – Dijo Juan Y se rió, mientras se le hacían arruguitas en toda la cara.  


-              Claro, por supuesto, vas a tener que esperar y lo que cuesta vale. – Y puse mi mirada seductora, cada uno sabe siempre cuál es el punto fuerte en la batalla de la conquista. 


-              Bueno, te espero. – Me miró fijo y me sonrojé, a los cincuenta y tres  años, me sonrojé.  


Así terminó el día y me cambió la onda, y me doy cuenta de qué tengo una sonrisa de oreja a oreja. 


Si presto atención, muy a lo lejos voy escuchando como late mi corazón y se acercan las mariposas, creo y no es que quiera, que este hombre va a tener un significado importante en mi historia. 


Además, descubrí el día de mi cumpleaños que me volvieron a brillar los ojos como antes de la muerte de mi hija.  


Y a este punto, casi no importa ser la única en mi sector que no recibió aumento de sueldo.  


martes, 3 de mayo de 2022

Así se escribió "El origen de la alegría", de Pablo Ramos



 "Antes que comenzara la noche de la pandemia, Pablo se sumergió en su casa en la Paternal, una vez más, durante cuatro años para escribir la novela que hubiese preferido nunca tener que escribir."*

Escribe Santiago Asorey



Abelardo Castillo, el maestro de mi maestro, dijo alguna vez que lo valioso de una obra radica en la forma que fue hecha, las condiciones espirituales y materiales en las cuales fue escrita. Soy amigo de Pablo hace más de 15 años. Fui testigo de cómo escribió este libro, conozco las condiciones espirituales y materiales bajo las cuales fue escrito. Conozco, quiero decir, el origen del Origen. Es algo así como conocer los cimientos de una casa, las bases que soportan el andamiaje ficcional, emocional, intelectual y espiritual. Conocer las bases de este libro es entender la diferencia entre una casa que se puede sostener durante cientos de años o volar como cartón tras la primera tormenta. El lector distraído podría pensar que es fácil escribir de esa manera. Pero la verdad es que escribir un libro como El origen de la alegría podría enloquecer o matar a la persona que lo escribe. Tal vez les suene exagerado, pero no. Alguna vez lo dijo el escritor Leonardo Oyola: para escribir como escribe Pablo se necesita de un coraje y una fuerza distinta. Una fuerza que no abunda en otros escritores de la literatura argentina y que convirtió a Pablo en el mejor escritor de su generación. Una fuerza que viene de afuera de la literatura para convertirse en una Literatura extraordinaria. Así fue como antes que comenzara la noche de la pandemia, Pablo se sumergió en su casa en la Paternal, una vez más, durante cuatro años para escribir la novela que hubiese preferido nunca tener que escribir. Un libro en homenaje a su hermana Verónica que murió en 2017. Pablo escribe sobre lo que otros callan. Ahí donde muchos optan por escribir sobre dinosaurios, Pablo elige escribir sobre el meteorito que cae y los arrasa. Y se necesita locura, coraje y Fe para seguir transitando el desierto de la literatura, donde uno no sabe bien hacia dónde va. Se necesita soportar las dudas y la locura mientras uno pisa donde no hay seguridades. Pablo lo hizo, guiado por la Fe ciega, y el resultado es este libro fundamental para el lector que entiende de que está hecha la verdadera literatura. 

Cuando conocí a Pablo yo tenía 15 años. Como a muchos otros alumnos, Pablo me abrió las puertas de su casa con una generosidad en la cual se entregó como se entrega en sus libros. Porque no hay dos Pablos. El que escribe y el que camina por la vereda son la misma persona. Pablo Ramos escribe y habla con la carne, de putas y de madres, de padres, de infiernos y de Dios. Escribe sin eufemismos y sin poses. Escribe desde la verdad. No escribe así: es así.

Hace diez años tuve la posibilidad de entrevistarlo tras la publicación de Ley de la Ferocidad. En esa entrevista pronunció una frase que todavía hoy me resuena. La recordé al terminar de leer “El Origen de la Alegría”. “Con cada libro dejo todas las fórmulas viejas y busco las nuevas para ese libro. Eso es experimental. No se trata de sacarle las comas a un cuento. Hay artistas que no tienen capacidad para ver más allá de la superficie de las cosas”. Esta premisa se fue cumpliendo en cada uno de sus libros, pero en el Origen de la Alegría pude ver que había algo más. Con Pablo siempre hay algo más. Pablo arriesga toda su obra en el próximo libro, cada vez. Así llegó a un nuevo lugar de su literatura. Se trata de un registro muy distinto a todos sus libros, y el cierre de la tetralogía es también su cúspide como escritor. Al menos, claro, hasta el próximo libro. Por lo pronto, el lector está invitado a habitar esta casa que Pablo escribió.

*Esta nota fue publicada previamente en Télam y AGENCIA PACO URONDO.


miércoles, 13 de abril de 2022

QEPD, por Nancy Bearzotti


Escribe Nancy Bearzotti




Mi hermana me llamó para avisarme que se había muerto el tío Ramón, lo velaban en Lanús a la noche.

- Me llamó Marta, parece que tuvo un ACV, se quedó dormido y no se volvió a despertar.

Se hizo un silencio incómodo.

- ¿Escuchaste lo que te dije?

- Aja.

- Mami quiere ir al velorio y yo esta vez no la puedo acompañar; ya sé lo que vas a decir, que te queda re lejos, que no te gustan los velorios; pero pensá en mami, quiere estar con su hermana. Por una vez, no seas egoísta y andá.

Corté, no le dije ni que iba ni que no, creo que la dejé hablando sola.

Detesto la pantomima del velorio, y amo la novela “Los asesinos en los días de fiesta”, está claro que no es divertida la muerte. Lo descubrí sin querer, sin tener capacidad para procesar esa información a los ocho años, en el velorio de Leonardo Chiesa, mi compañerito de la escuela primaria del que estaba perdidamente enamorada.

Y ahora mi hermana me pedía que fuera justo a ese velorio. Esbocé una mueca irónica, me reí en silencio y con desprecio; a ellas ya se los había contado.

No me sorprendió su llamado, mi familia es como los personajes de la película “De eso no se habla”.

Lo que me sorprendió fue no poder ponerle palabras a lo que sentí en el cuerpo cuando supe que había muerto.

En fracción de segundos vi la película completa de esa parte de mi infancia con mi tío y el dolor me traspasó como la puñalada que debí haberle dado si hubiese podido discernir o acaso vislumbrar mínimamente lo que ese señor hacía conmigo; ya era tarde. Pero no para que los recuerdos se agolparan uno tras otros al punto de que tuve que sentarme porque creí que me desvanecía.

Lo primero que vino a mi memoria fue el último partido de Racing contra Independiente en la cancha de Racing, ese que terminó tan violentamente como mi niñez.

Los peligrosos partidos de los domingos fueron suplantados por la visita a la casa de mi tía Amelia, que alquilaba en esa oportunidad un departamento muy bonito en Remedios de Escalada.

Siempre íbamos con mi madre, recuerdo que al abrir la primera puerta subíamos un piso por una escalera de mármol beige con manchitas marrones como lunares irregulares y que Alicia, mi prima e hija de Amelia y Ramón estaba apoyada sobre el marco de la puerta del departamento e iba a nuestro encuentro para acompañarnos directo a la cocina, donde nos esperaban las otras hermanas de mi mamá, tomando mate, comiendo facturas y jugando a los naipes.

Mi mamá solo descansaba los domingos, descansaba de todos, incluso de mí.

Tal es así que cada vez que yo intentaba acercármele, me mandaba a jugar con mi tío Ramón.

Él siempre estaba en el living comedor, con la televisión encendida y el volumen bien alto como sonido cómplice.

Yo me acercaba aterrorizada, no podía escapar de lo que venía.

Era un ritual, como el juego de naipes de mis tías, solo que este no era un juego tan simple, era el de un depredador devorando su presa. Este hombre me sentaba sobre sus piernas y abusaba de mí.

El pene de mi tío fue el primero que conocí. Los besos en la boca, húmedos y desagradables fueron los suyos. Todo el cuadro me erizaba la piel, era un sinsentido que ese dolor de estómago me atravesara en presencia del mejor amigo de mi padre. Yo tenía siete años.

Durante mucho tiempo tuve un sueño recurrente, despertaba toda transpirada.

Iba con mi mamá y hermana al almacén de Nesca, sobre Moreno, cruzando la calle Del valle Iberlucea. En la vereda había un pozo profundo y a ambos lados una hilera finita de baldosas. Mi madre y hermana caminaban una por cada lado y cuando llegaban al final del abismo, desde el otro lado me gritaban, “dale, cruzá, no seas estúpida”. Yo lloraba a gritos y le pedía a mi mamá ayuda. Ellas se reían, yo caía en el pozo y antes de tocar fondo me despertaba llorando, con la garganta oprimida.

Nadie entendía porque soñaba esa pesadilla, nadie tampoco intentó averiguar demasiado.

Decidí ir al velorio, a esa parodia, mi familia completa estaba al tanto de quién era mi tío, era un secreto a voces su perversión.

La mañana siguiente a su noche de bodas, mi tía Amelia fue trasladada a un hospital por un desgarro en la vagina, su marido la destrozó. Así comenzó ese matrimonio, esa pareja de cómplices.

Con el tiempo me fui enterando de que Ramón era un violador serial. Su hija no lo recuerda, pero tampoco entiende porque cuando se acuesta con un hombre ve el rostro de su padre.

Así que salí de casa, tomé un taxi desde Belgrano a Lanús solo para poder verle la cara por última vez y siendo adulta a ese monstruo que me arrebató la inocencia.

Llegué a casa de mi madre y allí estaba: afligida. Nos subimos al auto, habló todo el viaje y no recuerdo una sola palabra; yo estaba en otro lado recordando por primera vez en años el dibujo exacto de los labios de Ramón, la imagen la veía pegada, muy cercana a mi cara, como cuando me sentaba en sus rodillas y pasaba aquello. Abrí la ventanilla del auto, en pleno invierno porque me faltaba el aire.

Al llegar a Velatorios La paz, entramos en la sala donde desde lejos se veía el cajón, sus deudos abrazados, me sentí un personaje clave de una película de Almodóvar o Alex de la Iglesia, por lo bizarro.

En la medida en que me iba acercando escuchaba las palabras; Que en paz descanse. ¡Pobre! Pero no sufrió, por suerte no sufrió…

Las escuche cuatrocientas cincuenta y ocho veces, - Que en paz descanse. Y yo me pregunté, ¿Acaso descansa? ¿Merece descansar? ¿Adónde descansa?

Si es así, tengan a bien informarme, tengan a bien darme la oportunidad de terminar con mi vida para que esto no quede impune, en el momento en que lo encuentre en el limbo de los descarriados, me ocuparé de torturarlo; día tras día, noche tras noche.

Ya estoy frente al cajón, su cara sin expresión no le quita lo depravado. Lágrimas de satisfacción se deslizan por mi rostro, sin embargo, no puedo emitir sonido quiero gritarles a todos que eso que está ahí es un sapo verde, uno asqueroso que arruinó mi vida.

Me pierdo, me creo la historia de que la venganza es un plato que se sirve tan frío cómo está su cuerpo y que pronto seré un fantasma. Y me repito, como un mantra a mi muerte, hagan lo que quieran conmigo, si es cajón y ceremonia, se ocuparán de que me vea limpia y presentable, si voy directo al horno, me vea como me vea, ya no me verán más.

Deseo fervientemente que no utilicen las siglas QEPD, porque imagino imposible que alguna vez halle la paz.

Abrazo a mi tía Amelia y a mi prima llorando desconsoladamente, formando parte de la farsa. El fruto nunca cae lejos del árbol.


miércoles, 16 de marzo de 2022

El origen de la alegría y la literatura como un acto vital

 "El origen de la alegría es una declaración de principios escrita con las tripas, es un viaje desesperado a no se sabe dónde". 

Escribe Juan Lavagnino


Es difícil hablar de alguien tan cercano. Porque Pablo es cercano aunque no lo conozcas. No hace falta, alcanza con leerlo. Y eso me pasó a mí cuando descubrí su primer libro de cuentos y después salí corriendo a buscar sus primeras novelas, sentí que estaba leyendo a un amigo, porque eso son sus libros para nosotros los lectores. Amigos, compañeros, que nos traen historias reales, muchas veces historias duras, o tristes, pero donde siempre o casi siempre Pablo encuentra una belleza y la comparte, digo “casi” porque si no la encuentra la inventa para poder seguir, para que podamos seguir.

Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, dice “los libros que en realidad me gustan son esos que cuando terminás de leerlos te gustaría ser muy amigo del autor para poder llamarlo por teléfono” y agrega “no hay muchos libros de esos”. Bueno ahora hay un par más, porque los libros de Pablo son de esos libros. Cuando terminé de leer En 5 minutos levántate María, lo busqué en Facebook y le mandé un mensaje. Nunca me respondió. O en ese momento, no me respondió. Varios años después, cuando tuve la suerte de poder empezar el taller, una noche le comenté que le había enviado un mensaje cuando terminé su libro. Me dijo que se acordaba, y yo no sé si era así, él, que recibe mensajes todo el tiempo –porque lo que me pasó a mí le debe pasar a la mayoría–, “me acuerdo” me dijo, y me hizo sentir bien.

Entonces cuando sale un libro nuevo de Pablo Ramos se parece un poco a esa sensación de cuando viene un amigo que querés mucho y te ponés contento, porque te vas a reír y es probable que en una de esas también llores, porque tu amigo trae historias de todo tipo, pero seguramente antes de despedirse va a hacerte volver a sonreír. Como me pasó con esta novela, que me hizo reír mucho, a pesar de todo el dolor que encierra esa noche tan oscura, uno al final comprende qué fue todo ese viaje delirante de Gabriel por la ruta, después de lo peor que puede pasarle a alguien, algo tan horrible que ni siquiera se puede nombrar. Y sin embargo, y gracias a Dios, hay un viaje delirante en limusina, hay libro nuevo, hay literatura (de la que dan ganas de llamar por teléfono), como la que hace Pablo Ramos, y gracias a ella y por ella, hay vida, y por ella vale la pena.

El origen de la alegría es una declaración de principios escrita con las tripas, es un viaje desesperado a no se sabe dónde, es sobre todo, y a pesar de todo, el impulso de un acto vital. Con esta novela Pablo hizo carne –o hizo libro–, la frase final del Innombrable de Beckett: “Hay que seguir. No puedo seguir. Voy a seguir”.

lunes, 14 de marzo de 2022

El origen de la alegría y la lectura como mirar al abismo, por Damián Marrapodi

Escribe Damián Marrapodi  / Foto Nora Lezano



Lo primero que leí de Pablo fue su cuento “Cuando lo peor haya pasado”, que arranca con la siguiente frase: “Todo comienza bien”. Si todo comienza bien, no me imagino cómo va a terminar, me dije. Y seguí leyendo. A los pocos párrafos ya estaba metido de lleno en el universo que narra, donde se condensa, creo, gran parte de su literatura. Cuando terminé de leer pensé “a este tipo le dolió escribir esto”. También me dije “así es como hay que escribir”. No tenía muy claro a qué me refería con eso, pero más tarde lo supe: un día, en su casa, Pablo sacó de un cajón una pila de hojas. Habría más de cien: “Es el borrador del primer capítulo mi nueva novela, todavía no lo terminé” -dijo.

Conozco a Pablo como lector, como amigo y como tallerista. Si hay un denominador común a estos tres aspectos, es decir, al escritor, al amigo y al maestro, es su generosidad. Porque Pablo no se guarda nada. El lector lo sabe y también lo sabe Alfredo, cuando en “El origen de la alegría”, le dice a Gabriel: el que guarda nunca tiene.

En sus talleres nos enseñó algo que él había aprendido y atesorado hacía tiempo atrás: que no se corrige texto, se corrige persona. Eso me hizo sentir alivio. Fue también en sus talleres que me dio algo que creo de mucho valor y es la fe en las palabras y la posibilidad de ordenar las cosas de alguna manera.

Más de una vez lo escuché decir, decirme a mí, decirle a otro compañero: “ojo, tené cuidado con esto, detenete acá y reflexioná, no te lo digo como profesor, qué me importa la literatura, te lo digo como amigo”.

Como lector puedo decir que nadie atraviesa una novela de Pablo Ramos y sale de la misma manera en la que entró. En el medio pasa algo que no sé cómo explicar, es como si alguien te llevara de la mano para mostrarte desde un puente, un abismo; para luego acompañarte de nuevo hacia la orilla.

De manera inversa a ese “Todo comienza bien” de “Cuando lo peor haya pasado”, en “El origen de la alegría” se parte desde de un caos. Y ese viaje en limusina que parece a priori del todo azaroso, sin rumbo cierto, se transforma en otra cosa; en un viaje que el lector entiende que es así y que no podría haber sido de otra manera; porque hay ternura, porque hay piedad y porque también hay belleza.

Le debo mucho a Pablo, le debo cosas que sé que no puedo pagarle -además de alguna que otra cuota-; pero si hoy mi mundo es más amplio, es decir, si mi capacidad de amar tiene la posibilidad de ser más grande que antes, eso es gracias a Pablo Ramos. Y si el mundo de un lector al terminar de leer “El origen de la alegría” es más grande, eso es también gracias a Pablo Ramos, claro.


viernes, 18 de febrero de 2022

Sobre la literatura de Pablo Ramos, por Sebastián Ronchetti


Escribe Sebastián Ronchetti*




Cuando presentamos en este mismo lugar hace dos años Amor no Roma mi amor, leí un texto que hablaba sobre el libro de Pablo y sobre lo que Pablo significaba para mi, no voy a repetir ese texto, pero si quería retomar una idea y es aquella de como un libro te puede cambiar la vida. Y en mi caso fue El origen de la tristeza. Había alguien, un escritor que era del barrio, que había ido a mi escuela, que hablaba del viaducto, de Arsenal, de la Saladita.... pero igualmente no era eso lo que me pasaba, no era el color local, la empatía, la identificación lo que me había modificado para siempre, era saber que los que venimos de acá nomás, de estás calles del sur, de estos barrios del conurbano, de una casa de chapa o de un monoblock podemos escribir y que nuestras historias pueden ser universales y atravesarnos. Toda una revelación para alguien que además había abrazado la literatura desde niño como yo.

Claro, y el que escribía era Pablo Ramos además. Un escritor de una potencia inaudita, un rayo que hace casi 20 años pegó en el corazón de la literatura argentina y provocó un temblor. Quiero que imaginen la emoción que siento en este momento, desde que Pablo me convocó casi no puedo dormir. Recordemos el día y la hora, más o menos, como podamos, ya se sabe, cada uno lo contará distinto pero en fin es 4 de diciembre de 2021, alrededor de las 19hs y llegó, acá está, El origen de la alegría, la novela que completa la tetralogía de Pablo Ramos.

¿Cuántas vidas cambiará también este libro?

Por lo pronto, me animo a decir q la de Pablo o por lo menos la de Gabriel Reyes el personaje que nos viene acompañando todos estos años.

En su ensayo Moverse hacia la ternura, Pablo escribió lo siguiente:

Si podemos hablar ¿por qué entonces escribir? ¿Qué sentido tiene hacerlo? ¿Qué es, en definitiva, lo que una persona que escribe habitualmente, o sea, un escritor, persigue al sentarse horas y horas frente a una máquina de escribir? ¿Dinero, fama, gloria?, no creo, eso es para pocos, y en todo caso eso viene después.

¿Qué es lo que descubre un escritor cuando descubre que va a ser escritor? ¿Qué nombre propio le puso a ese sentimiento que tiene atornillado a la glotis? Ese que, al mismo tiempo de ser descubierto, promete una herramienta para la extirpación y susurra al oído que, pase lo que pase, digan lo que digan (tus ex mujeres, tus ex suegras, tu propia madre, tu propio padre, tus hijos) tienes que escribir, tienes que escribir, tienes que escribir. Ese sentimiento es la impotencia.

De la impotencia, de la imposibilidad de comunicarse con el mundo y en especial con el mundo cercano, con esos seres queridos que si no se están yendo su permanencia en nuestras vidas pende de un hilo. Del terror que sentimos frente a la inminente ruptura de ese hilo, y de la impotencia, también, que nos genera ese terror, porque pese a amar, pese a necesitar, pese a ser necesitados no somos capaces ni siquiera de saber “de qué hablamos cuando hablamos de amor”

No leí la nueva novela en su versión editada, pero tuve el privilegio de leer algunos borradores el año pasado y creo que en estos 2 párrafos del ensayo ya está la clave que la prefigura , ese hilo se rompió de forma inesperada, temprana y dolorosa y Gabriel inició un viaje que finalmente lo llevará a un descubrimiento, al descubrimiento de la escritura, y también a moverse pero curiosamente hacia el mismo lugar, acá cerca en sarandí, en este Aleph del conurbano, donde en el mismo punto va a encontrar el origen de la tristeza y el origen de la alegría, Pablo dice también en Hasta que puedas quererte solo:

“La Ternura es el hecho estético por excelencia, porque es la inminencia de una revelación que no se produce y que tal vez nunca se produzca. Lo más probable es que jamás lleguemos a la Ternura, claro, eso sería llegar a ser Dios. Pero no se trata de llegar a ella sino de ‘moverse hacia ella’: hacia el otro”

Y lo decía Santa Teresa: Las palabras (¿serán las palabras de Alfredo en El origen de la alegría, será la escritura?) llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la mueven hacia la ternura.

Se cierra esta tetralogía (o pentalogía si incluimos El Sueño de los murciélagos) y no puedo dejar de pensar en esta frase de La Ley de la ferocidad, en este imperativo paterno: “Alguna vez vas a escribir la historia de tu familia”. Y acá está todo, aquel Gabriel preadolescente que va dejando de ser niño a partir del dolor en El origen de la tristeza; el Gabriel adulto, que construye el relato alrededor de los tres días del velatorio de su padre en La ley y la historia de Gabriel desde la primera persona de la madre en María y ahora este Gabriel que ante el mayor dolor de su vida encontrará en todo eso la posibilidad de la alegría, de la ternura y por qué no de la salvación.

Y está Pablo escritor también, con ese imperativo y con esa responsabilidad de saber lo que debe escribir y lo que no, que lo convierte en un escritor moral como ha dicho muchas veces. La aventura de los personajes es física y moral también ha repetido otras tantas.

Pablo y sus mitologías. Gabriel y sus mitologías.

Y, claro, como dijimos antes, toda mitología se vuelve universal.

Quiero decir también con todo este recorrido que Pablo ha sido íntegro y leal una vez más a su manera de pensar la escritura, ese escribir desde las fibras más íntimas para encontrar aquella verdad literaria que se plasmará en el papel, donde pereciera decir, como nuestro querido Salmón, que la honestidad no es una virtud sino una obligación.

Y de nuevo es el propio Pablo el que ya lo dijo, justamente en un poema llamado Hacia Vero:

Ni siquiera importa el pan

Ni el vino

Ni el pedazo de carne que pongas

Adentro del sándwich

Lo que importa es otra cosa

Un condimento que no abunda

Lo que importa es la integridad

Y la lealtad.

Gracias Pablo. Te estábamos esperando.


*Texto leído por el autor en la presentación del Origen de la Alegría 4 de diciembre en el Centro Municipal de Arte.


Palabras a mi maestro, por Irene Kleiner

 

Escribe Irene Kleiner


 

Siempre supe que iba a escribir sobre ese primer día en que llegué a la casa de Pablo Ramos; mi primer día de taller. Estaba nerviosa, claro, yo apenas me asomaba a la posibilidad de escribir; estaba dando más que primerísimos pasos  y no tenía la ventaja de la juventud que todo promete, a la que se le pueden perdonar las tonterías. No tenía idea de cómo había surgido en mí ese deseo, hoy puedo nombrarlo así, pero en ese momento ni siquiera lo percibía como tal, es más, creo que había hecho lo posible por no enterarme de su latido silencioso.

Había conocido a Pablo casi de casualidad, en una charla sobre El origen de la tristeza. Hoy no me acuerdo casi nada de lo que habló ese día, lo que sí recuerdo fue su posición, el lugar desde donde dijo lo que nos dijo. Honestidad pura: sus miedos, sus fracasos, sus fantasmas, pero no los pasados, porque cualquiera habla de esas debilidades que gracias a vaya a saber qué, pudo dejar atrás. No, el escritor Pablo Ramos, a quien admirábamos los que habíamos leído su libro, el editado, el que había obtenido premios, no tenía respuestas, no quería explicarnos nada; tan solo venía a mostrarnos las mordeduras de sus perros rabiosos, como él las llama. Esa tarde se abrió ante nosotros en su enorme humanidad.

Vuelvo entonces a mi primer día, frente a la puerta de una casa antigua de La Paternal. Era casi diciembre, y yo le había escrito un mail diciéndole que quería empezar a asistir a su taller. ¿Qué era lo que yo suponía? Que me iba a decir que me esperaba al regreso de las vacaciones, que empezábamos después del verano, o algo parecido. “Vení el jueves” me contestó. En ese primer gesto, en algo tan simple que podía parecer un detalle, yo acusé el impacto: “no estamos en el colegio, ni en la Facultad, querida, esto no es la formalidad de un calendario académico, esto es otra cosa, si querés escribir, si sentís el ronroneo zumbándote en la cabeza o en alguna otra parte del cuerpo, ¿de qué vacaciones me hablás? ¿A quién le importa en qué mes estamos?” Eso que nadie pronunció significó para mí darme cuenta de que estaba entrando a algo diferente a lo que estaba acostumbrada, a cómo yo pensaba las cosas, tan ordenadas, organizadas, con planes ciertos.

Cuando se abrió la puerta, Ramos no estaba, todavía no había vuelto del gimnasio (en esa época iba al gimnasio). Me recibieron sus alumnos que iban y venían por todos lados como si fueran los dueños de casa, me hicieron pasar, y ahí se abrió un escenario que por supuesto no era el que imaginaba, aunque no sé si imaginaba algo, pero lo cierto es que pasé a un living abarrotado de cosas, un colchón en el piso, comida, no recuerdo si en esa época había perros, creo que sí, pero ahí ya se me mezcla con la casa de ahora en la que siempre hay perros y algún gato que deja un alumno y nunca más viene a buscar;  esa casa en la que, de solo entrar, uno siente que ingresó a un lugar sagrado donde se respira literatura. Lo que sí recuerdo es que se entreabrió una puerta en ese ir y venir de los alumnos, una puerta que ya no existe, porque Pablo reformó su casa, y pude ver a una chica con el torso desnudo, de espaldas, a quien otra chica (que me dijeron, era la novia de Pablo), le estaba haciendo masajes. Todo era lo más natural para todos. “Ya estoy acá, pensaba”, con esa sensación de ser la nueva, la chica que tuvo que cambiar de colegio en séptimo grado; no sabía dónde parame o sentarme. Alguien me convidó un mate.

Cuando llegó Pablo nos acomodamos en el patio; me hizo presentar y me explicó cómo funcionaba el taller: reglas muy claras, imprescindibles para que funcione lo que yo llamo “el método Ramos”, no sé si él habló de método,  pero yo les aseguro que lo tiene, y que sus resultados son sorprendentes, claro que para eso no es solo cuestión de método, hay que abandonar unos pedazos de tierra firme y estar dispuesto a hundirse en aguas profundas, aun sin saber nadar.

En esa casa, que terminé queriendo, con sus cosas tiradas, los platos apilados en la pileta de la cocina, o sin gas porque ya no se podía pagar, pero siempre con un calefactor eléctrico que Pablo ponía cerquita de las que somos friolentas, aprendí que hay ciertos desórdenes y caos necesarios, que eso no se contrapone a lo serio, a lo riguroso ni a la precisión. En eso Ramos es inflexible, te lleva a lo máximo de tus posibilidades, a lo mejor que podés dar; a que escribas lo que tenés que escribir, eso que uno a veces desconoce de uno mismo y él, con una capacidad increíble, escucha más allá de tus palabras.  Siempre le digo que sería un gran psicoanalista, porque sabe leer en todas las líneas del pentagrama de lo que uno dice. Sus devoluciones, las correcciones de Ramos, no terminan en el texto de la hoja A4 que todos llevamos impresa, él escuchó desde lo primero que dijiste cuando llegaste, lo que le contaste que te pasó con una amiga o con tu hijo, o una anécdota al pasar, todo forma parte de todo porque la literatura no está separada de nuestras vidas y en eso, Pablo Ramos es una de las personas más coherentes y sinceras que conozco.

Tal vez por eso, algunos no pueden atravesar ese puente inestable que cruje sobre un río de aguas peligrosas, porque contra cualquier estética, él propone y sostiene una ética.

El libro que hoy celebramos, es una clara puesta en acto de esa honestidad; de una verdad que a veces es descarnada, pero a la que Ramos no le teme. Porque Pablo Ramos no mide,  se desnuda y lo hace con el pudor de su dignidad moral, porque es aceptando lo más oscuro que nos habita que se hace posible una escritura verdadera, esa que él derrama tan visceral como poética.

Encontré en los diarios de Abelardo Castillo unas palabras que bien podrían ser de Ramos: “No he venido al mundo para salvar a nadie, ni siquiera a mí mismo. Lo único que puedo hacer es buscar implacablemente una verdad que a veces vislumbro. Eso sí acaso le sirva a alguno”. Vaya si nos ha servido a tantos, querido Pablo; en lo que a mí respecta, el agradecimiento es infinito.

 


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