La fisura del costado de la casa se transformó en grieta. Le avisé al dueño. Respondió que en tres meses va a tener dinero para el arreglo. Le advertí que la casa se hundía, que estaba muy pegada al pozo ciego, que era urgente. Respondió que si tenía miedo me buscara otro lugar. Mi problema era muy pequeño al lado de las preocupaciones del país que, a mediados de noviembre, sufría por la derrota en la apertura del Mundial de fútbol frente a Arabia Saudita. No se nada de fútbol, pero estaba seguro que la Argentina iba a campeonar, venía con un equipo seguro y sólido, con una Copa América y, de yapa, el mejor jugador del mundo. Por falta de televisor, wi fi y distracción no vi el primer partido, el fatídico, como me pasó con los mundiales que Bilardo dirigió a la selección.
El hundimiento de un sector de la casa inhabilitó la puerta principal, la que logré cerrar con una cadena y un candado. Esa semana nos íbamos de viaje a Córdoba con los estudiantes de 7mo de Turismo, pero la inseguridad de la casa, la necesidad de conseguir un nuevo espacio y la posibilidad de una mudanza repentina me llevó a desistir del viaje. Con el grupo nos mantuvimos comunicados, y desde las sierra me mandaron las imágenes alentando a la Argentina frente al televisor con el frenesí de quienes estaban en Qatar. Ese día vi el segundo tiempo contra México, y ganamos. No creo en las cábalas, pero ahí decidí que no vería los primeros tiempos de los partidos. Mientras tanto busqué de manera infructurosa distintas opciones para un nuevo alquiler. El Gallego, un amigo futbolero y futbolista, me ofreció un lugar, algo lejos pero listo para instalarme.
Los estudiantes volvieron entusiasmado, todos con la camiseta de la selección, locos por el mundial y el deseo de que no se terminaran las clases. No hubo manera de pasar ese entusiasmo a la elaboración de los trabajos que me debían para aprobar la materia. En un momento los miré desde lejos y me dieron ternura. Recordé mis diecisiete, cuando en el país estábamos entusiasmados por recuperar la democracia al canto de “paredón, paredón,/ paredón, paredón/ a todos los milicos/ que vendieron la nación”. Esos pibes tienen muchas cosas servidas, pero a la vez no vivieron lo que yo viví con Kempes en el ‘78, o el desgarro malvinero del ‘82, o los mundiales donde Diego la descoció. Nos faltaba un partido para clasificarnos y le propuse a Francisco, el alumno que trabajaba en una peluquería, que si la Argentina salía campeón él me tenía que pelar. El grupo aplaudió y todos propusieron que se hiciera el día de la colación de grados, delante de padres, profesores y los cursos que egresaban. Pero era imposible, la colación se planificó para el 7 de diciembre y la final se jugaba el 18.
La mañana que la Argentina jugó contra Polonia conocí la casa que me proponía el Gallego: living comedor, cocina, baño y dos dormitorios. Lo mejor era el patio grande y la parrilla. Precio módico, todo de palabra, a la antigua usanza. Un rato más tarde vi parte del segundo tiempo, y me quedé tranquilo, el equipo era muy seguro, dominaba la pelota, aunque es cierto que los polacos no se esforzaron demasiado por llegar al empate.
La grieta de la casa era cada vez más grande, las paredes no se inclinaban sino que se hundían. Comencé la mudanza y llevé en una camioneta la mesa, algunas sillas, una biblioteca, un ropero chico, un sommier y un par de cajas de libros. Mi gran problema eran los libros, no entraban todos en la casa nueva. Conseguí un galponcito para guardar el grueso del material, para después seleccionarlos y llevar los más necesarios. No era la mejor solución, por la mugre y la humedad, pero era lo solución provisoria. Solo, con la vieja Surán, me dediqué al traslado de libros, cd’s, revistas y diarios, lo que me llevó varios días. Por suerte era fin de semana largo. Fueron días agitados, los de la selección y los de la mudanza contrarreloj. El tiempo no ayudó demasiado, con temperaturas siempre arriba de los 30°C.
Mientras cargaba algunas cajas recordé mi promesa de pelarme, pero el plan tenía una falla. Francisco sería el ejecutor, pero ¿quién realizaría el milagro? Pensé en la Virgen de Itati, a fin de cuentas me bautizaron en su templo de Corrientes y nunca le pegué un mangazo. Pero a su vez recordé que hay otro correntino milagroso: Antonio Gil. Hace poco descubrí que Juan Gregorio Domínguez, un antiguo ancestro mío, salió de Mercedes a Yataití por la misma fecha que mataron al Gauchito, y tengo la seguridad de que eran amigos y que ambos eran desertores de pelear contra los hermanos paraguayos. Muchos dicen que el Gauchito es muy milagroso, así que le pedí que la Argentina ganara la copa para alegrar al pueblo que tanto lo venera.
Ya estaba hecho el sortilegio. Pero casi arruino todo cuando pasé por la casa del Gallego durante el segundo tiempo del partido frente a Holanda, justo en el momento en que los naranjas meten el primer gol a la Argentina. Era 2 a 1, pero olí que podía arruinar todo. Mi amigo, que es ateo, no cree en cábalas y estaba frenético con el partido, me obligó a quedar hasta el final. En el minuto 90 se produjo el empate y me di cuenta que fue culpa mía, que todo se iba al carajo. Me fui a buscar más libros, y ni siquiera vi los penales. Los alaridos de las casas vecinas, casi 45 minutos después, me trajeron alivio.
El último viaje fue el más tenso de todos porque tenía que llevar a Yaco, el gato que me dejó mi hija Laura. No sabía como reaccionaría al subir al auto para llevarlo a una casa desconocida. Terminé de dar clases a la tarde y busqué al ex novio de mi hija, quien me ayudó a llevar al gato en su regazo. Yaco se escondió apenas llegamos, pero a la medianoche, cuando yo cocinaba, se acercó a pedirme comida. Nos fuimos a dormir muy tarde, y él se acostó sobre una camiseta de la selección que estaba junto a mi cama.
Martes 13 es desgracia. El dicho dice no te cases ni te embarques, pero nada dice de ganar mundiales. Pasé la primera noche en mi casa nueva. Me levanté temprano, tomé mate bajo la sombra de un paredón y después abrí cajas para acomodar cosas. A la hora del partido el barrio se hundió en un silencio más profundo que tarde de viernes santo. La nueva casa está en medio de la manzana y ahí no llega ningún sonido, solo el silbato del tren de la estación Los Polvorines. Ansioso, después de las 17, salí a dar una vuelta con el auto y, ya en Panamericana, algunos que llevaban banderas en sus techos, me tocaban bocina. Percibía cierto entusiasmo. Cuando llegué a Del Viso la gente, alocada, festejaba como si fuera carnaval, con gritos, bailes y sonrisas. Croacia se volvía a casa. Busqué entre la multitud a dos nenas, pero era imposible. Recordé el 2014, cuando en esas mismas calles festejamos con Mercedes y Laura los triunfos del mundial de aquel año, incluso la salida a la esquina de los semáforos cuando quedamos con el subcampeonato. Pero esta vez será distinto porque el milagro está en manos dos correntinos: la guaina de Itatí y el Gauchito de Mercedes. No creo en las cábalas, pero si en los milagros. Sé que el domingo voy a llorar, en las calles, con el resto del pueblo, porque el domingo se festeja.