lunes, 15 de noviembre de 2021

Ysa, merendero “Siempre pensando en vos”, por María Colaneri

Escribe María Colaneri 




Conocí a Ysa, como ella quiere que escriba su nombre, el año pasado, en un taller por Zoom. Eran muchas en la pantalla, pero Ysa llamó mi atención por su sentido del humor rápido y fino, por su risa generosa. Mencionó una feria y le ofreció a una compañera ponerse en contacto para intercambiar cosas que podían faltarle para el merendero. Me quedé pensando en ella.

Al tiempo nos encontramos en el Argentinos de Del Viso. Ysa dijo las cosas más disparatadas durante el taller. Me di cuenta de que era una mujer resuelta, fuerte, quizá demasiado impetuosa. Le comenté que debería hacer radio, porque tiene una voz grave y profunda.

Si bien muchas de las mujeres que conocí en los talleres tienen estos rasgos de personalidad, Ysa pronto se volvió inolvidable para mí. Fue en un taller de expresión corporal y vocal, una clase menos estructurada, en la que bailamos, jugamos y soltamos la imaginación. Ysa se mostró confiada y segura, y nos hizo reír a todas. Avanzado el taller, les pedí que anotaran en un papel cinco palabras: alegría, tristeza, enojo, miedo y vergüenza, y al lado de cada una, una frase que le recordara a esa emoción. Anotaron en silencio, concentradas, y cuando terminaron formamos una ronda y compartieron lo que habían escrito. Lo siguiente fue improvisar escenas a partir de un conflicto a elección, e Ysa, en el centro, se puso en el rol de madre, y una compañera (Ivonne) en el de hija.

–Es ficción, chicas –les dije–. Pueden hacer lo que quieran. En la escena la madre le reclamaba a la hija que nunca colaboraba con nada.

–Porque la Ysa cocina, y la Ysa lava, pero un día la Ysa se cansa –dijo Ysa, en personaje pero entrando inconscientemente en ella misma.

–¿Podés repetirlo, por favor? –le pedí–. Más fuerte esta vez.

Lo repitió. Y se puso a llorar.

Esperamos en silencio. Miré alrededor y noté el respeto que sentían todas por el llanto de esa mujer.

–Nunca tengo tiempo para mí –dijo Ysa finalmente.

–¿Y qué harías si tuvieras tiempo libre?

–Si tuviera tiempo libre, para mí... –dijo, y se detuvo un momento antes de seguir–: si tuviera tiempo para mí, me sentaría en el jardín, al sol, con un libro y una mandarina.

Al final del taller, Ysa me dejó, en el mismo papel en que había anotado las cinco emociones, la historia de su padre, y una frase: “Gracias por hacer que tenga este tiempo para mí”. Al lado de la palabra “vergüenza” había escrito: “uso mi humor para no mostrar lo vergonzosa que soy”, y al lado de la palabra “tristeza”: “la falta de mi viejo”.

Quedamos en encontrarnos en la plaza de Del Viso. Estoy dos minutos tarde, pero Ysa ya me llama por teléfono. Voy por el costado de la estación y entonces la veo: abajo de la glorieta. Nos abrazamos, cruzamos la calle y entramos a una heladería. Ysa elige una mesa refugiada a un costado.

–Para que no me vean llorar –dice.

Por momentos Ysa me intimida. Su presencia, su sabiduría.

–¿Por qué querés que te diga Ysa?

–Isabel no me gusta, y mucho menos mi segundo nombre, María.

Ysa toma una bolsa que trajo con ella y saca una rosa.

–Para usted, profe, es de mi rosal.

–Podés llamarme María, aunque no te guste.

Yo le doy mi regalo: El origen de la tristeza, porque quería leerlo, y un diario con la crónica de Pablo donde aparece ella.

Nos traen el pedido. Ysa parece no notar la comida. Saca de la bolsa unos papeles y me los alcanza. Hojas de carpeta, amarillentas de viejo. Las paso despacio: son partes de un cuaderno de comunicaciones. Notas de sus maestras de cuarto, quinto, sexto y séptimo. Ysa sólo hizo la escuela primaria.

–Ya a esa edad pusieron que tengo alma de líder –dice, y señala una nota de 1987.

Algunas de las anotaciones de las maestras: “Excelente alumna, no presenta dificultades en su aprendizaje. Muy conforme”.

“Responsable, cumplidora, participativa y muy prolija”. “Tiene muchos deseos de superarse y exige lo mismo de los compañeros que integran su equipo”.

Pero también: “Últimamente la noto tensionada y algo agresiva con sus compañeros”. “En el día de la fecha la Srta. Directora conversa con la alumna por un incidente acontecido con sus compañeros”. “Pelea en clase con la alumna Campos”. “En el día de la fecha, la señorita Isabel Cabaña le pegó a un compañero de grado”.

Ysa se ríe y mira la calle. Cuando se ríe, no muestra los dientes. Es fácil darse cuenta por qué.

–¿Por qué le pegaste?

–Porque me dijo: “yo al menos no soy huérfano”. Y a él sí que no lo iban a tocar –explica.

–¿Entonces?

–Le pegué una piña – dice, y agrega–: Es que yo en esa época primero pegaba y después hablaba.

Sigo pasando las hojas. Encuentro una copia de la segunda hoja de su documento, y abajo una ficha con datos para la escuela.

APELLIDO Y NOMBRE DEL ALUMNO: Cabaña Isabel María

FECHA DE NACIMIENTO: DIA: 19 MES: 5 AÑO: 73

Y los demás datos de Ysa, y los datos de su madre. Los datos del padre están sin completar.

Ysa saca más papeles. Esta vez son copias de dos testimonios en el juicio de su padre. Su padre se llamaba Braulio Victorino Cabaña, pero se hacía llamar Daniel, porque le gustaba ese nombre. Daniel trabajaba en una fábrica textil en Los Polvorines. Era delegado sindical. El 11 de agosto de 1976, cuando Ysa tenía tres años, un grupo de militares entró a su casa entre las dos y las tres de la madrugada. Encerraron a Rosa, la madre de Ysa, y a ella y sus hermanos en el baño. A Braulio Victorino Cabaña, o Daniel, como le gustaba que lo llamaran, lo sacaron encapuchado de la casa y lo subieron a un Ford Falcon verde.

“Nos besó, le dijo a mi vieja que nos cuide, y desapareció”, escribió Ysa en la carta que mencioné más arriba. “Un día de agosto muy frío”.

Lo desaparecieron, que no es lo mismo.

Ysa ahora saca de la bolsa un cuadro. Una foto de su padre cantando con su grupo, “Contramano”. Ysa se le parece. Cuando fueron a Mendoza a visitar a la familia paterna, me cuenta, una prima le dijo el mejor piropo que le dijeron alguna vez: “Así como brilla tu pelo en el sol mendocino, así brillaba el del Dani, tu papá”.

Su padre sigue desaparecido. Ella hizo todo lo que podía por saber algo más de él. El juicio es de 2011, muchos años después de 1976.

–Porque mi mamá no quería saber nada –cuenta.

Cuando se llevaron a Daniel, Rosa estuvo encerrada un tiempo. Pero después salió y se puso a trabajar. Como estaba poco en la casa, Ysa se encargó de sus hermanos menores. Rosa empezó a verse con hombres, y los chicos se fueron acostumbrando a un padrastro, después a otro:

–Salía uno y entraba el otro.

–¿Extrañabas a tu papá? –le pregunto.

–Todo el tiempo.

En la escuela estaba contenta. Aprendió a leer y a escribir rápido, y era buena alumna. Quería terminar la escuela para después meterse a policía. Pienso en lo que habría llegado a hacer una mujer como Ysa si hubiera seguido estudiando. Pero su madre no la anotó en el secundario. Conoció a Osvaldo, su esposo, cuando ella tenía catorce y él veintidós. Era el hermano del novio de su madre.

–Mi mamá por poco no me entregó, como a los gitanos.

En la primera salida, Osvaldo le preguntó si quería ser su novia. Ysa respondió: “Déjeme pensarlo”.

–Imagínese, profe, lo que era yo, toda formal, que ni de vos trataba.

Osvaldo fue su único novio y su primer hombre. Estaba enamorada. Al tiempo Osvaldo tuvo que volver a la cárcel por una pena que le había quedado inconclusa de años anteriores y de la que Ysa no tenía idea. Mientras todas iban a bailar, Ysa, con diecisiete años, viajaba a un penal en Mercedes. Iba todos los meses, sin falta. Tal como hizo después con su hija Yamila, durante cinco años, tal como hace todavía hoy con su hijo Jonathan. Tantos años viajando a un penal, una vez al mes. Sin falta porque no se puede faltar.

–A Yamila la fui a visitar con neumonía. Toda emponchada. Cuando llegué, la policía me preguntó: Qué hace acá, Cabaña, por qué no se quedó en casa. Pero no se puede –me explica Ysa–. Aunque algunos pueden, porque hay personas a las que nadie visita.

Me cuenta la historia de por qué Yamila primero, y después Jonathan, terminaron en la cárcel. En ambos casos habla con amor.

–Los volvería a elegir a todos como mis hijos –dice Ysa.

Justo ahora, mientras escribo, me avisa que Jonathan sale con libertad condicional pronto y que pasará las fiestas con la familia. Toda la familia, al fin.

–Volvería a pasar por todo, profe. Por todo.

Dejo esta crónica acá. Lo que sigue vendrá el miércoles que viene. Aunque conocí su casa, todavía tengo pendiente visitar a Ysa en la feria y en el merendero. Creo que esta historia estaría incompleta sin eso. 

Sobre la motivación literaria, por Gabriel Kaufmann


Escribe Gabriel Kaufmann



Pues lo que persigue el escritor ¿es lo escrito, o algo que por lo escrito se consigue?

María Zambrano.

No podría explicar cuál es el motivo que lleva a las personas a escribir ni a leer, pero creo entender, al menos en mi experiencia, que se acerca a hacer algo con lo que se lleva dentro, o quizás con lo que nos habita. En un mundo que muchas veces se torna hostil, tan pretendidamente eficaz, ligero e inconmovible, detenerse en una historia puede cambiarlo todo. Quienes escribimos intentamos tener una orientación, es decir, partir desde una motivación propia que busca ser compartida con otros. Y es ahí que se genera un plus. Algo que no puede saberse de antemano, ni antes de empezar a escribir, ni de que un texto sea leído. Lo cual considero forma parte de la riqueza de lo inesperado y del no-saber que tiene la literatura. Eso que construye la tensión narrativa.

Muchas veces tengo la sensación de estar habitado por una energía desmedida e ineliminable que, aunque me guste o no, estará presente toda mi vida. Digo esto, como podría usar otra palabra, porque la sensación es que aquello puede servir de combustible, que tiene el potencial de una explosión que puede desencadenar muchas cosas, buenas y no tan buenas. La sensación es que, a pesar de mí, más allá de mí, pero conmigo, eso alimenta fantasías, sueños, que pueden resultar agradables o pesadillas insoportables, como miedos, inseguridades o simplemente calles sin salida. Preocupaciones que generan mucho desgaste, porque empujan hacia ese lugar, ese agujero propio y ajeno al mismo tiempo en el que se pierde todo, al menos mucho tiempo y sufrimiento. Pero esa energía no solamente tiene que conducir hacia una pared, la literatura y particularmente la escritura, facilita esa reorientación, permite transformar eso en una motivación literaria, que ayuda a reconducir el cauce de un río, y poder construir algo bello con eso.

Frente a la imposibilidad de determinar por qué se escribe, me dirijo hacia mi propia relación con la literatura y el rol que la misma ha tenido en mi vida. En mi caso, los recuerdos vienen de lado de la infancia. El dolor frente a la pérdida muy cercana en el tiempo de dos abuelos, ambos referentes muy importantes de mi niñez ¿Es exagerado decir que la literatura puede cambiar vidas? No lo sé, he escuchado y leído algunas escritoras y escritores decir que los libros “curan”. No me agrada esa palabra porque creo que no se trata de alcanzar una “curación”. Escribir ayuda a ordenarse, leer ayuda a entenderse, a captar el dolor que uno soporta o que lleva. Los buenos escritores consiguen cernir los afectos -que no únicamente deben ser el dolor- para que quien lea se identifique, tanto en sus palabras escritas y más allá de las mismas. La literatura puede ser un factor que marque un antes y un después en la vida de una persona y no solamente por el mero hecho estético sino por la función que puede desempeñar.

Las pérdidas de mis abuelos dejaron secuelas muy fuertes, en particular una: el terror. Aquello que hoy suele llamarse “terrores nocturnos”, me invadía todas las noches sin descanso, haciendo que sea imposible dormir. Ideas que pueden confesarse hoy como algo locas: sobre monstruos, asesinos, ladrones, pero particularmente monstruos. La idea era clara, iban a llevarme a mí también. No sabía a dónde, ni cómo, ni para qué, únicamente me invadía el terror más absoluto que me llevaba a intentar estar despierto, a estar muy atento a ruidos, a taparme la cabeza, a no dormir, a no bajar la guardia, a pedir a gritos a mis padres no estar solo, que no me dejen solo con todo eso. Y allí es donde hubo un antes y un después que conecta indiscutiblemente mi vida, la literatura, la escritura y sobre todo la soledad.

Desconozco cómo cada quién vive su soledad, o incluso a qué le llaman soledad las personas. En aquel niño la soledad más tremenda fue la de estar solo muerto de miedo tapado hasta la cabeza. Pero me refiero también a la soledad que pueden sentir muchas personas, según sus historias de vida. Hablo del desamparo que cada quién habrá sentido frente a alguna situación desbordante e indetenible. Esas que no tienen vuelta atrás. En algún momento la sensación del miedo, de estar solos, desprotegidos, en la nada, nos atraviesa por el mero hecho de estar vivos.

Muchas de las personas que escriben, hacen particular hincapié en el solitario oficio del escritor. Porque es inevitable, porque es una defensa de la soledad, pero sin embargo con una convicción: la de ir en busca de una dirección precisa que logre apuntar hacia la construcción social y colectiva. Quienes no podemos abandonar, ni resignar -a nuestro pesar- porque incluso nos satisfacemos paradójicamente sosteniendo una soledad radical, nos vemos confrontados por las ambigüedades a las que eso nos enfrenta. Estar demasiado solo es insoportable, pero no tener esa soledad también.

La creatividad nace en momentos impredecibles, donde uno más bien está atento, siempre con un ojo abierto, para conectar algo del pasado con algo actual en visitas a un futuro para armar algo diferente. Como aquel niño bajo las sábanas. Un ojo abierto que muchas veces es imposible cerrar incluso cuando hubiese sido conveniente hacerlo. Quienes escriben no pueden hacerlo.

De esta manera muchos escritores y escritoras comparten con los lectores sus verdades de diferentes formas, una es la posibilidad de construir una ficción – que no es lo mismo que la mentira- y son aquellos los que más han logrado conmoverme. Donde muchas veces se busca llegar hasta ese punto en una historia, el que no tiene vuelta atrás. Ese es el caso del cuento de Hemingway “A clean well-lighted place”, “Un lugar limpio y bien iluminado”. Ahorro la descripción de un cuento fenomenal, que me dejó pasmado la primera vez que lo leí. Por el impacto que me trasmitió la soledad que puede sentir alguien, de sentirse solo frente a la nada, de lo necesario que es compartir. Cada quién lee desde su propia historia y pone en el cuento algo de sí. Me gusta ese cuento porque además tiene un error, y un poco me gusta que Hemingway tenga un error en un cuento.

Muchas veces me he preguntado sobre lo difícil que es hacer buena literatura y sobre cómo saber si uno va por el camino correcto. No tengo idea. Pero creo que cuando uno pone sus verdades en juego, dentro del proceso de la construcción literaria se nota. Creo que hay una diferencia, que le llega a quien lee. Las palabras son algo inmenso, como el hueco que intentan rodear todo el tiempo. Y no es tan sencillo poner eso en juego.

Entonces retomo la pregunta de María Zambrano ¿Es lo escrito o algo que por lo escrito se consigue? Y también vuelvo a quienes escriben, pero no solamente. Sino también a las palabras, a las ficciones, a la creación, a los conflictos, a lo que está ahí pero también más allá del texto, más allá de la obra de arte, a lo que uno apunta cuando escribe, aunque no lo nombre directamente. Y qué es lo que estaría más allá de un texto escrito: un efecto. Algo que conmueve, que toca el cuerpo, ya sea un escalofrío, causar miedo, risa, tristeza, o incluso alivio. Es esa fuerza indetenible en la que una vez que uno está inmerso no se puede frenar, no se puede dejar de leer.

Vuelvo a mi niñez y a los terrores. Mi padre comenzó a quedase conmigo por las noches a leer una colección de cuentos, de fábulas infantiles, que por supuesto tenían muchos dibujos. Hablo de un padre que le lee cuentos a su hijo de 6 años. Hablo de la fábula más importante de mi infancia: la de San Jorge y el Dragón. Siendo un niño judío de clase media criado como ateo, pensar que una fábula del cristianismo pudiera ser salvadora es algo al menos chistoso. Pero lo fue, incluso durante muchos años tuvimos en casa de mis padres una estampita de San Jorge en la heladera, porque fue en la lectura repetida, frente a mi incansable insistencia, una y otra vez, la que logró bordear algo imposible de contener, pero que debía ser localizado y ubicado. El miedo. El terror. El miedo a los monstruos que por supuesto va más allá de los monstruos. Porque esos son mis monstruos, pero cada quien tienen los suyos. El miedo tremendo que, dentro de una fábula, de una ficción, y de la lectura de mi padre, se enmarcaba todas las noches, hasta que yo me quedaba dormido.

¿Qué un padre le lea a su hijo que no puede dormir por las noches es también literatura? ¿Es aquello lo que por lo escrito se consigue? El amor por la transmisión de la literatura vino de ambos padres, mi padre y mi madre, el amor por el saber también. Eso que me dejó algo para con lo que hacer frente al miedo. A pesar de que he crecido, que puedo dormir solo, y a veces no tanto, no estoy seguro de que esa sensación vaya a desaparecer por completo, sino tal vez que cambia de escena. Porque muchas veces he vuelto a sentir la atenuada sensación que me recuerda aquella época, dependiendo de cómo esté en ese momento de mi vida, y es allí donde espero poder volver a la escritura, donde espero volver cada vez, una y otra vez, con la tenacidad de un niño incansable que necesita escuchar la misma historia para poder sentir alivio. Volver con la fuerza, la potencia y el empuje que me conduzca hacia ese lugar, el de la hoja en blanco, el de la creación, que puede ir desde un diario personal a la ficción propiamente dicha o la poesía.

Es en el intento de hacer con eso que uno lleva dentro que se escribe. Algo que quizás no va a desaparecer, no va a “curarse” pero que tampoco tiene por qué no dejarnos dormir. Y será por eso que el cuento de Hemingway me habrá conmovido tanto. Porque allí hay alguien que quiso quitarse la vida, un viejo sordo, que prefiere emborracharse en un lugar limpio y bien iluminado, que necesita hacer algo con el dolor que siente, pero no de cualquier manera. Porque no es todo lo mismo, no da todo igual. Hoy en día siento que eso es cada vez más importante. Uno de los dos hombres que lo observan y hablan entre sí, entiende o cree entender, al menos desde su propio dolor, y allí creo que está el hecho literario, porque de pronto quién está leyendo también entiende, porque todo hemos sentido la soledad, la tristeza o el rechazo. Y se entiende cómo es que aquel otro cantinero solo quiere irse temprano con su mujer, él también siente la soledad a su manera y por algo quiere irse de allí. Porque quien se emborracha en un lugar donde hay gente, o quien no quiere cerrar el bar para no volver a estar solo en su pensión, son personajes que logran traspasar las palabras escritas, logrando un efecto literario singular sostenido por una motivación clara. Es insoportable estar solo frente a la nada, y, sin embargo, también tiene un encanto intransmisible. Un imán que atrae, a leer, a mirar apenas hacia el abismo, a querer intentar acercarse y saber un poquito, sobre eso que no puede saberse, que no puede decirse, que no terminará jamás de escribirse.

Los afectos se sienten de a uno, pero se comparten por todos. Al leer, muchas veces quien lee logra identificarse en una lectura, y uno puede lograr sentirse un poco menos solo, sabiendo que alguien, en otro lugar del mundo, en otra época, cultura y hablando otro idioma, sintió algo similar. Al escribir también. Lograr conmover algo de eso, lograr mover algo de eso, darle un lugar, una orientación, un marco, una identificación, es muy importante. Escribir es importante. Las palabras escritas son importantes. La literatura es importante, por sobre todas las cosas, cuando logra ser compartida.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Por qué escribo, por María Colaneri

 


Por María Colaneri

“Lo que se publica es para algo, para que alguien, uno o muchos, al saberlo, vivan sabiéndolo, para que vivan de otro modo después de haberlo sabido; para librar a alguien de la cárcel de la mentira, o de las nieblas del tedio, que es la mentira vital”. María Zambrano

Se suponía que este miércoles vendría la segunda parte de la historia de Lorena. El domingo le mandé el borrador. Tal como había hecho con el primero, y tal como voy a hacer con cada una de las entrevistadas. Esperando su aprobación y sus correcciones; mínimas o enormes, lo que ella considerara necesario. Pero esta vez Lorena no envió correcciones. Creo que ni siquiera llegó a leer el borrador enviado que me dijo que no quería que subiera la crónica que había escrito, no por lo que yo había escrito, sino porque no quería publicar más cosas de su vida.

–No quiero que cuentes más nada de mi vida –me dijo.

Pensé que era una broma y pregunté de nuevo. Me confirmó que no quería. Y me dolió, mucho. Supongo que me decepcionó. No porque Lorena esté equivocada, es respetable que no quiera hacer pública su historia; pero tal vez sí se equivoca en la manera de decírmelo: tan sobre la hora, y sin explicarme qué cambió entre su deseo y su pedido de que yo escribiera su historia, y esta decisión de último momento. Sin embargo, no le dije nada, intenté comprenderla:

–Me siento mal –me dijo–, nadie me entiende.

Sentí culpa. Yo, preocupada por una crónica. Yo, vanidosa, queriendo que se publique lo que escribí acerca del dolor de otro. Lorena sufre y yo escribo; es una gran diferencia. Me pregunto ahora, y a eso viene esta reflexión, si escribir sobre alguien, a pedido de ese alguien, por interés en ese alguien, es darle una historia o es, en definitiva, robársela, sacársela de entre los dedos. Entonces: acepté ese “no” rotundo, y acá estoy, escribiendo, no sólo para cumplir con la responsabilidad que asumí, sino también para aprovechar el “no” y convertirlo en un hecho literario.

Es difícil ver lo que es realmente escribir. Es difícil para un escritor; supongo que mucho más para una persona que no escribe. Uno se pasa horas pensando la historia, la mejor manera de contarla, midiendo los límites del pudor, tan necesarios, que garantizan el respeto y la perspectiva necesarios. ¿Vale la pena contar esto? ¿Vale la pena contar aquello? Y uno avanza, sin estar seguro de nada.

Hace cuatro años que escribo seriamente. Esto quiere decir, todos los días, un rato. Y sigo sin estar segura de nada. Pero sí entendí algo, al menos desde que soy parte del taller literario de Pablo Ramos, mi maestro y también mi novio: que la literatura es un hecho colectivo, que necesita ser compartida para existir. Y para ser compartida tiene que haber sido escrita.

No publicar la segunda parte de la historia de Lorena no significa no haberla escrito. De hecho, ella no habría podido elegir no publicar algo que nadie escribió. Sin embargo, ¿me alcanza esto para estar satisfecha? No lo sé. Pero la crónica que usted, estimado lector, no va a leer, existe. Y en ella están las palabras que habrán surtido un efecto que yo no calculé, pero que Lorena sintió al leerla. Al leer su historia. Al leerse. Y que no parecía haber sentido cuando me lo contó.

Es que escribir y hablar no son la misma cosa. Cuando hablamos tantas veces largamos las palabras por pura reacción: según el estado de ánimo de ese momento, confundidos por nuestras pasiones, queriendo generar algún efecto. El proceso de escritura es tomar esas mismas palabras para forjarlas con paciencia y volverlas perdurables. Al hablar soltamos las palabras como golpes enloquecidos; es como escupirle a alguien en la cara, como linchar a un vecino. Las palabras habladas muchas veces son barbarie: producto de la falta de responsabilidad. Escribir, por el contrario, es civilización pura: me guardo el escupitajo o el golpe y lo convierto en una obra para ser compartida. Y para que otro: el otro, en las palabras escritas, descubra un secreto. Por eso el proceso de escritura es casi siempre tortuoso, no sólo para mí. Conozco a muchos escritores y les pasa lo mismo. En el proceso de escritura y corrección uno se duele, se enoja, llora, se recompone; ve su vanidad metida entre las palabras todo el tiempo y tiene que luchar contra la vanidad, porque la vanidad opaca la verdad literaria, la disimula. Supongo que esa es la tarea más difícil de ser escritor: luchar contra la vanidad, que es mucho más que corregir un texto. Abelardo Castillo dijo que uno no corrige texto, que corrige persona: se corrige. Se lee, en el primer borrador escrito, e identifica sus defectos, sus virtudes, sus anhelos, sus deseos, sus miedos; en definitiva, ve lo que debe y puede escribir. Es así que uno se entiende más íntimamente y que nace un nuevo ser en uno. Y es ese nuevo ser el que escribe un nuevo texto. Por lo tanto, la corrección literaria no es un trabajo técnico, es un trabajo espiritual.

Uno hace lo que puede con uno mismo y con el texto, hasta que ya no puede más. Entonces toca soltarlo y publicar. Un escritor tiene que publicar, tiene que cumplir con ese compromiso de entregar un texto para que comience a existir el juego que se completará en la mente del lector, y quién sabe hasta dónde llegará.

Escribo porque al hablar no me siento justificada. Escribir es mi manera de ser en el mundo, me da la posibilidad de ordenar los sentimientos y construir con los escombros de nuestras vidas, los ladrillos de una literatura. Pero no voy a exagerar. Escribo todos los días un poco, sin esperanzarme demasiado, pero sin desesperarme. Tal como leí que hacía Raymond Carver.

Las historias que voy a contar en estas crónicas son las historias de un puñado de mujeres más entre las millones de personas que viajan en un tren y miran por la ventana y anhelan llegar a casa pronto. Podrían no ser escritas y no ser publicadas; nadie moriría por eso. Pero muchos de nosotros, que quizá alguna vez nos cruzamos con alguna de estas mujeres por la calle, no nos daríamos cuenta de que acabamos de cruzarnos con una persona extraordinaria. De apariencia común y corriente, pero por fuera del orden común. Estas crónicas, entonces, nacen de la motivación de darme cuenta para que nos demos cuenta. Por eso se cuentan. Escribo a estas mujeres y me escribo, las cuento y me cuento, y en ese proceso me doy cuenta.

Pretendo volverme la voz documentada de todas estas mujeres. Mujeres que sostienen un merendero para que los chicos y chicas de su barrio tengan una taza de leche o de jugo a la tarde. Mientras entregan un plato de comida, abren la boca para contar su historia; intentan gritarla, como Bartimeo, el ciego al costado del camino. No quiero ser una de las que pasa de largo. No quiero dejar de escuchar esas palabras verdaderas que lamentablemente siguen apareciendo en todas las historias: hambre, sed, tristeza, dolor, enfermedad, desolación; pero también: alegría, caridad, redención, amor.

La escritura ilumina, enciende una luz. Y yo puedo entonces seguir buscando eso que busco, y quizá ayudar a otro a que lo intente. Si eso que busco pudiera resumirse en una imagen, sería un lugar. Tal vez no tan lejano, y aunque no sé qué es exactamente, quiero alcanzarlo. Cuando escribo, soy como un explorador que busca una vertiente en lo profundo de un bosque: guiado por el murmullo lejano del agua. Un canto lejano pero claro para el que está dispuesto a oír. Eso busco, porque sé que está, en alguna parte. En alguna parte.

Quien quiera oír, que oiga.


*Esta crónica fue publicada originalmente en el portal de Pilar Diario.

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