miércoles, 22 de septiembre de 2021

Flannery O’Connor y las cosas que hacen a la Gran literatura

 






Escriben Darian Lago y Santiago Asorey

El cuento “La vida que salves puede ser la tuya” de Flannery O’Connor es un acuario donde uno puede ver de qué cosas está hecha la Gran literatura. Esa que conmueve y sacude al lector a pesar de los años que pasaron de la publicación original (publicado en 1971 A Good Man Is Hard to Find and Other Stories) o de la mala traducción al español que se puede encontrar en internet. Los diálogos entre el señor Shiftlet y la Vieja muestran de qué forma las conversaciones en la literatura funcionan como un espejo invertido donde el lector construye un contexto que expresa lo opuesto a los que personas dicen. El genio de O’Connor está en escribir con la conciencia del lector. Acertando en cuales son los elementos que va poner el lector solo con su imaginación. Porque hay cuentos donde el lector también escribe. Algo falta, ¿pero qué? En el cuento una madre le quiere enchufar su hija a un desconocido. A su hija que ve un pájaro y aplaude, a su hija que tan solo se sienta en la tierra y juega con sus pies…y de repente uno se da cuenta: es tonta. Flannery O´Connor no lo dice nunca, pero lo sugiere de tan sutil manera que lo brutal se convierte en bello. Un buen cuento, un gran cuento, es aquel donde uno no sabe lo que está sucediendo hasta que sucede. Escribió John Cheever en sus diarios personales que “una página de buena prosa es aquella donde uno puede oír la lluvia. Una página de buena prosa es aquella donde escuchamos el rugido de una batalla. Una página de buena prosa tiene el poder de hacernos reír. Una página de buena prosa me parece a mí el diálogo más serio que pueden llegar a tener las personas bien informadas e inteligentes a la hora de mantener ardiendo pacíficamente los fuegos de este planeta”. Bueno, O’Connor no solo cumple ese requisito, también construye una obra maestra donde la belleza del texto excede todos los prejuicios morales del lector y nos lleva a una instancia profundamente humana y cruel. El equilibrio y la simetría en la relación de estos personajes, la falta de autocompasión en ellos, el rio subterráneo que los conecta más allá de todas las diferencias, lo convierte en un texto inolvidable. Un texto inolvidable que comienza de la forma más simple posible: un hombre llega. Tiene un sombrero en la cabeza, una caja de herramientas en la mano, y sobre él brilla el sol. Listo. No se necesitan mecanismos espectaculares ni trampas literarias para fabricar un contexto. Como en “Visor” de Carver, donde un hombre golpea a la puerta, o como en “Bouchard y Péuchet”, de Flaubert, donde dos hombres se sientan al mismo tiempo en el mismo banco. ¿Simple? Tal vez, pero solo en apariencia. Porque a partir de ahí el escritor deberá arremangarse para convencernos a nosotros, lectores, de que un mundo, al menos un mundo, se va a sacudir con la llegada de un hombre, con un golpe en la puerta. “La vida que salves puede ser la tuya” es una obra de arte construida con muy poco, un rancho, una vieja, su hija, y así nos enseña que la Gran literatura, esa de la que hablamos, le otorga a una flor la fuerza de un paisaje.


Flannery O’Connor
(Savannah, Georgia, 1925-1964)


La vida que salvéis puede ser la vuestra

      La vieja y su hija estaban sentadas en el porche cuando por primera vez apareció el señor Shiftlet por el camino. La anciana se deslizó hacia el borde de la silla e inclinó el cuerpo protegiéndose los ojos del sol hiriente con una mano. La hija no veía cuanto ocurría a lo lejos, de modo que continuaba jugando con los dedos. Aunque la anciana vivía sola en ese lugar desolado con su hija y jamás había visto al señor Shiftlet, supo, aun en la distancia que mediaba, que se trataba de un vagabundo, y que no representaba ningún peligro. El hombre llevaba recogida la manga izquierda del abrigo para mostrar que sólo tenía medio brazo y su escuálida figura se inclinaba levemente hacia un lado como si la brisa lo empujara. Llevaba un traje negro y un sombrero de fieltro marrón levantado sobre la frente y caído en la nuca, y una caja de herramientas de hojalata que sostenía del asa. Caminaba a paso lento por el sendero, con el rostro vuelto hacia el sol, que parecía balancearse en la cima de una pequeña montaña.
      La vieja no cambió de posición hasta que él estuvo casi dentro del patio; entonces se levantó y apoyó una mano cerrada en un puño en la cadera. La hija, una muchacha grandota con un vestido corto de organdí azul, lo vio de pronto y dio un respingo; comenzó a patear y a señalar y a emitir sonidos inarticulados y exaltados.
      El señor Shiftlet se detuvo justo dentro del patio, dejó la caja en el suelo y se tocó el ala de sombrero para saludar a la joven como si esta se comportase normalmente; luego se volvió hacia la anciana y se lo quitó. Sus cabellos, morenos, largos y lacios, caían lisos a ambos lados desde una raya al medio hasta la punta de sus orejas. La frente le cubría más de la mitad del rostro que terminaba de pronto, con las facciones apenas proporcionadas, en unas mandíbulas prominentes como una trampa de acero. Parecía un hombre joven, pero tenía el aspecto de serena insatisfacción del que está de vuelta de todo.
      —Buenas tardes —dijo la anciana. Tenía el tamaño de un poste de cedro de la cerca y llevaba un sombrero gris de hombre muy calado.
      El vagabundo se quedó mirándola sin decir nada. Giró sobre sus talones y se volvió hacia la puesta de sol. Abrió lentamente ambos brazos, el que tenía entero y el corto, para abarcar entre ellos una extensión del cielo y su figura formó una cruz mutilada. La anciana lo observó con los brazos cruzados sobre el pecho como si ella fuera la dueña del sol. La hija contemplaba la escena, con la cabeza echada hacia delante, y sus manos pendían, gordas e inútiles, de las muñecas. Tenía el cabello largo y dorado, y los ojos tan azules como el cuello de un pavo real.
      El señor Shiftlet permaneció casi cincuenta segundos en esa posición, luego recogió su caja, se acercó al porche y se dejó caer en el primer escalón.
      —Señora —dijo con firme voz nasal—, daría una fortuna por vivir donde pudiera ver el sol hacer esto todas las tardes.
      —Lo hace todas las tardes —repuso la vieja, y se volvió a sentar.
      La hija también se sentó y observó al hombre con una mirada furtiva y precavida, como si fuese un pajarraco que se hubiese acercado demasiado. Él se ladeó, hurgó en el bolsillo de su pantalón y en un instante sacó un paquete de chiles y le tendió uno. Ella lo cogió, lo desenvolvió y comenzó a mascarlo sin quitarle los ojos de encima. El hombre ofreció otro a la anciana, pero ésta levantó su labio superior para indicar que no tenía dientes.
      La pálida y aguda mirada del señor Shiftlet ya había revisado todo cuanto había en el patio —la bomba cerca de la esquina de la casa y la alta higuera donde tres gallinas se preparaban para dormir— y desplazó la mirada hacia el cobertizo, donde vio la parte trasera y aherrumbrada de un automóvil.
      —¿Conducen ustedes? —preguntó.
      —Ese coche no s’ha movío en los últimos quince años —respondió la vieja—. El día que murió mi marido, dejó de moverse.
      —Ya na es como antes, señora. El mundo está casi podrío.
      —Tiene razón —convino ella—. ¿Es usted de por aquí?
      —Tom T. Shiftlet —murmuró mirando los neumáticos.
      —Mucho gusto en conocerle —dijo la anciana—. Lucynell Crater, y la hija, Lucynell Crater. ¿Qué hace usté por aquí, señor Shiftlet?
      Él juzgó que el coche debía de ser un Ford de 1928 o 1929
      —Señora —dijo, y se volvió hacia ella para dedicarle toda su atención—, permítame decirle algo. Hay un doctor en Atlanta que cogió un cuchillo y sacó el corazón humano, el corazón humano —repitió, inclinándose hacia ella—, del pecho de un hombre y lo sostuvo en la mano —y extendió la mano, con la palma hacia arriba, como si aguantara el leve peso de un corazón humano— y lo estudió como si fuera un polluelo de un día, y, señora —dijo e hizo una larga pausa dramática durante la cual adelantó la cabeza y sus ojos de color de arcilla brillaron—, ese hombre no sabe más qu’ustedes o que yo acerca d’eso.
      —Es verdá —dijo la anciana.
      —Vaya, si cogiera ese cuchillo y cortara todas las puntas del corazón, todavía no sabría más qu’ustedes o que yo, se lo aseguro. ¿Qué s’apuestan?
      —Na —respondió la anciana sabiamente—. ¿De dónde viene, señor Shiftlet?
      Él no contestó. Metió la mano en el bolsillo y sacó un saquito de tabaco y un estuche de papel de fumar; lió un cigarrillo con destreza, a pesar de hacerlo con una sola mano, y se lo puso bajo el labio superior. Luego sacó una caja de cerillas de madera y prendió una en la suela de su zapato. La mantuvo encendida como si estudiase el misterio de la llama mientras ésta descendía peligrosamente hacia su piel. La hija empezó a alborotar y a señalar la mano del hombre y a agitar un dedo ante él, pero justo cuando la llama estaba a punto de quemarle se inclinó con la mano ahuecada sobre el fósforo como si fuera a prender fuego a su nariz y encendió el cigarrillo.
      Lanzó al aire la cerilla apagada y expulsó una bocanada gris en el atardecer. Su cara adoptó una expresión taimada.
      —Señora —dijo—, hoy día la gente hace cualquier cosa. Puedo decirle que me llamo Tom T. Shiftlet y que vengo de Tarwater, Tennesse, pero usted nunca m’había visto antes, así que ¿cómo sabe que no estoy mintiendo? ¿Cómo sabe que no soy Aaron Sparks, de Singleberry, Georgia, o cómo sabe que no soy George Spèeds, de Lucy, Alabama, o cómo sabe que no soy Thomson Bright, de Toolafalls, Mississippi?
      —No sé na d’usté —musitó la anciana, fastidiada.
      —Señora, a la gente no l’importa cómo se le miente. Tal vez lo mejor que puedo decirle es que soy un hombre, pero, dígame, señora —añadió e hizo una pausa y su tono se tornó aún más lúgubre—, ¿qué es un hombre?
      La anciana empezó a pelar una semilla.
      —¿Qué lleva en esa caja d’hojalata, señor Shiftlet? —preguntó.
      —Herramientas —respondió echándose hacia atrás—. Soy carpintero.
      —Bueno, si viene aquí pa trabajar, podré darle comida y un lugar pa dormir, pero no puedo pagarle. Se lo advierto antes de que empiece.
      No hubo una respuesta inmediata ni ninguna expresión especial en el rostro del hombre. Se apoyó contra el madero que sostenía el tejado del porche.
      —Señora —dijo con lentitud—, p’algunos hombres ciertas cosas significan más qu’el dinero.
      La anciana se meció en su silla sin hacer comentario alguno y la hija observó el gatillo que subía y bajaba en la garganta del señor Shiftlet. Este dijo a la anciana que el dinero era lo único que interesaba a la gente, pero que él no sabía para qué estaba hecho el hombre. Le preguntó si el hombre estaba hecho para el dinero o para qué. Le preguntó si sabía para qué estaba hecha ella, pero la anciana no contestó y siguió meciéndose y se preguntó si un hombre con un solo brazo podría colocar un tejado nuevo en la casita del jardín. Él hizo muchas preguntas que ella no contestó. Le explicó que tenía veintiocho años y que había hecho muchas cosas en la vida. Había sido cantor de gospel, capataz en el ferrocarril, ayudante en una casa de pompas fúnebres y había estado tres meses en la radio con Uncle Roy y los Red Creek Wranglers. Contó que había luchado y dado su sangre en las Fuerzas Armadas de su país y visitado todas las tierras extranjeras, y en todas partes había visto gente a quien no le importaba si hacían las cosas así o asá. Dijo que a él no le habían criado de esa manera.
      Una luna gorda y amarilla apareció en las ramas de la higuera como si fuera a dormir allí con las gallinas. Dijo que un hombre debía ir al campo para ver el mundo entero y que ojalá viviera en un lugar tan desolado como ese, donde todas las tardes pudiera ver ponerse el sol como Dios lo había ordenado.
      —¿Está casao o soltero? —preguntó la anciana.
      Hubo un largo silencio.
      —Señora —dijo él al final—, ¿dónde se puede encontrar una mujer inocente hoy día? Yo no andaría con la escoria que puedo recoger.
      La hija estaba muy encorvada, con la cabeza casi inclinada sobre las rodillas, observándolo a través de una puerta triangular que había hecho con su cabello; de pronto cayó al suelo y comenzó a lloriquear. El señor Shiftlet la enderezó y la ayudó a sentarse de nuevo en la silla.
      —¿Es su hija? —preguntó.
      —La única que tengo —respondió la anciana—, y es la criatura más dulce de la tierra. No la dejaría por na del mundo.Y además es lista. Barre, guisa, hace la colada, da de comer a las gallinas y trabaja con el azadón. No la dejaría ni por un cofre de joyas.
      —No —dijo él con tono afable—, no deje que ningún hombre se la lleve.
      —El hombre que venga por ella —afirmó la anciana— tendrá que quedarse por aquí.
      En la oscuridad, los ojos del señor Shiftlet se habían quedado fijos en el parachoques del automóvil que destellaba en la distancia.
      —Señora —dijo alzando el brazo corto como si pudiera señalar con él la casa, el patio y la bomba—, no hay na roto en esta plantación que no pueda arreglar, hasta con un brazo inútil. Soy un hombre —agregó con dignidad— aun cuando no esté entero. ¡Yo poseo —dijo tabaleando con los nudillos sobre el suelo para subrayar la inmensidad de lo que iba a decir— una inteligencia moral! —y su rostro atravesó la oscuridad hacia un rayo de luz que escapaba por la puerta y se quedó mirando a la anciana como si a él mismo le sorprendiera esa verdad imposible.
      Ella no se dejó impresionar por la frase.
      —Le he dicho que puede quedarse y trabajar a cambio de comida —dijo—, si no l’importa dormir en ese coche.
      —Señora —dijo él con una sonrisa de satisfacción—, ¡los antiguos monjes dormían en sus ataúdes!
      —No estaban tan avanzados como nosotros —repuso la anciana.
      
      A la mañana siguiente empezó a trabajar en el tejado de la casita del jardín, mientras Lucynell, la hija, sentada sobre una piedra, lo observaba. Apenas había transcurrido una semana de su llegada al lugar cuando los cambios que había hecho ya podían apreciarse. Había arreglado las escaleras de la entrada y de la parte de atrás, construido un nuevo corral para los cerdos, reparado una cerca y enseñado a Lucynell, que era por completo sorda y nunca había pronunciado una palabra en su vida, a decir la palabra “pájaro”. La chica grandota de rostro sonrosado lo seguía a todas partes, diciendo “bbbbbbbiiiiirrrd” y dando palmas. La vieja los observaba a cierta distancia, secretamente contenta. Se moría de ganas de tener un yerno.
      El señor Shiftlet dormía en el duro y angosto asiento trasero del automóvil, con los pies saliendo por la ventanilla. Tenía su navaja de afeitar y un bote con agua sobre una caja que le servía de mesita de noche, había colocado un pedazo de espejo sobre la luna trasera y colgaba cuidadosamente la chaqueta de una percha que había puesto en una de las ventanillas.
      Al caer la tarde se sentaba en las escaleras y hablaba mientras la anciana y Lucynel se mecían vigorosamente en sus sillas, cada una a un lado. Las tres montañas de la anciana se alzaban negras contra el cielo azul oscuro y de vez en cuando recibían la visita de varios planetas y de la luna después de que esta abandonaba a las gallinas. El señor Shiftlet señaló que había mejorado la plantación porque se había interesado personalmente por ella. Dijo que hasta iba a hacer funcionar el automóvil.
      Había levantado el capó y estudiado el mecanismo, y dijo que podía afirmar que el coche lo habían fabricado en esa época en que realmente sabían fabricarlos. “Ahora —dijo—, un hombre coloca un tornillo y otr’hombre coloca otro tornillo, y entonces tienes un hombre por cada tornillo. Por eso debes pagar tanto por un coche: estás pagando a todos esos hombres. En cambio, si tuvieras que pagar a un solo hombre, podrías conseguir un coche más barato y en el que s’ha puesto un interés personal, y sería un coche mejor”. La anciana estuvo de acuerdo con él en que así debería ser.
      El señor Shiftler aseguró que el gran problema del mundo era que a nadie le importaba nada ni se paraba un momento a preocuparse por las cosas. Dijo que nunca hubiera podido enseñar una palabra a Lucynell si no se hubiera preocupado y dedicado el tiempo necesario.
      —Enséñele a decir otra cosa —dijo la anciana.
      —¿Qué quiere que diga? —preguntó el señor Shiftlet.
      La sonrisa de la vieja era amplia, desdentada e insinuante.
      —Enséñele a decir “querido” —respondió.
      El señor Shiftlet ya sabía lo que ella tenía en la mente.
      Al día siguiente empezó a trabajar en el automóvil y al atardecer le dijo que si ella compraba una correa de ventilador lo haría funcionar.
      La anciana dijo que le daría el dinero.
      —¿Ve a esa chica? —le preguntó señalando a Lucynell, que estaba sentada en el suelo a menos de un metro, mirándolo, los ojos azules aun en la oscuridad—. Si alguna vez un hombre se la quisiera llevar, yo le diría: “¡No hay hombre en la tierra que pueda arrancar de mi lado a esta dulce niña!”, pero si él me dijera: “Señora, no me la quiero llevar, la quiero aquí”, yo le diría: “Señor, no tengo na que reprocharle. Yo no dejaría pasar la oportunidad de tener un hogar y conseguir a la joven más dulce del mundo. No es usté tonto”. Eso le diría.
      —¿Qué edad tiene? —preguntó el señor Shiftlet como de pasada.
      —Quince o dieciséis —respondió la vieja. La muchacha rondaba los treinta años, pero debido a su inocencia era imposible adivinarlo.
      —Sería una buena idea pintarlo también —observó el señor Shiftlet—. No querrá que se cubra de herrumbe.
      —Ya veremos —repuso la anciana.
      
      Al día siguiente se encaminó hacia el pueblo, donde adquirió las piezas que le hacían falta y un bidón de gasolina. Avanzada la tarde, unos ruidos ensordecedores escaparon del cobertizo y la anciana salió corriendo de la casa pensando que Lucynell tenía otro ataque. Lucynell estaba sentada sobre una jaula de pollos dando golpes con los pies y gritando: “bbbbbbiiiiiird, bbbbiiiiird”, pero el alboroto que armaba quedaba ahogado por el estruendo del automóvil. Tras una descarga de explosiones, emergió del cobertizo, majestuoso e imponente. El señor Shiftlet estaba sentado al volante, muy tieso. Tenía una expresión de seria modestia, como si hubiera resucitado a un muerto.
      Esa noche, meciéndose en el porche, la anciana fue derecha al grano.
      —Quiere usté una mujer inocente, ¿no es así? —preguntó, comprensiva—. No quiere saber na de la escoria.
      —Así es, señora.
      —Una que no hable —continuó ella—, que no le conteste ni diga palabrotas. Se merece usté esa clase de mujer. Allí está —y señaló a Lucynell, que estaba sentada con las piernas cruzadas en la silla y se cogía los pies con las manos.
      —Así es —admitió él—. No me daría ningún problema.
      —El sábado —dijo la anciana—, usté, ella y yo iremos en coche al pueblo y se casarán.
      El señor Shiftlet cambió de posición en la escalera.
      —No me puedo casar en este momento —repuso—. To lo que uno quiere hacer requiere dinero y yo estoy sin blanca.
      —¿Pa qué necesita el dinero? —preguntó la vieja.
      —Hace falta dinero —respondió él—. Hoy día hay gente que hace las cosas de cualquier manera, pero, según yo lo veo, nunca me casaría con una mujer a la que no pudiera llevar de viaje como si ella fuese alguien. Quiero decir, llevarla a un hotel y agasajarla. No me casaría con la duquesa de Windsor —añadió con firmeza— a menos que la pudiera llevar a un hotel y darle de comer algo bueno. M’educaron d’esa manera y no hay na que yo pueda hacer al respecto. Mi madre m’enseñó cómo debía comportarme.
      —Lucynell ni siquiera sabe que’es un hotel —musitó la anciana—. Escuche, señor Shiftlet —dijo inclinándose hacia delante—, conseguirá usté un hogar y un pozo d’agua profundo y la muchacha más inocente de la tierra. No necesita dinero. Le voy a decir algo: no hay lugar en el mundo pa un hombre vagabundo, pobre, mutilado y sin amigos.
      Las desagradables palabras se posaron en la cabeza del señor Shiftlet como una bandada de águilas en la copa de un árbol. No dijo nada de inmediato. Lió un cigarrillo, lo encendió y luego habló con voz serena.
      —Señora, un hombre está dividido en dos partes, cuerpo y espíritu.
      La vieja apretó las encías.
      —Un cuerpo y un espíritu —repitió él—. El cuerpo, señora, es como una casa: no va a ningún lao; pero el espíritu, señora, es como un automóvil: siempre está en movimiento, siempre…
      —Escuche, señor Shiftlet —repuso ella—, mi pozo nunca se seca y mi casa está siempre caldeada en invierno y no hay ninguna hipoteca en este lugar. Puede ir al juzgado y comprobarlo. Y allá, en el aquel cobertizo, hay un buen coche —preparó el cebo con cuidado—. P’al sábado lo puede tener usté pintao. Yo pagaré la pintura.
      En la oscuridad, la sonrisa del señor Shiftlet se estiró como una serpiente cansada que se despierta al lado del fuego. Al cabo de un instante, se repuso y dijo:
      —Tan sólo digo qu’el espíritu d’un hombre es más importante pa él que cualquier otra cosa. Tendría que llevar de viaje a mi esposa un fin de semana sin reparar en gastos. Debo obedecer lo que me indica mi espíritu.
      —Le daré quince dólares pa un viaje de fin de semana —dijo la vieja con tono desabrido—. Es lo único que puedo hacer.
      —Eso apenas servirá pa pagar la gasolina y el hotel —repuso él—. No llegaría pa la comida délla.
      —Diecisiete cincuenta —dijo la anciana—. Es to lo que tengo, así qu’es inútil que trate de exprimirme. Puede llevarse la comida d’aquí.
      El señor Shiftlet se sintió profundamente herido por la palabra “exprimir”. No albergaba la más mínima duda de que ella tenía más dinero cosido al colchón pero ya le había dicho que no le interesaba su dinero.
      —Procuraré que eso alcance —repuso, y se retiró zanjando así las negociaciones con la anciana.
      El sábado, los tres fueron al pueblo en el automóvil, cuya pintura aún no se había secado, y el señor Shiftlet y Lucynel se casaron en el juzgado con la anciana como testigo. Cuando salieron, el señor Shiftlet comenzó a estirar el cuello. Parecía malhumorado y resentido, como si lo hubiesen insultado mientras alguien le sujetaba.
      —Esto no m’ha gustado —dijo—. No es más que algo que una mujer hace en una oficina, sólo papeleo y análisis de sangre. ¿Qué saben de mi sangre? Si me sacaran el corazón y lo cortaran en pedazos, no sabrían na de mí. No m’ha gustao na.
      —S’ha cumplío la ley —dijo la anciana con aspereza.
      —La ley —replicó el señor Shiftlet, y escupió—. Es la ley lo que no me gusta.
      Había pintado el coche de verde oscuro con una franja amarilla bajo las ventanillas. Los tres se sentaron en el asiento delantero y la anciana comentó:
      —¿No está guapa Lucynell? Parece una muñeca.
      Lucynell llevaba un vestido blanco que su madre había desenterrado de un baúl y se tocaba con un sombrero panamá con una ramita de cerezas rojas en el ala. De vez en cuando su expresión plácida cambiaba a causa de algún pensamiento travieso como un brote de verde en el desierto.
      —¡Se lleva usted una joya! —dijo la anciana.
      El señor Shiftlet ni siquiera le dirigió la mirada.
      Volvieron a la casa para dejar a la anciana y coger la comida de aquel día. Cuando estuvieron listos para partir, ella se quedó al lado de la ventanilla del coche con los dedos cerrados sobre el vidrio. Las lágrimas comenzaron a brotar de las comisuras de sus ojos y a rodar por las sucias arrugas de su rostro.
      —Nunca m’he separao d’ella dos días —dijo.
      El señor Shiftlet puso el motor en marcha.
      —Y no se la daría a ningún hombre, a excepción d’usté, porque he visto que actúa como es debido. Adiós, querida —añadió aferrándose a la manga del vestido blanco. Lucynell la miró y no pareció verla. El señor Shiftlet hizo avanzar el coche y la vieja tuvo que sacar la mano.
      Era un mediodía claro, cálido, rodeado de un cielo azul pálido. A pesar de que el automóvil no podía ir a más de cincuenta kilómetros por hora, el señor Shiftlet se imaginó fantásticas subidas y bajadas y curvas cerradas, que solo estaban en su cabeza, y se olvidó de la amargura de la mañana. Siempre había deseado un coche pero nunca había podido comprarlo. Conducía muy deprisa porque quería llegar a Mobile al anochecer.
      De vez en cuando interrumpía sus pensamientos el tiempo suficiente para mirar a Lucynell sentada a su lado. Se había comido el almuerzo tan pronto como partieron y ahora arrancaba las cerezas del sombrero y las arrojaba una a una por la ventanilla. Él se sintió deprimido a pesar del coche. Había conducido unos ciento sesenta kilómetros cuando decidió que ella debía de tener hambre de nuevo y, al legar a un pueblecito, estacionó frente a un local pintado de color aluminio llamado The Hot Spot, la llevó dentro y pidió para ella un plato de jamón y sémola. El viaje la había adormecido y, tan pronto como se sentó en el taburete, descansó la cabeza sobre la barra y cerró los ojos. En The Hot Spot no había nadie más que el señor Shiftlet y el muchacho tras la barra, un joven pálido con un trapo grasiento al hombro. Antes de que le sirviera la comida ella ya estaba roncando suavemente.
      —Dáselo en cuanto se despierte —dijo el señor Shiftlet—. Lo pagaré ahora.
      El muchacho se inclinó hacia ella, miró el cabello largo de un dorado rojizo y los ojos dormidos entrecerrados. Luego levantó la vista y miró al señor Shiftlet.
      —Parece un ángel de Dios —murmuró.
      —Estaba haciendo autostop —explicó el señor Shiftlet—. No puedo esperar. Tengo que llegar a Tuscaloosa.
      El muchacho se inclinó de nuevo y con sumo cuidado tocó con un dedo una hebra de pelo dorado. El señor Shiftlet partió.
      Se sentía más deprimido que nunca mientras conducía solo. El atardecer se había vuelto caluroso y sofocante y el campo era ahora llano. En el cielo, a lo lejos, se preparaba una tormenta muy lentamente y sin truenos, como si se dispusiera a drenar todas las gotas de aire de la tierra antes de caer. Había momentos en los que el señor Shiftlet prefería no estar solo. Además, pensaba que un hombre con automóvil tenía responsabilidades para con los demás y se mantuvo alerta por si veía a alguien haciendo autoestop. De vez en cuando, veía letreros que rezaban: CONDUZCA CON CUIDADO. LA VIDA QUE SALVE PUEDE SER LA SUYA.
      La angosta carretera descendía a ambos costados hacia campos secos, y aquí y allá surgían en un claro casuchas y alguna que otra gasolinera. El sol comenzó a ponerse justo delante del coche. Era una bola rojiza que, a través del parabrisas, parecía levemente chata en las partes superior e inferior. Vio a un chico vestido con un mono y un sombrero gris parado en el arcén, aminoró la marcha y se detuvo a su lado. El muchacho no tenía el pulgar levantado, tan sólo estaba plantado allí, pero llevaba una maletita de cartón y el sombrero puesto de una manera que indicaba que se iba para siempre de algún lugar.
      —Hijo —dijo el señor Shiftlet—, veo que quieres viajar.
      El muchacho no dijo ni que sí ni que no, pero abrió la portezuela y se sentó, y el señor Shiftlet empezó a conducir. El chico tenía la maleta en el regazo y los brazos cruzados sobre ella. Volvió la cabeza hacia la ventanilla, sin mirar al señor Shiftlet. Este se sintió angustiado.
      —Hijo —dijo al cabo de un minuto—, tengo la mejor madre del mundo, así que supongo que debes de tener la segunda mejor.
      El muchacho le dirigió una rápida mirada oscura y acto seguido volvió de nuevo el rostro hacia la ventana.
      —No hay na más dulce —continuó el señor Shiftlet— que la madre d’uno. M’enseñó las primeras oraciones sobre sus rodillas, me dio amor cuando nadie lo hacia, me dijo lo que estaba bien y lo que no, y veló para que yo hiciera las cosas bien. Hijo —añadió—, ningún día de mi vida he lamentao tanto como aquel en que abandoné a mi madre.
      El muchacho se removió en el asiento pero no miró al señor Shiftlet. Descruzó los brazos y puso una mano sobre la manija de la puerta.
      —Mi madre era un ángel de Dios —prosiguió el señor Shiftlet con voz crispada—. Él la trajo del cielo y me la dio y yo la abandoné —sus ojos se nublaron al instante con un velo de lágrimas. El automóvil apenas se movía.
      El muchacho se volvió con rabia en el asiento.
      —¡Vete a la mierda! —gritó—. ¡Mi vieja es una bolsa de piojos y la tuya es una zorra apestosa! —y tras esto abrió la portezuela y saltó con su maleta a la cuneta.
      El señor Shiftlet quedó tan sorprendido que condujo lentamente unos cincuenta metros con la puerta todavía abierta. Una nube exactamente del mismo color que el sombrero del muchacho y en forma de nabo había descendido sobre el sol, y otra, de aspecto más feo, se agazapó detrás del coche. El señor Shiftlet sintió que toda la podredumbre del mundo iba a tragárselo. Levantó el brazo y lo dejó caer sobre el pecho.
      —¡Oh, Señor! —rezó— ¡Aparece y limpia este mundo de las porquerías!
      El nabo continuó descendiendo lentamente. Unos minutos más tarde, sonó de atrás, como una risotada, el estruendo de un trueno y unas gotas de lluvia fantásticas, como tapas de latas, se estrellaron contra la parte posterior del coche del señor Shiftlet. Se apresuró a pisar el acelerador y con el muñón fuera de la ventanilla corrió contra la lluvia galopante hasta Mobile.

El cruce del Aqueronte, por Abelardo Castillo

 





 Escribe Abelardo Castillo*

            Se despertó de golpe, sin abrir los ojos, aterrado y cubierto de sudor. Era de mañana, lo supo por el tenue color polvo de ladrillo que filtraba la luz a través de sus párpados cerrados. El corazón le latía con grandes mazazos, al ritmo del mundo, que se bamboleaba y saltaba y caía como si estuviera a punto de partirse como un huevo. En realidad no era el mundo lo que parecía amenazado por un cataclismo (no al menos en un sentido inmediato), sólo que Esteban Espósito con los ojos apretados y rígido de miedo no tenía por ahora la menor intención de averiguarlo. Dios mío, pensó, si salgo de ésta. Porque lo que sí adivinaba sin mucho esfuerzo es que al llegar a este sitio, cualquiera fuese el sitio donde ahora se hallaba, debió de estar tan descomunalmente borracho como muy raras veces antes en su vida, lo que no es poco decir si tenemos en cuenta cuál había sido su manera habitual de soportar el mundo en los últimos cinco o seis años. Y aunque resulte curioso, esta comprobación lo llevó a pensar que, bien mirado, no existía ningún motivo para imaginarse en peligro. Excepto por la sed y los golpes como timbales de su corazón y la necesidad increíblemente nueva de tomarse un whisky, cosa que nunca le había ocurrido antes al despertar, excepto, pensó con algo vagamente parecido al humor que esté en peligro de muerte, por colapso alcohólico. Pensamiento que dejó de causarle gracia al mismo tiempo que lo formuló y que tuvo la virtud de hacerle olvidar el whisky. No abrió los ojos. Hizo algo aparentemente menos lógico: cerró, con cautela, la boca. Nadie lo vería dormir con la boca abierta por más que, según todas las señales, ésta fuera la última mañana del mundo. Supo, con los ojos cerrados –lo supo mucho antes de comprender que aquello no era el mundo, sino un ómnibus expreso, ómnibus que Esteban había conseguido tomar de algún modo y que ahora acababa de entrar en un desvío de tierra–, supo que era pleno día y que, dondequiera que estuviese o lo hubieran metido, podía haber testigos. Dormir con la boca abierta es una obscenidad, un signo de abandono, de abyección. Testigos o testigas. Porque, la verdad sea dicha, lo único que le importaba era que pudiera verlo una mujer. El ómnibus dio un nuevo bandazo, Esteban oyó por primera vez el zumbido del motor y tomó plena conciencia de que aquello era un ómnibus. Bueno, pensó calmado en parte, aunque sin dejar de sentir una especie de inquietud, parece que finalmente conseguí tomar el ómnibus. Se llevó, con disimulo, la mano a la frente empapada. La mano no tembló. Luego, sin abrir los ojos y con casual naturalidad de alto ejecutivo que viaja en ómnibus porque no ha conseguido pasaje en avión y tiene el coche descompuesto, se alisó el pelo: entonces sintió que le dolía terriblemente el parietal izquierdo. ¿Qué era? ¿Un golpe? O el lógico dolor de cabeza, primero de los castigos o agonías que siguen a eso que los libros llaman una noche de juerga, pero que él, Esteban Espósito, treinta y tres años, ex futuro maestro de su generación, había aceptado llamar finalmente con el más apropiado nombre de alcoholismo crónico, en un acto de coraje que un mes atrás lo había ennoblecido hasta la Bienaventuranza ante el espejo del baño, pero que no modificó en absoluto su amistad cada día más estrecha con el whisky y la ginebra, si bien siempre le quedaba el consuelo intelectual de sentirse dueño (todavía) de una lucidez implacable. Las dos cosas. El lógico dolor de cabeza y un golpe. Ahora palpaba el hematoma del cuero cabelludo, la inflamación a todo lo largo del hueso. No habré cometido la idiotez de pelearme con alguien. ¡O caído! Pero de pronto recordó el taxi, con alivio recordó que esa madrugada, al tomar el taxi, y por algún misterio, calculó que el auto tenía umbral, pisó el aire, se fue hacia adelante y dio con el costado izquierdo de la cabeza contra la puerta. Lo recordó con un alivio un poco inexplicable y abrió los ojos: era de mañana, en efecto, y nadie lo miraba. Pero era tan de mañana, y con un sol tan repugnante y redondo colgado de su propia ventanilla, que fue como si le reventaran un petardo en la cabeza. Dios mío, pensó, cómo pude ponerme un traje semejante, porque de acuerdo con la altura del sol no era mucho más de las ocho y, a mediodía, ese traje de lana y su chaleco podían llegar a enloquecerlo, sin que esto fuera ninguna metáfora. Corrió la cortinita de la ventanilla y cerró los ojos. No se quito el saco ni el chaleco. Otras cuestiones lo distrajeron. Con qué dinero había tomado el ómnibus, por ejemplo. Y dónde la había dejado a Mara. O cómo consiguió llegar a su casa desde la fiesta, porque ahora también recordaba la fiesta. Y sobre todo: cómo hizo para subir las escaleras hasta su departamento, vestirse, volver a bajar, tomar un taxi y llegar a la estación de ómnibus. ¿Y adonde iba? Esteban abrió los ojos con espanto. Pero no debía alarmarse. Lo fundamental en esos casos era no alarmarse. Se arregló el nudo de la corbata. Con una fugaz admiración por sí mismo comprobó que tenía prendido el botón del cuello. Iba a Entre Ríos, sí. A Concordia. Vestido como para una excursión a Nahuel Huapi, pero iba, decentemente, a dar una conferencia sobre alguna cosa (que ya recordaría) a algún lugar llamado Amigos del Arte, o Amigos del Libro. O amigos de hincharme las pelotas, pensó de pronto al darse cuenta de que no llegaría antes de las cuatro de la tarde, suponiendo que llegara, porque quién le aseguraba que ese ómnibus iba a Entre Ríos, quién podía asegurarle que él, esa madrugada, hubiera hecho inconscientemente algo tan sensato como sacar un pasaje para el verdadero sitio al que iba. Metió la mano en el bolsillo interior del saco buscando el pasaje. A punto de gritar, retiró la mano. Sus dedos habían tocado un pequeño objeto peludo. Ahora estaba aterrado realmente y sentía todo el cuerpo empapado al mismo tiempo. Era absurdo. "No soy tan borracho." ¿No? "No, no al menos como para tener..." ¿Alucinaciones?, ¿táctiles? ¿Alucinaciones táctiles? "Está ahí; eso, lo que sea, está realmente en mi bolsillo." ¿Está? ¿Podríamos jurarlo?¿Podríamos jurar que nunca, antes, habíamos tenido una, para decirlo de otro modo, una pequeña confusión de ningún tipo? "Sí, puedo jurarlo", murmuró locamente Esteban, y al comprender que había hablado casi en voz alta hundió la mano en el bolsillo y apretó con ferocidad aquella cosa, su pequeña pelambre, mientras una náusea incontenible le subía agriamente a la garganta, y un segundo después se encontró mirando con estupor en la palma de su mano un cepillo de dientes, un hermoso cepillo de dientes de mango azul como el cielo, como los ojos de una mujer de ojos azules, como cualquier cosa azul y transparente en este portentoso mundo de flores azules y viajes al lugar exacto, porque ahora, después de meter la mano en otro bolsillo, encontró un pasaje donde se leía Transportes Mesopotámicos, marcado con un agujerito redondo como la boca de un pez, como una perla, como toda cosa redonda y mínima que Dios haya puesto sobre su azul y redondo mundo en el lugar correspondiente a la ciudad de Concordia. Se quitó el saco y el chaleco. Habría estado muy borracho la noche anterior, perfecto. Tan borracho como para no recordar casi nada de lo que había hecho (¿dónde la había dejado a Mara?,¿era Mara?), pero no tan borracho como para olvidarse de salir correctamente vestido con un traje de lanilla que, pensándolo bien, era lo más adecuado para sobrellevar el fresco repentino de las noches litorales, ni tan borracho como para olvidar esto, el Símbolo de nuestra Civilización y nuestra Cultura, de manera que si el esperado cataclismo hundiese el planeta los arqueólogos del futuro podrían reconstruir a Espósito y su mundo, su irrisión y su conmovedora grandeza, a partir de este solo dato. Imaginó con cierta ternura, junto a sus incorruptibles huesos, la incorruptible baquelita azul del cepillo. Cuando intentó ponerse de pie para dejar el saco y el chaleco en el portaequipajes, comprobó que no había estado borracho, sino que, técnicamente hablando, todavía estaba borracho. Y de qué modo. Mirando desde allí el portaequipajes, comprobó otra cosa: no se veía valija ni bolso de mano, ni objeto alguno que fuera suyo, sobre todo, no un portafolio. Y él recordaba perfectamente un portafolio, negro, con manija, baratísimo y suyo, sin valor para nadie que no fuera el hombre que ahora volvía a transpirar y se aflojaba la corbata con un tirón tan brusco que le saltaron dos botones de la camisa, su portafolio de material sintético, negro estuche de su alma, dicho sea con toda ironía, o Caja de Pandora de tres por cinco donde sin embargo, dicho sea sin la menor ironía, anidaba la Esperanza, por no llamarla Redención. Esteban recordó haber llegado a su casa sin Mara (¿dónde la habría dejado?, Mara o la que fuera), vale decir, solo. Vale decir que no pudo haber entrado en ningún bar. Nunca bebía solo. Nunca, o todavía. ¡Bah!, anda al carajo con tus interrupciones, pensó. O sí, el único lugar donde aceptaba beber sin compañía era su casa, pero no hasta emborracharse, y esto sí que era extraño y hasta novedoso, era un poco anormal desde el punto de vista clásico, ya que esta gente (los borrachos, pensó, los enfermos alcohólicos), como los drogadictos, tienen una manifiesta tendencia a la soledad cuando están en racha, al anonimato, a los bodegones sórdidos, cosa que a Esteban le resultaba bastante inexplicable porque, según pensaba ahora ya totalmente olvidado del portafolio y hasta de su alma inmortal cautiva en el portafolio bajo la especie de un gran cuaderno Leviatán de hojas cuadriculadas, la soledad únicamente se soporta estando sobrio, sólo es bella y contiene al hombre como en el centro de una perla negra, si se está sobrio, en cambio, el mundo, que repentinamente había derivado desde una redonda transparencia con azules flores de campanilla hasta la forma algo arbitraria de una escupidera cuyo contenido venía a ser la Civilización, y sobre todo ciertos borrachos, y sobre todo ciertos escritores borrachos (excepto los muertos venerables), en cambio el mundo no puede ser soportado con menos de medio litro de whisky bajo la camiseta, pensó Esteban como si cantara en medio de un incendio, imagen que estuvo a punto de revelarle una teoría general y algo catastrófica sobre el destino de la Cultura Occidental, y sobre el arte, esa borrachera de la cultura, y sobre sí mismo como una especie de cordero borracho inmolado por amor a la sobriedad, al equilibrio y a las flores azules. Y sabe Dios adonde habría ido a parar si la necesidad de escribir todo esto (de escribir una carta, pensó) no le hubiese hecho recordar el portafolio. Tenía la costumbre de apoyarlo junto a la pata de las mesas, en los bares, pero, por las razones filosóficas ya apuntadas, él no había entrado en ningún bar. O sí. ¿El bar de la estación? Imposible. Y no porque esta misma mañana no se hubiera sentido capaz de refutar su sana teoría sobre él y los bares, sino porque en la estación de ómnibus no había ningún bar, no uno abierto. Ni tampoco en los alrededores, porque ahora se recordó a sí mismo, portafolio en mano, buscando con alguna desesperación un bar abierto por la calle Hornos. –"Nortespierto" –oyó, junto a la oreja. Una dulce electricidad le erizó los pelos de la nuca. Y mientras alcanzaba a pensar que esa expresión no era un giro literario, comprobando al mismo tiempo que a su lado no había nadie, cosa que ya sabía, recordó el nombre de la calle (¡Hornos!) y sintió que se le helaban los dedos debajo delas uñas. Su asiento estaba reclinado; el contiguo, no. En el hueco vio una nariz y un ojo. El ojo era más bien verde, pero Esteban, por una cuestión de cábala, lo miró como si fuera azul. Ojo que pertenecía a una encantadora anciana que acababa de preguntarle al señor del asiento de adelante, o sea a él, si ya estaba despierto. Esteban, con la espalda muy rígida contra el respaldo y la cabeza vuelta en dirección al ojo, tenía, o le pareció, un vago aspecto de persona a punto de ser fusilada, y, a causa de la torsión del cuello y de los ojos, cierto aire de pánico que de todos modos no lograría atenuar mientras debiera atender por entre los asientos a la anciana dama, quien, créase o no, le estaba hablando a Esteban de su portafolio. –Usted me lo puso en la falda, al subir –decía la bella mujer antigua del asiento de atrás–."Cuídemelo bien", me dijo, y se fue a dormir a su asiento. –Me acuerdo –dijo soñadoramente Esteban. –Pero yo me bajo acá cerca, en Zarate –decía el Hada de los Poetas–. Así que no sé. Yo debí tener una abuela así, pensó Esteban casi con lágrimas, o aunque más no fuera un ama de llaves como ella. Nunca me habría atrevido a defraudarla. Nunca me hubiese caído de cabeza en la bañadera al volver de madrugada, nunca me hubiese deslizado en la oscuridad para robarle el Licor de las Hermanas. Y todo, lo sé, todo habría sido distinto. –Démelo, démelo nomás –dijo. La abuela, que hasta ese momento seguía con el portafolio sobre su falda, hizo ademán de levantarse. No, pensó horrorizado Esteban. Ella no debía ponerse de pie. Y él, menos. Perder el equilibrio justamente ahora hubiera sido horrible, hubiera sido infame. Dios lo perdona todo, menos cosas como ésta. –Por el agujero nomás –dijo, deslizando la mano entre los dos asientos–. Pásemelo por el agujero. De inmediato, y olvidándose por completo de dar las gracias y quizá hasta olvidando a la anciana, descorrió el cierre del portafolio, sacó el cuaderno, sacó un frasquito de anfetaminas, se tragó dos de un golpe y buscó una lapicera: encontró tres. Como equipaje, era representativo: un enorme cuaderno, las anfetaminas, tres lapiceras, una camisa, un libro de Jack London y una bombilla para tomar mate cuya procedencia y utilidad ya iría descubriendo con las horas, aparte del citado cepillo de dientes que, vaya a saber por cuál arranque de ternura, había decidido llevar no en el portafolio, sino junto a su corazón. Apoyó sobre las rodillas el cuaderno abierto en una página en blanco. Lo veía todo muy claro ahora. Y todo quería decir todo. El mundo. Y su relación con el mundo. El porqué de su relación con el mundo y el porqué de su relación con Mara (con todas las mujeres, sí, pero especialmente con Mara), y el porqué de que a veces, durante la noche, todavía se creyera capaz de terminar su libro, y aun muchos otros libros que les hablaran a los hombres de otro hombre, de Esteban Espósito, con una voz tan angelicalmente bella y demoníaca que ellos se espantarían de sí mismos si eran perversos y, si no lo eran, quizá comprenderían que él de veras se había crucificado inmundamente, y se estaba matando, y se había hecho odiar por todos los que alguna vez lo amaron y ya había dejado de amar, y casi no podía sentir un solo sentimiento humano, por la pasión de ser feliz, de que todo hombre fuera feliz, por la locura de que todo hombre y aun toda cosa fueran bellos y felices, motivo por el cual se fue convirtiendo en lo que era, un egoísta hijo de puta, un sórdido egoísta hijo de puta que se emborrachaba por miedo a vivir y se acostaba con otras mujeres por miedo a vivir y no era capaz de confesarle a Mara que nunca la había querido por miedo a vivir, y a dejarla vivir, y ya ni siquiera escribía por miedo a vivir. Pero esta vez iba a decirlo palabra por palabra, a confesarlo todo. Iba, siquiera por una sola vez en su vida, a hacer algo irremediable, algo absolutamente sincero y honrado, e irremediable, pensó, o quizá ya lo estaba escribiendo porque desde hacía unos minutos se había puesto a escribir frenéticamente, ahogado por el calor y casi a ciegas, sacudido por los bandazos del ómnibus y los propios bandazos de su corazón mientras comprendía en algún lugar de su conciencia que le era absolutamente necesario conservar este delirio, esta embriaguez, porque si no escribía hoy esta carta no se iba a atrever a escribirla nunca. Hoy lo había emborrachado Dios. Y en el mismo momento en que empezaba a meditar en el sentido cabal (religioso) de la palabra embriaguez, advirtió que el ómnibus estaba deteniéndose. Zarate. La Balsa. En la Balsa había una especie de confitería. Se pasó la mano por la frente empapada. No, no iba a bajarse. Como aureolada, la Abuela Mística del asiento de atrás pasó junto al asiento de Esteban. No llevaba valija ni bolsón, llevaba un paquete, porque todas las abuelas del mundo viajan por el mundo con paquetes. Ella le sonreía. Y Esteban también sonrió, sólo que en dirección a su rodete, vale decir un poco a destiempo porque ella ya había pasado. De modo que no la vería nunca más. Y de modo que ella había venido custodiando, desde la mismísima calle Hornos, su portafolio y, sobretodo, su ancho cuaderno Leviatán, de cuatrocientas páginas y, sobre todo, doscientas de esas cuatrocientas páginas cuadriculadas de su gran cuaderno de tapas duras, robado, seis años atrás, en una ruinosa librería de Córdoba que, por si no se cree en el destino, se llamaba nada menos que Fausto. Bruscamente, Esteban se puso de pie, mejor dicho se puso de pie sin pensarlo y eso lo ayudó a pararse. O quizá ya le estaban haciendo efecto las anfetaminas, porque se encontró dando grandes zancadas por el pasillo del ómnibus detrás del rodete de la abuela, al que alcanzó a decirle "gracias" en el momento exacto en que llegaba a la puerta. Ella se dio vuelta y volvió a sonreír. "Pero hijo", murmuró como una música. Y Esteban la vio irse de su vida, con su gran paquete y rodeada de ángeles o de parientes que la esperaban, parientes o ángeles a los que no quiso mirar porque también le pareció oír la voz de un chico quien, en contados segundos, le robaría para siempre el amor de la abuela, que sin saberlo, y más que nada sin importarle, había venido custodiándolos diez primeros capítulos de algo que en términos generales podía llamarse su apuesta contra el tiempo, o el embrión, informe, pero el embrión, de su grande y verdadera conversación con el demonio: su Pacto con el Diablo. En el pasillo del ómnibus algunos impacientes parecían tener una idea distinta de la de Esteban acerca del uso de la puerta, pero ¿qué hubiera pensado la abuela de horas sin pensar en otra cosa, y especialmente sin pensar demasiado en lo que escribía, la carta estaría terminada antes de que el cansancio, el alcohol y las anfetaminas, actuando como de costumbre, lo fulminaran en un sueño que podía durar dos o tres horas más y del que despertaría, también como una fulminación, en un estado tal que ningún directivo de Amigos del Libro, sin conocerlo, podría diferenciar de la más absoluta normalidad. Antes, claro, debía lavarse la cara y los dientes. Y antes, en alguna parada del ómnibus, comprar un sobre, una estampilla y echar la carta. Después de esto vendría el sueño. Y al despertar, en el pueblo anterior a Concordia, recién entonces se lavaría la cara y los dientes. Y se cambiaría la camisa. Y al llegar a Concordia, ¿Quién bajaría del ómnibus? Un escritor todavía joven, pálido por el viaje y ojeroso por las diez horas de calor y ripios, vagamente parecido a Montgomery Clift en Mi secreto me condena, casi tan inmortal como diez años antes, aunque mucho más solo. Y así fue como Esteban Espósito supo que ése no era el día de su muerte. Y escribió. Semi ahogado, por el calor, con el cuaderno sobre las rodillas encogidas, el cuerpo empapado por la fiebre, y la garganta y la nariz resecas, escribió, poniendo mucho cuidado en dibujar las palabras, de manera que se podría haber dicho que lo hacía casi con amor, si la necesidad de presionar la lapicera sobre el papel y la costumbre de apretar los dientes no le dieran al acto un cierto aire de ferocidad, metido en ese ómnibus que corría bajo el sol por un increíblemente liso camino de ripios abierto en algo bastante parecido a una selva, y que quizá era una selva si sus nociones de geografía argentina no eran muy fantásticas (¿me habré perdido yo también en medio del camino de mi vida?, ¿será pueril la asociación?, ¿entenderás, no digo ya las palabras, entenderás siquiera mi letra?, ¿querrás llegar, como yo, hasta el final de este cáliz, o carta, o acto de purificación, o crimen?, ¿no querrás imaginar generosa, y sobre todo cobardemente, que todo esto es obra de un borracho, ni siquiera de un borracho, ya que está muy claro que yo no soy ellos, sino obra de una borrachera, una especie de acné tardío que se cura con el matrimonio y sus consiguientes preocupaciones por la leche en polvo, la diarrea estival y otras responsabilidades civiles?), sabiendo que si se detenía a pensar un segundo, todo estaba perdido, poniendo mucho cuidado no sólo en dibujar las palabras sino en evitar que las gotas de sudor cayeran sobre el papel y las borronearan con efecto doblemente desastroso, Esteban escribió. Tenía conciencia de que nunca volvería a recordar nada de lo que ahora le resultaba tan claro: sabía, sobre todo, que si no acababa esa carta y la despachaba a Buenos Aires antes de llegar a Concordia, volvería a leerla y le parecería insensata, y hasta se felicitaría por no haberla enviado, y esta misma noche, caminando entre los palmares sometido al imperio de la Luna, o más bien acostado en cualquier hotel con alguna joven asistente a su conferencia bajo el efecto de varios whiskies, acabaría explicando que su relación con Mara era un horror demasiado complejo para que no fuera también un modo del amor, por lo menos del agradecimiento, y terminaría preguntando por qué tenía que venir a encontrarla justamente a ella(a la muchacha de la conferencia, no a Mara), justamente en ese momento de su vida y en esa ciudad de mierda, y si las cosas marchaban bien conseguiría que la muchacha viajara de vez en cuando a Buenos Aires, hasta que la incomodidad, la amenaza de un cariño conflictivo u otro conferenciante asesinaran este idilio de luciérnagas. Y también lo escribió. O escribió algo que equivalía a eso. Con una alegría angélica, con un dolor absoluto, purísimo, como el que debe sentir un animal con el vientre rajado, escribió. Escribió sobre su cobardía y su egoísmo, y era consciente incluso del egoísmo y la cobardía que significaba la liberación de escribirlo. Escribió muchas veces la palabra amor, y escribió, o creyó que escribía, cómo él había nacido para celebrar el amor y cómo, sin que nadie tuviera la culpa, fue cayendo poco a poco en el odio, primero hacia sí mismo y luego hacia ella, un odio que le corrompió el corazón pero no alcanzó a destruirlo porque él aún creía, él sabía, que el amor vendría a instalarse sobre la triste Tierra. Y escribió qué era lo que quería de la vida, y cómo, aunque esta misma noche buscara desesperadamente una muchacha contra la cual poder dormirse y mañana volviera a emborracharse y quizá ya no le quedara tiempo, no le estuviera permitido acabar aquello para lo que había venido al mundo, desde hoy sólo viviría para consumar su idea de la vida. Que no es, escribió, lo que vos llamarías ser feliz. Porque vos te conformabas (!) con la felicidad y yo descubrí hace años que el mero hecho de vivir implica que la felicidad no existe, y que, en todo caso, eso que ustedes llaman felicidad, ese sol risueño, esa pequeña flor de cada mañana, aunque es cosa buena a los ojos de Dios y se puede construir acá abajo y da alegría, no tiene nada que ver con mi destino. ¿Qué cómo lo sé? Porque yo, Mara, o cierta clase de humoristas como yo, estamos en el fondo mucho más dotados que nadie (Esteban tachó por primera vez una palabra y puso ustedes) para esa felicidad que voy a llamar humana, aunque lo mejor sería hablar en plural y decir pequeños cristales límpidos y redondos, felicidades. No habría más que abandonarse y aceptar las pueriles, hermosas, inocentes cosas de la vida, atarse ala vida y dedicarse a crecer y multiplicarse, ni hace falta amar, basta un poco de alegría. Yo sé que pude eso y no lo quiero, y ahora, aunque lo quisiera, ya no podría, porque también sé que algo hice, o sucedió algo, que me volvió desdichado, ya termino, algo que me dejó sin alegría para compartir con nadie. Y escribió dos o tres palabras más, levantó la cabeza, lo sorprendió la calcinada inmovilidad del paisaje y volvió a escribir acto de fe. Ya que entre nosotros es un poco grotesco hablar de actos de amor. Y firmó. Y recién entonces tomó plena conciencia de que acababan de cruzar la segunda balsa y que ahora estaba en el comedor de una posta de la ruta. No tenía una idea muy clara de cuándo (ni cómo) había bajado del ómnibus. Vio brumosamente que el señor petisito se anudaba con dignidad una servilleta en el cuello. Vio a través de la ventana la desolación de una calle de tierra y un quiosco de revistas y cigarrillos. Todo esto era importante, le hubiera gustado saber por qué. Con mucho cuidado arrancó del cuaderno las hojas escritas y las dobló. Se puso de pie: debía comprar un sobre. Eso era. Y una estampilla. Buscó en el bolsillo delantero del pantalón y verificó que le quedaban cien pesos. Si su experiencia no le fallaba, debía tener más, tan arrugados como éstos, distribuidos secretamente en los lugares más astutos. Por cábala no siguió buscando. Ya aparecerían a su debido tiempo. No había que mostrarse desconfiado con la Divinidad, ni impaciente. Moisés debió meterse la varita en el culo cuando sintió el impulso de volver a golpear la piedra. Lo que tenía que hacer ahora requería cierta firmeza de carácter: llegar al quiosco. Y antes, pasar entre esas dos mesas y abrir la puerta. El quiosco estaba fácilmente a seis o siete metros. Llegó. Se apoyó un segundo en la vitrina de los caramelos. –Un sobredijo, o al menos le pareció que lo dijo. La calle, a pleno sol, era una especie de calle del Far West.  No se veía más que la estación deservicio, el restaurante, este quiosco y dos o tres casas en cuyas puertas la gente parecía vender sandías o grandes zapallos. –Qué –oyó. El hombre del quiosco lo miraba con demasiada fijeza. Esteban comenzó a transpirar. No sólo pedir un sobre, sino estampillas. Y había algo más, algo en lo que hasta ahora nadie ha pensado. La idea le heló la espalda. –Y un buzón –dijo. El hombre se echó hacia atrás. Esteban lo miró directamente a los ojos. –Un sobre –repitió con absoluta claridad y en un tono más bien amenazante–. Un sobre para cartas. Y una estampilla. Y dígame –dijo contemplando la calle de tierra, descubriendo a su lado un pato que lo miraba sin interés– dónde hay un buzón cerca. Un buzón o algo. –Porque de pronto pensó que en los pueblos, suponiendo que aquello fuera un pueblo, nunca había visto buzones. El hombre, con calma, cortó una estampilla. El pato desapareció moviendo la cola. Buzón, dijo el hombre, un buzoncito. Después le mostró tres sobres. Esteban le sacó de las manos el más grande y metió la carta dentro. Abultada espectacularmente. Compró dos estampillas más. –Buzón no, estafeta –dijo el hombre–. Hay una estafeta seis cuadras para adentro –y siguió hablando, mientras Esteban pensaba que caminar seis cuadras ahora, bajo ese sol, estaba más allá delas posibilidades humanas. Seis de ida, porque además había que volver–. Son noventa pesos –dijo el hombre, alisando sobre el vidrio el billete de Esteban–. Cien pesitos. El vuelto se lo debo. La gente que viaja nunca paga con monedas, y si no pagan con monedas, yo de dónde las saco. ¿Quiere un caramelo? Esos de ahí son de diez. Tiempo de ir y volver tiene, ahora que yo... –y volvió a mirarlo, frunciendo la boca, como si calculara los días de vida que le quedaban a un enfermo grave– . Vea, si usted quiere... –No –lo interrumpió casi con terror. Lo que el hombre iba a ofrecerle era echar él mismo la carta. Y Esteban no podía arriesgarse a que lo olvidara, o la extraviase, o la despachara catastróficamente una semana después cuando él ya hubiera vuelto a Buenos Aires y las cosas tuviesen otro signo, sin contar que, por motivos que ahora no tenía muy claros, echar esta carta era asunto de él–. Gracias – dijo. Y con el portafolio en una mano y el caramelo en la otra, echó a caminar por el centro de la calle. Dos cuadras, había dicho el hombre, primero dos cuadras hasta la casa amarilla de techos colorados. A partir de allí, las otras seis, hacia el río. Lo que hacía un total de ocho, lo que significaba dieciséis. Caminó una cuadra y pensó que se desmayaba; al llegar a la tercera se dio cuenta de que había pasado de largo frente a la casa amarilla, sin verla. Dio la vuelta. Entonaba, dentro de la cabeza, una marcha militar. Cuando llegó a la casa amarilla dobló instintivamente hacia la izquierda, sabiendo, antes de ver las veredas arboladas de naranjos, que no se había equivocado. Parecía la entrada de un pueblo. Debía imaginarse el pueblo si quería seguir caminando. Casas con zaguanes frescos, baldosas y mayólicas, macetones con helechos, viejas señoritas con baúles y trajes de novia, jamás usados, dentro de los baúles. Caminaba muy erguido, pero ahora más lentamente. Desde alguna ventana enrejada, por entre el crochet de las cortinas, debía estar mirándolo una muchacha. El crochet lo ha tejido la abuela. La muchacha tiene ojos violetas y, vaya a saber cómo, conoce su tristeza. Y Esteban se encontró de pronto frente a la estafeta de Correos. La puerta, cerrada con un candado, fue lo primero que vio. Y pudo haber sido lo último (ya que irremediablemente sintió que, por lo menos, se volvía loco) si, a punto de perder el equilibrio, no se hubiera aferrado a una especie de cajón que sobresalía de la pared. Vio en la cara superior del cajón una ranura; vio, mientras recuperaba la verticalidad y el sol cantaba sobre su cabeza, un letrerito que decía: "Correspondencias". Así, con s final: correspondencias. Cuando estaba por echar la carta vio a sus pies un perro de ojitos helados que lo miraba socarronamente. Un perro o algo así como una especie de perro. Y Esteban, que durante un segundo tuvo la nítida impresión de que alguien reía(una carcajadita en el centro exacto de su nuca, no hay un modo más humano de explicarlo), dejó caer el sobre en la irrevocable tiniebla del cajón. El perro, si se trataba realmente de un perro, era más bien pesadillesco aunque algo cómico; tenía el aire de un jabalí liliputiense, pero peludo. Esteban, plácidamente se sentó junto a la escalofriante criatura en el umbral de la estafeta. "Picho", murmuró sin convicción mientras desenvolvía el caramelo. Después, por desviar la vista de su terrorífico compañero de umbral, al que por algún motivo resultaba casi irrespetuoso ofrecerle cualquier tipo de golosinas, hizo como que leía las inscripciones grabadas en el cajón de las cartas. Cuando aquello se quedó quieto, leyó, extasiado e incrédulo, que Betty era bombachuda. Incrédulo no porque lo dudara, sino porque abajo firmaba Dante. Betty Bombachuda, Dante. Y todo envuelto inesperadamente en el dibujo de un corazón herido de un flechazo. El perro lo miraba con malignos ojitos de inteligencia. Esteban se puso a comer su caramelo: "Voy a perder el ómnibus", murmuró con objetividad. "Es notable que, justamente ahora, me pase esto." Después estaba corriendo junto al ómnibus en marcha; sin saber cómo, había vuelto y golpeaba la puerta para que le abrieran. Subió y dijo algo que quería significar: –Despiérteme en la parada anterior a Concordia. En su asiento vio la botellita de agua tónica, intacta; abrió la ventanilla y la tiró al camino: antes tomó un trago no muy grande. Apoyó la cabeza en el respaldo y, como si hubiera recibido una pedrada en la frente, se durmió. Se despertó solo, tres horas después. Bajó del ómnibus y volvió a subir con la cara lavada, la camisa limpia y oliendo fuertemente a mentol. Cuarenta minutos más tarde, los directivos del Círculo Impulso de las Artes, que así se llamaba por fin la estimulante institución, recibían, en la terminal de Concordia, a un no muy conocido pero promisorio y desconcertadamente joven y buenmozo escritor capitalino, aunque en realidad no tan buen mozo ni joven como de aire interesante aspecto juvenil, pese a las ojeras y al gesto caviloso o distante que denotan el hábito de meditar sobre el contradictorio corazón del hombre o el haber rodado varias horas sobre ripios; apuesto disertante que en una mano llevaba un portafolio y con la otra saludaba cortésmente a todo el mundo, y que pareció encantado con la idea de que la muchacha del lunar, esposa del contador Unzain, director del Círculo (desdichadamente empantanado en su campo de Villaguay, a unos cien kilómetros de Concordia), fuera la encargada de hacer que lo pasara lo mejor posible; conferenciante que, si aceptaba quedarse unos días, sería llevado a pasar el week-end a una quinta preciosa cerca de los palmares, y al que pronto todos miraron con asombro. Porque Esteban, en el momento de entrar en el automóvil de su joven anfitriona con lunar, se irguió como electrizado, se llevó la mano a la frente y soltó una carcajada límpida, larga, sonora y bastante fuera de situación. Todo: lo había hecho todo, menos ponerle la dirección al sobre. Era tan cómico, que daba miedo. En el fondo de un buzón de madera donde Dante había dicho su última palabra sobre Beatriz y un asesinado corazón dibujaba para siempre su muerte, en algún lugar del país, del mundo, en un pueblo perdido del que Esteban no conocía siquiera el nombre ni se iba a molestar en averiguarlo nunca, yacía, porque la palabra era yacía, algo así como su propio corazón asesinado bajo la apariencia de un abultadísimo sobre sin destinatario, en el fondo mismo de un cajón de madera, como el propio Esteban Espósito algún día, vigilado socarronamente por un perro como de sueño con ojitos de jabalí. Lo miraban. –No, nada –comenzó a decir y entró en el auto mientras sonriendo repetía que no, que no se trataba de nada que pudiera explicar, no al menos tan pronto. Era, había sido, una especie de broma ,algo muy gracioso. Esas cosas que a veces ocurren en los viajes.

*Publicado originalmente, como cuento, en el libro El cruce del Aqueronte. (Editorial Galerna, 1982). Pertenece al capítulo 2 de la novela El que tiene sed.

(Este texto fue publicado en el blog por recomendación de la escritora Leticia Martinez, autora de De cara al sol.)

 

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