Escribe Irene Kleiner
Siempre supe que iba
a escribir sobre ese primer día en que llegué a la casa de Pablo Ramos; mi primer
día de taller. Estaba nerviosa, claro, yo apenas me asomaba a la posibilidad de
escribir; estaba dando más que primerísimos pasos y no tenía la ventaja de la juventud que todo
promete, a la que se le pueden perdonar las tonterías. No tenía idea de cómo
había surgido en mí ese deseo, hoy puedo nombrarlo así, pero en ese momento ni
siquiera lo percibía como tal, es más, creo que había hecho lo posible por no
enterarme de su latido silencioso.
Había conocido a
Pablo casi de casualidad, en una charla sobre El origen de la tristeza. Hoy no
me acuerdo casi nada de lo que habló ese día, lo que sí recuerdo fue su
posición, el lugar desde donde dijo lo que nos dijo. Honestidad pura: sus
miedos, sus fracasos, sus fantasmas, pero no los pasados, porque cualquiera
habla de esas debilidades que gracias a vaya a saber qué, pudo dejar atrás. No,
el escritor Pablo Ramos, a quien admirábamos los que habíamos leído su libro, el
editado, el que había obtenido premios, no tenía respuestas, no quería explicarnos
nada; tan solo venía a mostrarnos las mordeduras de sus perros rabiosos, como
él las llama. Esa tarde se abrió ante nosotros en su enorme humanidad.
Vuelvo entonces a mi
primer día, frente a la puerta de una casa antigua de La Paternal. Era casi
diciembre, y yo le había escrito un mail diciéndole que quería empezar a
asistir a su taller. ¿Qué era lo que yo suponía? Que me iba a decir que me
esperaba al regreso de las vacaciones, que empezábamos después del verano, o
algo parecido. “Vení el jueves” me contestó. En ese primer gesto, en algo tan
simple que podía parecer un detalle, yo acusé el impacto: “no estamos en el
colegio, ni en la Facultad, querida, esto no es la formalidad de un calendario
académico, esto es otra cosa, si querés escribir, si sentís el ronroneo zumbándote
en la cabeza o en alguna otra parte del cuerpo, ¿de qué vacaciones me hablás? ¿A
quién le importa en qué mes estamos?” Eso que nadie pronunció significó para mí
darme cuenta de que estaba entrando a algo diferente a lo que estaba
acostumbrada, a cómo yo pensaba las cosas, tan ordenadas, organizadas, con
planes ciertos.
Cuando se abrió la puerta,
Ramos no estaba, todavía no había vuelto del gimnasio (en esa época iba al
gimnasio). Me recibieron sus alumnos que iban y venían por todos lados como si
fueran los dueños de casa, me hicieron pasar, y ahí se abrió un escenario que
por supuesto no era el que imaginaba, aunque no sé si imaginaba algo, pero lo
cierto es que pasé a un living abarrotado de cosas, un colchón en el piso,
comida, no recuerdo si en esa época había perros, creo que sí, pero ahí ya se
me mezcla con la casa de ahora en la que siempre hay perros y algún gato que
deja un alumno y nunca más viene a buscar; esa casa en la que, de solo entrar, uno siente
que ingresó a un lugar sagrado donde se respira literatura. Lo que sí recuerdo
es que se entreabrió una puerta en ese ir y venir de los alumnos, una puerta
que ya no existe, porque Pablo reformó su casa, y pude ver a una chica con el
torso desnudo, de espaldas, a quien otra chica (que me dijeron, era la novia de
Pablo), le estaba haciendo masajes. Todo era lo más natural para todos. “Ya
estoy acá, pensaba”, con esa sensación de ser la nueva, la chica que tuvo que
cambiar de colegio en séptimo grado; no sabía dónde parame o sentarme. Alguien
me convidó un mate.
Cuando llegó Pablo
nos acomodamos en el patio; me hizo presentar y me explicó cómo funcionaba el
taller: reglas muy claras, imprescindibles para que funcione lo que yo llamo
“el método Ramos”, no sé si él habló de método, pero yo les aseguro que lo tiene, y que sus
resultados son sorprendentes, claro que para eso no es solo cuestión de método,
hay que abandonar unos pedazos de tierra firme y estar dispuesto a hundirse en
aguas profundas, aun sin saber nadar.
En esa casa, que
terminé queriendo, con sus cosas tiradas, los platos apilados en la pileta de
la cocina, o sin gas porque ya no se podía pagar, pero siempre con un
calefactor eléctrico que Pablo ponía cerquita de las que somos friolentas,
aprendí que hay ciertos desórdenes y caos necesarios, que eso no se contrapone
a lo serio, a lo riguroso ni a la precisión. En eso Ramos es inflexible, te
lleva a lo máximo de tus posibilidades, a lo mejor que podés dar; a que
escribas lo que tenés que escribir, eso que uno a veces desconoce de uno mismo
y él, con una capacidad increíble, escucha más allá de tus palabras. Siempre le digo que sería un gran
psicoanalista, porque sabe leer en todas las líneas del pentagrama de lo que
uno dice. Sus devoluciones, las correcciones de Ramos, no terminan en el texto
de la hoja A4 que todos llevamos impresa, él escuchó desde lo primero que
dijiste cuando llegaste, lo que le contaste que te pasó con una amiga o con tu
hijo, o una anécdota al pasar, todo forma parte de todo porque la literatura no
está separada de nuestras vidas y en eso, Pablo Ramos es una de las personas
más coherentes y sinceras que conozco.
Tal vez por eso,
algunos no pueden atravesar ese puente inestable que cruje sobre un río de
aguas peligrosas, porque contra cualquier estética, él propone y sostiene una
ética.
El libro que hoy
celebramos, es una clara puesta en acto de esa honestidad; de una verdad que a
veces es descarnada, pero a la que Ramos no le teme. Porque Pablo Ramos no
mide, se desnuda y lo hace con el pudor
de su dignidad moral, porque es aceptando lo más oscuro que nos habita que se
hace posible una escritura verdadera, esa que él derrama tan visceral como
poética.
Encontré en los
diarios de Abelardo Castillo unas palabras que bien podrían ser de Ramos: “No
he venido al mundo para salvar a nadie, ni siquiera a mí mismo. Lo único que
puedo hacer es buscar implacablemente una verdad que a veces vislumbro. Eso sí
acaso le sirva a alguno”. Vaya si nos ha servido a tantos, querido Pablo; en lo
que a mí respecta, el agradecimiento es infinito.
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