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lunes, 27 de febrero de 2023

"Once cuentos escritos con maestría", Rey Andújar sobre Cuando lo peor haya pasado de Pablo Ramos


Escribe Rey Andújar*




Todo pasa. Lo peor incluso, pasa. El recuerdo como un pájaro caliente en mi mano pasa y me susurra: estás en Cuba, en una Feria del Libro. Con la relación entre calidad y precio de los textos en La Habana, has llevado dos maletas para traerlas llenas del material bélico de la palabra. Los libros, dice Joan Ferrer, son armas de construcción masiva. Y yo le creo. Dos maletas llenas de libros como un traficante cualquiera. El Carlitos Way de las fóking palabras. Tiro las redes en Centro Habana y al final del viaje, como mal pescador, triste en el aeropuerto, reviso mi presa. Entre esos libros descubro un librazo de cuentos escritos por Pablo Ramos, por algo o por mucho merecedor del Premio Casa de las Américas 2004. Cuando lo peor haya pasadoes uno de esos libros que se quedan contigo sin importar mudanzas y acarreos, fracasos y rotas promesas. Siempre al leerlo juré escribir algunas líneas sobre el mismo pero, del 2008 para acá, cuánto ha llovido, caballero. Bueno, al final escribo siempre para mí, para mi gusto y mi dulce condenación.

Hablamos de once cuentos escritos con maestría sí, pero también con una inusitada dejadez, como si fluyeras con las historias que en sí son bastante tristes, algunas hasta patéticas, y sin embargo te rasgan por dentro. Son las travesías esquizofrénicas de un muchacho grande de tu edad que lo ha perdido todo y sin embargo se entrega a la palabra, a la escritura de un cuaderno como si la religión no fuese otra cosa que unos pensamientos puestos en letra de molde. La primera historia nos deja saber que estamos frente a un escritor que asume el ejercicio de la palabra como una manera de decir presente. La tristeza nos duele a todos dice Ramos, pero todos flotamos de diferente manera en la melcocha que es la tristeza, y la soledad. El tipo dice “Me ahogo en una cama tan grande que dan ganas de serrucharla a la mitad [...] esa sensación de confinamiento, de dar vueltas y vueltas por el living como si fuera una celda, perturbado”. La segunda historia se acerca un poco al drama superficial. La tristeza y punto. O lo que Barthes define como “la mirada que acorrala, ya que el nacimiento del lector corresponde a la muerte del autor, definitivamente”. En el segundo cuento, titulado “Todo puede suceder”, nuestro hombre se pasea por las calles de la Ciudad de la Furia, bajo la lluvia, con un zapato que se le ha perdido a una muchacha. El cuento es la historia del zapato, claro, pero es también la historia de una sonrisa rota, o “realmente una broma que espera ser completada con la correspondiente entrega del zapato”. El cuento que da título a la colección muestra una de las razones de la locura del escritor: el amor de su vida. Su novia, que se vuelve después su esposa, entra en unas contradicciones que no le permiten al tipo escribir sus historias. Si no escribe, el hombre entra en una depresión que lo hace aberroncharse al rocaje vivo, como un animal acorralado. Y bajo la presión de la página en blanco, en nombre San Hemingway, el hombre manda a esa mujer que “lo perturbaba como el influjo de la luna sombre su sangre” al mismísimo carajo.

De ahí en adelante hay cuentos bellísimos, que son a la vez formas de ensayar la desidia hasta el suicidio. Hay un cuento muy bueno en donde un hincha se imagina la ciudad en llamas rojiazules antes de lanzarse al vacío desde un puente peatonal. El cuento que cierra la colección, una pieza de lujo, se intitula “Por las colinas de la luna”. El escritor ya se ha dejado de la mujer. Hay una hija y una novia-amante de por medio. El poeta, también traficante (insertar carcajada de Yván Silén aquí), hizo un trúcamelo con un perico que decidió vender clandestinamente. Al principio todo shani, ya que la merma rindió para gastar, comer y guardar, pero luego de la bonanza llegó la paranoia y el tipo no quería ni tan siquiera abrir la puerta. Todo el cuento se da cuando la ex-mujer llega con la niña para visitarlo y él, poética, bellísimamente, cuenta su depresión y su imposibilidad a través de los cristales por los que ve a su hija hacer dibujitos y palabras sueltas con el aliento en los cristales. Qué pedazo de cuento. Cuando la mujer y la niña se van, el hombre regresa hacia el living “sumergido en un silencio oscuro, apenas coloreado por el sonido pálido del televisor. Estás dispuesto a cabalgar de nuevo, Mississippi, decía John Wayne. Por las colinas de la luna y hasta los valles oscuros de la noche, aseguró Mississippi”. Yo, que ahora escribo esto con el corazón en la boca, por un miedo o varios, del tamaño de piezas de ajedrez tamaño regular, pienso que por libros como éste es que uno se dedica a esta vaina de la lectura… que es como el amor o un relámpago que une en dos la isla.

*Texto publicado originalmente en Acento.com


viernes, 14 de octubre de 2022

Pablo Ramos: "Mi literatura es física y se siente en el cuerpo"



El escritor dialogó con  las periodistas Rocío Baró y Soledad Massin de Rosario 3 sobre El origen de la alegría, su última novela, entre muchos otros temas. 




Y asegura además que es su mejor novela, dedicada a la memoria de su hermana muerta Verónica. "Escribir civiliza el dolor", señala el autor de El origen de la tristeza, libro al que reconoce de una época mucho más pura suya, como El juguete rabioso, de Roberto Arlt, que acababa de releer cuando charló con el Club de Lectura de Rosario3. 

Para Ramos, con excepción de Domingo Sarmiento, Arlt es el mejor escritor argentino de todos los tiempos, el paralelo absoluto de Edgar Allan Poe y a quien siempre quiso abrazar. 

–En El origen de la alegría vuelve a aparece Gabriel Reyes, ¿encontraste en él tu alter ego?

–Completamente voluntaria la tetralogía, no como la trilogía de (Mario) Levrero, que es involuntaria. Ésta es voluntaria en función a que mi literatura nace de la motivación de cosas que me pasan en la vida que no sé dónde poner. Entonces como no sé dónde poner, las cargo un poquito en la mochila y en un momento escribo un libro.

Nació con la promesa, cuando muere mi hermanita Verónica, yo prometo en un libro Amor, no Roma, mi amor, escribo un poema y le prometo que mi mejor novela va a tener la motivación de ella y de no dejarla morir del todo. Y eso lo vine mascando dos años, tuve intentos, pero sin embargo un poquito antes de que empiece la pandemia, me largué con todo, con El origen de la alegría, que no se llamaba así. El primer archivo se llamaba Desde esta noche tan oscura, que es la primera parte, la parte larga.

El origen de la alegría es un cuento, viene a ser el primer cuento que escribe Gabriel, el personaje se transforma en escritor.

Me largué a escribir desaforadamente y desorganizadamente textos que yo sabía que eran del mismo orbe, que compartían el mismo universo y compartían la negación, el dolor, la laceración de la pérdida y en un momento me lo puse a organizar y vi que había una novela.

En realidad siempre vi que había novela porque soy de cumplir esas promesas sagradas a los muertos y, bueno, dije que mi mejor novela iba a tener su nombre sobre mi nombre en el poema y está dedicada a ella. Y creo que es mi mejor novela.

–A la hora de escribir, ¿se puede escapar del dolor del recuerdo? ¿Cómo lo transitaste?

–No, escapar del dolor es absurdo. Yo lo transité de todas las maneras posibles que se transita un duelo: negación al principio, con recaídas de actitud personales, deprimiéndome, haciendo de cuenta que no había pasado, como aislándome. Después de la negación viene el enojo. Yo identifico esos procesos que (Jacques) Lacan habla. Estuve muy enojado con ella, con Dios –yo soy una persona católica–, dejé de la misa. Después del enojo viene la depresión: estuve tirado casi un año en un sillón y después viene la aceptación.

Y con la aceptación viene la conciencia de que lejos de quedarte en la oscuridad de haber perdido a alguien, entendés el privilegio de haberlo tenido. Esos procesos se pueden ver en la novela.

Y si una persona escribe, no digo un escritor, si una persona, cualquier persona como dice Santa Teresa, escribe un diario personal atraviesa estas etapas del duelo que pueden ser más . Porque está la vergüenza también a veces, la vergüenza ante la muerte. Mucha gente siente vergüenza ante la muerte de un ser querido según cómo es esa muerte, pero en mi caso fueron esas cuatro bien identificadas que estructuran esta novela.

Si uno escribe, como la escritura es un sistema, y uno corrige y vuelve a lo escrito y lo puede leer, no solo son palabras tiradas en un confesionario o llanto en el pecho de un amigo –que está bien también–, si uno escribe atraviesa eso de una manera muy sólida. Es más profunda la negación, es más profunda la depresión, y la ira también es más fuerte, pero a su vez cuando viene la aceptación, es más completa. Creo profundamente en que escribir civiliza el dolor en el sentido que lo convierte en una materia prima.

La civilización, por lo menos la que me dio mi cultura y de la cual no reniego que es occidental y cristiana, me da las herramientas con la palabra escrita de civilizar, de convertir, esto que diría (Jean Paul) Sartre, un escritor dinamita su vida y construye con los escombros de su biografía los ladrillos de su literatura: de agarrar un cacho de escombro de mi vida y perfilarlo y convertirlo en un ladrillo. Con un escombro difícilmente se pueda construir algo recto, algo sólido. La diferencia entre escombro y ladrillo se llama civilización.

–Hablando de cosas tan íntimas y tan fuertes...

–Mi literatura es íntima y fuerte, no puedo no ser autorreferencial, me pasa eso.

–¿Hay algo que te guardás?

–Absolutamente todo. Por eso mi literatura es buena, porque es pudorosa. Quien crea que está leyendo el detalle de mi vida privada no entendió nada de lo que es la literatura. Por eso la palabra alterego no funciona en lo más mínimo, es un yo literario. O sea la gente que piensa que yo escribo sobre mi vida, cuando lee (En cinco minutos levantate) María, ¿qué piensa? ¿que yo fui una mujer de 60 años?

Roberto Arlt dice a veces pienso que no sé si la gente es estúpida en serio, o se toma muy a pecho toda la burda comedia de sus noches sin sus días. Cuando en esta novela hay un perro que habla, ¿qué piensan?, ¿que yo encontré un perro que habla?

Entonces lo que me guardo es todo, pero lo cuento todo. Si yo contara los detalles particulares de mi vida privada, no tendría lectores.

–¿Cómo te gusta definirte entonces como escritor?

–Escritor y músico, el sustantivo alcanza. Soy un escritor sincero, frontal y que trabaja mucho el lenguaje, un trabajador. Lucho mucho con las novelas antes de ponerme a escribir y después las corrijo muchísimo, nunca menos de 10 versiones van a ver, de hecho bastantes más.

Y mi literatura también es muy física, se siente como en el cuerpo. Yo trato de que no sea una cosa de una comunicación de una mente a la otra, sino que imparte un poco en el cuerpo y a veces incomoda, por supuesto, pero no a nivel de la truculencia.

–Decías que sos muy trabajador del lenguaje, ¿cuándo y cómo empezaste a prestarle atención?

–En el psicoanalista. El psicoanalista trabaja en el lenguaje, no el psicólogo, el psicoanalista digo. Nueve años de psicoanálisis con un lacaniano a mí es lo mejor que me pudo pasar, me hizo entender las posibilidades y las potencias del lenguaje, me hizo entender la posibilidad del significado, de la resonancia, de cómo yo pongo una palabra en un personaje y resuena de otra manera.

Por ejemplo, imaginemos esto: vamos a usar a Rocío. “Rocío entró, estaba ensangrentada y me dijo que la había matado”. No a Soledad. Vamos a poner la muerte en la voz de un personaje para que resuene en nosotros. “«Rocío entró, estaba ensangrentada, la maté», me dijo”. Cambió por completo. La información es exactamente la misma, pero lo que resuena del significante en vos es completamente distinto. Yo digo que tiene como diez veces más potencia la segunda versión.

Entonces, empecé a entender cuando hablaba –recomiendo el segundo seminario de Lacan a todos los escritores–, la verdadera potencia que hoy entiende la física cuántica. Esta idea del Génesis que Dios dijo que haya luz hizo y fue luz. Si nosotros, cuando escribimos decimos algo y eso se hace. Imaginate, estamos reunidos acá por una historia que yo escribí –por otras también– esta relación de ahora es una relación de transferencia, por lo tanto esta entrevista es una de las formas del amor, indudablemente.

Porque es transferencia, respeto, amistad, sinceridad, tratar por más que sea difícil. Yo soy escritor difícil de entrevistar, me meto en lugares difíciles. Mi respeto es meterme igual en el lugar difícil, ese sería mi parte el respeto. Entonces en este momento, la palabra generó esto. Esto no existía antes: Pablo, Soledad, María en un costado también para mí. Es una realidad para mí, para ustedes no. Entonces yo descubrí esa potencia del lenguaje y dije, “bueno, es lo mejor que puedo hacer en la vida”. La música es lo mejor que uno puede hacer por uno, para mí.

–¿Qué estás leyendo en este momento?

–Estaba leyendo El juguete rabioso porque me encargaron un prólogo. Y después... no estoy leyendo nada nada, perdón por defraudarlas.

Puedo estar sin leer un montón de tiempo porque entiendan esto: tengo tres grupos (de talleristas). A veces escucho 25 cuentos en una semana. El juguete rabioso es lo último que leí.

–Me imagino que El juguete rabioso lo releíste...

–Lo releí, lo releí, la segunda lectura después de los 16 años.

–¿Y que encontraste en esa relectura?

–Bárbaro, como siempre: esos personajes tan fuertes, conmoverme con el primer Arlt que era un poquito más torpe que el Arlt en su prosa maravillosa de Los siete locos, o de Amor brujo. Imagínense que lo escribió a los 20 años. Pensé mucho en él, en esas ganas de abrazarlo que siempre tuve. Un muchacho de 20 años escribiendo en las sierras de Córdoba con su mujer muriendo de tuberculosis al lado, el paralelo absoluto de (Edgar Allan) Poe.

Silvio Astier, más allá de la dificultades de la prosa, se anticipa a Holden (Caulfield) en el personaje de El guardián entre el centeno (de J. D. Salinger) y encima tiene 14 años. Se anticipa a Salinger como 20 años. La verdad que lo que más rescato es la construcción de esos tremendos personajes y ese diálogo final con el ingeniero (Arsenio) Vitri está el título de mi novela La ley de la ferocidad.

Sale de ahí de ahí. Esta idea tan romántica de Arlt de la malicia, es una malicia tan bondadosa que es como el terror de Poe, no asusta a nadie. La malicia de Roberto Arlt en los tiempos que corren no no perturba a nadie, pero conmueve.

Reencontrarme con personajes como El Rengo, con su idea de La vida puerca que fue el título que (Ricardo) Güiraldes le hizo cambiar... menos mal que se lo encontró a Güiraldes, ¿no? Y se le murió muy rápido, tuvo mucha mala suerte, imaginen que murió a los 42 años Roberto Arlt y dejó toda esa obra.

Solamente Los siete locos y los lanzallamas, alcanza para ponerlo a la altura del mejor escritor argentino de todos los tiempos, sin contar a (Domingo Faustino) Sarmiento. Hay gente que juega aparte, por la cantidad de libros, como demasiado. Pero aparte hay muchos escritos políticos. Pero si uno saca a Sarmiento no hay comparación con una obra tan pasional, tan desmedida.

Casi no lo dejan entrar en el grupo de Boedo y terminó siendo el referente el grupo de Boedo con un libro. Yo entiendo cuando le costaba conseguir editor porque tenía una prosa muy explicativa, muy pretenciosa, pero por supuesto, si yo leyera El origen de la tristeza, mi primera novela encontraría todos los mismos defectos que puedo encontrar en una primera novela de Arlt y tampoco podría reescribirla porque perdería el candor que tiene. Era un escritor más puro cuando escribí El origen de la tristeza. Ahora tengo un nombre, me dan un adelanto. Un poco me aburguesé en mi vida para bien, pero creo que no en mi literatura. Pero eso le corresponde juzgarlo a ustedes, cualquier cosa me avisan.

miércoles, 22 de junio de 2022

Pablo Ramos: "Abelardo Castillo me enseñó que, lejos de ser inútil la literatura, es algo a lo cual vale la pena dedicarle la vida”


Entrevista a Pablo Ramos sobre la vida y obra de Abelardo Castillo, publicada en 2013 en la Revista "Los Inutiles"







El escritor Pablo Ramos en una entrevista del año 2013 con la Revista "Los Inutiles" habló sobre su relación con el maestro Abelardo Castillo. "Con Abelardo me pasa lo mismo. Dialogo con él, lo releo, lo vivo. El que tiene sed estuvo en mi cartera, en mi bolsillo, en mi mochila, en fotocopias, lo perdí, lo regalé. Diez años acompañándome. Él dijo que de no haber escrito El que tiene sed se hubiera tenido que tirar debajo de un tren. A mí me pasa algo parecido: si yo no hubiese escrito La ley de la ferocidad estaría muy amargado. No es que la vida justifica a la obra o al libro; es el libro el que justifica la vida injustificada."
L.I: ¿Qué nos puede decir sobre Abelardo Castillo como persona y como escritor?
 P.R: Hoy diferenciar a Abelardo de su literatura es imposible. Creo que Abelardo es literatura, es su literatura; creo que él es un personaje en sí mismo, un personaje maravilloso. Hablar de él es hablar de alguien que yo siento mi maestro. Voy a contar una anécdota que pasó hace poco: el día en que yo le regalo mi sombrero. En ese momento yo salía con una japonesa que iba al taller de él. Entonces me invitan a ir y cuando llego, Abelardo me dice: “Qué lindo sombrero”. Era un sombrero que me compré en Uruguay, el último sombrerero bueno que hay en el mundo. Me lo saco y se lo doy. Él me dice: “¿Y vos?”. “Yo me la aguanto”, le digo: lo más hermoso que me pasó es que él lo aceptara. La anécdota es que ese día en el taller todos hablaban, y yo que soy un bocón, frente a Abelardo soy un pichón.  
L.I: Pero por respeto y por admiración.  
P.R: Por amor, que incluye el respeto y la admiración. Todo el mundo lo tuteaba. Y cuando alguien me preguntaba por qué yo no lo hacía, por qué lo trataba de usted cuando Abelardo siempre decía que era mi amigo, yo respondía que salía muy beneficiado de eso.  
“Ustedes no saben de lo que se pierden”, les contestaba. Nunca el acercamiento personal me anuló la perspectiva que da la distancia. Estamos hablando, quizás, del intelectual más poderoso que tiene Latinoamérica hoy. Las novelas de América Latina sin las cuales no se puede entender la literatura contemporánea no son las novelas de Roberto Bolaño. Son El desbarrancadero de Fernando Vallejo, El astillero de Onetti y El que tiene sed de Abelardo Castillo. Estas tres novelas conforman una trilogía de lo que es la literatura contemporánea y la manifestación de que la novela puede tomar la forma que quiera.  
En dos libros míos hay un homenaje bien claro a Abelardo Castillo: en El origen de la tristeza y en La ley de la ferocidad, que cualquier ciego se da cuenta de que es una reescritura de El que tiene sed. Lo que quiero decir es que Abelardo atraviesa mi vida. Lo que yo le debo no se puede pagar. La única manera que tengo de pagarlo es lo que hago con mis talleristas, que te pueden decir que me quedo después de hora, que me expongo, que vamos a jugar al ping pong mientras seguimos hablando de literatura, que amanecemos. Porque Abelardo me enseñó que ser un artista o ser un escritor no es escribir textos, sino una posición frente al mundo; que yo soy un artista porque tengo una idea del mundo: una idea que me gustaría. Me enseñó que, lejos de ser inútil la literatura, es algo a lo cual vale la pena dedicarle la vida. Hoy mi vida es todo literatura, escribir me transforma en una persona capaz de tener un poder enorme. Yo di la vuelta desde que él me dijo que no vaya más al taller porque estaba insoportable, hasta ponerme una dedicatoria en Ser escritor que decía: “Para mi gran amigo y gran escritor Pablo Ramos”. Él me enseñó a entender una frase de Kierkegaard que nunca había entendido: “La fe es la capacidad de soportar la duda”. Yo soporté la duda durante muchos años en una pieza de pensión, en una internación psiquiátrica, en una cárcel. De hecho, yo conozco a Abelardo en la cárcel.
 L.I: ¿Cómo fue eso?  
P.R: Yo me como casi un año entre la comisaría y la cárcel de Caseros -no injustamente: me agarraron con setenta tarjetas de crédito truchas. La cuestión es que había un tipo muy importante en mi vida que me metió en los grupos de recuperación. Un día le paso un texto mío, y al poco tiempo el tipo me dice: “Tomá, leé esto”, y me tira dos fotocopias. Entonces miro: El que tiene sed de Abelardo y Don Juan de la casa blanca de Liliana. Yo leo a Abelardo Castillo y a Liliana Heker en la cárcel. Así los conocí.  
L.I: ¿Qué edad tenía usted?
 P.R: Veinticuatro. Por ese entonces yo saco un libro de poemas malísimo, dejo a mi mujer embarazada, me busco un laburo estable. Y hablo con Edgardo González Amer. Él me recomienda el taller de Abelardo. Era el año 96.
 La cuestión  es que escribo un cuento y lo llevo al taller. La primera crítica que recibo de Abelardo es: “Tengo no sé cuántos años y no estoy para escuchar semejante pelotudez”. Me mató. Igual yo se lo agradezco mucho. Me acuerdo que volví caminando, leyendo un Autorretrato a los setenta años, un reportaje a Sartre en el que en un determinado momento le preguntan cómo empezaría una novela si tuviera que comenzarla ese día. Y Sartre dice que arrancaría diciendo: “Me llamo Jean Paul Sartre y pienso esto”. Yo leo esto caminando de vuelta a mi casa y a las dos cuadras me largo a llorar. Cuando llego, me calmo, miro la máquina, pongo una hoja y escribo: “Me llamo Pablo Ramos y pienso esto”. Es el peor cuento de mi primer libro de cuentos, que se llama “Luces de colores”. A los quince días lo llevo al taller y recibo una crítica con todo.  
Pero al final Abelardo, y esto creo que lo saca de Cartas a un joven poeta de Rilke, me pregunta si me importan mucho las críticas. “Me importan, pero no tanto”, le digo. “¿Por qué?”, me pregunta. “Porque este texto es lo que yo pienso”, le digo. Listo. A partir de ahí fui entendiendo todo de Abelardo. Una vez me dijo: “Uno no corrige textos, uno corrige personas”. Durante mucho tiempo di vueltas con eso, hasta que un día lo entendí: la literatura es un trabajo espiritual y el trabajo espiritual está en la corrección. También me enseñó que la literatura es un hecho colectivo. Yo escribía para cuatro amigos y de repente vi mi libro en la calle Corrientes. Cuando vi mi último libro en la calle volví a ponerme a llorar y a comprarlo otra vez. Todo eso se lo debo al viejo.
 L.I: Cuando le contamos a Abelardo sobre esta revista y sobre este primer número dedicado a él, nos dijo que le encantaba la idea y que quería que estuviera usted.  
P.R: Es el premio literario más grande de mi vida que Abelardo me elija para que hable de él. Yo le tengo tanto afecto que no lo llamo por teléfono. O marco y corto. Temo interrumpirlo. Abelardo es el tipo más duro y más inocente a la vez; es el que se cree El espejo que tiembla cuando lo cuenta. Cuando un escritor me dice que Dios no existe, yo le digo está bien, Dios no existe. Pero Esteban Espósito tampoco; Antoine Roquentin, de La náusea, tampoco. Y aun así le debo mucho más a Esteban Espósito y a Roquentin, que al vecino de al lado que no sé ni cómo se llama y que maltrata a la mujer y a los perros. A Esteban Espósito le debo “El cruce del Aqueronte”, le debo la canallada de volver loca a una mujer preciosa. Y a ese libro le debo el hecho de haber borrado una coma con una gillette y haber sentido que era la primera vez que escribía. Yo le mejoré una frase, pero Abelardo no la acepta. Lo que quiero decir es que yo me llevo muchísimo de Abelardo. Cuando entendí que escribir era un trabajo espiritual, dije: “Ya está, ¿qué más le puedo pedir a este tipo?”. El trabajo lo tengo que hacer yo. Abelardo me dio una sartén y el aceite. Yo encendí la hornalla y pongo los huevos. Liliana me dio el orden. Creo que tuve mucha suerte.  
L.I: ¿Cree que Abelardo Castillo está bien leído y que se le da la importancia que debería?  
P.R: No sé cuán leído está, ni cuán bien o cuán mal. Lo que sé es que nadie se da cuenta de que Desconsideraciones es un libro de poemas, un libro donde él le devuelve poesía a cada autor al que le debe la vida. Porque Abelardo no lee libros, vive en los libros que lee. Yo lo siento así y lo aprendí de él: le debo la vida a los libros que leo. Una vez le mandé una carta a Donleavy. Pasa el tiempo y no me contesta, entonces le mando un telegrama: “Fuckyou”, decía. A las pocas horas me llega la respuesta de la primera carta. Me decía que se sentía muy emocionado, mientras le estaba llegando el telegrama del “Fuckyou”. Con Abelardo me pasa lo mismo. Dialogo con él, lo releo, lo vivo. El que tiene sed estuvo en mi cartera, en mi bolsillo, en mi mochila, en fotocopias, lo perdí, lo regalé. Diez años acompañándome. Él dijo que de no haber escrito El que tiene sed se hubiera tenido que tirar debajo de un tren. A mí me pasa algo parecido: si yo no hubiese escrito La ley de la ferocidad estaría muy amargado. No es que la vida justifica a la obra o al libro; es el libro el que justifica la vida injustificada.“La vida es una aventura moral”, dice Abelardo Castillo. Entonces la literatura también debe ser una aventura moral. ¿Qué es ser contemporáneo? Es estar atravesado por los conflictos de tus hermanos. Es estar siempre entre lo que debo, puedo y quiero hacer. Así se construye un personaje: no se construye la psicología, se construyen pasiones. Yo lo entendí con la literatura de Abelardo. El tipo es una bestia, está en un lugar que si lo sabés aprovechar, con diez encuentros es suficiente. Ahora, tenés que estar dispuesto a pescar. No tenés que estar tomando mate, disfrutando el día. Tenés que estar ansioso. Me ensenó que lejos de ser inútil la literatura es algo o a lo cual vale la pena dedicarle la vida.  
Hay que tener hambre. P.R: Mucha. No tener nada en la vida. Porque en el texto nunca va a estar el contexto que trae el texto. “El único problema del artista es la forma y parece haber sido olvidado”, me dijo una vez Abelardo. Muchas cosas que él me dijo yo no las entendía. Lo que no entiendo, hago de cuenta que lo entiendo, a ver si algún día cae. Y todo cayó. Abelardo me avivó; yo lo admiro, él es mi horizonte. Él siempre dice que el compromiso no es del escritor, sino del hombre, porque el escritor primero es un hombre. Abelardo es una persona que compromete su talento en función de su conflicto moral. Por eso es tan grande. El otro Judas es una obra monumental. Él ahí no habla de la traición; habla de la confesión. Lo mismo con la primera persona que aparece en El que tiene sed. La primera persona no puede ser un chiste, tiene que tener un tono confesional. “El hombre es el animal que cuenta”, dice Abelardo. Que alguien busque una mejor definición. A mí no me preocupa que lo lean bien o mal. A la larga lo van a leer bien. Yo lo sé. Porque a la larga sobrevive la buena literatura.  
L.I: ¿Se enteró de que están por publicarse los Diarios?, ¿qué es lo primero que se le viene a la cabeza? 
P.R: Su relación con Sylvia. Me gustaría saber qué sintió con una mina tan linda y tan talentosa que lo bancó tanto. Me interesa mucho su vida privada. Hasta dónde se siente más sano que antes. Lo que quiero decir con esto es que yo todavía me siento un deficiente moral; de todas las cosas que hice en mi vida, todavía siento que tengo mucho para dar. Entonces quiero proyectarme un poco en él. Me importa mucho su intimidad, cómo manejó su culpa, lo que pueda haber escrito sobre su madre. Pero sobre todo su vida con su mujer. Sylvia me parece una persona de otro mundo, una escritora talentosísima que cada vez escribe mejor. Hay palabras prohibidas: amor, alma, ternura. Y para mí, todo eso es Abelardo. Una potencia intelectual descomunal que me hace sentir eso: el amor como un motor del universo, es decir lo contrario del amor propio. A veces creo que esta gente es eterna. Si yo me siento discípulo de alguien en la vida, es de mi abuelo y de Abelardo Castillo.  

martes, 3 de mayo de 2022

Así se escribió "El origen de la alegría", de Pablo Ramos



 "Antes que comenzara la noche de la pandemia, Pablo se sumergió en su casa en la Paternal, una vez más, durante cuatro años para escribir la novela que hubiese preferido nunca tener que escribir."*

Escribe Santiago Asorey



Abelardo Castillo, el maestro de mi maestro, dijo alguna vez que lo valioso de una obra radica en la forma que fue hecha, las condiciones espirituales y materiales en las cuales fue escrita. Soy amigo de Pablo hace más de 15 años. Fui testigo de cómo escribió este libro, conozco las condiciones espirituales y materiales bajo las cuales fue escrito. Conozco, quiero decir, el origen del Origen. Es algo así como conocer los cimientos de una casa, las bases que soportan el andamiaje ficcional, emocional, intelectual y espiritual. Conocer las bases de este libro es entender la diferencia entre una casa que se puede sostener durante cientos de años o volar como cartón tras la primera tormenta. El lector distraído podría pensar que es fácil escribir de esa manera. Pero la verdad es que escribir un libro como El origen de la alegría podría enloquecer o matar a la persona que lo escribe. Tal vez les suene exagerado, pero no. Alguna vez lo dijo el escritor Leonardo Oyola: para escribir como escribe Pablo se necesita de un coraje y una fuerza distinta. Una fuerza que no abunda en otros escritores de la literatura argentina y que convirtió a Pablo en el mejor escritor de su generación. Una fuerza que viene de afuera de la literatura para convertirse en una Literatura extraordinaria. Así fue como antes que comenzara la noche de la pandemia, Pablo se sumergió en su casa en la Paternal, una vez más, durante cuatro años para escribir la novela que hubiese preferido nunca tener que escribir. Un libro en homenaje a su hermana Verónica que murió en 2017. Pablo escribe sobre lo que otros callan. Ahí donde muchos optan por escribir sobre dinosaurios, Pablo elige escribir sobre el meteorito que cae y los arrasa. Y se necesita locura, coraje y Fe para seguir transitando el desierto de la literatura, donde uno no sabe bien hacia dónde va. Se necesita soportar las dudas y la locura mientras uno pisa donde no hay seguridades. Pablo lo hizo, guiado por la Fe ciega, y el resultado es este libro fundamental para el lector que entiende de que está hecha la verdadera literatura. 

Cuando conocí a Pablo yo tenía 15 años. Como a muchos otros alumnos, Pablo me abrió las puertas de su casa con una generosidad en la cual se entregó como se entrega en sus libros. Porque no hay dos Pablos. El que escribe y el que camina por la vereda son la misma persona. Pablo Ramos escribe y habla con la carne, de putas y de madres, de padres, de infiernos y de Dios. Escribe sin eufemismos y sin poses. Escribe desde la verdad. No escribe así: es así.

Hace diez años tuve la posibilidad de entrevistarlo tras la publicación de Ley de la Ferocidad. En esa entrevista pronunció una frase que todavía hoy me resuena. La recordé al terminar de leer “El Origen de la Alegría”. “Con cada libro dejo todas las fórmulas viejas y busco las nuevas para ese libro. Eso es experimental. No se trata de sacarle las comas a un cuento. Hay artistas que no tienen capacidad para ver más allá de la superficie de las cosas”. Esta premisa se fue cumpliendo en cada uno de sus libros, pero en el Origen de la Alegría pude ver que había algo más. Con Pablo siempre hay algo más. Pablo arriesga toda su obra en el próximo libro, cada vez. Así llegó a un nuevo lugar de su literatura. Se trata de un registro muy distinto a todos sus libros, y el cierre de la tetralogía es también su cúspide como escritor. Al menos, claro, hasta el próximo libro. Por lo pronto, el lector está invitado a habitar esta casa que Pablo escribió.

*Esta nota fue publicada previamente en Télam y AGENCIA PACO URONDO.


martes, 28 de septiembre de 2021

Una lectura de “Cuando lo peor haya pasado”, por Raúl García Dobaño


En el año 2004, el escritor Pablo Ramos ganó el premio Casa de las Américas con su primer libro de cuentos “Cuando lo peor haya pasado”, luego editado por Alfaguara. El autor Raúl García Dobaño ofrece su lectura sobre el libro en el marco de una publicación realizada en el sitio web dela institución cultural fundada en La Habana, Cuba.




Escribe Raúl García Dobaño

Un hombre que ha sido abandonado por su mujer, dolido de soledad y asediado por ideas suicidas, lanza huevos desde su balcón, a las 2 de la madrugada, contra la ciudad. Un pibe de la calle, que vende flores en bares de Buenos Aires, conoce una puta -ángel para el niño- que lo ayuda y lo protege. Antes de desaparecer, la elegante meretriz deja al niño una enigmática y poética carta. Un escritor de cuentos ha visto en crisis su vida debido al alcoholismo; intenta curar su adicción, y sufren, él y su familia, las consecuencias de la abstinencia (¿ya lo peor había pasado?). Un diletante fetichista tiene una singular historia con un zapato de mujer. Adicto a las drogas, un joven pierde su familia, hace trampas a un connotado traficante y se convierte, él también, en traficante, y a la vez en un degradado sujeto incapaz de rebasar la caída. Por una aparente casualidad, un hombre joven se encuentra con un viejo, un polaco judío sobreviviente del nazismo, que perdió toda su familia en el Holocausto. La extraña comunicación que se establece entre el joven y Moisés -así se llama el judío- tiene alcance alegórico de esperanza. Son éstas algunas de las historias narradas en los once cuentos de Cuando lo peor haya pasado, del argentino Pablo Ramos (1966), obra impecablemente editada por la misma institución en cuyo certamen literario ganó premio.

Un rapto de impresionismo: el libro atrapa la atención, sus personajes convencen -a veces seducen-, y se abandona placenteramente el lector a un lenguaje desenfadado y sugerente, e incluso se divierte -valioso efecto-, sorprendido por el humor fino, los inteligentes guiños de complicidad y las continuas invitaciones a participar.

Un viejo colega me dijo una vez que la proclamada unidad en un cuaderno de cuentos -exigida a veces con demasiada impertinencia- era una falacia, y que la verdadera unidad de un libro cualquiera está en su autor, en su voz y en su visión. Pero con este cuaderno de cuentos -sólo setenta y siete páginas y once cuentos relativamente breves- sucede algo que salta a la vista una vez terminada la primera lectura: aisladamente, cada historia tiene, en sí, no pocos valores humanos y literarios; pero, apreciadas en su conjunto, las pequeñas historias individuales adquieren categoría de mosaico, fresco del Buenos Aires de hoy. Efectivamente, el autor impone su visión y su voz en personajes y situaciones que encajan de molde en una ciudad -emblemática para la América Latina, soñada alguna vez por todos- que, como el resto del mundo actual, sufre una honda crisis de valores, acentuada en la ciudad del tango por la amarga y convulsa historia reciente, causa de laceraciones que no han podido curarse aún.

Una rica relación entre lo individual existencial y la contextualización de los personajes -su irremediable condicionamiento histórico- ha sido inteligentemente trabajada por el autor. La ciudad -son cuentos limpiamente citadinos-, como estructura social y humana, palpita siempre, de forma más o menos expresa o implícita, y es sustrato. El abandono -de la esposa, de los padres-, la soledad y la drogadicción y sus secuelas, son temas que se reiteran en variaciones. Y sentimientos de angustia, vacuidad, frustración, miedo o desesperanza, incomunicación.

Pero, aunque a veces personajes y situaciones llegan a ser desgarradores -somos testigos incluso de un suicidio-, el humanismo, la sinceridad y el arte salvan al conjunto de posibles morbo, sordidez o pesimismo: la medida y la mesura no abandonan nunca al escritor. Desde personajes socialmente excluidos con crueldad -el pibe de la calle, por ejemplo- hasta los que pertenecen a la clase media: he ahí el rango social de los personajes. La alta burguesía, y los rascacielos o los barrios de ricos, o la suntuosa parafernalia que los representa, casi no aparecen, o están vistos desde lejos. "Recuerdo que un auto enorme, plateado, de vidrios oscuros, se acercó a la esquina donde yo estaba, frenó junto a mí" (47), dice el pibe de la calle en "Los ángeles también pueden morir".

De esta manera lo debió ver también el autor, escritor autodidacta que nació y vivió en un arrabal de Buenos Aires, y que en este libro ha querido pisar firme y fabular sobre lo más vivido y cercano. Así los personajes, atrapados en situaciones más o menos difíciles, individual y socialmente, reaccionan sin brújula cierta y optan por respuestas absurdas, dolorosas o incluso trágicas. En muchas ocasiones se mueven bajo la tormenta, la lluvia y el frío -como exigía el teatro isabelino a las buenas tragedias-, y los vemos frecuentemente en bares, calles y lugares conocidos de la ciudad, y sobre todo en la intimidad del hogar, donde el ser humano muestra más limpiamente su desnudez y su miseria.

Además de los protagónicos, aparece en la obra una galería de personajes secundarios que completan el surtido social y que están descritos, en profundidad y color, según convenga a los propósitos de la historia: esposas frustradas, prostitutas, habitantes de los bares, porteros, vecinos curiosos, traficantes, explotadores de niños de la calle, oscuros policías, niños en que se adivina la crisis familiar... Veamos este portero: "Cayetano es el nombre del portero, un pegador de mujeres que afirma que Franco había venido al mundo para salvar a España. Un verdadero hijo de puta con nombre de santo. Yo podía imaginármelo escoba en mano, mirando a la vieja y asintiendo con la cabeza como un cura en el confesionario" (14). O este oficial de la policía bonaerense: "Estaba decidido a irme cuando se abrió la puerta y salió el oficial de guardia: un hombre flaco, de traje gris, de mirada inteligente y ojos achinados. Inspiraba respeto inmediatamente seguido de temor" (57).

Sin alardes técnicos ni innovaciones estridentes, el autor muestra dominio de los principios clásicos y contemporáneos del cuento, sobre todo al lograr un alto nivel de sugerencia semántica a través de la composición y el lenguaje. Las historias están salpicadas de pistas, constantes guiños que nos obligan no sólo a leer con detenimiento, sino, en ocasiones -y con placer-, a volver atrás. Asimismo, el punto de vista del narrador tiene elementos destacables. De los once cuentos, ocho están narrados en primera persona, punto de vista apropiado a la naturaleza de las historias, y donde el autor demuestra dominio y habilidad, especialmente en la eficacia para dosificar y distribuir la información imprescindible para el lector. Cuando utiliza la tercera persona, combina la omnisciencia con la del narrador objetivo, y llega a puntos de interés técnico y expresivo. Veamos este ejemplo: En el cuento "Cuando lo peor haya pasado", el escritor protagonista se queja, a través del narrador, de que es imposible escribir sin privacidad: "El problema en su casa es que llegan y le hablan directamente a él, le preguntan cosas y se quedan ahí, esperando una respuesta. // ¿Por qué piensa en plural?" (28). Y resulta que el narrador sabe lo que piensa el personaje, pero no por qué. El lector, sin embargo, se da cuenta a esta altura del relato que es en su esposa en quien piensa el personaje-escritor, la que le hace preguntas y se queda a esperar la respuesta. Más adelante, la esposa llega de la calle y dice el narrador:

Ella está a un costado, sobre el sillón, bajo la biblioteca de estantes de vidrio, leyendo el diario y comiendo un pedazo de pan. Él se distrae mirándola comer. No es en realidad un pedazo, sino un pan mediano, entero. Ella come un pan entero y lee los clasificados, deja que las migas le caigan sobre la ropa, las sacude, indiferente, siempre con la vista en los anuncios, como si nadie más existiera. // Él abre un texto viejo en la computadora y comienza a leerlo en voz apenas alta. En realidad lo murmura, para sí, sin ninguna intención, solamente por la costumbre que tiene de hacerlo. Lee el texto y siente que no está nada mal. Piensa: nada está mal en realidad. Tiene una familia, un empleo, alquila un departamento con cocina, habitación y baño y ha dejado de tomar definitivamente. ¿Por qué no comerá un pedazo de pan en vez de un pan entero? Se va a atragantar [28-29].

El narrador, aparentemente objetivo, duda un momento y rectifica, porque en realidad la mujer no come un pedazo de pan, sino uno entero. Esta pequeña falla del narrador, aunque subsanada, acentúa la acción descrita y la traslada, en singular simbiosis, al pensamiento del personaje por medio de la pregunta que éste se hace. ¿Quién es en realidad este ambiguo pero interesante narrador?, y ¿dónde está situado?

Sirva el ejemplo citado, también, para apreciar el humor que se desprende de la situación y de la manera desenfadada de contarla, algo que resulta frecuente y se agradece en los cuentos, y que se convierte en valioso rasgo estilístico del autor. En el primer cuento del libro, "En un cuaderno de hojas lisas", el narrador protagonista, que ha sido abandonado por su mujer y su hijo y lanza huevos contra la ciudad a las 2 de la madrugada, dice: "No puedo sacarme de la cabeza la imagen de ellos dos viviendo en un circo y con un malabarista. La simple idea me da escalofríos: mi hijo compartiendo el carro con la mujer barbuda, jugando cerca de las jaulas de los animales peligrosos, respirando el deprimente olor de las bestias encerradas" (16). La imagen, totalmente absurda para el personaje, pero terriblemente real, lleva en sí la carga de un humor casi trágico.

En "Todo puede suceder", historia de la singular relación de un hombre con un zapato de mujer, absurdo y humor van de la mano. El narrador protagonista encuentra en el zapato un papel con un nombre y una dirección, y dice: "Resulta evidente que el papelito estaba adentro del zapato. Pero, ¿a quién se le puede ocurrir poner una dirección en el zapato, como si fuera una agenda o algo parecido? ¿Será que esto es realmente una broma que espera ser completada con la correspondiente entrega a domicilio? ¿O será que esta mujer, más loca que una cabra, le puso una etiqueta con su dirección al zapato izquierdo simplemente porque sí?" (19).

El procedimiento de llevar a primer plano objetos aparentemente insignificantes es muy utilizado por Ramos en el cuaderno. Hay en verdad un regodeo, un gusto por los objetos, por la insospechada relación que a veces guardan con los seres humanos. Lo alcanza a partir de una mirada cinematográfica que le permite enfocar distintos planos. Y a partir de descripciones plásticas, sugestivas: "Fui hasta la cocina, abrí la heladera, tomé varios huevos y comencé a aplastarlos primero contra el piso y luego contra mi cabeza. Sentí el crujido de las cáscaras al partirse y el contenido helado y pegajoso que me corría por la nuca hasta la espalda" (15).

Por este camino, y mediante el montaje de elementos cuidadosamente seleccionados, el autor logra crear atmósferas de valor. Veamos el caso de un personaje que acude a una estación de policía con el propósito de defender a un niño -o al menos para preocuparse por su suerte- que ha sido arrestado por supuesto gamberrismo. Aparece en el cuento "Luces de colores". La atmósfera es opresiva, casi aterradora: un pasillo oscuro; un ventilador que hace ruido de sierra de carnicero; un sillón que, roto, pellizca la piel, y un silencio de hospital. ¿Y el niño?

El lenguaje, tendiente a la naturalidad, tanto en el léxico como en la sintaxis, ajustado al narrador y al tono, deja ver a ratos imágenes de lograda fuerza expresiva, como esta de fondo sinestésico: "caminé hacia la pieza despacio, sumergido en un silencio oscuro, apenas coloreado por el sonido pálido del televisor" (77). Parco en adjetivos, a veces los halla significativos y sugerentes: "Pensó en lo que sería vivir en otro país, en la suave lejanía que conllevan esas palabras" (45). Y, como en la carta que la prostituta le deja al pibe de la calle, puede llegar al lirismo: "Lo que dice la nota es un secreto que hasta hoy no compartí con nadie. Habla de la vida, y dice algo acerca de un barco que se va y de las huellas que nunca dejan los pájaros en las nubes" (54).

Debo referirme, a la inclusión de elementos documentales en la trama de ficción, sobre todo en locaciones de Buenos Aires que son referencias abundantes en los cuentos. La lista es larga, pero valga para los que, aun desde lejos, amamos la mítica ciudad: Parque Rivadavia, Corrientes, el Ferrocarril Roca, el Sur de Avellaneda, la Avenida San Martín, la Avenida Montes de Oca...

He dejado para el final una cita que aparece en "Tal vez algún día". El narrador protagonista cuenta: "-Ellos no van a volver -me dice Moisés [el viejo judío], y ahora sé que es imposible esconderse de este hombre-. Ni los míos, ni los tuyos, ni los de nadie. El problema es si tú te pierdes adentro tuyo, que el golpe haya hecho tanto efecto que ya no te quede nada. No es mi caso, hijo, y puedes creerme, tampoco el tuyo" (63).

"Ahora sí que es imposible esconderse de este hombre." La afirmación devela un hecho crucial para la anécdota. Sabemos, entonces, que el protagonista también ha perdido seres queridos por otra barbarie, más reciente, en Argentina. Y de repente la atmósfera de misterio se aclara y queda limpio el juego alegórico. Procedimiento técnico puesto de continuo al servicio de la idea. El mensaje que las palabras de Moisés contienen lo dejo al lector, que tendrá el gusto de reflexionar, igual seguramente que a lo largo de Cuando lo peor haya pasado, valioso punto en la rica cosecha de cuentos y cuenteros de la hermana Argentina. Entonces sentirá que el autor bonaerense lo ha invitado: vení a tomar unos mates.

* Pablo Ramos: Cuando lo peor haya pasado, La Habana, Casa de las Américas, 2004. Premio de cuento.

lunes, 27 de septiembre de 2021

La Ciudad de la Luz: entre dos rutas o villa hermosa, por Pablo Ramos





Escribe Pablo Ramos*

Lo que está en el medio es lo que se pasa de largo. Lo que está en el medio es lo que no se mira. Lo que está en el medio es lo que molesta. Lo que está en el medio, entre tal o cual cosa, o tal o cual lugar, parece no existir y tiene destino de fantasma. No es el caso del barrio Entre Dos Rutas, un terreno más o menos trianguloso de gente trabajadora entre la ruta 25 y la autopista Panamericana. Y no es el caso gracias a lo que me dijo una mujer que tiene ahí una casa en cuyo garaje funciona una feria americana.

Doña Hermosa la bauticé yo, debido a que le pregunté si podía poner su nombre en esta crónica o prefería que le inventase uno y ella me pidió que se lo inventase. Esto sucedió hoy sábado 25 de septiembre, en mi caminata de esta mañana. 

El día en que lo conocí caminábamos con Ariel Naon, el notable contrabajista de Liliana Herrero y más notable hermano del alma para mí, desde Villa Morra II, donde vive su suegra, hasta perdernos un poco. Cruzamos la Guido y entramos en esa zona en la cual yo nunca había caminado. Tras andar y andar nos dimos cuenta de que estábamos perdidos. Los dos somos muy novatos en este enorme territorio pilarense, pero lejos de preocuparnos nos alegramos ya que nos gusta perdernos en un relativo gran espacio, sabiendo más o menos por donde se puede volver a encontrar la senda que nos lleve a la Morra nuevamente.

El lugar nos gustó mucho. Nos llenaba de oxigeno ya que, frente a la vereda de las casas edificadas, todas de bajo, sin ningún intento de condominio de papel al menos por ahora, había un enorme espacio verde inhabitado. Eso que suele ocurrir en el partido de Pilar todo el tiempo. Calles de tierra que se meten y serpentean en bosques repentinos, pequeños montecitos acá y allá, retazos de animalidad salvaje, de pampa antigua que van acariciando el alma siempre. Y siempre y cuando no haya un basural. Pero todo estaba limpio en la zona, tan solo ensuciaba la vista un patrullero de la bonaerense al fondo de un lote baldío donde seguramente el cana dormía la siesta. 

Nos preguntamos una y otra vez con Ariel en dónde estábamos e intrigado fue que me adelanté a él y me metí en la casa de Doña Hermosa.
La invitación no fue impertinente ya que el portón abierto y las ropas a la vista, algunas con precios y todo, indicaba que el paso era permitido.
-Hola, disculpe –le dije.
-Hola, disculpo –bromeó ella.
-¿Cómo se llama este barrio?
-Le dicen Entre Dos Rutas, pero a mí ese nombre no me gusta -dijo doña Hermosa.
-Es una zona muy linda -le dije.
-Varios de acá le decimos Villa Hermosa.
-Villa Hermosa, entonces –dije—uno debería poder elegir el nombre de su barrio, ¿no es cierto?
-Uno debería poder elegir, y punto –me dijo la mujer.
Busqué algo para comprarle y me llevé una camisa de mujer, o una especie de no sé qué de mujer colorida. Una prenda muy linda que luego di a mi maestro de tenis Luisito Aguirre junto con otras ropas que él da a no sé quién en no sé dónde. Pero seguro a alguien que vale la pena, porque yo confío en Luis.

Salimos de allí con Ariel y volvimos por la 25, donde suele ser difícil caminar y también peligroso como en cualquier ruta. Nos despedimos y yo quedé bastante tiempo pensando en ese barrio y en esa mujer. 

Otra tarde, volvíamos de Villa Rosa en auto con María y le pedí de buscar la casa. La encontrarnos, pero cerrada con candado desde afuera. Se la mostré y volvimos a admirar el barrio, pero no más que eso. Pasaron más días hasta esta mañana de sábado en la que volví a ver a la mujer en donde le dije que iba a escribir sin saber cómo ni qué decir pero que necesitaba que esto que ella me había dicho, las dos cosas que me había dicho, se publicaran en El Regional ya que yo había pensado mucho en ellas

-Qué cosas, hijo –me dijo Doña Hermosa.
-Primero eso de que usted le dice a su barrio Villa Hermosa, y lo otro es esa idea que parece tan sencilla, tan obvia pero que es casi imposible para más de la mitad de los argentinos de hoy: poder elegir.
-¿Yo dije eso? –me preguntó ella.
-Más o menos, una vez que pasé por acá mismo, la primera vez que pasé.
-No me acuerdo de Usted, hijo –me dijo—pero igual eso que supuestamente dije es lo mismo que pienso todo el tiempo.

Esta vez no le compré nada, me despedí y prometí volver. Creo que prometí algo más exagerado: alquilarme algo por ahí o puede que le haya dicho que me iba a comprar algo por ahí. No sé, a veces las emociones me hacen decir cosas desmedidas. No son mentiras porque en el momento así las pienso y así las siento. Pero bueno, tampoco eso me exonera de callarme un poco más la boca. El tema con la gente que me emociona es que no sé cómo decirles que me emociona, cómo decirles eso sin quedar como un idiota excesivamente sentimental. 

Volvía a casa pensando en poder elegir. En el discurso políticamente correcto de estos días que incluye una supuesta mente abierta para poder elegir. Y que va desde un león para la cena a autorizar la cirugía genital de une niñe de 7 años. “Bueno, es una elección” “Podemos elegir” “Elijo no invitarte” “elijo no verte” Ect. Etc. Etc. 

Claro, hoy podemos elegir comer sano, comer productos hechos sin agroquímicos. Yogures seleccionados con la mejor leche de vaca o leche de almendras, e ir hasta Zelaya y tirar bien separados nuestros residuos para el reciclaje sin pensar ni preocuparnos si realmente serán reciclados ni cómo ni por quien. También podemos elegir vivir en lugares lindos, Las Chacras de Murphy por ejemplo, o el Club de golf Agujerito Blanco, nombres inventados que bien podrían ser reales por lo ridículos ¿no?  Ya que podemos elegir: elijamos. Elijamos por ejemplo comer el dulce de leche hecho por la Vaca Budista que no tiene conservantes y mucho menos tiene gusto a dulce de leche. Confiemos en que la palabra budista garantiza que la gente que trabaja ahí es muy consciente de que el universo es uno y estamos todos unidos por un hilo de oro puro que por suerte no tuvo nada que ver con la mafia del oro y que tampoco alguien osó robar ya que el dueño del hilo vive bien custodiado por guardias y alambres electrificados. Alambre electrificado que incluso en el condominio de clase media baja en el que yo vivo rodea de electricidad las medianeras. Al mejor estilo arquitectónico de Auschwitz, solo falta el cartel EL TRABAJO LOS HARA LIBRES. Podemos elegir como los Médicos por la verdad. ¿Los conocen? O los Epidemiólogos Argentinos Metadisciplinarios. ¿Metadisciplinarios? Aunque no sean oncólogos tal vez le den un viaje de ayahuasca o de la terapia del beso en la frente para curar un cáncer, declamando la gran noticia de que la quimioterapia es mala para la salud. Si usted no los recuerda ellos hablaban de no aislar a los SANOS. El concepto SANIDAD que claramente solo ellos conocen. Y manifestaban sin barbijo cuando la mayor parte del pueblo estaba en problemas y ahora que en la provincia se está desregularizando el uso ellos dicen que es momento de usarlo. Bueno algunos de ellos, al menos. Los únicos médicos por la verdad están a dos manos en los hospitales, anónimos y saturados, ganando muy poco y haciendo MUY MUY mucho por lo demás. Carajo.

Bueno, disculpen este tono y el muy muy mucho, y estas palabras. Pero al oír a Doña Hermosa decirme lo bueno que pudiera ser elegir, el derecho indeclinable que tendría que ser elegir se me voló la cabeza. Tenemos un país donde muy pocos eligen algo, muy pocos. Y no es culpa de Alberto esto. Es culpa de los Macri, los Clarín, Los Larreta y en el caso de la pandemia de todos estos seudocientíficos fachos que apoya y usan a la gente.
Ellos son personas que van siempre de ruta a ruta, y el pueblo argentino, el pueblo del mundo, los niños del pueblo, nuestros niños, son los que se quedan en el medio. Siempre. El padre Angelelli definió Pueblo como aquel que no explota y que lucha contra la explotación. No alcanza con no-explotar. Y aunque ya es algo reciclar tu latita de cerveza y el plástico de tu cremona, no alcanza. Por más que abraces a la empleada doméstica y digas a tus amigos que es parte de la familia, ella sólo es la que barre tu mierda por muy poco. Ella está en medio de las rutas de una vida que pende de un hilo y que tal vez no sepa que el hilo se ha roto para siempre. Pero al padre Angelelli lo mataron los milicos más vale. Mi cabeza estaba por colapsar cuando me crucé con Cristian y él me saludó con una sonrisa que hizo que me detenga, por dentro y por fuera me detuve. Y hablamos; y le conté todo, y le conté está crónica que iba a escribir.
-¿Con todo no? –me dijo.
-Con todo –respondí. 
-Entonces gracias –dije- me llamo Pablo.
-Yo Cristian –dijo él—que Dios te acompañe.

Cristian, justamente. Increíble. A veces no puedo elegir casi nada, pero a veces también la vida, la calle, Pilar misma ahora, eligen bien por mí. Eligen Mejor que lo que siempre yo elegí en la vida.

*Este artículo es parte de una saga de crónicas publicadas semanalmente por el escritor Pablo Ramos en el diario www.pilaradiario.com.

lunes, 20 de septiembre de 2021

La ciudad de la luz, por Pablo Ramos

 





Escribe Pablo Ramos*  

Conozco la ciudad de Pilar desde hace muy poco tiempo: el tiempo exacto que llevo de recuperación de mis adicciones. Ciento veinticinco días iniciales en los cuales un adicto podría decir, tal vez con más que cierta esperanza, que está dejando su adicción activa atrás, que está triunfando por fin sobre eso que tanto lo doblegó, que tanto daño le hizo a él y a su entorno íntimo.

Estoy dejando mi adicción activa atrás y el hecho de que esta recuperación seria se dé en esta ciudad no es para nada fortuito, es producto del amor: un amor que comenzó un día de la lealtad hace casi dos años y que de mi parte la tuvo muy poca. Mientras que de parte de ella, de María, no solo fue una realidad efectiva y tangible, sino que se coronó de momentos de extrema paciencia, de generosa dignidad en el consuelo. Pero también en esos 90 días me enamoré de esta ciudad, su ciudad, Pilar. O esta ciudad también me enamoró, para decirlo de mejor manera. Escribo estas palabra previas a mis crónicas tratando de entender esta decisión, este proyecto de mudarme para vivir en ella: vivir en ellas, es lo que suena mejor, es lo que menos torpemente expresa lo que quiero decir.

La ciudad de la luz será un libro de crónicas que saldrán domingo a domingo en este importantísimo Diario Regional de Pilar al que Sergio me ha invitado tan amorosamente. Crónicas inéditas que luego serán editadas seguramente por mi editora Julieta Obedman en el sello Alfaguara. Las crónicas se van a presentar salteadas caprichosamente y escritas en diferentes tonos según el tema, según lo que la ciudad me dicte. Algunas a modo de aguafuertes, otras tal vez de sutiles relatos. O retratos, o lo que fuera que venga a hacerme tropezar en mis diarias y largas caminatas pilarenses. Soy un caminador nato. Caminar y hacer tenis son las actividades físicas que más me gustan. De eso también hablaré, de mi aquerenciamiento en el Sportivo Pilar y mi naciente amistad con ese gran maestro y ser humano que es Luis, el profe de tenis. Un poco cada día, un poco más algunos que otros días, durante todos los domingos que el Regional disponga. 

Elegí caminar las mañanas tempranas de cada sábado para escribir, con permiso de todos los pilarenses, algo de mis primeras impresiones sobre esta ciudad; algo de mi lucha por vivirla y conocerla limpio y abstinente; por expresar también sencillamente un poco de lo que verdaderamente soy, de mi amor al amor, de mi amor a María; de mi amor a la vida.

Una nueva vida en una ciudad nueva para mí. Una ciudad que se ilumina con luz madrileña, con amaneceres y ocasos de otro mundo, pero bien plantada en este mundo conurbano que tanto caminé en mi Avellaneda natal, que tanto conozco en las calles de Quilmes, de Lanús, de Villa Martelli, de San Martín, de 3 de Febrero. Pero que nada me había traído al norte más lejano. Pero acá estoy, escribiendo a las 4 de la mañana mientras mi compañera duerme tranquila porque sabe que no voy a salir a la calle de noche, que no voy a dejarla sola otra vez. María es hoy para, además del amor, la fe. Y Pilar sea tal vez la esperanza, y la ciudad de luz. Vayan entonces las páginas, desde el próximo domingo, como mi humilde homenaje a ellas. 


2da entrega. Domingo 5/9/2021:

3era entrega. Domingo 12/9/2021

4ta entrega. Domingo 19/9/2021: 

*Escritor, guionista y músico
Nacido en Buenos Aires en 1966, Pablo Ramos es un escritor y guionista de larga y elogiada trayectoria. A través de su carrera en la literatura ha recibido galardones como el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes (2003) y el Primer Premio en el concurso Casa de las Américas de Cuba (2004), por su antología de cuentos “Cuando lo peor haya pasado”.

Es autor de las novelas “El origen de la tristeza” (2004), “La ley de la ferocidad” (2007) y “En cinco minutos levántate María” (2010); más obras como, entre otras “El sueño de los murciélagos”, “Cuando lo peor haya pasado”, “El camino de la luna” y “Amor no Roma mi amor”. Varios de sus títulos se han traducido al alemán, al portugués, al francés y hasta el ruso.

Como guionista su carrera es igual de destacada: obtuvo el Primer Premio Ópera Prima del INCAA por “El estaño de los peces” (junto por Oscar Frenkel) y ganó un Martín Fierro por el libreto de “Historia de un clan”, la ficción de Sebastián Ortega dedicada a los secuestros y crímenes de la familia Puccio.

Multifacético, Ramos es cantante de la banda de rock Analfabetos y fue conductor durante 2015 y 2016 del programa “Animal que cuenta”, por Canal Encuentro, una serie de entrevistas a autores que además incluían dramatizaciones de algunos de los relatos del reporteado. Desde este domingo, sus textos se podrán leer en El Diario Regional de Pilar.  

lunes, 13 de septiembre de 2021

Antonio Caballero: muerto en vida, muerto en muerte, por Pablo Ramos


Ensayo sobre la novela “Sin remedio” y sobre el valor de la narrativa del escritor colombiano fallecido el viernes pasado. 






Escribe Pablo Ramos*

Es lo increíble de la gran literatura: sea como fuere de dura o pesimista, traiga la muerte que traiga, el silencio posterior a su lectura termina siendo vital y amoroso. La belleza habita ese silencio y, por lo tanto, lo separa para siempre de los incontables silencios mediocres, de las simples, comunes y corrientes ausencias de sonido, y lo hace perfecto y, en consecuencia, eterno. Había leído y releído al menos una vez esta monumental novela. De hecho, cuando hablo del comienzo perfecto, ideal, de una novela, suelo recurrir a Sin remedio, como suelo recurrir a El desbarrancadero, de Fernando Vallejo. 

“A los treinta y un años Rimbaud estaba muerto. Desde la madrugada de sus treinta y un años Escobar contempló la revelación, parada en el alféizar como un pájaro: a los treinta y un años Rimbaud estaba muerto. Increíble”.

Así se empieza una novela, les digo a mis alumnos, así: al borde de no poder seguirla, al borde de dejarla sin trama, al borde de hacerla fenecer. Porque eso son pelotas, lo demás es prosa mariconera, como diría el propio Escobar.

Entonces estoy con mi ejemplar de esta novela, ya amarillo y ajado, todo el tiempo sobre el escritorio de mi estudio, siempre a mano. Esta vez la relectura se debió al inmerecido honor de tener que ponerle palabras previas a un escritor que no las necesita. Y fue uno de los placeres más puros, exquisitos y significativos que tuve la suerte de gozar en este último tiempo, un año que termina con muchas muertes, con distintas muertes. Tanta muerte como hay al final de la novela.

Quiero entonces decir algo al respecto de la relectura, del acto de volver a leer lo que ya se ha leído, lo que ya se conoce. Releer los grandes libros supera con creces al hecho de haberlos leído. Muerta la ansiedad, matado el entusiasmo de tener algo nuevo que leer, uno se encuentra frente a frente ya no con un posible escritor, un posible libro, uno se encuentra frente a frente con uno mismo. Oficiador y partícipe de la única fe en la cual algunas personas podemos comulgar: la fe de las palabras escritas. Y es esto lo que me ha pasado y me sigue pasando a mí con Sin remedio.








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