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miércoles, 11 de mayo de 2022

El día más feliz de mi vida, por Nancy Bearzotti



Escribe Nancy Bearzotti




El sábado me sentí desanimada, hoy domingo estoy muy contenta. La adrenalina es lava de volcán corriendo por mi cuerpo.


Son las 21.00 horas y en un rato me tengo que acostar. Hay una canción que dice algo así como “se viene el estallido”, y si, ayer hice el primer contacto con una persona a la que le había echado el ojo no hace mucho. Y en donde pongo el ojo pongo la bala.  


Tengo las ideas revolucionadas o la vida tal vez; pasan cosas, parece que me estoy enterando recién ahora de lo difícil y atractivamente fascinante que es el desafío constante de estar vivo sin pasarla mal. Precisamente ese es un lugar común en mi vida, hablando en criollo: Pasarla como el culo. Todavía elijo de manera consciente algún patrón de conducta destructivo como por ejemplo, vomitar. Después me siento pésimo y sucedió el jueves posterior al festejo de cumpleaños.  

Yo vomito por bronca últimamente y porque el fantasma de la imagen perfecta se cierne sobre mi cabeza. No hay tu tía, no es cuestión de tener buen cuerpo, es mucho más profundo. Para mi vomitar es como drogarse, exactamente igual. Lastimarme y la sensación de un vacío que hay que llenar todo el tiempo porque nada alcanza. No podés parar, primero comes por demás, después vomitas y te alivias y después te sentís culpable y volvés a comer y te adentrás en un loop interminable que te deja en un estado sorprendentemente opaco. 


La fiesta amerita un capítulo aparte, ojalá pueda poner en un papel la cantidad de pensamientos que me interpelan a diario. Pero no será hoy el día que escriba sobre mi cumpleaños porque quiero gritar a voces lo que todo el mundo sabe. El sistema de salud es un fraude… Y no es cierto que siempre el trabajo dignifica; a veces te rebaja y humilla y lo peor es saberlo y jugar el juego. 


Las dos últimas dos semanas en la clínica en donde trabajo, fueron complejas.  


Marcela, mi jefa directa, los lunes trabaja desde la casa. Cuando llegué, alrededor de las 9am, me envió un mensaje. Me pedía que fuera al 5to piso, el lugar de la clínica utilizado como lavadero y acopio de insumos de limpieza, entre otras cosas. La idea era hablar con Ramona por la compra de unos tachos de basura que había que reemplazar. Esta señora es la mucama de mayor antigüedad en la clínica, veinticinco años de servicio y a pesar del compromiso con su trabajo, los directivos no son capaces de otorgarle el beneficio del almuerzo, lo hacen con las personas que trabajamos jornada completa, Ramona trabaja dos horas menos, gana dos pesos con cincuenta y se trae comida de su casa. Detesto la desigualdad.    


De todos modos, el almuerzo lo tuve que conquistar. No me fue dado como corresponde; es la licenciada quien se ocupa de gestionar la comida del personal y yo no estaba en su lista. Hablé con Jorge y ese mismo día empecé a almorzar rico. Al día siguiente varias personas que no recibían la comida la ligaron de rebote, y mi amiga Sol me dijo que era un referente para el bien común; por dos segundos, me sentí Evita. 


Qué impotencia!, quiero hacer algo por aquellos que son menospreciados, aunque la realidad es que, al margen de tener ojos claros, saber inglés (aunque parezca una locura algo tan común,  me diferencia del resto), sigo siendo una esclava, porque esa es la palabra, soy una esclava aria que trabaja en el tercer Reich.  


La cuestión es que me crucé a Ramona en el piso 4to, el piso de los muertos vivos. Había que cambiar algunos cestos de basura por unos más grandes porque los pañales ocupan mucho espacio. No habíamos empezado a pensar en el tamaño adecuado cuando suena el altoparlante “Señora Ramona por favor dirigirse al 5to piso, la espera la Licenciada”.  


Nos miramos, y le dije: Andá Ramona y suerte.  


Me fui a planta baja y tenía un mensaje en el teléfono de Germán, el jefe de Mantenimiento, su frase rezaba algo así como: “agarrate porque hoy vino tremenda”. (Por la Licenciada, obvio)  


Durante el mes de abril, compré una serie de materiales para hacer arreglos en el 5to piso. No había una fecha límite para terminar un trabajo que se diagramó cuarenta y cinco veces de diferente manera. Parecería que presiono el botón comprar solo porque una desquiciada se levanta con ideas revolucionarias que en general no llegan a buen puerto.  


Eso venía pasando con el 5to piso, nadie me informó que las compras debían hacerse antes de pascua. Nunca me dijeron que ese fatídico lunes comenzaba a trabajar la nueva Ama de Llaves quien se encargaría de las mucamas y todo lo relacionado con la limpieza de la clínica.  


En definitiva, para mí, estaba todo bien. ¿Y qué fue lo que pasó? Que unos rieles o rapistant no llegaron el sábado, y el trabajo que había que hacer, no estaba listo.  


De eso me enteré a las 11am, cuando vi venir a la Licenciada cual tromba a la oficina en donde estamos hacinados, rengueando (más tarde nos enteramos que tenía el pie fracturado), a gritarme.   


Cuando la Licenciada te maltrata es muy difícil ganar la pulseada.   


-              ¡Cómo puede ser que siendo las 11 de la mañana tenga que ser yo la que se da cuenta de que no llegaron los materiales para terminar el arreglo del 5to piso!!  


-              Licenciada, los prometieron para el sábado y no los trajeron. Yo no trabajo el sábado. Acabo de hablar con un vendedor y me dijo que programó el envío para hoy a la tarde.  


¡¡Para qué!! Enloqueció.  


-              Los materiales los quiero ya en la clínica, comunícate nuevamente con el proveedor, deciles que te levantaron en peso -  la remató con la frase “a veces hay que tener carácter”.  


Yo no la estaba mirando para no putearla, pero fue en ese momento en que giré el cuello hacia la izquierda, y desde mi silla miré para arriba con una tranquilidad feroz que me sirvió para decirle: “Carácter es lo que me sobra”.  


Obviamente que llamé por los materiales y los mandaron en un remise media hora después.  


No tomo como personal el maltrato, porque ese día repartió cachetazos por toda la clínica.  


Después esa misma semana Vanesa – la jefa de Recursos Humanos  – hizo un comentario sobre lo que había aumentado de peso desde que había dejado de fumar y yo le dije en voz alta “no seas boluda Vanesa, no es para tanto”.  


La Licenciada me llamó a su oficina para decirme que tuviera cuidado con mi vocabulario.   

En ese caso le di la derecha, tenía razón. Yo tengo un problema serio y quisiera insultar menos.  

Al día siguiente me llamó la atención por otra pavada, y al día siguiente me felicitó por la gestión del bendito gazebo, y al día siguiente fue ella quien insultó a una persona mientras estábamos solas en la oficina y la debo haber mirado como desorientada, porque enseguida me dijo: “Bueno, nosotras podemos insultar cuando estamos acá, solas... lo que no se puede hacer es gritar malas palabras a viva voz para que escuche toda la clínica”.

En fin, hablemos de abuso de poder...  


También estuve reflexiva y recordé que hacía mucho que no veía a Valentín, así se llama el marido de Jazmín. Y es porque ahora la visita en el piso 4to directamente. A algunas personas las visitan en el zoom de planta baja y por eso, para evitar amontonamiento de sillas de ruedas, oxígenos, sueros y familiares gritando; el lunes tengo que comprar el bendito gazebo para poner en el patio y que la gente no muera por causa del frío, sería el colmo.  


Hablé con Norma, la jefa de fonoaudiología, hablé con Gabriela, la jefa de Kinesiología y hablé con Lucía, la jefa de Terapia Ocupacional. Las tres me dijeron que el ACV que tuvo Jazmín, es irreversible. Yo no me resigno a su destino, a que su vida se apague algún día de todos los míseros días que va a vivir, pudiendo tan solo comunicarse moviendo y cerrando los ojos.  


Cambiando de tema, hoy domingo fui a coordinar el grupo de Loreto, la reunión de Narcóticos Anónimos, me encantó verlo a Juan el padrino de Valeria, su mirada cristalina me derrite y me traslada al universo propiedad de la ilusión.  


Mi amiga Clara ya se había dado cuenta que antes que yo de que entre nosotros dos (por Juan y por mí), iba a pasar algo, todavía no sé qué.  


Después del grupo nos reunimos unos compañeros enfrente al Alto Palermo, sobre Coronel Díaz, no me acuerdo el nombre del bar, vamos seguido.   


Del bar se fueron yendo de a poco y con Juan nos fuimos al parque Las Heras a tomar sol. Yo estaba con la bici y él con la moto. Él dejó la moto al lado de la iglesia y yo me senté en el pasto con la bici al lado. El tipo ya estaba preparado, había llevado una lona y todo.   


Venimos hablando desde hace poco, me resulta una persona interesante.  

Esta tarde nos contamos un poco nuestras historias de vida, él empezó Narcóticos Anónimos cuando no existían los teléfonos celulares. Después hablamos de qué hago masajes y después nos fuimos al pasto, bah, ya estábamos en el pasto, pero derrapamos.  


Julieta, mi amiga, trabaja para el gobierno de la ciudad, en el gobierno de la ciudad regalan preservativos y gel lubricante. Yo tengo la lívido baja y le pedí gel. Me trajo un montón de sobrecitos; yo los tenía en la mochila; terminamos haciéndonos masajes en los pies con el gel lubricante y riéndonos de nosotros mismos. Lo mejor que me puede pasar en la vida es reírme y suelo reírme bastante seguido y con Juan fue genial.  


 Obviamente nos gustamos, pero le dije:  


-              Mirá, Raquel (Mi madrina en Narcóticos Anónimos, que es una especie de psicóloga para drogadictos, pero drogadicta como yo); me dijo que hasta que no escriba el cuarto paso no me relacione con nadie y yo le voy a hacer caso.  


El cuarto paso es un punto muy importante para nosotros, los adictos. Parece que es ahí cuando recién empezamos a conocernos, y yo ya tuve una historia con Rolando cuando tenía media hora sin drogas y una sola baldosa sin vómito de alcohol;  fue muy a los comienzos de mi tratamiento. Un amor más platónico que real, ahora no tengo ningún apuro y se lo dije a Juan.  


-              Me cae bien Raquel, la conozco de hace mucho y no quiero pelearme con ella.  – Dijo Juan Y se rió, mientras se le hacían arruguitas en toda la cara.  


-              Claro, por supuesto, vas a tener que esperar y lo que cuesta vale. – Y puse mi mirada seductora, cada uno sabe siempre cuál es el punto fuerte en la batalla de la conquista. 


-              Bueno, te espero. – Me miró fijo y me sonrojé, a los cincuenta y tres  años, me sonrojé.  


Así terminó el día y me cambió la onda, y me doy cuenta de qué tengo una sonrisa de oreja a oreja. 


Si presto atención, muy a lo lejos voy escuchando como late mi corazón y se acercan las mariposas, creo y no es que quiera, que este hombre va a tener un significado importante en mi historia. 


Además, descubrí el día de mi cumpleaños que me volvieron a brillar los ojos como antes de la muerte de mi hija.  


Y a este punto, casi no importa ser la única en mi sector que no recibió aumento de sueldo.  


miércoles, 13 de abril de 2022

QEPD, por Nancy Bearzotti


Escribe Nancy Bearzotti




Mi hermana me llamó para avisarme que se había muerto el tío Ramón, lo velaban en Lanús a la noche.

- Me llamó Marta, parece que tuvo un ACV, se quedó dormido y no se volvió a despertar.

Se hizo un silencio incómodo.

- ¿Escuchaste lo que te dije?

- Aja.

- Mami quiere ir al velorio y yo esta vez no la puedo acompañar; ya sé lo que vas a decir, que te queda re lejos, que no te gustan los velorios; pero pensá en mami, quiere estar con su hermana. Por una vez, no seas egoísta y andá.

Corté, no le dije ni que iba ni que no, creo que la dejé hablando sola.

Detesto la pantomima del velorio, y amo la novela “Los asesinos en los días de fiesta”, está claro que no es divertida la muerte. Lo descubrí sin querer, sin tener capacidad para procesar esa información a los ocho años, en el velorio de Leonardo Chiesa, mi compañerito de la escuela primaria del que estaba perdidamente enamorada.

Y ahora mi hermana me pedía que fuera justo a ese velorio. Esbocé una mueca irónica, me reí en silencio y con desprecio; a ellas ya se los había contado.

No me sorprendió su llamado, mi familia es como los personajes de la película “De eso no se habla”.

Lo que me sorprendió fue no poder ponerle palabras a lo que sentí en el cuerpo cuando supe que había muerto.

En fracción de segundos vi la película completa de esa parte de mi infancia con mi tío y el dolor me traspasó como la puñalada que debí haberle dado si hubiese podido discernir o acaso vislumbrar mínimamente lo que ese señor hacía conmigo; ya era tarde. Pero no para que los recuerdos se agolparan uno tras otros al punto de que tuve que sentarme porque creí que me desvanecía.

Lo primero que vino a mi memoria fue el último partido de Racing contra Independiente en la cancha de Racing, ese que terminó tan violentamente como mi niñez.

Los peligrosos partidos de los domingos fueron suplantados por la visita a la casa de mi tía Amelia, que alquilaba en esa oportunidad un departamento muy bonito en Remedios de Escalada.

Siempre íbamos con mi madre, recuerdo que al abrir la primera puerta subíamos un piso por una escalera de mármol beige con manchitas marrones como lunares irregulares y que Alicia, mi prima e hija de Amelia y Ramón estaba apoyada sobre el marco de la puerta del departamento e iba a nuestro encuentro para acompañarnos directo a la cocina, donde nos esperaban las otras hermanas de mi mamá, tomando mate, comiendo facturas y jugando a los naipes.

Mi mamá solo descansaba los domingos, descansaba de todos, incluso de mí.

Tal es así que cada vez que yo intentaba acercármele, me mandaba a jugar con mi tío Ramón.

Él siempre estaba en el living comedor, con la televisión encendida y el volumen bien alto como sonido cómplice.

Yo me acercaba aterrorizada, no podía escapar de lo que venía.

Era un ritual, como el juego de naipes de mis tías, solo que este no era un juego tan simple, era el de un depredador devorando su presa. Este hombre me sentaba sobre sus piernas y abusaba de mí.

El pene de mi tío fue el primero que conocí. Los besos en la boca, húmedos y desagradables fueron los suyos. Todo el cuadro me erizaba la piel, era un sinsentido que ese dolor de estómago me atravesara en presencia del mejor amigo de mi padre. Yo tenía siete años.

Durante mucho tiempo tuve un sueño recurrente, despertaba toda transpirada.

Iba con mi mamá y hermana al almacén de Nesca, sobre Moreno, cruzando la calle Del valle Iberlucea. En la vereda había un pozo profundo y a ambos lados una hilera finita de baldosas. Mi madre y hermana caminaban una por cada lado y cuando llegaban al final del abismo, desde el otro lado me gritaban, “dale, cruzá, no seas estúpida”. Yo lloraba a gritos y le pedía a mi mamá ayuda. Ellas se reían, yo caía en el pozo y antes de tocar fondo me despertaba llorando, con la garganta oprimida.

Nadie entendía porque soñaba esa pesadilla, nadie tampoco intentó averiguar demasiado.

Decidí ir al velorio, a esa parodia, mi familia completa estaba al tanto de quién era mi tío, era un secreto a voces su perversión.

La mañana siguiente a su noche de bodas, mi tía Amelia fue trasladada a un hospital por un desgarro en la vagina, su marido la destrozó. Así comenzó ese matrimonio, esa pareja de cómplices.

Con el tiempo me fui enterando de que Ramón era un violador serial. Su hija no lo recuerda, pero tampoco entiende porque cuando se acuesta con un hombre ve el rostro de su padre.

Así que salí de casa, tomé un taxi desde Belgrano a Lanús solo para poder verle la cara por última vez y siendo adulta a ese monstruo que me arrebató la inocencia.

Llegué a casa de mi madre y allí estaba: afligida. Nos subimos al auto, habló todo el viaje y no recuerdo una sola palabra; yo estaba en otro lado recordando por primera vez en años el dibujo exacto de los labios de Ramón, la imagen la veía pegada, muy cercana a mi cara, como cuando me sentaba en sus rodillas y pasaba aquello. Abrí la ventanilla del auto, en pleno invierno porque me faltaba el aire.

Al llegar a Velatorios La paz, entramos en la sala donde desde lejos se veía el cajón, sus deudos abrazados, me sentí un personaje clave de una película de Almodóvar o Alex de la Iglesia, por lo bizarro.

En la medida en que me iba acercando escuchaba las palabras; Que en paz descanse. ¡Pobre! Pero no sufrió, por suerte no sufrió…

Las escuche cuatrocientas cincuenta y ocho veces, - Que en paz descanse. Y yo me pregunté, ¿Acaso descansa? ¿Merece descansar? ¿Adónde descansa?

Si es así, tengan a bien informarme, tengan a bien darme la oportunidad de terminar con mi vida para que esto no quede impune, en el momento en que lo encuentre en el limbo de los descarriados, me ocuparé de torturarlo; día tras día, noche tras noche.

Ya estoy frente al cajón, su cara sin expresión no le quita lo depravado. Lágrimas de satisfacción se deslizan por mi rostro, sin embargo, no puedo emitir sonido quiero gritarles a todos que eso que está ahí es un sapo verde, uno asqueroso que arruinó mi vida.

Me pierdo, me creo la historia de que la venganza es un plato que se sirve tan frío cómo está su cuerpo y que pronto seré un fantasma. Y me repito, como un mantra a mi muerte, hagan lo que quieran conmigo, si es cajón y ceremonia, se ocuparán de que me vea limpia y presentable, si voy directo al horno, me vea como me vea, ya no me verán más.

Deseo fervientemente que no utilicen las siglas QEPD, porque imagino imposible que alguna vez halle la paz.

Abrazo a mi tía Amelia y a mi prima llorando desconsoladamente, formando parte de la farsa. El fruto nunca cae lejos del árbol.


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