Escribe Pablo Ramos*
Es lo increíble de la gran literatura: sea como fuere de dura o pesimista, traiga la muerte que traiga, el silencio posterior a su lectura termina siendo vital y amoroso. La belleza habita ese silencio y, por lo tanto, lo separa para siempre de los incontables silencios mediocres, de las simples, comunes y corrientes ausencias de sonido, y lo hace perfecto y, en consecuencia, eterno. Había leído y releído al menos una vez esta monumental novela. De hecho, cuando hablo del comienzo perfecto, ideal, de una novela, suelo recurrir a Sin remedio, como suelo recurrir a El desbarrancadero, de Fernando Vallejo.
“A los treinta y un años Rimbaud estaba muerto. Desde la madrugada de sus treinta y un años Escobar contempló la revelación, parada en el alféizar como un pájaro: a los treinta y un años Rimbaud estaba muerto. Increíble”.
Así se empieza una novela, les digo a mis alumnos, así: al borde de no poder seguirla, al borde de dejarla sin trama, al borde de hacerla fenecer. Porque eso son pelotas, lo demás es prosa mariconera, como diría el propio Escobar.
Entonces estoy con mi ejemplar de esta novela, ya amarillo y ajado, todo el tiempo sobre el escritorio de mi estudio, siempre a mano. Esta vez la relectura se debió al inmerecido honor de tener que ponerle palabras previas a un escritor que no las necesita. Y fue uno de los placeres más puros, exquisitos y significativos que tuve la suerte de gozar en este último tiempo, un año que termina con muchas muertes, con distintas muertes. Tanta muerte como hay al final de la novela.
Quiero entonces decir algo al respecto de
la relectura, del acto de volver a leer lo que ya se ha leído, lo que ya se
conoce. Releer los grandes libros supera con creces al hecho de haberlos leído.
Muerta la ansiedad, matado el entusiasmo de tener algo nuevo que leer, uno se
encuentra frente a frente ya no con un posible escritor, un posible libro, uno
se encuentra frente a frente con uno mismo. Oficiador y partícipe de la única
fe en la cual algunas personas podemos comulgar: la fe de las palabras
escritas. Y es esto lo que me ha pasado y me sigue pasando a mí con Sin
remedio.
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