martes, 28 de septiembre de 2021

Una lectura de “Cuando lo peor haya pasado”, por Raúl García Dobaño


En el año 2004, el escritor Pablo Ramos ganó el premio Casa de las Américas con su primer libro de cuentos “Cuando lo peor haya pasado”, luego editado por Alfaguara. El autor Raúl García Dobaño ofrece su lectura sobre el libro en el marco de una publicación realizada en el sitio web dela institución cultural fundada en La Habana, Cuba.




Escribe Raúl García Dobaño

Un hombre que ha sido abandonado por su mujer, dolido de soledad y asediado por ideas suicidas, lanza huevos desde su balcón, a las 2 de la madrugada, contra la ciudad. Un pibe de la calle, que vende flores en bares de Buenos Aires, conoce una puta -ángel para el niño- que lo ayuda y lo protege. Antes de desaparecer, la elegante meretriz deja al niño una enigmática y poética carta. Un escritor de cuentos ha visto en crisis su vida debido al alcoholismo; intenta curar su adicción, y sufren, él y su familia, las consecuencias de la abstinencia (¿ya lo peor había pasado?). Un diletante fetichista tiene una singular historia con un zapato de mujer. Adicto a las drogas, un joven pierde su familia, hace trampas a un connotado traficante y se convierte, él también, en traficante, y a la vez en un degradado sujeto incapaz de rebasar la caída. Por una aparente casualidad, un hombre joven se encuentra con un viejo, un polaco judío sobreviviente del nazismo, que perdió toda su familia en el Holocausto. La extraña comunicación que se establece entre el joven y Moisés -así se llama el judío- tiene alcance alegórico de esperanza. Son éstas algunas de las historias narradas en los once cuentos de Cuando lo peor haya pasado, del argentino Pablo Ramos (1966), obra impecablemente editada por la misma institución en cuyo certamen literario ganó premio.

Un rapto de impresionismo: el libro atrapa la atención, sus personajes convencen -a veces seducen-, y se abandona placenteramente el lector a un lenguaje desenfadado y sugerente, e incluso se divierte -valioso efecto-, sorprendido por el humor fino, los inteligentes guiños de complicidad y las continuas invitaciones a participar.

Un viejo colega me dijo una vez que la proclamada unidad en un cuaderno de cuentos -exigida a veces con demasiada impertinencia- era una falacia, y que la verdadera unidad de un libro cualquiera está en su autor, en su voz y en su visión. Pero con este cuaderno de cuentos -sólo setenta y siete páginas y once cuentos relativamente breves- sucede algo que salta a la vista una vez terminada la primera lectura: aisladamente, cada historia tiene, en sí, no pocos valores humanos y literarios; pero, apreciadas en su conjunto, las pequeñas historias individuales adquieren categoría de mosaico, fresco del Buenos Aires de hoy. Efectivamente, el autor impone su visión y su voz en personajes y situaciones que encajan de molde en una ciudad -emblemática para la América Latina, soñada alguna vez por todos- que, como el resto del mundo actual, sufre una honda crisis de valores, acentuada en la ciudad del tango por la amarga y convulsa historia reciente, causa de laceraciones que no han podido curarse aún.

Una rica relación entre lo individual existencial y la contextualización de los personajes -su irremediable condicionamiento histórico- ha sido inteligentemente trabajada por el autor. La ciudad -son cuentos limpiamente citadinos-, como estructura social y humana, palpita siempre, de forma más o menos expresa o implícita, y es sustrato. El abandono -de la esposa, de los padres-, la soledad y la drogadicción y sus secuelas, son temas que se reiteran en variaciones. Y sentimientos de angustia, vacuidad, frustración, miedo o desesperanza, incomunicación.

Pero, aunque a veces personajes y situaciones llegan a ser desgarradores -somos testigos incluso de un suicidio-, el humanismo, la sinceridad y el arte salvan al conjunto de posibles morbo, sordidez o pesimismo: la medida y la mesura no abandonan nunca al escritor. Desde personajes socialmente excluidos con crueldad -el pibe de la calle, por ejemplo- hasta los que pertenecen a la clase media: he ahí el rango social de los personajes. La alta burguesía, y los rascacielos o los barrios de ricos, o la suntuosa parafernalia que los representa, casi no aparecen, o están vistos desde lejos. "Recuerdo que un auto enorme, plateado, de vidrios oscuros, se acercó a la esquina donde yo estaba, frenó junto a mí" (47), dice el pibe de la calle en "Los ángeles también pueden morir".

De esta manera lo debió ver también el autor, escritor autodidacta que nació y vivió en un arrabal de Buenos Aires, y que en este libro ha querido pisar firme y fabular sobre lo más vivido y cercano. Así los personajes, atrapados en situaciones más o menos difíciles, individual y socialmente, reaccionan sin brújula cierta y optan por respuestas absurdas, dolorosas o incluso trágicas. En muchas ocasiones se mueven bajo la tormenta, la lluvia y el frío -como exigía el teatro isabelino a las buenas tragedias-, y los vemos frecuentemente en bares, calles y lugares conocidos de la ciudad, y sobre todo en la intimidad del hogar, donde el ser humano muestra más limpiamente su desnudez y su miseria.

Además de los protagónicos, aparece en la obra una galería de personajes secundarios que completan el surtido social y que están descritos, en profundidad y color, según convenga a los propósitos de la historia: esposas frustradas, prostitutas, habitantes de los bares, porteros, vecinos curiosos, traficantes, explotadores de niños de la calle, oscuros policías, niños en que se adivina la crisis familiar... Veamos este portero: "Cayetano es el nombre del portero, un pegador de mujeres que afirma que Franco había venido al mundo para salvar a España. Un verdadero hijo de puta con nombre de santo. Yo podía imaginármelo escoba en mano, mirando a la vieja y asintiendo con la cabeza como un cura en el confesionario" (14). O este oficial de la policía bonaerense: "Estaba decidido a irme cuando se abrió la puerta y salió el oficial de guardia: un hombre flaco, de traje gris, de mirada inteligente y ojos achinados. Inspiraba respeto inmediatamente seguido de temor" (57).

Sin alardes técnicos ni innovaciones estridentes, el autor muestra dominio de los principios clásicos y contemporáneos del cuento, sobre todo al lograr un alto nivel de sugerencia semántica a través de la composición y el lenguaje. Las historias están salpicadas de pistas, constantes guiños que nos obligan no sólo a leer con detenimiento, sino, en ocasiones -y con placer-, a volver atrás. Asimismo, el punto de vista del narrador tiene elementos destacables. De los once cuentos, ocho están narrados en primera persona, punto de vista apropiado a la naturaleza de las historias, y donde el autor demuestra dominio y habilidad, especialmente en la eficacia para dosificar y distribuir la información imprescindible para el lector. Cuando utiliza la tercera persona, combina la omnisciencia con la del narrador objetivo, y llega a puntos de interés técnico y expresivo. Veamos este ejemplo: En el cuento "Cuando lo peor haya pasado", el escritor protagonista se queja, a través del narrador, de que es imposible escribir sin privacidad: "El problema en su casa es que llegan y le hablan directamente a él, le preguntan cosas y se quedan ahí, esperando una respuesta. // ¿Por qué piensa en plural?" (28). Y resulta que el narrador sabe lo que piensa el personaje, pero no por qué. El lector, sin embargo, se da cuenta a esta altura del relato que es en su esposa en quien piensa el personaje-escritor, la que le hace preguntas y se queda a esperar la respuesta. Más adelante, la esposa llega de la calle y dice el narrador:

Ella está a un costado, sobre el sillón, bajo la biblioteca de estantes de vidrio, leyendo el diario y comiendo un pedazo de pan. Él se distrae mirándola comer. No es en realidad un pedazo, sino un pan mediano, entero. Ella come un pan entero y lee los clasificados, deja que las migas le caigan sobre la ropa, las sacude, indiferente, siempre con la vista en los anuncios, como si nadie más existiera. // Él abre un texto viejo en la computadora y comienza a leerlo en voz apenas alta. En realidad lo murmura, para sí, sin ninguna intención, solamente por la costumbre que tiene de hacerlo. Lee el texto y siente que no está nada mal. Piensa: nada está mal en realidad. Tiene una familia, un empleo, alquila un departamento con cocina, habitación y baño y ha dejado de tomar definitivamente. ¿Por qué no comerá un pedazo de pan en vez de un pan entero? Se va a atragantar [28-29].

El narrador, aparentemente objetivo, duda un momento y rectifica, porque en realidad la mujer no come un pedazo de pan, sino uno entero. Esta pequeña falla del narrador, aunque subsanada, acentúa la acción descrita y la traslada, en singular simbiosis, al pensamiento del personaje por medio de la pregunta que éste se hace. ¿Quién es en realidad este ambiguo pero interesante narrador?, y ¿dónde está situado?

Sirva el ejemplo citado, también, para apreciar el humor que se desprende de la situación y de la manera desenfadada de contarla, algo que resulta frecuente y se agradece en los cuentos, y que se convierte en valioso rasgo estilístico del autor. En el primer cuento del libro, "En un cuaderno de hojas lisas", el narrador protagonista, que ha sido abandonado por su mujer y su hijo y lanza huevos contra la ciudad a las 2 de la madrugada, dice: "No puedo sacarme de la cabeza la imagen de ellos dos viviendo en un circo y con un malabarista. La simple idea me da escalofríos: mi hijo compartiendo el carro con la mujer barbuda, jugando cerca de las jaulas de los animales peligrosos, respirando el deprimente olor de las bestias encerradas" (16). La imagen, totalmente absurda para el personaje, pero terriblemente real, lleva en sí la carga de un humor casi trágico.

En "Todo puede suceder", historia de la singular relación de un hombre con un zapato de mujer, absurdo y humor van de la mano. El narrador protagonista encuentra en el zapato un papel con un nombre y una dirección, y dice: "Resulta evidente que el papelito estaba adentro del zapato. Pero, ¿a quién se le puede ocurrir poner una dirección en el zapato, como si fuera una agenda o algo parecido? ¿Será que esto es realmente una broma que espera ser completada con la correspondiente entrega a domicilio? ¿O será que esta mujer, más loca que una cabra, le puso una etiqueta con su dirección al zapato izquierdo simplemente porque sí?" (19).

El procedimiento de llevar a primer plano objetos aparentemente insignificantes es muy utilizado por Ramos en el cuaderno. Hay en verdad un regodeo, un gusto por los objetos, por la insospechada relación que a veces guardan con los seres humanos. Lo alcanza a partir de una mirada cinematográfica que le permite enfocar distintos planos. Y a partir de descripciones plásticas, sugestivas: "Fui hasta la cocina, abrí la heladera, tomé varios huevos y comencé a aplastarlos primero contra el piso y luego contra mi cabeza. Sentí el crujido de las cáscaras al partirse y el contenido helado y pegajoso que me corría por la nuca hasta la espalda" (15).

Por este camino, y mediante el montaje de elementos cuidadosamente seleccionados, el autor logra crear atmósferas de valor. Veamos el caso de un personaje que acude a una estación de policía con el propósito de defender a un niño -o al menos para preocuparse por su suerte- que ha sido arrestado por supuesto gamberrismo. Aparece en el cuento "Luces de colores". La atmósfera es opresiva, casi aterradora: un pasillo oscuro; un ventilador que hace ruido de sierra de carnicero; un sillón que, roto, pellizca la piel, y un silencio de hospital. ¿Y el niño?

El lenguaje, tendiente a la naturalidad, tanto en el léxico como en la sintaxis, ajustado al narrador y al tono, deja ver a ratos imágenes de lograda fuerza expresiva, como esta de fondo sinestésico: "caminé hacia la pieza despacio, sumergido en un silencio oscuro, apenas coloreado por el sonido pálido del televisor" (77). Parco en adjetivos, a veces los halla significativos y sugerentes: "Pensó en lo que sería vivir en otro país, en la suave lejanía que conllevan esas palabras" (45). Y, como en la carta que la prostituta le deja al pibe de la calle, puede llegar al lirismo: "Lo que dice la nota es un secreto que hasta hoy no compartí con nadie. Habla de la vida, y dice algo acerca de un barco que se va y de las huellas que nunca dejan los pájaros en las nubes" (54).

Debo referirme, a la inclusión de elementos documentales en la trama de ficción, sobre todo en locaciones de Buenos Aires que son referencias abundantes en los cuentos. La lista es larga, pero valga para los que, aun desde lejos, amamos la mítica ciudad: Parque Rivadavia, Corrientes, el Ferrocarril Roca, el Sur de Avellaneda, la Avenida San Martín, la Avenida Montes de Oca...

He dejado para el final una cita que aparece en "Tal vez algún día". El narrador protagonista cuenta: "-Ellos no van a volver -me dice Moisés [el viejo judío], y ahora sé que es imposible esconderse de este hombre-. Ni los míos, ni los tuyos, ni los de nadie. El problema es si tú te pierdes adentro tuyo, que el golpe haya hecho tanto efecto que ya no te quede nada. No es mi caso, hijo, y puedes creerme, tampoco el tuyo" (63).

"Ahora sí que es imposible esconderse de este hombre." La afirmación devela un hecho crucial para la anécdota. Sabemos, entonces, que el protagonista también ha perdido seres queridos por otra barbarie, más reciente, en Argentina. Y de repente la atmósfera de misterio se aclara y queda limpio el juego alegórico. Procedimiento técnico puesto de continuo al servicio de la idea. El mensaje que las palabras de Moisés contienen lo dejo al lector, que tendrá el gusto de reflexionar, igual seguramente que a lo largo de Cuando lo peor haya pasado, valioso punto en la rica cosecha de cuentos y cuenteros de la hermana Argentina. Entonces sentirá que el autor bonaerense lo ha invitado: vení a tomar unos mates.

* Pablo Ramos: Cuando lo peor haya pasado, La Habana, Casa de las Américas, 2004. Premio de cuento.

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