lunes, 22 de mayo de 2023

El arte de convertirse en escritor original en tres días, ensayo de Ludwig Börne

Escribe Ludwig Börne













Hay personas y escritos que ofrecen instrucciones para aprender latín, griego o francés en tres días, contabilidad incluso en tres horas. Pero a nadie se le ha ocurrido todavía enseñar cómo puede uno convertirse en tres días en un escritor bueno y original. ¡Y eso que es tan fácil!

No hay nada que aprender, más bien desaprender mucho; no hay que experimentar nada nuevo, basta con olvidar algunas cosas. Tal como está hoy el mundo, las mentes de los eruditos —y por ende también sus obras— semejan esos viejos manuscritos a los que primero hay que raspar las aburridas disputas de los Padrastros de la Iglesia o las disparatadas digresiones de un monje para descubrir debajo a un clásico latino. Los pensamientos sublimes son congé­nitos a todas las mentes humanas, y también los pensamientos originales, porque con cada persona que nace se vuelve a crear el mundo; pero la vida y la escuela los acaban recubriendo con sus bagatelas. Uno se puede hacer una idea aproximada del estado de la cuestión si tiene en cuenta lo siguiente. Reconocemos un animal, una fruta o una flor a través de su imagen real; se nos aparecen tal como son. ¿Se podría sin embargo identificar una perdiz, un arbusto de frambuesa o una rosa si sólo conociéramos el paté de perdiz, el zumo de frambuesa y el perfume de rosas? Pues esto sucede con la ciencia, esto pasa con todas las cosas que asimilamos a través del intelecto y no de los sentidos; se nos presentan elaboradas y transformadas, e ignoramos qué aspecto tienen en estado crudo y desnudo.

La opinión es la cocina en la que se degüellan, despluman, despedazan, guisan y condimentan todas las verdades. Nada escasea más que los libros sin juicios, es decir, libros que contienen cosas y no meras opiniones. Son muy pocos los escritores originales, y los mejores de ellos se diferencian de los no tan buenos en mucha menor medida de lo que cabría esperar tras un cotejo superficial. Uno se arrastra, el otro corre, uno cojea, otro baila, uno va en coche y el otro cabalga hasta su meta; pero la meta y el camino son los mismos para todos. Los pensamientos altos y novedosos sólo se conquistan en soledad; pero ¿cómo se conquista la soledad? Uno puede huir de los hombres, pero queda atrapado en el tumultuoso mercado de los libros; uno puede desembarazarse de los libros, pero ¿cómo se saca de la cabeza todos los conocimientos convencionales adquiridos en la escuela? Para lograr convertirse en un ignorante es esencial practicar el bello y verdadero arte de educarse a uno mismo; pero es éste un arte que se practica rara vez, y casi siempre con suma torpeza. Así como por cada millón de personas hay apenas mil pensadores, por cada mil pensadores sólo se halla uno que piensa por él mismo. Un pueblo es como un puré al que sólo el cazo da forma; lo duro y sólido se encuentra únicamente en la costra del fondo, en la capa más baja del pueblo; en el resto sigue siendo puré, y aunque extraigamos una porción de él con una cuchara dorada no por ello se convertirá la cucharada en algo distinto de lo que queda en el cazo.

El verdadero afán científico no es un viaje de descubrimiento colombino, es una odisea. El hombre nace en parajes extraños, vivir significa buscar un hogar, y pensar es vivir. Pero la patria de los pensamientos es el corazón; de esta fuente tiene que sacar el agua quien la quiera beber fresca; el intelecto es una corriente que fluye, un río enturbiado por miles de personas que se bañan en él, chapotean, se lavan y sumergen cáñamo en sus aguas. El intelecto es el brazo; el corazón, la voluntad; la fuerza se puede entrenar, desarrollar, pero ¿de qué sirve la fuerza sin el valor para utilizarla? Reprimimos nuestros pensamientos por vergüenza y cobardía. Sobre ellos ejerce más presión la censura de la opinión pública que la de la autoridad. Para ser mejores de lo que son, a la mayoría de los escritores no les falta intelecto, les falta carácter.

Esta carencia es consecuencia de la vanidad. El artista, el escritor, quiere descollar sobre sus semejantes, pretende superarlos; pero para superar a alguien se necesita primero situarse a su altura, para adelantarlo se tiene que enfilar su mismo camino. De ahí que los buenos escritores tengan tanto en común con los malos: el bueno lleva al malo dentro de sí, sólo que él es algo más; el bueno va por el mismo camino que el malo, sólo que unos pasos por delante. Quien atiende a su voz interior en vez de al vocerío que llega del mercado, quien tiene el valor de divulgar aquello que le ha enseñado su corazón resultará siempre original. La franqueza es el origen de toda genialidad, y los hombres serían más lúcidos, más ingeniosos, si fueran más honestos. Y ya estamos en las instrucciones de uso prometidas al principio. Tomen algunas hojas de papel y escriban tres días consecutivos, sin falsedad ni hipocresía, todo lo que se les pase por la cabeza. Consignen lo que piensan sobre ustedes mismos, sobre su mujer, sobre la guerra turca, sobre Goethe, sobre el proceso criminal de Fonk, sobre el juicio final, sobre sus jefes; y pasados los tres días, se quedaran atónitos antes los nuevos pensamientos que han tenido.

En esto consiste el arte de convertirse en tres días en un escritor original.

 

lunes, 27 de febrero de 2023

"Once cuentos escritos con maestría", Rey Andújar sobre Cuando lo peor haya pasado de Pablo Ramos


Escribe Rey Andújar*




Todo pasa. Lo peor incluso, pasa. El recuerdo como un pájaro caliente en mi mano pasa y me susurra: estás en Cuba, en una Feria del Libro. Con la relación entre calidad y precio de los textos en La Habana, has llevado dos maletas para traerlas llenas del material bélico de la palabra. Los libros, dice Joan Ferrer, son armas de construcción masiva. Y yo le creo. Dos maletas llenas de libros como un traficante cualquiera. El Carlitos Way de las fóking palabras. Tiro las redes en Centro Habana y al final del viaje, como mal pescador, triste en el aeropuerto, reviso mi presa. Entre esos libros descubro un librazo de cuentos escritos por Pablo Ramos, por algo o por mucho merecedor del Premio Casa de las Américas 2004. Cuando lo peor haya pasadoes uno de esos libros que se quedan contigo sin importar mudanzas y acarreos, fracasos y rotas promesas. Siempre al leerlo juré escribir algunas líneas sobre el mismo pero, del 2008 para acá, cuánto ha llovido, caballero. Bueno, al final escribo siempre para mí, para mi gusto y mi dulce condenación.

Hablamos de once cuentos escritos con maestría sí, pero también con una inusitada dejadez, como si fluyeras con las historias que en sí son bastante tristes, algunas hasta patéticas, y sin embargo te rasgan por dentro. Son las travesías esquizofrénicas de un muchacho grande de tu edad que lo ha perdido todo y sin embargo se entrega a la palabra, a la escritura de un cuaderno como si la religión no fuese otra cosa que unos pensamientos puestos en letra de molde. La primera historia nos deja saber que estamos frente a un escritor que asume el ejercicio de la palabra como una manera de decir presente. La tristeza nos duele a todos dice Ramos, pero todos flotamos de diferente manera en la melcocha que es la tristeza, y la soledad. El tipo dice “Me ahogo en una cama tan grande que dan ganas de serrucharla a la mitad [...] esa sensación de confinamiento, de dar vueltas y vueltas por el living como si fuera una celda, perturbado”. La segunda historia se acerca un poco al drama superficial. La tristeza y punto. O lo que Barthes define como “la mirada que acorrala, ya que el nacimiento del lector corresponde a la muerte del autor, definitivamente”. En el segundo cuento, titulado “Todo puede suceder”, nuestro hombre se pasea por las calles de la Ciudad de la Furia, bajo la lluvia, con un zapato que se le ha perdido a una muchacha. El cuento es la historia del zapato, claro, pero es también la historia de una sonrisa rota, o “realmente una broma que espera ser completada con la correspondiente entrega del zapato”. El cuento que da título a la colección muestra una de las razones de la locura del escritor: el amor de su vida. Su novia, que se vuelve después su esposa, entra en unas contradicciones que no le permiten al tipo escribir sus historias. Si no escribe, el hombre entra en una depresión que lo hace aberroncharse al rocaje vivo, como un animal acorralado. Y bajo la presión de la página en blanco, en nombre San Hemingway, el hombre manda a esa mujer que “lo perturbaba como el influjo de la luna sombre su sangre” al mismísimo carajo.

De ahí en adelante hay cuentos bellísimos, que son a la vez formas de ensayar la desidia hasta el suicidio. Hay un cuento muy bueno en donde un hincha se imagina la ciudad en llamas rojiazules antes de lanzarse al vacío desde un puente peatonal. El cuento que cierra la colección, una pieza de lujo, se intitula “Por las colinas de la luna”. El escritor ya se ha dejado de la mujer. Hay una hija y una novia-amante de por medio. El poeta, también traficante (insertar carcajada de Yván Silén aquí), hizo un trúcamelo con un perico que decidió vender clandestinamente. Al principio todo shani, ya que la merma rindió para gastar, comer y guardar, pero luego de la bonanza llegó la paranoia y el tipo no quería ni tan siquiera abrir la puerta. Todo el cuento se da cuando la ex-mujer llega con la niña para visitarlo y él, poética, bellísimamente, cuenta su depresión y su imposibilidad a través de los cristales por los que ve a su hija hacer dibujitos y palabras sueltas con el aliento en los cristales. Qué pedazo de cuento. Cuando la mujer y la niña se van, el hombre regresa hacia el living “sumergido en un silencio oscuro, apenas coloreado por el sonido pálido del televisor. Estás dispuesto a cabalgar de nuevo, Mississippi, decía John Wayne. Por las colinas de la luna y hasta los valles oscuros de la noche, aseguró Mississippi”. Yo, que ahora escribo esto con el corazón en la boca, por un miedo o varios, del tamaño de piezas de ajedrez tamaño regular, pienso que por libros como éste es que uno se dedica a esta vaina de la lectura… que es como el amor o un relámpago que une en dos la isla.

*Texto publicado originalmente en Acento.com


lunes, 19 de diciembre de 2022

Gauchito Gil campeón del mundo, por Fabián Domińguez


La fisura del costado de la casa se transformó en grieta. Le avisé al dueño. Respondió que en tres meses va a tener dinero para el arreglo. Le advertí que la casa se hundía, que estaba muy pegada al pozo ciego, que era urgente. Respondió que si tenía miedo me buscara otro lugar. Mi problema era muy pequeño al lado de las preocupaciones del país que, a mediados de noviembre, sufría por la derrota en la apertura del Mundial de fútbol frente a Arabia Saudita. No se nada de fútbol, pero estaba seguro que la Argentina iba a campeonar, venía con un equipo seguro y sólido, con una Copa América y, de yapa, el mejor jugador del mundo. Por falta de televisor, wi fi y distracción no vi el primer partido, el fatídico, como me pasó con los mundiales que Bilardo dirigió a la selección.

El hundimiento de un sector de la casa inhabilitó la puerta principal, la que logré cerrar con una cadena y un candado. Esa semana nos íbamos de viaje a Córdoba con los estudiantes de 7mo de Turismo, pero la inseguridad de la casa, la necesidad de conseguir un nuevo espacio y la posibilidad de una mudanza repentina me llevó a desistir del viaje. Con el grupo nos mantuvimos comunicados, y desde las sierra me mandaron las imágenes alentando a la Argentina frente al televisor con el frenesí de quienes estaban en Qatar. Ese día vi el segundo tiempo contra México, y ganamos. No creo en las cábalas, pero ahí decidí que no vería los primeros tiempos de los partidos. Mientras tanto busqué de manera infructurosa distintas opciones para un nuevo alquiler. El Gallego, un amigo futbolero y futbolista, me ofreció un lugar, algo lejos pero listo para instalarme.

Los estudiantes volvieron entusiasmado, todos con la camiseta de la selección, locos por el mundial y el deseo de que no se terminaran las clases. No hubo manera de pasar ese entusiasmo a la elaboración de los trabajos que me debían para aprobar la materia. En un momento los miré desde lejos y me dieron ternura. Recordé mis diecisiete, cuando en el país estábamos entusiasmados por recuperar la democracia al canto de “paredón, paredón,/ paredón, paredón/ a todos los milicos/ que vendieron la nación”. Esos pibes tienen muchas cosas servidas, pero a la vez no vivieron lo que yo viví con Kempes en el ‘78, o el desgarro malvinero del ‘82, o los mundiales donde Diego la descoció. Nos faltaba un partido para clasificarnos y le propuse a Francisco, el alumno que trabajaba en una peluquería, que si la Argentina salía campeón él me tenía que pelar. El grupo aplaudió y todos propusieron que se hiciera el día de la colación de grados, delante de padres, profesores y los cursos que egresaban. Pero era imposible, la colación se planificó para el 7 de diciembre y la final se jugaba el 18.

La mañana que la Argentina jugó contra Polonia conocí la casa que me proponía el Gallego: living comedor, cocina, baño y dos dormitorios. Lo mejor era el patio grande y la parrilla. Precio módico, todo de palabra, a la antigua usanza. Un rato más tarde vi parte del segundo tiempo, y me quedé tranquilo, el equipo era muy seguro, dominaba la pelota, aunque es cierto que los polacos no se esforzaron demasiado por llegar al empate.

La grieta de la casa era cada vez más grande, las paredes no se inclinaban sino que se hundían. Comencé la mudanza y llevé en una camioneta la mesa, algunas sillas, una biblioteca, un ropero chico, un sommier y un par de cajas de libros. Mi gran problema eran los libros, no entraban todos en la casa nueva. Conseguí un galponcito para guardar el grueso del material, para después seleccionarlos y llevar los más necesarios. No era la mejor solución, por la mugre y la humedad, pero era lo solución provisoria. Solo, con la vieja Surán, me dediqué al traslado de libros, cd’s, revistas y diarios, lo que me llevó varios días. Por suerte era fin de semana largo. Fueron días agitados, los de la selección y los de la mudanza contrarreloj. El tiempo no ayudó demasiado, con temperaturas siempre arriba de los 30°C.

Mientras cargaba algunas cajas recordé mi promesa de pelarme, pero el plan tenía una falla.  Francisco sería el ejecutor, pero ¿quién realizaría el milagro? Pensé en la Virgen de Itati, a fin de cuentas me bautizaron en su templo de Corrientes y nunca le pegué un mangazo. Pero a su vez recordé que hay otro correntino milagroso: Antonio Gil. Hace poco descubrí que Juan Gregorio Domínguez, un antiguo ancestro mío, salió de Mercedes a Yataití por la misma fecha que mataron al Gauchito, y tengo la seguridad de que eran amigos y que ambos eran desertores de pelear contra los hermanos paraguayos. Muchos dicen que el Gauchito es muy milagroso, así que le pedí que la Argentina ganara la copa para alegrar al pueblo que tanto lo venera.

Ya estaba hecho el sortilegio. Pero casi arruino todo cuando pasé por la casa del Gallego durante el segundo tiempo del partido frente a Holanda, justo en el momento en que los naranjas meten el primer gol a la Argentina. Era 2 a 1, pero olí que podía arruinar todo. Mi amigo, que es ateo, no cree en cábalas y estaba frenético con el partido, me obligó a quedar hasta el final. En el minuto 90 se produjo el empate y me di cuenta que fue culpa mía, que todo se iba al carajo. Me fui a buscar más libros, y ni siquiera vi los penales. Los alaridos de las casas vecinas, casi 45 minutos después, me trajeron alivio. 

El último viaje fue el más tenso de todos porque tenía que llevar a Yaco, el gato que me dejó mi hija Laura. No sabía como reaccionaría al subir al auto para llevarlo a una casa desconocida. Terminé de dar clases a la tarde y busqué al ex novio de mi hija, quien me ayudó a llevar al gato en su regazo. Yaco se escondió apenas llegamos, pero a la medianoche, cuando yo cocinaba, se acercó a pedirme comida. Nos fuimos a dormir muy tarde, y él se acostó sobre una camiseta de la selección que estaba junto a mi cama. 

Martes 13 es desgracia. El dicho dice no te cases ni te embarques, pero nada dice de ganar  mundiales. Pasé la primera noche en mi casa nueva. Me levanté temprano, tomé mate bajo la sombra de un paredón y después abrí cajas para acomodar cosas. A la hora del partido el barrio se hundió en un silencio más profundo que tarde de viernes santo. La nueva casa está en medio de la manzana y ahí no llega ningún sonido, solo el silbato del tren de la estación Los Polvorines. Ansioso, después de las 17, salí a dar una vuelta con el auto y, ya en Panamericana, algunos que llevaban banderas en sus techos, me tocaban bocina. Percibía cierto entusiasmo. Cuando llegué a Del Viso la gente, alocada, festejaba como si fuera carnaval, con gritos, bailes y sonrisas. Croacia se volvía a casa. Busqué entre la multitud a dos nenas, pero era imposible. Recordé el 2014, cuando en esas mismas calles festejamos con Mercedes y Laura los triunfos del mundial de aquel año, incluso la salida a la esquina de los semáforos cuando quedamos con el subcampeonato. Pero esta vez será distinto porque el milagro está en manos dos correntinos: la guaina de Itatí y el Gauchito de Mercedes. No creo en las cábalas, pero si en los milagros. Sé que el domingo voy a llorar, en las calles, con el resto del pueblo, porque el domingo se festeja.


lunes, 28 de noviembre de 2022

Disléxicos presenta "Supervivencia": Vivo en el Teatro Roma de Avellaneda









 

Sesión realizada en el mes de junio de 2022 en el Teatro Roma de Avellaneda. Disléxicos se encuentra conformada por Pablo Ramos, voz líder, guitarra, trompeta y composición. Fernando Monteleone, teclados, coros, composición y arreglos. Diego Lerendegui, violín

Pablo Carreras, viola, Lucas Córdoba: cello, Guillermo Izquierdo: clarinete bajo, saxo, Julián Di Muro: trompeta, Roberto Saver: batería y percusión. Jonathan Biloni: bajo

Dirección de video: Iñaki Echeverría

Grabación de audio:

Mezcla de audio y mastering: Jonathan Biloni en Espacio 6608


jueves, 24 de noviembre de 2022

Matar a un niño, cuento de Stig Dagerman



Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?

Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán. Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató… Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para hacer este solo minuto diferente.

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

lunes, 24 de octubre de 2022

Yanquis hijos de puta, un poema de Humberto Costantini

 







En realidad
sólo quería decir
eso.

En realidad, la vida
es,
pongamos por ejemplo,
una manzana.

Entonces,
uno la mira, la toca,
le hace fiestas,
la besa, le habla,
tal vez
hasta dibuja manzanitas
imitándola.

La quiere así, manzana,
rica, pulposa, viva,
indescifrable,
sabia.


Si la quieren romper,
si viene
un bicho, por ejemplo,
un yanqui hijo de puta,
para ser más precisos,
a matarla,
ya no se puede hablar
así nomás de la manzana.
Hay que matar al bicho,
es necesario
odiarlo,
destruirlo.

Es casi obligatorio
decirle hijo de puta,
decirle yanqui hijo de puta
todos los días, religiosamente
y encontrar la manera
de acabarlo.

Por amor a la vida,
simplemente.

En realidad
tal vez
no me he explicado bien.
Si uno tiene,
pongamos por ejemplo,
un amor, una cosa
que le anda por la piel
por todas partes.
Digamos
Buenos Aires.
Digamos
un octubre, un poema, una muchacha.
O digamos la esquina
de Nazca y Tequendama
los domingos, a las seis de la tarde.

(Estoy casi seguro
que había una esquina así en Santo Domingo
que había un viejo,
una silla,
un cielo inverosímil,
muchachos que volvían del fútbol,
señoras apuradas,
bocinas, qué sé yo
y tal vez
hasta un tipo solitario
como yo
me miraba)

Si uno tiene un amor entonces,
eso que le camina por la piel,
decíamos,
y pasa algo,
ocurre
que viene el mal, la peste, una desgracia,
o para no ir más lejos
vienen
los marines
idiotas,
los cretinos mascadores de chicle,
odiadores de todo lo que crece,
y desembarcan.

Entonces
ya no se puede hablar así nomás,
hay que matar la muerte de algún modo,
hay que pelear con rabia,
destruirlos,
salirles al encuentro como sea
y además
decir, decir hijos de puta,
decir marine yanqui hijo de puta,
decirlo y masticarlo
y enseñarlo a los chicos
como a un rezo.

Por amor a la vida,
simplemente,
me parece.

Humberto Costantini: Cuestiones con la vida

Humberto Costantini nació el 8 de abril de 1924 en Buenos Aires. Hijo único de inmigrantes judíos italianos, sus días transcurrieron en el barrio de Villa Pueyrredón. Egresado en la carrera de veterinaria, este oficio no fue el único en su vida: ceramista, investigador y vendedor fueron sus labores mientras escribía y corregía con una disciplina y “atornillado a la silla”, como a él le gustaba decir. Casado con Nela Nur, tuvieron tres hijos y su primer libro de cuentos, “De por aquí nomás”, se publicó en 1958.
Cuando el país cayó bajo la dictadura militar de 1976, Costantini se exilió en México a regañadientes. En el país azteca continúo aferrado a la literatura y también llevó adelante una serie de programas de radio. El 16 de enero de 1984 regresó a Buenos Aires, luego de un exilio de 7 años, 7 meses y 7 días. El 7 de junio de 1987, una enfermedad lo venció. Los que lo conocieron, aseguran que Costantini estuvo escribiendo hasta la última noche de su vida.

El arte de convertirse en escritor original en tres días, ensayo de Ludwig Börne

Escribe  Ludwig Börne Hay personas y escritos que ofrecen instrucciones para aprender latín, griego o francés en tres días, contabilidad in...