El taxi me deja en Arroyo y
Juncal, a pocas cuadras del hotel donde me espera el yanqui. Paro en un quiosco,
compro una lata grande de cerveza y me tomo de un golpe la mitad con un
clonazepam. Fue un día difícil y me quiero relajar. En un bolsillo de tengo un blíster
completo de clonazepan. Diez pastillas de 2mg cada una, bueno, ahora son 9
pastillas. Esteban me pidió que me ocupara de un yanqui. Un amigo suyo que
pasaría una semana en Buenos Aires. Guía de turismo en city tour. Una verdadera
mierda que no me gustó, pero Esteban es mi amigo y me resultó imposible
negarme. Le aclare que yo seguía sin hablar una palabra de inglés, pero me
dijo, en un mensaje, que su amigo hablaba un poco de francés y algo de español,
que no habría problemas. Los datos del yanqui eran pocos: 32 años, periodista.
Esteban lo conocía de la facultad. Me dijo también que el yanqui se llama Lee.
Le conteste que no se preocupara y que me ocuparía de todo. Esteban me respondió de inmediato diciendo
que ya había arreglado con el yanqui para que nos encontráramos, apenas se
hubiera instalado la primera noche en el hotel. Incluso me dijo el día y la
hora en que debería pasar a buscarlo, un jueves a las nueve de la noche. La
verdad es que el que mi amigo y el yanqui tuvieran mi vida y mi tiempo tan
organizados me rompió bastante las pelotas, pero no dije nada.
Necesito relajarme. Espero un rato
en la entrada del quiosco mientras me tomo lo que queda de cerveza. Después
camino unas cuadras por Arroyo y cuando llego a Suipacha doblo a la izquierda
hasta llegar a Libertador. El hotel esta casi en la esquina, es imponente y
parece carísimo. En la fachada del edificio se puede leer, todo con mayúsculas:
HOTEL EMPERADOR. Deprimente.
Subo la escalera que lleva a la puerta de
vidrio del hotel, que abren dos muchachos de traje azul. Son jóvenes y más que
empleados de un hotel parecen estudiantes de una universidad americana.
Sonríen. Entro y me hundo en una alfombra espesa de color beige. La recepción
esta al final del lobby, más o menos a medio kilómetro de la puerta de entrada.
Camino hasta la recepción. A un costado
del lobby veo a tres hombres vestidos con trajes oscuros, casi negros. La
vigilancia del hotel. Los miro con cara de orto. Ellos me devuelven una la
mirada dura y seca a pesar de sonreír con el resto de la cara. Ninguno de los
tres se mueve mientras camino hasta la recepción. Parada detrás del mostrador
hay una chica rubia, de pelo lacio impecable. Usa un uniforme azul, muy
elegante y un broche, también muy elegante, en el que se lee “Nicole”. Sonríe
apenas me ve.
- Buenas noches –dice.
Se la ve rígida, tensa en medio de una
naturalidad fingida. Las manos, una sobre otra, apoyadas en el mostrador.
Mantiene una sonrisa perpetua, de imitación, y las palabras le salen de la boca
como si estuvieran gravadas. La miro a los ojos y lo primero que se me ocurre
es que esta embalsamada, que esos ojos redondos y celestes con los que me mira
son de vidrio. O esta embalsamada o está loca.
- Busco al señor Lee, de la habitación 405 – le digo, y me doy cuenta de
que no se si Lee es el nombre o el apellido del yanqui. La embalsamada me dice
que espere un momento. A la derecha, un
poco alejado hay un teléfono desde el que habla. En el mostrador no hay nada,
ni papeles, ni biromes ni flores. Tampoco veo sillas detrás del mostrador. La
embalsamada trabaja parada. La escucho hablar por teléfono en ingles mientras sonríe
y me imagino que en un ataque de celo profesional o de locura también será
capaz de sonreír en inglés.
- El señor Carter baja en un
momento- me dice la embalsamada después de cortar y me indica unos sillones en
donde puedo esperarlo sentado. Le digo gracias, pero me quedo de pie, acodado
en el mostrador de la recepción. El lobby del hotel es un vacío enorme en el
que siento que me puedo desintegrar. Me está
haciendo efecto el clonazepan. Miro a los dos que abren la puerta, a los tres
de la vigilancia y a la embalsamada. El
único que no parece recién bañado soy yo.
Por encima de la puerta del ascensor, los números se iluminan. Está
bajando. Antes de que llegue a planta baja y las puertas se abran ya sé que el
que está bajando es Lee. El ascensor llega, las puertas se abren y sale Lee. Se
acerca rápido, con la mano extendida, sonriente. En el Hotel Emperador todo el
mundo sonríe.
- Lee Carter- me dice mientras me
da la mano y se presenta. También parece recién bañado. Tiene la cara de esas
personas solicitas, deseosas de trabajar en equipo. De los que a la mañana
juntan fondos para proteger a las aves del Perú, por la tarde protestan contra
la contaminación nuclear, sin romper nada ni gritar demasiado y a la noche se
van a dormir temprano. Este vestido algo informal pero elegante, aunque nada de
lo que lleva puesto, puede borrar la idea que me hago de él: parece un boy
scout. En cualquier momento me va a decir que nada es imposible si lo deseo y
trabajo duro para conseguirlo. Si me lo
dice lo voy a cagar a trompadas.
-Martín- le digo, y le doy la
mano mientras sonrío para estar a tono con el resto del hotel. Le pregunto, en
un español sencillo si tiene pensado algo para esta noche, él niega apenas con
la cabeza y me mira con cara de no entender, entonces intento repetir lo que dije,
pero en francés cuando Lee me interrumpe y me habla en inglés lentamente. La
embalsamada interviene de inmediato.
-El Señor Carter solo habla inglés- me dice la
embalsamada- pero confía en cualquier plan que usted le proponga. Sugiero que
vayan a cenar. ¿Digo, ya que el Señor Carter no salió del hotel desde que llegó
la cena podría se ser un buen motivo como para que tenga una primera
aproximación a nuestra ciudad, no le parece?
- dijo y yo pensé que además de embalsamada era una metida pero la dejé
seguir hablando.
- Cerca del hotel hay un
restaurante muy bueno en el que todos los mozos hablan inglés. Los puede
acompañar alguien de seguridad si lo desean.
Dice todo esto y se calla, la mirada de vidrio fija en mí. Yo la quiero matar,
pero pienso en el blíster de clonazepan que tengo en el bolsillo y me calmo.
Respondo de inmediato,
- Me parece perfecto - la sonrisa de la embalsamada
y la mía se empiezan a parecer.
- Pero no hace falta que nos acompañe
nadie – agrego.
Lee asiente con la cabeza como si
entendiera.
- Muy bien. Esta es una tarjeta del
hotel. Detrás anoté la dirección del
restaurante. Si tiene alguna dificultad o si desea que alguien de seguridad los
pase a buscar no dude en llamarnos- La
embalsamada extiende la mano y me da una tarjeta que no se dé dónde sacó.
Guardo la tarjeta en mi billetera, le hago
señas a Lee para que me siga y salimos.
Durante la cena Lee y yo tratamos de establecer alguna clase de comunicación verbal, pero fracasamos todo el tiempo. Intentamos entendernos con gestos, con tonos de la voz o guiños de la mirada. Un par de veces nos reímos al mismo tiempo sin saber bien de qué. Yo combino absurdamente el español y el francés como para pasar el rato. El restaurante es una parrilla para turistas y la cena me va a costar un ojo de la cara. Saco el blíster de clonazepan y me tomo dos pastillas con un poco de vino. La combinación de alcohol y clonazepan es la que mas me gusta. Me pone eufórico y atento sin perder la serenidad. Me conecta con cada uno de los estímulos que me rodean mientras me muevo en medio de ellos con la fluidez del agua. Sin tensiones. Lo miro a Lee, parece buen tipo. Mañana le voy a mandar a alguien que hable inglés. Cuando terminamos de cenar Lee insiste con gestos en pagar la cuenta. Volvemos al hotel, subo rápido las escaleras y cuando las puertas se abren entro sin prestarle atención a Lee, como si estuviera solo. Me detengo en medio del lobby. Por un momento, no tengo ni idea que hago en ese lugar. Lee me toma del brazo y lo recuerdo todo súbitamente. Me habla, es una parrafada larga de la que no entiendo nada de nada.
- No entiendo nada de lo que decís. No
soy la persona indicada para mostrarte nada. Ni la ciudad ni nada. Andáte a
dormir- Ya comimos, ya tomamos, ya charlamos todo lo charlable. Mañana te hago
llamar por alguien que hable inglés. Mañana – le digo y no se me ocurre que
gesto hacer para decir mañana.
- No entendo amigo– dice. Durante la cena
me di cuenta de que es lo único que sabe decir en español.
- Perdón –
escucho que alguien me habla- Miro a mi izquierda y veo a la embalsamada
que se materializó junto a nosotros como el ectoplasma de un ser del mas allá.
Lee parece tan sorprendido como yo. Se
ponen a conversar entre ellos. Él le dice dos o tres frases. Ella le hace un
gesto, como para que se detenga y empieza a traducir.
- El señor Carter le agradece la
cena. Le pide que le indique algún
bar o club interesante que pueda visitar. Le gustaría que usted lo
acompañara. Dijo que esta noche disfrutó
mucho de su conversación y que quiere seguir haciéndolo. – La embalsamada se
calla después de la traducción. Me mira con sus ojos de vidrio esperando una
respuesta.
Están todos locos y yo necesito otro
clonazepan.
- Y qué clase de bar quiere visitar –
pregunto.
La embalsamada responde, categórica, sin
necesidad de consultar.
- El señor Carter dice que usted elija el
lugar que prefiera -
Dudo un momento, pienso en mi amigo
Esteban, en mi compromiso y en la embalsamada. Necesito irme, salir, alejarme
de ella lo más rápido posible. En menos de un minuto saco a Lee del hotel, paro
un taxi y lo meto adentro.
El taxi nos deja en Marcelo T. de Alvear,
frente a la facultad de medicina. El edificio parece un animal enorme y enfermo
a punto de morir. Doblamos por Azcuénaga hasta llegar a puerta celeste, sin
numero y mal iluminada. La puerta esta siempre cerrada. La empujo y le hago
gestos a Lee para que entre y me siga. Hay que bajar una escalera. Al pie de la
escalera espera Héctor que es el que cobra las entradas. Es un tipo petiso y musculoso, la nariz rota,
los ojos vivaces y achinados. Es de los que se dan cuenta de quien sos con solo
mirarte. Siempre está vestido con un
traje gris y una camisa blanca con corbata, también gris, como si fuera a tomar
la primera comunión. Después de cobrarnos, me da algunas palmadas en la espalda
y corre la cortina que separa la escalera del local. Un mozo nos acomoda en una mesa, minúscula.
Lee parece encantado. De tanto en tanto levanta el pulgar a modo de aprobación.
El lugar también me gusta. Es un sótano que clausuran cada dos meses desde hace
más o menos diez años. En el escenario una travesti imita a Valeria Lynch. Tiene unos dientes postizos enormes que se le
salen de la boca cada vez que la abre como si tuvieran vida propia. La música está
a todo volumen. La travesti intenta conservar la dentadura dentro de la boca
mientras canta y lo que al principio tome como parte del show me empieza a
parecer es un desafortunado accidente odontológico.
-UN vodka con poco hielo – le
digo al mozo después de que Lee pide su trago. Me invade una felicidad
inesperada. Saco el blíster de clonazepan del bolsillo de mi camisa y me meto
dos pastillas en la boca, que mastico en seco.
El mozo nos trae los tragos. Lee me convida con el suyo y yo lo convido con el mío. Sin saberlo los dos pedimos lo mismo.
El público del local es el de
siempre: taxiboys, lesbianas, parejas
gays, algunas travestis . En los baños trabajan unos dealers modestos que
venden una merca muy cortada. Lee señala el bolsillo en donde guardo el
clonazepan y me doy cuenta, por algunos de sus gestos, de que quiere que lo
convide.
-No man. No jodas- le digo mientras niego con la cabeza, pero el yanqui no para de insistir. Dudo. Durante un segundo dudo, pero después saco el blíster de pastillas despacio y mientras lo hago Lee extiende su mano, yo presiono el blíster, siento como el plástico se dobla un poco, la pastilla rompe la cubierta metálica y cae sobre su palma. Lo hago dos veces más. Lee asiente, se toma las tres pastillas juntas con el vodka que recién le sirvieron. Después vuelve a mirar el espectáculo.
El escenario estalla con un grito final.
Por un momento creo que la dentadura de la travesti va a saltar y a caer en
medio del público como una ofrenda, pero un calculado movimiento de mandíbula
la acomoda de manera definitiva. Se apagan las luces antes de iluminar de nuevo
otro número musical. Lee se concentra en
todo lo que está pasando sobre el escenario. De perfil su cabeza es redonda,
armoniosa, el pelo negro, oscuro y muy
corto sobre el que se recorta una oreja blanca, pequeña. El lóbulo apenas
despegado, la parte superior de la oreja es una curva suave que parece
reproducir la forma de su cabeza. Pienso en una mariposa. La oreja de Lee es
como una mariposa blanca. Cada tanto él
se mueve y a mí me parece que la oreja mariposa aletea un momento, para
quedarse quieta luego, cuando Lee deja de mover la cabeza.
Saco la libreta que llevo siempre en el
bolsillo del pantalón. Con una birome dibujo una oreja pequeña. Me cuesta porque
me tiembla ligeramente el pulso y dibujando soy muy malo. Después hago el signo
igual y dibujo una mariposa. Le toco el brazo a Lee y le muestro el dibujo.
-Me gusta tu oreja. Me gusta la forma de
tu cuello y la de tu cabeza- le digo mientras recorro en el aire su contorno
con mi mano-. Me gusta que estés acá sentado, como si en el mundo no hubiera
nada más importante que estar en esa silla, en este lugar y conmigo- lo digo
todo de golpe, sin darme cuenta, mientras le muestro el dibujo.
El agarra la libreta. Mira el
dibujo y no dice nada. Me saca la birome. Apoya la libreta en la mesa y en otra
hoja dibuja una flecha. La punta me señala. Lo miro a los ojos que son verdes y
darme cuenta de que son verdes me hacen sentir que es la primera vez que los
veo. Me apoyo contra el respaldo de la silla. Lee gira apenas la libreta como
para que la flecha me siga apuntando. Después arranca la hoja, la dobla en cuatro,
se toma de un golpe todo el vodka de mi vaso y pone la hoja doblada debajo del
vaso vacío. Se apoya en el respaldo de su silla y sigue mirando el espectáculo.
Trato de hacer lo mismo, pero no
me puedo concentrar porque cada cosa blanca que veo me parece una mariposa. En
el escenario todo termina. Las travestis se despiden con una canción de aires
sentimentales. En minutos los mozos
levantan las mesas y las sillas para que la gente pueda bailar. Lee y yo nos
ponemos a un costado. Tenemos los vasos en la mano. Antes de levantarse Lee se
guarda el dibujo de la flecha en un bolsillo del pantalón. En el local, casi a
oscuras, las luces se encienden y se apagan al ritmo de la música que suena muy
fuerte. Pido más vodka en la barra y me tomo otro clonazepan. Apenas lo trago
siento que me hace efecto. Me empiezo a mover, sigo vagamente el ritmo de la
música. Me tocan el brazo. Es Lee. Los
ojos muy verdes y brillantes. Su boca se mueve con lentitud. Me habla. Estoy
por decirle otra vez que no hablo ingles, pero no digo nada porque de súbito descubro
que no necesito conocer las palabras que usa. Que sin entenderlas comprendo lo
que me está diciendo. Yo me río y el con un gesto me dice que haga silencio. Me
muestra su vaso vacío. Lo aleja un poco de sí, lo levanta a la altura de su
cabeza y lo suelta. El vaso cae lentamente como si atravesara un túnel de miel,
golpea contra el piso de cemento y se rompe. Levanto la mirada y Lee me abraza.
Lo hace muy despacio. Le doy un beso y
pienso que conozco su boca desde hace mil años.
No sé cómo llegamos al hotel. Atravesamos el lobby muy rápido sin
mirar a nadie. Yo toco repetidas veces el botón del ascensor. Los tres de
seguridad se nos acercan, pero llegan tarde porque ya estamos dentro del
ascensor y después dentro de la habitación y cuando suena el teléfono Lee
atiende y dice algo que me parece que son unas puteadas antes de cortar. La
ropa se le desprende del cuerpo. Las mías lo hicieron en algún momento porque
también estoy desnudo. Después llega el
movimiento tibio y húmedo de nuestro encuentro. Toda la noche. Eternamente.