miércoles, 28 de septiembre de 2022

Mi querido señor Lee, cuento de Daniel Alvarez




El taxi me deja en Arroyo y Juncal, a pocas cuadras del hotel donde me espera el yanqui. Paro en un quiosco, compro una lata grande de cerveza y me tomo de un golpe la mitad con un clonazepam. Fue un día difícil y me quiero relajar. En un bolsillo de tengo un blíster completo de clonazepan. Diez pastillas de 2mg cada una, bueno, ahora son 9 pastillas. Esteban me pidió que me ocupara de un yanqui. Un amigo suyo que pasaría una semana en Buenos Aires. Guía de turismo en city tour. Una verdadera mierda que no me gustó, pero Esteban es mi amigo y me resultó imposible negarme. Le aclare que yo seguía sin hablar una palabra de inglés, pero me dijo, en un mensaje, que su amigo hablaba un poco de francés y algo de español, que no habría problemas. Los datos del yanqui eran pocos: 32 años, periodista. Esteban lo conocía de la facultad. Me dijo también que el yanqui se llama Lee. Le conteste que no se preocupara y que me ocuparía de todo.  Esteban me respondió de inmediato diciendo que ya había arreglado con el yanqui para que nos encontráramos, apenas se hubiera instalado la primera noche en el hotel. Incluso me dijo el día y la hora en que debería pasar a buscarlo, un jueves a las nueve de la noche. La verdad es que el que mi amigo y el yanqui tuvieran mi vida y mi tiempo tan organizados me rompió bastante las pelotas, pero no dije nada.

     Necesito relajarme. Espero un rato en la entrada del quiosco mientras me tomo lo que queda de cerveza. Después camino unas cuadras por Arroyo y cuando llego a Suipacha doblo a la izquierda hasta llegar a Libertador. El hotel esta casi en la esquina, es imponente y parece carísimo. En la fachada del edificio se puede leer, todo con mayúsculas: HOTEL EMPERADOR. Deprimente.

     Subo la escalera que lleva a la puerta de vidrio del hotel, que abren dos muchachos de traje azul. Son jóvenes y más que empleados de un hotel parecen estudiantes de una universidad americana. Sonríen. Entro y me hundo en una alfombra espesa de color beige. La recepción esta al final del lobby, más o menos a medio kilómetro de la puerta de entrada. Camino hasta la recepción.  A un costado del lobby veo a tres hombres vestidos con trajes oscuros, casi negros. La vigilancia del hotel. Los miro con cara de orto. Ellos me devuelven una la mirada dura y seca a pesar de sonreír con el resto de la cara. Ninguno de los tres se mueve mientras camino hasta la recepción. Parada detrás del mostrador hay una chica rubia, de pelo lacio impecable. Usa un uniforme azul, muy elegante y un broche, también muy elegante, en el que se lee “Nicole”. Sonríe apenas me ve.

  - Buenas noches –dice.

     Se la ve rígida, tensa en medio de una naturalidad fingida. Las manos, una sobre otra, apoyadas en el mostrador. Mantiene una sonrisa perpetua, de imitación, y las palabras le salen de la boca como si estuvieran gravadas. La miro a los ojos y lo primero que se me ocurre es que esta embalsamada, que esos ojos redondos y celestes con los que me mira son de vidrio. O esta embalsamada o está loca.

  - Busco al señor Lee, de la habitación 405 – le digo, y me doy cuenta de que no se si Lee es el nombre o el apellido del yanqui. La embalsamada me dice que espere un momento.  A la derecha, un poco alejado hay un teléfono desde el que habla. En el mostrador no hay nada, ni papeles, ni biromes ni flores. Tampoco veo sillas detrás del mostrador. La embalsamada trabaja parada. La escucho hablar por teléfono en ingles mientras sonríe y me imagino que en un ataque de celo profesional o de locura también será capaz de sonreír en inglés.

- El señor Carter baja en un momento- me dice la embalsamada después de cortar y me indica unos sillones en donde puedo esperarlo sentado. Le digo gracias, pero me quedo de pie, acodado en el mostrador de la recepción. El lobby del hotel es un vacío enorme en el que siento que me puedo desintegrar.  Me está haciendo efecto el clonazepan. Miro a los dos que abren la puerta, a los tres de la vigilancia y a la embalsamada.  El único que no parece recién bañado soy yo.  Por encima de la puerta del ascensor, los números se iluminan. Está bajando. Antes de que llegue a planta baja y las puertas se abran ya sé que el que está bajando es Lee. El ascensor llega, las puertas se abren y sale Lee. Se acerca rápido, con la mano extendida, sonriente. En el Hotel Emperador todo el mundo sonríe.

- Lee Carter- me dice mientras me da la mano y se presenta. También parece recién bañado. Tiene la cara de esas personas solicitas, deseosas de trabajar en equipo. De los que a la mañana juntan fondos para proteger a las aves del Perú, por la tarde protestan contra la contaminación nuclear, sin romper nada ni gritar demasiado y a la noche se van a dormir temprano. Este vestido algo informal pero elegante, aunque nada de lo que lleva puesto, puede borrar la idea que me hago de él: parece un boy scout. En cualquier momento me va a decir que nada es imposible si lo deseo y trabajo duro para conseguirlo.  Si me lo dice lo voy a cagar a trompadas.

-Martín- le digo, y le doy la mano mientras sonrío para estar a tono con el resto del hotel. Le pregunto, en un español sencillo si tiene pensado algo para esta noche, él niega apenas con la cabeza y me mira con cara de no entender, entonces intento repetir lo que dije, pero en francés cuando Lee me interrumpe y me habla en inglés lentamente. La embalsamada interviene de inmediato.

 -El Señor Carter solo habla inglés- me dice la embalsamada- pero confía en cualquier plan que usted le proponga. Sugiero que vayan a cenar. ¿Digo, ya que el Señor Carter no salió del hotel desde que llegó la cena podría se ser un buen motivo como para que tenga una primera aproximación a nuestra ciudad, no le parece?  - dijo y yo pensé que además de embalsamada era una metida pero la dejé seguir hablando.

- Cerca del hotel hay un restaurante muy bueno en el que todos los mozos hablan inglés. Los puede acompañar alguien de seguridad si lo desean.

  Dice todo esto y se calla, la mirada de vidrio fija en mí. Yo la quiero matar, pero pienso en el blíster de clonazepan que tengo en el bolsillo y me calmo. Respondo de inmediato,

     - Me parece perfecto - la sonrisa de la embalsamada y la mía se empiezan a parecer.

     - Pero no hace falta que nos acompañe nadie –  agrego.

     Lee asiente con la cabeza como si entendiera.

     - Muy bien. Esta es una tarjeta del hotel.  Detrás anoté la dirección del restaurante. Si tiene alguna dificultad o si desea que alguien de seguridad los pase a buscar no dude en llamarnos-  La embalsamada extiende la mano y me da una tarjeta que no se dé dónde sacó.

     Guardo la tarjeta en mi billetera, le hago señas a Lee para que me siga y salimos.

     Durante la cena Lee y yo tratamos de establecer alguna clase de comunicación verbal, pero fracasamos todo el tiempo. Intentamos entendernos con gestos, con tonos de la voz o guiños de la mirada. Un par de veces nos reímos al mismo tiempo sin saber bien de qué. Yo combino absurdamente el español y el francés como para pasar el rato. El restaurante es una parrilla para turistas y la cena me va a costar un ojo de la cara. Saco el blíster de clonazepan y me tomo dos pastillas con un poco de vino. La combinación de alcohol y clonazepan es la que mas me gusta. Me pone eufórico y atento sin perder la serenidad. Me conecta con cada uno de los estímulos que me rodean mientras me muevo en medio de ellos con la fluidez del agua. Sin tensiones. Lo miro a Lee, parece buen tipo. Mañana le voy a mandar a alguien que hable inglés. Cuando terminamos de cenar Lee insiste con gestos en pagar la cuenta. Volvemos al hotel, subo rápido las escaleras y cuando las puertas se abren entro sin prestarle atención a Lee, como si estuviera solo. Me detengo en medio del lobby. Por un momento, no tengo ni idea que hago en ese lugar. Lee me toma del brazo y lo recuerdo todo súbitamente. Me habla, es una parrafada larga de la que no entiendo nada de nada.

     ­- No entiendo nada de lo que decís. No soy la persona indicada para mostrarte nada. Ni la ciudad ni nada. Andáte a dormir- Ya comimos, ya tomamos, ya charlamos todo lo charlable. Mañana te hago llamar por alguien que hable inglés. Mañana – le digo y no se me ocurre que gesto hacer para decir mañana.

     - No entendo amigo– dice. Durante la cena me di cuenta de que es lo único que sabe decir en español.

     - Perdón –  escucho que alguien me habla- Miro a mi izquierda y veo a la embalsamada que se materializó junto a nosotros como el ectoplasma de un ser del mas allá. Lee parece tan sorprendido como yo. Se ponen a conversar entre ellos. Él le dice dos o tres frases. Ella le hace un gesto, como para que se detenga y empieza a traducir.

- El señor Carter le agradece la cena. Le pide que le indique algún bar o club interesante que pueda visitar. Le gustaría que usted lo acompañara.  Dijo que esta noche disfrutó mucho de su conversación y que quiere seguir haciéndolo. – La embalsamada se calla después de la traducción. Me mira con sus ojos de vidrio esperando una respuesta.

      Están todos locos y yo necesito otro clonazepan.

     - Y qué clase de bar quiere visitar – pregunto.

     La embalsamada responde, categórica, sin necesidad de consultar.

     - El señor Carter dice que usted elija el lugar que prefiera -

     Dudo un momento, pienso en mi amigo Esteban, en mi compromiso y en la embalsamada. Necesito irme, salir, alejarme de ella lo más rápido posible. En menos de un minuto saco a Lee del hotel, paro un taxi y lo meto adentro.

     El taxi nos deja en Marcelo T. de Alvear, frente a la facultad de medicina. El edificio parece un animal enorme y enfermo a punto de morir. Doblamos por Azcuénaga hasta llegar a puerta celeste, sin numero y mal iluminada. La puerta esta siempre cerrada. La empujo y le hago gestos a Lee para que entre y me siga. Hay que bajar una escalera. Al pie de la escalera espera Héctor que es el que cobra las entradas.  Es un tipo petiso y musculoso, la nariz rota, los ojos vivaces y achinados. Es de los que se dan cuenta de quien sos con solo mirarte.  Siempre está vestido con un traje gris y una camisa blanca con corbata, también gris, como si fuera a tomar la primera comunión. Después de cobrarnos, me da algunas palmadas en la espalda y corre la cortina que separa la escalera del local.  Un mozo nos acomoda en una mesa, minúscula. Lee parece encantado. De tanto en tanto levanta el pulgar a modo de aprobación. El lugar también me gusta. Es un sótano que clausuran cada dos meses desde hace más o menos diez años. En el escenario una travesti imita a Valeria Lynch.  Tiene unos dientes postizos enormes que se le salen de la boca cada vez que la abre como si tuvieran vida propia. La música está a todo volumen. La travesti intenta conservar la dentadura dentro de la boca mientras canta y lo que al principio tome como parte del show me empieza a parecer es un desafortunado accidente odontológico.

-UN vodka con poco hielo – le digo al mozo después de que Lee pide su trago. Me invade una felicidad inesperada. Saco el blíster de clonazepan del bolsillo de mi camisa y me meto dos pastillas en la boca, que mastico en seco.

     El mozo nos trae los tragos. Lee me convida con el suyo y yo lo convido con el mío. Sin saberlo los dos pedimos lo mismo.

El público del local es el de siempre: taxiboys, lesbianas,  parejas gays, algunas travestis . En los baños trabajan unos dealers modestos que venden una merca muy cortada. Lee señala el bolsillo en donde guardo el clonazepan y me doy cuenta, por algunos de sus gestos, de que quiere que lo convide.

-No man. No jodas- le digo mientras niego con la cabeza, pero el yanqui no para de insistir. Dudo. Durante un segundo dudo, pero después saco el blíster de pastillas despacio y mientras lo hago Lee extiende su mano, yo presiono el blíster, siento como el plástico se dobla un poco, la pastilla rompe la cubierta metálica y cae sobre su palma. Lo hago dos veces más. Lee asiente, se toma las tres pastillas juntas con el vodka que recién le sirvieron. Después vuelve a mirar el espectáculo.

     El escenario estalla con un grito final. Por un momento creo que la dentadura de la travesti va a saltar y a caer en medio del público como una ofrenda, pero un calculado movimiento de mandíbula la acomoda de manera definitiva. Se apagan las luces antes de iluminar de nuevo otro número musical.  Lee se concentra en todo lo que está pasando sobre el escenario. De perfil su cabeza es redonda, armoniosa, el  pelo negro, oscuro y muy corto sobre el que se recorta una oreja blanca, pequeña. El lóbulo apenas despegado, la parte superior de la oreja es una curva suave que parece reproducir la forma de su cabeza. Pienso en una mariposa. La oreja de Lee es como una mariposa blanca.  Cada tanto él se mueve y a mí me parece que la oreja mariposa aletea un momento, para quedarse quieta luego, cuando Lee deja de mover la cabeza. 

      Saco la libreta que llevo siempre en el bolsillo del pantalón. Con una birome dibujo una oreja pequeña. Me cuesta porque me tiembla ligeramente el pulso y dibujando soy muy malo. Después hago el signo igual y dibujo una mariposa. Le toco el brazo a Lee y le muestro el dibujo.

     -Me gusta tu oreja. Me gusta la forma de tu cuello y la de tu cabeza- le digo mientras recorro en el aire su contorno con mi mano-. Me gusta que estés acá sentado, como si en el mundo no hubiera nada más importante que estar en esa silla, en este lugar y conmigo- lo digo todo de golpe, sin darme cuenta, mientras le muestro el dibujo.

El agarra la libreta. Mira el dibujo y no dice nada. Me saca la birome. Apoya la libreta en la mesa y en otra hoja dibuja una flecha. La punta me señala. Lo miro a los ojos que son verdes y darme cuenta de que son verdes me hacen sentir que es la primera vez que los veo. Me apoyo contra el respaldo de la silla. Lee gira apenas la libreta como para que la flecha me siga apuntando. Después arranca la hoja, la dobla en cuatro, se toma de un golpe todo el vodka de mi vaso y pone la hoja doblada debajo del vaso vacío. Se apoya en el respaldo de su silla y sigue mirando el espectáculo.

Trato de hacer lo mismo, pero no me puedo concentrar porque cada cosa blanca que veo me parece una mariposa. En el escenario todo termina. Las travestis se despiden con una canción de aires sentimentales.  En minutos los mozos levantan las mesas y las sillas para que la gente pueda bailar. Lee y yo nos ponemos a un costado. Tenemos los vasos en la mano. Antes de levantarse Lee se guarda el dibujo de la flecha en un bolsillo del pantalón. En el local, casi a oscuras, las luces se encienden y se apagan al ritmo de la música que suena muy fuerte. Pido más vodka en la barra y me tomo otro clonazepan. Apenas lo trago siento que me hace efecto. Me empiezo a mover, sigo vagamente el ritmo de la música. Me tocan el brazo.  Es Lee. Los ojos muy verdes y brillantes. Su boca se mueve con lentitud. Me habla. Estoy por decirle otra vez que no hablo ingles, pero no digo nada porque de súbito descubro que no necesito conocer las palabras que usa. Que sin entenderlas comprendo lo que me está diciendo. Yo me río y el con un gesto me dice que haga silencio. Me muestra su vaso vacío. Lo aleja un poco de sí, lo levanta a la altura de su cabeza y lo suelta. El vaso cae lentamente como si atravesara un túnel de miel, golpea contra el piso de cemento y se rompe. Levanto la mirada y Lee me abraza. Lo hace muy despacio.  Le doy un beso y pienso que conozco su boca desde hace mil años.

      No sé cómo llegamos al hotel. Atravesamos el lobby muy rápido sin mirar a nadie. Yo toco repetidas veces el botón del ascensor. Los tres de seguridad se nos acercan, pero llegan tarde porque ya estamos dentro del ascensor y después dentro de la habitación y cuando suena el teléfono Lee atiende y dice algo que me parece que son unas puteadas antes de cortar. La ropa se le desprende del cuerpo. Las mías lo hicieron en algún momento porque también estoy desnudo.  Después llega el movimiento tibio y húmedo de nuestro encuentro. Toda la noche. Eternamente.

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 19 de septiembre de 2022

Como el mar, por Mónica Discepola


Escribe Mónica Discepola



Hace mucho que no escribo para la contratapa del diario. Siempre pensé que ese era un territorio donde tenía que estar el presente, lo que resonaba en ese momento, más ligado al tono de la crónica que de la ficción.

Tengo claro que los géneros se mezclan, que nunca nada es objetivo, que nos estamos “contando” todo el tiempo, que ficcionamos nuestra propia vida, y todas esas cosas que se hablan en talleres de lectura y escritura, en las clases de periodismo, en los tratados sobre la subjetividad, etc, etc., pero más allá de todo eso, la contratapa me sigue pareciendo un espacio para lo cercano, para lo que nos retumba en ese momento, y que, con suerte, algún lector pueda sentir como propio.

Desde hace un tiempo, todo lo que suena y me involucra con los otros, es demasiado duro, o demasiado triste. Tengo una larga lista de temas para encarar, pero no puedo. No soy periodista, ni filósofa, ni nada que me permita encontrar el modo de que cualquier cosa que escriba no resulte una catarsis personal e inútil.

Hace un par de semanas atrás, casi escribo contando una escena, ínfima, pero que me tuvo contenta durante un par de días. Ilusionada, mejor dicho. Optimista sobre el mundo y sus alrededores. Pero al poco tiempo, la realidad (esa cosa que tal vez tampoco exista), la transformó en ingenua e intrascendente.

¿A quién podía importarle el pequeño acto que me despertó la esperanza? ¿Cómo se entendería en la última página del diario, después de leer sobre los migrantes que caen como moscas, de los muertos nuestros de cada día, de los puertos llenos de cocaína, de los atentados, las grietas, las guerras?

Esta mañana, en la contratapa del Página/12, había un texto de Guillermo Saccomanno: “El secreto del caracol”. Un texto hermoso. Un texto sobre el tiempo, las miradas, lo perdido, las urgencias, lo que está por venir.


Y sobre el mar.


Antes que el sueño (o el terror) tejiera

mitologías y cosmogonías,

antes que el tiempo se acuñara en días,

el mar, el siempre mar, ya estaba y era.


…….


Quien lo mira lo ve por vez primera,

siempre. Con el asombro que las cosas

elementales dejan, las hermosas


tardes, la luna, el fuego de una hoguera.

¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día

ulterior que sucede a la agonía

J.L.Borges

Tener una casa en el mar fue mi sueño más persistente. Desde que era una nena, y fui con mi tía a Mar del Plata en un tren con asientos duros color marrón, me enamoré de él. Me sentaba en una lonita a rayas, y lo miraba. No me interesaba tanto meterme al agua, jugar con las olas ni caminar por la playa. Sólo quería mirar cómo se movía, quedarme hipnotizada mientras trataba de encontrar un sentido, una regularidad que me permitiera apropiarme un poco de su extrañeza.

Tuve otros sueños en mi vida, de todos los tamaños y profundidades, fueron ocupando mi deseo por etapas. Algunos se cumplieron, otros los fui abandonando, otros transmutaron.

La casa en el mar sigue ahí. Todos los años, escribo en un papelito (alguna vez en las notas del celular): “Qué cosas quiero”. Tengo muchos de esos papelitos guardados, hay de todo: Arreglar la cocina/Conocer Ushuaia/Escribir el cuento del Cani/Viajar a Paris/Ir a Córdoba todos juntos/ Limpiar la galería/ Aprender a coser/ etc./. Pero en todos, en el último lugar de la lista, siempre aparece: Tener una casa en el mar.

Nunca puede cumplirlo, ni abandonarlo, ni pudo transmutar. Creo que nunca voy a tener una casa en el mar. Si la tuviera me quedaría sin mi mejor y más obstinado deseo. Y me daría cuenta de que, aunque lo mirara todas las horas de todos los días que me quedan de vida, nunca sería mío.

Saccomanno habla de los caracoles y no importa si es un ensayo, una ficción o una crónica. No importa porque es un gran escritor, y las palabras que escribe resuenan como olas concéntricas y nos traen palabras de otros y nos ponen en contacto con algo propio que teníamos olvidado.

Y mientras lo leemos, no dejan de estar las muertes, ni las injusticias, ni el hambre. Siguen ahí, mientras el texto defiende su derecho a existir desde la belleza y la nostalgia, otras formas posibles para impugnar lo que nos viene destruyendo.

No tengo el mar adelante mío, ni caracoles ni fósiles, ni escucho las voces aplanadas por el ruido del oleaje, no huelo a sal ni a pescado, no piso la arena. No puedo escribir sobre el mar. No tengo la forma ni las palabras.

Tal vez deba escribir sobre mi escena ínfima, darle una oportunidad y dejar que haga su intento de tener un sentido para alguien, en medio de esta vastedad de noticias graves y urgentes.

El domingo, cerca del mediodía, salía del supermercado chino (dicho así, de manera errónea y reduccionista), sin changuito, con unas pocas cosas amontonadas en los brazos. Abro el baúl, y se me cae la llave de la mano. Meto la mercadería y empiezo a buscar la llave en el piso. Me doy cuenta de que hay una rejilla, a modo de tapa de control de la zanja (estaba estacionado en un espacio sobre la vereda). No puedo creer que se haya caído por ahí, el llavero no es tan pequeño pienso, tendría que haber pasado de costado, casi imposible. Me arrodillo y trato de ver a través de la rejilla. En el fondo de la zanja, a más de un metro de profundidad, estaba la llave.

Entro al super y le explico al cajero, con cara de desesperada, lo que me acaba de pasar. Le pido que me ayude a sacar la reja, aparece un empleado, hablan en un idioma que no entiendo, vamos a la carnicería, le pide un destornillador al carnicero, aparece el dueño, dice que no vamos a poder, que la reja está soldada al marco, que hay que cortarla, o romper la loza, que tenemos que conseguir herramientas, aparece el verdulero con un cortafierros, vamos hasta el lugar del hecho, todos miran opinan, viene un vecino, todos miran opinan, volvemos adentro a pensar qué hacer, quedamos en silencio. Entonces aparecen las chicas.

Son las empleadas que atienden la fiambrería, entre 20 y 25 años, seguramente son del pueblo, una rubia con colita, la otra de pelo corto oscuro. Nosotras las vamos a sacar dicen, mientras descuelgan los salamines de los ganchos de alambres que los sostienen contra la pared. Y allá vamos, todos atrás de ellas, rumbo a la rejilla.

Se arrodillan y empiezan la operación. Un gancho tras otro, unidos entre sí, bajando por el metro de distancia hasta el fondo de la zanja, o sea, hasta la llave. La argollita del llavero está de plano contra el piso, hay que darla vuelta con un alambre rígido para después engancharla con el gancho. Vuelta al depósito para conseguir un alambre y otra vez de rodillas, y girar la llave, y vuelta los ganchos y hace falta un imán porque se nos cae, pero imán no tenemos, probemos con cinta, mejor la otra que tenemos en el cajoncito, y vuelta a subir y bajar los ganchos, cada vez con el mayor cuidado para no perderlos dentro de la zanja. El vecino, los chicos del super, todos alentando. Yo sacando fotos y haciendo arengas feministas.

Habremos tardado media hora, un poco más. Todo ese tiempo, me animo a decir, que fuimos felices. Teníamos claro qué queríamos conseguir, estábamos dispuestos a probar y equivocarnos, y volver a probar. No había nadie que obstaculizara, nadie que boicoteara, nadie que pensara en forma egoísta. Las chicas estaban decididas y defendían su derecho a ser las protagonistas. Sin enojos, sin histeria, sin disputas. Con alegría e inteligencia. De un modo femenino, dije yo, y los varones presentes protestaron: eh!! nosotros hicimos el aguante. Les dije que tenían razón.

La última subida fue emocionante. Todos en silencio, viendo cómo la llave se acercaba, pegoteada en cinta de papel, enganchada en una tira de ganchos para salamines, y el último giro de Valeria, como una cirujana, para que pasara de canto por la reja. Ya está, me dijo mientras me daba la llave, y todos aplaudimos.

Les dije que quería darles un regalo, no sé, algo, agradecerles de alguna manera. Me miraron sorprendidas y me dijeron, que no, que de ninguna manera, que lo habían hecho porque tuvieron ganas y que había sido muy divertido. Nos sacamos fotos todos juntos, sosteniendo el llavero. Y  ellas dos, radiantes y hermosas. Como el mar.

*Texto publicado originalmente en Página 12. 

martes, 6 de septiembre de 2022

Linda boquita y verdes mis ojos, cuento de J. D. Salinger







Cuando sonó el teléfono el hombre de pelo entrecano le preguntó a la chica, con cierta deferencia, si por alguna razón prefería
que no atendiera. La chica lo oyó como desde lejos, y dio vuelta la cara hacia él, con un ojo -el que estaba del lado de la luz- totalmente cerrado, y el ojo abierto, aunque capcioso, muy grande, y tan azul que parecía casi violeta. El hombre canoso le pidió que se diera prisa, y ella se incorporó sobre el brazo derecho apenas con la presteza necesaria como para que el movimiento no pareciera negligente. Se apartó el pelo de la frente con la mano izquierda y dijo:

-Por Dios. Quiero decir, ¿a ti qué te parece?

El hombre canoso dijo que a su juicio no había mucha diferencia entre una cosa y la otra, y pasó la mano izquierda por debajo del brazo en que se apoyaba la chica, deslizando los dedos paulatinamente hacia arriba, por entre las tibias superficies de su pecho y su antebrazo. Extendió la mano derecha hacia el teléfono. Para alcanzarlo sin tantear, tuvo que erguirse un poco más, lo que hizo que su cabeza rozara la pantalla del velador. En ese instante, la luz fue especialmente, netamente halagüeña para su pelo gris, casi totalmente blanco. Aunque desordenado en ese momento, era evidente que se lo había hecho cortar hacía poco, o, más bien, recortar. La nuca y las patillas tenían el corte convencional pero en los costados y arriba el pelo era más bien largo, y resultaba, en realidad, hasta casi “distinguido”.

-¿Hola? -dijo, con voz sonora. La chica permaneció semiincorporada sobre el antebrazo y lo observó. Sus ojos, simplemente abiertos, más que alerta o pensativos, reflejaban sobre todo su propio tamaño y su color.

Una voz de hombre -remota, de una ligereza brusca, dadas las circunstancias- llegó desde el otro lado:

-¿Lee? ¿Te desperté?

El hombre canoso echó una rápida mirada hacia su izquierda, a la chica.

-¿Quién habla? -preguntó-. ¿Arthur?

-Sí… ¿te desperté?

-No, no. Estoy acostado, leyendo. ¿Pasa algo?

-¿Estás seguro de que no te desperté? ¿Lo juras?

-No, no, en absoluto -dijo el hombre canoso-. La verdad es que apenas si duermo un promedio de cuatro horas miserables…

-Te llamo, Lee, porque… ¿No te fijaste a qué hora salió Joanie? ¿No sabes si se fue con los Ellenbogen, por casualidad?

El hombre canoso miró otra vez a la izquierda, pero ahora más alto, más allá de la chica, que lo observaba como podría hacerlo un joven policía irlandés de ojos azules.

-No, Arthur, no vi nada -dijo, con los ojos fijos en la penumbra del otro lado de la habitación donde se juntaban la pared y el cielo raso-. ¿No se fue contigo?

-No, diablos, no. Entonces ¿no la viste salir?

-Bueno, no, en realidad, no la vi, Arthur -dijo el hombre de pelo entrecano-. La verdad es que no vi un comino en toda la noche. Apenas entré me envolvieron en una discusión con ese rufián francés, o vienés, o de dónde demonios sea. Estos infelices de extranjeros siempre están tratando de conseguir un consejo jurídico gratuito. ¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Se perdió Joanie?

-¡Dios mío! ¡Vaya a saber! Yo no sé. Tú la conoces, cuando empieza a tomar y a querer divertirse. Yo no sé. A lo mejor casualmente…

-¿Llamaste a los Ellenbogen? -preguntó el hombre canoso.

-Sí. Todavía no llegaron. No sé. Diablos, ¡ni siquiera estoy seguro de que se haya ido con ellos! Pero te digo una cosa, una sola cosa. Basta de romperme la cabeza. En serio. Esta vez lo digo en serio. Estoy harto. Cinco años. ¡Dios mío!

-Bueno, Arthur, ahora trata de tomarlo con un poco de calma -dijo el hombre canoso-. Para empezar, ya sabes cómo son los Ellenbogen. Seguramente se metieron todos en un taxi y se fueron al Village por un par de horas. Es probable que los tres caigan…

-Estoy seguro de que se le empezó a arrimar a algún desgraciado en la cocina. Ya me lo imagino. En cuanto se emborracha empieza a restregarse contra cualquier infeliz en la cocina. Pero basta. Juro por Dios que esta vez va en serio. Cinco años del…

-¿Dónde estás ahora, Arthur? -preguntó el hombre canoso-. ¿En tu casa?

-Sí. En casa. Hogar dulce hogar. C…

-Bueno, trata de tomarlo con calma … ¿Qué te pasa? ¿Estás un poco borracho o qué?

-Qué sé yo. ¿Cómo diablos voy a saberlo?

-Bueno, está bien. Ahora escúchame. Tranquilízate, Quédate tranquilo -dijo el hombre canoso-. Tú sabes cómo son los Ellenbogen, por Dios. Lo que sucedió, posiblemente, es que perdieron el último tren. Seguro que en cualquier momento van a caer por ahí los tres, muertos de risa, después de haber estado en algún…

-Se fueron en automóvil.

-¿Cómo lo sabes?

-Por la chica que va a cuidar a los niños. Tuvimos una conversación muy brillante. Toda una comunión espiritual. Como dos asquerosas sardinas en una misma lata.

-Bueno. Bueno. ¿Y eso qué tiene? ¿Te calmarás, ahora? -dijo el hombre canoso-. Casi seguro que en cualquier momento llegan los tres juntos. Créeme. Tú sabes cómo es Leona. No sé qué demonios le pasa… en cuanto llegan a Nueva York se llenan de esa horrible alegría digna de Connecticut. Tú los conoces bien.

-Sí, ya sé. Ya sé. Aunque no sé nada.

-Claro que sabes. Piénsalo un poco. Seguro que los dos se llevaron a Joanie por la fuerza…

-Oye. Nunca hubo que llevar a Joanie por la fuerza a ningún lado. No me vengas ahora con esa teoría.

-Nadie te viene con ninguna teoría, Arthur -dijo el hombre entrecano con calma.

-¡Ya sé! ¡Ya sé! Discúlpame. Diablos, me estoy volviendo loco. Dime la verdad, ¿estás seguro de que no te desperté?

-Si fuera así, te lo diría, Arthur -dijo el hombre canoso. Distraídamente, sacó la mano izquierda de entre el pecho y el brazo de la chica-. Escucha, Arthur. ¿Quieres un consejo? -dijo. Tomó el cable del teléfono entre los dedos, muy cerca del micrófono-: Te lo digo en serio. ¿Quieres un consejo?

-Sí. No sé. Cristo. No te dejo dormir. Lo mejor sería que fuera y me cortara de una vez por todas la…

-Escúchame un momento -dijo el hombre de pelo entrecano-. Primero, y esto te lo digo en serio, métete en la cama y tranquilízate. Prepárate un vaso bien grande de alguna bebida fuerte, y acués…

-¡Bebida! ¿Hablas en serio? Dios. En estas dos malditas horas me he bebido casi un litro… ¡Un vaso! Estoy tan tomado ahora que apenas…

-Bueno. Bueno. Acuéstate, entonces -dijo el hombre canoso-. Y tranquilízate… ¿me oyes? Dime la verdad. ¿Vas a ganar algo enloqueciéndote de esa forma y dando vueltas por ahí?

-Sí, ya sé. Ni siquiera tendría que preocuparme, pero, cuernos, ¡no se puede confiar en ella! Te lo juro por Dios, juro por Dios que no se puede. Se puede confiar en ella tanto como se puede confiar en un… bueno, no sé en qué. ¡Oh! ¿Para qué sirve todo? ¡Estoy volviéndome loco!

-Bueno. Olvídate, ahora. Olvídate. ¿Quieres hacerme el favor y borrar todo esto de tu cabeza? -dijo el hombre canoso-. Después de todo, seguro que estás exagerando… creo que estás haciendo una montaña de…

-¿Sabes a qué he llegado? Me da vergüenza contártelo, pero ¿sabes qué estoy a punto de hacer todas las noches, cuando llego a casa? ¿Quieres saberlo?

-Escúchame, Arthur, no es esto lo que…

-Espera un segundo, te lo diré… !Coño! Prácticamente tengo que contenerme para no abrir todas las puertas de los armarios del departamento… te lo juro por Dios. Todas las noches cuando llego a casa estoy casi seguro de encontrarme con un montón de hijos de puta, escondidos por todos lados… Ascensoristas. Repartidores. Policías.

-Bueno, bueno. Tratemos de tomar las cosas con un poco más de calma, Arthur -dijo el hombre de pelo entrecano. Miró de pronto a su derecha donde un cigarrillo, prendido un momento antes, hacía equilibrio en el borde de un cenicero. Por lo visto se había apagado, y no hizo ademán de tomarlo-. Para empezar -dijo en el teléfono-, te lo he dicho ya infinidad de veces, Arthur, ese es justamente el error más grande que puedes cometer. ¿Sabes cuál es? ¿Quieres que te lo diga? Haces todo lo posible, te lo digo en serio, ahora te esfuerzas por torturarte. En realidad, eres tú quien incita a Joanie -calló-. Tienes la suerte de que ella sea una chica maravillosa. En serio. Y para ti carece en absoluto de buen gusto… y de inteligencia. Diablos, y entonces, si vamos al caso…

-¡Inteligencia! ¿Estás bromeando? ¡No tiene ni pizca de cerebro! ¡Es una animal!

El hombre entrecano respiró hondo, y sus fosas nasales se dilataron:

-Animales somos todos -dijo-. En el fondo, todos somos animales.

-Cuernos. Yo no soy ningún animal. Seré un imbécil, un engañado hijo de mala madre del siglo veinte, pero animal no soy. No me vengas con esas, un animal no soy.

-Escúchame, Arthur. Esto no nos conduce a…

-¡Inteligencia! ¡Dios Santo! Si supieras lo cómica que resulta. Ella se considera toda una intelectual. Eso es lo que da más risa. Lee la página de los teatros, y mira televisión hasta quedarse prácticamente ciega. Y por eso se cree intelectual. ¿Sabes con quién me he casado? ¿Quieres saber con quién me he casado? Estoy casado con la más grande actriz en cierne todavía sin descubrir, la más grande novelista, psicoanalista y genio no apreciado de Nueva York. No lo sabías ¿verdad? Cristo, es para morirse de risa. Madame Bovary en la Columbia Extension School. Madame…

-¿Quién? -preguntó el hombre canoso, con un tono de fastidio.

-Madame Bovary sigue un curso de Apreciación de la Televisión. Dios santo, si supieras cómo…

-Está bien, está bien. Te das cuenta de que así no vamos a ninguna parte -dijo el hombre canoso. Se volvió y acercándose dos dedos a la boca le indicó a la chica que quería un cigarrillo-. En primer lugar -dijo en el teléfono-, siendo un tipo tan inteligente careces en absoluto de tacto. -Se enderezó para que la chica pudiera alcanzar los cigarrillos por detrás de él.- Te lo digo en serio. Se ve en tu vida particular, se ve en tu…

-Inteligencia, ¡Dios santo! ¡Qué risa que me da! ¡Dios santo! ¿Alguna vez la escuchaste describir a alguien… a un hombre, quiero decir? Alguna vez, cuando no tengas nada que hacer, hazme el favor y pídele que te describa a un hombre. Para ella, todo hombre que ve es “terriblemente atractivo”. Puede ser el más viejo, el más gordo, el más grasiento…

-Está bien, Arthur -dijo el hombre de pelo entrecano con rudeza-. Así no vamos a ninguna parte. A ninguna parte. -Le quitó un cigarrillo encendido a la chica que había prendido dos. – Entre paréntesis -dijo, exhalando humo por la nariz-, ¿cómo te fue hoy?

-¿Qué?

-¿Cómo te fue hoy? -repitió el hombre canoso-. ¿Cómo siguió el pleito?

-¡Diablos! No sé. Un asco. Dos minutos antes de que yo empezara mi alegato final, el letrado de la parte actora, Lissberg, se aparece con esa camarera chiflada y un montón de sábanas como prueba… todas manchadas de chinches. ¡Al diablo!

-¿Entonces, qué pasó? ¿Perdiste? -preguntó el hombre de pelo entrecano, aspirando otra bocanada de humo.

-¿Sabes quién estaba en el estrado? Madre Vittorio. Nunca sabré qué coño tiene ese hombre contra mí. No puedo ni abrir la boca sin que me salte encima. Con un tipo así no se puede razonar. Es imposible.

El hombre canoso volvió la cabeza para ver qué hacía la chica. Había tomado el cenicero y lo colocaba entre los dos.

-¿Entonces, perdiste o qué? -dijo en el teléfono.

-¿Cómo?

-Te pregunto si perdiste.

-Sí. Iba a decírtelo. En la fiesta no tuve oportunidad, con todo ese barullo. ¿Crees que Junior va a hacer un escándalo? Me importa un cuerno, pero ¿qué piensas? ¿Crees que hará escándalo?

Con la mano izquierda, el hombre canoso quitó la ceniza del cigarrillo en el borde del cenicero.

-No creo que necesariamente arme un escándalo, Arthur -dijo con calma-. Aunque no hay muchas probabilidades de que le provoque una gran alegría. ¿Sabes cuánto hace que nos encargamos de esos tres hoteles de porquería? El propio viejo Shanley empezó todo…

-Ya sé. Ya sé. Junior me lo dijo por lo menos cincuenta veces. Es una de las mejores historias que he escuchado en toda mi vida. Bueno, está bien, perdí ese asqueroso pleito. En primer lugar, no fue culpa mía. Primero, el chiflado de Vittorio me persiguió durante todo el juicio. Después esa camarera mongólica viene y empieza a exhibir sábanas llenas de manchitas de chinches…

-Nadie dice que sea culpa tuya, Arthur -dijo el hombre canoso-. Tú me preguntaste si yo pensaba que Junior iba a armar un escándalo. Solo traté de contestarte lo más honestamente posible…

-Ya sé… Ya lo sé. ¡Qué coño! De todos modos, tal vez me reincorpore al ejército. ¿Te conté algo de eso?

El hombre de pelo entrecano volvió la cabeza hacia la chica como para que ella apreciara qué tolerante y aun qué estoica era su expresión. Pero la chica no lo advirtió. Acababa de volcar el cenicero con la rodilla y estaba recogiendo rápidamente las cenizas y haciendo un pequeño montón. Levantó sus ojos hacia él un segundo más tarde.

-No, Arthur, no me contaste -dijo en el teléfono.

-Sí, tal vez lo haga. Todavía no estoy seguro. Por supuesto que la idea no me enloquece y si puedo evitarlo no me iré. Pero tal vez no tenga más remedio, No sé. Por lo menos me olvidaré de todo. Si me devuelven mi lindo casco y mi gran escritorio y mi mosquitero, tal vez…

-Quisiera meterte algunas cosas en la cabeza, muchacho, eso es lo que me gustaría -dijo el hombre canoso-. Se supone que eres un tipo inteligente y hablas como un niño de pecho. Te lo digo con toda sinceridad. Dejas que un montón de cosas pequeñas se vayan acumulando como una bola de nieve hasta que ocupan tanto lugar en tu mente que eres completamente incapaz de cualquier…

-Tendría que haberla dejado. ¿Te das cuenta? Tendría que haber terminado el verano pasado, cuando realmente estaba decidido a hacerlo. ¿No piensas eso? ¿Sabes por qué no lo hice? ¿Realmente quieres saber por qué?

-Arthur, por Dios. Así no vamos a ninguna parte.

-Espera un segundo. ¡Déjame decirte por qué! ¿Quieres saber por qué no lo hice? Puedo decirte exactamente el motivo. Porque le tuve lástima. Esa es la pura verdad. Porque le tuve lástima.

-Bueno, no sé. Quiero decir que es algo que no me incumbe -dijo el hombre de pelo entrecano-. Sin embargo, creo que te olvidas de que Joanie es una mujer adulta. No sé, pero me parece…

-¿Mujer adulta? ¿Estás loco? ¡Es una niña que ha crecido, nada más! Por ejemplo, me estoy afeitando, escucha bien esto, me estoy afeitando, y de repente me llama desde la otra punta del departamento. Voy a ver qué pasa… así no más, en mitad de la afeitada, con toda la cara cubierta de jabón. ¿Y sabes qué diablos quiere? Preguntarme si yo creo que ella es inteligente. Te lo juro por Dios. Es patética. Yo la miro cuando duerme, y sé muy bien lo que te digo. Créeme.

-Bueno, es algo que conoces mejor que… quiero decir, que a mí no me incumbe -dijo el hombre canoso-. El asunto es que no haces nada constructivo para…

-No somos una buena pareja, eso es todo. No es más que eso. Hacemos una pareja asquerosa. ¿Sabes lo que le hace falta? Necesita un gran rufián taciturno que de cuando en cuando la deje tendida de un golpe, y después vuelva y siga leyendo el diario. Eso es lo que le hace falta. Soy un tipo demasiado débil para ella. Ya lo sabía cuando nos casamos, te lo juro por Dios. Quiero decir, tú eres un buen sujeto, nunca te casaste, pero a veces cuando uno se casa, uno tiene como un presentimiento de lo que va a ser su vida después. Yo no le hice caso. No hice ningún caso de esos presentimientos. Soy débil. Esa es la la historia, en definitiva.

-No eres débil. Solo que no procedes con inteligencia -dijo el hombre de pelo entrecano, aceptando un cigarrillo recién encendido que le extendía la chica.

-¡Sí que soy débil! ¡Claro que lo soy! ¡Diablos! ¡Yo sé muy bien si soy débil o no! Si no fuera débil, te imaginas que habría dejado que todo se… ¡Oh, para qué hablar! Claro que soy débil … Por Dios, te estoy impidiendo dormir… ¿Por qué no cuelgas y listo? Al demonio conmigo. Te lo digo sinceramente. Cuelga.

-No voy a cortar, Arthur. Quisiera ayudarte, en todo lo humanamente posible -dijo el hombre canoso-. En verdad, tú eres tu peor…

-Ella no me respeta. Ni siquiera me quiere. Dios mío. En el fondo, si lo analizamos, yo también la he dejado de querer. No sé. La quiero y no la quiero. Según. A veces sí, a veces no. ¡Cristo! Cada vez que me dispongo a terminar de una vez por todas, cenamos afuera, vaya a saber por qué, y nos encontramos en algún lugar y ella se viene con esos asquerosos guantes blancos o algo por el estilo, qué sé yo. O empiezo a acordarme de la primera vez que fuimos en auto a New Haven a ver el partido de Princeton. Pinchamos un neumático justo al salir de la autopista, y hacía un frío de morirse, y ella sostenía la linterna mientras yo cambiaba esa maldita goma… tú sabes lo que quiero decir. No sé. O empiezo a pensar en… Dios, me cuesta decirlo… empiezo a pensar en ese puerco poema que le escribí cuando empezamos a salir juntos. “Rosa es mi color y blanco, linda boquita y verdes mis ojos.” Diablos, qué broma… Hacía que me acordara de ella. No tiene ojos verdes… tiene ojos como apestosos caracoles marinos… pero, Cristo, igual hacía que me acordara de ella. No sé… ¿De qué sirve hablar? Me estoy volviendo loco. Cuelga, ¿quieres? Te lo digo en serio.

El hombre canoso carraspeó y dijo:

-No tengo ninguna intención de colgar, Arthur. Solo hay una…

-Una vez me compró un traje. Con su propio dinero. ¿Te lo había contado?

-No. Yo…

-Se fue nomás a Tripler, creo, y me lo compró. Yo ni siquiera la acompañé. Quiero decirte que tiene algunos gestos endiabladamente hermosos. Y lo más gracioso es que no me andaba tan mal. Solo tuve que hacerlo ajustar un poco en los fundillos de los pantalones y en el largo. Quiero decir que tiene algunos malditos gestos muy lindos.

El hombre del pelo entrecano escuchó unos instantes más. Luego se volvió de pronto hacia la chica. La mirada que le echó, aunque breve, la puso al tanto sobre todo lo que ocurría del otro lado de la línea.

-Bueno, Arthur, escúchame -dijo en el teléfono-. Así no vamos a ninguna parte. Te lo digo sinceramente. Escúchame. ¿Quieres desvestirte y acostarte, como un buen chico? ¿Y descansar un poco? Joanie seguramente va a llegar a casa dentro de dos minutos. No querrás que te vea así, ¿verdad? Es probable que caiga por ahí con los condenados Ellenbogen. No querrás que todos te vean asi, ¿no es cierto? -escuchó-, ¿Arthur? ¿Me oyes?

-Dios, te estoy echando a perder toda la noche. Todo lo que hago es…

-No me estás echando a perder nada -dijo el hombre de pelo entrecano-. Ni lo pienses. Ya te dije que de noche no duermo más de cuatro horas en total. Lo que sí me gustaría, sería ayudarte todo lo posible, chico -escuchó-. ¿Arthur? ¿Estás ahí?

-Sí, estoy aquí. Escúchame. Ya que no te dejo, ¿te incomodaría que fuera hasta tu casa para tomar un trago? ¿Te molestaría?

El hombre canoso se enderezó, colocó su mano libre de plano sobre la cabeza, y dijo:

-¿Ahora, quieres decir?

-Sí. Claro, si te parece bien. Me quedaría solo un minutito. Lo único que quiero es sentarme en algún lado y… qué sé yo. ¿Estás de acuerdo?

-Mira, lo que pasa es que no creo que debas hacerlo, Arthur -dijo el hombre canoso retirando la mano de la cabeza-. Por supuesto que puedes venir cuando quieras, pero sinceramente creo que ahora deberías descansar y tranquilizarte hasta que llegue Joanie. Te lo digo sinceramente. Lo que tú quieres es estar justo ahí cuando ella llegue a casa. ¿Estoy en lo cierto, o no?

-Si. No sé. Te lo juro por Dios, no sé.

-Bueno, pero yo sí. Sinceramente, yo sí -dijo el hombre canoso-. Escúchame. ¿Por qué no te vas a la cama ahora, y descansas, y más tarde, si tienes ganas, me llamas de nuevo? Claro, si es que tienes ganas de hablar. Y no te preocupes. Eso es lo principal. ¿Me oyes? ¿Harás lo que te digo?

-Bueno.

El hombre canoso mantuvo el receptor junto a su oído durante un momento y luego cortó.

-¿Qué dijo? -le preguntó en seguida la chica.

Él tomó su cigarrillo del cenicero, es decir, lo seleccionó entre un montón de colillas y de cigarrillos a medio fumar. Aspiró una bocanada de humo y dijo:

-Quería venir a tomar una copa.

-¡Dios! ¿Y qué le dijiste? -preguntó la chica.

-Ya me oíste -dijo el hombre canoso, y la miró-. ¿Podías escucharme o no? -apagó el cigarrillo.

-Estuviste maravilloso. Realmente maravilloso -dijo la chica, observándolo-. ¡Dios mío! Me siento molida.

-Bueno… -dijo el hombre canoso-. Es una situación difícil. No sé si estuve tan maravilloso.

-Sí, lo has estado. Has estado maravilloso -dijo la chica-. Me siento floja, totalmente floja. ¡Mírame!

El hombre de pelo entrecano la miré.

-Bueno, verdaderamente, la situación es imposible -dijo-. Quiero decir que todo es tan fantástico que ni siquiera…

-Querido… disculpa… -dijo de pronto la chica, y se inclinó hacia adelante-. Creo que te estás incendiando. -Rápidamente le pasó las puntas de los dedos por el dorso de la mano.- No, has estado maravilloso -dijo-. Dios ¡me siento cansada como un perro!

-Bien, la situación es muy, muy difícil. Evidentemente el tipo está pasando por un total…

De pronto sonó el teléfono.

El hombre canoso dijo.

-¡Cristo! -pero había levantado el tubo antes de que sonara por segunda vez-. ¿Hola? -dijo en el teléfono.

-¿Lee? ¿Dormías?

-No, no.

-Escucha. Pensé que te interesaría saberlo. Joanie acaba de llegar.

-¿Qué? -dijo el hombre de pelo entrecano, y con la mano izquierda se protegió los ojos, aunque la luz estaba a sus espaldas.

-Sí. Acaba de llegar. Diez segundos después de que hablé contigo. Aproveché para llamarte ahora que ella está en el baño. Escucha… un millón de gracias, Lee. Te lo digo en serio… sabes lo que quiero decir. No estabas dormido, ¿no es cierto?

-No, no, simplemente… no, no -dijo el hombre canoso, siempre con la mano sobre los ojos. Carraspeó.

-Sí. Lo que sucedió fue que al parecer Leona se pescó una borrachera de órdago y tuvo un ataque feroz de llanto, y Bob quiso que Joanie fuera con ellos a tomar un trago en alguna parte y suavizar las cosas. Yo no sé. ¿Te das cuenta? Todo es muy complicado. Lo importante es que ya llegó. Dios mío, qué porquería de vida es esta. Te lo juro por Dios, pienso que es esta maldita Nueva York. Creo que si todo sale bien vamos a comprarnos una casita, tal vez en Connecticut. No demasiado lejos, aunque sí lo bastante como para poder llevar una vida normal. Lo que quiero decir es que ella se vuelve loca por las plantitas y todas esas cosas por el estilo. Si tuviera un jardín propio y todo lo demás se chiflaría por completo. ¿Me entiendes? Porque aparte de ti, ¿a quién conocemos en Nueva York sino a un montón de neuróticos? A la larga hasta una persona normal termina por contagiarse. ¿Comprendes a qué me refiero?

El hombre canoso no contestó. Debajo del escudo de su mano, sus ojos estaban cerrados.

-De todos modos, le voy a hablar de todo esto esta misma noche. O tal vez mañana. Todavía está un poco mareada. Quiero decir que en el fondo es una chica formidable, y si se nos presenta una oportunidad para arreglarnos, seria estúpido de nuestra parte no aprovecharla. Y mientras tanto voy a tratar de solucionar también ese asunto de las chinches. Estuve pensando. Estuve diciéndome, Lee. ¿Crees que si yo fuera y hablara con Junior personalmente, podría…?

-Arthur, si no tienes inconveniente, yo preferiría…

-No vayas a pensar que te llamé de nuevo porque estoy preocupado por ese pleito del diablo ni nada parecido. De ningún modo. En el fondo, me importa un culo. Pensé simplemente que si podía hacerle entender las cosas a Junior sin romperme la cabeza, sería estúpido de mi parte…

-Escúchame, Arthur -dijo el hombre de pelo entrecano, retirando su mano de la frente-. De pronto me ha dado un terrible dolor de cabeza. No sé a qué demonios se debe. ¿Te molesta si lo dejamos para otro momento? Te llamaré por la mañana, ¿estás de acuerdo?

Escuchó un instante más y luego cortó.

Nuevamente la chica le dijo algo en seguida, pero él no contestó. Tomó un cigarrillo encendido -el de la chica- del cenicero y empezó a llevárselo a la boca, pero se le cayó de los dedos. La chica intentó ayudarle a encontrarlo antes que se quemara algo, pero él le dijo que se quedara quieta, por Dios, y ella retiró la mano.

lunes, 22 de agosto de 2022

Raven, cuento de Fernando Daniel Rosso

 


Mi mujer dice que estoy loco. Dice que ando todo el día pendiente de éste cuervo de mierda. Que le rindo culto como a un monje tibetano. ¿Quién es ella para decir si estoy loco o no? ¿Si puedo o no volar? ¿Si Raven merece o no tener su propio culto? En verdad estoy exagerando. Para darle gusto nomás. Aunque a mí me gustaría volar. Lejos de todos, lejos de ella. Intentarlo. Aunque más no sea intentarlo.

Antes de Raven no recuerdo cuando fue la última vez en que me detuve a mirar el cielo. De chico siempre lo hacía. Andaba mirando para arriba, me aburría el mundo de abajo. Mi papá y mi mamá siempre me decían que mirara para delante, que sino me iba a chocar con alguien, y que mirara para los dos lados antes de cruzar la calle pero a mí eso no me interesaba. Yo soñaba con ser un pájaro, un avión, una estrella titilante o algo que brillara y se moviera a la velocidad de la luz.

Estoy cansado. No sé exactamente de qué cosa en particular, y entonces supongo que de todo. Raven y yo somos lo mismo. Dos pájaros que no pueden volar. Que solo están ahí para ahuyentar a los otros. Raven a las palomas, y yo, no sé. Creo que me entristece ese asunto de que los demás siempre se alejan de mí.

Quiero volar. Solo o en bandada. Una vez aunque sea y quedarme ahí, flotando en el aire y no bajar más. Raven no puede enseñarme nada. Él es de plástico. Yo soy de piedra.

Así que acá estamos. Marina salió con los chicos, fueron al shopping.

No voy a saltar. Voy a acercarme lo máximo que pueda al vacío, al aire, al espacio inconquistable. Entonces ellos no se van a enterar de nada, y cuando lleguen vamos a seguir igual que siempre.

“Éste es el momento, Raven”, le digo.

Él no responde y entonces lo pongo a mi lado,  justo al borde del cantero sobre unos ladrillitos. Desde acá arriba, en el cantero del balcón, todo se ve diminuto: el auto del vecino parece de juguete, la señora que lleva al chico de la mano podrían estar siendo parte de una telenovela, el horizonte un panel de utilería que dibuja un día sensacional.

Raven tiene un botón rojo que hace que mueva las alas. Dos banderines que el viento hace flamear. Aprieto el botón y pasa algo imposible: Raven aletea y levanta sus patas del ladrillo y todo su cuerpo parece levitar. Es el viento, pienso. Pero el viento esta calmo y el cielo despejado. El sol cálido ilumina su cuerpo nuevo de alas abiertas. Por primera vez siento que mi vida tiene sentido. Que Raven se va alejar de nosotros, lentamente, lejos del cantero, lejos de mí. Una bandada de palomas cruza el cielo, lo ensucia. Nosotros las odiamos. Raven parece decidido a ir tras ellas. Pero no lo hace. Se queda quieto. Ralenta el aleteo. Se apaga poco a poco.

Y es entonces cuando Marina y mis hijos cruzan la puerta. Tan rápido, tan de improviso. Y me ven en posición de salto. Me ven como el loco ese que no soy, como el niño ese que dejé de ser. Y entiendo que no tendría ningún sentido decir algo en mi favor.

´´No quiero dejarme”–digo finalmente.

Y ella me mira, perpleja, con esa mirada ajena, que nunca antes me había dirigido a mí.

 

La cuarta alarma, cuento de John Cheever





Estoy sentado al sol bebiendo ginebra. Son las diez de la mañana. Domingo. La señora Uxbridge se ha ido a algún sitio con los niños. La señora Uxbridge es nuestra ama de llaves. Prepara las comidas y se ocupa de Peter y de Louise.

Estamos en otoño. Las hojas han cambiado de color. Es una mañana sin viento, pero las hojas caen de los árboles a centenares. Para poder ver cualquier cosa —una hoja o un tallo de hierba—, uno tiene que conocer, me parece, la vehemencia del amor. La señora Uxbridge tiene sesenta y tres años, mi mujer se ha marchado, y la señora Smithsonian (que vive en el otro extremo del pueblo) no está casi nunca de humor en estos días, de manera que, si no me equivoco, voy a perder parte de la mañana, como si esta hora tuviese un umbral o una serie de umbrales que no soy capaz de cruzar. Hacer pases con un balón de fútbol americano podría ser la solución, pero Peter es demasiado pequeño, y el único de mis vecinos que juega al fútbol va a la iglesia los domingos por la mañana.

Bertha, mi mujer, volverá el lunes. Viene de Nueva York los lunes y se marcha otra vez los martes. Bertha es una mujer joven y bien parecida con una figura espléndida. Creo que tiene los ojos un poco demasiado juntos y a veces se deja dominar por el mal genio. Cuando los chicos eran muy pequeños, Bertha tenía una manera muy malhumorada de castigarlos.

—Si no te comes el desayuno tan rico que mamaíta te ha preparado antes de que cuente tres —decía—, te mandaré a la cama. Uno. Dos. Tres...

A la hora de la cena se lo oía repetir:

—Si no te comes la cena tan rica que mamaíta te ha preparado antes de que cuente tres, te mandaré a la cama con la tripa vacía. Uno. Dos. Tres...

Aún volvía a oírlo de nuevo:

—Si no recoges los juguetes antes de que mamaíta cuente tres, mamaíta te los tirará todos a la basura. Uno. Dos. Tres...

Y así seguía durante el baño, y cuando llegaba el momento de irse a la cama, uno, dos, tres era su nana. A veces se me ocurría que Bertha debía de haber aprendido a contar cuando era muy pequeña y que al llegar su último instante también utilizaría el uno, dos, tres con el ángel de la muerte. Si ustedes me lo permiten, iré a buscarme otra copa de ginebra.

Cuando los niños tuvieron edad suficiente para ir al colegio, Bertha consiguió un empleo de profesora de estudios sociales para alumnos de sexto grado. Eso la hacía sentirse ocupada y feliz, y decía que siempre había querido dedicarse a la enseñanza. Consiguió crearse una reputación de persona muy estricta. Llevaba ropa oscura, se peinaba con mucha sencillez, y exigía contrición y obediencia a sus alumnos. Para dar un poco más de variedad a su vida, se hizo miembro de un grupo teatral de aficionados. Interpretó la doncella de Angel Street y la vieja arpía de Desmonds Acres. Sus amistades del teatro eran todas personas muy agradables, y yo disfrutaba acompañándola a sus fiestas. Es importante saber que Bertha no bebe. Acepta un Dubonnet por cortesía, pero no disfruta bebiendo.

Por medio de sus amigos del teatro, se enteró de que se buscaban intérpretes para un espectáculo de desnudo integral llamado Ozamanides II. Bertha me contó esto y todo lo que vino después. Su contrato como profesora le daba derecho a diez días de baja por enfermedad, y con el pretexto de estar enferma se fue una mañana a Nueva York. Ozamanides estaba probando actores en el despacho de un empresario en el centro de la ciudad, y Bertha se encontró allí con una cola de más de cien hombres y mujeres en espera de ser entrevistados. En seguida sacó una factura sin pagar del bolso y agitándola como si fuera una carta, se saltó la cola, diciendo:

—Perdóneme, haga el favor, perdóneme, tengo una cita...

Nadie protestó, y Bertha se colocó en un momento a la cabeza de la fila, donde una secretaria apuntó su nombre, su número de la Seguridad Social y todo lo demás. Le dijeron que entrase en una cabina y que se desnudara. Después la pasaron a un despacho donde había cuatro hombres. La entrevista, teniendo en cuenta las circunstancias, fue muy prudente. Le explicaron que actuaría desnuda durante todo el espectáculo. Entre sus obligaciones figuraba simular o realizar el coito dos veces durante la representación e intervenir en una experiencia sexual múltiple con participación del público.

Recuerdo la noche en que me contó todo esto. Fue en el cuarto de estar. Los niños ya estaban acostados. Bertha era muy feliz. Sobre eso no había la menor duda.

—Allí me tenías, desnuda —dijo—, pero sin sentirme en absoluto avergonzada. La única cosa que me preocupaba era que se me ensuciaran los pies. Era un sitio de aspecto anticuado, con programas de funciones puestos en marcos colgando de las paredes, y una fotografía muy grande de Ethel Barrymore. Allí estaba yo, desnuda delante de aquellos desconocidos y sintiendo por vez primera en mi vida que me había encontrado a mí misma. Me había encontrado a mí misma en mi desnudez. Me sentía como una mujer nueva, como una mujer mejor. Estar desnuda sin avergonzarme delante de unos desconocidos ha sido una de las experiencias más estimulantes que he tenido nunca...

Yo no supe qué hacer. En esta mañana de domingo sigo sin saber qué es lo que debería haber hecho. Imagino que tendría que haberle pegado. Dije que no podía hacer eso. Ella dijo que no podría impedírselo. Saqué a relucir a los niños y dijo que aquella experiencia haría de ella una madre mejor.

—Cuando me quité la ropa —dijo—, sentí como si me hubiese librado de un montón de pequeñeces y de mezquindades.

Entonces yo dije que no la contratarían debido a la cicatriz de la operación de apendicitis. Pocos minutos después, sonó el teléfono. Era el empresario ofreciéndole un papel.

—¡Qué feliz me siento! —dijo—. Qué maravillosa, espléndida y extraña puede ser la vida cuando una deja de representar los papeles que tus padres y tus amigos han escrito para ti. Me siento como una exploradora.

Lo acertado de lo que hice entonces o, más bien, de lo que dejé sin hacer es un punto que aún no he resuelto. Bertha renunció a su puesto de profesora, se asoció a Equity, y empezó los ensayos. En cuanto estrenaron Ozamanides, contrató a la señora Uxbridge y alquiló un apartamento en un hotel cerca del teatro. Yo le pedí que me concediera el divorcio. Bertha dijo que no veía ninguna razón para divorciarse. El adulterio y la crueldad mental tienen unas vías de acción muy claramente establecidas, pero ¿qué puede hacer un hombre cuando su mujer quiere salir desnuda al escenario? Cuando era más joven, conocí a chicas que trabajaban en espectáculos de variedades con números eróticos, y algunas de ellas estaban casadas y tenían hijos. Sin embargo, ellas sólo hacían los sábados en el espectáculo de las doce de la noche lo que Bertha iba a hacer todos los días, y por lo que recuerdo, sus maridos eran cómicos de tercera clase y sus hijos parecían estar siempre hambrientos.

Al día siguiente más o menos fui a ver a un abogado especialista en divorcios. Dijo que mi única esperanza era el consentimiento mutuo. No existen precedentes de simulación de relaciones carnales en público como motivo de divorcio en el estado de Nueva York, y ningún abogado acepta un caso de divorcio sin un precedente. La mayoría de mis amigos se mostraron muy discretos sobre la nueva vida de Bertha. Imagino que en su mayoría fueron a verla, pero yo tardé por lo menos un mes. Las entradas eran caras y costaba trabajo conseguirlas. Nevaba la noche que fui al teatro o, más bien, a lo que había sido un teatro. El arco del proscenio había sido derruido, el decorado era una colección de neumáticos usados, y la única cosa familiar eran las butacas y los pasillos que había entre ellas. El público de los teatros siempre me desconcierta. Supongo que se debe a que uno encuentra una incomprensible diversidad de tipos reunidos en lo que, esencialmente, es un interior doméstico y exageradamente ornamentado. Había todo tipo de gentes allí aquella noche. Estaban tocando música rock cuando entré. Era el ensordecedor y anticuado tipo de rock que solían tocar en sitios como Arthur. A las ocho y media se apagaron las luces, y los actores —catorce en total— avanzaron por los pasillos hacia el escenario. Como era de esperar, iban todos desnudos con la excepción de Ozamanides, que llevaba una corona.

No soy capaz de describir el espectáculo. Ozamanides tenía dos hijos, y creo que los asesinaba, pero no estoy seguro. Había sexo por todas partes. Hombres y mujeres se abrazaban entre sí y Ozamanides abrazaba a varios hombres. En un momento dado, un extraño que se hallaba sentado a mi derecha me puso una mano en la rodilla. Yo no quería hacerle reproches por una inclinación perfectamente humana, pero tampoco deseaba darle ánimos. Retiré la mano de mi rodilla experimentando una profunda nostalgia por los inocentes cines de mi juventud. En el pueblo donde me crié había uno, el Alhambra. Mi película favorita se llamaba La cuarta alarma. La vi por primera vez un martes al salir del colegio, y me quedé a la sesión de la noche. Mis padres se preocuparon al ver que no iba a casa a cenar y me riñeron. El miércoles hice novillos, pude ver el programa dos veces y estar en casa a la hora de la cena. El jueves fui al colegio, pero me metí en el cine nada más terminar las clases y me quedé hasta la mitad de la sesión de la noche. Mis padres debieron de llamar a la policía, porque un agente entró en el cine y me obligó a irme a casa. Se me prohibió ir el viernes, pero me pasé el sábado en el cine, y el domingo cambiaron de película. El filme trataba de la sustitución por automóviles de coches de bomberos tirados por caballos. Intervenían cuatro equipos de bomberos. En tres casos ya se había llevado a cabo la sustitución, y los desgraciados caballos habían sido vendidos a gentes sin escrúpulos. Quedaba aún uno de los equipos, pero sus días estaban contados. La tristeza se había apoderado de los hombres y de los caballos. Luego, de repente, estallaba un gran fuego. Se veía salir a toda velocidad hacia el incendio al primer coche, luego al segundo, y después al tercero. En el cuartel de los bomberos las cosas tenían muy mal aspecto para el equipo que aún conservaba los caballos. Luego sonaba la cuarta alarma —era su señal—, e inmediatamente entraban en acción: enjaezaban a los animales y cruzaban la ciudad al galope. Eran ellos los que apagaban el fuego y salvaban la ciudad, y como premio el alcalde les concedía el indulto. Ahora, en el escenario, Ozamanides estaba escribiendo una obscenidad en las nalgas de mi mujer.

¿Era posible que la desnudez —su emoción— hubiese aniquilado su sentido de la nostalgia? A pesar de sus ojos demasiado juntos, la nostalgia era uno de los principales encantos de mi mujer. Bertha tenía el don de trasladar airosamente a otro tiempo verbal el recuerdo de algunas experiencias. ¿Se acordaba quizá, al verse montada en público por un desconocido en cueros, de cualquiera de los sitios donde habíamos hecho el amor, de las casas alquiladas cerca del mar, donde uno oye en el estrépito de un chaparrón de verano las promesas prehistóricas del amor, del humor y de la serenidad? Era agradable volver a casa después de una fiesta mientras caía la nieve, pensé. La nieve se precipitaba contra los faros y creaba la impresión de que íbamos a ciento cincuenta kilómetros por hora. Era muy agradable volver a casa después de una fiesta con la nieve cayendo. Luego los intérpretes se colocaron en fila y nos pidieron —nos ordenaron, de hecho— que nos desnudásemos y nos reuniéramos con ellos.

Aquello parecía ser mi deber. ¿De qué otra manera podía hacer un intento de entender a Bertha? Siempre he sido capaz de desnudarme muy de prisa, y así lo hice entonces. Sin embargo, surgió un problema. ¿Qué hacer con la cartera, con reloj de pulsera y con las llaves del coche? No era nada seguro dejar aquellas cosas con la ropa. De manera que, desnudo, eché a andar por el pasillo con mis cosas de valor en la mano. Al acercarme donde estaba la acción, un joven desnudo hizo que me detuviera y gritó, cantando:

—Abandona tus posesiones; las posesiones son impuras.

—Pero son mi cartera y mi reloj y las llaves del coche —dije.

—Abandona tus posesiones —cantó.

—Pero tengo que ir en coche a casa desde la estación —expliqué—, y llevo sesenta o setenta dólares en efectivo.

—Abandona tus posesiones.

—No puedo, de verdad que no puedo. Tengo que comer y beber e ir a casa.

—Abandona tus posesiones.

Entonces, todos ellos, uno a uno, Bertha incluida, se fueron apropiando del conjuro. Los actores, en conjunto, empezaron a salmodiar:

—Abandona tus posesiones, abandona tus posesiones.

Sentirme rechazado me ha resultado siempre extraordinariamente penoso. Supongo que algún médico sabría explicarlo. La sensación es retrospectiva y da la impresión de incorporarse como un nuevo eslabón a una cadena formada por todas las experiencias similares. Los actores cantaban con fuerza y tono despreciativo, y allí estaba yo, completamente desnudo, en medio de la gran ciudad y sintiéndome rechazado, recordando jugadas fallidas de fútbol, peleas perdidas, el desdén de los extraños, el sonido de risas detrás de puertas cerradas. Yo sostenía los objetos de valor con la mano derecha, cosas que representaban, literalmente, mi identidad. Ninguno de ellos era irremplazable, pero tirarlos hubiera parecido como una amenaza a mi esencia, a la sombra de mí mismo que veía proyectada sobre el suelo, a mi nombre.

Volví a mi localidad y me vestí. Era difícil hacerlo en un sitio tan estrecho. Los actores seguían gritando. Subir por el pasillo en declive de lo que había sido un teatro resultaba evocador en extremo. Yo había ascendido la misma suave pendiente después de El rey Lear y de El jardín de los cerezos. Salí a la calle.

Aún seguía nevando. Daba la impresión de ser una verdadera tormenta. Un taxi se había quedado atascado delante del teatro, y recordé que mi automóvil llevaba puestos los neumáticos para la nieve. Aquello me provocó una sensación de seguridad y de éxito que hubiese repugnado a Ozamanides y a sus desnudos cortesanos; pero yo no tenía la sensación de haber puesto al descubierto mis represiones, sino, más bien, de haber encontrado una parte de mí mismo maravillosamente práctica y obstinada. El viento me arrojaba la nieve contra la cara, de manera que, cantando y haciendo tintinear las llaves del coche, fui andando hasta el tren.


*publicado en La geometría del amor, 2002, Originalmente en Esquire, 1973

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