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miércoles, 28 de septiembre de 2022

Mi querido señor Lee, cuento de Daniel Alvarez




El taxi me deja en Arroyo y Juncal, a pocas cuadras del hotel donde me espera el yanqui. Paro en un quiosco, compro una lata grande de cerveza y me tomo de un golpe la mitad con un clonazepam. Fue un día difícil y me quiero relajar. En un bolsillo de tengo un blíster completo de clonazepan. Diez pastillas de 2mg cada una, bueno, ahora son 9 pastillas. Esteban me pidió que me ocupara de un yanqui. Un amigo suyo que pasaría una semana en Buenos Aires. Guía de turismo en city tour. Una verdadera mierda que no me gustó, pero Esteban es mi amigo y me resultó imposible negarme. Le aclare que yo seguía sin hablar una palabra de inglés, pero me dijo, en un mensaje, que su amigo hablaba un poco de francés y algo de español, que no habría problemas. Los datos del yanqui eran pocos: 32 años, periodista. Esteban lo conocía de la facultad. Me dijo también que el yanqui se llama Lee. Le conteste que no se preocupara y que me ocuparía de todo.  Esteban me respondió de inmediato diciendo que ya había arreglado con el yanqui para que nos encontráramos, apenas se hubiera instalado la primera noche en el hotel. Incluso me dijo el día y la hora en que debería pasar a buscarlo, un jueves a las nueve de la noche. La verdad es que el que mi amigo y el yanqui tuvieran mi vida y mi tiempo tan organizados me rompió bastante las pelotas, pero no dije nada.

     Necesito relajarme. Espero un rato en la entrada del quiosco mientras me tomo lo que queda de cerveza. Después camino unas cuadras por Arroyo y cuando llego a Suipacha doblo a la izquierda hasta llegar a Libertador. El hotel esta casi en la esquina, es imponente y parece carísimo. En la fachada del edificio se puede leer, todo con mayúsculas: HOTEL EMPERADOR. Deprimente.

     Subo la escalera que lleva a la puerta de vidrio del hotel, que abren dos muchachos de traje azul. Son jóvenes y más que empleados de un hotel parecen estudiantes de una universidad americana. Sonríen. Entro y me hundo en una alfombra espesa de color beige. La recepción esta al final del lobby, más o menos a medio kilómetro de la puerta de entrada. Camino hasta la recepción.  A un costado del lobby veo a tres hombres vestidos con trajes oscuros, casi negros. La vigilancia del hotel. Los miro con cara de orto. Ellos me devuelven una la mirada dura y seca a pesar de sonreír con el resto de la cara. Ninguno de los tres se mueve mientras camino hasta la recepción. Parada detrás del mostrador hay una chica rubia, de pelo lacio impecable. Usa un uniforme azul, muy elegante y un broche, también muy elegante, en el que se lee “Nicole”. Sonríe apenas me ve.

  - Buenas noches –dice.

     Se la ve rígida, tensa en medio de una naturalidad fingida. Las manos, una sobre otra, apoyadas en el mostrador. Mantiene una sonrisa perpetua, de imitación, y las palabras le salen de la boca como si estuvieran gravadas. La miro a los ojos y lo primero que se me ocurre es que esta embalsamada, que esos ojos redondos y celestes con los que me mira son de vidrio. O esta embalsamada o está loca.

  - Busco al señor Lee, de la habitación 405 – le digo, y me doy cuenta de que no se si Lee es el nombre o el apellido del yanqui. La embalsamada me dice que espere un momento.  A la derecha, un poco alejado hay un teléfono desde el que habla. En el mostrador no hay nada, ni papeles, ni biromes ni flores. Tampoco veo sillas detrás del mostrador. La embalsamada trabaja parada. La escucho hablar por teléfono en ingles mientras sonríe y me imagino que en un ataque de celo profesional o de locura también será capaz de sonreír en inglés.

- El señor Carter baja en un momento- me dice la embalsamada después de cortar y me indica unos sillones en donde puedo esperarlo sentado. Le digo gracias, pero me quedo de pie, acodado en el mostrador de la recepción. El lobby del hotel es un vacío enorme en el que siento que me puedo desintegrar.  Me está haciendo efecto el clonazepan. Miro a los dos que abren la puerta, a los tres de la vigilancia y a la embalsamada.  El único que no parece recién bañado soy yo.  Por encima de la puerta del ascensor, los números se iluminan. Está bajando. Antes de que llegue a planta baja y las puertas se abran ya sé que el que está bajando es Lee. El ascensor llega, las puertas se abren y sale Lee. Se acerca rápido, con la mano extendida, sonriente. En el Hotel Emperador todo el mundo sonríe.

- Lee Carter- me dice mientras me da la mano y se presenta. También parece recién bañado. Tiene la cara de esas personas solicitas, deseosas de trabajar en equipo. De los que a la mañana juntan fondos para proteger a las aves del Perú, por la tarde protestan contra la contaminación nuclear, sin romper nada ni gritar demasiado y a la noche se van a dormir temprano. Este vestido algo informal pero elegante, aunque nada de lo que lleva puesto, puede borrar la idea que me hago de él: parece un boy scout. En cualquier momento me va a decir que nada es imposible si lo deseo y trabajo duro para conseguirlo.  Si me lo dice lo voy a cagar a trompadas.

-Martín- le digo, y le doy la mano mientras sonrío para estar a tono con el resto del hotel. Le pregunto, en un español sencillo si tiene pensado algo para esta noche, él niega apenas con la cabeza y me mira con cara de no entender, entonces intento repetir lo que dije, pero en francés cuando Lee me interrumpe y me habla en inglés lentamente. La embalsamada interviene de inmediato.

 -El Señor Carter solo habla inglés- me dice la embalsamada- pero confía en cualquier plan que usted le proponga. Sugiero que vayan a cenar. ¿Digo, ya que el Señor Carter no salió del hotel desde que llegó la cena podría se ser un buen motivo como para que tenga una primera aproximación a nuestra ciudad, no le parece?  - dijo y yo pensé que además de embalsamada era una metida pero la dejé seguir hablando.

- Cerca del hotel hay un restaurante muy bueno en el que todos los mozos hablan inglés. Los puede acompañar alguien de seguridad si lo desean.

  Dice todo esto y se calla, la mirada de vidrio fija en mí. Yo la quiero matar, pero pienso en el blíster de clonazepan que tengo en el bolsillo y me calmo. Respondo de inmediato,

     - Me parece perfecto - la sonrisa de la embalsamada y la mía se empiezan a parecer.

     - Pero no hace falta que nos acompañe nadie –  agrego.

     Lee asiente con la cabeza como si entendiera.

     - Muy bien. Esta es una tarjeta del hotel.  Detrás anoté la dirección del restaurante. Si tiene alguna dificultad o si desea que alguien de seguridad los pase a buscar no dude en llamarnos-  La embalsamada extiende la mano y me da una tarjeta que no se dé dónde sacó.

     Guardo la tarjeta en mi billetera, le hago señas a Lee para que me siga y salimos.

     Durante la cena Lee y yo tratamos de establecer alguna clase de comunicación verbal, pero fracasamos todo el tiempo. Intentamos entendernos con gestos, con tonos de la voz o guiños de la mirada. Un par de veces nos reímos al mismo tiempo sin saber bien de qué. Yo combino absurdamente el español y el francés como para pasar el rato. El restaurante es una parrilla para turistas y la cena me va a costar un ojo de la cara. Saco el blíster de clonazepan y me tomo dos pastillas con un poco de vino. La combinación de alcohol y clonazepan es la que mas me gusta. Me pone eufórico y atento sin perder la serenidad. Me conecta con cada uno de los estímulos que me rodean mientras me muevo en medio de ellos con la fluidez del agua. Sin tensiones. Lo miro a Lee, parece buen tipo. Mañana le voy a mandar a alguien que hable inglés. Cuando terminamos de cenar Lee insiste con gestos en pagar la cuenta. Volvemos al hotel, subo rápido las escaleras y cuando las puertas se abren entro sin prestarle atención a Lee, como si estuviera solo. Me detengo en medio del lobby. Por un momento, no tengo ni idea que hago en ese lugar. Lee me toma del brazo y lo recuerdo todo súbitamente. Me habla, es una parrafada larga de la que no entiendo nada de nada.

     ­- No entiendo nada de lo que decís. No soy la persona indicada para mostrarte nada. Ni la ciudad ni nada. Andáte a dormir- Ya comimos, ya tomamos, ya charlamos todo lo charlable. Mañana te hago llamar por alguien que hable inglés. Mañana – le digo y no se me ocurre que gesto hacer para decir mañana.

     - No entendo amigo– dice. Durante la cena me di cuenta de que es lo único que sabe decir en español.

     - Perdón –  escucho que alguien me habla- Miro a mi izquierda y veo a la embalsamada que se materializó junto a nosotros como el ectoplasma de un ser del mas allá. Lee parece tan sorprendido como yo. Se ponen a conversar entre ellos. Él le dice dos o tres frases. Ella le hace un gesto, como para que se detenga y empieza a traducir.

- El señor Carter le agradece la cena. Le pide que le indique algún bar o club interesante que pueda visitar. Le gustaría que usted lo acompañara.  Dijo que esta noche disfrutó mucho de su conversación y que quiere seguir haciéndolo. – La embalsamada se calla después de la traducción. Me mira con sus ojos de vidrio esperando una respuesta.

      Están todos locos y yo necesito otro clonazepan.

     - Y qué clase de bar quiere visitar – pregunto.

     La embalsamada responde, categórica, sin necesidad de consultar.

     - El señor Carter dice que usted elija el lugar que prefiera -

     Dudo un momento, pienso en mi amigo Esteban, en mi compromiso y en la embalsamada. Necesito irme, salir, alejarme de ella lo más rápido posible. En menos de un minuto saco a Lee del hotel, paro un taxi y lo meto adentro.

     El taxi nos deja en Marcelo T. de Alvear, frente a la facultad de medicina. El edificio parece un animal enorme y enfermo a punto de morir. Doblamos por Azcuénaga hasta llegar a puerta celeste, sin numero y mal iluminada. La puerta esta siempre cerrada. La empujo y le hago gestos a Lee para que entre y me siga. Hay que bajar una escalera. Al pie de la escalera espera Héctor que es el que cobra las entradas.  Es un tipo petiso y musculoso, la nariz rota, los ojos vivaces y achinados. Es de los que se dan cuenta de quien sos con solo mirarte.  Siempre está vestido con un traje gris y una camisa blanca con corbata, también gris, como si fuera a tomar la primera comunión. Después de cobrarnos, me da algunas palmadas en la espalda y corre la cortina que separa la escalera del local.  Un mozo nos acomoda en una mesa, minúscula. Lee parece encantado. De tanto en tanto levanta el pulgar a modo de aprobación. El lugar también me gusta. Es un sótano que clausuran cada dos meses desde hace más o menos diez años. En el escenario una travesti imita a Valeria Lynch.  Tiene unos dientes postizos enormes que se le salen de la boca cada vez que la abre como si tuvieran vida propia. La música está a todo volumen. La travesti intenta conservar la dentadura dentro de la boca mientras canta y lo que al principio tome como parte del show me empieza a parecer es un desafortunado accidente odontológico.

-UN vodka con poco hielo – le digo al mozo después de que Lee pide su trago. Me invade una felicidad inesperada. Saco el blíster de clonazepan del bolsillo de mi camisa y me meto dos pastillas en la boca, que mastico en seco.

     El mozo nos trae los tragos. Lee me convida con el suyo y yo lo convido con el mío. Sin saberlo los dos pedimos lo mismo.

El público del local es el de siempre: taxiboys, lesbianas,  parejas gays, algunas travestis . En los baños trabajan unos dealers modestos que venden una merca muy cortada. Lee señala el bolsillo en donde guardo el clonazepan y me doy cuenta, por algunos de sus gestos, de que quiere que lo convide.

-No man. No jodas- le digo mientras niego con la cabeza, pero el yanqui no para de insistir. Dudo. Durante un segundo dudo, pero después saco el blíster de pastillas despacio y mientras lo hago Lee extiende su mano, yo presiono el blíster, siento como el plástico se dobla un poco, la pastilla rompe la cubierta metálica y cae sobre su palma. Lo hago dos veces más. Lee asiente, se toma las tres pastillas juntas con el vodka que recién le sirvieron. Después vuelve a mirar el espectáculo.

     El escenario estalla con un grito final. Por un momento creo que la dentadura de la travesti va a saltar y a caer en medio del público como una ofrenda, pero un calculado movimiento de mandíbula la acomoda de manera definitiva. Se apagan las luces antes de iluminar de nuevo otro número musical.  Lee se concentra en todo lo que está pasando sobre el escenario. De perfil su cabeza es redonda, armoniosa, el  pelo negro, oscuro y muy corto sobre el que se recorta una oreja blanca, pequeña. El lóbulo apenas despegado, la parte superior de la oreja es una curva suave que parece reproducir la forma de su cabeza. Pienso en una mariposa. La oreja de Lee es como una mariposa blanca.  Cada tanto él se mueve y a mí me parece que la oreja mariposa aletea un momento, para quedarse quieta luego, cuando Lee deja de mover la cabeza. 

      Saco la libreta que llevo siempre en el bolsillo del pantalón. Con una birome dibujo una oreja pequeña. Me cuesta porque me tiembla ligeramente el pulso y dibujando soy muy malo. Después hago el signo igual y dibujo una mariposa. Le toco el brazo a Lee y le muestro el dibujo.

     -Me gusta tu oreja. Me gusta la forma de tu cuello y la de tu cabeza- le digo mientras recorro en el aire su contorno con mi mano-. Me gusta que estés acá sentado, como si en el mundo no hubiera nada más importante que estar en esa silla, en este lugar y conmigo- lo digo todo de golpe, sin darme cuenta, mientras le muestro el dibujo.

El agarra la libreta. Mira el dibujo y no dice nada. Me saca la birome. Apoya la libreta en la mesa y en otra hoja dibuja una flecha. La punta me señala. Lo miro a los ojos que son verdes y darme cuenta de que son verdes me hacen sentir que es la primera vez que los veo. Me apoyo contra el respaldo de la silla. Lee gira apenas la libreta como para que la flecha me siga apuntando. Después arranca la hoja, la dobla en cuatro, se toma de un golpe todo el vodka de mi vaso y pone la hoja doblada debajo del vaso vacío. Se apoya en el respaldo de su silla y sigue mirando el espectáculo.

Trato de hacer lo mismo, pero no me puedo concentrar porque cada cosa blanca que veo me parece una mariposa. En el escenario todo termina. Las travestis se despiden con una canción de aires sentimentales.  En minutos los mozos levantan las mesas y las sillas para que la gente pueda bailar. Lee y yo nos ponemos a un costado. Tenemos los vasos en la mano. Antes de levantarse Lee se guarda el dibujo de la flecha en un bolsillo del pantalón. En el local, casi a oscuras, las luces se encienden y se apagan al ritmo de la música que suena muy fuerte. Pido más vodka en la barra y me tomo otro clonazepan. Apenas lo trago siento que me hace efecto. Me empiezo a mover, sigo vagamente el ritmo de la música. Me tocan el brazo.  Es Lee. Los ojos muy verdes y brillantes. Su boca se mueve con lentitud. Me habla. Estoy por decirle otra vez que no hablo ingles, pero no digo nada porque de súbito descubro que no necesito conocer las palabras que usa. Que sin entenderlas comprendo lo que me está diciendo. Yo me río y el con un gesto me dice que haga silencio. Me muestra su vaso vacío. Lo aleja un poco de sí, lo levanta a la altura de su cabeza y lo suelta. El vaso cae lentamente como si atravesara un túnel de miel, golpea contra el piso de cemento y se rompe. Levanto la mirada y Lee me abraza. Lo hace muy despacio.  Le doy un beso y pienso que conozco su boca desde hace mil años.

      No sé cómo llegamos al hotel. Atravesamos el lobby muy rápido sin mirar a nadie. Yo toco repetidas veces el botón del ascensor. Los tres de seguridad se nos acercan, pero llegan tarde porque ya estamos dentro del ascensor y después dentro de la habitación y cuando suena el teléfono Lee atiende y dice algo que me parece que son unas puteadas antes de cortar. La ropa se le desprende del cuerpo. Las mías lo hicieron en algún momento porque también estoy desnudo.  Después llega el movimiento tibio y húmedo de nuestro encuentro. Toda la noche. Eternamente.

 

 

 

 

 

 

 

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