lunes, 22 de agosto de 2022

Raven, cuento de Fernando Daniel Rosso

 


Mi mujer dice que estoy loco. Dice que ando todo el día pendiente de éste cuervo de mierda. Que le rindo culto como a un monje tibetano. ¿Quién es ella para decir si estoy loco o no? ¿Si puedo o no volar? ¿Si Raven merece o no tener su propio culto? En verdad estoy exagerando. Para darle gusto nomás. Aunque a mí me gustaría volar. Lejos de todos, lejos de ella. Intentarlo. Aunque más no sea intentarlo.

Antes de Raven no recuerdo cuando fue la última vez en que me detuve a mirar el cielo. De chico siempre lo hacía. Andaba mirando para arriba, me aburría el mundo de abajo. Mi papá y mi mamá siempre me decían que mirara para delante, que sino me iba a chocar con alguien, y que mirara para los dos lados antes de cruzar la calle pero a mí eso no me interesaba. Yo soñaba con ser un pájaro, un avión, una estrella titilante o algo que brillara y se moviera a la velocidad de la luz.

Estoy cansado. No sé exactamente de qué cosa en particular, y entonces supongo que de todo. Raven y yo somos lo mismo. Dos pájaros que no pueden volar. Que solo están ahí para ahuyentar a los otros. Raven a las palomas, y yo, no sé. Creo que me entristece ese asunto de que los demás siempre se alejan de mí.

Quiero volar. Solo o en bandada. Una vez aunque sea y quedarme ahí, flotando en el aire y no bajar más. Raven no puede enseñarme nada. Él es de plástico. Yo soy de piedra.

Así que acá estamos. Marina salió con los chicos, fueron al shopping.

No voy a saltar. Voy a acercarme lo máximo que pueda al vacío, al aire, al espacio inconquistable. Entonces ellos no se van a enterar de nada, y cuando lleguen vamos a seguir igual que siempre.

“Éste es el momento, Raven”, le digo.

Él no responde y entonces lo pongo a mi lado,  justo al borde del cantero sobre unos ladrillitos. Desde acá arriba, en el cantero del balcón, todo se ve diminuto: el auto del vecino parece de juguete, la señora que lleva al chico de la mano podrían estar siendo parte de una telenovela, el horizonte un panel de utilería que dibuja un día sensacional.

Raven tiene un botón rojo que hace que mueva las alas. Dos banderines que el viento hace flamear. Aprieto el botón y pasa algo imposible: Raven aletea y levanta sus patas del ladrillo y todo su cuerpo parece levitar. Es el viento, pienso. Pero el viento esta calmo y el cielo despejado. El sol cálido ilumina su cuerpo nuevo de alas abiertas. Por primera vez siento que mi vida tiene sentido. Que Raven se va alejar de nosotros, lentamente, lejos del cantero, lejos de mí. Una bandada de palomas cruza el cielo, lo ensucia. Nosotros las odiamos. Raven parece decidido a ir tras ellas. Pero no lo hace. Se queda quieto. Ralenta el aleteo. Se apaga poco a poco.

Y es entonces cuando Marina y mis hijos cruzan la puerta. Tan rápido, tan de improviso. Y me ven en posición de salto. Me ven como el loco ese que no soy, como el niño ese que dejé de ser. Y entiendo que no tendría ningún sentido decir algo en mi favor.

´´No quiero dejarme”–digo finalmente.

Y ella me mira, perpleja, con esa mirada ajena, que nunca antes me había dirigido a mí.

 

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