Mi
mujer dice que estoy loco. Dice que ando todo el día pendiente de éste cuervo
de mierda. Que le rindo culto como a un monje tibetano. ¿Quién es ella para
decir si estoy loco o no? ¿Si puedo o no volar? ¿Si Raven merece o no tener su
propio culto? En verdad estoy exagerando. Para darle gusto nomás. Aunque a mí me
gustaría volar. Lejos de todos, lejos de ella. Intentarlo. Aunque más no sea
intentarlo.
Antes
de Raven no recuerdo cuando fue la última vez en que me detuve a mirar el
cielo. De chico siempre lo hacía. Andaba mirando para arriba, me aburría el
mundo de abajo. Mi papá y mi mamá siempre me decían que mirara para delante,
que sino me iba a chocar con alguien, y que mirara para los dos lados antes de
cruzar la calle pero a mí eso no me interesaba. Yo soñaba con ser un pájaro, un
avión, una estrella titilante o algo que brillara y se moviera a la velocidad
de la luz.
Estoy
cansado. No sé exactamente de qué cosa en particular, y entonces supongo que de
todo. Raven y yo somos lo mismo. Dos pájaros que no pueden volar. Que solo
están ahí para ahuyentar a los otros. Raven a las palomas, y yo, no sé. Creo
que me entristece ese asunto de que los demás siempre se alejan de mí.
Quiero
volar. Solo o en bandada. Una vez aunque sea y quedarme ahí, flotando en el
aire y no bajar más. Raven no puede enseñarme nada. Él es de plástico. Yo soy
de piedra.
Así
que acá estamos. Marina salió con los chicos, fueron al shopping.
No
voy a saltar. Voy a acercarme lo máximo que pueda al vacío, al aire, al espacio
inconquistable. Entonces ellos no se van a enterar de nada, y cuando lleguen
vamos a seguir igual que siempre.
“Éste
es el momento, Raven”, le digo.
Él
no responde y entonces lo pongo a mi lado,
justo al borde del cantero sobre unos ladrillitos. Desde acá arriba, en
el cantero del balcón, todo se ve diminuto: el auto del vecino parece de
juguete, la señora que lleva al chico de la mano podrían estar siendo parte de
una telenovela, el horizonte un panel de utilería que dibuja un día
sensacional.
Raven
tiene un botón rojo que hace que mueva las alas. Dos banderines que el viento hace
flamear. Aprieto el botón y pasa algo imposible: Raven aletea y levanta sus
patas del ladrillo y todo su cuerpo parece levitar. Es el viento, pienso. Pero
el viento esta calmo y el cielo despejado. El sol cálido ilumina su cuerpo nuevo
de alas abiertas. Por primera vez siento que mi vida tiene sentido. Que Raven
se va alejar de nosotros, lentamente, lejos del cantero, lejos de mí. Una
bandada de palomas cruza el cielo, lo ensucia. Nosotros las odiamos. Raven parece
decidido a ir tras ellas. Pero no lo hace. Se queda quieto. Ralenta el aleteo.
Se apaga poco a poco.
Y
es entonces cuando Marina y mis hijos cruzan la puerta. Tan rápido, tan de
improviso. Y me ven en posición de salto. Me ven como el loco ese que no soy,
como el niño ese que dejé de ser. Y entiendo que no tendría ningún sentido
decir algo en mi favor.
´´No
quiero dejarme”–digo finalmente.
Y
ella me mira, perpleja, con esa mirada ajena, que nunca antes me había dirigido
a mí.
La rompiste Fer. Me encanta este cuento.
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