miércoles, 16 de marzo de 2022

El origen de la alegría y la literatura como un acto vital

 "El origen de la alegría es una declaración de principios escrita con las tripas, es un viaje desesperado a no se sabe dónde". 

Escribe Juan Lavagnino


Es difícil hablar de alguien tan cercano. Porque Pablo es cercano aunque no lo conozcas. No hace falta, alcanza con leerlo. Y eso me pasó a mí cuando descubrí su primer libro de cuentos y después salí corriendo a buscar sus primeras novelas, sentí que estaba leyendo a un amigo, porque eso son sus libros para nosotros los lectores. Amigos, compañeros, que nos traen historias reales, muchas veces historias duras, o tristes, pero donde siempre o casi siempre Pablo encuentra una belleza y la comparte, digo “casi” porque si no la encuentra la inventa para poder seguir, para que podamos seguir.

Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, dice “los libros que en realidad me gustan son esos que cuando terminás de leerlos te gustaría ser muy amigo del autor para poder llamarlo por teléfono” y agrega “no hay muchos libros de esos”. Bueno ahora hay un par más, porque los libros de Pablo son de esos libros. Cuando terminé de leer En 5 minutos levántate María, lo busqué en Facebook y le mandé un mensaje. Nunca me respondió. O en ese momento, no me respondió. Varios años después, cuando tuve la suerte de poder empezar el taller, una noche le comenté que le había enviado un mensaje cuando terminé su libro. Me dijo que se acordaba, y yo no sé si era así, él, que recibe mensajes todo el tiempo –porque lo que me pasó a mí le debe pasar a la mayoría–, “me acuerdo” me dijo, y me hizo sentir bien.

Entonces cuando sale un libro nuevo de Pablo Ramos se parece un poco a esa sensación de cuando viene un amigo que querés mucho y te ponés contento, porque te vas a reír y es probable que en una de esas también llores, porque tu amigo trae historias de todo tipo, pero seguramente antes de despedirse va a hacerte volver a sonreír. Como me pasó con esta novela, que me hizo reír mucho, a pesar de todo el dolor que encierra esa noche tan oscura, uno al final comprende qué fue todo ese viaje delirante de Gabriel por la ruta, después de lo peor que puede pasarle a alguien, algo tan horrible que ni siquiera se puede nombrar. Y sin embargo, y gracias a Dios, hay un viaje delirante en limusina, hay libro nuevo, hay literatura (de la que dan ganas de llamar por teléfono), como la que hace Pablo Ramos, y gracias a ella y por ella, hay vida, y por ella vale la pena.

El origen de la alegría es una declaración de principios escrita con las tripas, es un viaje desesperado a no se sabe dónde, es sobre todo, y a pesar de todo, el impulso de un acto vital. Con esta novela Pablo hizo carne –o hizo libro–, la frase final del Innombrable de Beckett: “Hay que seguir. No puedo seguir. Voy a seguir”.

lunes, 14 de marzo de 2022

El origen de la alegría y la lectura como mirar al abismo, por Damián Marrapodi

Escribe Damián Marrapodi  / Foto Nora Lezano



Lo primero que leí de Pablo fue su cuento “Cuando lo peor haya pasado”, que arranca con la siguiente frase: “Todo comienza bien”. Si todo comienza bien, no me imagino cómo va a terminar, me dije. Y seguí leyendo. A los pocos párrafos ya estaba metido de lleno en el universo que narra, donde se condensa, creo, gran parte de su literatura. Cuando terminé de leer pensé “a este tipo le dolió escribir esto”. También me dije “así es como hay que escribir”. No tenía muy claro a qué me refería con eso, pero más tarde lo supe: un día, en su casa, Pablo sacó de un cajón una pila de hojas. Habría más de cien: “Es el borrador del primer capítulo mi nueva novela, todavía no lo terminé” -dijo.

Conozco a Pablo como lector, como amigo y como tallerista. Si hay un denominador común a estos tres aspectos, es decir, al escritor, al amigo y al maestro, es su generosidad. Porque Pablo no se guarda nada. El lector lo sabe y también lo sabe Alfredo, cuando en “El origen de la alegría”, le dice a Gabriel: el que guarda nunca tiene.

En sus talleres nos enseñó algo que él había aprendido y atesorado hacía tiempo atrás: que no se corrige texto, se corrige persona. Eso me hizo sentir alivio. Fue también en sus talleres que me dio algo que creo de mucho valor y es la fe en las palabras y la posibilidad de ordenar las cosas de alguna manera.

Más de una vez lo escuché decir, decirme a mí, decirle a otro compañero: “ojo, tené cuidado con esto, detenete acá y reflexioná, no te lo digo como profesor, qué me importa la literatura, te lo digo como amigo”.

Como lector puedo decir que nadie atraviesa una novela de Pablo Ramos y sale de la misma manera en la que entró. En el medio pasa algo que no sé cómo explicar, es como si alguien te llevara de la mano para mostrarte desde un puente, un abismo; para luego acompañarte de nuevo hacia la orilla.

De manera inversa a ese “Todo comienza bien” de “Cuando lo peor haya pasado”, en “El origen de la alegría” se parte desde de un caos. Y ese viaje en limusina que parece a priori del todo azaroso, sin rumbo cierto, se transforma en otra cosa; en un viaje que el lector entiende que es así y que no podría haber sido de otra manera; porque hay ternura, porque hay piedad y porque también hay belleza.

Le debo mucho a Pablo, le debo cosas que sé que no puedo pagarle -además de alguna que otra cuota-; pero si hoy mi mundo es más amplio, es decir, si mi capacidad de amar tiene la posibilidad de ser más grande que antes, eso es gracias a Pablo Ramos. Y si el mundo de un lector al terminar de leer “El origen de la alegría” es más grande, eso es también gracias a Pablo Ramos, claro.


viernes, 18 de febrero de 2022

Sobre la literatura de Pablo Ramos, por Sebastián Ronchetti


Escribe Sebastián Ronchetti*




Cuando presentamos en este mismo lugar hace dos años Amor no Roma mi amor, leí un texto que hablaba sobre el libro de Pablo y sobre lo que Pablo significaba para mi, no voy a repetir ese texto, pero si quería retomar una idea y es aquella de como un libro te puede cambiar la vida. Y en mi caso fue El origen de la tristeza. Había alguien, un escritor que era del barrio, que había ido a mi escuela, que hablaba del viaducto, de Arsenal, de la Saladita.... pero igualmente no era eso lo que me pasaba, no era el color local, la empatía, la identificación lo que me había modificado para siempre, era saber que los que venimos de acá nomás, de estás calles del sur, de estos barrios del conurbano, de una casa de chapa o de un monoblock podemos escribir y que nuestras historias pueden ser universales y atravesarnos. Toda una revelación para alguien que además había abrazado la literatura desde niño como yo.

Claro, y el que escribía era Pablo Ramos además. Un escritor de una potencia inaudita, un rayo que hace casi 20 años pegó en el corazón de la literatura argentina y provocó un temblor. Quiero que imaginen la emoción que siento en este momento, desde que Pablo me convocó casi no puedo dormir. Recordemos el día y la hora, más o menos, como podamos, ya se sabe, cada uno lo contará distinto pero en fin es 4 de diciembre de 2021, alrededor de las 19hs y llegó, acá está, El origen de la alegría, la novela que completa la tetralogía de Pablo Ramos.

¿Cuántas vidas cambiará también este libro?

Por lo pronto, me animo a decir q la de Pablo o por lo menos la de Gabriel Reyes el personaje que nos viene acompañando todos estos años.

En su ensayo Moverse hacia la ternura, Pablo escribió lo siguiente:

Si podemos hablar ¿por qué entonces escribir? ¿Qué sentido tiene hacerlo? ¿Qué es, en definitiva, lo que una persona que escribe habitualmente, o sea, un escritor, persigue al sentarse horas y horas frente a una máquina de escribir? ¿Dinero, fama, gloria?, no creo, eso es para pocos, y en todo caso eso viene después.

¿Qué es lo que descubre un escritor cuando descubre que va a ser escritor? ¿Qué nombre propio le puso a ese sentimiento que tiene atornillado a la glotis? Ese que, al mismo tiempo de ser descubierto, promete una herramienta para la extirpación y susurra al oído que, pase lo que pase, digan lo que digan (tus ex mujeres, tus ex suegras, tu propia madre, tu propio padre, tus hijos) tienes que escribir, tienes que escribir, tienes que escribir. Ese sentimiento es la impotencia.

De la impotencia, de la imposibilidad de comunicarse con el mundo y en especial con el mundo cercano, con esos seres queridos que si no se están yendo su permanencia en nuestras vidas pende de un hilo. Del terror que sentimos frente a la inminente ruptura de ese hilo, y de la impotencia, también, que nos genera ese terror, porque pese a amar, pese a necesitar, pese a ser necesitados no somos capaces ni siquiera de saber “de qué hablamos cuando hablamos de amor”

No leí la nueva novela en su versión editada, pero tuve el privilegio de leer algunos borradores el año pasado y creo que en estos 2 párrafos del ensayo ya está la clave que la prefigura , ese hilo se rompió de forma inesperada, temprana y dolorosa y Gabriel inició un viaje que finalmente lo llevará a un descubrimiento, al descubrimiento de la escritura, y también a moverse pero curiosamente hacia el mismo lugar, acá cerca en sarandí, en este Aleph del conurbano, donde en el mismo punto va a encontrar el origen de la tristeza y el origen de la alegría, Pablo dice también en Hasta que puedas quererte solo:

“La Ternura es el hecho estético por excelencia, porque es la inminencia de una revelación que no se produce y que tal vez nunca se produzca. Lo más probable es que jamás lleguemos a la Ternura, claro, eso sería llegar a ser Dios. Pero no se trata de llegar a ella sino de ‘moverse hacia ella’: hacia el otro”

Y lo decía Santa Teresa: Las palabras (¿serán las palabras de Alfredo en El origen de la alegría, será la escritura?) llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la mueven hacia la ternura.

Se cierra esta tetralogía (o pentalogía si incluimos El Sueño de los murciélagos) y no puedo dejar de pensar en esta frase de La Ley de la ferocidad, en este imperativo paterno: “Alguna vez vas a escribir la historia de tu familia”. Y acá está todo, aquel Gabriel preadolescente que va dejando de ser niño a partir del dolor en El origen de la tristeza; el Gabriel adulto, que construye el relato alrededor de los tres días del velatorio de su padre en La ley y la historia de Gabriel desde la primera persona de la madre en María y ahora este Gabriel que ante el mayor dolor de su vida encontrará en todo eso la posibilidad de la alegría, de la ternura y por qué no de la salvación.

Y está Pablo escritor también, con ese imperativo y con esa responsabilidad de saber lo que debe escribir y lo que no, que lo convierte en un escritor moral como ha dicho muchas veces. La aventura de los personajes es física y moral también ha repetido otras tantas.

Pablo y sus mitologías. Gabriel y sus mitologías.

Y, claro, como dijimos antes, toda mitología se vuelve universal.

Quiero decir también con todo este recorrido que Pablo ha sido íntegro y leal una vez más a su manera de pensar la escritura, ese escribir desde las fibras más íntimas para encontrar aquella verdad literaria que se plasmará en el papel, donde pereciera decir, como nuestro querido Salmón, que la honestidad no es una virtud sino una obligación.

Y de nuevo es el propio Pablo el que ya lo dijo, justamente en un poema llamado Hacia Vero:

Ni siquiera importa el pan

Ni el vino

Ni el pedazo de carne que pongas

Adentro del sándwich

Lo que importa es otra cosa

Un condimento que no abunda

Lo que importa es la integridad

Y la lealtad.

Gracias Pablo. Te estábamos esperando.


*Texto leído por el autor en la presentación del Origen de la Alegría 4 de diciembre en el Centro Municipal de Arte.


Palabras a mi maestro, por Irene Kleiner

 

Escribe Irene Kleiner


 

Siempre supe que iba a escribir sobre ese primer día en que llegué a la casa de Pablo Ramos; mi primer día de taller. Estaba nerviosa, claro, yo apenas me asomaba a la posibilidad de escribir; estaba dando más que primerísimos pasos  y no tenía la ventaja de la juventud que todo promete, a la que se le pueden perdonar las tonterías. No tenía idea de cómo había surgido en mí ese deseo, hoy puedo nombrarlo así, pero en ese momento ni siquiera lo percibía como tal, es más, creo que había hecho lo posible por no enterarme de su latido silencioso.

Había conocido a Pablo casi de casualidad, en una charla sobre El origen de la tristeza. Hoy no me acuerdo casi nada de lo que habló ese día, lo que sí recuerdo fue su posición, el lugar desde donde dijo lo que nos dijo. Honestidad pura: sus miedos, sus fracasos, sus fantasmas, pero no los pasados, porque cualquiera habla de esas debilidades que gracias a vaya a saber qué, pudo dejar atrás. No, el escritor Pablo Ramos, a quien admirábamos los que habíamos leído su libro, el editado, el que había obtenido premios, no tenía respuestas, no quería explicarnos nada; tan solo venía a mostrarnos las mordeduras de sus perros rabiosos, como él las llama. Esa tarde se abrió ante nosotros en su enorme humanidad.

Vuelvo entonces a mi primer día, frente a la puerta de una casa antigua de La Paternal. Era casi diciembre, y yo le había escrito un mail diciéndole que quería empezar a asistir a su taller. ¿Qué era lo que yo suponía? Que me iba a decir que me esperaba al regreso de las vacaciones, que empezábamos después del verano, o algo parecido. “Vení el jueves” me contestó. En ese primer gesto, en algo tan simple que podía parecer un detalle, yo acusé el impacto: “no estamos en el colegio, ni en la Facultad, querida, esto no es la formalidad de un calendario académico, esto es otra cosa, si querés escribir, si sentís el ronroneo zumbándote en la cabeza o en alguna otra parte del cuerpo, ¿de qué vacaciones me hablás? ¿A quién le importa en qué mes estamos?” Eso que nadie pronunció significó para mí darme cuenta de que estaba entrando a algo diferente a lo que estaba acostumbrada, a cómo yo pensaba las cosas, tan ordenadas, organizadas, con planes ciertos.

Cuando se abrió la puerta, Ramos no estaba, todavía no había vuelto del gimnasio (en esa época iba al gimnasio). Me recibieron sus alumnos que iban y venían por todos lados como si fueran los dueños de casa, me hicieron pasar, y ahí se abrió un escenario que por supuesto no era el que imaginaba, aunque no sé si imaginaba algo, pero lo cierto es que pasé a un living abarrotado de cosas, un colchón en el piso, comida, no recuerdo si en esa época había perros, creo que sí, pero ahí ya se me mezcla con la casa de ahora en la que siempre hay perros y algún gato que deja un alumno y nunca más viene a buscar;  esa casa en la que, de solo entrar, uno siente que ingresó a un lugar sagrado donde se respira literatura. Lo que sí recuerdo es que se entreabrió una puerta en ese ir y venir de los alumnos, una puerta que ya no existe, porque Pablo reformó su casa, y pude ver a una chica con el torso desnudo, de espaldas, a quien otra chica (que me dijeron, era la novia de Pablo), le estaba haciendo masajes. Todo era lo más natural para todos. “Ya estoy acá, pensaba”, con esa sensación de ser la nueva, la chica que tuvo que cambiar de colegio en séptimo grado; no sabía dónde parame o sentarme. Alguien me convidó un mate.

Cuando llegó Pablo nos acomodamos en el patio; me hizo presentar y me explicó cómo funcionaba el taller: reglas muy claras, imprescindibles para que funcione lo que yo llamo “el método Ramos”, no sé si él habló de método,  pero yo les aseguro que lo tiene, y que sus resultados son sorprendentes, claro que para eso no es solo cuestión de método, hay que abandonar unos pedazos de tierra firme y estar dispuesto a hundirse en aguas profundas, aun sin saber nadar.

En esa casa, que terminé queriendo, con sus cosas tiradas, los platos apilados en la pileta de la cocina, o sin gas porque ya no se podía pagar, pero siempre con un calefactor eléctrico que Pablo ponía cerquita de las que somos friolentas, aprendí que hay ciertos desórdenes y caos necesarios, que eso no se contrapone a lo serio, a lo riguroso ni a la precisión. En eso Ramos es inflexible, te lleva a lo máximo de tus posibilidades, a lo mejor que podés dar; a que escribas lo que tenés que escribir, eso que uno a veces desconoce de uno mismo y él, con una capacidad increíble, escucha más allá de tus palabras.  Siempre le digo que sería un gran psicoanalista, porque sabe leer en todas las líneas del pentagrama de lo que uno dice. Sus devoluciones, las correcciones de Ramos, no terminan en el texto de la hoja A4 que todos llevamos impresa, él escuchó desde lo primero que dijiste cuando llegaste, lo que le contaste que te pasó con una amiga o con tu hijo, o una anécdota al pasar, todo forma parte de todo porque la literatura no está separada de nuestras vidas y en eso, Pablo Ramos es una de las personas más coherentes y sinceras que conozco.

Tal vez por eso, algunos no pueden atravesar ese puente inestable que cruje sobre un río de aguas peligrosas, porque contra cualquier estética, él propone y sostiene una ética.

El libro que hoy celebramos, es una clara puesta en acto de esa honestidad; de una verdad que a veces es descarnada, pero a la que Ramos no le teme. Porque Pablo Ramos no mide,  se desnuda y lo hace con el pudor de su dignidad moral, porque es aceptando lo más oscuro que nos habita que se hace posible una escritura verdadera, esa que él derrama tan visceral como poética.

Encontré en los diarios de Abelardo Castillo unas palabras que bien podrían ser de Ramos: “No he venido al mundo para salvar a nadie, ni siquiera a mí mismo. Lo único que puedo hacer es buscar implacablemente una verdad que a veces vislumbro. Eso sí acaso le sirva a alguno”. Vaya si nos ha servido a tantos, querido Pablo; en lo que a mí respecta, el agradecimiento es infinito.

 


jueves, 2 de diciembre de 2021

Yvonne, Merendero “Aún hay esperanza”


Escribe María Colaneri*



 No va a volver atrás

Ni por uno, ni por veinte, ni por cien...

Puede ser feliz igual.

G.I.T.

Yvonne vive en El Faro, en una casa azul que por dentro parece un laberinto. Vive con sus dos ex-maridos, Wilson y Oscar; su hijo menor, Patricio; tres perros y una gata. Tiene un fondo grande con una higuera que da sombra, una enorme pileta pelopincho y un jardín de flores, sobre la tumba de su perra Puca. Los ex-maridos trabajan juntos, se llevan bien, y para Patricio, hijo de Oscar, Wilson es su tío. O al menos así lo llama.

Pero cuando Yvonne dice “mi casa”, se refiere a un ambiente en la planta alta. Ahí tiene una hornalla para el agua caliente, una heladera, una mesa donde cose mientras mira por la ventana hacia el jardín, y un baño grande de paredes de azulejos azules con arabescos que le gustan mucho. En su casa hay que andar esquivando cosas, porque Yvonne junta de todo: muebles, ropa, retazos de tela, juguetes, vajilla; porque “nunca se sabe a quién le puede servir”.

Su habitación ahora le queda grande. Patricio dormía con ella, pero hace unos meses se mudó a uno de los cuartos de abajo. Su hijo tiene dieciséis años y es pegado a su mamá.

–Es que con él fui una madre diferente de lo que fui con Jesica o con Jonatan –me dijo.

Jesica y Jonatan son sus dos hijos mayores, hijos de Wilson.

–También con Nicolás –agregó Yvonne.

Sé que Nicolás es su ahijado, al que ella considera su tercer hijo. Lo trajo a la casa con tres años y ahora tiene veintisiete.

En las fotos familiares están todos juntos: los cuatro hijos, los dos ex-maridos, el yerno, Kristian, y las dos nueras, Daniela y Agustina, y Uriel, su nieto. A Yvonne no le importa lo que los vecinos puedan decir.

La primera vez que fui a su casa, un mediodía, nos sentamos a la sombra de la higuera y tomamos mates dulces, mientras esperábamos que la gente viniera a buscar su plato de comida. Yvonne habló un rato largo. No es difícil hacer hablar a Yvonne; lo difícil es que pase desapercibida. La recuerdo de cada uno de los talleres que compartimos, por las cosas que dijo y también por las que hizo. Recuerdo particularmente el taller del 3 de junio, cuando dijo claramente que su alegría era vivir, estar viva; lo dijo fuerte y mirando al cielo, en esa manera teatral que tiene de expresarse. Por momentos es un poco avasalladora. Pero dan ganas de estar con ella.

Yvonne nació en Montevideo el 24 de septiembre de 1966, y pasó su infancia en Uruguay. Sé que tuvo una infancia dura, y sin embargo lo que más me conmovió de su relato fue cómo habló de los frutales de la quinta de su abuela, que vivía al lado. Árboles de ciruelas rojas y de ciruelas amarillas, árboles de durazno, nogales y castaños, higueras tres en un plato. Hermanos y primos se tiraban frutas de un árbol al otro.

–Mi abuela era un ángel –me dice.

–La mía también –pienso, quizá porque el acento de Yvonne es parecido al entrerriano y me recuerda a mi abuela.

Su abuela la protegía de las cosas que no iban tan bien. Sin embargo, cuando Yvonne tenía seis años, su abuela se mudó. Siendo la mayor, pensó que la llevaría con ella, pero en su lugar su abuela se llevó a su hermana. Yvonne sintió esto como el primer abandono.

–Me quedé sola en la casa –dice–. Papá estaba poco y mamá prefería acostarse con tipos que cuidarnos a nosotros.

Yvonne tuvo que cuidar a sus hermanos desde chica, y lo hacía con mucho amor, al volver de la escuela. Pero un mediodía, cuando volvió, (y cito sus palabras, tal como lo escribió Yvonne, en tercera persona), golpeó, golpeó y nadie contestaba, entonces metió su brazo y sacó el palo que trancaba la puerta y sus ojos no quisieron ver lo que veían. Su hermano, Iván Ismael, de sólo ocho meses, estaba en el suelo. Se había caído de la cama y tenía mucho vómito en la boca. Buscó a la irresponsable de su madre que... con el hombre del fondo. Cuando llegaron, su hermano ya no respiraba, estaba azul como el cielo en un día de tormenta. Sólo recuerda la policía, los gritos, los llantos y aquel pequeño cajón que se llevaba a su hermanito, Iván Ismael, un bebote hermoso de piel blanca como las nubes.

–Con nueve años, perdí a mi segundo ángel –dice–.Todavía me culpo por la muerte de Iván, porque yo lo cuidaba. Porque yo lo puse boca arriba.

Yvonne prende un cigarrillo. Fuma y tose, fuma mucho, pero asegura que sus pulmones están bien, que es bronquiolitis lo que tiene.

–Bronquiolitis o lo que sea, el cigarro me acompaña como en el tango: fumar es un placer genial... sensual... –dice.

–¿Y tu mamá?

–Hacía cualquier cosa –dice–. Se acostaba con hombres. El hombre del fondo. El vecino este, aquel. Ni le importaba que nosotros la viéramos.

Después sus padres se separaron. A los doce años, su madre fue presa e Yvonne terminó en un reformatorio. Lo vivió como otro abandono. Cada vez que habla de abandono, se pone triste. Me cuenta cómo la mañana del juzgado los pusieron a los cuatro en una fila, y su abuelo decidió llevarse a sus tres hermanos. A ella la metieron en el reformatorio del Instituto Nacional de Menores.

–Por rebelde y altanera –me dice Yvonne.

Pasó un año ahí y aprendió muchas cosas. Cuando salió, se casó con Wilson. Ella de catorce años, él de dieciocho. Fue una fiesta grande, en la iglesia en el Prado, Montevideo, y al año se vinieron a la Argentina.

–Me gustaría haber tenido una madre que me dijera que esperara unos años, a cumplir los dieciocho –dice Yvonne–. Porque ¿viste como cuando tu perra tiene muchos perritos? Y vos no los podés cuidar a todos, entonces los metés en una caja y dejás la caja por ahí...

Hace una pausa, mira a la higuera, entre las hojas, quizá un higo que despunta.

–Si uno de esos perritos logra salir de la caja, ¿para dónde agarra? –pregunta–. Para cualquier lado. Bueno, yo era uno de esos perritos.

Escucho que golpean las manos.

–¡Yvonne! –gritan.

Salgo con ella hasta el portón. Niños y adultos empiezan a acercarse con “tapers”. Yvonne los conoce a todos. Con Mariana, su colaboradora en el merendero, servimos el arroz. Yvonne nos da indicaciones.

–Ellos son cinco en la casa, llenáselo hasta arriba.

O:

–Más salsa, que queda todo arroz si no.

Antes de cerrarlo, señala un “taper” y me dice:

–Si tuviera plata, sabés cómo compraría queso y le echaría así todo encima.

De postre hay gelatinas que Yvonne preparó en potes plásticos o vasos descartables, reciclados por ella.

La comida se termina, la gente se va. Volvemos a sentarnos bajo la higuera. Yvonne toma un cuaderno que hay sobre la mesa y me lo alcanza:

–Tome, profe. Acá escribí mi historia.

Guardo el cuaderno, que voy a abrir más tarde en mi casa. Veintinueve páginas manuscritas: su historia, la historia de Yvonne en tercera persona. Lo voy a leer para completar mi impresión con su impresión de ella. Su historia empieza: “Mi nombre: María Yvonne”.

La tarde está tranquila. La miro fumar. Puedo entender lo que le pasa con tan sólo verla fumar. Cómo habrá hecho esta mujer con todo, me pregunto, cómo harán tantas mujeres. Entonces la indiscreción se me sale de adentro:

–Después de todo lo que pasó, ¿cómo pudiste recibirlo en tu casa? –le pregunto, refiriéndome a Wilson.

–Vivía en un hotel y quería estar cerca de sus hijos, y yo nunca prohibiría eso –dice–. Así que ahora vivimos todos acá.

Y la gente habló y habla, pero Yvonne sigue haciendo su trabajo.

–La casa es grande, profe, ¿para que querría todo esto para mí?  


*Esta crónica fue publicada originalmente en el portal de Pilar Diario.

lunes, 15 de noviembre de 2021

Ysa, merendero “Siempre pensando en vos”, por María Colaneri

Escribe María Colaneri 




Conocí a Ysa, como ella quiere que escriba su nombre, el año pasado, en un taller por Zoom. Eran muchas en la pantalla, pero Ysa llamó mi atención por su sentido del humor rápido y fino, por su risa generosa. Mencionó una feria y le ofreció a una compañera ponerse en contacto para intercambiar cosas que podían faltarle para el merendero. Me quedé pensando en ella.

Al tiempo nos encontramos en el Argentinos de Del Viso. Ysa dijo las cosas más disparatadas durante el taller. Me di cuenta de que era una mujer resuelta, fuerte, quizá demasiado impetuosa. Le comenté que debería hacer radio, porque tiene una voz grave y profunda.

Si bien muchas de las mujeres que conocí en los talleres tienen estos rasgos de personalidad, Ysa pronto se volvió inolvidable para mí. Fue en un taller de expresión corporal y vocal, una clase menos estructurada, en la que bailamos, jugamos y soltamos la imaginación. Ysa se mostró confiada y segura, y nos hizo reír a todas. Avanzado el taller, les pedí que anotaran en un papel cinco palabras: alegría, tristeza, enojo, miedo y vergüenza, y al lado de cada una, una frase que le recordara a esa emoción. Anotaron en silencio, concentradas, y cuando terminaron formamos una ronda y compartieron lo que habían escrito. Lo siguiente fue improvisar escenas a partir de un conflicto a elección, e Ysa, en el centro, se puso en el rol de madre, y una compañera (Ivonne) en el de hija.

–Es ficción, chicas –les dije–. Pueden hacer lo que quieran. En la escena la madre le reclamaba a la hija que nunca colaboraba con nada.

–Porque la Ysa cocina, y la Ysa lava, pero un día la Ysa se cansa –dijo Ysa, en personaje pero entrando inconscientemente en ella misma.

–¿Podés repetirlo, por favor? –le pedí–. Más fuerte esta vez.

Lo repitió. Y se puso a llorar.

Esperamos en silencio. Miré alrededor y noté el respeto que sentían todas por el llanto de esa mujer.

–Nunca tengo tiempo para mí –dijo Ysa finalmente.

–¿Y qué harías si tuvieras tiempo libre?

–Si tuviera tiempo libre, para mí... –dijo, y se detuvo un momento antes de seguir–: si tuviera tiempo para mí, me sentaría en el jardín, al sol, con un libro y una mandarina.

Al final del taller, Ysa me dejó, en el mismo papel en que había anotado las cinco emociones, la historia de su padre, y una frase: “Gracias por hacer que tenga este tiempo para mí”. Al lado de la palabra “vergüenza” había escrito: “uso mi humor para no mostrar lo vergonzosa que soy”, y al lado de la palabra “tristeza”: “la falta de mi viejo”.

Quedamos en encontrarnos en la plaza de Del Viso. Estoy dos minutos tarde, pero Ysa ya me llama por teléfono. Voy por el costado de la estación y entonces la veo: abajo de la glorieta. Nos abrazamos, cruzamos la calle y entramos a una heladería. Ysa elige una mesa refugiada a un costado.

–Para que no me vean llorar –dice.

Por momentos Ysa me intimida. Su presencia, su sabiduría.

–¿Por qué querés que te diga Ysa?

–Isabel no me gusta, y mucho menos mi segundo nombre, María.

Ysa toma una bolsa que trajo con ella y saca una rosa.

–Para usted, profe, es de mi rosal.

–Podés llamarme María, aunque no te guste.

Yo le doy mi regalo: El origen de la tristeza, porque quería leerlo, y un diario con la crónica de Pablo donde aparece ella.

Nos traen el pedido. Ysa parece no notar la comida. Saca de la bolsa unos papeles y me los alcanza. Hojas de carpeta, amarillentas de viejo. Las paso despacio: son partes de un cuaderno de comunicaciones. Notas de sus maestras de cuarto, quinto, sexto y séptimo. Ysa sólo hizo la escuela primaria.

–Ya a esa edad pusieron que tengo alma de líder –dice, y señala una nota de 1987.

Algunas de las anotaciones de las maestras: “Excelente alumna, no presenta dificultades en su aprendizaje. Muy conforme”.

“Responsable, cumplidora, participativa y muy prolija”. “Tiene muchos deseos de superarse y exige lo mismo de los compañeros que integran su equipo”.

Pero también: “Últimamente la noto tensionada y algo agresiva con sus compañeros”. “En el día de la fecha la Srta. Directora conversa con la alumna por un incidente acontecido con sus compañeros”. “Pelea en clase con la alumna Campos”. “En el día de la fecha, la señorita Isabel Cabaña le pegó a un compañero de grado”.

Ysa se ríe y mira la calle. Cuando se ríe, no muestra los dientes. Es fácil darse cuenta por qué.

–¿Por qué le pegaste?

–Porque me dijo: “yo al menos no soy huérfano”. Y a él sí que no lo iban a tocar –explica.

–¿Entonces?

–Le pegué una piña – dice, y agrega–: Es que yo en esa época primero pegaba y después hablaba.

Sigo pasando las hojas. Encuentro una copia de la segunda hoja de su documento, y abajo una ficha con datos para la escuela.

APELLIDO Y NOMBRE DEL ALUMNO: Cabaña Isabel María

FECHA DE NACIMIENTO: DIA: 19 MES: 5 AÑO: 73

Y los demás datos de Ysa, y los datos de su madre. Los datos del padre están sin completar.

Ysa saca más papeles. Esta vez son copias de dos testimonios en el juicio de su padre. Su padre se llamaba Braulio Victorino Cabaña, pero se hacía llamar Daniel, porque le gustaba ese nombre. Daniel trabajaba en una fábrica textil en Los Polvorines. Era delegado sindical. El 11 de agosto de 1976, cuando Ysa tenía tres años, un grupo de militares entró a su casa entre las dos y las tres de la madrugada. Encerraron a Rosa, la madre de Ysa, y a ella y sus hermanos en el baño. A Braulio Victorino Cabaña, o Daniel, como le gustaba que lo llamaran, lo sacaron encapuchado de la casa y lo subieron a un Ford Falcon verde.

“Nos besó, le dijo a mi vieja que nos cuide, y desapareció”, escribió Ysa en la carta que mencioné más arriba. “Un día de agosto muy frío”.

Lo desaparecieron, que no es lo mismo.

Ysa ahora saca de la bolsa un cuadro. Una foto de su padre cantando con su grupo, “Contramano”. Ysa se le parece. Cuando fueron a Mendoza a visitar a la familia paterna, me cuenta, una prima le dijo el mejor piropo que le dijeron alguna vez: “Así como brilla tu pelo en el sol mendocino, así brillaba el del Dani, tu papá”.

Su padre sigue desaparecido. Ella hizo todo lo que podía por saber algo más de él. El juicio es de 2011, muchos años después de 1976.

–Porque mi mamá no quería saber nada –cuenta.

Cuando se llevaron a Daniel, Rosa estuvo encerrada un tiempo. Pero después salió y se puso a trabajar. Como estaba poco en la casa, Ysa se encargó de sus hermanos menores. Rosa empezó a verse con hombres, y los chicos se fueron acostumbrando a un padrastro, después a otro:

–Salía uno y entraba el otro.

–¿Extrañabas a tu papá? –le pregunto.

–Todo el tiempo.

En la escuela estaba contenta. Aprendió a leer y a escribir rápido, y era buena alumna. Quería terminar la escuela para después meterse a policía. Pienso en lo que habría llegado a hacer una mujer como Ysa si hubiera seguido estudiando. Pero su madre no la anotó en el secundario. Conoció a Osvaldo, su esposo, cuando ella tenía catorce y él veintidós. Era el hermano del novio de su madre.

–Mi mamá por poco no me entregó, como a los gitanos.

En la primera salida, Osvaldo le preguntó si quería ser su novia. Ysa respondió: “Déjeme pensarlo”.

–Imagínese, profe, lo que era yo, toda formal, que ni de vos trataba.

Osvaldo fue su único novio y su primer hombre. Estaba enamorada. Al tiempo Osvaldo tuvo que volver a la cárcel por una pena que le había quedado inconclusa de años anteriores y de la que Ysa no tenía idea. Mientras todas iban a bailar, Ysa, con diecisiete años, viajaba a un penal en Mercedes. Iba todos los meses, sin falta. Tal como hizo después con su hija Yamila, durante cinco años, tal como hace todavía hoy con su hijo Jonathan. Tantos años viajando a un penal, una vez al mes. Sin falta porque no se puede faltar.

–A Yamila la fui a visitar con neumonía. Toda emponchada. Cuando llegué, la policía me preguntó: Qué hace acá, Cabaña, por qué no se quedó en casa. Pero no se puede –me explica Ysa–. Aunque algunos pueden, porque hay personas a las que nadie visita.

Me cuenta la historia de por qué Yamila primero, y después Jonathan, terminaron en la cárcel. En ambos casos habla con amor.

–Los volvería a elegir a todos como mis hijos –dice Ysa.

Justo ahora, mientras escribo, me avisa que Jonathan sale con libertad condicional pronto y que pasará las fiestas con la familia. Toda la familia, al fin.

–Volvería a pasar por todo, profe. Por todo.

Dejo esta crónica acá. Lo que sigue vendrá el miércoles que viene. Aunque conocí su casa, todavía tengo pendiente visitar a Ysa en la feria y en el merendero. Creo que esta historia estaría incompleta sin eso. 

Sobre la motivación literaria, por Gabriel Kaufmann


Escribe Gabriel Kaufmann



Pues lo que persigue el escritor ¿es lo escrito, o algo que por lo escrito se consigue?

María Zambrano.

No podría explicar cuál es el motivo que lleva a las personas a escribir ni a leer, pero creo entender, al menos en mi experiencia, que se acerca a hacer algo con lo que se lleva dentro, o quizás con lo que nos habita. En un mundo que muchas veces se torna hostil, tan pretendidamente eficaz, ligero e inconmovible, detenerse en una historia puede cambiarlo todo. Quienes escribimos intentamos tener una orientación, es decir, partir desde una motivación propia que busca ser compartida con otros. Y es ahí que se genera un plus. Algo que no puede saberse de antemano, ni antes de empezar a escribir, ni de que un texto sea leído. Lo cual considero forma parte de la riqueza de lo inesperado y del no-saber que tiene la literatura. Eso que construye la tensión narrativa.

Muchas veces tengo la sensación de estar habitado por una energía desmedida e ineliminable que, aunque me guste o no, estará presente toda mi vida. Digo esto, como podría usar otra palabra, porque la sensación es que aquello puede servir de combustible, que tiene el potencial de una explosión que puede desencadenar muchas cosas, buenas y no tan buenas. La sensación es que, a pesar de mí, más allá de mí, pero conmigo, eso alimenta fantasías, sueños, que pueden resultar agradables o pesadillas insoportables, como miedos, inseguridades o simplemente calles sin salida. Preocupaciones que generan mucho desgaste, porque empujan hacia ese lugar, ese agujero propio y ajeno al mismo tiempo en el que se pierde todo, al menos mucho tiempo y sufrimiento. Pero esa energía no solamente tiene que conducir hacia una pared, la literatura y particularmente la escritura, facilita esa reorientación, permite transformar eso en una motivación literaria, que ayuda a reconducir el cauce de un río, y poder construir algo bello con eso.

Frente a la imposibilidad de determinar por qué se escribe, me dirijo hacia mi propia relación con la literatura y el rol que la misma ha tenido en mi vida. En mi caso, los recuerdos vienen de lado de la infancia. El dolor frente a la pérdida muy cercana en el tiempo de dos abuelos, ambos referentes muy importantes de mi niñez ¿Es exagerado decir que la literatura puede cambiar vidas? No lo sé, he escuchado y leído algunas escritoras y escritores decir que los libros “curan”. No me agrada esa palabra porque creo que no se trata de alcanzar una “curación”. Escribir ayuda a ordenarse, leer ayuda a entenderse, a captar el dolor que uno soporta o que lleva. Los buenos escritores consiguen cernir los afectos -que no únicamente deben ser el dolor- para que quien lea se identifique, tanto en sus palabras escritas y más allá de las mismas. La literatura puede ser un factor que marque un antes y un después en la vida de una persona y no solamente por el mero hecho estético sino por la función que puede desempeñar.

Las pérdidas de mis abuelos dejaron secuelas muy fuertes, en particular una: el terror. Aquello que hoy suele llamarse “terrores nocturnos”, me invadía todas las noches sin descanso, haciendo que sea imposible dormir. Ideas que pueden confesarse hoy como algo locas: sobre monstruos, asesinos, ladrones, pero particularmente monstruos. La idea era clara, iban a llevarme a mí también. No sabía a dónde, ni cómo, ni para qué, únicamente me invadía el terror más absoluto que me llevaba a intentar estar despierto, a estar muy atento a ruidos, a taparme la cabeza, a no dormir, a no bajar la guardia, a pedir a gritos a mis padres no estar solo, que no me dejen solo con todo eso. Y allí es donde hubo un antes y un después que conecta indiscutiblemente mi vida, la literatura, la escritura y sobre todo la soledad.

Desconozco cómo cada quién vive su soledad, o incluso a qué le llaman soledad las personas. En aquel niño la soledad más tremenda fue la de estar solo muerto de miedo tapado hasta la cabeza. Pero me refiero también a la soledad que pueden sentir muchas personas, según sus historias de vida. Hablo del desamparo que cada quién habrá sentido frente a alguna situación desbordante e indetenible. Esas que no tienen vuelta atrás. En algún momento la sensación del miedo, de estar solos, desprotegidos, en la nada, nos atraviesa por el mero hecho de estar vivos.

Muchas de las personas que escriben, hacen particular hincapié en el solitario oficio del escritor. Porque es inevitable, porque es una defensa de la soledad, pero sin embargo con una convicción: la de ir en busca de una dirección precisa que logre apuntar hacia la construcción social y colectiva. Quienes no podemos abandonar, ni resignar -a nuestro pesar- porque incluso nos satisfacemos paradójicamente sosteniendo una soledad radical, nos vemos confrontados por las ambigüedades a las que eso nos enfrenta. Estar demasiado solo es insoportable, pero no tener esa soledad también.

La creatividad nace en momentos impredecibles, donde uno más bien está atento, siempre con un ojo abierto, para conectar algo del pasado con algo actual en visitas a un futuro para armar algo diferente. Como aquel niño bajo las sábanas. Un ojo abierto que muchas veces es imposible cerrar incluso cuando hubiese sido conveniente hacerlo. Quienes escriben no pueden hacerlo.

De esta manera muchos escritores y escritoras comparten con los lectores sus verdades de diferentes formas, una es la posibilidad de construir una ficción – que no es lo mismo que la mentira- y son aquellos los que más han logrado conmoverme. Donde muchas veces se busca llegar hasta ese punto en una historia, el que no tiene vuelta atrás. Ese es el caso del cuento de Hemingway “A clean well-lighted place”, “Un lugar limpio y bien iluminado”. Ahorro la descripción de un cuento fenomenal, que me dejó pasmado la primera vez que lo leí. Por el impacto que me trasmitió la soledad que puede sentir alguien, de sentirse solo frente a la nada, de lo necesario que es compartir. Cada quién lee desde su propia historia y pone en el cuento algo de sí. Me gusta ese cuento porque además tiene un error, y un poco me gusta que Hemingway tenga un error en un cuento.

Muchas veces me he preguntado sobre lo difícil que es hacer buena literatura y sobre cómo saber si uno va por el camino correcto. No tengo idea. Pero creo que cuando uno pone sus verdades en juego, dentro del proceso de la construcción literaria se nota. Creo que hay una diferencia, que le llega a quien lee. Las palabras son algo inmenso, como el hueco que intentan rodear todo el tiempo. Y no es tan sencillo poner eso en juego.

Entonces retomo la pregunta de María Zambrano ¿Es lo escrito o algo que por lo escrito se consigue? Y también vuelvo a quienes escriben, pero no solamente. Sino también a las palabras, a las ficciones, a la creación, a los conflictos, a lo que está ahí pero también más allá del texto, más allá de la obra de arte, a lo que uno apunta cuando escribe, aunque no lo nombre directamente. Y qué es lo que estaría más allá de un texto escrito: un efecto. Algo que conmueve, que toca el cuerpo, ya sea un escalofrío, causar miedo, risa, tristeza, o incluso alivio. Es esa fuerza indetenible en la que una vez que uno está inmerso no se puede frenar, no se puede dejar de leer.

Vuelvo a mi niñez y a los terrores. Mi padre comenzó a quedase conmigo por las noches a leer una colección de cuentos, de fábulas infantiles, que por supuesto tenían muchos dibujos. Hablo de un padre que le lee cuentos a su hijo de 6 años. Hablo de la fábula más importante de mi infancia: la de San Jorge y el Dragón. Siendo un niño judío de clase media criado como ateo, pensar que una fábula del cristianismo pudiera ser salvadora es algo al menos chistoso. Pero lo fue, incluso durante muchos años tuvimos en casa de mis padres una estampita de San Jorge en la heladera, porque fue en la lectura repetida, frente a mi incansable insistencia, una y otra vez, la que logró bordear algo imposible de contener, pero que debía ser localizado y ubicado. El miedo. El terror. El miedo a los monstruos que por supuesto va más allá de los monstruos. Porque esos son mis monstruos, pero cada quien tienen los suyos. El miedo tremendo que, dentro de una fábula, de una ficción, y de la lectura de mi padre, se enmarcaba todas las noches, hasta que yo me quedaba dormido.

¿Qué un padre le lea a su hijo que no puede dormir por las noches es también literatura? ¿Es aquello lo que por lo escrito se consigue? El amor por la transmisión de la literatura vino de ambos padres, mi padre y mi madre, el amor por el saber también. Eso que me dejó algo para con lo que hacer frente al miedo. A pesar de que he crecido, que puedo dormir solo, y a veces no tanto, no estoy seguro de que esa sensación vaya a desaparecer por completo, sino tal vez que cambia de escena. Porque muchas veces he vuelto a sentir la atenuada sensación que me recuerda aquella época, dependiendo de cómo esté en ese momento de mi vida, y es allí donde espero poder volver a la escritura, donde espero volver cada vez, una y otra vez, con la tenacidad de un niño incansable que necesita escuchar la misma historia para poder sentir alivio. Volver con la fuerza, la potencia y el empuje que me conduzca hacia ese lugar, el de la hoja en blanco, el de la creación, que puede ir desde un diario personal a la ficción propiamente dicha o la poesía.

Es en el intento de hacer con eso que uno lleva dentro que se escribe. Algo que quizás no va a desaparecer, no va a “curarse” pero que tampoco tiene por qué no dejarnos dormir. Y será por eso que el cuento de Hemingway me habrá conmovido tanto. Porque allí hay alguien que quiso quitarse la vida, un viejo sordo, que prefiere emborracharse en un lugar limpio y bien iluminado, que necesita hacer algo con el dolor que siente, pero no de cualquier manera. Porque no es todo lo mismo, no da todo igual. Hoy en día siento que eso es cada vez más importante. Uno de los dos hombres que lo observan y hablan entre sí, entiende o cree entender, al menos desde su propio dolor, y allí creo que está el hecho literario, porque de pronto quién está leyendo también entiende, porque todo hemos sentido la soledad, la tristeza o el rechazo. Y se entiende cómo es que aquel otro cantinero solo quiere irse temprano con su mujer, él también siente la soledad a su manera y por algo quiere irse de allí. Porque quien se emborracha en un lugar donde hay gente, o quien no quiere cerrar el bar para no volver a estar solo en su pensión, son personajes que logran traspasar las palabras escritas, logrando un efecto literario singular sostenido por una motivación clara. Es insoportable estar solo frente a la nada, y, sin embargo, también tiene un encanto intransmisible. Un imán que atrae, a leer, a mirar apenas hacia el abismo, a querer intentar acercarse y saber un poquito, sobre eso que no puede saberse, que no puede decirse, que no terminará jamás de escribirse.

Los afectos se sienten de a uno, pero se comparten por todos. Al leer, muchas veces quien lee logra identificarse en una lectura, y uno puede lograr sentirse un poco menos solo, sabiendo que alguien, en otro lugar del mundo, en otra época, cultura y hablando otro idioma, sintió algo similar. Al escribir también. Lograr conmover algo de eso, lograr mover algo de eso, darle un lugar, una orientación, un marco, una identificación, es muy importante. Escribir es importante. Las palabras escritas son importantes. La literatura es importante, por sobre todas las cosas, cuando logra ser compartida.

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