martes, 3 de mayo de 2022

Así se escribió "El origen de la alegría", de Pablo Ramos



 "Antes que comenzara la noche de la pandemia, Pablo se sumergió en su casa en la Paternal, una vez más, durante cuatro años para escribir la novela que hubiese preferido nunca tener que escribir."*

Escribe Santiago Asorey



Abelardo Castillo, el maestro de mi maestro, dijo alguna vez que lo valioso de una obra radica en la forma que fue hecha, las condiciones espirituales y materiales en las cuales fue escrita. Soy amigo de Pablo hace más de 15 años. Fui testigo de cómo escribió este libro, conozco las condiciones espirituales y materiales bajo las cuales fue escrito. Conozco, quiero decir, el origen del Origen. Es algo así como conocer los cimientos de una casa, las bases que soportan el andamiaje ficcional, emocional, intelectual y espiritual. Conocer las bases de este libro es entender la diferencia entre una casa que se puede sostener durante cientos de años o volar como cartón tras la primera tormenta. El lector distraído podría pensar que es fácil escribir de esa manera. Pero la verdad es que escribir un libro como El origen de la alegría podría enloquecer o matar a la persona que lo escribe. Tal vez les suene exagerado, pero no. Alguna vez lo dijo el escritor Leonardo Oyola: para escribir como escribe Pablo se necesita de un coraje y una fuerza distinta. Una fuerza que no abunda en otros escritores de la literatura argentina y que convirtió a Pablo en el mejor escritor de su generación. Una fuerza que viene de afuera de la literatura para convertirse en una Literatura extraordinaria. Así fue como antes que comenzara la noche de la pandemia, Pablo se sumergió en su casa en la Paternal, una vez más, durante cuatro años para escribir la novela que hubiese preferido nunca tener que escribir. Un libro en homenaje a su hermana Verónica que murió en 2017. Pablo escribe sobre lo que otros callan. Ahí donde muchos optan por escribir sobre dinosaurios, Pablo elige escribir sobre el meteorito que cae y los arrasa. Y se necesita locura, coraje y Fe para seguir transitando el desierto de la literatura, donde uno no sabe bien hacia dónde va. Se necesita soportar las dudas y la locura mientras uno pisa donde no hay seguridades. Pablo lo hizo, guiado por la Fe ciega, y el resultado es este libro fundamental para el lector que entiende de que está hecha la verdadera literatura. 

Cuando conocí a Pablo yo tenía 15 años. Como a muchos otros alumnos, Pablo me abrió las puertas de su casa con una generosidad en la cual se entregó como se entrega en sus libros. Porque no hay dos Pablos. El que escribe y el que camina por la vereda son la misma persona. Pablo Ramos escribe y habla con la carne, de putas y de madres, de padres, de infiernos y de Dios. Escribe sin eufemismos y sin poses. Escribe desde la verdad. No escribe así: es así.

Hace diez años tuve la posibilidad de entrevistarlo tras la publicación de Ley de la Ferocidad. En esa entrevista pronunció una frase que todavía hoy me resuena. La recordé al terminar de leer “El Origen de la Alegría”. “Con cada libro dejo todas las fórmulas viejas y busco las nuevas para ese libro. Eso es experimental. No se trata de sacarle las comas a un cuento. Hay artistas que no tienen capacidad para ver más allá de la superficie de las cosas”. Esta premisa se fue cumpliendo en cada uno de sus libros, pero en el Origen de la Alegría pude ver que había algo más. Con Pablo siempre hay algo más. Pablo arriesga toda su obra en el próximo libro, cada vez. Así llegó a un nuevo lugar de su literatura. Se trata de un registro muy distinto a todos sus libros, y el cierre de la tetralogía es también su cúspide como escritor. Al menos, claro, hasta el próximo libro. Por lo pronto, el lector está invitado a habitar esta casa que Pablo escribió.

*Esta nota fue publicada previamente en Télam y AGENCIA PACO URONDO.


miércoles, 13 de abril de 2022

QEPD, por Nancy Bearzotti


Escribe Nancy Bearzotti




Mi hermana me llamó para avisarme que se había muerto el tío Ramón, lo velaban en Lanús a la noche.

- Me llamó Marta, parece que tuvo un ACV, se quedó dormido y no se volvió a despertar.

Se hizo un silencio incómodo.

- ¿Escuchaste lo que te dije?

- Aja.

- Mami quiere ir al velorio y yo esta vez no la puedo acompañar; ya sé lo que vas a decir, que te queda re lejos, que no te gustan los velorios; pero pensá en mami, quiere estar con su hermana. Por una vez, no seas egoísta y andá.

Corté, no le dije ni que iba ni que no, creo que la dejé hablando sola.

Detesto la pantomima del velorio, y amo la novela “Los asesinos en los días de fiesta”, está claro que no es divertida la muerte. Lo descubrí sin querer, sin tener capacidad para procesar esa información a los ocho años, en el velorio de Leonardo Chiesa, mi compañerito de la escuela primaria del que estaba perdidamente enamorada.

Y ahora mi hermana me pedía que fuera justo a ese velorio. Esbocé una mueca irónica, me reí en silencio y con desprecio; a ellas ya se los había contado.

No me sorprendió su llamado, mi familia es como los personajes de la película “De eso no se habla”.

Lo que me sorprendió fue no poder ponerle palabras a lo que sentí en el cuerpo cuando supe que había muerto.

En fracción de segundos vi la película completa de esa parte de mi infancia con mi tío y el dolor me traspasó como la puñalada que debí haberle dado si hubiese podido discernir o acaso vislumbrar mínimamente lo que ese señor hacía conmigo; ya era tarde. Pero no para que los recuerdos se agolparan uno tras otros al punto de que tuve que sentarme porque creí que me desvanecía.

Lo primero que vino a mi memoria fue el último partido de Racing contra Independiente en la cancha de Racing, ese que terminó tan violentamente como mi niñez.

Los peligrosos partidos de los domingos fueron suplantados por la visita a la casa de mi tía Amelia, que alquilaba en esa oportunidad un departamento muy bonito en Remedios de Escalada.

Siempre íbamos con mi madre, recuerdo que al abrir la primera puerta subíamos un piso por una escalera de mármol beige con manchitas marrones como lunares irregulares y que Alicia, mi prima e hija de Amelia y Ramón estaba apoyada sobre el marco de la puerta del departamento e iba a nuestro encuentro para acompañarnos directo a la cocina, donde nos esperaban las otras hermanas de mi mamá, tomando mate, comiendo facturas y jugando a los naipes.

Mi mamá solo descansaba los domingos, descansaba de todos, incluso de mí.

Tal es así que cada vez que yo intentaba acercármele, me mandaba a jugar con mi tío Ramón.

Él siempre estaba en el living comedor, con la televisión encendida y el volumen bien alto como sonido cómplice.

Yo me acercaba aterrorizada, no podía escapar de lo que venía.

Era un ritual, como el juego de naipes de mis tías, solo que este no era un juego tan simple, era el de un depredador devorando su presa. Este hombre me sentaba sobre sus piernas y abusaba de mí.

El pene de mi tío fue el primero que conocí. Los besos en la boca, húmedos y desagradables fueron los suyos. Todo el cuadro me erizaba la piel, era un sinsentido que ese dolor de estómago me atravesara en presencia del mejor amigo de mi padre. Yo tenía siete años.

Durante mucho tiempo tuve un sueño recurrente, despertaba toda transpirada.

Iba con mi mamá y hermana al almacén de Nesca, sobre Moreno, cruzando la calle Del valle Iberlucea. En la vereda había un pozo profundo y a ambos lados una hilera finita de baldosas. Mi madre y hermana caminaban una por cada lado y cuando llegaban al final del abismo, desde el otro lado me gritaban, “dale, cruzá, no seas estúpida”. Yo lloraba a gritos y le pedía a mi mamá ayuda. Ellas se reían, yo caía en el pozo y antes de tocar fondo me despertaba llorando, con la garganta oprimida.

Nadie entendía porque soñaba esa pesadilla, nadie tampoco intentó averiguar demasiado.

Decidí ir al velorio, a esa parodia, mi familia completa estaba al tanto de quién era mi tío, era un secreto a voces su perversión.

La mañana siguiente a su noche de bodas, mi tía Amelia fue trasladada a un hospital por un desgarro en la vagina, su marido la destrozó. Así comenzó ese matrimonio, esa pareja de cómplices.

Con el tiempo me fui enterando de que Ramón era un violador serial. Su hija no lo recuerda, pero tampoco entiende porque cuando se acuesta con un hombre ve el rostro de su padre.

Así que salí de casa, tomé un taxi desde Belgrano a Lanús solo para poder verle la cara por última vez y siendo adulta a ese monstruo que me arrebató la inocencia.

Llegué a casa de mi madre y allí estaba: afligida. Nos subimos al auto, habló todo el viaje y no recuerdo una sola palabra; yo estaba en otro lado recordando por primera vez en años el dibujo exacto de los labios de Ramón, la imagen la veía pegada, muy cercana a mi cara, como cuando me sentaba en sus rodillas y pasaba aquello. Abrí la ventanilla del auto, en pleno invierno porque me faltaba el aire.

Al llegar a Velatorios La paz, entramos en la sala donde desde lejos se veía el cajón, sus deudos abrazados, me sentí un personaje clave de una película de Almodóvar o Alex de la Iglesia, por lo bizarro.

En la medida en que me iba acercando escuchaba las palabras; Que en paz descanse. ¡Pobre! Pero no sufrió, por suerte no sufrió…

Las escuche cuatrocientas cincuenta y ocho veces, - Que en paz descanse. Y yo me pregunté, ¿Acaso descansa? ¿Merece descansar? ¿Adónde descansa?

Si es así, tengan a bien informarme, tengan a bien darme la oportunidad de terminar con mi vida para que esto no quede impune, en el momento en que lo encuentre en el limbo de los descarriados, me ocuparé de torturarlo; día tras día, noche tras noche.

Ya estoy frente al cajón, su cara sin expresión no le quita lo depravado. Lágrimas de satisfacción se deslizan por mi rostro, sin embargo, no puedo emitir sonido quiero gritarles a todos que eso que está ahí es un sapo verde, uno asqueroso que arruinó mi vida.

Me pierdo, me creo la historia de que la venganza es un plato que se sirve tan frío cómo está su cuerpo y que pronto seré un fantasma. Y me repito, como un mantra a mi muerte, hagan lo que quieran conmigo, si es cajón y ceremonia, se ocuparán de que me vea limpia y presentable, si voy directo al horno, me vea como me vea, ya no me verán más.

Deseo fervientemente que no utilicen las siglas QEPD, porque imagino imposible que alguna vez halle la paz.

Abrazo a mi tía Amelia y a mi prima llorando desconsoladamente, formando parte de la farsa. El fruto nunca cae lejos del árbol.


miércoles, 16 de marzo de 2022

El origen de la alegría y la literatura como un acto vital

 "El origen de la alegría es una declaración de principios escrita con las tripas, es un viaje desesperado a no se sabe dónde". 

Escribe Juan Lavagnino


Es difícil hablar de alguien tan cercano. Porque Pablo es cercano aunque no lo conozcas. No hace falta, alcanza con leerlo. Y eso me pasó a mí cuando descubrí su primer libro de cuentos y después salí corriendo a buscar sus primeras novelas, sentí que estaba leyendo a un amigo, porque eso son sus libros para nosotros los lectores. Amigos, compañeros, que nos traen historias reales, muchas veces historias duras, o tristes, pero donde siempre o casi siempre Pablo encuentra una belleza y la comparte, digo “casi” porque si no la encuentra la inventa para poder seguir, para que podamos seguir.

Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, dice “los libros que en realidad me gustan son esos que cuando terminás de leerlos te gustaría ser muy amigo del autor para poder llamarlo por teléfono” y agrega “no hay muchos libros de esos”. Bueno ahora hay un par más, porque los libros de Pablo son de esos libros. Cuando terminé de leer En 5 minutos levántate María, lo busqué en Facebook y le mandé un mensaje. Nunca me respondió. O en ese momento, no me respondió. Varios años después, cuando tuve la suerte de poder empezar el taller, una noche le comenté que le había enviado un mensaje cuando terminé su libro. Me dijo que se acordaba, y yo no sé si era así, él, que recibe mensajes todo el tiempo –porque lo que me pasó a mí le debe pasar a la mayoría–, “me acuerdo” me dijo, y me hizo sentir bien.

Entonces cuando sale un libro nuevo de Pablo Ramos se parece un poco a esa sensación de cuando viene un amigo que querés mucho y te ponés contento, porque te vas a reír y es probable que en una de esas también llores, porque tu amigo trae historias de todo tipo, pero seguramente antes de despedirse va a hacerte volver a sonreír. Como me pasó con esta novela, que me hizo reír mucho, a pesar de todo el dolor que encierra esa noche tan oscura, uno al final comprende qué fue todo ese viaje delirante de Gabriel por la ruta, después de lo peor que puede pasarle a alguien, algo tan horrible que ni siquiera se puede nombrar. Y sin embargo, y gracias a Dios, hay un viaje delirante en limusina, hay libro nuevo, hay literatura (de la que dan ganas de llamar por teléfono), como la que hace Pablo Ramos, y gracias a ella y por ella, hay vida, y por ella vale la pena.

El origen de la alegría es una declaración de principios escrita con las tripas, es un viaje desesperado a no se sabe dónde, es sobre todo, y a pesar de todo, el impulso de un acto vital. Con esta novela Pablo hizo carne –o hizo libro–, la frase final del Innombrable de Beckett: “Hay que seguir. No puedo seguir. Voy a seguir”.

lunes, 14 de marzo de 2022

El origen de la alegría y la lectura como mirar al abismo, por Damián Marrapodi

Escribe Damián Marrapodi  / Foto Nora Lezano



Lo primero que leí de Pablo fue su cuento “Cuando lo peor haya pasado”, que arranca con la siguiente frase: “Todo comienza bien”. Si todo comienza bien, no me imagino cómo va a terminar, me dije. Y seguí leyendo. A los pocos párrafos ya estaba metido de lleno en el universo que narra, donde se condensa, creo, gran parte de su literatura. Cuando terminé de leer pensé “a este tipo le dolió escribir esto”. También me dije “así es como hay que escribir”. No tenía muy claro a qué me refería con eso, pero más tarde lo supe: un día, en su casa, Pablo sacó de un cajón una pila de hojas. Habría más de cien: “Es el borrador del primer capítulo mi nueva novela, todavía no lo terminé” -dijo.

Conozco a Pablo como lector, como amigo y como tallerista. Si hay un denominador común a estos tres aspectos, es decir, al escritor, al amigo y al maestro, es su generosidad. Porque Pablo no se guarda nada. El lector lo sabe y también lo sabe Alfredo, cuando en “El origen de la alegría”, le dice a Gabriel: el que guarda nunca tiene.

En sus talleres nos enseñó algo que él había aprendido y atesorado hacía tiempo atrás: que no se corrige texto, se corrige persona. Eso me hizo sentir alivio. Fue también en sus talleres que me dio algo que creo de mucho valor y es la fe en las palabras y la posibilidad de ordenar las cosas de alguna manera.

Más de una vez lo escuché decir, decirme a mí, decirle a otro compañero: “ojo, tené cuidado con esto, detenete acá y reflexioná, no te lo digo como profesor, qué me importa la literatura, te lo digo como amigo”.

Como lector puedo decir que nadie atraviesa una novela de Pablo Ramos y sale de la misma manera en la que entró. En el medio pasa algo que no sé cómo explicar, es como si alguien te llevara de la mano para mostrarte desde un puente, un abismo; para luego acompañarte de nuevo hacia la orilla.

De manera inversa a ese “Todo comienza bien” de “Cuando lo peor haya pasado”, en “El origen de la alegría” se parte desde de un caos. Y ese viaje en limusina que parece a priori del todo azaroso, sin rumbo cierto, se transforma en otra cosa; en un viaje que el lector entiende que es así y que no podría haber sido de otra manera; porque hay ternura, porque hay piedad y porque también hay belleza.

Le debo mucho a Pablo, le debo cosas que sé que no puedo pagarle -además de alguna que otra cuota-; pero si hoy mi mundo es más amplio, es decir, si mi capacidad de amar tiene la posibilidad de ser más grande que antes, eso es gracias a Pablo Ramos. Y si el mundo de un lector al terminar de leer “El origen de la alegría” es más grande, eso es también gracias a Pablo Ramos, claro.


viernes, 18 de febrero de 2022

Sobre la literatura de Pablo Ramos, por Sebastián Ronchetti


Escribe Sebastián Ronchetti*




Cuando presentamos en este mismo lugar hace dos años Amor no Roma mi amor, leí un texto que hablaba sobre el libro de Pablo y sobre lo que Pablo significaba para mi, no voy a repetir ese texto, pero si quería retomar una idea y es aquella de como un libro te puede cambiar la vida. Y en mi caso fue El origen de la tristeza. Había alguien, un escritor que era del barrio, que había ido a mi escuela, que hablaba del viaducto, de Arsenal, de la Saladita.... pero igualmente no era eso lo que me pasaba, no era el color local, la empatía, la identificación lo que me había modificado para siempre, era saber que los que venimos de acá nomás, de estás calles del sur, de estos barrios del conurbano, de una casa de chapa o de un monoblock podemos escribir y que nuestras historias pueden ser universales y atravesarnos. Toda una revelación para alguien que además había abrazado la literatura desde niño como yo.

Claro, y el que escribía era Pablo Ramos además. Un escritor de una potencia inaudita, un rayo que hace casi 20 años pegó en el corazón de la literatura argentina y provocó un temblor. Quiero que imaginen la emoción que siento en este momento, desde que Pablo me convocó casi no puedo dormir. Recordemos el día y la hora, más o menos, como podamos, ya se sabe, cada uno lo contará distinto pero en fin es 4 de diciembre de 2021, alrededor de las 19hs y llegó, acá está, El origen de la alegría, la novela que completa la tetralogía de Pablo Ramos.

¿Cuántas vidas cambiará también este libro?

Por lo pronto, me animo a decir q la de Pablo o por lo menos la de Gabriel Reyes el personaje que nos viene acompañando todos estos años.

En su ensayo Moverse hacia la ternura, Pablo escribió lo siguiente:

Si podemos hablar ¿por qué entonces escribir? ¿Qué sentido tiene hacerlo? ¿Qué es, en definitiva, lo que una persona que escribe habitualmente, o sea, un escritor, persigue al sentarse horas y horas frente a una máquina de escribir? ¿Dinero, fama, gloria?, no creo, eso es para pocos, y en todo caso eso viene después.

¿Qué es lo que descubre un escritor cuando descubre que va a ser escritor? ¿Qué nombre propio le puso a ese sentimiento que tiene atornillado a la glotis? Ese que, al mismo tiempo de ser descubierto, promete una herramienta para la extirpación y susurra al oído que, pase lo que pase, digan lo que digan (tus ex mujeres, tus ex suegras, tu propia madre, tu propio padre, tus hijos) tienes que escribir, tienes que escribir, tienes que escribir. Ese sentimiento es la impotencia.

De la impotencia, de la imposibilidad de comunicarse con el mundo y en especial con el mundo cercano, con esos seres queridos que si no se están yendo su permanencia en nuestras vidas pende de un hilo. Del terror que sentimos frente a la inminente ruptura de ese hilo, y de la impotencia, también, que nos genera ese terror, porque pese a amar, pese a necesitar, pese a ser necesitados no somos capaces ni siquiera de saber “de qué hablamos cuando hablamos de amor”

No leí la nueva novela en su versión editada, pero tuve el privilegio de leer algunos borradores el año pasado y creo que en estos 2 párrafos del ensayo ya está la clave que la prefigura , ese hilo se rompió de forma inesperada, temprana y dolorosa y Gabriel inició un viaje que finalmente lo llevará a un descubrimiento, al descubrimiento de la escritura, y también a moverse pero curiosamente hacia el mismo lugar, acá cerca en sarandí, en este Aleph del conurbano, donde en el mismo punto va a encontrar el origen de la tristeza y el origen de la alegría, Pablo dice también en Hasta que puedas quererte solo:

“La Ternura es el hecho estético por excelencia, porque es la inminencia de una revelación que no se produce y que tal vez nunca se produzca. Lo más probable es que jamás lleguemos a la Ternura, claro, eso sería llegar a ser Dios. Pero no se trata de llegar a ella sino de ‘moverse hacia ella’: hacia el otro”

Y lo decía Santa Teresa: Las palabras (¿serán las palabras de Alfredo en El origen de la alegría, será la escritura?) llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la mueven hacia la ternura.

Se cierra esta tetralogía (o pentalogía si incluimos El Sueño de los murciélagos) y no puedo dejar de pensar en esta frase de La Ley de la ferocidad, en este imperativo paterno: “Alguna vez vas a escribir la historia de tu familia”. Y acá está todo, aquel Gabriel preadolescente que va dejando de ser niño a partir del dolor en El origen de la tristeza; el Gabriel adulto, que construye el relato alrededor de los tres días del velatorio de su padre en La ley y la historia de Gabriel desde la primera persona de la madre en María y ahora este Gabriel que ante el mayor dolor de su vida encontrará en todo eso la posibilidad de la alegría, de la ternura y por qué no de la salvación.

Y está Pablo escritor también, con ese imperativo y con esa responsabilidad de saber lo que debe escribir y lo que no, que lo convierte en un escritor moral como ha dicho muchas veces. La aventura de los personajes es física y moral también ha repetido otras tantas.

Pablo y sus mitologías. Gabriel y sus mitologías.

Y, claro, como dijimos antes, toda mitología se vuelve universal.

Quiero decir también con todo este recorrido que Pablo ha sido íntegro y leal una vez más a su manera de pensar la escritura, ese escribir desde las fibras más íntimas para encontrar aquella verdad literaria que se plasmará en el papel, donde pereciera decir, como nuestro querido Salmón, que la honestidad no es una virtud sino una obligación.

Y de nuevo es el propio Pablo el que ya lo dijo, justamente en un poema llamado Hacia Vero:

Ni siquiera importa el pan

Ni el vino

Ni el pedazo de carne que pongas

Adentro del sándwich

Lo que importa es otra cosa

Un condimento que no abunda

Lo que importa es la integridad

Y la lealtad.

Gracias Pablo. Te estábamos esperando.


*Texto leído por el autor en la presentación del Origen de la Alegría 4 de diciembre en el Centro Municipal de Arte.


Palabras a mi maestro, por Irene Kleiner

 

Escribe Irene Kleiner


 

Siempre supe que iba a escribir sobre ese primer día en que llegué a la casa de Pablo Ramos; mi primer día de taller. Estaba nerviosa, claro, yo apenas me asomaba a la posibilidad de escribir; estaba dando más que primerísimos pasos  y no tenía la ventaja de la juventud que todo promete, a la que se le pueden perdonar las tonterías. No tenía idea de cómo había surgido en mí ese deseo, hoy puedo nombrarlo así, pero en ese momento ni siquiera lo percibía como tal, es más, creo que había hecho lo posible por no enterarme de su latido silencioso.

Había conocido a Pablo casi de casualidad, en una charla sobre El origen de la tristeza. Hoy no me acuerdo casi nada de lo que habló ese día, lo que sí recuerdo fue su posición, el lugar desde donde dijo lo que nos dijo. Honestidad pura: sus miedos, sus fracasos, sus fantasmas, pero no los pasados, porque cualquiera habla de esas debilidades que gracias a vaya a saber qué, pudo dejar atrás. No, el escritor Pablo Ramos, a quien admirábamos los que habíamos leído su libro, el editado, el que había obtenido premios, no tenía respuestas, no quería explicarnos nada; tan solo venía a mostrarnos las mordeduras de sus perros rabiosos, como él las llama. Esa tarde se abrió ante nosotros en su enorme humanidad.

Vuelvo entonces a mi primer día, frente a la puerta de una casa antigua de La Paternal. Era casi diciembre, y yo le había escrito un mail diciéndole que quería empezar a asistir a su taller. ¿Qué era lo que yo suponía? Que me iba a decir que me esperaba al regreso de las vacaciones, que empezábamos después del verano, o algo parecido. “Vení el jueves” me contestó. En ese primer gesto, en algo tan simple que podía parecer un detalle, yo acusé el impacto: “no estamos en el colegio, ni en la Facultad, querida, esto no es la formalidad de un calendario académico, esto es otra cosa, si querés escribir, si sentís el ronroneo zumbándote en la cabeza o en alguna otra parte del cuerpo, ¿de qué vacaciones me hablás? ¿A quién le importa en qué mes estamos?” Eso que nadie pronunció significó para mí darme cuenta de que estaba entrando a algo diferente a lo que estaba acostumbrada, a cómo yo pensaba las cosas, tan ordenadas, organizadas, con planes ciertos.

Cuando se abrió la puerta, Ramos no estaba, todavía no había vuelto del gimnasio (en esa época iba al gimnasio). Me recibieron sus alumnos que iban y venían por todos lados como si fueran los dueños de casa, me hicieron pasar, y ahí se abrió un escenario que por supuesto no era el que imaginaba, aunque no sé si imaginaba algo, pero lo cierto es que pasé a un living abarrotado de cosas, un colchón en el piso, comida, no recuerdo si en esa época había perros, creo que sí, pero ahí ya se me mezcla con la casa de ahora en la que siempre hay perros y algún gato que deja un alumno y nunca más viene a buscar;  esa casa en la que, de solo entrar, uno siente que ingresó a un lugar sagrado donde se respira literatura. Lo que sí recuerdo es que se entreabrió una puerta en ese ir y venir de los alumnos, una puerta que ya no existe, porque Pablo reformó su casa, y pude ver a una chica con el torso desnudo, de espaldas, a quien otra chica (que me dijeron, era la novia de Pablo), le estaba haciendo masajes. Todo era lo más natural para todos. “Ya estoy acá, pensaba”, con esa sensación de ser la nueva, la chica que tuvo que cambiar de colegio en séptimo grado; no sabía dónde parame o sentarme. Alguien me convidó un mate.

Cuando llegó Pablo nos acomodamos en el patio; me hizo presentar y me explicó cómo funcionaba el taller: reglas muy claras, imprescindibles para que funcione lo que yo llamo “el método Ramos”, no sé si él habló de método,  pero yo les aseguro que lo tiene, y que sus resultados son sorprendentes, claro que para eso no es solo cuestión de método, hay que abandonar unos pedazos de tierra firme y estar dispuesto a hundirse en aguas profundas, aun sin saber nadar.

En esa casa, que terminé queriendo, con sus cosas tiradas, los platos apilados en la pileta de la cocina, o sin gas porque ya no se podía pagar, pero siempre con un calefactor eléctrico que Pablo ponía cerquita de las que somos friolentas, aprendí que hay ciertos desórdenes y caos necesarios, que eso no se contrapone a lo serio, a lo riguroso ni a la precisión. En eso Ramos es inflexible, te lleva a lo máximo de tus posibilidades, a lo mejor que podés dar; a que escribas lo que tenés que escribir, eso que uno a veces desconoce de uno mismo y él, con una capacidad increíble, escucha más allá de tus palabras.  Siempre le digo que sería un gran psicoanalista, porque sabe leer en todas las líneas del pentagrama de lo que uno dice. Sus devoluciones, las correcciones de Ramos, no terminan en el texto de la hoja A4 que todos llevamos impresa, él escuchó desde lo primero que dijiste cuando llegaste, lo que le contaste que te pasó con una amiga o con tu hijo, o una anécdota al pasar, todo forma parte de todo porque la literatura no está separada de nuestras vidas y en eso, Pablo Ramos es una de las personas más coherentes y sinceras que conozco.

Tal vez por eso, algunos no pueden atravesar ese puente inestable que cruje sobre un río de aguas peligrosas, porque contra cualquier estética, él propone y sostiene una ética.

El libro que hoy celebramos, es una clara puesta en acto de esa honestidad; de una verdad que a veces es descarnada, pero a la que Ramos no le teme. Porque Pablo Ramos no mide,  se desnuda y lo hace con el pudor de su dignidad moral, porque es aceptando lo más oscuro que nos habita que se hace posible una escritura verdadera, esa que él derrama tan visceral como poética.

Encontré en los diarios de Abelardo Castillo unas palabras que bien podrían ser de Ramos: “No he venido al mundo para salvar a nadie, ni siquiera a mí mismo. Lo único que puedo hacer es buscar implacablemente una verdad que a veces vislumbro. Eso sí acaso le sirva a alguno”. Vaya si nos ha servido a tantos, querido Pablo; en lo que a mí respecta, el agradecimiento es infinito.

 


jueves, 2 de diciembre de 2021

Yvonne, Merendero “Aún hay esperanza”


Escribe María Colaneri*



 No va a volver atrás

Ni por uno, ni por veinte, ni por cien...

Puede ser feliz igual.

G.I.T.

Yvonne vive en El Faro, en una casa azul que por dentro parece un laberinto. Vive con sus dos ex-maridos, Wilson y Oscar; su hijo menor, Patricio; tres perros y una gata. Tiene un fondo grande con una higuera que da sombra, una enorme pileta pelopincho y un jardín de flores, sobre la tumba de su perra Puca. Los ex-maridos trabajan juntos, se llevan bien, y para Patricio, hijo de Oscar, Wilson es su tío. O al menos así lo llama.

Pero cuando Yvonne dice “mi casa”, se refiere a un ambiente en la planta alta. Ahí tiene una hornalla para el agua caliente, una heladera, una mesa donde cose mientras mira por la ventana hacia el jardín, y un baño grande de paredes de azulejos azules con arabescos que le gustan mucho. En su casa hay que andar esquivando cosas, porque Yvonne junta de todo: muebles, ropa, retazos de tela, juguetes, vajilla; porque “nunca se sabe a quién le puede servir”.

Su habitación ahora le queda grande. Patricio dormía con ella, pero hace unos meses se mudó a uno de los cuartos de abajo. Su hijo tiene dieciséis años y es pegado a su mamá.

–Es que con él fui una madre diferente de lo que fui con Jesica o con Jonatan –me dijo.

Jesica y Jonatan son sus dos hijos mayores, hijos de Wilson.

–También con Nicolás –agregó Yvonne.

Sé que Nicolás es su ahijado, al que ella considera su tercer hijo. Lo trajo a la casa con tres años y ahora tiene veintisiete.

En las fotos familiares están todos juntos: los cuatro hijos, los dos ex-maridos, el yerno, Kristian, y las dos nueras, Daniela y Agustina, y Uriel, su nieto. A Yvonne no le importa lo que los vecinos puedan decir.

La primera vez que fui a su casa, un mediodía, nos sentamos a la sombra de la higuera y tomamos mates dulces, mientras esperábamos que la gente viniera a buscar su plato de comida. Yvonne habló un rato largo. No es difícil hacer hablar a Yvonne; lo difícil es que pase desapercibida. La recuerdo de cada uno de los talleres que compartimos, por las cosas que dijo y también por las que hizo. Recuerdo particularmente el taller del 3 de junio, cuando dijo claramente que su alegría era vivir, estar viva; lo dijo fuerte y mirando al cielo, en esa manera teatral que tiene de expresarse. Por momentos es un poco avasalladora. Pero dan ganas de estar con ella.

Yvonne nació en Montevideo el 24 de septiembre de 1966, y pasó su infancia en Uruguay. Sé que tuvo una infancia dura, y sin embargo lo que más me conmovió de su relato fue cómo habló de los frutales de la quinta de su abuela, que vivía al lado. Árboles de ciruelas rojas y de ciruelas amarillas, árboles de durazno, nogales y castaños, higueras tres en un plato. Hermanos y primos se tiraban frutas de un árbol al otro.

–Mi abuela era un ángel –me dice.

–La mía también –pienso, quizá porque el acento de Yvonne es parecido al entrerriano y me recuerda a mi abuela.

Su abuela la protegía de las cosas que no iban tan bien. Sin embargo, cuando Yvonne tenía seis años, su abuela se mudó. Siendo la mayor, pensó que la llevaría con ella, pero en su lugar su abuela se llevó a su hermana. Yvonne sintió esto como el primer abandono.

–Me quedé sola en la casa –dice–. Papá estaba poco y mamá prefería acostarse con tipos que cuidarnos a nosotros.

Yvonne tuvo que cuidar a sus hermanos desde chica, y lo hacía con mucho amor, al volver de la escuela. Pero un mediodía, cuando volvió, (y cito sus palabras, tal como lo escribió Yvonne, en tercera persona), golpeó, golpeó y nadie contestaba, entonces metió su brazo y sacó el palo que trancaba la puerta y sus ojos no quisieron ver lo que veían. Su hermano, Iván Ismael, de sólo ocho meses, estaba en el suelo. Se había caído de la cama y tenía mucho vómito en la boca. Buscó a la irresponsable de su madre que... con el hombre del fondo. Cuando llegaron, su hermano ya no respiraba, estaba azul como el cielo en un día de tormenta. Sólo recuerda la policía, los gritos, los llantos y aquel pequeño cajón que se llevaba a su hermanito, Iván Ismael, un bebote hermoso de piel blanca como las nubes.

–Con nueve años, perdí a mi segundo ángel –dice–.Todavía me culpo por la muerte de Iván, porque yo lo cuidaba. Porque yo lo puse boca arriba.

Yvonne prende un cigarrillo. Fuma y tose, fuma mucho, pero asegura que sus pulmones están bien, que es bronquiolitis lo que tiene.

–Bronquiolitis o lo que sea, el cigarro me acompaña como en el tango: fumar es un placer genial... sensual... –dice.

–¿Y tu mamá?

–Hacía cualquier cosa –dice–. Se acostaba con hombres. El hombre del fondo. El vecino este, aquel. Ni le importaba que nosotros la viéramos.

Después sus padres se separaron. A los doce años, su madre fue presa e Yvonne terminó en un reformatorio. Lo vivió como otro abandono. Cada vez que habla de abandono, se pone triste. Me cuenta cómo la mañana del juzgado los pusieron a los cuatro en una fila, y su abuelo decidió llevarse a sus tres hermanos. A ella la metieron en el reformatorio del Instituto Nacional de Menores.

–Por rebelde y altanera –me dice Yvonne.

Pasó un año ahí y aprendió muchas cosas. Cuando salió, se casó con Wilson. Ella de catorce años, él de dieciocho. Fue una fiesta grande, en la iglesia en el Prado, Montevideo, y al año se vinieron a la Argentina.

–Me gustaría haber tenido una madre que me dijera que esperara unos años, a cumplir los dieciocho –dice Yvonne–. Porque ¿viste como cuando tu perra tiene muchos perritos? Y vos no los podés cuidar a todos, entonces los metés en una caja y dejás la caja por ahí...

Hace una pausa, mira a la higuera, entre las hojas, quizá un higo que despunta.

–Si uno de esos perritos logra salir de la caja, ¿para dónde agarra? –pregunta–. Para cualquier lado. Bueno, yo era uno de esos perritos.

Escucho que golpean las manos.

–¡Yvonne! –gritan.

Salgo con ella hasta el portón. Niños y adultos empiezan a acercarse con “tapers”. Yvonne los conoce a todos. Con Mariana, su colaboradora en el merendero, servimos el arroz. Yvonne nos da indicaciones.

–Ellos son cinco en la casa, llenáselo hasta arriba.

O:

–Más salsa, que queda todo arroz si no.

Antes de cerrarlo, señala un “taper” y me dice:

–Si tuviera plata, sabés cómo compraría queso y le echaría así todo encima.

De postre hay gelatinas que Yvonne preparó en potes plásticos o vasos descartables, reciclados por ella.

La comida se termina, la gente se va. Volvemos a sentarnos bajo la higuera. Yvonne toma un cuaderno que hay sobre la mesa y me lo alcanza:

–Tome, profe. Acá escribí mi historia.

Guardo el cuaderno, que voy a abrir más tarde en mi casa. Veintinueve páginas manuscritas: su historia, la historia de Yvonne en tercera persona. Lo voy a leer para completar mi impresión con su impresión de ella. Su historia empieza: “Mi nombre: María Yvonne”.

La tarde está tranquila. La miro fumar. Puedo entender lo que le pasa con tan sólo verla fumar. Cómo habrá hecho esta mujer con todo, me pregunto, cómo harán tantas mujeres. Entonces la indiscreción se me sale de adentro:

–Después de todo lo que pasó, ¿cómo pudiste recibirlo en tu casa? –le pregunto, refiriéndome a Wilson.

–Vivía en un hotel y quería estar cerca de sus hijos, y yo nunca prohibiría eso –dice–. Así que ahora vivimos todos acá.

Y la gente habló y habla, pero Yvonne sigue haciendo su trabajo.

–La casa es grande, profe, ¿para que querría todo esto para mí?  


*Esta crónica fue publicada originalmente en el portal de Pilar Diario.

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