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miércoles, 22 de junio de 2022

Pablo Ramos: "Abelardo Castillo me enseñó que, lejos de ser inútil la literatura, es algo a lo cual vale la pena dedicarle la vida”


Entrevista a Pablo Ramos sobre la vida y obra de Abelardo Castillo, publicada en 2013 en la Revista "Los Inutiles"







El escritor Pablo Ramos en una entrevista del año 2013 con la Revista "Los Inutiles" habló sobre su relación con el maestro Abelardo Castillo. "Con Abelardo me pasa lo mismo. Dialogo con él, lo releo, lo vivo. El que tiene sed estuvo en mi cartera, en mi bolsillo, en mi mochila, en fotocopias, lo perdí, lo regalé. Diez años acompañándome. Él dijo que de no haber escrito El que tiene sed se hubiera tenido que tirar debajo de un tren. A mí me pasa algo parecido: si yo no hubiese escrito La ley de la ferocidad estaría muy amargado. No es que la vida justifica a la obra o al libro; es el libro el que justifica la vida injustificada."
L.I: ¿Qué nos puede decir sobre Abelardo Castillo como persona y como escritor?
 P.R: Hoy diferenciar a Abelardo de su literatura es imposible. Creo que Abelardo es literatura, es su literatura; creo que él es un personaje en sí mismo, un personaje maravilloso. Hablar de él es hablar de alguien que yo siento mi maestro. Voy a contar una anécdota que pasó hace poco: el día en que yo le regalo mi sombrero. En ese momento yo salía con una japonesa que iba al taller de él. Entonces me invitan a ir y cuando llego, Abelardo me dice: “Qué lindo sombrero”. Era un sombrero que me compré en Uruguay, el último sombrerero bueno que hay en el mundo. Me lo saco y se lo doy. Él me dice: “¿Y vos?”. “Yo me la aguanto”, le digo: lo más hermoso que me pasó es que él lo aceptara. La anécdota es que ese día en el taller todos hablaban, y yo que soy un bocón, frente a Abelardo soy un pichón.  
L.I: Pero por respeto y por admiración.  
P.R: Por amor, que incluye el respeto y la admiración. Todo el mundo lo tuteaba. Y cuando alguien me preguntaba por qué yo no lo hacía, por qué lo trataba de usted cuando Abelardo siempre decía que era mi amigo, yo respondía que salía muy beneficiado de eso.  
“Ustedes no saben de lo que se pierden”, les contestaba. Nunca el acercamiento personal me anuló la perspectiva que da la distancia. Estamos hablando, quizás, del intelectual más poderoso que tiene Latinoamérica hoy. Las novelas de América Latina sin las cuales no se puede entender la literatura contemporánea no son las novelas de Roberto Bolaño. Son El desbarrancadero de Fernando Vallejo, El astillero de Onetti y El que tiene sed de Abelardo Castillo. Estas tres novelas conforman una trilogía de lo que es la literatura contemporánea y la manifestación de que la novela puede tomar la forma que quiera.  
En dos libros míos hay un homenaje bien claro a Abelardo Castillo: en El origen de la tristeza y en La ley de la ferocidad, que cualquier ciego se da cuenta de que es una reescritura de El que tiene sed. Lo que quiero decir es que Abelardo atraviesa mi vida. Lo que yo le debo no se puede pagar. La única manera que tengo de pagarlo es lo que hago con mis talleristas, que te pueden decir que me quedo después de hora, que me expongo, que vamos a jugar al ping pong mientras seguimos hablando de literatura, que amanecemos. Porque Abelardo me enseñó que ser un artista o ser un escritor no es escribir textos, sino una posición frente al mundo; que yo soy un artista porque tengo una idea del mundo: una idea que me gustaría. Me enseñó que, lejos de ser inútil la literatura, es algo a lo cual vale la pena dedicarle la vida. Hoy mi vida es todo literatura, escribir me transforma en una persona capaz de tener un poder enorme. Yo di la vuelta desde que él me dijo que no vaya más al taller porque estaba insoportable, hasta ponerme una dedicatoria en Ser escritor que decía: “Para mi gran amigo y gran escritor Pablo Ramos”. Él me enseñó a entender una frase de Kierkegaard que nunca había entendido: “La fe es la capacidad de soportar la duda”. Yo soporté la duda durante muchos años en una pieza de pensión, en una internación psiquiátrica, en una cárcel. De hecho, yo conozco a Abelardo en la cárcel.
 L.I: ¿Cómo fue eso?  
P.R: Yo me como casi un año entre la comisaría y la cárcel de Caseros -no injustamente: me agarraron con setenta tarjetas de crédito truchas. La cuestión es que había un tipo muy importante en mi vida que me metió en los grupos de recuperación. Un día le paso un texto mío, y al poco tiempo el tipo me dice: “Tomá, leé esto”, y me tira dos fotocopias. Entonces miro: El que tiene sed de Abelardo y Don Juan de la casa blanca de Liliana. Yo leo a Abelardo Castillo y a Liliana Heker en la cárcel. Así los conocí.  
L.I: ¿Qué edad tenía usted?
 P.R: Veinticuatro. Por ese entonces yo saco un libro de poemas malísimo, dejo a mi mujer embarazada, me busco un laburo estable. Y hablo con Edgardo González Amer. Él me recomienda el taller de Abelardo. Era el año 96.
 La cuestión  es que escribo un cuento y lo llevo al taller. La primera crítica que recibo de Abelardo es: “Tengo no sé cuántos años y no estoy para escuchar semejante pelotudez”. Me mató. Igual yo se lo agradezco mucho. Me acuerdo que volví caminando, leyendo un Autorretrato a los setenta años, un reportaje a Sartre en el que en un determinado momento le preguntan cómo empezaría una novela si tuviera que comenzarla ese día. Y Sartre dice que arrancaría diciendo: “Me llamo Jean Paul Sartre y pienso esto”. Yo leo esto caminando de vuelta a mi casa y a las dos cuadras me largo a llorar. Cuando llego, me calmo, miro la máquina, pongo una hoja y escribo: “Me llamo Pablo Ramos y pienso esto”. Es el peor cuento de mi primer libro de cuentos, que se llama “Luces de colores”. A los quince días lo llevo al taller y recibo una crítica con todo.  
Pero al final Abelardo, y esto creo que lo saca de Cartas a un joven poeta de Rilke, me pregunta si me importan mucho las críticas. “Me importan, pero no tanto”, le digo. “¿Por qué?”, me pregunta. “Porque este texto es lo que yo pienso”, le digo. Listo. A partir de ahí fui entendiendo todo de Abelardo. Una vez me dijo: “Uno no corrige textos, uno corrige personas”. Durante mucho tiempo di vueltas con eso, hasta que un día lo entendí: la literatura es un trabajo espiritual y el trabajo espiritual está en la corrección. También me enseñó que la literatura es un hecho colectivo. Yo escribía para cuatro amigos y de repente vi mi libro en la calle Corrientes. Cuando vi mi último libro en la calle volví a ponerme a llorar y a comprarlo otra vez. Todo eso se lo debo al viejo.
 L.I: Cuando le contamos a Abelardo sobre esta revista y sobre este primer número dedicado a él, nos dijo que le encantaba la idea y que quería que estuviera usted.  
P.R: Es el premio literario más grande de mi vida que Abelardo me elija para que hable de él. Yo le tengo tanto afecto que no lo llamo por teléfono. O marco y corto. Temo interrumpirlo. Abelardo es el tipo más duro y más inocente a la vez; es el que se cree El espejo que tiembla cuando lo cuenta. Cuando un escritor me dice que Dios no existe, yo le digo está bien, Dios no existe. Pero Esteban Espósito tampoco; Antoine Roquentin, de La náusea, tampoco. Y aun así le debo mucho más a Esteban Espósito y a Roquentin, que al vecino de al lado que no sé ni cómo se llama y que maltrata a la mujer y a los perros. A Esteban Espósito le debo “El cruce del Aqueronte”, le debo la canallada de volver loca a una mujer preciosa. Y a ese libro le debo el hecho de haber borrado una coma con una gillette y haber sentido que era la primera vez que escribía. Yo le mejoré una frase, pero Abelardo no la acepta. Lo que quiero decir es que yo me llevo muchísimo de Abelardo. Cuando entendí que escribir era un trabajo espiritual, dije: “Ya está, ¿qué más le puedo pedir a este tipo?”. El trabajo lo tengo que hacer yo. Abelardo me dio una sartén y el aceite. Yo encendí la hornalla y pongo los huevos. Liliana me dio el orden. Creo que tuve mucha suerte.  
L.I: ¿Cree que Abelardo Castillo está bien leído y que se le da la importancia que debería?  
P.R: No sé cuán leído está, ni cuán bien o cuán mal. Lo que sé es que nadie se da cuenta de que Desconsideraciones es un libro de poemas, un libro donde él le devuelve poesía a cada autor al que le debe la vida. Porque Abelardo no lee libros, vive en los libros que lee. Yo lo siento así y lo aprendí de él: le debo la vida a los libros que leo. Una vez le mandé una carta a Donleavy. Pasa el tiempo y no me contesta, entonces le mando un telegrama: “Fuckyou”, decía. A las pocas horas me llega la respuesta de la primera carta. Me decía que se sentía muy emocionado, mientras le estaba llegando el telegrama del “Fuckyou”. Con Abelardo me pasa lo mismo. Dialogo con él, lo releo, lo vivo. El que tiene sed estuvo en mi cartera, en mi bolsillo, en mi mochila, en fotocopias, lo perdí, lo regalé. Diez años acompañándome. Él dijo que de no haber escrito El que tiene sed se hubiera tenido que tirar debajo de un tren. A mí me pasa algo parecido: si yo no hubiese escrito La ley de la ferocidad estaría muy amargado. No es que la vida justifica a la obra o al libro; es el libro el que justifica la vida injustificada.“La vida es una aventura moral”, dice Abelardo Castillo. Entonces la literatura también debe ser una aventura moral. ¿Qué es ser contemporáneo? Es estar atravesado por los conflictos de tus hermanos. Es estar siempre entre lo que debo, puedo y quiero hacer. Así se construye un personaje: no se construye la psicología, se construyen pasiones. Yo lo entendí con la literatura de Abelardo. El tipo es una bestia, está en un lugar que si lo sabés aprovechar, con diez encuentros es suficiente. Ahora, tenés que estar dispuesto a pescar. No tenés que estar tomando mate, disfrutando el día. Tenés que estar ansioso. Me ensenó que lejos de ser inútil la literatura es algo o a lo cual vale la pena dedicarle la vida.  
Hay que tener hambre. P.R: Mucha. No tener nada en la vida. Porque en el texto nunca va a estar el contexto que trae el texto. “El único problema del artista es la forma y parece haber sido olvidado”, me dijo una vez Abelardo. Muchas cosas que él me dijo yo no las entendía. Lo que no entiendo, hago de cuenta que lo entiendo, a ver si algún día cae. Y todo cayó. Abelardo me avivó; yo lo admiro, él es mi horizonte. Él siempre dice que el compromiso no es del escritor, sino del hombre, porque el escritor primero es un hombre. Abelardo es una persona que compromete su talento en función de su conflicto moral. Por eso es tan grande. El otro Judas es una obra monumental. Él ahí no habla de la traición; habla de la confesión. Lo mismo con la primera persona que aparece en El que tiene sed. La primera persona no puede ser un chiste, tiene que tener un tono confesional. “El hombre es el animal que cuenta”, dice Abelardo. Que alguien busque una mejor definición. A mí no me preocupa que lo lean bien o mal. A la larga lo van a leer bien. Yo lo sé. Porque a la larga sobrevive la buena literatura.  
L.I: ¿Se enteró de que están por publicarse los Diarios?, ¿qué es lo primero que se le viene a la cabeza? 
P.R: Su relación con Sylvia. Me gustaría saber qué sintió con una mina tan linda y tan talentosa que lo bancó tanto. Me interesa mucho su vida privada. Hasta dónde se siente más sano que antes. Lo que quiero decir con esto es que yo todavía me siento un deficiente moral; de todas las cosas que hice en mi vida, todavía siento que tengo mucho para dar. Entonces quiero proyectarme un poco en él. Me importa mucho su intimidad, cómo manejó su culpa, lo que pueda haber escrito sobre su madre. Pero sobre todo su vida con su mujer. Sylvia me parece una persona de otro mundo, una escritora talentosísima que cada vez escribe mejor. Hay palabras prohibidas: amor, alma, ternura. Y para mí, todo eso es Abelardo. Una potencia intelectual descomunal que me hace sentir eso: el amor como un motor del universo, es decir lo contrario del amor propio. A veces creo que esta gente es eterna. Si yo me siento discípulo de alguien en la vida, es de mi abuelo y de Abelardo Castillo.  

miércoles, 22 de septiembre de 2021

El cruce del Aqueronte, por Abelardo Castillo

 





 Escribe Abelardo Castillo*

            Se despertó de golpe, sin abrir los ojos, aterrado y cubierto de sudor. Era de mañana, lo supo por el tenue color polvo de ladrillo que filtraba la luz a través de sus párpados cerrados. El corazón le latía con grandes mazazos, al ritmo del mundo, que se bamboleaba y saltaba y caía como si estuviera a punto de partirse como un huevo. En realidad no era el mundo lo que parecía amenazado por un cataclismo (no al menos en un sentido inmediato), sólo que Esteban Espósito con los ojos apretados y rígido de miedo no tenía por ahora la menor intención de averiguarlo. Dios mío, pensó, si salgo de ésta. Porque lo que sí adivinaba sin mucho esfuerzo es que al llegar a este sitio, cualquiera fuese el sitio donde ahora se hallaba, debió de estar tan descomunalmente borracho como muy raras veces antes en su vida, lo que no es poco decir si tenemos en cuenta cuál había sido su manera habitual de soportar el mundo en los últimos cinco o seis años. Y aunque resulte curioso, esta comprobación lo llevó a pensar que, bien mirado, no existía ningún motivo para imaginarse en peligro. Excepto por la sed y los golpes como timbales de su corazón y la necesidad increíblemente nueva de tomarse un whisky, cosa que nunca le había ocurrido antes al despertar, excepto, pensó con algo vagamente parecido al humor que esté en peligro de muerte, por colapso alcohólico. Pensamiento que dejó de causarle gracia al mismo tiempo que lo formuló y que tuvo la virtud de hacerle olvidar el whisky. No abrió los ojos. Hizo algo aparentemente menos lógico: cerró, con cautela, la boca. Nadie lo vería dormir con la boca abierta por más que, según todas las señales, ésta fuera la última mañana del mundo. Supo, con los ojos cerrados –lo supo mucho antes de comprender que aquello no era el mundo, sino un ómnibus expreso, ómnibus que Esteban había conseguido tomar de algún modo y que ahora acababa de entrar en un desvío de tierra–, supo que era pleno día y que, dondequiera que estuviese o lo hubieran metido, podía haber testigos. Dormir con la boca abierta es una obscenidad, un signo de abandono, de abyección. Testigos o testigas. Porque, la verdad sea dicha, lo único que le importaba era que pudiera verlo una mujer. El ómnibus dio un nuevo bandazo, Esteban oyó por primera vez el zumbido del motor y tomó plena conciencia de que aquello era un ómnibus. Bueno, pensó calmado en parte, aunque sin dejar de sentir una especie de inquietud, parece que finalmente conseguí tomar el ómnibus. Se llevó, con disimulo, la mano a la frente empapada. La mano no tembló. Luego, sin abrir los ojos y con casual naturalidad de alto ejecutivo que viaja en ómnibus porque no ha conseguido pasaje en avión y tiene el coche descompuesto, se alisó el pelo: entonces sintió que le dolía terriblemente el parietal izquierdo. ¿Qué era? ¿Un golpe? O el lógico dolor de cabeza, primero de los castigos o agonías que siguen a eso que los libros llaman una noche de juerga, pero que él, Esteban Espósito, treinta y tres años, ex futuro maestro de su generación, había aceptado llamar finalmente con el más apropiado nombre de alcoholismo crónico, en un acto de coraje que un mes atrás lo había ennoblecido hasta la Bienaventuranza ante el espejo del baño, pero que no modificó en absoluto su amistad cada día más estrecha con el whisky y la ginebra, si bien siempre le quedaba el consuelo intelectual de sentirse dueño (todavía) de una lucidez implacable. Las dos cosas. El lógico dolor de cabeza y un golpe. Ahora palpaba el hematoma del cuero cabelludo, la inflamación a todo lo largo del hueso. No habré cometido la idiotez de pelearme con alguien. ¡O caído! Pero de pronto recordó el taxi, con alivio recordó que esa madrugada, al tomar el taxi, y por algún misterio, calculó que el auto tenía umbral, pisó el aire, se fue hacia adelante y dio con el costado izquierdo de la cabeza contra la puerta. Lo recordó con un alivio un poco inexplicable y abrió los ojos: era de mañana, en efecto, y nadie lo miraba. Pero era tan de mañana, y con un sol tan repugnante y redondo colgado de su propia ventanilla, que fue como si le reventaran un petardo en la cabeza. Dios mío, pensó, cómo pude ponerme un traje semejante, porque de acuerdo con la altura del sol no era mucho más de las ocho y, a mediodía, ese traje de lana y su chaleco podían llegar a enloquecerlo, sin que esto fuera ninguna metáfora. Corrió la cortinita de la ventanilla y cerró los ojos. No se quito el saco ni el chaleco. Otras cuestiones lo distrajeron. Con qué dinero había tomado el ómnibus, por ejemplo. Y dónde la había dejado a Mara. O cómo consiguió llegar a su casa desde la fiesta, porque ahora también recordaba la fiesta. Y sobre todo: cómo hizo para subir las escaleras hasta su departamento, vestirse, volver a bajar, tomar un taxi y llegar a la estación de ómnibus. ¿Y adonde iba? Esteban abrió los ojos con espanto. Pero no debía alarmarse. Lo fundamental en esos casos era no alarmarse. Se arregló el nudo de la corbata. Con una fugaz admiración por sí mismo comprobó que tenía prendido el botón del cuello. Iba a Entre Ríos, sí. A Concordia. Vestido como para una excursión a Nahuel Huapi, pero iba, decentemente, a dar una conferencia sobre alguna cosa (que ya recordaría) a algún lugar llamado Amigos del Arte, o Amigos del Libro. O amigos de hincharme las pelotas, pensó de pronto al darse cuenta de que no llegaría antes de las cuatro de la tarde, suponiendo que llegara, porque quién le aseguraba que ese ómnibus iba a Entre Ríos, quién podía asegurarle que él, esa madrugada, hubiera hecho inconscientemente algo tan sensato como sacar un pasaje para el verdadero sitio al que iba. Metió la mano en el bolsillo interior del saco buscando el pasaje. A punto de gritar, retiró la mano. Sus dedos habían tocado un pequeño objeto peludo. Ahora estaba aterrado realmente y sentía todo el cuerpo empapado al mismo tiempo. Era absurdo. "No soy tan borracho." ¿No? "No, no al menos como para tener..." ¿Alucinaciones?, ¿táctiles? ¿Alucinaciones táctiles? "Está ahí; eso, lo que sea, está realmente en mi bolsillo." ¿Está? ¿Podríamos jurarlo?¿Podríamos jurar que nunca, antes, habíamos tenido una, para decirlo de otro modo, una pequeña confusión de ningún tipo? "Sí, puedo jurarlo", murmuró locamente Esteban, y al comprender que había hablado casi en voz alta hundió la mano en el bolsillo y apretó con ferocidad aquella cosa, su pequeña pelambre, mientras una náusea incontenible le subía agriamente a la garganta, y un segundo después se encontró mirando con estupor en la palma de su mano un cepillo de dientes, un hermoso cepillo de dientes de mango azul como el cielo, como los ojos de una mujer de ojos azules, como cualquier cosa azul y transparente en este portentoso mundo de flores azules y viajes al lugar exacto, porque ahora, después de meter la mano en otro bolsillo, encontró un pasaje donde se leía Transportes Mesopotámicos, marcado con un agujerito redondo como la boca de un pez, como una perla, como toda cosa redonda y mínima que Dios haya puesto sobre su azul y redondo mundo en el lugar correspondiente a la ciudad de Concordia. Se quitó el saco y el chaleco. Habría estado muy borracho la noche anterior, perfecto. Tan borracho como para no recordar casi nada de lo que había hecho (¿dónde la había dejado a Mara?,¿era Mara?), pero no tan borracho como para olvidarse de salir correctamente vestido con un traje de lanilla que, pensándolo bien, era lo más adecuado para sobrellevar el fresco repentino de las noches litorales, ni tan borracho como para olvidar esto, el Símbolo de nuestra Civilización y nuestra Cultura, de manera que si el esperado cataclismo hundiese el planeta los arqueólogos del futuro podrían reconstruir a Espósito y su mundo, su irrisión y su conmovedora grandeza, a partir de este solo dato. Imaginó con cierta ternura, junto a sus incorruptibles huesos, la incorruptible baquelita azul del cepillo. Cuando intentó ponerse de pie para dejar el saco y el chaleco en el portaequipajes, comprobó que no había estado borracho, sino que, técnicamente hablando, todavía estaba borracho. Y de qué modo. Mirando desde allí el portaequipajes, comprobó otra cosa: no se veía valija ni bolso de mano, ni objeto alguno que fuera suyo, sobre todo, no un portafolio. Y él recordaba perfectamente un portafolio, negro, con manija, baratísimo y suyo, sin valor para nadie que no fuera el hombre que ahora volvía a transpirar y se aflojaba la corbata con un tirón tan brusco que le saltaron dos botones de la camisa, su portafolio de material sintético, negro estuche de su alma, dicho sea con toda ironía, o Caja de Pandora de tres por cinco donde sin embargo, dicho sea sin la menor ironía, anidaba la Esperanza, por no llamarla Redención. Esteban recordó haber llegado a su casa sin Mara (¿dónde la habría dejado?, Mara o la que fuera), vale decir, solo. Vale decir que no pudo haber entrado en ningún bar. Nunca bebía solo. Nunca, o todavía. ¡Bah!, anda al carajo con tus interrupciones, pensó. O sí, el único lugar donde aceptaba beber sin compañía era su casa, pero no hasta emborracharse, y esto sí que era extraño y hasta novedoso, era un poco anormal desde el punto de vista clásico, ya que esta gente (los borrachos, pensó, los enfermos alcohólicos), como los drogadictos, tienen una manifiesta tendencia a la soledad cuando están en racha, al anonimato, a los bodegones sórdidos, cosa que a Esteban le resultaba bastante inexplicable porque, según pensaba ahora ya totalmente olvidado del portafolio y hasta de su alma inmortal cautiva en el portafolio bajo la especie de un gran cuaderno Leviatán de hojas cuadriculadas, la soledad únicamente se soporta estando sobrio, sólo es bella y contiene al hombre como en el centro de una perla negra, si se está sobrio, en cambio, el mundo, que repentinamente había derivado desde una redonda transparencia con azules flores de campanilla hasta la forma algo arbitraria de una escupidera cuyo contenido venía a ser la Civilización, y sobre todo ciertos borrachos, y sobre todo ciertos escritores borrachos (excepto los muertos venerables), en cambio el mundo no puede ser soportado con menos de medio litro de whisky bajo la camiseta, pensó Esteban como si cantara en medio de un incendio, imagen que estuvo a punto de revelarle una teoría general y algo catastrófica sobre el destino de la Cultura Occidental, y sobre el arte, esa borrachera de la cultura, y sobre sí mismo como una especie de cordero borracho inmolado por amor a la sobriedad, al equilibrio y a las flores azules. Y sabe Dios adonde habría ido a parar si la necesidad de escribir todo esto (de escribir una carta, pensó) no le hubiese hecho recordar el portafolio. Tenía la costumbre de apoyarlo junto a la pata de las mesas, en los bares, pero, por las razones filosóficas ya apuntadas, él no había entrado en ningún bar. O sí. ¿El bar de la estación? Imposible. Y no porque esta misma mañana no se hubiera sentido capaz de refutar su sana teoría sobre él y los bares, sino porque en la estación de ómnibus no había ningún bar, no uno abierto. Ni tampoco en los alrededores, porque ahora se recordó a sí mismo, portafolio en mano, buscando con alguna desesperación un bar abierto por la calle Hornos. –"Nortespierto" –oyó, junto a la oreja. Una dulce electricidad le erizó los pelos de la nuca. Y mientras alcanzaba a pensar que esa expresión no era un giro literario, comprobando al mismo tiempo que a su lado no había nadie, cosa que ya sabía, recordó el nombre de la calle (¡Hornos!) y sintió que se le helaban los dedos debajo delas uñas. Su asiento estaba reclinado; el contiguo, no. En el hueco vio una nariz y un ojo. El ojo era más bien verde, pero Esteban, por una cuestión de cábala, lo miró como si fuera azul. Ojo que pertenecía a una encantadora anciana que acababa de preguntarle al señor del asiento de adelante, o sea a él, si ya estaba despierto. Esteban, con la espalda muy rígida contra el respaldo y la cabeza vuelta en dirección al ojo, tenía, o le pareció, un vago aspecto de persona a punto de ser fusilada, y, a causa de la torsión del cuello y de los ojos, cierto aire de pánico que de todos modos no lograría atenuar mientras debiera atender por entre los asientos a la anciana dama, quien, créase o no, le estaba hablando a Esteban de su portafolio. –Usted me lo puso en la falda, al subir –decía la bella mujer antigua del asiento de atrás–."Cuídemelo bien", me dijo, y se fue a dormir a su asiento. –Me acuerdo –dijo soñadoramente Esteban. –Pero yo me bajo acá cerca, en Zarate –decía el Hada de los Poetas–. Así que no sé. Yo debí tener una abuela así, pensó Esteban casi con lágrimas, o aunque más no fuera un ama de llaves como ella. Nunca me habría atrevido a defraudarla. Nunca me hubiese caído de cabeza en la bañadera al volver de madrugada, nunca me hubiese deslizado en la oscuridad para robarle el Licor de las Hermanas. Y todo, lo sé, todo habría sido distinto. –Démelo, démelo nomás –dijo. La abuela, que hasta ese momento seguía con el portafolio sobre su falda, hizo ademán de levantarse. No, pensó horrorizado Esteban. Ella no debía ponerse de pie. Y él, menos. Perder el equilibrio justamente ahora hubiera sido horrible, hubiera sido infame. Dios lo perdona todo, menos cosas como ésta. –Por el agujero nomás –dijo, deslizando la mano entre los dos asientos–. Pásemelo por el agujero. De inmediato, y olvidándose por completo de dar las gracias y quizá hasta olvidando a la anciana, descorrió el cierre del portafolio, sacó el cuaderno, sacó un frasquito de anfetaminas, se tragó dos de un golpe y buscó una lapicera: encontró tres. Como equipaje, era representativo: un enorme cuaderno, las anfetaminas, tres lapiceras, una camisa, un libro de Jack London y una bombilla para tomar mate cuya procedencia y utilidad ya iría descubriendo con las horas, aparte del citado cepillo de dientes que, vaya a saber por cuál arranque de ternura, había decidido llevar no en el portafolio, sino junto a su corazón. Apoyó sobre las rodillas el cuaderno abierto en una página en blanco. Lo veía todo muy claro ahora. Y todo quería decir todo. El mundo. Y su relación con el mundo. El porqué de su relación con el mundo y el porqué de su relación con Mara (con todas las mujeres, sí, pero especialmente con Mara), y el porqué de que a veces, durante la noche, todavía se creyera capaz de terminar su libro, y aun muchos otros libros que les hablaran a los hombres de otro hombre, de Esteban Espósito, con una voz tan angelicalmente bella y demoníaca que ellos se espantarían de sí mismos si eran perversos y, si no lo eran, quizá comprenderían que él de veras se había crucificado inmundamente, y se estaba matando, y se había hecho odiar por todos los que alguna vez lo amaron y ya había dejado de amar, y casi no podía sentir un solo sentimiento humano, por la pasión de ser feliz, de que todo hombre fuera feliz, por la locura de que todo hombre y aun toda cosa fueran bellos y felices, motivo por el cual se fue convirtiendo en lo que era, un egoísta hijo de puta, un sórdido egoísta hijo de puta que se emborrachaba por miedo a vivir y se acostaba con otras mujeres por miedo a vivir y no era capaz de confesarle a Mara que nunca la había querido por miedo a vivir, y a dejarla vivir, y ya ni siquiera escribía por miedo a vivir. Pero esta vez iba a decirlo palabra por palabra, a confesarlo todo. Iba, siquiera por una sola vez en su vida, a hacer algo irremediable, algo absolutamente sincero y honrado, e irremediable, pensó, o quizá ya lo estaba escribiendo porque desde hacía unos minutos se había puesto a escribir frenéticamente, ahogado por el calor y casi a ciegas, sacudido por los bandazos del ómnibus y los propios bandazos de su corazón mientras comprendía en algún lugar de su conciencia que le era absolutamente necesario conservar este delirio, esta embriaguez, porque si no escribía hoy esta carta no se iba a atrever a escribirla nunca. Hoy lo había emborrachado Dios. Y en el mismo momento en que empezaba a meditar en el sentido cabal (religioso) de la palabra embriaguez, advirtió que el ómnibus estaba deteniéndose. Zarate. La Balsa. En la Balsa había una especie de confitería. Se pasó la mano por la frente empapada. No, no iba a bajarse. Como aureolada, la Abuela Mística del asiento de atrás pasó junto al asiento de Esteban. No llevaba valija ni bolsón, llevaba un paquete, porque todas las abuelas del mundo viajan por el mundo con paquetes. Ella le sonreía. Y Esteban también sonrió, sólo que en dirección a su rodete, vale decir un poco a destiempo porque ella ya había pasado. De modo que no la vería nunca más. Y de modo que ella había venido custodiando, desde la mismísima calle Hornos, su portafolio y, sobretodo, su ancho cuaderno Leviatán, de cuatrocientas páginas y, sobre todo, doscientas de esas cuatrocientas páginas cuadriculadas de su gran cuaderno de tapas duras, robado, seis años atrás, en una ruinosa librería de Córdoba que, por si no se cree en el destino, se llamaba nada menos que Fausto. Bruscamente, Esteban se puso de pie, mejor dicho se puso de pie sin pensarlo y eso lo ayudó a pararse. O quizá ya le estaban haciendo efecto las anfetaminas, porque se encontró dando grandes zancadas por el pasillo del ómnibus detrás del rodete de la abuela, al que alcanzó a decirle "gracias" en el momento exacto en que llegaba a la puerta. Ella se dio vuelta y volvió a sonreír. "Pero hijo", murmuró como una música. Y Esteban la vio irse de su vida, con su gran paquete y rodeada de ángeles o de parientes que la esperaban, parientes o ángeles a los que no quiso mirar porque también le pareció oír la voz de un chico quien, en contados segundos, le robaría para siempre el amor de la abuela, que sin saberlo, y más que nada sin importarle, había venido custodiándolos diez primeros capítulos de algo que en términos generales podía llamarse su apuesta contra el tiempo, o el embrión, informe, pero el embrión, de su grande y verdadera conversación con el demonio: su Pacto con el Diablo. En el pasillo del ómnibus algunos impacientes parecían tener una idea distinta de la de Esteban acerca del uso de la puerta, pero ¿qué hubiera pensado la abuela de horas sin pensar en otra cosa, y especialmente sin pensar demasiado en lo que escribía, la carta estaría terminada antes de que el cansancio, el alcohol y las anfetaminas, actuando como de costumbre, lo fulminaran en un sueño que podía durar dos o tres horas más y del que despertaría, también como una fulminación, en un estado tal que ningún directivo de Amigos del Libro, sin conocerlo, podría diferenciar de la más absoluta normalidad. Antes, claro, debía lavarse la cara y los dientes. Y antes, en alguna parada del ómnibus, comprar un sobre, una estampilla y echar la carta. Después de esto vendría el sueño. Y al despertar, en el pueblo anterior a Concordia, recién entonces se lavaría la cara y los dientes. Y se cambiaría la camisa. Y al llegar a Concordia, ¿Quién bajaría del ómnibus? Un escritor todavía joven, pálido por el viaje y ojeroso por las diez horas de calor y ripios, vagamente parecido a Montgomery Clift en Mi secreto me condena, casi tan inmortal como diez años antes, aunque mucho más solo. Y así fue como Esteban Espósito supo que ése no era el día de su muerte. Y escribió. Semi ahogado, por el calor, con el cuaderno sobre las rodillas encogidas, el cuerpo empapado por la fiebre, y la garganta y la nariz resecas, escribió, poniendo mucho cuidado en dibujar las palabras, de manera que se podría haber dicho que lo hacía casi con amor, si la necesidad de presionar la lapicera sobre el papel y la costumbre de apretar los dientes no le dieran al acto un cierto aire de ferocidad, metido en ese ómnibus que corría bajo el sol por un increíblemente liso camino de ripios abierto en algo bastante parecido a una selva, y que quizá era una selva si sus nociones de geografía argentina no eran muy fantásticas (¿me habré perdido yo también en medio del camino de mi vida?, ¿será pueril la asociación?, ¿entenderás, no digo ya las palabras, entenderás siquiera mi letra?, ¿querrás llegar, como yo, hasta el final de este cáliz, o carta, o acto de purificación, o crimen?, ¿no querrás imaginar generosa, y sobre todo cobardemente, que todo esto es obra de un borracho, ni siquiera de un borracho, ya que está muy claro que yo no soy ellos, sino obra de una borrachera, una especie de acné tardío que se cura con el matrimonio y sus consiguientes preocupaciones por la leche en polvo, la diarrea estival y otras responsabilidades civiles?), sabiendo que si se detenía a pensar un segundo, todo estaba perdido, poniendo mucho cuidado no sólo en dibujar las palabras sino en evitar que las gotas de sudor cayeran sobre el papel y las borronearan con efecto doblemente desastroso, Esteban escribió. Tenía conciencia de que nunca volvería a recordar nada de lo que ahora le resultaba tan claro: sabía, sobre todo, que si no acababa esa carta y la despachaba a Buenos Aires antes de llegar a Concordia, volvería a leerla y le parecería insensata, y hasta se felicitaría por no haberla enviado, y esta misma noche, caminando entre los palmares sometido al imperio de la Luna, o más bien acostado en cualquier hotel con alguna joven asistente a su conferencia bajo el efecto de varios whiskies, acabaría explicando que su relación con Mara era un horror demasiado complejo para que no fuera también un modo del amor, por lo menos del agradecimiento, y terminaría preguntando por qué tenía que venir a encontrarla justamente a ella(a la muchacha de la conferencia, no a Mara), justamente en ese momento de su vida y en esa ciudad de mierda, y si las cosas marchaban bien conseguiría que la muchacha viajara de vez en cuando a Buenos Aires, hasta que la incomodidad, la amenaza de un cariño conflictivo u otro conferenciante asesinaran este idilio de luciérnagas. Y también lo escribió. O escribió algo que equivalía a eso. Con una alegría angélica, con un dolor absoluto, purísimo, como el que debe sentir un animal con el vientre rajado, escribió. Escribió sobre su cobardía y su egoísmo, y era consciente incluso del egoísmo y la cobardía que significaba la liberación de escribirlo. Escribió muchas veces la palabra amor, y escribió, o creyó que escribía, cómo él había nacido para celebrar el amor y cómo, sin que nadie tuviera la culpa, fue cayendo poco a poco en el odio, primero hacia sí mismo y luego hacia ella, un odio que le corrompió el corazón pero no alcanzó a destruirlo porque él aún creía, él sabía, que el amor vendría a instalarse sobre la triste Tierra. Y escribió qué era lo que quería de la vida, y cómo, aunque esta misma noche buscara desesperadamente una muchacha contra la cual poder dormirse y mañana volviera a emborracharse y quizá ya no le quedara tiempo, no le estuviera permitido acabar aquello para lo que había venido al mundo, desde hoy sólo viviría para consumar su idea de la vida. Que no es, escribió, lo que vos llamarías ser feliz. Porque vos te conformabas (!) con la felicidad y yo descubrí hace años que el mero hecho de vivir implica que la felicidad no existe, y que, en todo caso, eso que ustedes llaman felicidad, ese sol risueño, esa pequeña flor de cada mañana, aunque es cosa buena a los ojos de Dios y se puede construir acá abajo y da alegría, no tiene nada que ver con mi destino. ¿Qué cómo lo sé? Porque yo, Mara, o cierta clase de humoristas como yo, estamos en el fondo mucho más dotados que nadie (Esteban tachó por primera vez una palabra y puso ustedes) para esa felicidad que voy a llamar humana, aunque lo mejor sería hablar en plural y decir pequeños cristales límpidos y redondos, felicidades. No habría más que abandonarse y aceptar las pueriles, hermosas, inocentes cosas de la vida, atarse ala vida y dedicarse a crecer y multiplicarse, ni hace falta amar, basta un poco de alegría. Yo sé que pude eso y no lo quiero, y ahora, aunque lo quisiera, ya no podría, porque también sé que algo hice, o sucedió algo, que me volvió desdichado, ya termino, algo que me dejó sin alegría para compartir con nadie. Y escribió dos o tres palabras más, levantó la cabeza, lo sorprendió la calcinada inmovilidad del paisaje y volvió a escribir acto de fe. Ya que entre nosotros es un poco grotesco hablar de actos de amor. Y firmó. Y recién entonces tomó plena conciencia de que acababan de cruzar la segunda balsa y que ahora estaba en el comedor de una posta de la ruta. No tenía una idea muy clara de cuándo (ni cómo) había bajado del ómnibus. Vio brumosamente que el señor petisito se anudaba con dignidad una servilleta en el cuello. Vio a través de la ventana la desolación de una calle de tierra y un quiosco de revistas y cigarrillos. Todo esto era importante, le hubiera gustado saber por qué. Con mucho cuidado arrancó del cuaderno las hojas escritas y las dobló. Se puso de pie: debía comprar un sobre. Eso era. Y una estampilla. Buscó en el bolsillo delantero del pantalón y verificó que le quedaban cien pesos. Si su experiencia no le fallaba, debía tener más, tan arrugados como éstos, distribuidos secretamente en los lugares más astutos. Por cábala no siguió buscando. Ya aparecerían a su debido tiempo. No había que mostrarse desconfiado con la Divinidad, ni impaciente. Moisés debió meterse la varita en el culo cuando sintió el impulso de volver a golpear la piedra. Lo que tenía que hacer ahora requería cierta firmeza de carácter: llegar al quiosco. Y antes, pasar entre esas dos mesas y abrir la puerta. El quiosco estaba fácilmente a seis o siete metros. Llegó. Se apoyó un segundo en la vitrina de los caramelos. –Un sobredijo, o al menos le pareció que lo dijo. La calle, a pleno sol, era una especie de calle del Far West.  No se veía más que la estación deservicio, el restaurante, este quiosco y dos o tres casas en cuyas puertas la gente parecía vender sandías o grandes zapallos. –Qué –oyó. El hombre del quiosco lo miraba con demasiada fijeza. Esteban comenzó a transpirar. No sólo pedir un sobre, sino estampillas. Y había algo más, algo en lo que hasta ahora nadie ha pensado. La idea le heló la espalda. –Y un buzón –dijo. El hombre se echó hacia atrás. Esteban lo miró directamente a los ojos. –Un sobre –repitió con absoluta claridad y en un tono más bien amenazante–. Un sobre para cartas. Y una estampilla. Y dígame –dijo contemplando la calle de tierra, descubriendo a su lado un pato que lo miraba sin interés– dónde hay un buzón cerca. Un buzón o algo. –Porque de pronto pensó que en los pueblos, suponiendo que aquello fuera un pueblo, nunca había visto buzones. El hombre, con calma, cortó una estampilla. El pato desapareció moviendo la cola. Buzón, dijo el hombre, un buzoncito. Después le mostró tres sobres. Esteban le sacó de las manos el más grande y metió la carta dentro. Abultada espectacularmente. Compró dos estampillas más. –Buzón no, estafeta –dijo el hombre–. Hay una estafeta seis cuadras para adentro –y siguió hablando, mientras Esteban pensaba que caminar seis cuadras ahora, bajo ese sol, estaba más allá delas posibilidades humanas. Seis de ida, porque además había que volver–. Son noventa pesos –dijo el hombre, alisando sobre el vidrio el billete de Esteban–. Cien pesitos. El vuelto se lo debo. La gente que viaja nunca paga con monedas, y si no pagan con monedas, yo de dónde las saco. ¿Quiere un caramelo? Esos de ahí son de diez. Tiempo de ir y volver tiene, ahora que yo... –y volvió a mirarlo, frunciendo la boca, como si calculara los días de vida que le quedaban a un enfermo grave– . Vea, si usted quiere... –No –lo interrumpió casi con terror. Lo que el hombre iba a ofrecerle era echar él mismo la carta. Y Esteban no podía arriesgarse a que lo olvidara, o la extraviase, o la despachara catastróficamente una semana después cuando él ya hubiera vuelto a Buenos Aires y las cosas tuviesen otro signo, sin contar que, por motivos que ahora no tenía muy claros, echar esta carta era asunto de él–. Gracias – dijo. Y con el portafolio en una mano y el caramelo en la otra, echó a caminar por el centro de la calle. Dos cuadras, había dicho el hombre, primero dos cuadras hasta la casa amarilla de techos colorados. A partir de allí, las otras seis, hacia el río. Lo que hacía un total de ocho, lo que significaba dieciséis. Caminó una cuadra y pensó que se desmayaba; al llegar a la tercera se dio cuenta de que había pasado de largo frente a la casa amarilla, sin verla. Dio la vuelta. Entonaba, dentro de la cabeza, una marcha militar. Cuando llegó a la casa amarilla dobló instintivamente hacia la izquierda, sabiendo, antes de ver las veredas arboladas de naranjos, que no se había equivocado. Parecía la entrada de un pueblo. Debía imaginarse el pueblo si quería seguir caminando. Casas con zaguanes frescos, baldosas y mayólicas, macetones con helechos, viejas señoritas con baúles y trajes de novia, jamás usados, dentro de los baúles. Caminaba muy erguido, pero ahora más lentamente. Desde alguna ventana enrejada, por entre el crochet de las cortinas, debía estar mirándolo una muchacha. El crochet lo ha tejido la abuela. La muchacha tiene ojos violetas y, vaya a saber cómo, conoce su tristeza. Y Esteban se encontró de pronto frente a la estafeta de Correos. La puerta, cerrada con un candado, fue lo primero que vio. Y pudo haber sido lo último (ya que irremediablemente sintió que, por lo menos, se volvía loco) si, a punto de perder el equilibrio, no se hubiera aferrado a una especie de cajón que sobresalía de la pared. Vio en la cara superior del cajón una ranura; vio, mientras recuperaba la verticalidad y el sol cantaba sobre su cabeza, un letrerito que decía: "Correspondencias". Así, con s final: correspondencias. Cuando estaba por echar la carta vio a sus pies un perro de ojitos helados que lo miraba socarronamente. Un perro o algo así como una especie de perro. Y Esteban, que durante un segundo tuvo la nítida impresión de que alguien reía(una carcajadita en el centro exacto de su nuca, no hay un modo más humano de explicarlo), dejó caer el sobre en la irrevocable tiniebla del cajón. El perro, si se trataba realmente de un perro, era más bien pesadillesco aunque algo cómico; tenía el aire de un jabalí liliputiense, pero peludo. Esteban, plácidamente se sentó junto a la escalofriante criatura en el umbral de la estafeta. "Picho", murmuró sin convicción mientras desenvolvía el caramelo. Después, por desviar la vista de su terrorífico compañero de umbral, al que por algún motivo resultaba casi irrespetuoso ofrecerle cualquier tipo de golosinas, hizo como que leía las inscripciones grabadas en el cajón de las cartas. Cuando aquello se quedó quieto, leyó, extasiado e incrédulo, que Betty era bombachuda. Incrédulo no porque lo dudara, sino porque abajo firmaba Dante. Betty Bombachuda, Dante. Y todo envuelto inesperadamente en el dibujo de un corazón herido de un flechazo. El perro lo miraba con malignos ojitos de inteligencia. Esteban se puso a comer su caramelo: "Voy a perder el ómnibus", murmuró con objetividad. "Es notable que, justamente ahora, me pase esto." Después estaba corriendo junto al ómnibus en marcha; sin saber cómo, había vuelto y golpeaba la puerta para que le abrieran. Subió y dijo algo que quería significar: –Despiérteme en la parada anterior a Concordia. En su asiento vio la botellita de agua tónica, intacta; abrió la ventanilla y la tiró al camino: antes tomó un trago no muy grande. Apoyó la cabeza en el respaldo y, como si hubiera recibido una pedrada en la frente, se durmió. Se despertó solo, tres horas después. Bajó del ómnibus y volvió a subir con la cara lavada, la camisa limpia y oliendo fuertemente a mentol. Cuarenta minutos más tarde, los directivos del Círculo Impulso de las Artes, que así se llamaba por fin la estimulante institución, recibían, en la terminal de Concordia, a un no muy conocido pero promisorio y desconcertadamente joven y buenmozo escritor capitalino, aunque en realidad no tan buen mozo ni joven como de aire interesante aspecto juvenil, pese a las ojeras y al gesto caviloso o distante que denotan el hábito de meditar sobre el contradictorio corazón del hombre o el haber rodado varias horas sobre ripios; apuesto disertante que en una mano llevaba un portafolio y con la otra saludaba cortésmente a todo el mundo, y que pareció encantado con la idea de que la muchacha del lunar, esposa del contador Unzain, director del Círculo (desdichadamente empantanado en su campo de Villaguay, a unos cien kilómetros de Concordia), fuera la encargada de hacer que lo pasara lo mejor posible; conferenciante que, si aceptaba quedarse unos días, sería llevado a pasar el week-end a una quinta preciosa cerca de los palmares, y al que pronto todos miraron con asombro. Porque Esteban, en el momento de entrar en el automóvil de su joven anfitriona con lunar, se irguió como electrizado, se llevó la mano a la frente y soltó una carcajada límpida, larga, sonora y bastante fuera de situación. Todo: lo había hecho todo, menos ponerle la dirección al sobre. Era tan cómico, que daba miedo. En el fondo de un buzón de madera donde Dante había dicho su última palabra sobre Beatriz y un asesinado corazón dibujaba para siempre su muerte, en algún lugar del país, del mundo, en un pueblo perdido del que Esteban no conocía siquiera el nombre ni se iba a molestar en averiguarlo nunca, yacía, porque la palabra era yacía, algo así como su propio corazón asesinado bajo la apariencia de un abultadísimo sobre sin destinatario, en el fondo mismo de un cajón de madera, como el propio Esteban Espósito algún día, vigilado socarronamente por un perro como de sueño con ojitos de jabalí. Lo miraban. –No, nada –comenzó a decir y entró en el auto mientras sonriendo repetía que no, que no se trataba de nada que pudiera explicar, no al menos tan pronto. Era, había sido, una especie de broma ,algo muy gracioso. Esas cosas que a veces ocurren en los viajes.

*Publicado originalmente, como cuento, en el libro El cruce del Aqueronte. (Editorial Galerna, 1982). Pertenece al capítulo 2 de la novela El que tiene sed.

(Este texto fue publicado en el blog por recomendación de la escritora Leticia Martinez, autora de De cara al sol.)

 

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Fragmentos de "Ser Escritor" de Abelardo Castillo

 




- Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor ni con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura. 

- Un albañil puede habitar la casa que construye, decía más o menos Sartre, un sastre usar el traje que ha hecho; un escritor no puede ser lector de su propio libro. Un libro es lo que los lectores ponen en él. Ningún escritor puede agregar un sentido nuevo a sus propias palabras. Si puede hacerlo, debería escribir el libro otra vez. 

- El decálogo de Horacio Quiroga está muy bien, siempre y cuando seas cuentista. Pero, por favor, no tomes en serio eso de querer a tu arte como a tu novia. Quiroga lo escribió para enamorar a una alumna suya del secundario. 

- Lo mejor que se ha dicho sobre el cuento es lo que Edgar Poe escribió en su ensayo sobre Nathaniel Hawthorne. No pienso facilitarte las cosas reproduciéndolo. Tendrás que encontrarlo solo. Un escritor es un buscador de tesoros. Los descubre o no. Esa es la única diferencia entre la biblioteca de un escritor y el mueble del mismo nombre de las personas llamadas cultas. 

- Lo que dice Borges sobre los sinónimos es verdad: no existen. Can no es lo mismo que perro ni la palabra ramera tiene la dignidad de la palabra puta. Pero yo te recomiendo un buen diccionario de sinónimos. Uno quiere escribir: “habló en voz baja”. Como eso no le gusta lo reemplaza por “voz queda”, que es espantoso. Hojea el diccionario de sinónimos al azar y en cualquier parte encuentra la palabra “pálida”. Entonces escribe: “habló con voz pálida”, lo que está muy bien.

 - Nunca adjetives en orden decreciente, nunca digas: "Era una montaña titánica, enorme, alta”. Si no te das cuenta por qué, nadie puede ayudarte. Si adjetivaste en la dirección correcta, tampoco te creas un gran estilista. Tal vez buscabas el último adjetivo y te olvidaste de borrar los otros dos.

 - Podrás corregir tus textos o no corregirlos. Tolstoi escribió siete veces Guerra y paz; Stendhal terminó La Cartuja de Parma en cincuenta y dos días. El único problema es cómo se las arregla uno para ser Tolstoi o Stendhal. 

- Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

 - No te preocupes demasiado por las erratas. En el Ulises de Joyce hay cerca de trescientas y los profesores les siguen encontrando sentido.

 - Nunca escribas que alguien tomó algo con ambas manos. Basta con escribir las manos y a veces es suficiente una sola. La gente en general tiene cara, no rostro. No asciende las escaleras, sube por ellas. No penetra en las recámaras, entra en los dormitorios. Evitarás los ventanales y sobre todo los grandes ventanales. Dicho sea de paso, las ventanas no son de cristal: son de vidrio. Lo mismo los vasos. No digas que alguien empezó a cantar o a vestirse si no estás dispuesto a que termine de hacerlo. En los libros la gente empieza a reírse o a llorar en la página 3 y da la impresión de seguir hasta que se muere. Sé ahorrativo: si lo que viene al galope es un jinete, no hace falta el caballo. La inversa no se cumple. La palabra caballo viene misteriosamente sin jinete. 

- Los novelistas y los editores creen que una novela es más importante que un cuento. No les creas. Sólo es más larga. 

- Los cuentistas afirman que el cuento es el género más difícil. Tampoco les creas. Sólo es más corto. El cuento es difícil únicamente para aquellos que nunca deberían intentarlo. Para Poe era facilísimo, para Cortázar, Chéjov o Hemingway también. 

- No te dejes impresionar porque hayan existido Dante, Cervantes o Shakespeare. Todo ocurre siempre por primera vez: también tu libro. 

- Deberás pensar por lo menos una vez por día en esta frase de Nietzsche: “Un escritor debería ser considerado como un criminal que, sólo en casos rarísimos, merece el perdón o la gracia: esto sería un remedio contra la invasión de los libros”.

 - No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle. 

- Si la palabra mercado te hace pensar en la palabra“persa”, quizá no seas muy original pero todavía estás a tiempo. Si la palabra mercado te hace pensar en la venta de tu libro, no insistas con la literatura.

 - Cuidado con las computadoras. Todo se ve tan prolijo que parece bien escrito. 

- Tal vez seas envidioso, rencoroso, un poco estúpido, avaro, mal amigo. No te preocupes. Un buen libro siempre es mejor que la persona que lo escribe. 

- En general cuesta tanto trabajo escribir una gran novela como una novela idiota. El esfuerzo, la pasión, el dolor, no garantizan nada. Es desagradable pero es así. No abandones la cama sin meditar en esto.

 - Nunca tengas los libros que has escrito en tu biblioteca. El lugar de tu libro es la biblioteca de otro.

 - Vas a morirte, nuestro plantea gira agónicamente alrededor de una estrella que ya cumplió la mitad de su vida, el universo entero está condenado a desaparecer. Si eso no te quita las ganas de ser escritor, ¿cuál es el problema?

 - De tanto en tanto recordarás esta historia. Alguien le llevó un manuscrito a Anton Chéjov y le preguntó: —¿Qué hago, maestro? ¿Lo publico o lo tiro a la basura? —Publíquelo —dijo Chéjov—, de tirarlo a la basura ya se van a encargar los lectores. 

- Podrás escribir: “Volvió a verla tres días más tarde”, pero sólo a condición de saber perfectamente (aunque no lo digas) qué le pasó a tu personaje en esos tres días, y por qué fueron tres días y no una semana o un año. 

- No es lo mismo ambigüedad que confusión. Una historia debe tener siempre un único final. Si quisiste sugerir dos o más desenlaces, esos desenlaces son un único final: se llama ambigüedad. Si nadie entiende ni medio se llama confusión. 

- No describas sino lo esencial. La posición de un pie, en casi todos los casos, es más importante que el color de los zapatos. 

- No confundas imaginar con combinar. La imaginación es una locura lúcida. La combinatoria sirve para elegir corbatas. 

- Gide decía que con buenas intenciones se escriben malos libros. La verdad completa es que con malas intenciones también se escriben malos libros. Lo que nadie sabe es cómo se escriben los buenos.

 - No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar. 

- Los sueños ajenos son invariablemente aburridos. Nunca olvides que tus propios sueños, para el otro, son ajenos. 

- No defiendas tu libro argumentando que los críticos son escritores frustrados. Lo verdaderamente peligroso de un crítico es que sea un crítico frustrado.

 - Leer una gran novela o un gran cuento es tan hermoso como haberlos escrito. Si nunca lo sentiste, no escribas ficciones ni, por el amor de Dios, te dediques a la crítica literaria.

 - Isadora Duncan dijo: “Quiero bailar ese sillón”. Tal vez ella pudiera. Pero un novelista, un cuentista, un dramaturgo, no quieren bailar ni pintar ni hacer música con sus palabras. Quieren contar una historia. 

- Montaigne decía que él empezaba a pensar cuando se sentaba a escribir: Edgar Poe, que más vale no sentarse a escribir sin haber terminado de pensar. En el fondo es igual. Se puede pensar con la cabeza o sobre un papel. Pero a pensar sobre el papel no lo llames escribir. Se llama primer borrador

. - No publiques todas las estupideces que escribas. Tu viuda se encargará de eso. 

- Dijo Poe: “No es lo mismo la oscuridad de expresión que la expresión de la oscuridad”. Un escritor contemporáneo, tal vez distraído, dijo lo mismo con las mismas palabras. No importa. Lo que debe importarte es que es verdad. 

- Lo que llamamos estilo sucede más alla de la gramática. No es lo mismo decir: “ahí está la ventana” que “la ventana está ahí”. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda sintaxis es una concepción del mundo. 

- En el origen del conocimento y de la literatura está el acto de contar. La crítica de la razón pura nos cuenta loque Kant pensaba de los límites de la razón; los versos de La Eneida, la epopeya del Lacio; el teorema de Pitágoras, el cuadrado de la hipotenusa. El hombre es el único animal que cuenta. 

- Escribir como se quiere es destreza. Escribir lo que se debe, probidad. El más grande y el peor de los escritores se parecen en una sola cosa: únicamente escriben como y lo que pueden. 

- Nunca pidas que te presten un buen libro. Los buenos libros se compran o se roban. 

- Si un libro te gustó mucho podrás regalarlo. Pero nunca lo prestes: vas a necesitar desesperadamente releerlo esa misma noche.

 - Un hombre que dedique toda su vida a casi cualquier cosa puede llegar a ser una eminencia de algún tipo. Dedicarse toda la vida a escribir novelas sólo garantiza dolores de espaldas.  

- Hay cierta clase de grandes escritores a los que uno, después de leerlos, quisiera llamar por teléfono. Esto lo decía Salinger, y Salinger, justamente, es uno de esos escritores. 

- Hay otra clase de grandes escritores a los que mejor no conocer: son la mayoría. 

- Cortázar solía decir que empezaba sus cuentos sin saber a dónde iba. No le creas. En sus mejores cuentos lo sabía perfectamente, aunque no supiera que lo sabía.

 - Los grandes novelistas aconsejan ignorar el final de la historia, no tener nada claro qué hará el personaje en el próximo capítulo, no atarse a un plan previo. A ellos si podrás creerles, pero con moderación. Digamos, hasta llegar a la página 150. Más allá de eso, saber tan poco de tu propio libro ya es mera imbecilidad. 

- Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas personas deslumbrantes o esos universos demasiado intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así: era así. 

- No creas en las máximas de los escritores. Tampoco en éstas. Lo que cautiva de una máxima es su brevedad; es decir, lo único que no tiene nada que ver con la verdad de una idea. 

 Géneros 

No creo en los géneros literarios. Creo, sin embargo, que el cuento es una forma estética nada casual, y sospecho que no cualquier escritor es cuentista. Se puede ser un gran poeta y no saber escribir un soneto, como le pasaba con frecuencia a Neruda, y también se puede ser un gran escritor en prosa sin haber escrito jamás un buen cuento. La inversa, en cambio, no se cumple. Un hombre que escribe grandes sonetos es necesariamente un gran poeta. Petrarca o Garcilaso, digamos, o Miguel Hernández. Un hombre que escribe grandes cuentos es fatalmente un gran escritor. Poe, Chéjov, Borges, Cheever, Akutagawa, Cortázar. No tengo opiniones sobre literatura. Heine decía que las catedrales fueron hechas porque los hombres que las construyeron no tenían opiniones, sino convicciones. Seguramente no construiré nunca una catedral, pero, al menos, tengo una convicción: un buen cuento es una historia contada de la única manera posible. Fragmento de entrevista: “El cuentista siempre sostiene que lo más importante del cuento es el final. Quiroga decía que las tres, cuatro primeras líneas son casi tan importantes como las tres últimas. En La madre de Ernesto, por ejemplo, el cuento es el final. Una mujer que pregunta por su hijo que no está mientras se cierra el deshabillé, esa imagen es todo el cuento, el sentido general. Lo que tengo que hacer luego es justificar la historia hasta llegar a ese momento. No es una receta literaria, es la misma teoría que utilizó Poe y los grandes cuentistas. Ese final no es una cuestión formal, es de fondo. Cuando el final es sorpresa el cuento es malo, todos los cuentos policiales tienen finales sorpresivos, en general eso no sirve. Nadie lee un cuento policial dos veces porque ya sabe lo que va a pasar. Sin embargo, podemos leer dos y cincuenta veces el Hombre de la esquina rosada.”

El arte de convertirse en escritor original en tres días, ensayo de Ludwig Börne

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