Escribe John Cheever*
Nací
en Boston en 1869, en una familia de maestros de escuela y capitanes de barco
que había vivido en Boston desde antes de lo que alguien pudiera recordar.
Éramos pobres y mi madre viuda regentaba una casa de huéspedes. Mi otro hermano
y mi hermana trabajaban, y yo me preparaba para empezar a trabajar tan
pronto como terminara la escuela secundaria. Decidí entrar en el negocio
del calzado y ser viajante de comercio. Quería ser viajante de comercio como
otros quieren ser doctores o generales o presidentes.
Cuando
tenía doce años dejé la escuela y conseguí un empleo como cadete en una firma importante
que fabricaba botas y zapatos. Durante el primer año mi salario fue de cien
dólares. Luego me promovieron a dependiente y pasé a ganar doscientos
dólares al año. No era fácil conseguir empleo por ese entonces y tuve que
trabajar duro para conservar el mío. Cuando iba al trabajo las calles
estaban vacías, y cuando regresaba a casa, vacías y oscuras. Por fin se
me dio la oportunidad de aprender el otro extremo del negocio, el de la
construcción, en una fábrica de calzado en Lynn. Fui a vivir allí en una
casa de pensión y aprendí cómo se hacen los zapatos.
Todavía
sé cómo fabricar un zapato. Puedo decir el precio y a veces incluso el
fabricante de casi todos los pares de zapatos que veo; aunque en ocasiones
me enferma mirarlos, tan mal hechos están. En fin, trabajé allí por cinco años, y en 1891 mi salario se había elevado a setecientos dólares. Ese fue
el año en que me dieron mi primera oportunidad de vender en la calle.
No
lo olvidaré nunca mientras viva. Tomé un tren de Boston a Nueva York y otro
desde Nueva York hasta Baltimore. Me gusta viajar en tren. (Cada vez que
he pasado unas vacaciones en el campo, caminaba todos los días hasta la
estación para ver pasar el único tren de la jornada).
Tenía
un traje nuevo y una nueva bolsa de viaje y una valija de muestras y un par de
zapatos nuevos. Qué infierno cómo dolían esos zapatos. Nunca más he
viajado con zapatos nuevos desde entonces. Mi billetera rebosaba de dinero
para gastos. El dinero también me gusta. Cada vez que tengo dinero en el
bolsillo y cada vez que tomo un tren para otra ciudad, parece como si mi
vida estuviese comenzando otra vez. Cuando subí a aquel tren me parecía que mi
vida estaba comenzando.
Esa
vez fui a Baltimore, como dije. Llegué a Baltimore al final de la tarde. Tomé
una sala de muestras en el hotel Carrollton. En la habitación había agua
corriente pero no había baño. La tarifa era de cuatro dólares al día,
incluyendo cuatro abundantes comidas, si uno las quería.
El
hombre que recibía tu sombrero en la entrada del comedor, me acuerdo, jamás te
daba un ticket, pero siempre le devolvía el sombrero correcto a cada
pasajero. Una propina de diez centavos era más que suficiente. Los
camareros eran corteses y tenían un aire distinguido. El comedor se
encontraba en el segundo piso. Me quedé dos días e hice lo suficiente para
cubrir mis gastos y mi salario por poco menos que el costo de venta que
había estimado la oficina central. Cuando volví, mi jefe me felicitó.
Ese fue mi primer éxito y el comienzo de una serie de éxitos. Mi madre había muerto ya y mi hermano y mi hermana estaban casados. No vi mucho a mi madre al final de su vida y siempre lo he lamentado. No tenía mucho interés en saber lo que hacían mi hermano y mi hermana. Tenía mi propia vida. Eso me mantenía ocupado todo el tiempo. Cada cartel que miraba y cada forma y color que veía y hasta la lluvia y la nieve me hacían pensar en argumentos de venta y en zapatos. Trabajé con esa firma hasta 1894 y luego tuve una mejor oferta en Syracuse, así que para allá me fui. Estaba embolsando tres mil dólares al año, en ese entonces. Siempre viajé en los trenes más rápidos y me hacía cortar la ropa por un buen sastre y me quedaba en hoteles caros. Tenía un montón de amigos y muchas mujeres. El tiempo pasaba rápidamente. Mi salario se incrementaba en mil dólares cada año.
Aquellos años en el camino fueron los mejores y parecía que nunca iban a terminar. Con frecuencia vendía dos cajas de zapatos en lo que me tomaba un vaso de whisky. La mitad del tiempo no sabía qué hacer con el dinero. Era exitoso. Era más exitoso de lo que jamás había imaginado que podría ser; incluso cuando tenía doce años. Pasé todos esos años en trenes y clubes nocturnos y hoteles. Periódicamente mi zona cambiaba, de manera que en un momento u otro cubrí cada sección de los Estados Unidos. Conozco bien los Estados Unidos y amo este país. Incluso hoy puedo recitar cientos de nombres de ciudades como si fueran nombres de mujeres, y conozco los hoteles y los horarios y hasta el humo de los trenes tiene un dulce aroma para mí.
Tenía
diez trajes y veinte pares de zapatos y dos veleros, que guardaba en Boston y
en los que salía a navegar cada vez que estaba en la ciudad. Apostaba a
los caballos en todos los grandes hipódromos y jugaba al solitario en
Canfield, y a los dados y a la ruleta. Era masón y socio honorario de los
Elks y tenía dos grandes primas de seguro.
Mi
récord de ventas variaba según cambiaban las condiciones, pero mis ingresos
se mantenían cerca de los diez mil. Bajaba en algunas temporadas y subía
en otras. Sequías, fuertes lluvias, modas, muertes, peleas entre socios,
todo tenía sus efectos en el negocio, pero básicamente era el mismo
negocio que había estado aprendiendo desde que tenía doce años. Si perdías un
cliente siempre podías ganar otro. Los míos eran compradores individuales
que trabajaban para firmas individuales. Los zapatos que yo vendía eran
hermosos y caros. Además, el negocio tenía temporadas de alza porque los
hombres usaban botas en invierno y zapatos Oxford en verano, y nadie usaba
nunca zapatos Oxford en invierno. Si alguno lo hacía estaba loco.
En 1925 mi salario comenzó a bajar, pasó de diez mil a ocho mil. En esa época estaba trabajando para una firma en Rockland y tenía mi cuartel general en el hotel Statler de Detroit. Al final de aquel año, la firma abandonó el negocio. Empezaba a hacerse sentir la tendencia de moda hacia los zapatos baratos. Fueron prudentes al retirarse cuando lo hicieron, en lugar de quedarse esperando como los idiotas que fuimos los demás.
A
comienzos del año siguiente empecé a viajar para una firma de Lynn, pero
marcharon a la quiebra cuando apenas había estado con ellos nueve meses.
Todos los hombres sensatos cambiaban de ramo y se olvidaban del asunto.
Pero yo no podía cambiar de ramo y olvidarme del asunto. Tenía cincuenta y
siete años. Estaba envejeciendo. No sabía de otra cosa que de trenes,
hoteles y zapatos.
Después
de eso traté de encontrar otra firma que fabricara la clase de zapatos que
estaba acostumbrado a manejar, pero no la encontré. Todas estaban
liquidando o a punto de irse a la quiebra. Finalmente salí a vender
zapatos baratos para una firma de Weymouth, Massachusetts.
Era la primera vez en mi vida que vendía zapatos mediocres y odiaba tener que hacerlo. Tenías que vender mil pares para recaudar lo que en los viejos tiempos hacías con cien. Mis ventas apenas si cubrían mi comisión, mi salario y los gastos. Trabajé duro y vendí montones de zapatos, pero no lograba sacarles ninguna utilidad. Era como tratar de parar la lluvia con las manos. En esos últimos años nunca ganaba más de tres mil dólares.
Después
de eso, todos mis viajes cerraban en rojo. Los métodos para hacer
negocios habían cambiado más rápido de lo que yo podía cambiar. Las
cadenas de zapaterías y las zapaterías manejadas directamente por los
fabricantes desplazaron a los pequeños comercios.
Los
zapatos baratos desplazaron a los caros. Los boletos de tren aumentaban y no es
que las tarifas de hotel bajaran precisamente. El puñado de distribuidores
independientes que quedaban no compraban lo suficiente para pagar los
gastos de venta. Vivir al minuto, así lo llamábamos.
Para
mi cumpleaños número sesenta y dos me encontré sin trabajo. No he vuelto
a trabajar desde entonces. Me estoy poniendo viejo. Mi póliza de seguro
caducó. Se me acabó el dinero. Mi
hermano y mi hermana han muerto. Mis amigos murieron. El mundo en el que
sabía cómo moverme, cómo hablar y cómo ganarme la vida ha desaparecido. El
ruido del tráfico bajo la ventana de esta habitación amoblada no hace otra
cosa que recordármelo.
Hemos sido olvidados. Todo lo que sabemos no sirve para nada. Pero cuando pienso en mis tiempos por los caminos y en lo que hacía y en lo que ha sido de mí, rara vez pienso en todo eso con amargura. Hemos sido olvidados como viejas guías telefónicas o como almanaques viejos o como la luz de gas o esas grandes casas amarillas con cornisas y cúpulas que construían antes. Eso es todo. Aunque a veces me siento como si mi vida hubiese sido un fracaso total. Lo siento a veces por la mañana, mientras me estoy afeitando. Me pongo enfermo, como si hubiese comido algo que no me cayera bien, y tengo que bajar la navaja y sostenerme de la pared.
Este cuento fue publicado en el libro Fall River. Trece cuentos no reunidos.