Escribe Nancy Bearzotti
Mi hermana me llamó para avisarme que se había
muerto el tío Ramón, lo velaban en Lanús a la noche.
- Me llamó Marta, parece que tuvo un ACV, se quedó
dormido y no se volvió a despertar.
Se hizo un silencio incómodo.
- ¿Escuchaste lo que te dije?
- Aja.
- Mami quiere ir al velorio y yo esta vez no la
puedo acompañar; ya sé lo que vas a decir, que te queda re lejos, que no te
gustan los velorios; pero pensá en mami, quiere estar con su hermana. Por una
vez, no seas egoísta y andá.
Corté, no le dije ni que iba ni que no, creo que la
dejé hablando sola.
Detesto la pantomima del velorio, y amo la novela
“Los asesinos en los días de fiesta”, está claro que no es divertida la muerte.
Lo descubrí sin querer, sin tener capacidad para procesar esa información a los
ocho años, en el velorio de Leonardo Chiesa, mi compañerito de la escuela
primaria del que estaba perdidamente enamorada.
Y ahora mi hermana me pedía que fuera justo a ese
velorio. Esbocé una mueca irónica, me reí en silencio y con desprecio; a ellas
ya se los había contado.
No me sorprendió su llamado, mi familia es como los
personajes de la película “De eso no se habla”.
Lo que me sorprendió fue no poder ponerle palabras
a lo que sentí en el cuerpo cuando supe que había muerto.
En fracción de segundos vi la película completa de
esa parte de mi infancia con mi tío y el dolor me traspasó como la puñalada que
debí haberle dado si hubiese podido discernir o acaso vislumbrar mínimamente lo
que ese señor hacía conmigo; ya era tarde. Pero no para que los recuerdos se
agolparan uno tras otros al punto de que tuve que sentarme porque creí que me
desvanecía.
Lo primero que vino a mi memoria fue el último
partido de Racing contra Independiente en la cancha de Racing, ese que terminó
tan violentamente como mi niñez.
Los peligrosos partidos de los domingos fueron
suplantados por la visita a la casa de mi tía Amelia, que alquilaba en esa
oportunidad un departamento muy bonito en Remedios de Escalada.
Siempre íbamos con mi madre, recuerdo que al abrir la
primera puerta subíamos un piso por una escalera de mármol beige con manchitas
marrones como lunares irregulares y que Alicia, mi prima e hija de Amelia y Ramón
estaba apoyada sobre el marco de la puerta del departamento e iba a nuestro
encuentro para acompañarnos directo a la cocina, donde nos esperaban las otras
hermanas de mi mamá, tomando mate, comiendo facturas y jugando a los naipes.
Mi mamá solo descansaba los domingos, descansaba de
todos, incluso de mí.
Tal es así que cada vez que yo intentaba acercármele,
me mandaba a jugar con mi tío Ramón.
Él siempre estaba en el living comedor, con la
televisión encendida y el volumen bien alto como sonido cómplice.
Yo me acercaba aterrorizada, no podía escapar de lo
que venía.
Era un ritual, como el juego de naipes de mis tías,
solo que este no era un juego tan simple, era el de un depredador devorando su
presa. Este hombre me sentaba sobre sus piernas y abusaba de mí.
El pene de mi tío fue el primero que conocí. Los
besos en la boca, húmedos y desagradables fueron los suyos. Todo el cuadro me
erizaba la piel, era un sinsentido que ese dolor de estómago me atravesara en
presencia del mejor amigo de mi padre. Yo tenía siete años.
Durante mucho tiempo tuve un sueño recurrente,
despertaba toda transpirada.
Iba con mi mamá y hermana al almacén de Nesca,
sobre Moreno, cruzando la calle Del valle Iberlucea. En la vereda había un pozo
profundo y a ambos lados una hilera finita de baldosas. Mi madre y hermana
caminaban una por cada lado y cuando llegaban al final del abismo, desde el
otro lado me gritaban, “dale, cruzá, no seas estúpida”. Yo lloraba a gritos y
le pedía a mi mamá ayuda. Ellas se reían, yo caía en el pozo y antes de tocar
fondo me despertaba llorando, con la garganta oprimida.
Nadie entendía porque soñaba esa pesadilla, nadie
tampoco intentó averiguar demasiado.
Decidí ir al velorio, a esa parodia, mi familia
completa estaba al tanto de quién era mi tío, era un secreto a voces su
perversión.
La mañana siguiente a su noche de bodas, mi tía Amelia
fue trasladada a un hospital por un desgarro en la vagina, su marido la
destrozó. Así comenzó ese matrimonio, esa pareja de cómplices.
Con el tiempo me fui enterando de que Ramón era un
violador serial. Su hija no lo recuerda, pero tampoco entiende porque cuando se
acuesta con un hombre ve el rostro de su padre.
Así que salí de casa, tomé un taxi desde Belgrano a
Lanús solo para poder verle la cara por última vez y siendo adulta a ese
monstruo que me arrebató la inocencia.
Llegué a casa de mi madre y allí estaba: afligida.
Nos subimos al auto, habló todo el viaje y no recuerdo una sola palabra; yo
estaba en otro lado recordando por primera vez en años el dibujo exacto de los
labios de Ramón, la imagen la veía pegada, muy cercana a mi cara, como cuando
me sentaba en sus rodillas y pasaba aquello. Abrí la ventanilla del auto, en
pleno invierno porque me faltaba el aire.
Al llegar a Velatorios La paz, entramos en la sala
donde desde lejos se veía el cajón, sus deudos abrazados, me sentí un personaje
clave de una película de Almodóvar o Alex de la Iglesia, por lo bizarro.
En la medida en que me iba acercando escuchaba las
palabras; Que en paz descanse. ¡Pobre! Pero no sufrió, por suerte no sufrió…
Las escuche cuatrocientas cincuenta y ocho veces, -
Que en paz descanse. Y yo me pregunté, ¿Acaso descansa? ¿Merece descansar?
¿Adónde descansa?
Si es así, tengan a bien informarme, tengan a bien
darme la oportunidad de terminar con mi vida para que esto no quede impune, en
el momento en que lo encuentre en el limbo de los descarriados, me ocuparé de
torturarlo; día tras día, noche tras noche.
Ya estoy frente al cajón, su cara sin expresión no
le quita lo depravado. Lágrimas de satisfacción se deslizan por mi rostro, sin
embargo, no puedo emitir sonido quiero gritarles a todos que eso que está ahí
es un sapo verde, uno asqueroso que arruinó mi vida.
Me pierdo, me creo la historia de que la venganza
es un plato que se sirve tan frío cómo está su cuerpo y que pronto seré un
fantasma. Y me repito, como un mantra a mi muerte, hagan lo que quieran
conmigo, si es cajón y ceremonia, se ocuparán de que me vea limpia y
presentable, si voy directo al horno, me vea como me vea, ya no me verán más.
Deseo fervientemente que no utilicen las siglas
QEPD, porque imagino imposible que alguna vez halle la paz.
Abrazo a mi tía Amelia y a mi prima llorando
desconsoladamente, formando parte de la farsa. El fruto nunca cae lejos del
árbol.