miércoles, 22 de junio de 2022

Pablo Ramos: "Abelardo Castillo me enseñó que, lejos de ser inútil la literatura, es algo a lo cual vale la pena dedicarle la vida”


Entrevista a Pablo Ramos sobre la vida y obra de Abelardo Castillo, publicada en 2013 en la Revista "Los Inutiles"







El escritor Pablo Ramos en una entrevista del año 2013 con la Revista "Los Inutiles" habló sobre su relación con el maestro Abelardo Castillo. "Con Abelardo me pasa lo mismo. Dialogo con él, lo releo, lo vivo. El que tiene sed estuvo en mi cartera, en mi bolsillo, en mi mochila, en fotocopias, lo perdí, lo regalé. Diez años acompañándome. Él dijo que de no haber escrito El que tiene sed se hubiera tenido que tirar debajo de un tren. A mí me pasa algo parecido: si yo no hubiese escrito La ley de la ferocidad estaría muy amargado. No es que la vida justifica a la obra o al libro; es el libro el que justifica la vida injustificada."
L.I: ¿Qué nos puede decir sobre Abelardo Castillo como persona y como escritor?
 P.R: Hoy diferenciar a Abelardo de su literatura es imposible. Creo que Abelardo es literatura, es su literatura; creo que él es un personaje en sí mismo, un personaje maravilloso. Hablar de él es hablar de alguien que yo siento mi maestro. Voy a contar una anécdota que pasó hace poco: el día en que yo le regalo mi sombrero. En ese momento yo salía con una japonesa que iba al taller de él. Entonces me invitan a ir y cuando llego, Abelardo me dice: “Qué lindo sombrero”. Era un sombrero que me compré en Uruguay, el último sombrerero bueno que hay en el mundo. Me lo saco y se lo doy. Él me dice: “¿Y vos?”. “Yo me la aguanto”, le digo: lo más hermoso que me pasó es que él lo aceptara. La anécdota es que ese día en el taller todos hablaban, y yo que soy un bocón, frente a Abelardo soy un pichón.  
L.I: Pero por respeto y por admiración.  
P.R: Por amor, que incluye el respeto y la admiración. Todo el mundo lo tuteaba. Y cuando alguien me preguntaba por qué yo no lo hacía, por qué lo trataba de usted cuando Abelardo siempre decía que era mi amigo, yo respondía que salía muy beneficiado de eso.  
“Ustedes no saben de lo que se pierden”, les contestaba. Nunca el acercamiento personal me anuló la perspectiva que da la distancia. Estamos hablando, quizás, del intelectual más poderoso que tiene Latinoamérica hoy. Las novelas de América Latina sin las cuales no se puede entender la literatura contemporánea no son las novelas de Roberto Bolaño. Son El desbarrancadero de Fernando Vallejo, El astillero de Onetti y El que tiene sed de Abelardo Castillo. Estas tres novelas conforman una trilogía de lo que es la literatura contemporánea y la manifestación de que la novela puede tomar la forma que quiera.  
En dos libros míos hay un homenaje bien claro a Abelardo Castillo: en El origen de la tristeza y en La ley de la ferocidad, que cualquier ciego se da cuenta de que es una reescritura de El que tiene sed. Lo que quiero decir es que Abelardo atraviesa mi vida. Lo que yo le debo no se puede pagar. La única manera que tengo de pagarlo es lo que hago con mis talleristas, que te pueden decir que me quedo después de hora, que me expongo, que vamos a jugar al ping pong mientras seguimos hablando de literatura, que amanecemos. Porque Abelardo me enseñó que ser un artista o ser un escritor no es escribir textos, sino una posición frente al mundo; que yo soy un artista porque tengo una idea del mundo: una idea que me gustaría. Me enseñó que, lejos de ser inútil la literatura, es algo a lo cual vale la pena dedicarle la vida. Hoy mi vida es todo literatura, escribir me transforma en una persona capaz de tener un poder enorme. Yo di la vuelta desde que él me dijo que no vaya más al taller porque estaba insoportable, hasta ponerme una dedicatoria en Ser escritor que decía: “Para mi gran amigo y gran escritor Pablo Ramos”. Él me enseñó a entender una frase de Kierkegaard que nunca había entendido: “La fe es la capacidad de soportar la duda”. Yo soporté la duda durante muchos años en una pieza de pensión, en una internación psiquiátrica, en una cárcel. De hecho, yo conozco a Abelardo en la cárcel.
 L.I: ¿Cómo fue eso?  
P.R: Yo me como casi un año entre la comisaría y la cárcel de Caseros -no injustamente: me agarraron con setenta tarjetas de crédito truchas. La cuestión es que había un tipo muy importante en mi vida que me metió en los grupos de recuperación. Un día le paso un texto mío, y al poco tiempo el tipo me dice: “Tomá, leé esto”, y me tira dos fotocopias. Entonces miro: El que tiene sed de Abelardo y Don Juan de la casa blanca de Liliana. Yo leo a Abelardo Castillo y a Liliana Heker en la cárcel. Así los conocí.  
L.I: ¿Qué edad tenía usted?
 P.R: Veinticuatro. Por ese entonces yo saco un libro de poemas malísimo, dejo a mi mujer embarazada, me busco un laburo estable. Y hablo con Edgardo González Amer. Él me recomienda el taller de Abelardo. Era el año 96.
 La cuestión  es que escribo un cuento y lo llevo al taller. La primera crítica que recibo de Abelardo es: “Tengo no sé cuántos años y no estoy para escuchar semejante pelotudez”. Me mató. Igual yo se lo agradezco mucho. Me acuerdo que volví caminando, leyendo un Autorretrato a los setenta años, un reportaje a Sartre en el que en un determinado momento le preguntan cómo empezaría una novela si tuviera que comenzarla ese día. Y Sartre dice que arrancaría diciendo: “Me llamo Jean Paul Sartre y pienso esto”. Yo leo esto caminando de vuelta a mi casa y a las dos cuadras me largo a llorar. Cuando llego, me calmo, miro la máquina, pongo una hoja y escribo: “Me llamo Pablo Ramos y pienso esto”. Es el peor cuento de mi primer libro de cuentos, que se llama “Luces de colores”. A los quince días lo llevo al taller y recibo una crítica con todo.  
Pero al final Abelardo, y esto creo que lo saca de Cartas a un joven poeta de Rilke, me pregunta si me importan mucho las críticas. “Me importan, pero no tanto”, le digo. “¿Por qué?”, me pregunta. “Porque este texto es lo que yo pienso”, le digo. Listo. A partir de ahí fui entendiendo todo de Abelardo. Una vez me dijo: “Uno no corrige textos, uno corrige personas”. Durante mucho tiempo di vueltas con eso, hasta que un día lo entendí: la literatura es un trabajo espiritual y el trabajo espiritual está en la corrección. También me enseñó que la literatura es un hecho colectivo. Yo escribía para cuatro amigos y de repente vi mi libro en la calle Corrientes. Cuando vi mi último libro en la calle volví a ponerme a llorar y a comprarlo otra vez. Todo eso se lo debo al viejo.
 L.I: Cuando le contamos a Abelardo sobre esta revista y sobre este primer número dedicado a él, nos dijo que le encantaba la idea y que quería que estuviera usted.  
P.R: Es el premio literario más grande de mi vida que Abelardo me elija para que hable de él. Yo le tengo tanto afecto que no lo llamo por teléfono. O marco y corto. Temo interrumpirlo. Abelardo es el tipo más duro y más inocente a la vez; es el que se cree El espejo que tiembla cuando lo cuenta. Cuando un escritor me dice que Dios no existe, yo le digo está bien, Dios no existe. Pero Esteban Espósito tampoco; Antoine Roquentin, de La náusea, tampoco. Y aun así le debo mucho más a Esteban Espósito y a Roquentin, que al vecino de al lado que no sé ni cómo se llama y que maltrata a la mujer y a los perros. A Esteban Espósito le debo “El cruce del Aqueronte”, le debo la canallada de volver loca a una mujer preciosa. Y a ese libro le debo el hecho de haber borrado una coma con una gillette y haber sentido que era la primera vez que escribía. Yo le mejoré una frase, pero Abelardo no la acepta. Lo que quiero decir es que yo me llevo muchísimo de Abelardo. Cuando entendí que escribir era un trabajo espiritual, dije: “Ya está, ¿qué más le puedo pedir a este tipo?”. El trabajo lo tengo que hacer yo. Abelardo me dio una sartén y el aceite. Yo encendí la hornalla y pongo los huevos. Liliana me dio el orden. Creo que tuve mucha suerte.  
L.I: ¿Cree que Abelardo Castillo está bien leído y que se le da la importancia que debería?  
P.R: No sé cuán leído está, ni cuán bien o cuán mal. Lo que sé es que nadie se da cuenta de que Desconsideraciones es un libro de poemas, un libro donde él le devuelve poesía a cada autor al que le debe la vida. Porque Abelardo no lee libros, vive en los libros que lee. Yo lo siento así y lo aprendí de él: le debo la vida a los libros que leo. Una vez le mandé una carta a Donleavy. Pasa el tiempo y no me contesta, entonces le mando un telegrama: “Fuckyou”, decía. A las pocas horas me llega la respuesta de la primera carta. Me decía que se sentía muy emocionado, mientras le estaba llegando el telegrama del “Fuckyou”. Con Abelardo me pasa lo mismo. Dialogo con él, lo releo, lo vivo. El que tiene sed estuvo en mi cartera, en mi bolsillo, en mi mochila, en fotocopias, lo perdí, lo regalé. Diez años acompañándome. Él dijo que de no haber escrito El que tiene sed se hubiera tenido que tirar debajo de un tren. A mí me pasa algo parecido: si yo no hubiese escrito La ley de la ferocidad estaría muy amargado. No es que la vida justifica a la obra o al libro; es el libro el que justifica la vida injustificada.“La vida es una aventura moral”, dice Abelardo Castillo. Entonces la literatura también debe ser una aventura moral. ¿Qué es ser contemporáneo? Es estar atravesado por los conflictos de tus hermanos. Es estar siempre entre lo que debo, puedo y quiero hacer. Así se construye un personaje: no se construye la psicología, se construyen pasiones. Yo lo entendí con la literatura de Abelardo. El tipo es una bestia, está en un lugar que si lo sabés aprovechar, con diez encuentros es suficiente. Ahora, tenés que estar dispuesto a pescar. No tenés que estar tomando mate, disfrutando el día. Tenés que estar ansioso. Me ensenó que lejos de ser inútil la literatura es algo o a lo cual vale la pena dedicarle la vida.  
Hay que tener hambre. P.R: Mucha. No tener nada en la vida. Porque en el texto nunca va a estar el contexto que trae el texto. “El único problema del artista es la forma y parece haber sido olvidado”, me dijo una vez Abelardo. Muchas cosas que él me dijo yo no las entendía. Lo que no entiendo, hago de cuenta que lo entiendo, a ver si algún día cae. Y todo cayó. Abelardo me avivó; yo lo admiro, él es mi horizonte. Él siempre dice que el compromiso no es del escritor, sino del hombre, porque el escritor primero es un hombre. Abelardo es una persona que compromete su talento en función de su conflicto moral. Por eso es tan grande. El otro Judas es una obra monumental. Él ahí no habla de la traición; habla de la confesión. Lo mismo con la primera persona que aparece en El que tiene sed. La primera persona no puede ser un chiste, tiene que tener un tono confesional. “El hombre es el animal que cuenta”, dice Abelardo. Que alguien busque una mejor definición. A mí no me preocupa que lo lean bien o mal. A la larga lo van a leer bien. Yo lo sé. Porque a la larga sobrevive la buena literatura.  
L.I: ¿Se enteró de que están por publicarse los Diarios?, ¿qué es lo primero que se le viene a la cabeza? 
P.R: Su relación con Sylvia. Me gustaría saber qué sintió con una mina tan linda y tan talentosa que lo bancó tanto. Me interesa mucho su vida privada. Hasta dónde se siente más sano que antes. Lo que quiero decir con esto es que yo todavía me siento un deficiente moral; de todas las cosas que hice en mi vida, todavía siento que tengo mucho para dar. Entonces quiero proyectarme un poco en él. Me importa mucho su intimidad, cómo manejó su culpa, lo que pueda haber escrito sobre su madre. Pero sobre todo su vida con su mujer. Sylvia me parece una persona de otro mundo, una escritora talentosísima que cada vez escribe mejor. Hay palabras prohibidas: amor, alma, ternura. Y para mí, todo eso es Abelardo. Una potencia intelectual descomunal que me hace sentir eso: el amor como un motor del universo, es decir lo contrario del amor propio. A veces creo que esta gente es eterna. Si yo me siento discípulo de alguien en la vida, es de mi abuelo y de Abelardo Castillo.  

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