miércoles, 27 de octubre de 2021

Lorena, Merendero “Amigos del corazón”, por María Colaneri

Escribe María Colaneri*

Y a su canción como al pan

La iban salando sus lágrimas.

Manuel José Castilla

Palabras preliminares

Me propongo en este espacio narrar las historias de mujeres que crearon, dirigen y sostienen algunos de los muchos merenderos y comedores de mi ciudad: Pilar. Un Partido complejo, con sus diferentes localidades y sus tantos, tantos barrios. Estas mujeres trabajan en todos los rincones de la ciudad, luchando contra la injusticia, no con metáforas o teorizaciones sino con el cuerpo y el alma; cuerpos grandes o pequeños, delgados o corpulentos, cuerpos marcados todos por la crudeza de la vida, por la intemperie, por haberse cargado encima a tanto chico y a tanto adulto. Y almas enormes, que me enseñan mucho más de lo que yo pueda enseñarles jamás.

Tuve la oportunidad de conocerlas y seguirlas conociendo en el marco de los talleres que doy en el programa municipal María Romero. Y fueron ellas mismas las que me confrontaron con el deber que en definitiva tengo, no como profesora sino como escritora: escribir. Escribirlas. Poner en palabras lo que ellas piensan, sienten, recuerdan, sueñan, temen, reclaman.

Pero fue particularmente Lorena la que me hizo prometer que iba a escribir su historia. La que me obligó a la promesa.

– Ella va a escribir un libro de mi vida–, gritaba sin parar, señalándome, un sábado en que nos encontramos todas las mujeres del programa.

Entonces otras de las mujeres ahí presentes me recordaron que a ellas también les había prometido llamarlas para encontrarnos, para que me contaran su historia. Algo de esa historia ya habían adelantado por fragmentos en los talleres, de manera desordenada, con enojos e incluso con lágrimas. Porque tanto conmueve escuchar como que alguien te escuche.

Son historias duras pero llenas de esperanza, y por lo tanto llenas de ternura. Estas mujeres lograron transformar la amargura y el dolor en una sonrisa cariñosa y una mano amiga, que amasa cada día, en un plato de comida, un abrazo de madre.

Lorena

Primera parte.

–Decime qué día podés– me dijo Lorena, y yo lo entendí como un ultimátum. Era lunes.

–¿Mañana?

–Mañana– dijo, y quedamos en que la pasaba a buscar por Alberti a las dos, para almorzar juntas.

–Yo invito–, dijo, y agregó: –No falle a su palabra.

Es martes y en Pilar llueve. El tramo desde Villa Morra hasta la Ruta 26 me parece largo, hace mucho que no lo hago. Agarro la Formosa. El barrio en el que solía trabajar me parece más pobre que antes con sus pozos llenos de agua y los zanjones abiertos y el barro a los costados, el barro en todos lados. Pienso que me están mirando porque no soy de acá. Yo soy del otro Pilar, el que la gente dice que es lindo. Doblo en la Cattaneo y hago unas cuadras. Llego al colegio donde Lorena me dijo que nos encontráramos, pero Lorena no está. Me llama por teléfono: Dónde estás, profe, porque así me dice. O doctorcita cuando dice que soy abogada. O simplemente Mari. Me gusta que me diga Mari porque nadie nunca me dijo así en el otro Pilar.

–En la esquina del Padre Tomás–, respondo.

–Ah, ahí te veo– grita al teléfono. –¡Mirá para atrás, Mari! Vengo en una bicicleta amarilla.

Por el espejo reconozco, allá lejos, la figura de Lorena en su bicicleta. Alta y muy delgada, Lorena tiene la piel morocha y el pelo negrísimo. Va a todos lados en su bicicleta, a mis talleres en el Club Argentinos, por ejemplo. Lorena siempre dice que ella se mueve a pulmón, aunque llueva, como hoy. Llega hasta el auto, me saluda por la ventanilla baja, me hace seguirla. Vuelta en U, una cuadra y doblamos a la derecha para que deje su bicicleta en la casa de su cuñada.

–¡Espéreme ahí, profe!–, grita y entra con la bici. Cuando me dice profe, Lorena me trata de usted.

Estaciono y miro la casa. Una reja negra. Un cartel que dice comidas y el detalle: milanesas, fritas, empanadas, y un número de teléfono para pedir. Una casa baja, como armada por partes, en una cuadra de casas que parecen todas armadas por partes. ¡Qué olor a comida! escucho que grita Lorena adentro. Bajo un poco la ventanilla y me viene el olor a frito hasta el auto. Lorena vuelve a aparecer.

–Acá tengo mi merendero, profe–, dice. Tiene una torta frita en la mano.

Sube al auto.

–Quiere que le convide–, ofrece.

Tiene azúcar. Le digo que las prefiero sin azúcar.

–Entonces usted no es santiagueña, profe– dice, y se ríe. Siempre habla de Santiago.

Debatimos un momento si ir a almorzar a un shopping o a un lugar en Del Viso.

–Prefiero Del Viso–, digo, –no me gustan los shoppings.

Ella me dice que también prefiere Del Viso, aunque no sé si lo dice en serio o porque dije lo que dije.

Lorena me guía hasta el restorán. Es Don Camilo, justo enfrente de la estación. Estacionamos justo en frente. Lorena está contenta y yo también. Entramos, nos sentamos en una mesa para cuatro al lado de una ventana, ella del lado de los asientos acolchonados. Se ve la vereda y la tarde gris, la lluvia que cae. Nos traen la carta. Voy a comer una milanesa con puré. Ella mira el menú y dice que va a ser mucho. Después repite: yo como poquito por mi estómago. ¿Qué tenés en el estómago, Lore? Una úlcera.

Me pregunta por mí. No quería hablar de mí, pero Lorena tiene una manera de preguntar sincera. Se acuerda de todo lo que alguna vez le conté. Yo, en cambio, parezco no acordarme de nada. Ella me lo recrimina. Durante minutos hablo de mí, de mi historia.

–Todos terminan contándome su historia, profe– dice. –Y vos, no te acordás de nada de lo que te dije, ¿no?

–¿Empezamos de nuevo?–, pregunto.

–Empezamos de nuevo– dice, y nos damos la mano–: “Hola, soy Lorena, soy santiagueña...”.

Lorena nació en la ciudad de La Banda, en Santiago del Estero, un 21 de octubre de 1978. Tiene cuatro hermanos varones y tres hermanas mujeres. Varios en Buenos Aires, otros en Santiago. Con la hermana que está en Santiago no se habla, no sabe decir bien por qué. Quizá fueron celos, piensa Lorena, porque su mamá andaba siempre encima de ella: que cuidado con la Lore, que no la toquen a la Lore, que la Lore esto, que la Lore lo otro. Y un día, cuando Lorena tenía diecisiete, fue esa hermana la que le gritó en la cara: vos que ni siquiera sos hija de mi mamá. Lorena quedó un segundo helada. Dijo: cómo decís eso, si somos hijas de la misma madre. Su hermana respondió: tu verdadera mamá no te quiso y te tiró a la basura y mami te agarró de ahí. Lorena corrió a encerrarse en su habitación. Tres días estuvo encerrada. Hasta que su mamá perdió la paciencia y casi tiró la puerta abajo: abrime la puerta porque acá yo soy tu madre y vos mi hija y no al revés. Lorena abrió. Su mamá se sentó con ella en la cama y le habló: estaba esperando el momento justo para contarle todo. Le dijo: yo no te tuve, pero yo hice lo mejor que pude, te di todo: mi vida te di, y te voy a defender con uñas y dientes. Lorena escuchó de boca de su “mamá adoptiva”, como ella la llama cuando me cuenta esta historia, la historia de sus padres biológicos. Eran demasiado jóvenes (dieciséis ella, diecisiete él). Su madre biológica se llamaba Teresa y en la casa le dijeron: o lo tenés y lo das, o te lo sacás. Allá en Santiago no es como acá, me cuenta Lorena: si una mujer no quiere a su hijo lo entrega sin papeles ni nada o lo deja en la basura. Su “mamá adoptiva”, su mami, se llamaba Margarita, pero Lorena no la llama por su nombre. Era amiga de la familia de Teresa. Doña Marga le ofreció a la joven Teresa quedarse en su casa hasta que naciera su bebé; entonces podría decidir. Teresa aceptó. Y la panza fue creciendo, o sea, Lorena fue creciendo, y cuando estaba por nacer, Teresa le dijo a doña Marga: no lo quiero tener. Era chica y tener un bebé le arruinaba las posibilidades, le arruinaba la vida. Doña Marga dijo: dámelo que yo me lo quedo. Y eso que mami ya tenía siete hijos de ella, dice Lorena ahora. Sabe que tiene más hermanos por ahí, porque su madre biológica después “hizo la calle” y debe haber estado con uno y quedado embarazada, y después dejado a esos bebés tirados, y así.

Los meses después de enterarse fueron muy difíciles para Lorena. Durmió todas las noches abrazada a su madre, como si hubiera vuelto a ser una niña. Un día su mami les dijo a sus hijos que sentía como unas pelotitas en el estómago que se le movían. Siguieron algunos meses de médicos. Y el 11 de agosto de 2002, recuerda Lorena, su mami se despertó y le dijo que estaba muy cansada, que se iba a quedar en la cama. Sí, le dijo Lorena, quédese en la cama y yo limpio y después nos tomamos unos mates o le preparo un té. Y cuando Lorena terminó fue a la cama y vio que su mami estaba de verdad muy cansada y que apenas respiraba con un ronquido. Doña Margarita se moría. Lorena vio cómo su madre levantaba la mano hacia el cielo y cómo una luz bajaba del cielo hasta la mano levantada de su madre. Lorena lo jura, por Dios lo jura, y ella cree en Dios por sobre todas las cosas, más que en su familia, incluso. Y hace un silencio. Trato de que no se me note que yo también creo en los milagros. Lorena sigue contando: y su mami como que se rio, y Lorena no sabe si vio un ángel o qué pero sabía que se estaba preparando para irse. Estaba tranquila, dice, pero igual se le notaba como un tironeo, como una pelea: que se iba, que no se iba. Lorena le dijo a su hermana que había que llamar a una ambulancia, pero era domingo y una ambulancia un domingo es un imposible en Santiago. Le pidió a una vecina de la esquina y fueron en su auto. En el asiento de atrás viajaron una de las vecinas, y Lorena con su madre. Lorena estuvo a punto de llorar varias veces, pero doña Margarita le apretaba la mano bien fuerte y decía, bajito: no llorés, que siento todo. En el hospital se la llevaron a internar y a la noche les avisaron que había fallecido. Fue el día en que Lorena se quedó sin rumbo.

Traen la comida. Lorena come despacio por su estómago y porque habla, habla mucho. Le pido sacarle una foto.

–Esa es de las viejas–, me dice.

–Es a rollo. La compré hace poco–, digo.

Lorena sonríe para la foto. Tiene unos ojos muy negros y profundos, y la mirada pícara. Le pregunto por su papá. Traga un bocado minúsculo, mira por la ventana y sigue contando. 

*Esta crónica fue publicada originalmente en el portal de Pilar Diario.

martes, 26 de octubre de 2021

Pablo Ramos en la "Feria Itinerante del libro y semana de las Artes de Río Negro"

El escritor Pablo Ramos ofreció una conferencia en la 5ta edición de la “Feria Provincial itinerante del Libro y semana de las artes” que se realizó del 13 al 17 de octubre en El Bolsón. El escritor leyó un fragmento de su nueva novela editada por Alfaguara, "El Origen de la Alegria", que será publicada a fin de año.  




























sábado, 9 de octubre de 2021

Otros verbos, otras existencias, por Paula María Dombrovsky

"Resulta algo curioso que usemos frecuentemente reproducir, reproducción, proceso reproductivo, aparato reproductor, cuando reproducir remite a verbos como copiar, imitar, reiterar, duplicar. Incluso este diccionario, sumamente cuestionado, dice producir para decir procrear. Aun así, usamos reproducir cuando sabemos que un cuerpo humano nunca reproduce como si hiciera una copia a otro cuerpo".



Escribe Paula María Dombrovsky *

Durante los primeros años en la práctica docente preparaba cada minuto de la clase, leía pies de página, fragmentos de otros autores referidos en los textos que me tocaba dar. Horror vacui es una expresión que refiere al miedo al vacío que se da en el arte islámico, relleno de detalles y ornamentos. Horror al vacío era lo que me llevaba a anticipar y prevenir cualquier posibilidad de quedar en vacío, no conocer de antemano la respuesta a alguna pregunta de alguno de los estudiantes.
La diferencia entre tener y no tener en la facultad de psicología tiene una significación disciplinaria particular. Los varones tienen, las mujeres no tienen. Es una lectura posible, según aquello que se considere que es valioso tener. O aún más, si se considera que es valioso tener algo. La pregunta es qué pasaría si fuera valioso tener vacío o portar el vacío.
Hace más de diez años practico la docencia y si bien reconozco que disfruto los momentos en que puedo presentar ideas de los autores con los que trabajo, también tengo escrito en grandes letras arriba del plan de cada clase la indicación de hacer preguntas y esperar silencios, porque descubrí que soportar el vacío y dejarlo actuar hizo que cada clase sea una creación novedosa, contar con la sorpresa. La paciencia ante algunos silencios y el armado de preguntas más que respuestas permitió dejar aparecer algo de esa magia de la creación, de lo nuevo inesperado, la palabra renovadora de estudiantes creando lazos entre lo que escuchan, lo que vivieron y leyeron. Algo nuevo aparece ahí, una invención, una nueva lectura, otra versión, una di-versión. Hacer con ese vacío, soportar el vacío habilitador para que pueda decirse algo diferente, producir algo además de la reproducción de fórmulas de autores clásicos, un decir singular a partir de ese encuentro, algo que surge en ese intersticio. Esa es la potencia de cada clase.
El vacío ya no como horror sino como un contorno dispuesto a recrearse, armar una estructura para dejarla vacía, hacer el esfuerzo de no completarla, si se llena, permitir que vuelva a vaciarse. El espacio vacío para el hallazgo de lo diverso, lo que sale de la línea, el punto en otro lugar, el oído entornado pero vacío para escuchar otra cosa diferente al ruido de la repetición de lo mismo. El vacío no vale, no se cuenta dentro del proceso, no es nombrado, el vacío no se tiene, el vacío no produce ¿el vacío no produce?
Producir. La Real Academia Española define producir como: 1. Engendrar, procrear, criar. Se usa hablando más propiamente de las obras de la naturaleza, y, por extensión, de las del entendimiento; 2. Dar, llevar, rendir fruto; 3. Rentar, redituar interés, utilidad o beneficio anual; 4.Procurar, originar, ocasionar; 5.Fabricar, elaborar cosas útiles; 6.Facilitar los recursos económicos y materiales necesarios para la realización de una película, un programa de televisión u otra cosa semejante y dirigir su presupuesto; 7. Exhibir, presentar, manifestar a la vista y examen aquellas razones o motivos o las pruebas que pueden apoyar su justicia o el derecho que tiene para su pretensión; 8.Crear cosas o servicios con valor económico; 9.Explicarse, darse a entender por medio de la palabra.
El verbo reproducir, al igual que producir, es un verbo transitivo, es decir que necesita de un sujeto y un objeto, una acotación semántica, dado su amplio abanico de significados posibles. Llamamos reproducir al verbo que define a una de las funciones propias del aparato genital o reproductor femenino, mayormente entendido como un aparato compuesto por útero, trompas de falopio, ovarios, vagina, clítoris, vulva, labios, cérvix. Algunos significados, provenientes de la misma academia, nos dicen que reproducir significa: 1. Volver a producir o producir de nuevo; 2. Volver a hacer presente lo que antes se dijo; 3. Sacar copia de algo; 4. Hacer que se vea u oiga el contenido de un producto visual o sonoro (reproducir una cinta, por ejemplo); 5. Ser copia de un original; 6. Dicho de los seres vivos: engendrar y producir otros seres vivos de sus mismos caracteres biológicos. Los sinónimos que se enumeran son repetir, reiterar, duplicar, imitar, calcar.
Ahora bien, es notable la diferencia cuando los seres vivos son sujeto del verbo: reproducir para los seres vivos significa producir otros seres, engendrados por esos seres y desde esos seres, a partir sus caracteres biológicos. Reproducir entonces, según este diccionario, significa producir, algo que parece evidente, ya que producir otros seres es diferente a copiar o volver a producir. Resulta obvio, pero seguimos diciendo reproducción y reproducir.
Resulta algo curioso que usemos frecuentemente reproducir, reproducción, proceso reproductivo, aparato reproductor, cuando reproducir remite a verbos como copiar, imitar, reiterar, duplicar. Incluso este diccionario, sumamente cuestionado, dice producir para decir procrear. Aun así, usamos reproducir cuando sabemos que un cuerpo humano nunca reproduce como si hiciera una copia a otro cuerpo humano, nunca copia al anterior, nunca “de nuevo”, no hace que algo exista otra vez, el ser gestado es parecido, tal vez copia de algunos caracteres, pero no es copia del ser gestante. Existe nuevo, único, jamás re producido.
En biología y medicina se dice reproducir para hablar de los procesos de creación de nuevos seres. Muchas veces escuché decir a compañeros médicos, al hacer investigación, que desarrollar el marco teórico era muy sencillo, porque no hay grandes diferencias teóricas o diversidad de lecturas de lo que es un hígado, en cómo se explica un corazón y los procesos biológicos. Hay diferentes manuales que mantienen lecturas biológicas que parecen muy fieles a sí mismas. Se dice aparato reproductor, el proceso es reproducir, hay una forma normal y otras patológicas. Freud decía que primero cedemos en las palabras, después en las cosas, tal vez haya que dejar de ceder a repetir las mismas palabras para decir cosas diferentes.
Pero sabemos que el lenguaje es arbitrario, que no tiene por qué ser más o menos justo, o más o menos adecuado. También sabemos que los poderes se expresan en lo que se puede y no se puede decir, lo que se nombra y lo que no se nombra, lo que vale y lo que no, lo que puede existir y lo que no. Que existan otras opciones de uso en el lenguaje habilita otras lecturas, otras formas de decir que legitiman otras formas de hacer, otras formas de existir. Este escrito y esta escritora sólo buscan expresar una pequeña pregunta compartiendo una mirada ante la admiración que genera una lucha que lleva siglos. Unas palabras que son gracias a luchas feministas que acarrean debates que son instituyentes porque abren nuevas perspectivas sin destituir las anteriores y sin querer erigirse como la única hegemónica buscan multiplicar, pluralizar las perspectivas, las lecturas del mundo, los sentidos y así provocan preguntas. Esta es una pequeña lectura que existe gracias a tantas otras, que se propone nuevos decires que ofrezcan otras opciones, que habiliten elecciones y preguntas.
La reproducción humana sirve como ejemplo a mano y conocido generalizado para expresar ese otro sentido posible que interesa enfatizar sobre el vacío: hay una existencia que se gesta en el vacío. El útero es ese vacío, que se expande, que crece. Lejos de atenerse a la biología para imponer las formas “normales”, tiene que ver con intentar nuevas lecturas de la biología para nombrar otras cosas. Permitir otras lecturas de la biología, de lo biológico que instituyan preguntas antes que imponer certezas y divisiones. Usar una definición biológica para hacerla estallar nombrando otras cosas. Otro verbo para nombrar esta creación en el vacío, desde el vacío, para valorizar esos vacíos que existen al igual que ese espacio vacío uterino. Algún nombre para esos vacíos gestantes de existencias múltiples: Uterar

1.Uterar: dícese de producir, crear algo nuevo donde había un lugar vacío.

2. Uterar: dar lugar, lugar con entorno flexible, para un ser o más.

3. Uterar: generar vacío que aloje aquello pequeño, frágil, creciente, indeterminado, imperfecto e incierto.

4. Uterar: ahuecar con el destino de expandir, crear, hacer crecer la existencia nueva y potente por sí misma, que se hace lugar en ese hueco que también crece, ingobernable, indeterminado e indeterminable.

4. Uterar: sostener la pregunta, sostener el vacío de respuestas, la inquietud e incomodidad.
Uterar, antes que gestar, permite tomar dimensión de lo cíclico, de ese vacío cuyo borde se engrosa, también para volver a afinarse. Tomar dimensión de lo cíclico también implica un proceso espiralado, pasar varias veces por lugares, sentires, por los que se pasa otra vez, pero de otra manera, en otro lugar, desde otro lugar. El ciclo también implica tiempos de espera, tiempos en plural, de tiempos diferentes a la inmediatez, tiempos de proceso, de contemplaciones, de observación, de ver qué pasa, de apertura a lo inesperado. Tiempos de hallazgos.
Uterar tendrá que ver con sentir vacíos que crean tiempos para hacer presencia de vacío, hacerlo notar, hacerse sentir, saber positivamente que existe en vacío, que el vacío crea. Una existencia hueca necesaria para generar más existencia y un tiempo para que transcurra.
Uterar nos permitirá pensar la carencia, la falta como valor, la carencia como pulsante. Uterar resalta el valor de no estar lleno, de no colmar, evitar acumular, de vaciarse para producir otra cosa, para que se geste otra existencia. Incompletar, vaciar, ahuecar permite crear, produce.
Uterar busca dar lugar al vacío, pensar el no tener como potencial creador. No poseer el peso, sino el espacio vacío que puede verse vinculado con el concepto de deseo, que se funda en la idea de la falta como motor causante, movilizadora, máquina de trabajo creador, vacío productor, uterador. Inspirarse en el útero como forma del cuerpo para despegar de allí multiplicando estructuras posibilitadoras, conceptos huecos y siempre abiertos a lo diferente, a lo acallado, a lo que no está nombrado, a lo que todavía no existe. Un vacío como margen de visibilidad de otra cosa, de existencia de lo imposible, de lo que aún no podemos imaginar.
Eso que leemos y decimos existe según cómo esté construido su sentido, sea por sus utilidades, funciones, valoraciones. La construcción y deconstrucción de sentidos, las lecturas que pueden hacerse de esas materias que nos rodean, lecturas que hacen que algunas cosas existan y otras no, es un proceso siempre latente. Se imponen lecturas que dan valor y poder a algunas cosas y a otras no. Sistemas de sentidos que establecen por ejemplo que vale la pena el tener y también qué vale la pena tener. Acumular, completar, llegar, perfeccionar, terminar son verbos que insisten al hablar de procesos. Incompleta, faltante, con falta, sin tener, deficitaria, son todos conceptos partidarios de lógicas totalizantes, en donde el todo, lleno, completo, perfecto, sin falta ni defecto, es el ideal al cual aspirar.
El ejercicio propuesto sobre el verbo Uterar es un intento por mostrar lo que pueden las palabras, al entramarse en los juegos del poder, pero también que debemos producir nuevos vocablos para nombrar otras lógicas, que den lugar, que generen un nuevo espacio, justamente, a partir de la incompletud estructural.

*Este texto publicado en la revista digital revistafroi.com fue recomendado para su publicación en el blog por Pablo Ramos.


lunes, 4 de octubre de 2021

La Ciudad de la Luz: la alegría no es solo brasilera, por Pablo Ramos




Escribe Pablo Ramos

(Dedicada al Bandi, el globero bailarín de la plaza de Pilar)


María recién había alquilado nuestro actual departamento en La Morra, el mismo en donde ahora escribo, y faltaban comprar algunas cosas. Como en su cumpleaños ella no iba a estar en Buenos Aires decidí adelantarle el regalo y comprar el sillón que tanto le gustaba. Fuimos juntos a la fábrica, una que queda por la Ruta 8 ya que tengo por costumbre comprar todo en los comercios y las fabricas locales, siempre.

Se vivían momentos de mucha paranoica, con o sin razón. Lo digo así, pero dejo en claro que ante la duda y aún estando en leve desacuerdo con algunas medidas, las acaté una por una. Prefiero estar equivocado junto a mi pueblo que ser un gorila anti-barbijo o anti-vacuna. Es sofocante que mucha gente no pueda entender el carácter netamente político de las cosas. Y acá quiero detenerme un poco, hacer un intermedio de la crónica, porque estamos en época de elecciones y porque la cosa puede ponerse fea si Larreta se perfila para presidente.

Es de público conocimiento mi amistad con Jorge Ferraresi, también mi admiración hacia él y mi trabajo en la comunicación de todo lo referido a mi hermosísima Avellaneda. Los chicos de mi productora I Believe dejaron ya por un largo tiempo nuestros proyectos artísticos para ayudar a sostener esta revolución avellanedence, perdiendo muchas cosas que podíamos haber hecho, pero ganando en logros para el municipio. Comunicar mejor con la calidad de forma y contenido que la gestión actual merece.

Cuando conocí a Ferraresi yo me di cuenta de que era una enorme posibilidad para mi gente. Lo pude ver en una corta primera conversación. Vi la honestidad y la hombría de bien de quien me hablaba: Ferraresi. Soy un ser muy atento a la primera impresión.

Creo que la primera impresión prima, justamente, sobre las dificultades que uno pueda tener luego con las personas. Y que si uno no está atento a ella está todo más que bien. La segunda impresión, la tercera y la cuarta, solo terminan por desdibujar la percepción; la vuelven vulgar, desenfocada. Casi todos tenemos esa capacidad, y vivimos así sin darnos cuenta. Pero no hablo de una primera impresión sacada de la irreflexión, mucho menos de los medios, muchísimo menos del Grupo Clarin, de TN, etc.

Hablo de una primera impresión profunda; o sea, que venga de un momento en el cual estamos conectados con nuestro entorno y somos capaces de tener reacciones de la razón, no del prejuicio, o de la mala información. Fíjense lo que pasa con estos medios hegemónicos, la gente termina discutiendo noticias, no hechos.

Fue de notorio conocimiento lo que hizo TN con Villa Azul en Avellaneda, tan notorio porque logramos, desde la oficina de comunicación, hacerles pedir perdón. ¡A TN! Habían pasado enfrentamientos de gente contra la policía que reprimía violentamente diciendo que sucedía en Avellaneda. El vasco Iñaki Echeverría, mi querido hermano y socio, (un enorme productor de medios audiovisuales ganador de varios Martín Fierro uno por HISTORIA DE MUJERES DEVOTAS ¿lo recuerdan? junto a Ariel Gurevich y Santiago Losa). Bueno, él, se quedó toda la madrugada tratando de encontrar de dónde eran esas imágenes. En Villa Azul no pasaba nada: ¡nosotros estábamos ahí! La pandemia estaba en el punto rojo y la gente atendida por el Estado avellanedence: gente tratada no solo con respeto sino con amor, como se la sigue tratando, y como la seguirá tratando nuestra otra dirigente extraordinaria, Magdalena Sierra, que seguramente mi pueblo va a poner a cargo de nuestro destino en las próximas elecciones.

Finalmente Iñaki, a las 4 de la madrugada, pudo dar con esas imágenes: eran sacada de CHILE, del conflicto estudiantil. Hijos de puta es la palabra, aunque la madre de ellos no sé si tiene la culpa. Tal vez sí por haberlos parido. No hay peor persona que la que tomó la decisión existencial de ser un sorete. Y esa gente son eso: unos soretes. (Acá tienen el link del pedido de perdón de TN: patético-perverso https://www.youtube.com/watch?v=LBaxwB4GIEw)

Lo que quiero decir en este intermedio de la crónica es que yo tuve la misma buena primera impresión con Federico Achával cuando lo conocí, en una charla cordial que tuvimos en el palacio municipal, y luego lo mismo con Santiago Laurent, en una circunstancia diferente: la de un concierto de Bruno y su grupo De Tanos, una banda de amigos pilarenses. Y aunque no hicimos más que saludarnos y compartir una mesa, y fue durante un día particularmente difícil para mí, él me dio la misma buena impresión que el jefe del estado municipal: dos hombres que quieren una carrera política para servir al pueblo: dos hombres honestos. Y ya que de esto se trata la elección de noviembre, queridos lectores, de que no se perfile Larreta para presidente y así terminar de destrozar a nuestra patria, a nuestro pueblo, como destrozó las estaciones de Villa Crespo, de La Paternal, en la línea San Martin en función de sus negociados. Justamente las estaciones de los barrios más pobres de la gente que sí o sí usa el tren son las que aún hoy están sin habilitar. El tren las pasa de largo y sin embargo, la obra está tan mal hecha, que tarda casi el doble que antes en completar su trayecto.

A veces, en mis delirios, imagino un cruce genético entre Larreta y Lanata. Deberíamos llamarlo… a ver…  LARRETA+LANATA = LARRATA. ¿no? Entonces con un solo nombre nos referiríamos perfectamente a los dos. Y el nuevo engendro dirá las mismas mentiras que ellos dicen sin parar sólo por dinero. Por ninguna otra cosa más que más y más dinero.

Volviendo a la crónica y a esa vez del sillón: el clima mundial estaba horrible. Te atendían fuera de los locales, la vacuna apenas se soñaba y la gente presentía que esto no se iba a acabar nunca. La chica que nos atiende no hace pasar a los dos. Elegimos el sillón y yo pago una reserva que nos garantizaba la entrega a los treinta días

—Es un regalo adelantado de cumpleaños –digo, para despejar dudas de que fuéramos un paganini y su fato.
—Ay —dice la chica—qué papá más bueno que tenés.
—Sí –le digo yo—el padre de ella es muy bueno, pero se quedó en la casa porque le cayó mal un salamín, ¿viste? 
Los colores de la mujer se tornaron el arcoíris de Belcebú. Todos los pálidos que se puedan imaginar. 
—No te preocupes —le dije para calmarla, mientras María disfrutaba la situación de alguna extraña manera. Poniendo esas caras que a veces me son tan difíciles de leer, pero que tanto me gustan. 
—Tengo un hijo un año mayor que ella, pero por suerte soy el novio –agregué— Ser el padre sería muy costoso.
María me fulminó con la mirada. Y ahí la chica se despachó con algo que todo el mar de fondo que llevaba encima. Como siempre me pasa. Nos contó que su papá también estaba con una mujer joven a la que le llevaba más de treinta años, y que…
—No lo van a creer –dijo la chica. Era una amiga de ella que ella había llevado para hacer la limpieza y que había resultado que se levantó al hombre y que se casó con él. Y pasó de ser su amiga a ser su madrastra, y supongo, esto no lo sé, solo lo supongo, a heredar la fábrica de muebles. La primera impresión me había dado “mujer separada”. Y entonces lo dijo:

—Mi ex también —dijo, y pensé que la mujer se me derretía ahí mismo—. Conoció a alguien, más joven que yo. Yo me anoté en Tinder –dijo—, porque también puedo conocer al alguien lindo y joven.

El comentario me entristeció mucho. Y ella siguió y siguió. Lo soltó todo, supongo, porque si tenía más hubiese sido inverosímil.
La angustia que junta la gente es tremenda, por eso existen los Tinderes. Prefiero los tenders, ya que ahí se cuelga la ropa de toda la familia, y prefiero tener familia. Más hijos, o hijas, ojalá María quiera. O adoptar a dos a tres, a cinco pibes. Sin tener la necesidad de ir a buscarlos a las Filipinas, porque están por acá. Como se suele hablar en Palermo Sore. Y llevarme a todos los perros también a un terreno enorme cuando me pueda comprar el terreno enorme, y voy a poder, porque lo voy a hacer escribiendo, escribiendo sobre esta angustia que tortura a la gente y que tanto me tortura: la soledad y el aislamiento. 

—Sos una linda chica, corazón –le dije. María y la chica sonrieron. Mi compañera sabe que me gusta decirle cosas lindas a la gente y que suelo decir “corazón”, una costumbre que tomé en Salvador de Bahía cuando viví allá. Las baianas (sin H) aunque no te conozcan te dicen así: Corazón.

Entonces corazón herido de mujer, herido por el padre, la amiga y el ex marido, espero que no te enojes porque estas palabras no son chismerío; es tratar de entender quiénes somos, de dónde venimos y hacia a dónde vamos.

Pasaron esos días y ayer sábado me lo encontré al Bandi, Andrés, el vendedor de globos de la plaza central. Bailando descalzo y cantando una cumbia. Cantaba y bailaba frente a la atenta mirada del policía que no sé qué mierda vigilaba tanto. La letra decía algo de acostumbrado al amor, crep. Y entonces recordé a la vendedora y su tristeza. Y pensé en comprarle un globo y llevárselo, uno que no fuera amarillo, más vale. Encaré al vendedor y le dije: sos un genio.

—Soy Andrés, El Bandi, el vendedor de globos - me dijo
—Nos sacamos una foto para el diario.
—Más vale –dijo—pero a cara limpia.

Y acá esta la foto, ahora que estamos afuera otra vez, que mi amigo Maxi Salvioli, uno de los directores del hospital San Roque de Gonet, me dijo por teléfono que ya no había más internados por COVID en ese hospital, que estaban muy esperanzados de lo que venía. Vamos, gente. Que vuelva la esperanza, votemos bien nuevamente y salgamos como el Bandi querido, ahora más que nuca. Es el deseo para todos. Para vos también estimado Nacho de la óptica, ya que el lunes voy a buscar mis anteojos deportivos nuevos. Porque me gusta gastar la plata que gano, gastarla acá, porque la plata hay que gastarla en Pilar, en Avellaneda. Hay que comprase cosas, invitar asados, comprar globos, bailar en la calle descalzo. Porque la alegría no es solo brasilera, también es pilarense, más vale. Palabra de hombre del conurbano, palabra de escritor de Avellaneda y de Pilar. Palabra de honor.

*Este artículo es parte de una saga de crónicas publicadas semanalmente por el escritor Pablo Ramos en el diario www.pilaradiario.com.

jueves, 30 de septiembre de 2021

La militancia de la tristeza, por Fernando Daniel Rosso

 





Escribe Fernando Daniel Rosso

Querido papá: Te escribo esta carta porque sé que nunca la vas a leer, no tengo los huevos para dártela en la mano, además ni siquiera tenés mail, ni facebook y si bien hace unos meses usas whatsapp con un celular que te regaló tu mujer, después de que con ella te insistiéramos para que estemos más comunicados, no quisiera recibir una respuesta que me genere más conflictos de los que ya tengo y que la pequeña isla de armonía que pudimos conseguir se hunda por un ataque de sincericidio. Qué estupidez, pienso ahora que lo escribo, nunca estuvimos comunicados, lo que comúnmente se llama estar comunicados: hablarse todos los días, preguntarse cómo estás, desearse un buen día y cosas por el estilo. Vos nunca fuiste de hablar y yo salí a vos, te copié, fui “tu vivo retrato”, como decía mamá, ¿te acordás?

Siempre te quise tener cerca, papá, esa es la única verdad que tengo para decirte. Desde mucho antes que existieran los celulares y lo más parecido era el zapatófono del Agente ochenta y seis yo solamente pensaba en estar con vos y al igual que él cuando se encontraba con el espía que aparecía en los lugares más insólitos yo también esperaba encontrarte en cualquier parte: adentro del tacho de la basura, adentro de la heladera o del placar cuando iba a buscar la ropa para ir al colegio. Creo que vivimos nuestra luna de miel cuando era chico y recién empezaba a pensar las cosas, a preguntarte por el origen de la vida, ¿cómo podía ser que los dinosaurios hayan vivido hace millones de años si nosotros estábamos en el año mil novecientos ochenta y seis y yo podía darme cuenta de esto con apenas siete años? Maradona levantaba la copa del mundo y fuimos juntos hasta la casa del diez a festejar algo que yo no terminaba de entender pero que vos me querías transmitir con todo el amor. Las cuentas no me daban papá, no me daban, y vos pusiste cara seria cuando te hablé de los dinosaurios, como de orgullo, como si en ese preciso momento hubieras tomado conciencia de que tu hijo estaba creciendo y podía pensar más allá de lo que le enseñaban en el colegio o lo que le mostraba la televisión. La abuela me regalo unos libros de dinosaurios que se paraban en las hojas y yo quedé fascinado, fue entonces que me empezaste a llevar a los museos, visitamos el de ciencias naturales en Parque Centenario y el de La Plata, viajamos casi dos horas en tren y fuimos a comer a una parrilla antes de conocerles los huesos a nuestros antepasados. Me acuerdo que la primera vez te agarré del brazo y te pregunté, asustado, si estaban vivos, si todavía estaban vivos y si yo me podía subir encima del Tiranosaurio Rex a dar una vuelta por el parque. Vos me miraste con ternura y me bajaste a la tierra lo mejor que pudiste. “Ya se extinguieron hijo, hace millones de años que se extinguieron pero igual nos están esperando”. Me acuerdo de que antes de entrar te agarré fuerte de la mano, tenía miedo, tu respuesta me dejó en un estado intermedio que no sabría cómo nombrar, entre el susto y la ilusión, y lo único que alcancé a pensar fue que vos me podías defender de los dinosaurios como de cualquier monstruo, que si estaba cerca tuyo nada malo me podía pasar. Supongo que es lo que piensan todos los chicos de siete años que tienen a su papá cerca. Supongo que fue lo que quise seguir sintiendo una vez que ya no estabas a mi lado entonces me oculté tu ausencia. Me negué que ya no estuvieras como antes, que yo había crecido, que tenía un hermano que también te necesitaba, que ya no había museos para visitar ni momentos para compartir juntos los dos solos, lejos del día a día de la casa y de la familia. Fue en ese momento en que me inventé un amigo imaginario. Calculo que yo tendría diez años cuando te empecé a ver a vos, papá, como a un monstruo, y sólo la compañía de otro yo podría ayudarme a defenderme de vos en mi cabeza. Fue también el comienzo de lo que soy ahora, de lo que no quisiera ser, de lo que va al revés de la ternura que me supiste dar esos primeros años. Tu cara tenía el seño fruncido cuando volvías del trabajo y las comisuras hacia abajo. No podías infundirme más temor y por eso traté de evitarte como así también sentí que vos lo hacías conmigo y con todo lo que te generara molestias en casa. Venías harto, podrido de todo, mamá corría a prepararte dos sándwich cargados porque venías muerto de hambre: “Preparame algo para comer que estoy muerto de hambre”, decías cada vez que cruzabas la puerta y visto de afuera parecía como si vinieras de la guerra cuando en realidad venías del trabajo, y decías que ahí no tenías hambre, que no era por el dinero, pero todos sabíamos que sí, que era por eso y que eras capaz de no comer ni tomar nada con tal de no gastar un peso, como si en casa no tuviéramos para comer. ¿Por qué papá? ¿Por qué te hacías eso? ¿Me vas a explicar alguna vez? ¿Por qué nos hacías eso? Empecé a crecer con la idea secreta de que gastar está mal, de que estar contento está mal y que todo lo que no fuera cumplir con la responsabilidad era algo así como un pecado familiar. Encima nunca me diste un peso papá. Ahora me río solo cuando llevamos con mi mujer a nuestro hijo a la calesita o a los jueguitos y me acuerdo patente cuando iba con vos, papá, a Sacoa, al video juegos, y cuando te mostraba mis ganas de jugar a alguno de ellos me decías que jugara sin ficha. Yo disfrutaba viendo cómo otros pibes jugaban al Street Fighter y pensaba: “¿cuándo podré tener mi propia plata y jugar todo lo que yo quiera?” Cuando te pedía me decías que no tenías, siempre me dabas la misma respuesta y yo me imaginaba tu billetera vacía, lo creía realmente así. Me costaba imaginarte con plata comprando algo. Hasta en la cancha mangueabas los cigarrillos, lo descubrí poco después cuando me empezaste a llevar. Como era menor de edad no pagaba entrada, lo único malo era que tenía que aguantarme la sed durante dos horas y media porque la Coca Cola era muy cara y te negabas a que llevara mi cantimplora porque decías que los muchachos te iban a cargar y te iban a tildar de amarrete. Así y todo te pedía que no fumaras y un día te enojaste conmigo por eso. Yo tenía miedo de que te murieras papá. Yo sabía que el cigarrillo podía matarte pero ahora que lo pienso mejor, creo que lo que más me dolía era saber que el papá que yo quería se había muerto hacía rato.

Los días se fueron volviendo más y más parecidos a sí mismos. Vos volvías del trabajo y te acostabas a descansar en la cama y a escuchar la radio hasta que estuviera la cena mientras yo terminaba la tarea y preparaba las cosas para el día siguiente. Nos alejamos el uno del otro, no sé porqué, ¿habrá sido por la vergüenza que me generabas?, ¿por el miedo que me daba que nos hayamos querido tanto después de  disfrutar tantas cosas los dos solos? Calculo que por eso vinieron las miserias, el amor que preferimos guardar en el bolsillo antes que ofrecerlo para ver la sonrisa del otro que también sería la nuestra, la de los dos mirándonos a los ojos.

No entiendo esa militancia de la tristeza papá, ¿quién te hizo tanto daño?, ¿la abuela?, ¿mamá gorila?, ¿papá gorila?, la puta madre papá, la puta madre. Tengo pocas anécdotas tuyas con los abuelos. Sé muy poco de ellos y de mis antepasados. Una vez te escuché recriminarle a la abuela que el abuelo le tuvo que pedir de rodillas para que le diera de comer. Hace poco me contaste en casa que de chico tuviste que salir corriendo en medio de un partido de fútbol que estabas jugando para sacarle las manos a la abuela del cuello de la vecina. La odiaba por peronista. Hubiera querido conocer al abuelo. Por alguna razón me siento identificado con su sumisión, con su esfuerzo. Sé que tenía tres trabajos; de chico me contaste cien veces que el abuelo había visto el cuerpo de un tipo que se había pegado un tiro en el baño del hipódromo por alguna deuda impagable cuando trabajaba de boletero los domingos. De tanto que repetías la historia me lo imaginé desangrándose con la cabeza hundida en el inodoro. Imaginé también que ese podía ser mi final si decidía dedicarme al juego. No dudo que haya sido este recuerdo el que me incentivó en un momento crítico de mi vida a inclinarme a la ruleta. Pero sólo llegué a perder los ahorros en dólares que con esfuerzo había conseguido de mi primer trabajo. El disparate de creer que podía encontrar un método infalible para ganarle a la ruleta parecía un modo ilusorio de vencer a la muerte. Esa que estaba presente en todo lo que contabas, papá, y que si uno no seguía al pie de la letra los pasos que vos señalabas ella amenazaba con aparecer en cualquier momento.    

Mamá, mientras tanto, se ocupaba de la casa y de nosotros. De que cada uno tuviera las cosas que necesitaba: una cama hecha, un plato de comida, la ropa limpia bien doblada. A mí me parecía todo más un acto mecánico tras otro que una muestra de amor. Mamá parecía un robot en acción. No quiero ser injusto pero sus quejas y reproches fueron una tortura. Reconozco que yo no colaboraba en nada, igual que vos papá. El único que se apiadaba de ella era Gonzalo, que no decía ni hacía nada tampoco y andaba todo el día en ojotas y pantalón corto pero con el tiempo se convertiría en su confidente. Yo me quedaría cada vez más sólo, tratando de hacer mi vida afuera, evitándolos a ustedes. Me iba a la casa de Daniel y me quedaba a dormir. Pasaba horas, días enteros, sin que ustedes supieran nada de mí y sin embargo cuando volvía a casa todo era más de lo mismo. Supongo que me iba para esperar que algo cambiara a mi regreso, supongo que esperaba llamar tu atención, papá. Ya habíamos entrado y salido muchas veces de esos momentos de golpes y encierros en el baño. Yo te desafiaba como Ringo Bonavena a Muhammad Alí en la previa de la pelea y muchas veces fantaseé con knockearte en el primer round y por eso te buscaba, te ponía la mejilla y vos me la dabas vuelta de un cachetazo y cuando un día me planté y cerré los puños te pusiste loco y me encajaste una trompada que me dejó el ojo inflamado. Te quiero papá, sos un hijo de puta, te quiero. Lo que en aquel tiempo me hizo odiarte, hoy me hace quererte.

Cuando ya no podían más me encerraban en el baño del fondo. Se iban al supermercado y como yo me negaba a ir con ustedes me guardaban allá. Yo lloraba hasta que me quedaba sin lágrimas y me sentaba en el inodoro a pensar. El silencio y la falta de espacio estimulan la reflexión. Odio el encierro pero ayuda a buscar en el fondo de qué estamos hechos. De hecho escribir, leer, analizar y analizarse requieren un encierro hacia dentro para salir más fortalecido. No dudo que lo que soy ahora lo logré después de aguantar los golpes y luchar contra el encierro más duro, el de adentro. Como una especie de filosofía china que busca liberar lo que uno lleva arrastra, lo que hiciste me obligó a buscar la gema que brilla en mi interior. Con todo, sé que con el tiempo logré sacar por lo menos algo de eso que soy. 

Creo que entre todo lo que pasó el que se llevó la peor parte fue Gonzalo. Una vez que terminó el secundario le costó mucho avanzar en la carrera. En casa decidieron bancarlo para que sólo se ocupara de estudiar y eso lo encerró aún más. Vos, papá, seguiste manteniendo la casa. Yo, por suerte, ya no estaba. Con mamá de ama de casa y él encerrado entre apuntes y números que lo martirizaban, los dos solos en medio de tanto silencio, no tardaron en hacerse íntimos confidentes y apoyarse uno al otro. Luego de años de peleas, discusiones y portazos entre vos y mamá, te fuiste con otra mujer, te fuiste sin querer dejarnos porque lo querías todo, siempre lo quisiste todo. Yo ya no vivía en casa cuando ocurrió, me había ido a vivir primero con la abuela tras dar mi portazo y después con mi primera novia, tras dejarla sola a la abuela. Tampoco me porté bien. Dejé sola tanto a la abuela como a mi primera novia, y a ella la dejé por otra de la cual me sentí enamorado y que a los pocos meses perdí para quedarme solo otra vez.

Tengo el relato de mi hermano que saltó a defender a mamá cuando la trataste de cero a la izquierda porque ella no te quería firmar el divorcio. Me fui enterando más tarde de lo que le pasaba a mamá cuando me separé de mi primera novia. Sus ganas de trabajar, de dejar de depender económicamente de vos. Pudo empezar a estudiar distintas terapias alternativas, hasta llegó a trabajar con algunas pacientes. A mí también me ayudó con auriculoterapia y masaje tailandés. Gracias a vos, papá, pude irme a vivir sólo al departamento que había sido de la abuela, después de que sufriera un ACV y terminara en un geriátrico con demencia senil. Mucho tiempo me sentí culpable del ACV de la abuela. No dejo de pensar que fue un shock emocional que me fuera así, de repente. Yo era una compañía para ella y por más que me persiguiera y no me dejara respirar con preguntas y horarios ella me bancó en su casa y me ayudó a seguir con mi vida. En esa época, como estaba a tres cuadras iba casi todos los días a casa y como vos también te habías peleado con tu mujer volviste con mamá a casa. Todo tan normal y extraño a la vez que por momentos me sentía en una película de Almodóvar. Vos seguías con tu rutina. Ibas a trabajar y cuando volvías comías con nosotros en calzoncillos y camiseta blanca con la boca cerrada y la mirada clavada en el televisor mientras los demás no sabíamos dónde meternos. A mí se me caía la cara de vergüenza, sé que es una expresión anticuada pero creo que le calza justo. Yo quería ayudarte, vos me pediste ayuda. No querías hacerle mal a mamá pero tampoco sabías cómo decirle la verdad sin que se viniera abajo. Los dos sabíamos que la vida de mamá éramos nosotros, su familia. Al final eso terminó siendo su sepultura. Esto último lo agrego yo. Al poco tiempo de mi llegada y de que tanto vos como mamá se acostumbraran a las idas y vueltas, mamá pasó por momentos de profundo dolor. Ella tenía tiempos en que sostenía con fuerza la ilusión de tu regreso definitivo pero cuanto más creía en que te quedarías más dolorosa para ella era tu salida. Ella creía fervientemente en que no estabas ahí porque la otra lo sabía hacer muy bien. Sí, me lo dijo a mí a solas en el balcón, una noche buena en víspera de navidad, una noche en la que vos habías prometido estar y que a último momento decidiste dejar los sánguchitos de miga en la heladera para irte con tu mujer. Digo tu mujer y dudo de la cualidad que le estoy dando. Si ella era tu mujer, mamá ¿quién era?, ¿tu mamá también?, a veces tengo la impresión de que fuimos como hermanos papá y por eso creo que estoy tan loco o por lo menos cargo una locura que todavía a duras penas puedo domesticar. No te estoy reprochando nada, es más, en esa locura creo que hay una verdad, una genuina inocencia que despierta lo más noble y real de mi persona pero que está desprovista de una razón que, se supone, debería tener. La cuestión es que al poco tiempo mamá empezó a tener una inflamación en el vientre que a mí se me hacía parecida a un embarazo tardío, un embarazo imposible en una mujer de cincuenta y siete años que tosía y escupía flema en el baño con una frecuencia cada vez mayor. Se la pasaba comiendo verduras hervidas  que, según decía, le había recomendado el médico pero a medida que pasaban los días tosía cada vez más y cuando se acostaba a descansar la tos era todavía más seca y reiterada. Hoy en día, cuando paso por el pasillo que da a la que fuera su habitación donde ahora duermo con mi mujer me parece escucharla. Recuerdo el sonido de su tos y mis ganas de abrazarla. Recuerdo cuando me enteré que vos, papá, volviste un día a casa y al verla así la llevaste a la clínica Santa Isabel. En el Adventista le decían que no era nada serio mientras le hacían más y más estudios. Cuando ese mismo día llegué a la clínica encaré a la doctora y le pregunté por mamá, por el diagnóstico y las posibilidades de recuperación. La doctora fue contundente: cáncer de ovario avanzado, sin posibilidades de recuperación. Entré a la habitación donde estaba ella con una sonda en el brazo que le daba suero. Estabas vos,  papá, y Gonzalo, serios, pero mamá levantó los brazos y festejó mi llegada como si estuviéramos de fiesta. Creo que para ella todo se reducía en estar los cuatro juntos como sea.

Después de dos o tres operaciones donde no murió de milagro finalmente mamá quedó en coma farmacológico. Una noche, después de dos meses de haber ingresado a la clínica, mamá murió. Cuando me avisaron por teléfono preferí no ir y seguí durmiendo como si nada, hice como si nada. Ya le había dicho que la quería mucho uno de esos días en los que estaba en terapia intensiva sin poder hablar aunque llegó a apretar fuerte mi mano en señal de retribución, como si ella también me quisiera. Yo, paralelamente, llevaba un tratamiento de quimioterapia por un linfoma de Hodgkin que me habían detectado a principio de año y en pleno tratamiento se desató la enfermedad de mamá. Vos, papá, sufriste muchísimo lo mío, me acompañabas a darme la quimioterapia con una cara como si me estuvieran a punto de enterrar vivo después de cada sesión. Lo de mamá sé que te destrozó. Todavía lo padeces, todavía hoy, después de quince años. Volvimos juntos los tres con esa cajita que contenía sus cenizas después del crematorio y dijiste clarito con lágrimas en los ojos: “yo me la lleve viva y mirá cómo la traje”. Después de años de venir a ver a la cajita cuando mi hermano estaba trabajando y podía ver a mamá a solas, tanto vos, papá, como Gonzalo decidieron tirarla al Río de la Plata. Yo no me opuse pero tampoco lo aprobé. Yo sabía que mamá no era esa cajita pero también ahora me doy cuenta que no tengo a qué cosa hablarle donde piense que esté ella. La gente que me conoce me dice que no me preocupe, que hable con ella igual, que ella desde donde esté me va a escuchar. Sé que me lo dicen de buena fe, convencidos de que me va hacer bien, y yo los escucho pero no les hago caso. No me hago a la idea de tener una charla con ella sin saber exactamente dónde está. Perdoname mamá, tuviste un hijo limitado, vos papá, supongo que también lo deberás saber.        

Ahora, que estamos grandes, que conocemos mejor nuestros dolores, nuestros miedos, apenas si tenemos una relación cordial, como la de cualquier padre con su hijo y viceversa. Ya quedaron sepultados esos recuerdos de otoño donde me llevabas a Plaza de Mayo a darle de comer a las palomas, ya quedaron atrás esos instantes donde te buscaba para que me dieras el beso de las buenas noches y yo te abrazara fuerte, tan fuerte para que mis sueños me dejaran seguir estando con vos. Nunca te perdí papá, siempre estuviste en mi memoria y en mi corazón pero pasaron muchos años de ausencia, de dolor, de contradicción donde ninguno de los dos daba el brazo a torcer y ahora, después de tantas cosas, creo que nos volvimos a ver con cariño, a hablar con respeto y cuidado. Lástima que durante tanto tiempo hayamos olvidado la frescura del niño que corría hasta su padre a pedirle un abrazo, un consejo o una respuesta. La vida siempre me resultó misteriosa y por eso le tengo miedo. Creo que nunca me pude acostumbrar a que un padre también es un hombre que duda, que no tiene respuestas para todas las preguntas y que, muchas veces, pierde el horizonte. Yo te sigo queriendo y eso no va a cambiar nunca. Creo que todo lo que dije demuestra que somos humanos. Todo lo bueno y lo malo que sos es también de lo que estoy hecho.

Te piensa y te sueña siempre: Tu hijo rebelde.


martes, 28 de septiembre de 2021

Una lectura de “Cuando lo peor haya pasado”, por Raúl García Dobaño


En el año 2004, el escritor Pablo Ramos ganó el premio Casa de las Américas con su primer libro de cuentos “Cuando lo peor haya pasado”, luego editado por Alfaguara. El autor Raúl García Dobaño ofrece su lectura sobre el libro en el marco de una publicación realizada en el sitio web dela institución cultural fundada en La Habana, Cuba.




Escribe Raúl García Dobaño

Un hombre que ha sido abandonado por su mujer, dolido de soledad y asediado por ideas suicidas, lanza huevos desde su balcón, a las 2 de la madrugada, contra la ciudad. Un pibe de la calle, que vende flores en bares de Buenos Aires, conoce una puta -ángel para el niño- que lo ayuda y lo protege. Antes de desaparecer, la elegante meretriz deja al niño una enigmática y poética carta. Un escritor de cuentos ha visto en crisis su vida debido al alcoholismo; intenta curar su adicción, y sufren, él y su familia, las consecuencias de la abstinencia (¿ya lo peor había pasado?). Un diletante fetichista tiene una singular historia con un zapato de mujer. Adicto a las drogas, un joven pierde su familia, hace trampas a un connotado traficante y se convierte, él también, en traficante, y a la vez en un degradado sujeto incapaz de rebasar la caída. Por una aparente casualidad, un hombre joven se encuentra con un viejo, un polaco judío sobreviviente del nazismo, que perdió toda su familia en el Holocausto. La extraña comunicación que se establece entre el joven y Moisés -así se llama el judío- tiene alcance alegórico de esperanza. Son éstas algunas de las historias narradas en los once cuentos de Cuando lo peor haya pasado, del argentino Pablo Ramos (1966), obra impecablemente editada por la misma institución en cuyo certamen literario ganó premio.

Un rapto de impresionismo: el libro atrapa la atención, sus personajes convencen -a veces seducen-, y se abandona placenteramente el lector a un lenguaje desenfadado y sugerente, e incluso se divierte -valioso efecto-, sorprendido por el humor fino, los inteligentes guiños de complicidad y las continuas invitaciones a participar.

Un viejo colega me dijo una vez que la proclamada unidad en un cuaderno de cuentos -exigida a veces con demasiada impertinencia- era una falacia, y que la verdadera unidad de un libro cualquiera está en su autor, en su voz y en su visión. Pero con este cuaderno de cuentos -sólo setenta y siete páginas y once cuentos relativamente breves- sucede algo que salta a la vista una vez terminada la primera lectura: aisladamente, cada historia tiene, en sí, no pocos valores humanos y literarios; pero, apreciadas en su conjunto, las pequeñas historias individuales adquieren categoría de mosaico, fresco del Buenos Aires de hoy. Efectivamente, el autor impone su visión y su voz en personajes y situaciones que encajan de molde en una ciudad -emblemática para la América Latina, soñada alguna vez por todos- que, como el resto del mundo actual, sufre una honda crisis de valores, acentuada en la ciudad del tango por la amarga y convulsa historia reciente, causa de laceraciones que no han podido curarse aún.

Una rica relación entre lo individual existencial y la contextualización de los personajes -su irremediable condicionamiento histórico- ha sido inteligentemente trabajada por el autor. La ciudad -son cuentos limpiamente citadinos-, como estructura social y humana, palpita siempre, de forma más o menos expresa o implícita, y es sustrato. El abandono -de la esposa, de los padres-, la soledad y la drogadicción y sus secuelas, son temas que se reiteran en variaciones. Y sentimientos de angustia, vacuidad, frustración, miedo o desesperanza, incomunicación.

Pero, aunque a veces personajes y situaciones llegan a ser desgarradores -somos testigos incluso de un suicidio-, el humanismo, la sinceridad y el arte salvan al conjunto de posibles morbo, sordidez o pesimismo: la medida y la mesura no abandonan nunca al escritor. Desde personajes socialmente excluidos con crueldad -el pibe de la calle, por ejemplo- hasta los que pertenecen a la clase media: he ahí el rango social de los personajes. La alta burguesía, y los rascacielos o los barrios de ricos, o la suntuosa parafernalia que los representa, casi no aparecen, o están vistos desde lejos. "Recuerdo que un auto enorme, plateado, de vidrios oscuros, se acercó a la esquina donde yo estaba, frenó junto a mí" (47), dice el pibe de la calle en "Los ángeles también pueden morir".

De esta manera lo debió ver también el autor, escritor autodidacta que nació y vivió en un arrabal de Buenos Aires, y que en este libro ha querido pisar firme y fabular sobre lo más vivido y cercano. Así los personajes, atrapados en situaciones más o menos difíciles, individual y socialmente, reaccionan sin brújula cierta y optan por respuestas absurdas, dolorosas o incluso trágicas. En muchas ocasiones se mueven bajo la tormenta, la lluvia y el frío -como exigía el teatro isabelino a las buenas tragedias-, y los vemos frecuentemente en bares, calles y lugares conocidos de la ciudad, y sobre todo en la intimidad del hogar, donde el ser humano muestra más limpiamente su desnudez y su miseria.

Además de los protagónicos, aparece en la obra una galería de personajes secundarios que completan el surtido social y que están descritos, en profundidad y color, según convenga a los propósitos de la historia: esposas frustradas, prostitutas, habitantes de los bares, porteros, vecinos curiosos, traficantes, explotadores de niños de la calle, oscuros policías, niños en que se adivina la crisis familiar... Veamos este portero: "Cayetano es el nombre del portero, un pegador de mujeres que afirma que Franco había venido al mundo para salvar a España. Un verdadero hijo de puta con nombre de santo. Yo podía imaginármelo escoba en mano, mirando a la vieja y asintiendo con la cabeza como un cura en el confesionario" (14). O este oficial de la policía bonaerense: "Estaba decidido a irme cuando se abrió la puerta y salió el oficial de guardia: un hombre flaco, de traje gris, de mirada inteligente y ojos achinados. Inspiraba respeto inmediatamente seguido de temor" (57).

Sin alardes técnicos ni innovaciones estridentes, el autor muestra dominio de los principios clásicos y contemporáneos del cuento, sobre todo al lograr un alto nivel de sugerencia semántica a través de la composición y el lenguaje. Las historias están salpicadas de pistas, constantes guiños que nos obligan no sólo a leer con detenimiento, sino, en ocasiones -y con placer-, a volver atrás. Asimismo, el punto de vista del narrador tiene elementos destacables. De los once cuentos, ocho están narrados en primera persona, punto de vista apropiado a la naturaleza de las historias, y donde el autor demuestra dominio y habilidad, especialmente en la eficacia para dosificar y distribuir la información imprescindible para el lector. Cuando utiliza la tercera persona, combina la omnisciencia con la del narrador objetivo, y llega a puntos de interés técnico y expresivo. Veamos este ejemplo: En el cuento "Cuando lo peor haya pasado", el escritor protagonista se queja, a través del narrador, de que es imposible escribir sin privacidad: "El problema en su casa es que llegan y le hablan directamente a él, le preguntan cosas y se quedan ahí, esperando una respuesta. // ¿Por qué piensa en plural?" (28). Y resulta que el narrador sabe lo que piensa el personaje, pero no por qué. El lector, sin embargo, se da cuenta a esta altura del relato que es en su esposa en quien piensa el personaje-escritor, la que le hace preguntas y se queda a esperar la respuesta. Más adelante, la esposa llega de la calle y dice el narrador:

Ella está a un costado, sobre el sillón, bajo la biblioteca de estantes de vidrio, leyendo el diario y comiendo un pedazo de pan. Él se distrae mirándola comer. No es en realidad un pedazo, sino un pan mediano, entero. Ella come un pan entero y lee los clasificados, deja que las migas le caigan sobre la ropa, las sacude, indiferente, siempre con la vista en los anuncios, como si nadie más existiera. // Él abre un texto viejo en la computadora y comienza a leerlo en voz apenas alta. En realidad lo murmura, para sí, sin ninguna intención, solamente por la costumbre que tiene de hacerlo. Lee el texto y siente que no está nada mal. Piensa: nada está mal en realidad. Tiene una familia, un empleo, alquila un departamento con cocina, habitación y baño y ha dejado de tomar definitivamente. ¿Por qué no comerá un pedazo de pan en vez de un pan entero? Se va a atragantar [28-29].

El narrador, aparentemente objetivo, duda un momento y rectifica, porque en realidad la mujer no come un pedazo de pan, sino uno entero. Esta pequeña falla del narrador, aunque subsanada, acentúa la acción descrita y la traslada, en singular simbiosis, al pensamiento del personaje por medio de la pregunta que éste se hace. ¿Quién es en realidad este ambiguo pero interesante narrador?, y ¿dónde está situado?

Sirva el ejemplo citado, también, para apreciar el humor que se desprende de la situación y de la manera desenfadada de contarla, algo que resulta frecuente y se agradece en los cuentos, y que se convierte en valioso rasgo estilístico del autor. En el primer cuento del libro, "En un cuaderno de hojas lisas", el narrador protagonista, que ha sido abandonado por su mujer y su hijo y lanza huevos contra la ciudad a las 2 de la madrugada, dice: "No puedo sacarme de la cabeza la imagen de ellos dos viviendo en un circo y con un malabarista. La simple idea me da escalofríos: mi hijo compartiendo el carro con la mujer barbuda, jugando cerca de las jaulas de los animales peligrosos, respirando el deprimente olor de las bestias encerradas" (16). La imagen, totalmente absurda para el personaje, pero terriblemente real, lleva en sí la carga de un humor casi trágico.

En "Todo puede suceder", historia de la singular relación de un hombre con un zapato de mujer, absurdo y humor van de la mano. El narrador protagonista encuentra en el zapato un papel con un nombre y una dirección, y dice: "Resulta evidente que el papelito estaba adentro del zapato. Pero, ¿a quién se le puede ocurrir poner una dirección en el zapato, como si fuera una agenda o algo parecido? ¿Será que esto es realmente una broma que espera ser completada con la correspondiente entrega a domicilio? ¿O será que esta mujer, más loca que una cabra, le puso una etiqueta con su dirección al zapato izquierdo simplemente porque sí?" (19).

El procedimiento de llevar a primer plano objetos aparentemente insignificantes es muy utilizado por Ramos en el cuaderno. Hay en verdad un regodeo, un gusto por los objetos, por la insospechada relación que a veces guardan con los seres humanos. Lo alcanza a partir de una mirada cinematográfica que le permite enfocar distintos planos. Y a partir de descripciones plásticas, sugestivas: "Fui hasta la cocina, abrí la heladera, tomé varios huevos y comencé a aplastarlos primero contra el piso y luego contra mi cabeza. Sentí el crujido de las cáscaras al partirse y el contenido helado y pegajoso que me corría por la nuca hasta la espalda" (15).

Por este camino, y mediante el montaje de elementos cuidadosamente seleccionados, el autor logra crear atmósferas de valor. Veamos el caso de un personaje que acude a una estación de policía con el propósito de defender a un niño -o al menos para preocuparse por su suerte- que ha sido arrestado por supuesto gamberrismo. Aparece en el cuento "Luces de colores". La atmósfera es opresiva, casi aterradora: un pasillo oscuro; un ventilador que hace ruido de sierra de carnicero; un sillón que, roto, pellizca la piel, y un silencio de hospital. ¿Y el niño?

El lenguaje, tendiente a la naturalidad, tanto en el léxico como en la sintaxis, ajustado al narrador y al tono, deja ver a ratos imágenes de lograda fuerza expresiva, como esta de fondo sinestésico: "caminé hacia la pieza despacio, sumergido en un silencio oscuro, apenas coloreado por el sonido pálido del televisor" (77). Parco en adjetivos, a veces los halla significativos y sugerentes: "Pensó en lo que sería vivir en otro país, en la suave lejanía que conllevan esas palabras" (45). Y, como en la carta que la prostituta le deja al pibe de la calle, puede llegar al lirismo: "Lo que dice la nota es un secreto que hasta hoy no compartí con nadie. Habla de la vida, y dice algo acerca de un barco que se va y de las huellas que nunca dejan los pájaros en las nubes" (54).

Debo referirme, a la inclusión de elementos documentales en la trama de ficción, sobre todo en locaciones de Buenos Aires que son referencias abundantes en los cuentos. La lista es larga, pero valga para los que, aun desde lejos, amamos la mítica ciudad: Parque Rivadavia, Corrientes, el Ferrocarril Roca, el Sur de Avellaneda, la Avenida San Martín, la Avenida Montes de Oca...

He dejado para el final una cita que aparece en "Tal vez algún día". El narrador protagonista cuenta: "-Ellos no van a volver -me dice Moisés [el viejo judío], y ahora sé que es imposible esconderse de este hombre-. Ni los míos, ni los tuyos, ni los de nadie. El problema es si tú te pierdes adentro tuyo, que el golpe haya hecho tanto efecto que ya no te quede nada. No es mi caso, hijo, y puedes creerme, tampoco el tuyo" (63).

"Ahora sí que es imposible esconderse de este hombre." La afirmación devela un hecho crucial para la anécdota. Sabemos, entonces, que el protagonista también ha perdido seres queridos por otra barbarie, más reciente, en Argentina. Y de repente la atmósfera de misterio se aclara y queda limpio el juego alegórico. Procedimiento técnico puesto de continuo al servicio de la idea. El mensaje que las palabras de Moisés contienen lo dejo al lector, que tendrá el gusto de reflexionar, igual seguramente que a lo largo de Cuando lo peor haya pasado, valioso punto en la rica cosecha de cuentos y cuenteros de la hermana Argentina. Entonces sentirá que el autor bonaerense lo ha invitado: vení a tomar unos mates.

* Pablo Ramos: Cuando lo peor haya pasado, La Habana, Casa de las Américas, 2004. Premio de cuento.

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