Escribe Fernando Daniel Rosso
Querido
papá: Te escribo esta carta porque sé que nunca la vas a leer, no tengo los
huevos para dártela en la mano, además ni siquiera tenés mail, ni facebook y si
bien hace unos meses usas whatsapp con un celular que te regaló tu mujer, después
de que con ella te insistiéramos para que estemos más comunicados, no quisiera
recibir una respuesta que me genere más conflictos de los que ya tengo y que la
pequeña isla de armonía que pudimos conseguir se hunda por un ataque de
sincericidio. Qué estupidez, pienso ahora que lo escribo, nunca estuvimos
comunicados, lo que comúnmente se llama estar comunicados: hablarse todos los
días, preguntarse cómo estás, desearse un buen día y cosas por el estilo. Vos
nunca fuiste de hablar y yo salí a vos, te copié, fui “tu vivo retrato”, como decía mamá, ¿te acordás?
Siempre
te quise tener cerca, papá, esa es la única verdad que tengo para decirte.
Desde mucho antes que existieran los celulares y lo más parecido era el
zapatófono del Agente ochenta y seis yo solamente pensaba en estar con vos y al
igual que él cuando se encontraba con el espía que aparecía en los lugares más
insólitos yo también esperaba encontrarte en cualquier parte: adentro del tacho
de la basura, adentro de la heladera o del placar cuando iba a buscar la ropa
para ir al colegio. Creo que vivimos nuestra luna de miel cuando era chico y
recién empezaba a pensar las cosas, a preguntarte por el origen de la vida,
¿cómo podía ser que los dinosaurios hayan vivido hace millones de años si nosotros
estábamos en el año mil novecientos ochenta y seis y yo podía darme cuenta de
esto con apenas siete años? Maradona levantaba la copa del mundo y fuimos
juntos hasta la casa del diez a festejar algo que yo no terminaba de entender
pero que vos me querías transmitir con todo el amor. Las cuentas no me daban
papá, no me daban, y vos pusiste cara seria cuando te hablé de los dinosaurios,
como de orgullo, como si en ese preciso momento hubieras tomado conciencia de
que tu hijo estaba creciendo y podía pensar más allá de lo que le enseñaban en
el colegio o lo que le mostraba la televisión. La abuela me regalo unos libros
de dinosaurios que se paraban en las hojas y yo quedé fascinado, fue entonces
que me empezaste a llevar a los museos, visitamos el de ciencias naturales en
Parque Centenario y el de La Plata, viajamos casi dos horas en tren y fuimos a
comer a una parrilla antes de conocerles los huesos a nuestros antepasados. Me
acuerdo que la primera vez te agarré del brazo y te pregunté, asustado, si
estaban vivos, si todavía estaban vivos y si yo me podía subir encima del
Tiranosaurio Rex a dar una vuelta por el parque. Vos me miraste con ternura y
me bajaste a la tierra lo mejor que pudiste. “Ya se extinguieron hijo, hace
millones de años que se extinguieron pero igual nos están esperando”. Me acuerdo
de que antes de entrar te agarré fuerte de la mano, tenía miedo, tu respuesta
me dejó en un estado intermedio que no sabría cómo nombrar, entre el susto y la
ilusión, y lo único que alcancé a pensar fue que vos me podías defender de los
dinosaurios como de cualquier monstruo, que si estaba cerca tuyo nada malo me
podía pasar. Supongo que es lo que piensan todos los chicos de siete años que
tienen a su papá cerca. Supongo que fue lo que quise seguir sintiendo una vez
que ya no estabas a mi lado entonces me oculté tu ausencia. Me negué que ya no
estuvieras como antes, que yo había crecido, que tenía un hermano que también
te necesitaba, que ya no había museos para visitar ni momentos para compartir
juntos los dos solos, lejos del día a día de la casa y de la familia. Fue en
ese momento en que me inventé un amigo imaginario. Calculo que yo tendría diez
años cuando te empecé a ver a vos, papá, como a un monstruo, y sólo la compañía
de otro yo podría ayudarme a defenderme de vos en mi cabeza. Fue también el
comienzo de lo que soy ahora, de lo que no quisiera ser, de lo que va al revés
de la ternura que me supiste dar esos primeros años. Tu cara tenía el seño
fruncido cuando volvías del trabajo y las comisuras hacia abajo. No podías
infundirme más temor y por eso traté de evitarte como así también sentí que vos
lo hacías conmigo y con todo lo que te generara molestias en casa. Venías
harto, podrido de todo, mamá corría a prepararte dos sándwich cargados porque venías
muerto de hambre: “Preparame algo para comer que estoy muerto de hambre”,
decías cada vez que cruzabas la puerta y visto de afuera parecía como si
vinieras de la guerra cuando en realidad venías del trabajo, y decías que ahí
no tenías hambre, que no era por el dinero, pero todos sabíamos que sí, que era
por eso y que eras capaz de no comer ni tomar nada con tal de no gastar un peso,
como si en casa no tuviéramos para comer. ¿Por qué papá? ¿Por qué te hacías
eso? ¿Me vas a explicar alguna vez? ¿Por qué nos hacías eso? Empecé a crecer
con la idea secreta de que gastar está mal, de que estar contento está mal y
que todo lo que no fuera cumplir con la responsabilidad era algo así como un
pecado familiar. Encima nunca me diste un peso papá. Ahora me río solo cuando
llevamos con mi mujer a nuestro hijo a la calesita o a los jueguitos y me
acuerdo patente cuando iba con vos, papá, a Sacoa, al video juegos, y cuando te
mostraba mis ganas de jugar a alguno de ellos me decías que jugara sin ficha.
Yo disfrutaba viendo cómo otros pibes jugaban al Street Fighter y pensaba: “¿cuándo
podré tener mi propia plata y jugar todo lo que yo quiera?” Cuando te pedía me
decías que no tenías, siempre me dabas la misma respuesta y yo me imaginaba tu
billetera vacía, lo creía realmente así. Me costaba imaginarte con plata
comprando algo. Hasta en la cancha mangueabas los cigarrillos, lo descubrí poco
después cuando me empezaste a llevar. Como era menor de edad no pagaba entrada,
lo único malo era que tenía que aguantarme la sed durante dos horas y media
porque la Coca Cola era muy cara y te negabas a que llevara mi cantimplora
porque decías que los muchachos te iban a cargar y te iban a tildar de
amarrete. Así y todo te pedía que no fumaras y un día te enojaste conmigo por
eso. Yo tenía miedo de que te murieras papá. Yo sabía que el cigarrillo podía
matarte pero ahora que lo pienso mejor, creo que lo que más me dolía era saber
que el papá que yo quería se había muerto hacía rato.
Los
días se fueron volviendo más y más parecidos a sí mismos. Vos volvías del
trabajo y te acostabas a descansar en la cama y a escuchar la radio hasta que
estuviera la cena mientras yo terminaba la tarea y preparaba las cosas para el
día siguiente. Nos alejamos el uno del otro, no sé porqué, ¿habrá sido por la vergüenza
que me generabas?, ¿por el miedo que me daba que nos hayamos querido tanto
después de disfrutar tantas cosas los
dos solos? Calculo que por eso vinieron las miserias, el amor que preferimos
guardar en el bolsillo antes que ofrecerlo para ver la sonrisa del otro que
también sería la nuestra, la de los dos mirándonos a los ojos.
No
entiendo esa militancia de la tristeza papá, ¿quién te hizo tanto daño?, ¿la
abuela?, ¿mamá gorila?, ¿papá gorila?, la puta madre papá, la puta madre. Tengo
pocas anécdotas tuyas con los abuelos. Sé muy poco de ellos y de mis
antepasados. Una vez te escuché recriminarle a la abuela que el abuelo le tuvo
que pedir de rodillas para que le diera de comer. Hace poco me contaste en casa
que de chico tuviste que salir corriendo en medio de un partido de fútbol que
estabas jugando para sacarle las manos a la abuela del cuello de la vecina. La
odiaba por peronista. Hubiera querido conocer al abuelo. Por alguna razón me
siento identificado con su sumisión, con su esfuerzo. Sé que tenía tres trabajos;
de chico me contaste cien veces que el abuelo había visto el cuerpo de un tipo
que se había pegado un tiro en el baño del hipódromo por alguna deuda impagable
cuando trabajaba de boletero los domingos. De tanto que repetías la historia me
lo imaginé desangrándose con la cabeza hundida en el inodoro. Imaginé también
que ese podía ser mi final si decidía dedicarme al juego. No dudo que haya sido
este recuerdo el que me incentivó en un momento crítico de mi vida a inclinarme
a la ruleta. Pero sólo llegué a perder los ahorros en dólares que con esfuerzo
había conseguido de mi primer trabajo. El disparate de creer que podía
encontrar un método infalible para ganarle a la ruleta parecía un modo ilusorio
de vencer a la muerte. Esa que estaba presente en todo lo que contabas, papá, y
que si uno no seguía al pie de la letra los pasos que vos señalabas ella
amenazaba con aparecer en cualquier momento.
Mamá,
mientras tanto, se ocupaba de la casa y de nosotros. De que cada uno tuviera
las cosas que necesitaba: una cama hecha, un plato de comida, la ropa limpia
bien doblada. A mí me parecía todo más un acto mecánico tras otro que una
muestra de amor. Mamá parecía un robot en acción. No quiero ser injusto pero
sus quejas y reproches fueron una tortura. Reconozco que yo no colaboraba en
nada, igual que vos papá. El único que se apiadaba de ella era Gonzalo, que no
decía ni hacía nada tampoco y andaba todo el día en ojotas y pantalón corto
pero con el tiempo se convertiría en su confidente. Yo me quedaría cada vez más
sólo, tratando de hacer mi vida afuera, evitándolos a ustedes. Me iba a la casa
de Daniel y me quedaba a dormir. Pasaba horas, días enteros, sin que ustedes
supieran nada de mí y sin embargo cuando volvía a casa todo era más de lo
mismo. Supongo que me iba para esperar que algo cambiara a mi regreso, supongo
que esperaba llamar tu atención, papá. Ya habíamos entrado y salido muchas
veces de esos momentos de golpes y encierros en el baño. Yo te desafiaba como
Ringo Bonavena a Muhammad Alí en la previa de la pelea y muchas veces fantaseé
con knockearte en el primer round y por eso te buscaba, te ponía la mejilla y
vos me la dabas vuelta de un cachetazo y cuando un día me planté y cerré los
puños te pusiste loco y me encajaste una trompada que me dejó el ojo inflamado.
Te quiero papá, sos un hijo de puta, te quiero. Lo que en aquel tiempo me hizo
odiarte, hoy me hace quererte.
Cuando
ya no podían más me encerraban en el baño del fondo. Se iban al supermercado y
como yo me negaba a ir con ustedes me guardaban allá. Yo lloraba hasta que me
quedaba sin lágrimas y me sentaba en el inodoro a pensar. El silencio y la
falta de espacio estimulan la reflexión. Odio el encierro pero ayuda a buscar
en el fondo de qué estamos hechos. De hecho escribir, leer, analizar y
analizarse requieren un encierro hacia dentro para salir más fortalecido. No
dudo que lo que soy ahora lo logré después de aguantar los golpes y luchar contra
el encierro más duro, el de adentro. Como una especie de filosofía china que
busca liberar lo que uno lleva arrastra, lo que hiciste me obligó a buscar la
gema que brilla en mi interior. Con todo, sé que con el tiempo logré sacar por
lo menos algo de eso que soy.
Creo
que entre todo lo que pasó el que se llevó la peor parte fue Gonzalo. Una vez
que terminó el secundario le costó mucho avanzar en la carrera. En casa
decidieron bancarlo para que sólo se ocupara de estudiar y eso lo encerró aún
más. Vos, papá, seguiste manteniendo la casa. Yo, por suerte, ya no estaba. Con
mamá de ama de casa y él encerrado entre apuntes y números que lo martirizaban,
los dos solos en medio de tanto silencio, no tardaron en hacerse íntimos
confidentes y apoyarse uno al otro. Luego de años de peleas, discusiones y
portazos entre vos y mamá, te fuiste con otra mujer, te fuiste sin querer
dejarnos porque lo querías todo, siempre lo quisiste todo. Yo ya no vivía en
casa cuando ocurrió, me había ido a vivir primero con la abuela tras dar mi
portazo y después con mi primera novia, tras dejarla sola a la abuela. Tampoco
me porté bien. Dejé sola tanto a la abuela como a mi primera novia, y a ella la
dejé por otra de la cual me sentí enamorado y que a los pocos meses perdí para
quedarme solo otra vez.
Tengo
el relato de mi hermano que saltó a defender a mamá cuando la trataste de cero
a la izquierda porque ella no te quería firmar el divorcio. Me fui enterando
más tarde de lo que le pasaba a mamá cuando me separé de mi primera novia. Sus
ganas de trabajar, de dejar de depender económicamente de vos. Pudo empezar a
estudiar distintas terapias alternativas, hasta llegó a trabajar con algunas
pacientes. A mí también me ayudó con auriculoterapia y masaje tailandés. Gracias
a vos, papá, pude irme a vivir sólo al departamento que había sido de la abuela,
después de que sufriera un ACV y terminara en un geriátrico con demencia senil.
Mucho tiempo me sentí culpable del ACV de la abuela. No dejo de pensar que fue
un shock emocional que me fuera así, de repente. Yo era una compañía para ella
y por más que me persiguiera y no me dejara respirar con preguntas y horarios
ella me bancó en su casa y me ayudó a seguir con mi vida. En esa época, como
estaba a tres cuadras iba casi todos los días a casa y como vos también te
habías peleado con tu mujer volviste con mamá a casa. Todo tan normal y extraño
a la vez que por momentos me sentía en una película de Almodóvar. Vos seguías
con tu rutina. Ibas a trabajar y cuando volvías comías con nosotros en
calzoncillos y camiseta blanca con la boca cerrada y la mirada clavada en el
televisor mientras los demás no sabíamos dónde meternos. A mí se me caía la
cara de vergüenza, sé que es una expresión anticuada pero creo que le calza
justo. Yo quería ayudarte, vos me pediste ayuda. No querías hacerle mal a mamá
pero tampoco sabías cómo decirle la verdad sin que se viniera abajo. Los dos
sabíamos que la vida de mamá éramos nosotros, su familia. Al final eso terminó
siendo su sepultura. Esto último lo agrego yo. Al poco tiempo de mi llegada y
de que tanto vos como mamá se acostumbraran a las idas y vueltas, mamá pasó por
momentos de profundo dolor. Ella tenía tiempos en que sostenía con fuerza la ilusión
de tu regreso definitivo pero cuanto más creía en que te quedarías más dolorosa
para ella era tu salida. Ella creía fervientemente en que no estabas ahí porque
la otra lo sabía hacer muy bien. Sí, me lo dijo a mí a solas en el balcón, una
noche buena en víspera de navidad, una noche en la que vos habías prometido
estar y que a último momento decidiste dejar los sánguchitos de miga en la
heladera para irte con tu mujer. Digo tu mujer y dudo de la cualidad que le
estoy dando. Si ella era tu mujer, mamá ¿quién era?, ¿tu mamá también?, a veces
tengo la impresión de que fuimos como hermanos papá y por eso creo que estoy
tan loco o por lo menos cargo una locura que todavía a duras penas puedo
domesticar. No te estoy reprochando nada, es más, en esa locura creo que hay
una verdad, una genuina inocencia que despierta lo más noble y real de mi
persona pero que está desprovista de una razón que, se supone, debería tener.
La cuestión es que al poco tiempo mamá empezó a tener una inflamación en el
vientre que a mí se me hacía parecida a un embarazo tardío, un embarazo imposible
en una mujer de cincuenta y siete años que tosía y escupía flema en el baño con
una frecuencia cada vez mayor. Se la pasaba comiendo verduras hervidas que, según decía, le había recomendado el
médico pero a medida que pasaban los días tosía cada vez más y cuando se
acostaba a descansar la tos era todavía más seca y reiterada. Hoy en día,
cuando paso por el pasillo que da a la que fuera su habitación donde ahora
duermo con mi mujer me parece escucharla. Recuerdo el sonido de su tos y mis
ganas de abrazarla. Recuerdo cuando me enteré que vos, papá, volviste un día a
casa y al verla así la llevaste a la clínica Santa Isabel. En el Adventista le
decían que no era nada serio mientras le hacían más y más estudios. Cuando ese
mismo día llegué a la clínica encaré a la doctora y le pregunté por mamá, por
el diagnóstico y las posibilidades de recuperación. La doctora fue contundente:
cáncer de ovario avanzado, sin posibilidades de recuperación. Entré a la
habitación donde estaba ella con una sonda en el brazo que le daba suero.
Estabas vos, papá, y Gonzalo, serios,
pero mamá levantó los brazos y festejó mi llegada como si estuviéramos de
fiesta. Creo que para ella todo se reducía en estar los cuatro juntos como sea.
Después
de dos o tres operaciones donde no murió de milagro finalmente mamá quedó en
coma farmacológico. Una noche, después de dos meses de haber ingresado a la
clínica, mamá murió. Cuando me avisaron por teléfono preferí no ir y seguí
durmiendo como si nada, hice como si nada. Ya le había dicho que la quería
mucho uno de esos días en los que estaba en terapia intensiva sin poder hablar
aunque llegó a apretar fuerte mi mano en señal de retribución, como si ella
también me quisiera. Yo, paralelamente, llevaba un tratamiento de quimioterapia
por un linfoma de Hodgkin que me habían detectado a principio de año y en pleno
tratamiento se desató la enfermedad de mamá. Vos, papá, sufriste muchísimo lo
mío, me acompañabas a darme la quimioterapia con una cara como si me estuvieran
a punto de enterrar vivo después de cada sesión. Lo de mamá sé que te destrozó.
Todavía lo padeces, todavía hoy, después de quince años. Volvimos juntos los
tres con esa cajita que contenía sus cenizas después del crematorio y dijiste
clarito con lágrimas en los ojos: “yo me la lleve viva y mirá cómo la traje”.
Después de años de venir a ver a la cajita cuando mi hermano estaba trabajando
y podía ver a mamá a solas, tanto vos, papá, como Gonzalo decidieron tirarla al
Río de la Plata. Yo no me opuse pero tampoco lo aprobé. Yo sabía que mamá no
era esa cajita pero también ahora me doy cuenta que no tengo a qué cosa hablarle
donde piense que esté ella. La gente que me conoce me dice que no me preocupe,
que hable con ella igual, que ella desde donde esté me va a escuchar. Sé que me
lo dicen de buena fe, convencidos de que me va hacer bien, y yo los escucho
pero no les hago caso. No me hago a la idea de tener una charla con ella sin
saber exactamente dónde está. Perdoname mamá, tuviste un hijo limitado, vos
papá, supongo que también lo deberás saber.
Ahora,
que estamos grandes, que conocemos mejor nuestros dolores, nuestros miedos,
apenas si tenemos una relación cordial, como la de cualquier padre con su hijo
y viceversa. Ya quedaron sepultados esos recuerdos de otoño donde me llevabas a
Plaza de Mayo a darle de comer a las palomas, ya quedaron atrás esos instantes donde
te buscaba para que me dieras el beso de las buenas noches y yo te abrazara
fuerte, tan fuerte para que mis sueños me dejaran seguir estando con vos. Nunca
te perdí papá, siempre estuviste en mi memoria y en mi corazón pero pasaron
muchos años de ausencia, de dolor, de contradicción donde ninguno de los dos
daba el brazo a torcer y ahora, después de tantas cosas, creo que nos volvimos a
ver con cariño, a hablar con respeto y cuidado. Lástima que durante tanto
tiempo hayamos olvidado la frescura del niño que corría hasta su padre a
pedirle un abrazo, un consejo o una respuesta. La vida siempre me resultó misteriosa
y por eso le tengo miedo. Creo que nunca me pude acostumbrar a que un padre
también es un hombre que duda, que no tiene respuestas para todas las preguntas
y que, muchas veces, pierde el horizonte. Yo te sigo queriendo y eso no va a
cambiar nunca. Creo que todo lo que dije demuestra que somos humanos. Todo lo
bueno y lo malo que sos es también de lo que estoy hecho.
Te
piensa y te sueña siempre: Tu hijo rebelde.