Se despertó de
golpe, sin abrir los ojos, aterrado y cubierto de sudor. Era de mañana, lo supo
por el tenue color polvo de ladrillo que filtraba la luz a través de sus
párpados cerrados. El corazón le latía con grandes mazazos, al ritmo del mundo,
que se bamboleaba y saltaba y caía como si estuviera a punto de partirse como
un huevo. En realidad no era el mundo lo que parecía amenazado por un
cataclismo (no al menos en un sentido inmediato), sólo que Esteban Espósito con
los ojos apretados y rígido de miedo no tenía por ahora la menor intención de
averiguarlo. Dios mío, pensó, si salgo de ésta. Porque lo que sí adivinaba sin
mucho esfuerzo es que al llegar a este sitio, cualquiera fuese el sitio donde
ahora se hallaba, debió de estar tan descomunalmente borracho como muy raras
veces antes en su vida, lo que no es poco decir si tenemos en cuenta cuál había
sido su manera habitual de soportar el mundo en los últimos cinco o seis años.
Y aunque resulte curioso, esta comprobación lo llevó a pensar que, bien mirado,
no existía ningún motivo para imaginarse en peligro. Excepto por la sed y los
golpes como timbales de su corazón y la necesidad increíblemente nueva de
tomarse un whisky, cosa que nunca le había ocurrido antes al despertar,
excepto, pensó con algo vagamente parecido al humor que esté en peligro de
muerte, por colapso alcohólico. Pensamiento que dejó de causarle gracia al
mismo tiempo que lo formuló y que tuvo la virtud de hacerle olvidar el whisky.
No abrió los ojos. Hizo algo aparentemente menos lógico: cerró, con cautela, la
boca. Nadie lo vería dormir con la boca abierta por más que, según todas las
señales, ésta fuera la última mañana del mundo. Supo, con los ojos cerrados –lo
supo mucho antes de comprender que aquello no era el mundo, sino un ómnibus
expreso, ómnibus que Esteban había conseguido tomar de algún modo y que ahora
acababa de entrar en un desvío de tierra–, supo que era pleno día y que,
dondequiera que estuviese o lo hubieran metido, podía haber testigos. Dormir
con la boca abierta es una obscenidad, un signo de abandono, de abyección.
Testigos o testigas. Porque, la verdad sea dicha, lo único que le importaba era
que pudiera verlo una mujer. El ómnibus dio un nuevo bandazo, Esteban oyó por
primera vez el zumbido del motor y tomó plena conciencia de que aquello era un
ómnibus. Bueno, pensó calmado en parte, aunque sin dejar de sentir una especie
de inquietud, parece que finalmente conseguí tomar el ómnibus. Se llevó, con
disimulo, la mano a la frente empapada. La mano no tembló. Luego, sin abrir los
ojos y con casual naturalidad de alto ejecutivo que viaja en ómnibus porque no
ha conseguido pasaje en avión y tiene el coche descompuesto, se alisó el pelo:
entonces sintió que le dolía terriblemente el parietal izquierdo. ¿Qué era? ¿Un
golpe? O el lógico dolor de cabeza, primero de los castigos o agonías que
siguen a eso que los libros llaman una noche de juerga, pero que él, Esteban
Espósito, treinta y tres años, ex futuro maestro de su generación, había
aceptado llamar finalmente con el más apropiado nombre de alcoholismo crónico,
en un acto de coraje que un mes atrás lo había ennoblecido hasta la
Bienaventuranza ante el espejo del baño, pero que no modificó en absoluto su
amistad cada día más estrecha con el whisky y la ginebra, si bien siempre le
quedaba el consuelo intelectual de sentirse dueño (todavía) de una lucidez
implacable. Las dos cosas. El lógico dolor de cabeza y un golpe. Ahora palpaba
el hematoma del cuero cabelludo, la inflamación a todo lo largo del hueso. No
habré cometido la idiotez de pelearme con alguien. ¡O caído! Pero de pronto
recordó el taxi, con alivio recordó que esa madrugada, al tomar el taxi, y por
algún misterio, calculó que el auto tenía umbral, pisó el aire, se fue hacia
adelante y dio con el costado izquierdo de la cabeza contra la puerta. Lo
recordó con un alivio un poco inexplicable y abrió los ojos: era de mañana, en
efecto, y nadie lo miraba. Pero era tan de mañana, y con un sol tan repugnante
y redondo colgado de su propia ventanilla, que fue como si le reventaran un
petardo en la cabeza. Dios mío, pensó, cómo pude ponerme un traje semejante,
porque de acuerdo con la altura del sol no era mucho más de las ocho y, a
mediodía, ese traje de lana y su chaleco podían llegar a enloquecerlo, sin que
esto fuera ninguna metáfora. Corrió la cortinita de la ventanilla y cerró los
ojos. No se quito el saco ni el chaleco. Otras cuestiones lo distrajeron. Con
qué dinero había tomado el ómnibus, por ejemplo. Y dónde la había dejado a
Mara. O cómo consiguió llegar a su casa desde la fiesta, porque ahora también
recordaba la fiesta. Y sobre todo: cómo hizo para subir las escaleras hasta su
departamento, vestirse, volver a bajar, tomar un taxi y llegar a la estación de
ómnibus. ¿Y adonde iba? Esteban abrió
los ojos con espanto. Pero no debía alarmarse. Lo fundamental en esos casos era
no alarmarse. Se arregló el nudo de la corbata. Con una fugaz admiración por sí
mismo comprobó que tenía prendido el botón del cuello. Iba a Entre Ríos, sí. A
Concordia. Vestido como para una excursión a Nahuel Huapi, pero iba,
decentemente, a dar una conferencia sobre alguna cosa (que ya recordaría) a
algún lugar llamado Amigos del Arte, o Amigos del Libro. O amigos de hincharme
las pelotas, pensó de pronto al darse cuenta de que no llegaría antes de las
cuatro de la tarde, suponiendo que llegara, porque quién le aseguraba que ese
ómnibus iba a Entre Ríos, quién podía asegurarle que él, esa madrugada, hubiera
hecho inconscientemente algo tan sensato como sacar un pasaje para el verdadero
sitio al que iba. Metió la mano en el bolsillo interior del saco buscando el
pasaje. A punto de gritar, retiró la mano. Sus dedos habían tocado un pequeño
objeto peludo. Ahora estaba aterrado realmente y sentía todo el cuerpo empapado
al mismo tiempo. Era absurdo. "No soy tan
borracho." ¿No? "No, no al menos como para tener..."
¿Alucinaciones?, ¿táctiles? ¿Alucinaciones táctiles? "Está ahí; eso, lo
que sea, está realmente en mi bolsillo." ¿Está? ¿Podríamos
jurarlo?¿Podríamos jurar que nunca, antes, habíamos tenido una, para decirlo de
otro modo, una pequeña confusión de ningún tipo? "Sí, puedo jurarlo",
murmuró locamente Esteban, y al comprender que había hablado casi en voz alta
hundió la mano en el bolsillo y apretó con ferocidad aquella cosa, su pequeña
pelambre, mientras una náusea incontenible le subía agriamente a la garganta, y
un segundo después se encontró mirando con estupor en la palma de su mano un
cepillo de dientes, un hermoso cepillo de dientes de mango azul como el cielo,
como los ojos de una mujer de ojos azules, como cualquier cosa azul y
transparente en este portentoso mundo de flores azules y viajes al lugar
exacto, porque ahora, después de meter la mano en otro bolsillo, encontró un
pasaje donde se leía Transportes Mesopotámicos, marcado con un agujerito
redondo como la boca de un pez, como una perla, como toda cosa redonda y mínima
que Dios haya puesto sobre su azul y redondo mundo en el lugar correspondiente
a la ciudad de Concordia. Se quitó el saco y el chaleco. Habría estado muy
borracho la noche anterior, perfecto. Tan borracho como para no recordar casi
nada de lo que había hecho (¿dónde la había dejado a Mara?,¿era Mara?), pero no
tan borracho como para olvidarse de salir correctamente vestido con un traje de
lanilla que, pensándolo bien, era lo más adecuado para sobrellevar el fresco
repentino de las noches litorales, ni tan borracho como para olvidar esto, el
Símbolo de nuestra Civilización y nuestra Cultura, de manera que si el esperado
cataclismo hundiese el planeta los arqueólogos del futuro podrían reconstruir a
Espósito y su mundo, su irrisión y su conmovedora grandeza, a partir de este
solo dato. Imaginó con cierta ternura, junto a sus incorruptibles huesos, la
incorruptible baquelita azul del cepillo. Cuando intentó ponerse de pie para dejar
el saco y el chaleco en el portaequipajes, comprobó que no había estado
borracho, sino que, técnicamente hablando, todavía estaba borracho. Y de qué
modo. Mirando desde allí el portaequipajes, comprobó otra cosa: no se veía
valija ni bolso de mano, ni objeto alguno que fuera suyo, sobre todo, no un
portafolio. Y él recordaba perfectamente un portafolio, negro, con manija,
baratísimo y suyo, sin valor para nadie que no fuera el hombre que ahora volvía
a transpirar y se aflojaba la corbata con un tirón tan brusco que le saltaron
dos botones de la camisa, su portafolio de material sintético, negro estuche de
su alma, dicho sea con toda ironía, o Caja de Pandora de tres por cinco donde
sin embargo, dicho sea sin la menor ironía, anidaba la Esperanza, por no llamarla
Redención. Esteban recordó haber llegado a su casa sin Mara (¿dónde la habría
dejado?, Mara o la que fuera), vale decir, solo. Vale decir que no pudo haber
entrado en ningún bar. Nunca bebía solo. Nunca, o todavía. ¡Bah!, anda al
carajo con tus interrupciones, pensó. O sí, el único lugar donde aceptaba beber
sin compañía era su casa, pero no hasta emborracharse, y esto sí que era
extraño y hasta novedoso, era un poco anormal desde el punto de vista clásico,
ya que esta gente (los borrachos, pensó, los enfermos alcohólicos), como los
drogadictos, tienen una manifiesta tendencia a la soledad cuando están en
racha, al anonimato, a los bodegones sórdidos, cosa que a Esteban le resultaba
bastante inexplicable porque, según pensaba ahora ya totalmente olvidado del
portafolio y hasta de su alma inmortal cautiva en el portafolio bajo la especie
de un gran cuaderno Leviatán de hojas cuadriculadas, la soledad únicamente se
soporta estando sobrio, sólo es bella y contiene al hombre como en el centro de
una perla negra, si se está sobrio, en cambio, el mundo, que repentinamente
había derivado desde una redonda transparencia con azules flores de campanilla
hasta la forma algo arbitraria de una escupidera cuyo contenido venía a ser la
Civilización, y sobre todo ciertos borrachos, y sobre todo ciertos escritores
borrachos (excepto los muertos venerables), en cambio el mundo no puede ser
soportado con menos de medio litro de whisky bajo la camiseta, pensó Esteban
como si cantara en medio de un incendio, imagen que estuvo a punto de revelarle
una teoría general y algo catastrófica sobre el destino de la Cultura
Occidental, y sobre el arte, esa borrachera de la cultura, y sobre sí mismo
como una especie de cordero borracho inmolado por amor a la sobriedad, al
equilibrio y a las flores azules. Y sabe Dios adonde habría ido a parar si la
necesidad de escribir todo esto (de
escribir una carta, pensó) no le hubiese hecho recordar el portafolio.
Tenía la costumbre de apoyarlo junto a la pata de las mesas, en los bares,
pero, por las razones filosóficas ya apuntadas, él no había entrado en ningún
bar. O sí. ¿El bar de la estación? Imposible. Y no porque esta misma mañana no
se hubiera sentido capaz de refutar su sana teoría sobre él y los bares, sino
porque en la estación de ómnibus no había ningún bar, no uno abierto. Ni
tampoco en los alrededores, porque ahora se recordó a sí mismo, portafolio en
mano, buscando con alguna desesperación un bar abierto por la calle Hornos.
–"Nortespierto" –oyó, junto a la oreja. Una dulce electricidad le
erizó los pelos de la nuca. Y mientras alcanzaba a pensar que esa expresión no
era un giro literario, comprobando al mismo tiempo que a su lado no había
nadie, cosa que ya sabía, recordó el nombre de la calle (¡Hornos!) y sintió que
se le helaban los dedos debajo delas uñas. Su asiento estaba reclinado; el
contiguo, no. En el hueco vio una nariz y un ojo. El ojo era más bien verde,
pero Esteban, por una cuestión de cábala, lo miró como si fuera azul. Ojo que
pertenecía a una encantadora anciana que acababa de preguntarle al señor del
asiento de adelante, o sea a él, si ya estaba despierto. Esteban, con la
espalda muy rígida contra el respaldo y la cabeza vuelta en dirección al ojo,
tenía, o le pareció, un vago aspecto de persona a punto de ser fusilada, y, a
causa de la torsión del cuello y de los ojos, cierto aire de pánico que de
todos modos no lograría atenuar mientras debiera atender por entre los asientos
a la anciana dama, quien, créase o no, le estaba hablando a Esteban de su
portafolio. –Usted me lo puso en la falda, al subir –decía la bella mujer
antigua del asiento de atrás–."Cuídemelo bien", me dijo, y se fue a
dormir a su asiento. –Me acuerdo –dijo soñadoramente Esteban. –Pero yo me bajo
acá cerca, en Zarate –decía el Hada de los Poetas–. Así que no sé. Yo debí
tener una abuela así, pensó Esteban casi con lágrimas, o aunque más no fuera un
ama de llaves como ella. Nunca me habría atrevido a defraudarla. Nunca me
hubiese caído de cabeza en la bañadera al volver de madrugada, nunca me hubiese
deslizado en la oscuridad para robarle el Licor de las Hermanas. Y todo, lo sé,
todo habría sido distinto. –Démelo, démelo nomás –dijo. La abuela, que hasta
ese momento seguía con el portafolio sobre su falda, hizo ademán de levantarse.
No, pensó horrorizado Esteban. Ella no debía ponerse de pie. Y él, menos.
Perder el equilibrio justamente ahora hubiera sido horrible, hubiera sido
infame. Dios lo perdona todo, menos cosas como ésta. –Por el agujero nomás
–dijo, deslizando la mano entre los dos asientos–. Pásemelo por el agujero. De
inmediato, y olvidándose por completo de dar las gracias y quizá hasta
olvidando a la anciana, descorrió el cierre del portafolio, sacó el cuaderno,
sacó un frasquito de anfetaminas, se tragó dos de un golpe y buscó una lapicera:
encontró tres. Como equipaje, era representativo: un enorme cuaderno, las
anfetaminas, tres lapiceras, una camisa, un libro de Jack London y una bombilla
para tomar mate cuya procedencia y utilidad ya iría descubriendo con las horas,
aparte del citado cepillo de dientes que, vaya a saber por cuál arranque de
ternura, había decidido llevar no en el portafolio, sino junto a su corazón.
Apoyó sobre las rodillas el cuaderno abierto en una página en blanco. Lo veía
todo muy claro ahora. Y todo quería decir todo.
El mundo. Y su relación con el mundo. El porqué de su relación con el mundo y
el porqué de su relación con Mara (con todas las mujeres, sí, pero
especialmente con Mara), y el porqué de que a veces, durante la noche, todavía
se creyera capaz de terminar su libro, y aun muchos otros libros que les
hablaran a los hombres de otro hombre, de Esteban Espósito, con una voz tan
angelicalmente bella y demoníaca que ellos se espantarían de sí mismos si eran
perversos y, si no lo eran, quizá comprenderían que él de veras se había
crucificado inmundamente, y se estaba matando, y se había hecho odiar por todos
los que alguna vez lo amaron y ya había dejado de amar, y casi no podía sentir
un solo sentimiento humano, por la pasión de ser feliz, de que todo hombre
fuera feliz, por la locura de que todo hombre y aun toda cosa fueran bellos y
felices, motivo por el cual se fue convirtiendo en lo que era, un egoísta hijo
de puta, un sórdido egoísta hijo de puta que se emborrachaba por miedo a vivir
y se acostaba con otras mujeres por miedo a vivir y no era capaz de confesarle
a Mara que nunca la había querido por miedo a vivir, y a dejarla vivir, y ya ni
siquiera escribía por miedo a vivir. Pero esta vez iba a decirlo palabra por
palabra, a confesarlo todo. Iba, siquiera por una sola vez en su vida, a hacer
algo irremediable, algo absolutamente sincero y honrado, e irremediable, pensó,
o quizá ya lo estaba escribiendo porque desde hacía unos minutos se había
puesto a escribir frenéticamente, ahogado por el calor y casi a ciegas,
sacudido por los bandazos del ómnibus y los propios bandazos de su corazón
mientras comprendía en algún lugar de su conciencia que le era absolutamente
necesario conservar este delirio, esta embriaguez, porque si no escribía hoy
esta carta no se iba a atrever a escribirla nunca. Hoy lo había emborrachado
Dios. Y en el mismo momento en que empezaba a meditar en el sentido cabal
(religioso) de la palabra embriaguez, advirtió que el ómnibus estaba
deteniéndose. Zarate. La Balsa. En la Balsa había una especie de confitería. Se
pasó la mano por la frente empapada. No, no iba a bajarse. Como aureolada, la
Abuela Mística del asiento de atrás pasó junto al asiento de Esteban. No
llevaba valija ni bolsón, llevaba un paquete, porque todas las abuelas del
mundo viajan por el mundo con paquetes. Ella le sonreía. Y Esteban también
sonrió, sólo que en dirección a su rodete, vale decir un poco a destiempo
porque ella ya había pasado. De modo que no la vería nunca más. Y de modo que
ella había venido custodiando, desde la mismísima calle Hornos, su portafolio
y, sobretodo, su ancho cuaderno Leviatán, de cuatrocientas páginas y, sobre
todo, doscientas de esas cuatrocientas páginas cuadriculadas de su gran
cuaderno de tapas duras, robado, seis años atrás, en una ruinosa librería de
Córdoba que, por si no se cree en el destino, se llamaba nada menos que Fausto.
Bruscamente, Esteban se puso de pie, mejor dicho se puso de pie sin pensarlo y
eso lo ayudó a pararse. O quizá ya le estaban haciendo efecto las anfetaminas,
porque se encontró dando grandes zancadas por el pasillo del ómnibus detrás del
rodete de la abuela, al que alcanzó a decirle "gracias" en el momento
exacto en que llegaba a la puerta. Ella se dio vuelta y volvió a sonreír.
"Pero hijo", murmuró como una música. Y Esteban la vio irse de su
vida, con su gran paquete y rodeada de ángeles o de parientes que la esperaban,
parientes o ángeles a los que no quiso mirar porque también le pareció oír la
voz de un chico quien, en contados segundos, le robaría para siempre el amor de
la abuela, que sin saberlo, y más que nada sin importarle, había venido
custodiándolos diez primeros capítulos de algo que en términos generales podía
llamarse su apuesta contra el tiempo, o el embrión, informe, pero el embrión,
de su grande y verdadera conversación con el demonio: su Pacto con el Diablo.
En el pasillo del ómnibus algunos impacientes parecían tener una idea distinta
de la de Esteban acerca del uso de la puerta, pero ¿qué hubiera pensado la
abuela de horas sin pensar en otra cosa, y especialmente sin pensar demasiado
en lo que escribía, la carta estaría terminada antes de que el cansancio, el
alcohol y las anfetaminas, actuando como de costumbre, lo fulminaran en un
sueño que podía durar dos o tres horas más y del que despertaría, también como
una fulminación, en un estado tal que ningún directivo de Amigos del Libro, sin
conocerlo, podría diferenciar de la más absoluta normalidad. Antes, claro,
debía lavarse la cara y los dientes. Y antes, en alguna parada del ómnibus,
comprar un sobre, una estampilla y echar la carta. Después de esto vendría el
sueño. Y al despertar, en el pueblo anterior a Concordia, recién entonces se
lavaría la cara y los dientes. Y se cambiaría la camisa. Y al llegar a
Concordia, ¿Quién bajaría del ómnibus? Un escritor todavía joven, pálido por el
viaje y ojeroso por las diez horas de calor y ripios, vagamente parecido a
Montgomery Clift en Mi secreto me
condena, casi tan inmortal como diez años antes, aunque mucho más solo. Y
así fue como Esteban Espósito supo que ése no era el día de su muerte. Y
escribió. Semi ahogado, por el calor, con el cuaderno sobre las rodillas
encogidas, el cuerpo empapado por la fiebre, y la garganta y la nariz resecas,
escribió, poniendo mucho cuidado en dibujar las palabras, de manera que se
podría haber dicho que lo hacía casi con amor, si la necesidad de presionar la
lapicera sobre el papel y la costumbre de apretar los dientes no le dieran al
acto un cierto aire de ferocidad, metido en ese ómnibus que corría bajo el sol
por un increíblemente liso camino de ripios abierto en algo bastante parecido a
una selva, y que quizá era una selva si sus nociones de geografía argentina no
eran muy fantásticas (¿me habré perdido yo también en medio del camino de mi
vida?, ¿será pueril la asociación?, ¿entenderás, no digo ya las palabras,
entenderás siquiera mi letra?, ¿querrás llegar, como yo, hasta el final de este
cáliz, o carta, o acto de purificación, o crimen?, ¿no querrás imaginar
generosa, y sobre todo cobardemente, que todo esto es obra de un borracho, ni
siquiera de un borracho, ya que está muy claro que yo no soy ellos, sino obra de una borrachera, una
especie de acné tardío que se cura con el matrimonio y sus consiguientes
preocupaciones por la leche en polvo, la diarrea estival y otras responsabilidades
civiles?), sabiendo que si se detenía a pensar un segundo, todo estaba perdido,
poniendo mucho cuidado no sólo en dibujar las palabras sino en evitar que las
gotas de sudor cayeran sobre el papel y las borronearan con efecto doblemente
desastroso, Esteban escribió. Tenía conciencia de que nunca volvería a recordar
nada de lo que ahora le resultaba tan claro: sabía, sobre todo, que si no
acababa esa carta y la despachaba a Buenos Aires antes de llegar a Concordia,
volvería a leerla y le parecería insensata, y hasta se felicitaría por no
haberla enviado, y esta misma noche, caminando entre los palmares sometido al
imperio de la Luna, o más bien acostado en cualquier hotel con alguna joven
asistente a su conferencia bajo el efecto de varios whiskies, acabaría
explicando que su relación con Mara era un horror demasiado complejo para que
no fuera también un modo del amor, por lo menos del agradecimiento, y
terminaría preguntando por qué tenía que venir a encontrarla justamente a
ella(a la muchacha de la conferencia, no a Mara), justamente en ese momento de
su vida y en esa ciudad de mierda, y si las cosas marchaban bien conseguiría
que la muchacha viajara de vez en cuando a Buenos Aires, hasta que la
incomodidad, la amenaza de un cariño conflictivo u otro conferenciante
asesinaran este idilio de luciérnagas. Y también lo escribió. O escribió algo
que equivalía a eso. Con una alegría angélica, con un dolor absoluto, purísimo,
como el que debe sentir un animal con el vientre rajado, escribió. Escribió sobre
su cobardía y su egoísmo, y era consciente incluso del egoísmo y la cobardía
que significaba la liberación de escribirlo. Escribió muchas veces la palabra
amor, y escribió, o creyó que escribía, cómo él había nacido para celebrar el
amor y cómo, sin que nadie tuviera la culpa, fue cayendo poco a poco en el
odio, primero hacia sí mismo y luego hacia ella, un odio que le corrompió el
corazón pero no alcanzó a destruirlo porque él aún creía, él sabía, que el amor
vendría a instalarse sobre la triste Tierra. Y escribió qué era lo que quería
de la vida, y cómo, aunque esta misma noche buscara desesperadamente una
muchacha contra la cual poder dormirse y mañana volviera a emborracharse y
quizá ya no le quedara tiempo, no le estuviera permitido acabar aquello para lo
que había venido al mundo, desde hoy sólo viviría para consumar su idea de la
vida. Que no es, escribió, lo que vos llamarías ser feliz. Porque vos te
conformabas (!) con la felicidad y yo descubrí hace años que el mero hecho de
vivir implica que la felicidad no existe, y que, en todo caso, eso que ustedes
llaman felicidad, ese sol risueño, esa pequeña flor de cada mañana, aunque es
cosa buena a los ojos de Dios y se puede construir acá abajo y da alegría, no
tiene nada que ver con mi destino. ¿Qué cómo lo sé? Porque yo, Mara, o cierta
clase de humoristas como yo, estamos en el fondo mucho más dotados que nadie
(Esteban tachó por primera vez una palabra y puso ustedes) para esa felicidad
que voy a llamar humana, aunque lo mejor sería hablar en plural y decir
pequeños cristales límpidos y redondos, felicidades. No habría más que
abandonarse y aceptar las pueriles, hermosas, inocentes cosas de la vida,
atarse ala vida y dedicarse a crecer y multiplicarse, ni hace falta amar, basta
un poco de alegría. Yo sé que pude eso y no lo quiero, y ahora, aunque lo
quisiera, ya no podría, porque también sé que algo hice, o sucedió algo, que me
volvió desdichado, ya termino, algo que me dejó sin alegría para compartir con nadie. Y escribió dos o tres palabras
más, levantó la cabeza, lo sorprendió la calcinada inmovilidad del paisaje y
volvió a escribir acto de fe. Ya que entre nosotros es un poco grotesco hablar
de actos de amor. Y firmó. Y recién entonces tomó plena conciencia de que
acababan de cruzar la segunda balsa y que ahora estaba en el comedor de una
posta de la ruta. No tenía una idea muy clara de cuándo (ni cómo) había bajado
del ómnibus. Vio brumosamente que el señor petisito se anudaba con dignidad una
servilleta en el cuello. Vio a través de la ventana la desolación de una calle
de tierra y un quiosco de revistas y cigarrillos. Todo esto era importante, le
hubiera gustado saber por qué. Con mucho cuidado arrancó del cuaderno las hojas
escritas y las dobló. Se puso de pie: debía comprar un sobre. Eso era. Y una
estampilla. Buscó en el bolsillo delantero del pantalón y verificó que le
quedaban cien pesos. Si su experiencia no le fallaba, debía tener más, tan
arrugados como éstos, distribuidos secretamente en los lugares más astutos. Por
cábala no siguió buscando. Ya aparecerían a su debido tiempo. No había que
mostrarse desconfiado con la Divinidad, ni impaciente. Moisés debió meterse la
varita en el culo cuando sintió el impulso de volver a golpear la piedra. Lo
que tenía que hacer ahora requería cierta firmeza de carácter: llegar al
quiosco. Y antes, pasar entre esas dos mesas y abrir la puerta. El quiosco
estaba fácilmente a seis o siete metros. Llegó. Se apoyó un segundo en la
vitrina de los caramelos. –Un sobre– dijo,
o al menos le pareció que lo dijo. La calle, a pleno sol, era una especie de
calle del Far West. No se veía más que la estación deservicio, el
restaurante, este quiosco y dos o tres casas en cuyas puertas la gente parecía
vender sandías o grandes zapallos. –Qué –oyó. El hombre del quiosco lo miraba
con demasiada fijeza. Esteban comenzó a transpirar. No sólo pedir un sobre,
sino estampillas. Y había algo más, algo en lo que hasta ahora nadie ha
pensado. La idea le heló la espalda. –Y un buzón –dijo. El hombre se echó hacia
atrás. Esteban lo miró directamente a los ojos. –Un sobre –repitió con absoluta
claridad y en un tono más bien amenazante–. Un sobre para cartas. Y una
estampilla. Y dígame –dijo contemplando la calle de tierra, descubriendo a su
lado un pato que lo miraba sin interés– dónde hay un buzón cerca. Un buzón o
algo. –Porque de pronto pensó que en los pueblos, suponiendo que aquello fuera
un pueblo, nunca había visto buzones. El hombre, con calma, cortó una
estampilla. El pato desapareció moviendo la cola. Buzón, dijo el hombre, un buzoncito.
Después le mostró tres sobres. Esteban le sacó de las manos el más grande y
metió la carta dentro. Abultada espectacularmente. Compró dos estampillas más.
–Buzón no, estafeta –dijo el hombre–. Hay una estafeta seis cuadras para
adentro –y siguió hablando, mientras Esteban pensaba que caminar seis cuadras
ahora, bajo ese sol, estaba más allá delas posibilidades humanas. Seis de ida,
porque además había que volver–. Son noventa pesos –dijo el hombre, alisando
sobre el vidrio el billete de Esteban–. Cien pesitos. El vuelto se lo debo. La
gente que viaja nunca paga con monedas, y si no pagan con monedas, yo de dónde
las saco. ¿Quiere un caramelo? Esos de ahí son de diez. Tiempo de ir y volver
tiene, ahora que yo... –y volvió a mirarlo, frunciendo la boca, como si
calculara los días de vida que le
quedaban a un enfermo grave– . Vea, si usted quiere... –No –lo interrumpió casi
con terror. Lo que el hombre iba a ofrecerle era echar él mismo la carta. Y
Esteban no podía arriesgarse a que lo olvidara, o la extraviase, o la
despachara catastróficamente una semana después cuando él ya hubiera vuelto a
Buenos Aires y las cosas tuviesen otro signo, sin contar que, por motivos que
ahora no tenía muy claros, echar esta carta era asunto de él–. Gracias – dijo.
Y con el portafolio en una mano y el caramelo en la otra, echó a caminar por el
centro de la calle. Dos cuadras, había dicho el hombre, primero dos cuadras
hasta la casa amarilla de techos colorados. A partir de allí, las otras seis,
hacia el río. Lo que hacía un total de ocho, lo que significaba dieciséis. Caminó una cuadra y pensó que
se desmayaba; al llegar a la tercera se dio cuenta de que había pasado de largo
frente a la casa amarilla, sin verla. Dio la vuelta. Entonaba, dentro de la
cabeza, una marcha militar. Cuando llegó a la casa amarilla dobló
instintivamente hacia la izquierda, sabiendo, antes de ver las veredas
arboladas de naranjos, que no se había equivocado. Parecía la entrada de un
pueblo. Debía imaginarse el pueblo si quería seguir caminando. Casas con
zaguanes frescos, baldosas y mayólicas, macetones con helechos, viejas
señoritas con baúles y trajes de novia, jamás usados, dentro de los baúles.
Caminaba muy erguido, pero ahora más lentamente. Desde alguna ventana enrejada,
por entre el crochet de las cortinas, debía estar mirándolo una muchacha. El
crochet lo ha tejido la abuela. La muchacha tiene ojos violetas y, vaya a saber
cómo, conoce su tristeza. Y Esteban se encontró de pronto frente a la estafeta
de Correos. La puerta, cerrada con un candado, fue lo primero que vio. Y pudo
haber sido lo último (ya que irremediablemente sintió que, por lo menos, se
volvía loco) si, a punto de perder el equilibrio, no se hubiera aferrado a una
especie de cajón que sobresalía de la pared. Vio en la cara superior del cajón
una ranura; vio, mientras recuperaba la verticalidad y el sol cantaba sobre su
cabeza, un letrerito que decía: "Correspondencias". Así, con s final:
correspondencias. Cuando estaba por echar la carta vio a sus pies un perro de
ojitos helados que lo miraba socarronamente. Un perro o algo así como una
especie de perro. Y Esteban, que durante un segundo tuvo la nítida impresión de
que alguien reía(una carcajadita en el centro exacto de su nuca, no hay un modo
más humano de explicarlo), dejó caer el sobre en la irrevocable tiniebla del
cajón. El perro, si se trataba realmente de un perro, era más bien pesadillesco
aunque algo cómico; tenía el aire de un jabalí liliputiense, pero peludo.
Esteban, plácidamente se sentó junto a la escalofriante criatura en el umbral
de la estafeta. "Picho", murmuró sin convicción mientras desenvolvía
el caramelo. Después, por desviar la vista de su terrorífico compañero de
umbral, al que por algún motivo resultaba casi irrespetuoso ofrecerle cualquier
tipo de golosinas, hizo como que leía las inscripciones grabadas en el cajón de
las cartas. Cuando aquello se quedó quieto, leyó, extasiado e incrédulo, que
Betty era bombachuda. Incrédulo no porque lo dudara, sino porque abajo firmaba
Dante. Betty Bombachuda, Dante. Y todo envuelto inesperadamente en el dibujo de
un corazón herido de un flechazo. El perro lo miraba con malignos ojitos de
inteligencia. Esteban se puso a comer su caramelo: "Voy a perder el
ómnibus", murmuró con objetividad. "Es notable que, justamente ahora,
me pase esto." Después estaba corriendo junto al ómnibus en marcha; sin
saber cómo, había vuelto y golpeaba la puerta para que le abrieran. Subió y
dijo algo que quería significar: –Despiérteme en la parada anterior a
Concordia. En su asiento vio la botellita de agua tónica, intacta; abrió la
ventanilla y la tiró al camino: antes tomó un trago no muy grande. Apoyó la
cabeza en el respaldo y, como si hubiera recibido una pedrada en la frente, se
durmió. Se despertó solo, tres horas después. Bajó del ómnibus y volvió a subir
con la cara lavada, la camisa limpia y oliendo fuertemente a mentol. Cuarenta
minutos más tarde, los directivos del Círculo Impulso de las Artes, que así se
llamaba por fin la estimulante institución, recibían, en la terminal de
Concordia, a un no muy conocido pero promisorio y desconcertadamente joven y
buenmozo escritor capitalino, aunque en realidad no tan buen mozo ni joven como
de aire interesante aspecto juvenil, pese a las ojeras y al gesto caviloso o
distante que denotan el hábito de meditar sobre el contradictorio corazón del
hombre o el haber rodado varias horas sobre ripios; apuesto disertante que en
una mano llevaba un portafolio y con la otra saludaba cortésmente a todo el
mundo, y que pareció encantado con la idea de que la muchacha del lunar, esposa
del contador Unzain, director del Círculo (desdichadamente empantanado en su
campo de Villaguay, a unos cien kilómetros de Concordia), fuera la encargada de
hacer que lo pasara lo mejor posible; conferenciante que, si aceptaba quedarse
unos días, sería llevado a pasar el week-end
a una quinta preciosa cerca de los palmares, y al que pronto todos miraron
con asombro. Porque Esteban, en el momento de entrar en el automóvil de su
joven anfitriona con lunar, se irguió como electrizado, se llevó la mano a la
frente y soltó una carcajada límpida, larga, sonora y bastante fuera de
situación. Todo: lo había hecho todo, menos ponerle la dirección al sobre. Era
tan cómico, que daba miedo. En el fondo de un buzón de madera donde Dante había
dicho su última palabra sobre Beatriz y un asesinado corazón dibujaba para
siempre su muerte, en algún lugar del país, del mundo, en un pueblo perdido del
que Esteban no conocía siquiera el nombre ni se iba a molestar en averiguarlo
nunca, yacía, porque la palabra era yacía, algo así como su propio corazón
asesinado bajo la apariencia de un abultadísimo sobre sin destinatario, en el
fondo mismo de un cajón de madera, como el propio Esteban Espósito algún día,
vigilado socarronamente por un perro como de sueño con ojitos de jabalí. Lo
miraban. –No, nada –comenzó a decir y entró en el auto mientras sonriendo
repetía que no, que no se trataba de nada que pudiera explicar, no al menos tan
pronto. Era, había sido, una especie de broma ,algo muy gracioso. Esas cosas que
a veces ocurren en los viajes.
*Publicado originalmente, como cuento, en el libro El cruce del Aqueronte. (Editorial Galerna, 1982). Pertenece al capítulo 2 de la novela El que tiene sed.
(Este texto fue publicado en el blog por recomendación de la escritora Leticia Martinez, autora de De cara al sol.)
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