Escribe Gabriel Kaufmann
Pues lo que persigue el escritor ¿es lo escrito, o algo que por lo escrito se consigue?
María Zambrano.
No podría
explicar cuál es el motivo que lleva a las personas a escribir ni a leer, pero
creo entender, al menos en mi experiencia, que se acerca a hacer algo con lo
que se lleva dentro, o quizás con lo que nos habita. En un mundo que muchas
veces se torna hostil, tan pretendidamente eficaz, ligero e inconmovible,
detenerse en una historia puede cambiarlo todo. Quienes escribimos intentamos tener
una orientación, es decir, partir desde una motivación propia que busca ser
compartida con otros. Y es ahí que se genera un plus. Algo que no puede saberse
de antemano, ni antes de empezar a escribir, ni de que un texto sea leído. Lo
cual considero forma parte de la riqueza de lo inesperado y del no-saber que
tiene la literatura. Eso que construye la tensión narrativa.
Muchas veces
tengo la sensación de estar habitado por una energía desmedida e ineliminable
que, aunque me guste o no, estará presente toda mi vida. Digo esto, como podría
usar otra palabra, porque la sensación es que aquello puede servir de
combustible, que tiene el potencial de una explosión que puede desencadenar
muchas cosas, buenas y no tan buenas. La sensación es que, a pesar de mí, más
allá de mí, pero conmigo, eso alimenta fantasías, sueños, que pueden resultar
agradables o pesadillas insoportables, como miedos, inseguridades o simplemente
calles sin salida. Preocupaciones que generan mucho desgaste, porque empujan
hacia ese lugar, ese agujero propio y ajeno al mismo tiempo en el que se pierde
todo, al menos mucho tiempo y sufrimiento. Pero esa energía no solamente tiene
que conducir hacia una pared, la literatura y particularmente la escritura, facilita
esa reorientación, permite transformar eso en una motivación literaria, que
ayuda a reconducir el cauce de un río, y poder construir algo bello con eso.
Frente a la
imposibilidad de determinar por qué se escribe, me dirijo hacia mi propia
relación con la literatura y el rol que la misma ha tenido en mi vida. En mi
caso, los recuerdos vienen de lado de la infancia. El dolor frente a la pérdida
muy cercana en el tiempo de dos abuelos, ambos referentes muy importantes de mi
niñez ¿Es exagerado decir que la literatura puede cambiar vidas? No lo sé, he
escuchado y leído algunas escritoras y escritores decir que los libros “curan”.
No me agrada esa palabra porque creo que no se trata de alcanzar una
“curación”. Escribir ayuda a ordenarse, leer ayuda a entenderse, a captar el
dolor que uno soporta o que lleva. Los buenos escritores consiguen cernir los afectos
-que no únicamente deben ser el dolor- para que quien lea se identifique, tanto
en sus palabras escritas y más allá de las mismas. La literatura puede ser un
factor que marque un antes y un después en la vida de una persona y no
solamente por el mero hecho estético sino por la función que puede desempeñar.
Las pérdidas de
mis abuelos dejaron secuelas muy fuertes, en particular una: el terror. Aquello
que hoy suele llamarse “terrores nocturnos”, me invadía todas las noches sin
descanso, haciendo que sea imposible dormir. Ideas que pueden confesarse hoy
como algo locas: sobre monstruos, asesinos, ladrones, pero particularmente monstruos.
La idea era clara, iban a llevarme a mí también. No sabía a dónde, ni cómo, ni
para qué, únicamente me invadía el terror más absoluto que me llevaba a
intentar estar despierto, a estar muy atento a ruidos, a taparme la cabeza, a
no dormir, a no bajar la guardia, a pedir a gritos a mis padres no estar solo,
que no me dejen solo con todo eso. Y allí es donde hubo un antes y un después
que conecta indiscutiblemente mi vida, la literatura, la escritura y sobre todo
la soledad.
Desconozco cómo
cada quién vive su soledad, o incluso a qué le llaman soledad las personas. En
aquel niño la soledad más tremenda fue la de estar solo muerto de miedo tapado
hasta la cabeza. Pero me refiero también a la soledad que pueden sentir muchas
personas, según sus historias de vida. Hablo del desamparo que cada quién habrá
sentido frente a alguna situación desbordante e indetenible. Esas que no tienen
vuelta atrás. En algún momento la sensación del miedo, de estar solos,
desprotegidos, en la nada, nos atraviesa por el mero hecho de estar vivos.
Muchas de las
personas que escriben, hacen particular hincapié en el solitario oficio del
escritor. Porque es inevitable, porque es una defensa de la soledad, pero
sin embargo con una convicción: la de ir en busca de una dirección precisa que
logre apuntar hacia la construcción social y colectiva. Quienes no podemos
abandonar, ni resignar -a nuestro pesar- porque incluso nos satisfacemos
paradójicamente sosteniendo una soledad radical, nos vemos confrontados por las
ambigüedades a las que eso nos enfrenta. Estar demasiado solo es insoportable,
pero no tener esa soledad también.
La creatividad
nace en momentos impredecibles, donde uno más bien está atento, siempre con un
ojo abierto, para conectar algo del pasado con algo actual en visitas a un
futuro para armar algo diferente. Como aquel niño bajo las sábanas. Un ojo
abierto que muchas veces es imposible cerrar incluso cuando hubiese sido conveniente
hacerlo. Quienes escriben no pueden hacerlo.
De esta manera
muchos escritores y escritoras comparten con los lectores sus verdades de
diferentes formas, una es la posibilidad de construir una ficción – que no es
lo mismo que la mentira- y son aquellos los que más han logrado conmoverme.
Donde muchas veces se busca llegar hasta ese punto en una historia, el que no
tiene vuelta atrás. Ese es el caso del cuento de Hemingway “A clean
well-lighted place”, “Un lugar limpio y bien iluminado”. Ahorro la descripción
de un cuento fenomenal, que me dejó pasmado la primera vez que lo leí. Por el
impacto que me trasmitió la soledad que puede sentir alguien, de sentirse solo
frente a la nada, de lo necesario que es compartir. Cada quién lee desde su
propia historia y pone en el cuento algo de sí. Me gusta ese cuento porque
además tiene un error, y un poco me gusta que Hemingway tenga un error en un
cuento.
Muchas veces me
he preguntado sobre lo difícil que es hacer buena literatura y sobre cómo saber
si uno va por el camino correcto. No tengo idea. Pero creo que cuando uno pone
sus verdades en juego, dentro del proceso de la construcción literaria se nota.
Creo que hay una diferencia, que le llega a quien lee. Las palabras son algo
inmenso, como el hueco que intentan rodear todo el tiempo. Y no es tan sencillo
poner eso en juego.
Entonces retomo
la pregunta de María Zambrano ¿Es lo escrito o algo que por lo escrito se
consigue? Y también vuelvo a quienes escriben, pero no solamente. Sino también
a las palabras, a las ficciones, a la creación, a los conflictos, a lo que está
ahí pero también más allá del texto, más allá de la obra de arte, a lo que uno
apunta cuando escribe, aunque no lo nombre directamente. Y qué es lo que
estaría más allá de un texto escrito: un efecto. Algo que conmueve, que toca el
cuerpo, ya sea un escalofrío, causar miedo, risa, tristeza, o incluso alivio.
Es esa fuerza indetenible en la que una vez que uno está inmerso no se puede
frenar, no se puede dejar de leer.
Vuelvo a mi niñez
y a los terrores. Mi padre comenzó a quedase conmigo por las noches a leer una
colección de cuentos, de fábulas infantiles, que por supuesto tenían muchos
dibujos. Hablo de un padre que le lee cuentos a su hijo de 6 años. Hablo de la
fábula más importante de mi infancia: la de San Jorge y el Dragón. Siendo un
niño judío de clase media criado como ateo, pensar que una fábula del
cristianismo pudiera ser salvadora es algo al menos chistoso. Pero lo fue,
incluso durante muchos años tuvimos en casa de mis padres una estampita de San
Jorge en la heladera, porque fue en la lectura repetida, frente a mi incansable
insistencia, una y otra vez, la que logró bordear algo imposible de contener,
pero que debía ser localizado y ubicado. El miedo. El terror. El miedo a los
monstruos que por supuesto va más allá de los monstruos. Porque esos son mis
monstruos, pero cada quien tienen los suyos. El miedo tremendo que, dentro de
una fábula, de una ficción, y de la lectura de mi padre, se enmarcaba todas las
noches, hasta que yo me quedaba dormido.
¿Qué un padre le
lea a su hijo que no puede dormir por las noches es también literatura? ¿Es
aquello lo que por lo escrito se consigue? El amor por la transmisión de la
literatura vino de ambos padres, mi padre y mi madre, el amor por el saber
también. Eso que me dejó algo para con lo que hacer frente al miedo. A pesar de
que he crecido, que puedo dormir solo, y a veces no tanto, no estoy seguro de
que esa sensación vaya a desaparecer por completo, sino tal vez que cambia de
escena. Porque muchas veces he vuelto a sentir la atenuada sensación que me
recuerda aquella época, dependiendo de cómo esté en ese momento de mi vida, y
es allí donde espero poder volver a la escritura, donde espero volver cada vez,
una y otra vez, con la tenacidad de un niño incansable que necesita escuchar la
misma historia para poder sentir alivio. Volver con la fuerza, la potencia y el
empuje que me conduzca hacia ese lugar, el de la hoja en blanco, el de la
creación, que puede ir desde un diario personal a la ficción propiamente dicha
o la poesía.
Es en el intento
de hacer con eso que uno lleva dentro que se escribe. Algo que quizás no va a
desaparecer, no va a “curarse” pero que tampoco tiene por qué no dejarnos
dormir. Y será por eso que el cuento de Hemingway me habrá conmovido tanto.
Porque allí hay alguien que quiso quitarse la vida, un viejo sordo, que prefiere
emborracharse en un lugar limpio y bien iluminado, que necesita hacer algo con
el dolor que siente, pero no de cualquier manera. Porque no es todo lo mismo,
no da todo igual. Hoy en día siento que eso es cada vez más importante. Uno de
los dos hombres que lo observan y hablan entre sí, entiende o cree entender, al
menos desde su propio dolor, y allí creo que está el hecho literario, porque de
pronto quién está leyendo también entiende, porque todo hemos sentido la
soledad, la tristeza o el rechazo. Y se entiende cómo es que aquel otro
cantinero solo quiere irse temprano con su mujer, él también siente la soledad
a su manera y por algo quiere irse de allí. Porque quien se emborracha en un
lugar donde hay gente, o quien no quiere cerrar el bar para no volver a estar
solo en su pensión, son personajes que logran traspasar las palabras escritas,
logrando un efecto literario singular sostenido por una motivación clara. Es
insoportable estar solo frente a la nada, y, sin embargo, también tiene un
encanto intransmisible. Un imán que atrae, a leer, a mirar apenas hacia el
abismo, a querer intentar acercarse y saber un poquito, sobre eso que no puede
saberse, que no puede decirse, que no terminará jamás de escribirse.
Los afectos se
sienten de a uno, pero se comparten por todos. Al leer, muchas veces quien lee
logra identificarse en una lectura, y uno puede lograr sentirse un poco menos
solo, sabiendo que alguien, en otro lugar del mundo, en otra época, cultura y
hablando otro idioma, sintió algo similar. Al escribir también. Lograr conmover
algo de eso, lograr mover algo de eso, darle un lugar, una orientación, un
marco, una identificación, es muy importante. Escribir es importante. Las
palabras escritas son importantes. La literatura es importante, por sobre todas
las cosas, cuando logra ser compartida.
Muy bueno Gabriel, me encantó, la literatura es la vía regia para enfrentar a los monstruos y mirarlos de frente para escribirlos y volverlos hermosos en el mejor de los casos. Abrazo grande!
ResponderEliminarConmueve el relato, tan seco, duro y transparente como la figura de Hemingway
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