lunes, 15 de noviembre de 2021

Sobre la motivación literaria, por Gabriel Kaufmann


Escribe Gabriel Kaufmann



Pues lo que persigue el escritor ¿es lo escrito, o algo que por lo escrito se consigue?

María Zambrano.

No podría explicar cuál es el motivo que lleva a las personas a escribir ni a leer, pero creo entender, al menos en mi experiencia, que se acerca a hacer algo con lo que se lleva dentro, o quizás con lo que nos habita. En un mundo que muchas veces se torna hostil, tan pretendidamente eficaz, ligero e inconmovible, detenerse en una historia puede cambiarlo todo. Quienes escribimos intentamos tener una orientación, es decir, partir desde una motivación propia que busca ser compartida con otros. Y es ahí que se genera un plus. Algo que no puede saberse de antemano, ni antes de empezar a escribir, ni de que un texto sea leído. Lo cual considero forma parte de la riqueza de lo inesperado y del no-saber que tiene la literatura. Eso que construye la tensión narrativa.

Muchas veces tengo la sensación de estar habitado por una energía desmedida e ineliminable que, aunque me guste o no, estará presente toda mi vida. Digo esto, como podría usar otra palabra, porque la sensación es que aquello puede servir de combustible, que tiene el potencial de una explosión que puede desencadenar muchas cosas, buenas y no tan buenas. La sensación es que, a pesar de mí, más allá de mí, pero conmigo, eso alimenta fantasías, sueños, que pueden resultar agradables o pesadillas insoportables, como miedos, inseguridades o simplemente calles sin salida. Preocupaciones que generan mucho desgaste, porque empujan hacia ese lugar, ese agujero propio y ajeno al mismo tiempo en el que se pierde todo, al menos mucho tiempo y sufrimiento. Pero esa energía no solamente tiene que conducir hacia una pared, la literatura y particularmente la escritura, facilita esa reorientación, permite transformar eso en una motivación literaria, que ayuda a reconducir el cauce de un río, y poder construir algo bello con eso.

Frente a la imposibilidad de determinar por qué se escribe, me dirijo hacia mi propia relación con la literatura y el rol que la misma ha tenido en mi vida. En mi caso, los recuerdos vienen de lado de la infancia. El dolor frente a la pérdida muy cercana en el tiempo de dos abuelos, ambos referentes muy importantes de mi niñez ¿Es exagerado decir que la literatura puede cambiar vidas? No lo sé, he escuchado y leído algunas escritoras y escritores decir que los libros “curan”. No me agrada esa palabra porque creo que no se trata de alcanzar una “curación”. Escribir ayuda a ordenarse, leer ayuda a entenderse, a captar el dolor que uno soporta o que lleva. Los buenos escritores consiguen cernir los afectos -que no únicamente deben ser el dolor- para que quien lea se identifique, tanto en sus palabras escritas y más allá de las mismas. La literatura puede ser un factor que marque un antes y un después en la vida de una persona y no solamente por el mero hecho estético sino por la función que puede desempeñar.

Las pérdidas de mis abuelos dejaron secuelas muy fuertes, en particular una: el terror. Aquello que hoy suele llamarse “terrores nocturnos”, me invadía todas las noches sin descanso, haciendo que sea imposible dormir. Ideas que pueden confesarse hoy como algo locas: sobre monstruos, asesinos, ladrones, pero particularmente monstruos. La idea era clara, iban a llevarme a mí también. No sabía a dónde, ni cómo, ni para qué, únicamente me invadía el terror más absoluto que me llevaba a intentar estar despierto, a estar muy atento a ruidos, a taparme la cabeza, a no dormir, a no bajar la guardia, a pedir a gritos a mis padres no estar solo, que no me dejen solo con todo eso. Y allí es donde hubo un antes y un después que conecta indiscutiblemente mi vida, la literatura, la escritura y sobre todo la soledad.

Desconozco cómo cada quién vive su soledad, o incluso a qué le llaman soledad las personas. En aquel niño la soledad más tremenda fue la de estar solo muerto de miedo tapado hasta la cabeza. Pero me refiero también a la soledad que pueden sentir muchas personas, según sus historias de vida. Hablo del desamparo que cada quién habrá sentido frente a alguna situación desbordante e indetenible. Esas que no tienen vuelta atrás. En algún momento la sensación del miedo, de estar solos, desprotegidos, en la nada, nos atraviesa por el mero hecho de estar vivos.

Muchas de las personas que escriben, hacen particular hincapié en el solitario oficio del escritor. Porque es inevitable, porque es una defensa de la soledad, pero sin embargo con una convicción: la de ir en busca de una dirección precisa que logre apuntar hacia la construcción social y colectiva. Quienes no podemos abandonar, ni resignar -a nuestro pesar- porque incluso nos satisfacemos paradójicamente sosteniendo una soledad radical, nos vemos confrontados por las ambigüedades a las que eso nos enfrenta. Estar demasiado solo es insoportable, pero no tener esa soledad también.

La creatividad nace en momentos impredecibles, donde uno más bien está atento, siempre con un ojo abierto, para conectar algo del pasado con algo actual en visitas a un futuro para armar algo diferente. Como aquel niño bajo las sábanas. Un ojo abierto que muchas veces es imposible cerrar incluso cuando hubiese sido conveniente hacerlo. Quienes escriben no pueden hacerlo.

De esta manera muchos escritores y escritoras comparten con los lectores sus verdades de diferentes formas, una es la posibilidad de construir una ficción – que no es lo mismo que la mentira- y son aquellos los que más han logrado conmoverme. Donde muchas veces se busca llegar hasta ese punto en una historia, el que no tiene vuelta atrás. Ese es el caso del cuento de Hemingway “A clean well-lighted place”, “Un lugar limpio y bien iluminado”. Ahorro la descripción de un cuento fenomenal, que me dejó pasmado la primera vez que lo leí. Por el impacto que me trasmitió la soledad que puede sentir alguien, de sentirse solo frente a la nada, de lo necesario que es compartir. Cada quién lee desde su propia historia y pone en el cuento algo de sí. Me gusta ese cuento porque además tiene un error, y un poco me gusta que Hemingway tenga un error en un cuento.

Muchas veces me he preguntado sobre lo difícil que es hacer buena literatura y sobre cómo saber si uno va por el camino correcto. No tengo idea. Pero creo que cuando uno pone sus verdades en juego, dentro del proceso de la construcción literaria se nota. Creo que hay una diferencia, que le llega a quien lee. Las palabras son algo inmenso, como el hueco que intentan rodear todo el tiempo. Y no es tan sencillo poner eso en juego.

Entonces retomo la pregunta de María Zambrano ¿Es lo escrito o algo que por lo escrito se consigue? Y también vuelvo a quienes escriben, pero no solamente. Sino también a las palabras, a las ficciones, a la creación, a los conflictos, a lo que está ahí pero también más allá del texto, más allá de la obra de arte, a lo que uno apunta cuando escribe, aunque no lo nombre directamente. Y qué es lo que estaría más allá de un texto escrito: un efecto. Algo que conmueve, que toca el cuerpo, ya sea un escalofrío, causar miedo, risa, tristeza, o incluso alivio. Es esa fuerza indetenible en la que una vez que uno está inmerso no se puede frenar, no se puede dejar de leer.

Vuelvo a mi niñez y a los terrores. Mi padre comenzó a quedase conmigo por las noches a leer una colección de cuentos, de fábulas infantiles, que por supuesto tenían muchos dibujos. Hablo de un padre que le lee cuentos a su hijo de 6 años. Hablo de la fábula más importante de mi infancia: la de San Jorge y el Dragón. Siendo un niño judío de clase media criado como ateo, pensar que una fábula del cristianismo pudiera ser salvadora es algo al menos chistoso. Pero lo fue, incluso durante muchos años tuvimos en casa de mis padres una estampita de San Jorge en la heladera, porque fue en la lectura repetida, frente a mi incansable insistencia, una y otra vez, la que logró bordear algo imposible de contener, pero que debía ser localizado y ubicado. El miedo. El terror. El miedo a los monstruos que por supuesto va más allá de los monstruos. Porque esos son mis monstruos, pero cada quien tienen los suyos. El miedo tremendo que, dentro de una fábula, de una ficción, y de la lectura de mi padre, se enmarcaba todas las noches, hasta que yo me quedaba dormido.

¿Qué un padre le lea a su hijo que no puede dormir por las noches es también literatura? ¿Es aquello lo que por lo escrito se consigue? El amor por la transmisión de la literatura vino de ambos padres, mi padre y mi madre, el amor por el saber también. Eso que me dejó algo para con lo que hacer frente al miedo. A pesar de que he crecido, que puedo dormir solo, y a veces no tanto, no estoy seguro de que esa sensación vaya a desaparecer por completo, sino tal vez que cambia de escena. Porque muchas veces he vuelto a sentir la atenuada sensación que me recuerda aquella época, dependiendo de cómo esté en ese momento de mi vida, y es allí donde espero poder volver a la escritura, donde espero volver cada vez, una y otra vez, con la tenacidad de un niño incansable que necesita escuchar la misma historia para poder sentir alivio. Volver con la fuerza, la potencia y el empuje que me conduzca hacia ese lugar, el de la hoja en blanco, el de la creación, que puede ir desde un diario personal a la ficción propiamente dicha o la poesía.

Es en el intento de hacer con eso que uno lleva dentro que se escribe. Algo que quizás no va a desaparecer, no va a “curarse” pero que tampoco tiene por qué no dejarnos dormir. Y será por eso que el cuento de Hemingway me habrá conmovido tanto. Porque allí hay alguien que quiso quitarse la vida, un viejo sordo, que prefiere emborracharse en un lugar limpio y bien iluminado, que necesita hacer algo con el dolor que siente, pero no de cualquier manera. Porque no es todo lo mismo, no da todo igual. Hoy en día siento que eso es cada vez más importante. Uno de los dos hombres que lo observan y hablan entre sí, entiende o cree entender, al menos desde su propio dolor, y allí creo que está el hecho literario, porque de pronto quién está leyendo también entiende, porque todo hemos sentido la soledad, la tristeza o el rechazo. Y se entiende cómo es que aquel otro cantinero solo quiere irse temprano con su mujer, él también siente la soledad a su manera y por algo quiere irse de allí. Porque quien se emborracha en un lugar donde hay gente, o quien no quiere cerrar el bar para no volver a estar solo en su pensión, son personajes que logran traspasar las palabras escritas, logrando un efecto literario singular sostenido por una motivación clara. Es insoportable estar solo frente a la nada, y, sin embargo, también tiene un encanto intransmisible. Un imán que atrae, a leer, a mirar apenas hacia el abismo, a querer intentar acercarse y saber un poquito, sobre eso que no puede saberse, que no puede decirse, que no terminará jamás de escribirse.

Los afectos se sienten de a uno, pero se comparten por todos. Al leer, muchas veces quien lee logra identificarse en una lectura, y uno puede lograr sentirse un poco menos solo, sabiendo que alguien, en otro lugar del mundo, en otra época, cultura y hablando otro idioma, sintió algo similar. Al escribir también. Lograr conmover algo de eso, lograr mover algo de eso, darle un lugar, una orientación, un marco, una identificación, es muy importante. Escribir es importante. Las palabras escritas son importantes. La literatura es importante, por sobre todas las cosas, cuando logra ser compartida.

2 comentarios:

  1. Muy bueno Gabriel, me encantó, la literatura es la vía regia para enfrentar a los monstruos y mirarlos de frente para escribirlos y volverlos hermosos en el mejor de los casos. Abrazo grande!

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  2. Conmueve el relato, tan seco, duro y transparente como la figura de Hemingway

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