El escritor Pablo Ramos ofreció una conferencia en la 5ta edición de la “Feria Provincial itinerante del Libro y semana de las artes” que se realizó del 13 al 17 de octubre en El Bolsón. El escritor leyó un fragmento de su nueva novela editada por Alfaguara, "El Origen de la Alegria", que será publicada a fin de año.
Este blog contiene textos literarios de múltiples autores aportados por talleristas del escritor Pablo Ramos.
martes, 26 de octubre de 2021
sábado, 9 de octubre de 2021
Otros verbos, otras existencias, por Paula María Dombrovsky
"Resulta algo curioso que usemos frecuentemente reproducir, reproducción, proceso reproductivo, aparato reproductor, cuando reproducir remite a verbos como copiar, imitar, reiterar, duplicar. Incluso este diccionario, sumamente cuestionado, dice producir para decir procrear. Aun así, usamos reproducir cuando sabemos que un cuerpo humano nunca reproduce como si hiciera una copia a otro cuerpo".
Escribe Paula María Dombrovsky *
Durante los primeros años en la práctica docente preparaba cada minuto de la clase, leía pies de página, fragmentos de otros autores referidos en los textos que me tocaba dar. Horror vacui es una expresión que refiere al miedo al vacío que se da en el arte islámico, relleno de detalles y ornamentos. Horror al vacío era lo que me llevaba a anticipar y prevenir cualquier posibilidad de quedar en vacío, no conocer de antemano la respuesta a alguna pregunta de alguno de los estudiantes.
La diferencia entre tener y no tener en la facultad de psicología tiene una significación disciplinaria particular. Los varones tienen, las mujeres no tienen. Es una lectura posible, según aquello que se considere que es valioso tener. O aún más, si se considera que es valioso tener algo. La pregunta es qué pasaría si fuera valioso tener vacío o portar el vacío.
Hace más de diez años practico la docencia y si bien reconozco que disfruto los momentos en que puedo presentar ideas de los autores con los que trabajo, también tengo escrito en grandes letras arriba del plan de cada clase la indicación de hacer preguntas y esperar silencios, porque descubrí que soportar el vacío y dejarlo actuar hizo que cada clase sea una creación novedosa, contar con la sorpresa. La paciencia ante algunos silencios y el armado de preguntas más que respuestas permitió dejar aparecer algo de esa magia de la creación, de lo nuevo inesperado, la palabra renovadora de estudiantes creando lazos entre lo que escuchan, lo que vivieron y leyeron. Algo nuevo aparece ahí, una invención, una nueva lectura, otra versión, una di-versión. Hacer con ese vacío, soportar el vacío habilitador para que pueda decirse algo diferente, producir algo además de la reproducción de fórmulas de autores clásicos, un decir singular a partir de ese encuentro, algo que surge en ese intersticio. Esa es la potencia de cada clase.
El vacío ya no como horror sino como un contorno dispuesto a recrearse, armar una estructura para dejarla vacía, hacer el esfuerzo de no completarla, si se llena, permitir que vuelva a vaciarse. El espacio vacío para el hallazgo de lo diverso, lo que sale de la línea, el punto en otro lugar, el oído entornado pero vacío para escuchar otra cosa diferente al ruido de la repetición de lo mismo. El vacío no vale, no se cuenta dentro del proceso, no es nombrado, el vacío no se tiene, el vacío no produce ¿el vacío no produce?
Producir. La Real Academia Española define producir como: 1. Engendrar, procrear, criar. Se usa hablando más propiamente de las obras de la naturaleza, y, por extensión, de las del entendimiento; 2. Dar, llevar, rendir fruto; 3. Rentar, redituar interés, utilidad o beneficio anual; 4.Procurar, originar, ocasionar; 5.Fabricar, elaborar cosas útiles; 6.Facilitar los recursos económicos y materiales necesarios para la realización de una película, un programa de televisión u otra cosa semejante y dirigir su presupuesto; 7. Exhibir, presentar, manifestar a la vista y examen aquellas razones o motivos o las pruebas que pueden apoyar su justicia o el derecho que tiene para su pretensión; 8.Crear cosas o servicios con valor económico; 9.Explicarse, darse a entender por medio de la palabra.
El verbo reproducir, al igual que producir, es un verbo transitivo, es decir que necesita de un sujeto y un objeto, una acotación semántica, dado su amplio abanico de significados posibles. Llamamos reproducir al verbo que define a una de las funciones propias del aparato genital o reproductor femenino, mayormente entendido como un aparato compuesto por útero, trompas de falopio, ovarios, vagina, clítoris, vulva, labios, cérvix. Algunos significados, provenientes de la misma academia, nos dicen que reproducir significa: 1. Volver a producir o producir de nuevo; 2. Volver a hacer presente lo que antes se dijo; 3. Sacar copia de algo; 4. Hacer que se vea u oiga el contenido de un producto visual o sonoro (reproducir una cinta, por ejemplo); 5. Ser copia de un original; 6. Dicho de los seres vivos: engendrar y producir otros seres vivos de sus mismos caracteres biológicos. Los sinónimos que se enumeran son repetir, reiterar, duplicar, imitar, calcar.
Ahora bien, es notable la diferencia cuando los seres vivos son sujeto del verbo: reproducir para los seres vivos significa producir otros seres, engendrados por esos seres y desde esos seres, a partir sus caracteres biológicos. Reproducir entonces, según este diccionario, significa producir, algo que parece evidente, ya que producir otros seres es diferente a copiar o volver a producir. Resulta obvio, pero seguimos diciendo reproducción y reproducir.
Resulta algo curioso que usemos frecuentemente reproducir, reproducción, proceso reproductivo, aparato reproductor, cuando reproducir remite a verbos como copiar, imitar, reiterar, duplicar. Incluso este diccionario, sumamente cuestionado, dice producir para decir procrear. Aun así, usamos reproducir cuando sabemos que un cuerpo humano nunca reproduce como si hiciera una copia a otro cuerpo humano, nunca copia al anterior, nunca “de nuevo”, no hace que algo exista otra vez, el ser gestado es parecido, tal vez copia de algunos caracteres, pero no es copia del ser gestante. Existe nuevo, único, jamás re producido.
En biología y medicina se dice reproducir para hablar de los procesos de creación de nuevos seres. Muchas veces escuché decir a compañeros médicos, al hacer investigación, que desarrollar el marco teórico era muy sencillo, porque no hay grandes diferencias teóricas o diversidad de lecturas de lo que es un hígado, en cómo se explica un corazón y los procesos biológicos. Hay diferentes manuales que mantienen lecturas biológicas que parecen muy fieles a sí mismas. Se dice aparato reproductor, el proceso es reproducir, hay una forma normal y otras patológicas. Freud decía que primero cedemos en las palabras, después en las cosas, tal vez haya que dejar de ceder a repetir las mismas palabras para decir cosas diferentes.
Pero sabemos que el lenguaje es arbitrario, que no tiene por qué ser más o menos justo, o más o menos adecuado. También sabemos que los poderes se expresan en lo que se puede y no se puede decir, lo que se nombra y lo que no se nombra, lo que vale y lo que no, lo que puede existir y lo que no. Que existan otras opciones de uso en el lenguaje habilita otras lecturas, otras formas de decir que legitiman otras formas de hacer, otras formas de existir. Este escrito y esta escritora sólo buscan expresar una pequeña pregunta compartiendo una mirada ante la admiración que genera una lucha que lleva siglos. Unas palabras que son gracias a luchas feministas que acarrean debates que son instituyentes porque abren nuevas perspectivas sin destituir las anteriores y sin querer erigirse como la única hegemónica buscan multiplicar, pluralizar las perspectivas, las lecturas del mundo, los sentidos y así provocan preguntas. Esta es una pequeña lectura que existe gracias a tantas otras, que se propone nuevos decires que ofrezcan otras opciones, que habiliten elecciones y preguntas.
La reproducción humana sirve como ejemplo a mano y conocido generalizado para expresar ese otro sentido posible que interesa enfatizar sobre el vacío: hay una existencia que se gesta en el vacío. El útero es ese vacío, que se expande, que crece. Lejos de atenerse a la biología para imponer las formas “normales”, tiene que ver con intentar nuevas lecturas de la biología para nombrar otras cosas. Permitir otras lecturas de la biología, de lo biológico que instituyan preguntas antes que imponer certezas y divisiones. Usar una definición biológica para hacerla estallar nombrando otras cosas. Otro verbo para nombrar esta creación en el vacío, desde el vacío, para valorizar esos vacíos que existen al igual que ese espacio vacío uterino. Algún nombre para esos vacíos gestantes de existencias múltiples: Uterar
1.Uterar: dícese de producir, crear algo nuevo donde había un lugar vacío.
2. Uterar: dar lugar, lugar con entorno flexible, para un ser o más.
3. Uterar: generar vacío que aloje aquello pequeño, frágil, creciente, indeterminado, imperfecto e incierto.
4. Uterar: ahuecar con el destino de expandir, crear, hacer crecer la existencia nueva y potente por sí misma, que se hace lugar en ese hueco que también crece, ingobernable, indeterminado e indeterminable.
4. Uterar: sostener la pregunta, sostener el vacío de respuestas, la inquietud e incomodidad.
Uterar, antes que gestar, permite tomar dimensión de lo cíclico, de ese vacío cuyo borde se engrosa, también para volver a afinarse. Tomar dimensión de lo cíclico también implica un proceso espiralado, pasar varias veces por lugares, sentires, por los que se pasa otra vez, pero de otra manera, en otro lugar, desde otro lugar. El ciclo también implica tiempos de espera, tiempos en plural, de tiempos diferentes a la inmediatez, tiempos de proceso, de contemplaciones, de observación, de ver qué pasa, de apertura a lo inesperado. Tiempos de hallazgos.
Uterar tendrá que ver con sentir vacíos que crean tiempos para hacer presencia de vacío, hacerlo notar, hacerse sentir, saber positivamente que existe en vacío, que el vacío crea. Una existencia hueca necesaria para generar más existencia y un tiempo para que transcurra.
Uterar nos permitirá pensar la carencia, la falta como valor, la carencia como pulsante. Uterar resalta el valor de no estar lleno, de no colmar, evitar acumular, de vaciarse para producir otra cosa, para que se geste otra existencia. Incompletar, vaciar, ahuecar permite crear, produce.
Uterar busca dar lugar al vacío, pensar el no tener como potencial creador. No poseer el peso, sino el espacio vacío que puede verse vinculado con el concepto de deseo, que se funda en la idea de la falta como motor causante, movilizadora, máquina de trabajo creador, vacío productor, uterador. Inspirarse en el útero como forma del cuerpo para despegar de allí multiplicando estructuras posibilitadoras, conceptos huecos y siempre abiertos a lo diferente, a lo acallado, a lo que no está nombrado, a lo que todavía no existe. Un vacío como margen de visibilidad de otra cosa, de existencia de lo imposible, de lo que aún no podemos imaginar.
Eso que leemos y decimos existe según cómo esté construido su sentido, sea por sus utilidades, funciones, valoraciones. La construcción y deconstrucción de sentidos, las lecturas que pueden hacerse de esas materias que nos rodean, lecturas que hacen que algunas cosas existan y otras no, es un proceso siempre latente. Se imponen lecturas que dan valor y poder a algunas cosas y a otras no. Sistemas de sentidos que establecen por ejemplo que vale la pena el tener y también qué vale la pena tener. Acumular, completar, llegar, perfeccionar, terminar son verbos que insisten al hablar de procesos. Incompleta, faltante, con falta, sin tener, deficitaria, son todos conceptos partidarios de lógicas totalizantes, en donde el todo, lleno, completo, perfecto, sin falta ni defecto, es el ideal al cual aspirar.
El ejercicio propuesto sobre el verbo Uterar es un intento por mostrar lo que pueden las palabras, al entramarse en los juegos del poder, pero también que debemos producir nuevos vocablos para nombrar otras lógicas, que den lugar, que generen un nuevo espacio, justamente, a partir de la incompletud estructural.
*Este texto publicado en la revista digital revistafroi.com fue recomendado para su publicación en el blog por Pablo Ramos.
lunes, 4 de octubre de 2021
La Ciudad de la Luz: la alegría no es solo brasilera, por Pablo Ramos
Escribe Pablo Ramos
(Dedicada al Bandi, el globero bailarín de la plaza de Pilar)
María recién había alquilado nuestro actual departamento en La Morra, el mismo en donde ahora escribo, y faltaban comprar algunas cosas. Como en su cumpleaños ella no iba a estar en Buenos Aires decidí adelantarle el regalo y comprar el sillón que tanto le gustaba. Fuimos juntos a la fábrica, una que queda por la Ruta 8 ya que tengo por costumbre comprar todo en los comercios y las fabricas locales, siempre.
Se vivían momentos de mucha paranoica, con o sin razón. Lo digo así, pero dejo en claro que ante la duda y aún estando en leve desacuerdo con algunas medidas, las acaté una por una. Prefiero estar equivocado junto a mi pueblo que ser un gorila anti-barbijo o anti-vacuna. Es sofocante que mucha gente no pueda entender el carácter netamente político de las cosas. Y acá quiero detenerme un poco, hacer un intermedio de la crónica, porque estamos en época de elecciones y porque la cosa puede ponerse fea si Larreta se perfila para presidente.
Es de público conocimiento mi amistad con Jorge Ferraresi, también mi admiración hacia él y mi trabajo en la comunicación de todo lo referido a mi hermosísima Avellaneda. Los chicos de mi productora I Believe dejaron ya por un largo tiempo nuestros proyectos artísticos para ayudar a sostener esta revolución avellanedence, perdiendo muchas cosas que podíamos haber hecho, pero ganando en logros para el municipio. Comunicar mejor con la calidad de forma y contenido que la gestión actual merece.
Cuando conocí a Ferraresi yo me di cuenta de que era una enorme posibilidad para mi gente. Lo pude ver en una corta primera conversación. Vi la honestidad y la hombría de bien de quien me hablaba: Ferraresi. Soy un ser muy atento a la primera impresión.
Creo que la primera impresión prima, justamente, sobre las dificultades que uno pueda tener luego con las personas. Y que si uno no está atento a ella está todo más que bien. La segunda impresión, la tercera y la cuarta, solo terminan por desdibujar la percepción; la vuelven vulgar, desenfocada. Casi todos tenemos esa capacidad, y vivimos así sin darnos cuenta. Pero no hablo de una primera impresión sacada de la irreflexión, mucho menos de los medios, muchísimo menos del Grupo Clarin, de TN, etc.
Hablo de una primera impresión profunda; o sea, que venga de un momento en el cual estamos conectados con nuestro entorno y somos capaces de tener reacciones de la razón, no del prejuicio, o de la mala información. Fíjense lo que pasa con estos medios hegemónicos, la gente termina discutiendo noticias, no hechos.
Fue de notorio conocimiento lo que hizo TN con Villa Azul en Avellaneda, tan notorio porque logramos, desde la oficina de comunicación, hacerles pedir perdón. ¡A TN! Habían pasado enfrentamientos de gente contra la policía que reprimía violentamente diciendo que sucedía en Avellaneda. El vasco Iñaki Echeverría, mi querido hermano y socio, (un enorme productor de medios audiovisuales ganador de varios Martín Fierro uno por HISTORIA DE MUJERES DEVOTAS ¿lo recuerdan? junto a Ariel Gurevich y Santiago Losa). Bueno, él, se quedó toda la madrugada tratando de encontrar de dónde eran esas imágenes. En Villa Azul no pasaba nada: ¡nosotros estábamos ahí! La pandemia estaba en el punto rojo y la gente atendida por el Estado avellanedence: gente tratada no solo con respeto sino con amor, como se la sigue tratando, y como la seguirá tratando nuestra otra dirigente extraordinaria, Magdalena Sierra, que seguramente mi pueblo va a poner a cargo de nuestro destino en las próximas elecciones.
Finalmente Iñaki, a las 4 de la madrugada, pudo dar con esas imágenes: eran sacada de CHILE, del conflicto estudiantil. Hijos de puta es la palabra, aunque la madre de ellos no sé si tiene la culpa. Tal vez sí por haberlos parido. No hay peor persona que la que tomó la decisión existencial de ser un sorete. Y esa gente son eso: unos soretes. (Acá tienen el link del pedido de perdón de TN: patético-perverso https://www.youtube.com/watch?v=LBaxwB4GIEw)
Lo que quiero decir en este intermedio de la crónica es que yo tuve la misma buena primera impresión con Federico Achával cuando lo conocí, en una charla cordial que tuvimos en el palacio municipal, y luego lo mismo con Santiago Laurent, en una circunstancia diferente: la de un concierto de Bruno y su grupo De Tanos, una banda de amigos pilarenses. Y aunque no hicimos más que saludarnos y compartir una mesa, y fue durante un día particularmente difícil para mí, él me dio la misma buena impresión que el jefe del estado municipal: dos hombres que quieren una carrera política para servir al pueblo: dos hombres honestos. Y ya que de esto se trata la elección de noviembre, queridos lectores, de que no se perfile Larreta para presidente y así terminar de destrozar a nuestra patria, a nuestro pueblo, como destrozó las estaciones de Villa Crespo, de La Paternal, en la línea San Martin en función de sus negociados. Justamente las estaciones de los barrios más pobres de la gente que sí o sí usa el tren son las que aún hoy están sin habilitar. El tren las pasa de largo y sin embargo, la obra está tan mal hecha, que tarda casi el doble que antes en completar su trayecto.
A veces, en mis delirios, imagino un cruce genético entre Larreta y Lanata. Deberíamos llamarlo… a ver… LARRETA+LANATA = LARRATA. ¿no? Entonces con un solo nombre nos referiríamos perfectamente a los dos. Y el nuevo engendro dirá las mismas mentiras que ellos dicen sin parar sólo por dinero. Por ninguna otra cosa más que más y más dinero.
Volviendo a la crónica y a esa vez del sillón: el clima mundial estaba horrible. Te atendían fuera de los locales, la vacuna apenas se soñaba y la gente presentía que esto no se iba a acabar nunca. La chica que nos atiende no hace pasar a los dos. Elegimos el sillón y yo pago una reserva que nos garantizaba la entrega a los treinta días
—Es un regalo adelantado de cumpleaños –digo, para despejar dudas de que fuéramos un paganini y su fato.
—Ay —dice la chica—qué papá más bueno que tenés.
—Sí –le digo yo—el padre de ella es muy bueno, pero se quedó en la casa porque le cayó mal un salamín, ¿viste?
Los colores de la mujer se tornaron el arcoíris de Belcebú. Todos los pálidos que se puedan imaginar.
—No te preocupes —le dije para calmarla, mientras María disfrutaba la situación de alguna extraña manera. Poniendo esas caras que a veces me son tan difíciles de leer, pero que tanto me gustan.
—Tengo un hijo un año mayor que ella, pero por suerte soy el novio –agregué— Ser el padre sería muy costoso.
María me fulminó con la mirada. Y ahí la chica se despachó con algo que todo el mar de fondo que llevaba encima. Como siempre me pasa. Nos contó que su papá también estaba con una mujer joven a la que le llevaba más de treinta años, y que…
—No lo van a creer –dijo la chica. Era una amiga de ella que ella había llevado para hacer la limpieza y que había resultado que se levantó al hombre y que se casó con él. Y pasó de ser su amiga a ser su madrastra, y supongo, esto no lo sé, solo lo supongo, a heredar la fábrica de muebles. La primera impresión me había dado “mujer separada”. Y entonces lo dijo:
—Mi ex también —dijo, y pensé que la mujer se me derretía ahí mismo—. Conoció a alguien, más joven que yo. Yo me anoté en Tinder –dijo—, porque también puedo conocer al alguien lindo y joven.
El comentario me entristeció mucho. Y ella siguió y siguió. Lo soltó todo, supongo, porque si tenía más hubiese sido inverosímil.
La angustia que junta la gente es tremenda, por eso existen los Tinderes. Prefiero los tenders, ya que ahí se cuelga la ropa de toda la familia, y prefiero tener familia. Más hijos, o hijas, ojalá María quiera. O adoptar a dos a tres, a cinco pibes. Sin tener la necesidad de ir a buscarlos a las Filipinas, porque están por acá. Como se suele hablar en Palermo Sore. Y llevarme a todos los perros también a un terreno enorme cuando me pueda comprar el terreno enorme, y voy a poder, porque lo voy a hacer escribiendo, escribiendo sobre esta angustia que tortura a la gente y que tanto me tortura: la soledad y el aislamiento.
—Sos una linda chica, corazón –le dije. María y la chica sonrieron. Mi compañera sabe que me gusta decirle cosas lindas a la gente y que suelo decir “corazón”, una costumbre que tomé en Salvador de Bahía cuando viví allá. Las baianas (sin H) aunque no te conozcan te dicen así: Corazón.
Entonces corazón herido de mujer, herido por el padre, la amiga y el ex marido, espero que no te enojes porque estas palabras no son chismerío; es tratar de entender quiénes somos, de dónde venimos y hacia a dónde vamos.
Pasaron esos días y ayer sábado me lo encontré al Bandi, Andrés, el vendedor de globos de la plaza central. Bailando descalzo y cantando una cumbia. Cantaba y bailaba frente a la atenta mirada del policía que no sé qué mierda vigilaba tanto. La letra decía algo de acostumbrado al amor, crep. Y entonces recordé a la vendedora y su tristeza. Y pensé en comprarle un globo y llevárselo, uno que no fuera amarillo, más vale. Encaré al vendedor y le dije: sos un genio.
—Soy Andrés, El Bandi, el vendedor de globos - me dijo
—Nos sacamos una foto para el diario.
—Más vale –dijo—pero a cara limpia.
Y acá esta la foto, ahora que estamos afuera otra vez, que mi amigo Maxi Salvioli, uno de los directores del hospital San Roque de Gonet, me dijo por teléfono que ya no había más internados por COVID en ese hospital, que estaban muy esperanzados de lo que venía. Vamos, gente. Que vuelva la esperanza, votemos bien nuevamente y salgamos como el Bandi querido, ahora más que nuca. Es el deseo para todos. Para vos también estimado Nacho de la óptica, ya que el lunes voy a buscar mis anteojos deportivos nuevos. Porque me gusta gastar la plata que gano, gastarla acá, porque la plata hay que gastarla en Pilar, en Avellaneda. Hay que comprase cosas, invitar asados, comprar globos, bailar en la calle descalzo. Porque la alegría no es solo brasilera, también es pilarense, más vale. Palabra de hombre del conurbano, palabra de escritor de Avellaneda y de Pilar. Palabra de honor.
*Este artículo es parte de una saga de crónicas publicadas semanalmente por el escritor Pablo Ramos en el diario www.pilaradiario.com.
jueves, 30 de septiembre de 2021
La militancia de la tristeza, por Fernando Daniel Rosso
Escribe Fernando Daniel Rosso
Querido
papá: Te escribo esta carta porque sé que nunca la vas a leer, no tengo los
huevos para dártela en la mano, además ni siquiera tenés mail, ni facebook y si
bien hace unos meses usas whatsapp con un celular que te regaló tu mujer, después
de que con ella te insistiéramos para que estemos más comunicados, no quisiera
recibir una respuesta que me genere más conflictos de los que ya tengo y que la
pequeña isla de armonía que pudimos conseguir se hunda por un ataque de
sincericidio. Qué estupidez, pienso ahora que lo escribo, nunca estuvimos
comunicados, lo que comúnmente se llama estar comunicados: hablarse todos los
días, preguntarse cómo estás, desearse un buen día y cosas por el estilo. Vos
nunca fuiste de hablar y yo salí a vos, te copié, fui “tu vivo retrato”, como decía mamá, ¿te acordás?
Siempre
te quise tener cerca, papá, esa es la única verdad que tengo para decirte.
Desde mucho antes que existieran los celulares y lo más parecido era el
zapatófono del Agente ochenta y seis yo solamente pensaba en estar con vos y al
igual que él cuando se encontraba con el espía que aparecía en los lugares más
insólitos yo también esperaba encontrarte en cualquier parte: adentro del tacho
de la basura, adentro de la heladera o del placar cuando iba a buscar la ropa
para ir al colegio. Creo que vivimos nuestra luna de miel cuando era chico y
recién empezaba a pensar las cosas, a preguntarte por el origen de la vida,
¿cómo podía ser que los dinosaurios hayan vivido hace millones de años si nosotros
estábamos en el año mil novecientos ochenta y seis y yo podía darme cuenta de
esto con apenas siete años? Maradona levantaba la copa del mundo y fuimos
juntos hasta la casa del diez a festejar algo que yo no terminaba de entender
pero que vos me querías transmitir con todo el amor. Las cuentas no me daban
papá, no me daban, y vos pusiste cara seria cuando te hablé de los dinosaurios,
como de orgullo, como si en ese preciso momento hubieras tomado conciencia de
que tu hijo estaba creciendo y podía pensar más allá de lo que le enseñaban en
el colegio o lo que le mostraba la televisión. La abuela me regalo unos libros
de dinosaurios que se paraban en las hojas y yo quedé fascinado, fue entonces
que me empezaste a llevar a los museos, visitamos el de ciencias naturales en
Parque Centenario y el de La Plata, viajamos casi dos horas en tren y fuimos a
comer a una parrilla antes de conocerles los huesos a nuestros antepasados. Me
acuerdo que la primera vez te agarré del brazo y te pregunté, asustado, si
estaban vivos, si todavía estaban vivos y si yo me podía subir encima del
Tiranosaurio Rex a dar una vuelta por el parque. Vos me miraste con ternura y
me bajaste a la tierra lo mejor que pudiste. “Ya se extinguieron hijo, hace
millones de años que se extinguieron pero igual nos están esperando”. Me acuerdo
de que antes de entrar te agarré fuerte de la mano, tenía miedo, tu respuesta
me dejó en un estado intermedio que no sabría cómo nombrar, entre el susto y la
ilusión, y lo único que alcancé a pensar fue que vos me podías defender de los
dinosaurios como de cualquier monstruo, que si estaba cerca tuyo nada malo me
podía pasar. Supongo que es lo que piensan todos los chicos de siete años que
tienen a su papá cerca. Supongo que fue lo que quise seguir sintiendo una vez
que ya no estabas a mi lado entonces me oculté tu ausencia. Me negué que ya no
estuvieras como antes, que yo había crecido, que tenía un hermano que también
te necesitaba, que ya no había museos para visitar ni momentos para compartir
juntos los dos solos, lejos del día a día de la casa y de la familia. Fue en
ese momento en que me inventé un amigo imaginario. Calculo que yo tendría diez
años cuando te empecé a ver a vos, papá, como a un monstruo, y sólo la compañía
de otro yo podría ayudarme a defenderme de vos en mi cabeza. Fue también el
comienzo de lo que soy ahora, de lo que no quisiera ser, de lo que va al revés
de la ternura que me supiste dar esos primeros años. Tu cara tenía el seño
fruncido cuando volvías del trabajo y las comisuras hacia abajo. No podías
infundirme más temor y por eso traté de evitarte como así también sentí que vos
lo hacías conmigo y con todo lo que te generara molestias en casa. Venías
harto, podrido de todo, mamá corría a prepararte dos sándwich cargados porque venías
muerto de hambre: “Preparame algo para comer que estoy muerto de hambre”,
decías cada vez que cruzabas la puerta y visto de afuera parecía como si
vinieras de la guerra cuando en realidad venías del trabajo, y decías que ahí
no tenías hambre, que no era por el dinero, pero todos sabíamos que sí, que era
por eso y que eras capaz de no comer ni tomar nada con tal de no gastar un peso,
como si en casa no tuviéramos para comer. ¿Por qué papá? ¿Por qué te hacías
eso? ¿Me vas a explicar alguna vez? ¿Por qué nos hacías eso? Empecé a crecer
con la idea secreta de que gastar está mal, de que estar contento está mal y
que todo lo que no fuera cumplir con la responsabilidad era algo así como un
pecado familiar. Encima nunca me diste un peso papá. Ahora me río solo cuando
llevamos con mi mujer a nuestro hijo a la calesita o a los jueguitos y me
acuerdo patente cuando iba con vos, papá, a Sacoa, al video juegos, y cuando te
mostraba mis ganas de jugar a alguno de ellos me decías que jugara sin ficha.
Yo disfrutaba viendo cómo otros pibes jugaban al Street Fighter y pensaba: “¿cuándo
podré tener mi propia plata y jugar todo lo que yo quiera?” Cuando te pedía me
decías que no tenías, siempre me dabas la misma respuesta y yo me imaginaba tu
billetera vacía, lo creía realmente así. Me costaba imaginarte con plata
comprando algo. Hasta en la cancha mangueabas los cigarrillos, lo descubrí poco
después cuando me empezaste a llevar. Como era menor de edad no pagaba entrada,
lo único malo era que tenía que aguantarme la sed durante dos horas y media
porque la Coca Cola era muy cara y te negabas a que llevara mi cantimplora
porque decías que los muchachos te iban a cargar y te iban a tildar de
amarrete. Así y todo te pedía que no fumaras y un día te enojaste conmigo por
eso. Yo tenía miedo de que te murieras papá. Yo sabía que el cigarrillo podía
matarte pero ahora que lo pienso mejor, creo que lo que más me dolía era saber
que el papá que yo quería se había muerto hacía rato.
Los
días se fueron volviendo más y más parecidos a sí mismos. Vos volvías del
trabajo y te acostabas a descansar en la cama y a escuchar la radio hasta que
estuviera la cena mientras yo terminaba la tarea y preparaba las cosas para el
día siguiente. Nos alejamos el uno del otro, no sé porqué, ¿habrá sido por la vergüenza
que me generabas?, ¿por el miedo que me daba que nos hayamos querido tanto
después de disfrutar tantas cosas los
dos solos? Calculo que por eso vinieron las miserias, el amor que preferimos
guardar en el bolsillo antes que ofrecerlo para ver la sonrisa del otro que
también sería la nuestra, la de los dos mirándonos a los ojos.
No
entiendo esa militancia de la tristeza papá, ¿quién te hizo tanto daño?, ¿la
abuela?, ¿mamá gorila?, ¿papá gorila?, la puta madre papá, la puta madre. Tengo
pocas anécdotas tuyas con los abuelos. Sé muy poco de ellos y de mis
antepasados. Una vez te escuché recriminarle a la abuela que el abuelo le tuvo
que pedir de rodillas para que le diera de comer. Hace poco me contaste en casa
que de chico tuviste que salir corriendo en medio de un partido de fútbol que
estabas jugando para sacarle las manos a la abuela del cuello de la vecina. La
odiaba por peronista. Hubiera querido conocer al abuelo. Por alguna razón me
siento identificado con su sumisión, con su esfuerzo. Sé que tenía tres trabajos;
de chico me contaste cien veces que el abuelo había visto el cuerpo de un tipo
que se había pegado un tiro en el baño del hipódromo por alguna deuda impagable
cuando trabajaba de boletero los domingos. De tanto que repetías la historia me
lo imaginé desangrándose con la cabeza hundida en el inodoro. Imaginé también
que ese podía ser mi final si decidía dedicarme al juego. No dudo que haya sido
este recuerdo el que me incentivó en un momento crítico de mi vida a inclinarme
a la ruleta. Pero sólo llegué a perder los ahorros en dólares que con esfuerzo
había conseguido de mi primer trabajo. El disparate de creer que podía
encontrar un método infalible para ganarle a la ruleta parecía un modo ilusorio
de vencer a la muerte. Esa que estaba presente en todo lo que contabas, papá, y
que si uno no seguía al pie de la letra los pasos que vos señalabas ella
amenazaba con aparecer en cualquier momento.
Mamá,
mientras tanto, se ocupaba de la casa y de nosotros. De que cada uno tuviera
las cosas que necesitaba: una cama hecha, un plato de comida, la ropa limpia
bien doblada. A mí me parecía todo más un acto mecánico tras otro que una
muestra de amor. Mamá parecía un robot en acción. No quiero ser injusto pero
sus quejas y reproches fueron una tortura. Reconozco que yo no colaboraba en
nada, igual que vos papá. El único que se apiadaba de ella era Gonzalo, que no
decía ni hacía nada tampoco y andaba todo el día en ojotas y pantalón corto
pero con el tiempo se convertiría en su confidente. Yo me quedaría cada vez más
sólo, tratando de hacer mi vida afuera, evitándolos a ustedes. Me iba a la casa
de Daniel y me quedaba a dormir. Pasaba horas, días enteros, sin que ustedes
supieran nada de mí y sin embargo cuando volvía a casa todo era más de lo
mismo. Supongo que me iba para esperar que algo cambiara a mi regreso, supongo
que esperaba llamar tu atención, papá. Ya habíamos entrado y salido muchas
veces de esos momentos de golpes y encierros en el baño. Yo te desafiaba como
Ringo Bonavena a Muhammad Alí en la previa de la pelea y muchas veces fantaseé
con knockearte en el primer round y por eso te buscaba, te ponía la mejilla y
vos me la dabas vuelta de un cachetazo y cuando un día me planté y cerré los
puños te pusiste loco y me encajaste una trompada que me dejó el ojo inflamado.
Te quiero papá, sos un hijo de puta, te quiero. Lo que en aquel tiempo me hizo
odiarte, hoy me hace quererte.
Cuando
ya no podían más me encerraban en el baño del fondo. Se iban al supermercado y
como yo me negaba a ir con ustedes me guardaban allá. Yo lloraba hasta que me
quedaba sin lágrimas y me sentaba en el inodoro a pensar. El silencio y la
falta de espacio estimulan la reflexión. Odio el encierro pero ayuda a buscar
en el fondo de qué estamos hechos. De hecho escribir, leer, analizar y
analizarse requieren un encierro hacia dentro para salir más fortalecido. No
dudo que lo que soy ahora lo logré después de aguantar los golpes y luchar contra
el encierro más duro, el de adentro. Como una especie de filosofía china que
busca liberar lo que uno lleva arrastra, lo que hiciste me obligó a buscar la
gema que brilla en mi interior. Con todo, sé que con el tiempo logré sacar por
lo menos algo de eso que soy.
Creo
que entre todo lo que pasó el que se llevó la peor parte fue Gonzalo. Una vez
que terminó el secundario le costó mucho avanzar en la carrera. En casa
decidieron bancarlo para que sólo se ocupara de estudiar y eso lo encerró aún
más. Vos, papá, seguiste manteniendo la casa. Yo, por suerte, ya no estaba. Con
mamá de ama de casa y él encerrado entre apuntes y números que lo martirizaban,
los dos solos en medio de tanto silencio, no tardaron en hacerse íntimos
confidentes y apoyarse uno al otro. Luego de años de peleas, discusiones y
portazos entre vos y mamá, te fuiste con otra mujer, te fuiste sin querer
dejarnos porque lo querías todo, siempre lo quisiste todo. Yo ya no vivía en
casa cuando ocurrió, me había ido a vivir primero con la abuela tras dar mi
portazo y después con mi primera novia, tras dejarla sola a la abuela. Tampoco
me porté bien. Dejé sola tanto a la abuela como a mi primera novia, y a ella la
dejé por otra de la cual me sentí enamorado y que a los pocos meses perdí para
quedarme solo otra vez.
Tengo
el relato de mi hermano que saltó a defender a mamá cuando la trataste de cero
a la izquierda porque ella no te quería firmar el divorcio. Me fui enterando
más tarde de lo que le pasaba a mamá cuando me separé de mi primera novia. Sus
ganas de trabajar, de dejar de depender económicamente de vos. Pudo empezar a
estudiar distintas terapias alternativas, hasta llegó a trabajar con algunas
pacientes. A mí también me ayudó con auriculoterapia y masaje tailandés. Gracias
a vos, papá, pude irme a vivir sólo al departamento que había sido de la abuela,
después de que sufriera un ACV y terminara en un geriátrico con demencia senil.
Mucho tiempo me sentí culpable del ACV de la abuela. No dejo de pensar que fue
un shock emocional que me fuera así, de repente. Yo era una compañía para ella
y por más que me persiguiera y no me dejara respirar con preguntas y horarios
ella me bancó en su casa y me ayudó a seguir con mi vida. En esa época, como
estaba a tres cuadras iba casi todos los días a casa y como vos también te
habías peleado con tu mujer volviste con mamá a casa. Todo tan normal y extraño
a la vez que por momentos me sentía en una película de Almodóvar. Vos seguías
con tu rutina. Ibas a trabajar y cuando volvías comías con nosotros en
calzoncillos y camiseta blanca con la boca cerrada y la mirada clavada en el
televisor mientras los demás no sabíamos dónde meternos. A mí se me caía la
cara de vergüenza, sé que es una expresión anticuada pero creo que le calza
justo. Yo quería ayudarte, vos me pediste ayuda. No querías hacerle mal a mamá
pero tampoco sabías cómo decirle la verdad sin que se viniera abajo. Los dos
sabíamos que la vida de mamá éramos nosotros, su familia. Al final eso terminó
siendo su sepultura. Esto último lo agrego yo. Al poco tiempo de mi llegada y
de que tanto vos como mamá se acostumbraran a las idas y vueltas, mamá pasó por
momentos de profundo dolor. Ella tenía tiempos en que sostenía con fuerza la ilusión
de tu regreso definitivo pero cuanto más creía en que te quedarías más dolorosa
para ella era tu salida. Ella creía fervientemente en que no estabas ahí porque
la otra lo sabía hacer muy bien. Sí, me lo dijo a mí a solas en el balcón, una
noche buena en víspera de navidad, una noche en la que vos habías prometido
estar y que a último momento decidiste dejar los sánguchitos de miga en la
heladera para irte con tu mujer. Digo tu mujer y dudo de la cualidad que le
estoy dando. Si ella era tu mujer, mamá ¿quién era?, ¿tu mamá también?, a veces
tengo la impresión de que fuimos como hermanos papá y por eso creo que estoy
tan loco o por lo menos cargo una locura que todavía a duras penas puedo
domesticar. No te estoy reprochando nada, es más, en esa locura creo que hay
una verdad, una genuina inocencia que despierta lo más noble y real de mi
persona pero que está desprovista de una razón que, se supone, debería tener.
La cuestión es que al poco tiempo mamá empezó a tener una inflamación en el
vientre que a mí se me hacía parecida a un embarazo tardío, un embarazo imposible
en una mujer de cincuenta y siete años que tosía y escupía flema en el baño con
una frecuencia cada vez mayor. Se la pasaba comiendo verduras hervidas que, según decía, le había recomendado el
médico pero a medida que pasaban los días tosía cada vez más y cuando se
acostaba a descansar la tos era todavía más seca y reiterada. Hoy en día,
cuando paso por el pasillo que da a la que fuera su habitación donde ahora
duermo con mi mujer me parece escucharla. Recuerdo el sonido de su tos y mis
ganas de abrazarla. Recuerdo cuando me enteré que vos, papá, volviste un día a
casa y al verla así la llevaste a la clínica Santa Isabel. En el Adventista le
decían que no era nada serio mientras le hacían más y más estudios. Cuando ese
mismo día llegué a la clínica encaré a la doctora y le pregunté por mamá, por
el diagnóstico y las posibilidades de recuperación. La doctora fue contundente:
cáncer de ovario avanzado, sin posibilidades de recuperación. Entré a la
habitación donde estaba ella con una sonda en el brazo que le daba suero.
Estabas vos, papá, y Gonzalo, serios,
pero mamá levantó los brazos y festejó mi llegada como si estuviéramos de
fiesta. Creo que para ella todo se reducía en estar los cuatro juntos como sea.
Después
de dos o tres operaciones donde no murió de milagro finalmente mamá quedó en
coma farmacológico. Una noche, después de dos meses de haber ingresado a la
clínica, mamá murió. Cuando me avisaron por teléfono preferí no ir y seguí
durmiendo como si nada, hice como si nada. Ya le había dicho que la quería
mucho uno de esos días en los que estaba en terapia intensiva sin poder hablar
aunque llegó a apretar fuerte mi mano en señal de retribución, como si ella
también me quisiera. Yo, paralelamente, llevaba un tratamiento de quimioterapia
por un linfoma de Hodgkin que me habían detectado a principio de año y en pleno
tratamiento se desató la enfermedad de mamá. Vos, papá, sufriste muchísimo lo
mío, me acompañabas a darme la quimioterapia con una cara como si me estuvieran
a punto de enterrar vivo después de cada sesión. Lo de mamá sé que te destrozó.
Todavía lo padeces, todavía hoy, después de quince años. Volvimos juntos los
tres con esa cajita que contenía sus cenizas después del crematorio y dijiste
clarito con lágrimas en los ojos: “yo me la lleve viva y mirá cómo la traje”.
Después de años de venir a ver a la cajita cuando mi hermano estaba trabajando
y podía ver a mamá a solas, tanto vos, papá, como Gonzalo decidieron tirarla al
Río de la Plata. Yo no me opuse pero tampoco lo aprobé. Yo sabía que mamá no
era esa cajita pero también ahora me doy cuenta que no tengo a qué cosa hablarle
donde piense que esté ella. La gente que me conoce me dice que no me preocupe,
que hable con ella igual, que ella desde donde esté me va a escuchar. Sé que me
lo dicen de buena fe, convencidos de que me va hacer bien, y yo los escucho
pero no les hago caso. No me hago a la idea de tener una charla con ella sin
saber exactamente dónde está. Perdoname mamá, tuviste un hijo limitado, vos
papá, supongo que también lo deberás saber.
Ahora,
que estamos grandes, que conocemos mejor nuestros dolores, nuestros miedos,
apenas si tenemos una relación cordial, como la de cualquier padre con su hijo
y viceversa. Ya quedaron sepultados esos recuerdos de otoño donde me llevabas a
Plaza de Mayo a darle de comer a las palomas, ya quedaron atrás esos instantes donde
te buscaba para que me dieras el beso de las buenas noches y yo te abrazara
fuerte, tan fuerte para que mis sueños me dejaran seguir estando con vos. Nunca
te perdí papá, siempre estuviste en mi memoria y en mi corazón pero pasaron
muchos años de ausencia, de dolor, de contradicción donde ninguno de los dos
daba el brazo a torcer y ahora, después de tantas cosas, creo que nos volvimos a
ver con cariño, a hablar con respeto y cuidado. Lástima que durante tanto
tiempo hayamos olvidado la frescura del niño que corría hasta su padre a
pedirle un abrazo, un consejo o una respuesta. La vida siempre me resultó misteriosa
y por eso le tengo miedo. Creo que nunca me pude acostumbrar a que un padre
también es un hombre que duda, que no tiene respuestas para todas las preguntas
y que, muchas veces, pierde el horizonte. Yo te sigo queriendo y eso no va a
cambiar nunca. Creo que todo lo que dije demuestra que somos humanos. Todo lo
bueno y lo malo que sos es también de lo que estoy hecho.
Te
piensa y te sueña siempre: Tu hijo rebelde.
martes, 28 de septiembre de 2021
Una lectura de “Cuando lo peor haya pasado”, por Raúl García Dobaño
En el año 2004, el escritor Pablo Ramos ganó el premio Casa de las Américas con su primer libro de cuentos “Cuando lo peor haya pasado”, luego editado por Alfaguara. El autor Raúl García Dobaño ofrece su lectura sobre el libro en el marco de una publicación realizada en el sitio web dela institución cultural fundada en La Habana, Cuba.
Escribe Raúl
García Dobaño
Un hombre que ha
sido abandonado por su mujer, dolido de soledad y asediado por ideas suicidas,
lanza huevos desde su balcón, a las 2 de la madrugada, contra la ciudad. Un
pibe de la calle, que vende flores en bares de Buenos Aires, conoce una puta
-ángel para el niño- que lo ayuda y lo protege. Antes de desaparecer, la
elegante meretriz deja al niño una enigmática y poética carta. Un escritor de
cuentos ha visto en crisis su vida debido al alcoholismo; intenta curar su
adicción, y sufren, él y su familia, las consecuencias de la abstinencia (¿ya
lo peor había pasado?). Un diletante fetichista tiene una singular historia con
un zapato de mujer. Adicto a las drogas, un joven pierde su familia, hace
trampas a un connotado traficante y se convierte, él también, en traficante, y
a la vez en un degradado sujeto incapaz de rebasar la caída. Por una aparente
casualidad, un hombre joven se encuentra con un viejo, un polaco judío
sobreviviente del nazismo, que perdió toda su familia en el Holocausto. La
extraña comunicación que se establece entre el joven y Moisés -así se llama el
judío- tiene alcance alegórico de esperanza. Son éstas algunas de las historias
narradas en los once cuentos de Cuando lo peor haya pasado, del argentino Pablo
Ramos (1966), obra impecablemente editada por la misma institución en cuyo
certamen literario ganó premio.
Un rapto de
impresionismo: el libro atrapa la atención, sus personajes convencen -a veces
seducen-, y se abandona placenteramente el lector a un lenguaje desenfadado y
sugerente, e incluso se divierte -valioso efecto-, sorprendido por el humor
fino, los inteligentes guiños de complicidad y las continuas invitaciones a
participar.
Un viejo colega
me dijo una vez que la proclamada unidad en un cuaderno de cuentos -exigida a
veces con demasiada impertinencia- era una falacia, y que la verdadera unidad
de un libro cualquiera está en su autor, en su voz y en su visión. Pero con
este cuaderno de cuentos -sólo setenta y siete páginas y once cuentos
relativamente breves- sucede algo que salta a la vista una vez terminada la
primera lectura: aisladamente, cada historia tiene, en sí, no pocos valores
humanos y literarios; pero, apreciadas en su conjunto, las pequeñas historias
individuales adquieren categoría de mosaico, fresco del Buenos Aires de hoy.
Efectivamente, el autor impone su visión y su voz en personajes y situaciones
que encajan de molde en una ciudad -emblemática para la América Latina, soñada
alguna vez por todos- que, como el resto del mundo actual, sufre una honda
crisis de valores, acentuada en la ciudad del tango por la amarga y convulsa
historia reciente, causa de laceraciones que no han podido curarse aún.
Una rica relación
entre lo individual existencial y la contextualización de los personajes -su
irremediable condicionamiento histórico- ha sido inteligentemente trabajada por
el autor. La ciudad -son cuentos limpiamente citadinos-, como estructura social
y humana, palpita siempre, de forma más o menos expresa o implícita, y es
sustrato. El abandono -de la esposa, de los padres-, la soledad y la
drogadicción y sus secuelas, son temas que se reiteran en variaciones. Y
sentimientos de angustia, vacuidad, frustración, miedo o desesperanza,
incomunicación.
Pero, aunque a
veces personajes y situaciones llegan a ser desgarradores -somos testigos
incluso de un suicidio-, el humanismo, la sinceridad y el arte salvan al
conjunto de posibles morbo, sordidez o pesimismo: la medida y la mesura no
abandonan nunca al escritor. Desde personajes socialmente excluidos con
crueldad -el pibe de la calle, por ejemplo- hasta los que pertenecen a la clase
media: he ahí el rango social de los personajes. La alta burguesía, y los
rascacielos o los barrios de ricos, o la suntuosa parafernalia que los
representa, casi no aparecen, o están vistos desde lejos. "Recuerdo que un
auto enorme, plateado, de vidrios oscuros, se acercó a la esquina donde yo
estaba, frenó junto a mí" (47), dice el pibe de la calle en "Los
ángeles también pueden morir".
De esta manera lo
debió ver también el autor, escritor autodidacta que nació y vivió en un
arrabal de Buenos Aires, y que en este libro ha querido pisar firme y fabular
sobre lo más vivido y cercano. Así los personajes, atrapados en situaciones más
o menos difíciles, individual y socialmente, reaccionan sin brújula cierta y
optan por respuestas absurdas, dolorosas o incluso trágicas. En muchas
ocasiones se mueven bajo la tormenta, la lluvia y el frío -como exigía el
teatro isabelino a las buenas tragedias-, y los vemos frecuentemente en bares,
calles y lugares conocidos de la ciudad, y sobre todo en la intimidad del
hogar, donde el ser humano muestra más limpiamente su desnudez y su miseria.
Además de los
protagónicos, aparece en la obra una galería de personajes secundarios que
completan el surtido social y que están descritos, en profundidad y color,
según convenga a los propósitos de la historia: esposas frustradas,
prostitutas, habitantes de los bares, porteros, vecinos curiosos, traficantes,
explotadores de niños de la calle, oscuros policías, niños en que se adivina la
crisis familiar... Veamos este portero: "Cayetano es el nombre del
portero, un pegador de mujeres que afirma que Franco había venido al mundo para
salvar a España. Un verdadero hijo de puta con nombre de santo. Yo podía
imaginármelo escoba en mano, mirando a la vieja y asintiendo con la cabeza como
un cura en el confesionario" (14). O este oficial de la policía
bonaerense: "Estaba decidido a irme cuando se abrió la puerta y salió el
oficial de guardia: un hombre flaco, de traje gris, de mirada inteligente y
ojos achinados. Inspiraba respeto inmediatamente seguido de temor" (57).
Sin alardes
técnicos ni innovaciones estridentes, el autor muestra dominio de los
principios clásicos y contemporáneos del cuento, sobre todo al lograr un alto
nivel de sugerencia semántica a través de la composición y el lenguaje. Las
historias están salpicadas de pistas, constantes guiños que nos obligan no sólo
a leer con detenimiento, sino, en ocasiones -y con placer-, a volver atrás.
Asimismo, el punto de vista del narrador tiene elementos destacables. De los
once cuentos, ocho están narrados en primera persona, punto de vista apropiado
a la naturaleza de las historias, y donde el autor demuestra dominio y habilidad,
especialmente en la eficacia para dosificar y distribuir la información
imprescindible para el lector. Cuando utiliza la tercera persona, combina la
omnisciencia con la del narrador objetivo, y llega a puntos de interés técnico
y expresivo. Veamos este ejemplo: En el cuento "Cuando lo peor haya
pasado", el escritor protagonista se queja, a través del narrador, de que
es imposible escribir sin privacidad: "El problema en su casa es que
llegan y le hablan directamente a él, le preguntan cosas y se quedan ahí,
esperando una respuesta. // ¿Por qué piensa en plural?" (28). Y resulta
que el narrador sabe lo que piensa el personaje, pero no por qué. El lector,
sin embargo, se da cuenta a esta altura del relato que es en su esposa en quien
piensa el personaje-escritor, la que le hace preguntas y se queda a esperar la
respuesta. Más adelante, la esposa llega de la calle y dice el narrador:
Ella está a un
costado, sobre el sillón, bajo la biblioteca de estantes de vidrio, leyendo el
diario y comiendo un pedazo de pan. Él se distrae mirándola comer. No es en
realidad un pedazo, sino un pan mediano, entero. Ella come un pan entero y lee
los clasificados, deja que las migas le caigan sobre la ropa, las sacude,
indiferente, siempre con la vista en los anuncios, como si nadie más existiera.
// Él abre un texto viejo en la computadora y comienza a leerlo en voz apenas
alta. En realidad lo murmura, para sí, sin ninguna intención, solamente por la
costumbre que tiene de hacerlo. Lee el texto y siente que no está nada mal. Piensa:
nada está mal en realidad. Tiene una familia, un empleo, alquila un
departamento con cocina, habitación y baño y ha dejado de tomar
definitivamente. ¿Por qué no comerá un pedazo de pan en vez de un pan entero?
Se va a atragantar [28-29].
El narrador,
aparentemente objetivo, duda un momento y rectifica, porque en realidad la
mujer no come un pedazo de pan, sino uno entero. Esta pequeña falla del
narrador, aunque subsanada, acentúa la acción descrita y la traslada, en
singular simbiosis, al pensamiento del personaje por medio de la pregunta que
éste se hace. ¿Quién es en realidad este ambiguo pero interesante narrador?, y
¿dónde está situado?
Sirva el ejemplo
citado, también, para apreciar el humor que se desprende de la situación y de
la manera desenfadada de contarla, algo que resulta frecuente y se agradece en
los cuentos, y que se convierte en valioso rasgo estilístico del autor. En el
primer cuento del libro, "En un cuaderno de hojas lisas", el narrador
protagonista, que ha sido abandonado por su mujer y su hijo y lanza huevos
contra la ciudad a las 2 de la madrugada, dice: "No puedo sacarme de la
cabeza la imagen de ellos dos viviendo en un circo y con un malabarista. La
simple idea me da escalofríos: mi hijo compartiendo el carro con la mujer barbuda,
jugando cerca de las jaulas de los animales peligrosos, respirando el
deprimente olor de las bestias encerradas" (16). La imagen, totalmente
absurda para el personaje, pero terriblemente real, lleva en sí la carga de un
humor casi trágico.
En "Todo puede
suceder", historia de la singular relación de un hombre con un zapato de
mujer, absurdo y humor van de la mano. El narrador protagonista encuentra en el
zapato un papel con un nombre y una dirección, y dice: "Resulta evidente
que el papelito estaba adentro del zapato. Pero, ¿a quién se le puede ocurrir
poner una dirección en el zapato, como si fuera una agenda o algo parecido?
¿Será que esto es realmente una broma que espera ser completada con la
correspondiente entrega a domicilio? ¿O será que esta mujer, más loca que una
cabra, le puso una etiqueta con su dirección al zapato izquierdo simplemente
porque sí?" (19).
El procedimiento
de llevar a primer plano objetos aparentemente insignificantes es muy utilizado
por Ramos en el cuaderno. Hay en verdad un regodeo, un gusto por los objetos,
por la insospechada relación que a veces guardan con los seres humanos. Lo
alcanza a partir de una mirada cinematográfica que le permite enfocar distintos
planos. Y a partir de descripciones plásticas, sugestivas: "Fui hasta la
cocina, abrí la heladera, tomé varios huevos y comencé a aplastarlos primero
contra el piso y luego contra mi cabeza. Sentí el crujido de las cáscaras al
partirse y el contenido helado y pegajoso que me corría por la nuca hasta la
espalda" (15).
Por este camino,
y mediante el montaje de elementos cuidadosamente seleccionados, el autor logra
crear atmósferas de valor. Veamos el caso de un personaje que acude a una
estación de policía con el propósito de defender a un niño -o al menos para
preocuparse por su suerte- que ha sido arrestado por supuesto gamberrismo.
Aparece en el cuento "Luces de colores". La atmósfera es opresiva,
casi aterradora: un pasillo oscuro; un ventilador que hace ruido de sierra de
carnicero; un sillón que, roto, pellizca la piel, y un silencio de hospital. ¿Y
el niño?
El lenguaje,
tendiente a la naturalidad, tanto en el léxico como en la sintaxis, ajustado al
narrador y al tono, deja ver a ratos imágenes de lograda fuerza expresiva, como
esta de fondo sinestésico: "caminé hacia la pieza despacio, sumergido en
un silencio oscuro, apenas coloreado por el sonido pálido del televisor"
(77). Parco en adjetivos, a veces los halla significativos y sugerentes:
"Pensó en lo que sería vivir en otro país, en la suave lejanía que conllevan
esas palabras" (45). Y, como en la carta que la prostituta le deja al pibe
de la calle, puede llegar al lirismo: "Lo que dice la nota es un secreto
que hasta hoy no compartí con nadie. Habla de la vida, y dice algo acerca de un
barco que se va y de las huellas que nunca dejan los pájaros en las nubes"
(54).
Debo referirme, a
la inclusión de elementos documentales en la trama de ficción, sobre todo en
locaciones de Buenos Aires que son referencias abundantes en los cuentos. La
lista es larga, pero valga para los que, aun desde lejos, amamos la mítica
ciudad: Parque Rivadavia, Corrientes, el Ferrocarril Roca, el Sur de
Avellaneda, la Avenida San Martín, la Avenida Montes de Oca...
He dejado para el
final una cita que aparece en "Tal vez algún día". El narrador protagonista
cuenta: "-Ellos no van a volver -me dice Moisés [el viejo judío], y ahora
sé que es imposible esconderse de este hombre-. Ni los míos, ni los tuyos, ni
los de nadie. El problema es si tú te pierdes adentro tuyo, que el golpe haya
hecho tanto efecto que ya no te quede nada. No es mi caso, hijo, y puedes
creerme, tampoco el tuyo" (63).
"Ahora sí
que es imposible esconderse de este hombre." La afirmación devela un hecho
crucial para la anécdota. Sabemos, entonces, que el protagonista también ha perdido
seres queridos por otra barbarie, más reciente, en Argentina. Y de repente la
atmósfera de misterio se aclara y queda limpio el juego alegórico.
Procedimiento técnico puesto de continuo al servicio de la idea. El mensaje que
las palabras de Moisés contienen lo dejo al lector, que tendrá el gusto de
reflexionar, igual seguramente que a lo largo de Cuando lo peor haya pasado,
valioso punto en la rica cosecha de cuentos y cuenteros de la hermana
Argentina. Entonces sentirá que el autor bonaerense lo ha invitado: vení a
tomar unos mates.
* Pablo Ramos:
Cuando lo peor haya pasado, La Habana, Casa de las Américas, 2004. Premio
de cuento.
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