miércoles, 20 de julio de 2022

El Hombre Lagarto, cuento de David Poissant

 El Hombre Lagarto

Autor: David Poissant




Entro en el garaje con un chirrido cuando está asomando el sol y veo a Cam en la escalera de la casa, con su hijo Bobby. Cam está de pie. Es un hombre corpulento, pura fibra y músculos gracias a una década de trabajo en el gremio de la construcción. Tiene mangas de dragones verdes tatuados en los dos brazos, desde las axilas hasta las muñecas. Dice que, si se mira de cerca, puede verse un par de mujeres desnudas entre las escamas.

Cuando Crystal lo dejó, Cam se quedó con el chico, lo cual muestra qué clase de madre era Crystal. Cam es el único amigo que me queda. Cuando está sobrio es un santo, y hace diez años que no prueba una gota de alcohol. Pone una mano sobre el hombro del niño, pero Bobby se suelta y sale corriendo. Viene directo hacia la camioneta, se agarra a mi pierna y la abraza con todo el cuerpo.

Empiezo a caminar en dirección a Cam. Bobby rebota y ríe con cada paso que damos. Cam y yo nos estrechamos la mano como si nada, pero su expresión lo dice todo.

–¿Otra vez turno de noche? –dice.

Hecho un rollo marrón, el delantal asoma de mi bolsillo delantero, y yo apesto a grasa de cocina.

–Sí –digo.

No le dije a Cam que perdí los estribos y le grité a un cliente, que aparentemente algunas personas no saben qué significa «vuelta y vuelta», que mi decisión de trabajar en el turno de diez a seis es lo que me permite tener luz y agua en casa.

–Bobby –dice Cam–, ve a jugar un rato, ¿sí?

Bobby suelta mi pierna y mira a su padre, escéptico.

–No me obligues a decírtelo dos veces –dice Cam.

El chico corre hasta mi buzón, se tira en el césped, se cruza de piernas y frunce el ceño.

–Sigue caminando –dice Cam, y Bobby lenta, deliberadamente, se pone de pie y camina rezongando hacia su casa.

–¿Qué pasa? –digo–. ¿Qué problema hay?

Cam sacude la cabeza.

–Red ha muerto –dice.

Red es el padre de Cam.

«El hijo de puta me daba unas tremendas palizas», dijo Cam una noche, hace tiempo, cuando los dos bebíamos demasiado y nos contábamos historias tristes. Al cumplir dieciocho, Cam se enroló en el ejército y fue a combatir en la primera guerra del Golfo. La última vez que vio a su padre, el viejo estaba cruzando el jardín, tambaleándose, borracho. «¡Vete de una buena vez!», le gritó. «Vete a morir por tu país de mierda.»

Bobby nunca supo que tenía un abuelo.

No sé si Cam se siente molesto o aliviado y no sé qué decir. Cam debe haberse dado cuenta, porque dice:

–Está bien, yo estoy bien.

–¿Cómo fue? –pregunto.

–Estaba bebiendo –dice Cam–. El barman dijo que Red estaba riéndose y de golpe cayó de frente sobre la barra. Cuando fueron a despertarlo ya estaba muerto.

–Guau –digo. Es una estupidez decir «guau», pero estuve levantado toda la noche. Mi mano todavía sostiene una invisible espátula de acero, tengo manteca debajo de las uñas.

–Necesito que me hagas un favor –dice Cam.

–Lo que sea –digo. Cuando estuve en la cárcel, fue Cam el que pagó la fianza. Cuando mi esposa y mi hijo se mudaron a Baton Rouge, fue Cam el que golpeó mi puerta, me hizo levantar a la fuerza, tiró todas mis botellas en el jardín delantero, les prendió fuego y me consiguió un trabajo en el restaurante de su amigo.

–Necesito que me lleves a su casa –dice Cam.

–Bueno –digo. Hace años que Cam no tiene coche. Muchos de los vecinos de la manzana no pueden pagar postigos para protegerse de las tormentas, así que ni pensar en un coche. Pero estamos en St. Petersburg, una ciudad para peatones, y el centro está a sólo cinco minutos de caminata.

–Bueno, no te apresures a decir que sí –dice Cam–. La casa de Red está en Lee.

–¿Lee, Florida?

Cam asiente. Lee está cuatro horas al norte. Es una de las últimas ciudades sobre la Interestatal 75 camino a Georgia.

–No hay problema –digo–. Siempre y cuando esté de vuelta esta noche antes de las diez.

–¿Otra vez turno de noche? –pregunta Cam.

Yo asiento.

–Bueno –dice–. Vamos.

* * *

El año pasado tiré a mi hijo por la ventana del comedor. No recuerdo con exactitud cómo ocurrió. Recuerdo que entré en la habitación. Recuerdo que vi a Jack con la boca pegada a la boca del otro chico, recuerdo sus manos moviéndose rápido en la entrepierna del chico. Después me recuerdo de pie, en el jardín, mirándolo desde arriba. Lynn salió corriendo de la casa a gritos. Vio a Jack y me dio una cachetada. Me pegó puñetazos en los hombros y en el pecho. Arriba, desde el marco de la ventana, el otro chico nos miraba temblando, abrazándose con sus brazos flacos. Jack estaba tirado en el suelo. No se movía, excepto por el sube y baja del pecho.

El panel de la ventana se había roto impecablemente y no había rastros de sangre, sólo esquirlas de vidrio desparramadas sobre las flores, pero Jack tenía un brazo doblado debajo de la cabeza como si estuviera dormido y el codo fuera su almohada.

–Llama al 911 –le gritó Lynn al chico.

–No –dije. Yo no entendía nada de lo que estaba pasando, pero sabía que no podíamos pagar una ambulancia–. Yo lo llevo.

–¡No! –gritó Lynn–. ¡Lo vas a matar!

–No lo voy a matar –dije–. Ven aquí.

Le hice un gesto al chico, que sacudió la cabeza y retrocedió.

–Por favor –dije.

El chico pasó, algo indeciso, por encima del borde filoso de la ventana. Plantó el pie en la cornisa de ladrillo de la pared del frente y saltó los pocos metros que lo separaban del suelo. Los vidrios rotos crujieron bajo sus zapatillas.

–Agárralo de los tobillos –dije. Deslicé las manos bajo las axilas de Jack y entre los dos lo levantamos. Uno de sus brazos se arrastraba por el suelo cuando lo llevamos al coche. Lynn abrió la puerta trasera. Acostamos a Jack en el asiento y lo tapamos con una manta. Hicimos lo que había que hacer, lo que uno ve que hacen en la televisión.

Algunos vecinos habían salido a mirar. Los ignoramos.

–Necesito que me acompañes –le dije al chico–. Cuando terminemos te llevo a tu casa. El chico retorcía el dobladillo de la camisa con las dos manos. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

–No voy a lastimarte, si es lo que estás pensando.

Salimos rumbo al hospital. Lynn nos siguió en mi camioneta. El chico iba a mi lado en el asiento del acompañante, el cuerpo pegado a la puerta, aferrando el cinturón de seguridad con una mano a la altura de la cintura. Cada vez que pasábamos un bache se daba la vuelta para mirar a Jack.

–¿Cómo te llamas? –le pregunté.

–Alan –dijo.

–¿Cuántos años tienes, Alan?

–Diecisiete.

–Diecisiete. Diecisiete. ¿Y alguna vez estuviste con una mujer, Alan?

Alan me miró; estaba más pálido que un muerto. Aferró con más fuerza todavía el cinturón de seguridad.

–Es una pregunta simple, Alan. Te estoy preguntando:

¿estuviste con una mujer?

–No –dijo Alan –. No, señor.

–¿Entonces cómo sabes que eres gay?

Jack se revolvió en el asiento de atrás. Gimió y se quedó callado. Alan lo miraba.

–Mírame, Alan –dije–. Te hice una pregunta. Si nunca estuviste con una mujer, ¿entonces cómo sabes que eres gay?

–No lo sé –dijo Alan.

–¿Quieres decir que no sabes si eres gay o que no sabes cómo lo sabes?

–No sé cómo lo sé –dijo Alan–. Pero lo sé.

Pasamos por la panadería, el lavadero y el supermercado, y llegamos a los límites de la ciudad. A lo lejos, la silueta del helicóptero en el tejado del hospital. A nuestras espaldas, la persecución constante de la camioneta.

–¿Y tus padres están enterados de esto? –le pregunté.

–Sí –dijo Alan.

–¿Y están de acuerdo?

–En realidad, no.

–No. Apuesto a que no, Alan. Te apuesto lo que quieras a que no están de acuerdo.

Miré por el espejo retrovisor. Jack no había abierto los ojos, pero se había llevado una mano a la sien. La otra mano, la que correspondía al brazo roto, yacía a un costado de su cuerpo. Los dedos se movían, pero sin propósito; la mano se abría y se cerraba con movimientos espasmódicos.

–Tengo una pregunta más para hacerte, Alan –dije.

Alan parecía estar a punto de vomitar. Tenía los ojos clavados en el camino sinuoso que se abría delante de nosotros. Tenía miedo de mí. Miedo de mirar a Jack.

–¿Qué derecho tienes a enseñarle a mi hijo a ser gay?

–¡Yo no se lo enseñé! –dijo Alan–. Yo no lo soy.

–¿No eres? ¿Entonces cómo lo llamas? ¿Cómo llamas a lo que estabais haciendo? Lo que hacíais en el sofá.

–Señor Lawson –dijo Alan, y el tono de su voz cambió.

Y entonces sentí que estaba hablando con otro hombre–.

Con el debido respeto, señor, permítame decirle que fue Jack el que me buscó.

–Jack no es gay –dije.

–Sí que lo es. Yo lo sé. Jack lo sabe. Su esposa lo sabe, señor Lawson. No entiendo cómo usted no lo sabe. No entiendo cómo no vio las señales.

Traté de imaginar qué señales, pero no pude. No podía recordar nada que señalara que yo terminaría allí, llevando a mi propio hijo al hospital con un traumatismo de cráneo y un brazo roto. ¿Qué señal podría haber anticipado que, después de este día, después de pasar dos meses en un motel y otros dos meses en la cárcel, la que había sido mi esposa durante veinte años se divorciaría de mí porque, en sus propias palabras, yo estaba «lleno de odio»?

Frené delante de la puerta de urgencias y Alan me ayudó a sacar a Jack del coche. Una enfermera corrió a nuestro encuentro empujando una silla de ruedas. Sentamos a Jack en la silla y la enfermera se lo llevó rodando.

Llevé el coche al estacionamiento y volví caminando a la entrada del hospital. Alan seguía de pie en la acera, en el mismo lugar donde yo lo había dejado.

–¿Dónde está Lynn? –dije.

–Dentro –dijo Alan–. Jack está despierto.

–Bueno, voy a entrar. Te sugiero que te vayas.

–Pero usted dijo que me llevaría a casa.

–Lo lamento –dije–. Cambié de opinión.

Alan se quedó mirándome, mudo, haciendo gestos con las manos en el aire.

–Ah –dije–. Tengo una señal para ti.

Levanté el pulgar por encima del hombro y lo sacudí hacia atrás varias veces mientras entraba en el hospital.

* * *

Despierto. Al volante de mi camioneta, Cam conduce por caminos laterales llenos de baches enormes como cráteres.

–Arriba, a brillar –dice–. Bienvenido a Lee.

Es casi mediodía. El sol resplandece en lo alto y la cabina de la camioneta es un horno. Me limpio las legañas de los ojos y la baba de las comisuras de la boca. Cam mira el camino con un ojo y con el otro estudia las direcciones que garabateó en tinta negra en la parte de atrás de una caja de cereales. Nunca vio la casa donde su padre pasó los últimos años.

Entramos por un camino de tierra. La camioneta se sumerge en un gran bache lleno de agua y emerge enseguida.

El camino está flanqueado por hileras de pinos. Sus agujas tiemblan cuando pasamos. Avanzamos siguiendo las curvas; casi no hay carteles. Cada pocos kilómetros pasamos por una entrada para coches, la casa metida entre los árboles y escondida de la vista. Es un lugar maldito. Y ya me dan ganas de irme.

–No sé dónde carajo estamos –dice Cam.

Avanzamos un poco más. Pienso en Bobby solo en la casa, pienso que Cam le dio seis VHS antes de irnos.

–Cuando termines de mirarlos todos –dijo–, nosotros ya estaremos de vuelta. Después puso la primera película, una de Disney, y nos fuimos.

–Estará bien –dijo Cam–. Ni siquiera se dará cuenta de que nos fuimos.

–Podríamos traerlo con nosotros –dije. Pero Cam se negó.

–No sabemos con qué nos vamos a encontrar –dijo.

Unos kilómetros más adelante vemos a una niña de pie a un lado del camino. Cam detiene la camioneta y baja el vidrio de la ventanilla. La niña da un paso adelante. Mira por encima de su hombro, después nos mira. Está descalza tiene la cara manchada de tierra. Lleva puesto un vestido marrón y un moño verde en el pelo. Tiene una cuerda enroscada en la muñeca y en la punta de la cuerda flota un globo azul.

–Hola –dice Cam. Asoma la cabeza por la ventanilla con la mano extendida, pero la niña no la estrecha. Se queda mirando los brazos de Cam, los dragones enroscados. 

Retrocede.  –La estás asustando –digo.

Cam frunce el ceño, pero vuelve a meter la cabeza en la cabina y apoya las manos en el volante. Le sonríe a la niña con su sonrisa más cariñosa.

–¿Puedes decirnos cómo llegar a Cherry Road? –dice.

–Sí –dice la niña. Levanta el brazo y el globo flamea con el movimiento–. Es por allá –dice. Y señala en la dirección de donde vinimos.

–¿Está muy lejos? –pregunta Cam.

–No es el próximo camino sino el siguiente. Es un callejón sin salida. Hay una sola casa.

Sacude la muñeca y el globo le golpea el puño. Cam le muestra la caja de cereales.

–Es ahí –dice.

–Ah –dice la niña. Y se queda callada un instante–. Van a visitar al Hombre Lagarto. Yo lo vi. Lo vi una sola vez.

Cam me mira. Yo me encojo de hombros. Los dos miramos a la niña.

–Bueno, gracias –dice Cam. La niña le pega un tirón al globo. Cam da una vuelta en U y la niña nos dice adiós con la mano.

–Linda niña –digo.

Ponemos rumbo a Cherry.

–Maldito monstruito –dice Cam.

* * *

La casa está oculta por los pinos y el jardín plagado de malezas altas hasta las rodillas. Huellas de neumáticos indican la entrada. Flamencos de plástico motean el jardín, los picos curvos asomando entre la hierba crecida, las patas de alambre oxidado, los cuerpos de un rosa pálido.

El techo de la casa está cubierto de agujas de pino y hay pilas de tejas donde alguien dejó un parche a medio hacer. El piso del porche está hundido y la baranda podrida, los tablones flojos. Clavo la uña en la madera blanda y entra sin dificultad.

Nuestra misión no es clara. No hay cadáver que identificar ni papeles que firmar. No hay nada que heredar y no habrá funeral. Pero yo sé por qué estamos aquí. Es la única manera que tiene Cam de despedirse.

La puerta delantera está cerrada con llave, pero bastan dos patadas para hacerla ceder.

–Aquí –dice Cam. Toca la madera unos centímetros por debajo de la cerradura antes de romper la puerta con el taco de la bota.

Dentro, la casa espera el regreso de su dueño. La luz del vestíbulo está encendida. El extractor de aire hace temblar la ventana sobre la pila de la cocina. El empapelado sepia de las alacenas cuelga curvado como corteza de abeto, dejando a la vista finos rastros de pegamento amarillo.

Escuchamos voces. Cam me apoya una mano en el pecho y se lleva el índice a los labios. Se manotea la cintura buscando un revólver que no existe. Ninguno de los dos se mueve durante un minuto entero, y después Cam suelta una carcajada.

–Carajo –dice–. Es un televisor –ulula. Se pasa la mano por el cabello–. Casi me cago encima del susto.

Entramos en la habitación principal. También está patas arriba, las pantallas de las lámparas cubiertas por una gruesa capa de polvo, la mesa auxiliar bajo un mar de periódicos y cartas sin abrir. Hay un sillón viejo de aspecto siniestro, los brazos sostenidos en su lugar con cinta de embalar. Un resorte asoma desde el almohadón, bañado en tétanos.

La excepción es el televisor. Hermoso. Setenta y dos pulgadas de gloriosa pantalla.

–Mira esa imagen –digo. Cam y yo retrocedemos para mirarla. El televisor está sintonizado en el Canal Militar, una de las tantas extravagancias del cable. Bombarderos B-24 cruzan el cielo blanco y negro, las hélices tienen el tamaño de mi cabeza. Sobre los altavoces hay una botella de Windex y un paño mugriento junto con varios controles remotos de muchos botones. Cam agarra uno, lo examina, aprieta un botón y el sonido sube. El zumbido de los motores de los aviones y el fuego cruzado invade la habitación de un altavoz a otro. Pego un salto. Cam esboza una sonrisa burlona.

–Nos lo llevamos –dice–. Nos llevamos esta mierda.

Aprieta otro botón y la imagen se reduce a un único punto blanco en el centro de la pantalla. El punto se desvanece y muere.

–¡No! –dice Cam–. ¡No!

–¿Qué hiciste? –digo.

–No sé. ¡No sé!

Cam sacude el control remoto, agarra otro, presiona más botones, agarra un tercero, toca todos los botones. El televisor zumba y rezumba y la imagen vuelve a la vida.

–Ahhhh –dice Cam.

Nos sentamos en el sillón, esquivando el resorte. Vemos asoladas las playas de Normandía, vemos cómo arrojan dos bombas y se gana la guerra. Estamos a mitad de camino de Vietnam cuando Cam anuncia: «Voy a revisar su cuarto». No es una invitación. Cam desaparece durante media hora. Cuando regresa tiene un aspecto terrible. Está mortalmente pálido y tiene los ojos enrojecidos. Trae una caja de zapatos bajo el brazo. No le pregunto nada y él tampoco dice nada.

–Carguemos el televisor y vayámonos de aquí –dice–.

Voy a buscar la camioneta. Oigo abrirse y cerrarse la puerta de vidrio a mis espaldas. Escucho algo parecido a un grito. Después, la puerta vuelve a abrirse. Me doy la vuelta y veo a Cam. Si antes tenía mal aspecto, ahora da miedo.

–¿Qué pasa? –digo.

–Es enorme –dice Cam–. En el patio de atrás.

–¿Qué? ¿Qué es enorme en el patio de atrás?

–Gran. Puto. Caimán.

* * *

Es un gran puto caimán. Yo he visto caimanes antes, en el cine, en el zoológico, pero nunca tan grandes y nunca tan de cerca. Nos quedamos mirándolo. No sabemos si es macho, pero decidimos que lo es. Es enorme. Es una locura. También es la cosa más triste que vi en mi vida. En el patio de atrás hay una jaula improvisada, un óvalo de alambre tejido con techo de gallinero. Dentro, el caimán chapotea en una vieja piscina de plástico para niños. El plástico de la piscina está resquebrajado por el peso del caimán. Con medio cuerpo llena la piscina, el vientre hundido en unos pocos centímetros de agua marrón espesa, las patas colgando a los lados. La cola, del tamaño de un hombre, sigue la curva de la cerca de alambre.

Cuando nos ve, el caimán sisea y sus patas delanteras patalean en el aire. Abre las fauces mostrando unos dientes amarillos y una garganta del color de la piel de un pavo, pero del lado de dentro. Hay moscas y jejenes por todas partes. Algunos entran volando por la boca abierta y aterrizan en los dientes del caimán. Otros hormiguean en las llagas abiertas que tiene en el lomo.

–¿Qué carajo hace aquí este bicho? –pregunta Cam.

–Red era el Hombre Lagarto –digo–, aparentemente.

Miramos al caimán. El caimán nos mira. Calibro la jaula y me pregunto si podrá darse la vuelta de golpe.

–Parece aburrido –dice Cam.

Y es verdad. El caimán parece aburrido y enfermo. Cierra las fauces y sus ojos abiertos son lo único que me recuerda que está vivo.

–No podemos dejarlo aquí –dice Cam.

–Tendríamos que llamar a alguien –digo.

¿Pero a quién llamar? ¿Al gobierno? ¿A la protectora de animales?

–No –dice Cam–. Lo matarían.

Cam tiene razón. Ya lo vi más de una vez en el noticiario. Un tarado cría un caimán. El caimán se escapa. Le han dado de comer en la boca y no le tiene miedo a los seres humanos.

La noticia siempre termina de la misma manera: «lamentablemente hubo que eliminar al caimán».

–No veo que tengamos otra opción –digo.

–Tenemos la camioneta –dice Cam.

Mi boca dice que no, pero mis ojos deben estar diciendo que sí, porque antes de que me dé cuenta de lo que ocurre, estamos examinando la caja de la camioneta. Cam mide el ancho con los brazos abiertos.

–No funcionará –digo.

Cam me ignora. Saca una lona azul del asiento de atrás y la desenrolla sobre el suelo, al lado de la camioneta.

–No va a entrar –digo.

–Sí que va a entrar. Apretado, pero va a entrar.

–Cam –digo–. Un momento. Espera un poco.

Cam se apoya contra la camioneta. Me mira a los ojos.

–Supongamos que conseguimos sacar al caimán de la jaula y subirlo a la camioneta. Supongamos que logramos hacerlo sin perder ni un solo dedo. ¿A dónde lo llevamos?

Quiero decir, ¿qué mierda vamos a hacer, Cam? ¿Qué mierda vas a hacer con dos metros de caimán vivito y coleando?

¿Y el televisor? Pensé que querías llevarte el televisor.

–Carajo –dice Cam–. Me olvidé del televisor.

Miramos la camioneta. Levanto la vista. El cielo pasó del azul brillante al azul claro y el sol desapareció tras un manto de nubes. En el suelo, una esquina de la lona flamea con la brisa, guiñando una arandela dorada.

Cam baja la cabeza, como con pesar.

–Tal vez podamos poner el televisor en un rincón de la

caja –dice.

–Cam –digo–, podemos llevarnos el caimán o podemos llevarnos el televisor, pero no las dos cosas.

* * *

–Lo más difícil será atarle el hocico con cable –decide Cam.

–Todo será difícil –digo, pero Cam no está escuchando.

Encuentra un trozo de costilla en el frigorífico de Red. Está podrido, pero al caimán no parece importarle. Cam pone el trozo de carne cerca de la jaula y el caimán sale de la piscina anadeando. Apoya sus orificios nasales contra el alambre tejido. El olor rancio del caimán y el hedor a carne putrefacta me revuelven el estómago y tengo arcadas.

–Si vomitas, te mato –dice Cam.

Hemos arrasado el garaje de Red. A nuestros pies, tenazas, un rollo de cable, cinta de embalar, un pedazo de soga, otro de cuerda elástica, una docena de postes de madera, mi lona y, sin que yo sepa muy bien por qué, una motosierra.

–Para protección –dice Cam, empujando la vieja motosierra con el pie. La cadena está oxidada y cuelga separada de la hoja.

Imagino a Cam haciéndola funcionar, la cadena crujiendo, volando, aterrizando lejos en el pastizal. Intento imaginar la lucha entre el hombre y la bestia, Cam aplastado bajo doscientos cincuenta kilos de caimán, la cabeza de Cam en la boca del caimán, Cam arrastrado en círculos por el patio, una confusión de extremidades y gemidos. En todas las escenas la motosierra no sirve absolutamente para nada.

Cam tiene las manos enfundadas en agarraderas para horno, situación que aceptó a regañadientes cuando los guantes de boxeo que encontró, si bien ofrecían mayor protección, no aportaban la habilidad de agarrar, levantar o sostener.

–Es una estupidez –digo–. ¿Realmente vamos a hacer esto?

–Ya lo estamos haciendo –dice Cam. Aleja una mosca de su cara con la mano enguantada.

La cerca de alambre tejido cruje. Nos damos la vuelta y vemos al caimán empujándola con el hocico. Resopla. Mira el trozo de costilla, abre y cierra las fauces. Es sorprendentemente grande.

Cam estacionó la camioneta en el patio trasero. Se quita  los guantes. Abre la caja dejando a la vista el fondo ancho y desnudo y empezamos a clavar los postes en ángulo desde

el céped hasta la puerta abatible. Colocamos encima los tablones y Cam los sujeta entre sí con las cuerdas elásticas. Las tablas son largas, miden casi un metro: la física está de nuestro lado. Tendríamos que poder arrastrar a la gran bestia rampa arriba.

Volvemos a prestarle atención al caimán, que ahora intenta embestir contra el alambre tejido, salvo que no tiene capacidad de maniobra ni cómo tomar velocidad. Por encima de su cabeza, a la altura de las rodillas, hay una compuerta de alambre del tamaño de un puño cerrado con un candado con combinación. Con cada embestida del caimán, el candado salta y golpea contra la compuerta. Con cada embestida yo también salto.

–No puede salir –dice Cam. Y agarra las tenazas.

–Imposible saberlo –digo.

–Si pudiera, ¿no te parece que ya lo habría hecho?

Cam mete la tenaza en el grillete del candado, dobla las rodillas y se agacha. Aprieta con fuerza y su cara se pone roja. Gruñe, se oye un chasquido y el candado cae al suelo seguido por un movimiento rápido. Cam aúlla y cae. Las fauces abiertas del caimán asoman a medias por el agujero. Lo único que veo son dientes.

–¡Hijo de puta! –grita Cam.

–¿Estás bien? –digo.

Cam levanta las manos y mueve los diez dedos.

–Estoy bien –dice Cam–. Estoy bien

Levanta el trozo de costilla y se lo arroja al caimán. La carne aterriza sobre el hocico de la bestia, queda allí colgando, y luego se desliza por un lado.

–No es un perro –digo–. No lo va a agarrar en el aire.

Cam vuelve a ponerse los guantes y lentamente agarra la carne que está sobre el césped a menos de un metro de distancia de los dientes. De pronto la jaula parece menos sólida, no parece un lugar del que el lagarto jamás podría escapar.

La jaula se sacude, pero esta vez es por el viento que se ha levantado. Me pregunto si habrá tormenta en St. Petersburg. Cam tendría que estar en su casa con Bobby y estoy a punto de decírselo. Pero tiene la mirada fija. Está absolutamente decidido a hacer lo que estamos haciendo.

–Voy a meterle la carne en la boca y, cuando lo haga, quiero que le envuelvas las fauces con cinta de embalar

–dice Cam.

–De ninguna manera –digo–. No pienso poner mi mano al alcance de ese monstruo.

Y entonces ocurre esto: mi hijo aparece en mi memoria y en mis pensamientos, el brazo colgando laxo desde el codo. La enfermera pregunta qué pasó y él levanta la vista, dispuesto a mentir por mí. Hay algo hermoso en la pausa

entre esa pregunta y la siguiente. Luego siento la mano del oficial sobre mi hombro y escucho: «¿Podría acompañarme afuera, por favor?». Oh, lo escuché más de cien veces, nunca dejo de escucharlo. Es un susurro, es una condena a la cárcel.

Quiero recolocar el codo en su lugar con mis propias manos. Quiero volver el tiempo atrás. Quiero al Jack de cinco o diez años. Lo quiero enroscado sobre mis rodillas como un perro. Lo quiero escribiendo en las paredes con un lápiz naranja y echándoles la culpa a los ángeles que viven en el ático. Lo quiero antes de que su voz baje dos octavas, antes de que aprenda a pararse con una mano en la cadera, antes de que se sienta confundido.

Quiero a mi hijo de vuelta.

–¡Vamos! –grita Cam–. No te achiques ahora. En cuanto muerda la carne, envuélvele el hocico con la cinta.

–Dame tus guantes –digo.

–¡No!

–Dame los guantes y lo hago.

–Pero con los guantes puestos se te hará difícil usar la cinta.

–Confía en mí –digo–. Sabré hacerlo.

Lo hacemos. Cam sacude el pedazo de carne frente al hocico de la bestia hasta que muestra los dientes. Las fauces atacan. Se oye un crujido antinatural cuando el hueso en forma de T del trozo de carne se transforma en dos íes y luego en un montón de puntos. Envuelvo el hocico con una buena cantidad de vueltas y corto la cinta debajo de las fauces. Aplasto la cinta con las manos enguantadas. Después empiezo a envolver el hocico como loco. Le doy más vueltas de cinta a la mandíbula. La cinta se desenrolla en círculos como un gusano negro y chato. Cuando por fin retrocedo, las fauces del caimán están herméticamente cerradas y mis manos tiemblan.

–No puedo creerlo –dice Cam–. No puedo creer que de verdad lo hiciste.

* * *

El caimán pesa como la mierda. Lo sostenemos por la cabeza. Envolvemos con los brazos el vigoroso pescuezo y las patas delanteras. Hundimos los dedos en los flancos escamosos. Avanzamos de lado hacia la camioneta. La cola del caimán deja una huella en el césped. Sus patas traseras se clavan en la tierra, pero no se retuerce ni da azotes. No es un caimán saludable. Me detengo.

–Vamos –dice Cam–. Ya casi llegamos.

–¿Qué estamos haciendo? –digo.

–Metiendo un caimán en tu camioneta –dice él–.

Vamos.

–Pero míralo –digo.

Cam observa la cabeza ancha y verde del caimán, las narinas orientadas hacia arriba y los ojos como pelotas de ping-pong. Levanta la vista.

–No –le digo–. Míralo de verdad.

–¿Qué? –se impacienta Cam. Cambia el peso de lugar, domina mejor a la bestia–. No sé qué quieres que vea.

–Ni siquiera lucha contra nosotros. Está demasiado enfermo. Aunque lo dejáramos libre, ¿cómo saber si sobrevivirá?

–Imposible saberlo.

–Sí, imposible saberlo. No sabemos de dónde vino. No sabemos a dónde llevarlo. ¿Y si lo hubiera criado Red?

¿Cómo sobrevivirá a la intemperie? ¿Cómo aprenderá a cazar y atrapar peces y demás?

Cam se encoge de hombros y niega con la cabeza. –¿Entonces por qué? –pregunto–. ¿Por qué hacemos esto?

Cam y yo nos miramos a los ojos. Un minuto después bajo la vista. Mis brazos quedaron debilitados por el peso del caimán. Me tiemblan las piernas. Seguimos adelante.

* * *

No le di a Jack la oportunidad de mentir. Me declaré culpable de castigo físico en segundo grado y dejé a todos los demás libres de culpa y cargo. Me dieron cuatro meses, pero cumplí dos, más multas, más servicio comunitario. Si con eso hubiera terminado todo, me habría salido barato.

Pero perdí a mi familia. La última vez que vi a Jack estaba de pie junto al coche de su madre mostrándole su nueva licencia de conducir a Alan. Estaban apoyados sobre el capó como dos señoritas, pero se rieron como hombres al ver algo en la matrícula: una errata. Peso: 1500. Los miré desde el umbral. Jack se mantenía a distancia, daba un respingo cada vez que me acercaba.

Alan me había ayudado a cargar los muebles. Con cada mueble, yo pensaba en el cuerpo de Jack. Cómo colgaba entre nosotros esa tarde, cómo se balanceaba, cómo todo se parecía a ese juego en el que dos amigos agarran a un tercero por las muñecas y los tobillos y lo arrojan desde un puente a un lago.

Metimos todas las posesiones de Jack y Lynn en el camión de mudanzas. Yo no sabía adónde iban. No esperaba volver a verlos, pero revisando mapas y direcciones en una pila de cosas de Lynn encontré escrita la dirección de su nueva vivienda en Baton Rouge. Podía perdonar que Lynn no quisiera verme, pero no toleraba que se llevara a mi hijo. Decidí que algún día iría a verlo, pero ese día parece cada vez más lejano con cada tarde que pasa. ¿Y qué hará Jack cuando abra la puerta? En mis sueños siempre es Jack el que abre la puerta. Yo abriría los brazos para saludarlo.

Diría todo lo que no dije hasta ahora.

Pero ese día fue Alan quien le dijo a Jack que viniera a despedirse. Lynn esperaba en el camión de mudanzas, lista para partir. Alan me señaló, discutió con Jack en voz baja.

Hasta que por fin Jack empezó a caminar hacia mí. Yo no me moví del umbral y Jack se detuvo a menos de un metro.

¿Qué puedo decirles sobre mi hijo? Fue un niño hermoso, y viéndolo allí parado delante de mis ojos vi que se había transformado en algo diferente: un hombre al que yo no comprendía. La camiseta le quedaba demasiado ajustada y no llegaba a cubrirle el ombligo. Una tira de vello marrón nacía en el ombligo y desaparecía bajo la hebilla de plata del cinturón. Tenía las uñas pintadas de negro. Le habían quitado el yeso y su brazo derecho era un nido de vello oscuro y rizado.

Yo quería decirle: «quiero entenderte».

Quería decirle: «haré lo que sea necesario para ganarme tu confianza».

Quería decirle: «te quiero».

Pero nunca se lo dije. No a Jack –sí, soy esa clase de hombre–; no podía soportar la idea de decirle esas palabras por primera vez y que él no me dijera lo mismo.

Así que no dije nada.

Jack extendió la mano y nos saludamos como si fuéramos extraños.

Todavía siento la infinitud del apretón de manos de Jack: la aceptación de las palmas juntas, carne de mi carne.

* * *

La lluvia llega en ráfagas y los limpiaparabrisas apenas pueden detenerla. Conduzco yo. Cam va sentado a mi lado. Puso la caja de zapatos sobre el asiento, entre nosotros.

Apoya un brazo protector sobre la tapa de la caja. El caimán intenta girar sobre sí mismo tironeando de los postes en la parte de atrás. Antes de subir, ajustamos la lona sobre la caja de la camioneta para ocultar de la vista nuestro cargamento, pero no demasiado fuerte. Ahora la lona se comba bajo el peso del agua y amenaza con ahogar al animal escondido debajo.

Cam mueve el dial de la radio y alcanzamos a captar noticias entrecortadas sobre el tiempo antes de que los altavoces entren en estática.

«...ahora elevado a la categoría de tormenta tropical... por lo general indica la formación de un huracán... la tormenta adquirirá mayor velocidad cuando pase por el golfo... se espera que entre en la costa norte por la zona del brazo territorial... y al sur por St. Petersburg...».

Cam apaga la radio. La lluvia bombardea los vidrios, los negros destellos de los limpiaparabrisas empujan con dificultad el agua.

No pregunto si Bobby les tiene miedo a las tormentas. De niño yo les tenía miedo, pero Jack no. Cada vez que había tormenta, Jack se paraba en la ventana y miraba las ramas volando por las calles y los cables de luz caídos en las aceras. Sonreía y se quedaba mirando hasta que Lynn lo sacaba de la ventana y todos nos metíamos en el baño, envueltos en mantas, linterna en mano. Sólo entonces, acurrucado en la oscuridad, Jack lloraba a veces.

–Tendríamos que volver –digo–. Quizá se haya cortado la luz.

–Bobby es un chico valiente –dice Cam–. Estará bien.

–Cam –le digo.

–Por si no lo recuerdas, hay un caimán en la caja de tu camioneta.

No digo nada. Pase lo que pase, Cam es el único responsable. «Nada de esto», me digo a mí mismo, «es culpa tuya.»

Un trueno hace temblar la camioneta. Un poco más adelante, un relámpago prende fuego a un poste de teléfono. Una lluvia de chispas cae sobre la autopista. Coches y camiones quedan cubiertos por una tenue capa de fuego.

Pero nadie se detiene.

No tengo la menor idea de adónde vamos, pero Cam dice que estamos cerca.

«Cam», pienso, «después de esto, ya no te debo nada.

Cuando esto termine, estaremos en paz».

–Si lo que te preocupa es el trabajo –dice Cam–, hablaré con Mickey. Le diré lo de Red. Comprenderá que llegues un poco tarde.

–Mickey es lo que menos me preocupa ahora –digo.

No digo: «Mickey me chupa un huevo». No digo: «Mickey y tú podéis iros al infierno».

–Mira –dice Cam–, sé por qué estás haciendo el turno de noche. Mickey me contó que le gritaste a un cliente.

Pero esto es otra cosa. Él entenderá.

Reconozco inmediatamente el dolor en la parte de atrás de la garganta. Cuando esté solo, únicamente un milagro podrá impedir que me agarre a la botella.

–Toma la próxima salida –dice Cam–. Cuando bajes, dobla a la derecha.

Conduzco la camioneta rampa abajo hacia Grove Street. El agua acumulada se viene hacia delante y desborda la lona. Las patas del caimán rascan la cubierta de plástico de la caja.

–¿Dónde nos estás llevando? –pregunto.

–A Havenbrook –dice. Espero que Cam diga que es una broma. Pero Cam no está bromeando.

* * *

El lago más grande bordea el campo de golf. Cam ya ha visto caimanes aquí antes, bestias enormes que suben a la orilla a tomar el sol y asustan a los golfistas. Yo nunca jugué al golf en mi vida y Cam tampoco, pero el año pasado Cam estuvo a cargo del equipo que reparó el tejado de la sede del club después del huracán. Recuerda el código de cinco dígitos, y todavía funciona. La reja de seguridad se desliza sobre sus rieles y entramos por el camino pavimentado que utiliza el personal de mantenimiento.

No hay nadie en el campo. Los greens están sembrados de ramas arrancadas. Hay un carrito blanco abandonado, caído de costado, cerca del hoyo quince.

Un relámpago cruza el cielo. La lluvia cae en torrentes sobre el parabrisas y súbitas ráfagas de viento sacuden la camioneta desde todos los flancos. Aferro con fuerza el volante para no salirme del asfalto. Hasta Cam tiene los ojos muy abiertos, los dedos enterrados en el almohadón del asiento. La caja de zapatos rebota entre nosotros.

Llegamos al lago, pero la costa está a medio campo de fútbol de distancia. El green está empapado, espeso de agua, y el lago ya desborda sus orillas. Sé que nos hundiremos en el lodo si una de las cuatro ruedas se desvía del asfalto, y sé que si eso sucede jamás podremos sacar la camioneta de allí.

–No puedo llegar a la orilla –le digo a Cam.

Tengo que gritar para hacerme oír sobre el viento y la lluvia y los truenos ensordecedores. Parece que el mundo se viene abajo.

–No podemos seguir adelante.

Cam dice algo que no alcanzo a escuchar y sale de la camioneta dando un portazo. Bajo de un salto y el frío húmedo me golpea la cara. En cuestión de segundos quedo empapado, la ropa me pesa. Lo único que oigo es el viento.

Me muevo como bajo el agua.

En cuanto Cam afloja la lona, el viento la atrapa e, inflándola, la hace subir al cielo como un flameante paracaídas azul, directo hacia las copas de los árboles. Pero queda enredada en las ramas y unos segundos después sólo se oye el flap-flap de las esquinas sueltas de la lona azotadas por las ráfagas.

Cam me grita algo. Sus dientes brillan bajo la luz intermitente de los relámpagos, pero el viento ahoga sus palabras. Me doy unos golpecitos en la oreja y Cam asiente. Camina hacia el caimán. Nos acercamos despacio a él. Espero que embista, pero el animal yace inmóvil. Observo las fauces. Todavía están sujetas con cinta. Comprendo que este será nuestro último desafío. Si el caimán huye de nosotros antes de que retiremos la cinta, no podrá salvarse.

Mientras me pregunto cuál de nosotros subirá a la caja, el caimán inicia su avanzada. Nos apartamos de un salto para dejar pasar doscientos cincuenta kilos de reptil desde la caja de la camioneta al green. La puerta cruje bajo el peso y queda suelta como una puerta trampa en el aire, las bisagras vencidas. Ahora el caimán está libre sobre el césped.

Nosotros no nos movemos, él tampoco. Cam se acerca a mí. Improvisa un megáfono con las manos y la boca, y se inclina para decirme algo al oído. El aliento caliente en mi cara me sobresalta en medio del frío y la lluvia feroz.

–Creo que está aturdido –grita Cam–. Es el momento justo para quitarle la cinta.

Asiento con la cabeza. Estoy exhausto y ansioso, y sé que nos resultaría imposible arrastrar el caimán hasta la orilla. Me pregunto si logrará llegar, si encontrará el camino hasta el agua, o si la caída de la camioneta habrá sido el golpe mortal, si mañana los encargados de la cancha encontrarán el cadáver de un caimán a doscientos metros del lago. La noticia ocuparía la primera plana del St. Petersburg Times. «Huracán mata caimán gigante.» Los empleados del club quedarían pasmados.

–Móntate a horcajadas sobre el pescuezo –grita Cam–.

Y aplástale la cabeza contra el suelo. Yo trataré de sacarle la cinta.

–No –digo. Y señalo mi pecho. Hago un círculo en el aire con la mano, como quien desenrolla algo.

Cam se sorprende al principio, pero asiente. Vuelve a apoyar sus manos sobre mi cara y me grita al oído sus palabras calientes.

–Espera mi señal –dice, pero lo aparto de un empujón. No espero ninguna señal. Sin pensarlo, ya estoy en el suelo, de lado, con medio cuerpo hundido en el lodo y enterrando las uñas en la cinta de embalar. Mis ojos están a pocos centímetros del ojo del caimán. Parpadea sin parpadear; una membrana delgada y casi transparente se desliza sobre el globo ocular, de atrás hacia adelante. Es algo digno de verse. Un guiño cómplice. Lo veo y me siento a salvo.

Es más difícil sacar la cinta de lo que fue ponerla. La lluvia la ablandó, el pegamento se puso viscoso. Después de varias vueltas, mi puño pierde firmeza. Finalmente dejo que la cinta me envuelva la mano como una serpiente. Sigo desenrollando y pronto mi puño se transforma en una pelota de fruta oscura y pegajosa. El último pedazo de cinta se desprende del hocico y ruedo apartándome del caimán. Me levanto del suelo y Cam me tira hacia atrás. Me sostiene de pie. El caimán abre las fauces. Abre muchísimo la boca y después la cierra de golpe. Y se va, se va, zigzagueando hacia el agua.

Es rápido y fuerte, y me alegra que haga frío y esté lloviendo para que Cam no vea las lágrimas que surcan mis mejillas y no se dé cuenta de que tiemblo porque estoy llorando. Cam me suelta y siento que me caigo, pero no, en realidad estoy corriendo. ¡Corriendo! Y me río y grito cosas y doy saltos. Pego puñetazos en el aire. Grito: «¡Vete!

¡Corre!». Y justo antes de que el caimán llegue al agua, tomo impulso y las yemas de mis dedos rozan las últimas crestas y escamas de la cola que zigzaguea como látigo delante de mí. El cielo es una confusión de relámpagos y alcanzo a ver ese cuerpo gigantesco, torpe y sin gracia en tierra, deslizarse en el agua como nació para hacerlo. El cuerpo enorme corta el agua, veloz y elegante y liso, y el caimán desaparece de la vista, vuelve al mundo al que pertenece, nuevamente a salvo en la quietud caliente del lodo y los peces y las cosas que no vemos y que viven en la profunda, verde oscuridad.

* * *

Cam y yo hablamos poco y nada en el viaje de regreso. La lluvia se ha transformado en llovizna tenue y constante.

La cabina de la camioneta está helada. Cam acerca las manos a las rejillas de ventilación para capturar débiles y esporádicas corrientes de calor. Hicimos una buena acción, dice

Cam, y yo estoy de acuerdo. Pero ¿a costa de qué? Encendemos la radio, pero ahora la tormenta se dirige al norte.

Los reporteros se han trasladado a otras ciudades: Clearwater, Homosassa, Ocala.

–Fue una sola vez –dice por fin Cam–. Hará unos quince años. Hablé con Red.

Esto sí que es toda una novedad para mí. Sé que no se trata de una revelación menor.

–Yo lo llamé –dice Cam–. Lo llamé y le dije: «¿Papá? Sólo quiero que sepas que tienes un nieto que se llama Robert y que yo creo que debería conocer a su abuelo». ¿Y sabes qué me dijo el muy miserable? Colgó. Lo único que me dijo

Red en veinte años fue «Hola» cuando atendió el teléfono.

–Lo lamento –digo.

–Si él me hubiera dicho, si una sola vez me hubiera dicho que lo lamentaba, le habría perdonado todo. Le habría perdonado incluso que me asesinara. Era mi padre. Le habría perdonado todo.

Se frota las manos vigorosamente para hacerlas entrar en calor.

–¿Sabes por qué me hice todos estos malditos tatuajes?

–dice–. Para disimular las cicatrices de la noche que Red me cortó con un cuchillo para filetear pescado: pero yo lo habría perdonado si él hubiera dicho algo, cualquier cosa, cuando atendió el teléfono.

Cam no tiembla ni solloza ni estrella el puño contra el tablero, pero cuando desvío la mirada veo su reflejo en la ventanilla, un nudillo en cada órbita ocular, y me arrepiento de mi impaciencia, del enojo que he sentido durante toda la tarde.

–Pero lo intentaste –le digo–. Al menos no pasarás el resto de tu vida con la duda.

Nos quedamos callados un buen rato. La lluvia en el techo es como música ahora, y me suaviza.

–Sabes, en el golfo peleé junto a soldados gays –dice Cam, y casi hago salir la camioneta del camino. Una rueda se desliza sobre el borde del asfalto y el espejo lateral casi choca contra el guardarraíl cuando intento retomar la ruta.

–¡Diablos! –dice Cam–. Sólo estoy diciendo que eran buenos tipos y que si Jack es gay no es el fin del mundo.

–Jack está confundido –digo–. No es gay.

–Bueno, sea gay o no sea gay, lo que tú pienses o quieras o digas no cambiará nada.

–Cam –le digo–, con todo respeto. Eso no es asunto tuyo.

–Ya lo sé –dice Cam. Se endereza en el asiento y aferra la manija de la puerta cuando entramos en nuestra calle–.

Lo único que te digo es que no es demasiado tarde. Subimos por la entrada del garaje. Cam baja de un salto antes de que estacione. El jardín es un caos de basura y ramas rotas. El viento arrancó dos persianas del frente. El buzón está ladeado. Por lo demás, todo parece estar en orden. Miro calle abajo y compruebo que mi casa sigue en pie.

Cuando vuelvo a mirar la casa de Cam, lo que veo me parte el corazón en mil pedazos. Veo a Cam corriendo por el jardín. Veo a Bobby, las manos apretadas contra el ventanal. Tiene la cara hinchada y enrojecida. Cam desaparece dentro de la casa y enseguida aparece junto al niño; se pone de rodillas y lo abraza contra su pecho.

Murmura las palabras «lo siento, lo siento» una y otra vez. Bobby se desploma en sus brazos, entierra la cabeza en el pecho de Cam, y mi amigo envuelve a su hijo en dragones.

Me quedo mirándolos. Permanecen así abrazados durante unos minutos, enmarcados por la ventana y la casa y el cielo cada vez más oscuro. Los miro y después abro la caja de zapatos y miro dentro.

No sé qué esperaba encontrar, pero no era esto. Lo que encuentro son cartas, más de cien cartas. A razón de una carta por mes durante aproximadamente diez años, todas sin abrir. Todas fechadas y selladas «devolver al remitente»; la última enviada hace una semana apenas. Todos los sobres escritos con la misma letra temblorosa. Todas dirigidas a un mismo y único destinatario, Mr. Cameron Starnes, por un mismo y único remitente: Red.

Y entonces sé que no existió ninguna llamada telefónica, que Cam nunca perdonó nada, que jamás volvió a acercarse hasta que el monstruo desapareció.

Miro las cartas y sé en qué quiere impedir Cam que me transforme.

Salgo por donde entré. Freno delante del buzón de Cam y guardo allí la caja de zapatos. Sana y salva. Sigo calle abajo, hasta el final de la cuadra. Me detengo en el cartel de stop. No sé si doblar a la derecha o a la izquierda. Finalmente me decido por la interestatal. En el restaurante me espera un uniforme limpio y seco, y, si me apresuro un poco, no llegaré tarde a trabajar. Pero no voy a trabajar. Son diez horas en camioneta hasta Baton Rouge, pero lo haré en ocho. Llegaré a primera hora de la mañana. Iré hacia el norte, siguiendo la tormenta. Conduciré bajo la lluvia y el viento. Pasaré toda la noche al volante.

miércoles, 22 de junio de 2022

Pablo Ramos: "Abelardo Castillo me enseñó que, lejos de ser inútil la literatura, es algo a lo cual vale la pena dedicarle la vida”


Entrevista a Pablo Ramos sobre la vida y obra de Abelardo Castillo, publicada en 2013 en la Revista "Los Inutiles"







El escritor Pablo Ramos en una entrevista del año 2013 con la Revista "Los Inutiles" habló sobre su relación con el maestro Abelardo Castillo. "Con Abelardo me pasa lo mismo. Dialogo con él, lo releo, lo vivo. El que tiene sed estuvo en mi cartera, en mi bolsillo, en mi mochila, en fotocopias, lo perdí, lo regalé. Diez años acompañándome. Él dijo que de no haber escrito El que tiene sed se hubiera tenido que tirar debajo de un tren. A mí me pasa algo parecido: si yo no hubiese escrito La ley de la ferocidad estaría muy amargado. No es que la vida justifica a la obra o al libro; es el libro el que justifica la vida injustificada."
L.I: ¿Qué nos puede decir sobre Abelardo Castillo como persona y como escritor?
 P.R: Hoy diferenciar a Abelardo de su literatura es imposible. Creo que Abelardo es literatura, es su literatura; creo que él es un personaje en sí mismo, un personaje maravilloso. Hablar de él es hablar de alguien que yo siento mi maestro. Voy a contar una anécdota que pasó hace poco: el día en que yo le regalo mi sombrero. En ese momento yo salía con una japonesa que iba al taller de él. Entonces me invitan a ir y cuando llego, Abelardo me dice: “Qué lindo sombrero”. Era un sombrero que me compré en Uruguay, el último sombrerero bueno que hay en el mundo. Me lo saco y se lo doy. Él me dice: “¿Y vos?”. “Yo me la aguanto”, le digo: lo más hermoso que me pasó es que él lo aceptara. La anécdota es que ese día en el taller todos hablaban, y yo que soy un bocón, frente a Abelardo soy un pichón.  
L.I: Pero por respeto y por admiración.  
P.R: Por amor, que incluye el respeto y la admiración. Todo el mundo lo tuteaba. Y cuando alguien me preguntaba por qué yo no lo hacía, por qué lo trataba de usted cuando Abelardo siempre decía que era mi amigo, yo respondía que salía muy beneficiado de eso.  
“Ustedes no saben de lo que se pierden”, les contestaba. Nunca el acercamiento personal me anuló la perspectiva que da la distancia. Estamos hablando, quizás, del intelectual más poderoso que tiene Latinoamérica hoy. Las novelas de América Latina sin las cuales no se puede entender la literatura contemporánea no son las novelas de Roberto Bolaño. Son El desbarrancadero de Fernando Vallejo, El astillero de Onetti y El que tiene sed de Abelardo Castillo. Estas tres novelas conforman una trilogía de lo que es la literatura contemporánea y la manifestación de que la novela puede tomar la forma que quiera.  
En dos libros míos hay un homenaje bien claro a Abelardo Castillo: en El origen de la tristeza y en La ley de la ferocidad, que cualquier ciego se da cuenta de que es una reescritura de El que tiene sed. Lo que quiero decir es que Abelardo atraviesa mi vida. Lo que yo le debo no se puede pagar. La única manera que tengo de pagarlo es lo que hago con mis talleristas, que te pueden decir que me quedo después de hora, que me expongo, que vamos a jugar al ping pong mientras seguimos hablando de literatura, que amanecemos. Porque Abelardo me enseñó que ser un artista o ser un escritor no es escribir textos, sino una posición frente al mundo; que yo soy un artista porque tengo una idea del mundo: una idea que me gustaría. Me enseñó que, lejos de ser inútil la literatura, es algo a lo cual vale la pena dedicarle la vida. Hoy mi vida es todo literatura, escribir me transforma en una persona capaz de tener un poder enorme. Yo di la vuelta desde que él me dijo que no vaya más al taller porque estaba insoportable, hasta ponerme una dedicatoria en Ser escritor que decía: “Para mi gran amigo y gran escritor Pablo Ramos”. Él me enseñó a entender una frase de Kierkegaard que nunca había entendido: “La fe es la capacidad de soportar la duda”. Yo soporté la duda durante muchos años en una pieza de pensión, en una internación psiquiátrica, en una cárcel. De hecho, yo conozco a Abelardo en la cárcel.
 L.I: ¿Cómo fue eso?  
P.R: Yo me como casi un año entre la comisaría y la cárcel de Caseros -no injustamente: me agarraron con setenta tarjetas de crédito truchas. La cuestión es que había un tipo muy importante en mi vida que me metió en los grupos de recuperación. Un día le paso un texto mío, y al poco tiempo el tipo me dice: “Tomá, leé esto”, y me tira dos fotocopias. Entonces miro: El que tiene sed de Abelardo y Don Juan de la casa blanca de Liliana. Yo leo a Abelardo Castillo y a Liliana Heker en la cárcel. Así los conocí.  
L.I: ¿Qué edad tenía usted?
 P.R: Veinticuatro. Por ese entonces yo saco un libro de poemas malísimo, dejo a mi mujer embarazada, me busco un laburo estable. Y hablo con Edgardo González Amer. Él me recomienda el taller de Abelardo. Era el año 96.
 La cuestión  es que escribo un cuento y lo llevo al taller. La primera crítica que recibo de Abelardo es: “Tengo no sé cuántos años y no estoy para escuchar semejante pelotudez”. Me mató. Igual yo se lo agradezco mucho. Me acuerdo que volví caminando, leyendo un Autorretrato a los setenta años, un reportaje a Sartre en el que en un determinado momento le preguntan cómo empezaría una novela si tuviera que comenzarla ese día. Y Sartre dice que arrancaría diciendo: “Me llamo Jean Paul Sartre y pienso esto”. Yo leo esto caminando de vuelta a mi casa y a las dos cuadras me largo a llorar. Cuando llego, me calmo, miro la máquina, pongo una hoja y escribo: “Me llamo Pablo Ramos y pienso esto”. Es el peor cuento de mi primer libro de cuentos, que se llama “Luces de colores”. A los quince días lo llevo al taller y recibo una crítica con todo.  
Pero al final Abelardo, y esto creo que lo saca de Cartas a un joven poeta de Rilke, me pregunta si me importan mucho las críticas. “Me importan, pero no tanto”, le digo. “¿Por qué?”, me pregunta. “Porque este texto es lo que yo pienso”, le digo. Listo. A partir de ahí fui entendiendo todo de Abelardo. Una vez me dijo: “Uno no corrige textos, uno corrige personas”. Durante mucho tiempo di vueltas con eso, hasta que un día lo entendí: la literatura es un trabajo espiritual y el trabajo espiritual está en la corrección. También me enseñó que la literatura es un hecho colectivo. Yo escribía para cuatro amigos y de repente vi mi libro en la calle Corrientes. Cuando vi mi último libro en la calle volví a ponerme a llorar y a comprarlo otra vez. Todo eso se lo debo al viejo.
 L.I: Cuando le contamos a Abelardo sobre esta revista y sobre este primer número dedicado a él, nos dijo que le encantaba la idea y que quería que estuviera usted.  
P.R: Es el premio literario más grande de mi vida que Abelardo me elija para que hable de él. Yo le tengo tanto afecto que no lo llamo por teléfono. O marco y corto. Temo interrumpirlo. Abelardo es el tipo más duro y más inocente a la vez; es el que se cree El espejo que tiembla cuando lo cuenta. Cuando un escritor me dice que Dios no existe, yo le digo está bien, Dios no existe. Pero Esteban Espósito tampoco; Antoine Roquentin, de La náusea, tampoco. Y aun así le debo mucho más a Esteban Espósito y a Roquentin, que al vecino de al lado que no sé ni cómo se llama y que maltrata a la mujer y a los perros. A Esteban Espósito le debo “El cruce del Aqueronte”, le debo la canallada de volver loca a una mujer preciosa. Y a ese libro le debo el hecho de haber borrado una coma con una gillette y haber sentido que era la primera vez que escribía. Yo le mejoré una frase, pero Abelardo no la acepta. Lo que quiero decir es que yo me llevo muchísimo de Abelardo. Cuando entendí que escribir era un trabajo espiritual, dije: “Ya está, ¿qué más le puedo pedir a este tipo?”. El trabajo lo tengo que hacer yo. Abelardo me dio una sartén y el aceite. Yo encendí la hornalla y pongo los huevos. Liliana me dio el orden. Creo que tuve mucha suerte.  
L.I: ¿Cree que Abelardo Castillo está bien leído y que se le da la importancia que debería?  
P.R: No sé cuán leído está, ni cuán bien o cuán mal. Lo que sé es que nadie se da cuenta de que Desconsideraciones es un libro de poemas, un libro donde él le devuelve poesía a cada autor al que le debe la vida. Porque Abelardo no lee libros, vive en los libros que lee. Yo lo siento así y lo aprendí de él: le debo la vida a los libros que leo. Una vez le mandé una carta a Donleavy. Pasa el tiempo y no me contesta, entonces le mando un telegrama: “Fuckyou”, decía. A las pocas horas me llega la respuesta de la primera carta. Me decía que se sentía muy emocionado, mientras le estaba llegando el telegrama del “Fuckyou”. Con Abelardo me pasa lo mismo. Dialogo con él, lo releo, lo vivo. El que tiene sed estuvo en mi cartera, en mi bolsillo, en mi mochila, en fotocopias, lo perdí, lo regalé. Diez años acompañándome. Él dijo que de no haber escrito El que tiene sed se hubiera tenido que tirar debajo de un tren. A mí me pasa algo parecido: si yo no hubiese escrito La ley de la ferocidad estaría muy amargado. No es que la vida justifica a la obra o al libro; es el libro el que justifica la vida injustificada.“La vida es una aventura moral”, dice Abelardo Castillo. Entonces la literatura también debe ser una aventura moral. ¿Qué es ser contemporáneo? Es estar atravesado por los conflictos de tus hermanos. Es estar siempre entre lo que debo, puedo y quiero hacer. Así se construye un personaje: no se construye la psicología, se construyen pasiones. Yo lo entendí con la literatura de Abelardo. El tipo es una bestia, está en un lugar que si lo sabés aprovechar, con diez encuentros es suficiente. Ahora, tenés que estar dispuesto a pescar. No tenés que estar tomando mate, disfrutando el día. Tenés que estar ansioso. Me ensenó que lejos de ser inútil la literatura es algo o a lo cual vale la pena dedicarle la vida.  
Hay que tener hambre. P.R: Mucha. No tener nada en la vida. Porque en el texto nunca va a estar el contexto que trae el texto. “El único problema del artista es la forma y parece haber sido olvidado”, me dijo una vez Abelardo. Muchas cosas que él me dijo yo no las entendía. Lo que no entiendo, hago de cuenta que lo entiendo, a ver si algún día cae. Y todo cayó. Abelardo me avivó; yo lo admiro, él es mi horizonte. Él siempre dice que el compromiso no es del escritor, sino del hombre, porque el escritor primero es un hombre. Abelardo es una persona que compromete su talento en función de su conflicto moral. Por eso es tan grande. El otro Judas es una obra monumental. Él ahí no habla de la traición; habla de la confesión. Lo mismo con la primera persona que aparece en El que tiene sed. La primera persona no puede ser un chiste, tiene que tener un tono confesional. “El hombre es el animal que cuenta”, dice Abelardo. Que alguien busque una mejor definición. A mí no me preocupa que lo lean bien o mal. A la larga lo van a leer bien. Yo lo sé. Porque a la larga sobrevive la buena literatura.  
L.I: ¿Se enteró de que están por publicarse los Diarios?, ¿qué es lo primero que se le viene a la cabeza? 
P.R: Su relación con Sylvia. Me gustaría saber qué sintió con una mina tan linda y tan talentosa que lo bancó tanto. Me interesa mucho su vida privada. Hasta dónde se siente más sano que antes. Lo que quiero decir con esto es que yo todavía me siento un deficiente moral; de todas las cosas que hice en mi vida, todavía siento que tengo mucho para dar. Entonces quiero proyectarme un poco en él. Me importa mucho su intimidad, cómo manejó su culpa, lo que pueda haber escrito sobre su madre. Pero sobre todo su vida con su mujer. Sylvia me parece una persona de otro mundo, una escritora talentosísima que cada vez escribe mejor. Hay palabras prohibidas: amor, alma, ternura. Y para mí, todo eso es Abelardo. Una potencia intelectual descomunal que me hace sentir eso: el amor como un motor del universo, es decir lo contrario del amor propio. A veces creo que esta gente es eterna. Si yo me siento discípulo de alguien en la vida, es de mi abuelo y de Abelardo Castillo.  

miércoles, 11 de mayo de 2022

El día más feliz de mi vida, por Nancy Bearzotti



Escribe Nancy Bearzotti




El sábado me sentí desanimada, hoy domingo estoy muy contenta. La adrenalina es lava de volcán corriendo por mi cuerpo.


Son las 21.00 horas y en un rato me tengo que acostar. Hay una canción que dice algo así como “se viene el estallido”, y si, ayer hice el primer contacto con una persona a la que le había echado el ojo no hace mucho. Y en donde pongo el ojo pongo la bala.  


Tengo las ideas revolucionadas o la vida tal vez; pasan cosas, parece que me estoy enterando recién ahora de lo difícil y atractivamente fascinante que es el desafío constante de estar vivo sin pasarla mal. Precisamente ese es un lugar común en mi vida, hablando en criollo: Pasarla como el culo. Todavía elijo de manera consciente algún patrón de conducta destructivo como por ejemplo, vomitar. Después me siento pésimo y sucedió el jueves posterior al festejo de cumpleaños.  

Yo vomito por bronca últimamente y porque el fantasma de la imagen perfecta se cierne sobre mi cabeza. No hay tu tía, no es cuestión de tener buen cuerpo, es mucho más profundo. Para mi vomitar es como drogarse, exactamente igual. Lastimarme y la sensación de un vacío que hay que llenar todo el tiempo porque nada alcanza. No podés parar, primero comes por demás, después vomitas y te alivias y después te sentís culpable y volvés a comer y te adentrás en un loop interminable que te deja en un estado sorprendentemente opaco. 


La fiesta amerita un capítulo aparte, ojalá pueda poner en un papel la cantidad de pensamientos que me interpelan a diario. Pero no será hoy el día que escriba sobre mi cumpleaños porque quiero gritar a voces lo que todo el mundo sabe. El sistema de salud es un fraude… Y no es cierto que siempre el trabajo dignifica; a veces te rebaja y humilla y lo peor es saberlo y jugar el juego. 


Las dos últimas dos semanas en la clínica en donde trabajo, fueron complejas.  


Marcela, mi jefa directa, los lunes trabaja desde la casa. Cuando llegué, alrededor de las 9am, me envió un mensaje. Me pedía que fuera al 5to piso, el lugar de la clínica utilizado como lavadero y acopio de insumos de limpieza, entre otras cosas. La idea era hablar con Ramona por la compra de unos tachos de basura que había que reemplazar. Esta señora es la mucama de mayor antigüedad en la clínica, veinticinco años de servicio y a pesar del compromiso con su trabajo, los directivos no son capaces de otorgarle el beneficio del almuerzo, lo hacen con las personas que trabajamos jornada completa, Ramona trabaja dos horas menos, gana dos pesos con cincuenta y se trae comida de su casa. Detesto la desigualdad.    


De todos modos, el almuerzo lo tuve que conquistar. No me fue dado como corresponde; es la licenciada quien se ocupa de gestionar la comida del personal y yo no estaba en su lista. Hablé con Jorge y ese mismo día empecé a almorzar rico. Al día siguiente varias personas que no recibían la comida la ligaron de rebote, y mi amiga Sol me dijo que era un referente para el bien común; por dos segundos, me sentí Evita. 


Qué impotencia!, quiero hacer algo por aquellos que son menospreciados, aunque la realidad es que, al margen de tener ojos claros, saber inglés (aunque parezca una locura algo tan común,  me diferencia del resto), sigo siendo una esclava, porque esa es la palabra, soy una esclava aria que trabaja en el tercer Reich.  


La cuestión es que me crucé a Ramona en el piso 4to, el piso de los muertos vivos. Había que cambiar algunos cestos de basura por unos más grandes porque los pañales ocupan mucho espacio. No habíamos empezado a pensar en el tamaño adecuado cuando suena el altoparlante “Señora Ramona por favor dirigirse al 5to piso, la espera la Licenciada”.  


Nos miramos, y le dije: Andá Ramona y suerte.  


Me fui a planta baja y tenía un mensaje en el teléfono de Germán, el jefe de Mantenimiento, su frase rezaba algo así como: “agarrate porque hoy vino tremenda”. (Por la Licenciada, obvio)  


Durante el mes de abril, compré una serie de materiales para hacer arreglos en el 5to piso. No había una fecha límite para terminar un trabajo que se diagramó cuarenta y cinco veces de diferente manera. Parecería que presiono el botón comprar solo porque una desquiciada se levanta con ideas revolucionarias que en general no llegan a buen puerto.  


Eso venía pasando con el 5to piso, nadie me informó que las compras debían hacerse antes de pascua. Nunca me dijeron que ese fatídico lunes comenzaba a trabajar la nueva Ama de Llaves quien se encargaría de las mucamas y todo lo relacionado con la limpieza de la clínica.  


En definitiva, para mí, estaba todo bien. ¿Y qué fue lo que pasó? Que unos rieles o rapistant no llegaron el sábado, y el trabajo que había que hacer, no estaba listo.  


De eso me enteré a las 11am, cuando vi venir a la Licenciada cual tromba a la oficina en donde estamos hacinados, rengueando (más tarde nos enteramos que tenía el pie fracturado), a gritarme.   


Cuando la Licenciada te maltrata es muy difícil ganar la pulseada.   


-              ¡Cómo puede ser que siendo las 11 de la mañana tenga que ser yo la que se da cuenta de que no llegaron los materiales para terminar el arreglo del 5to piso!!  


-              Licenciada, los prometieron para el sábado y no los trajeron. Yo no trabajo el sábado. Acabo de hablar con un vendedor y me dijo que programó el envío para hoy a la tarde.  


¡¡Para qué!! Enloqueció.  


-              Los materiales los quiero ya en la clínica, comunícate nuevamente con el proveedor, deciles que te levantaron en peso -  la remató con la frase “a veces hay que tener carácter”.  


Yo no la estaba mirando para no putearla, pero fue en ese momento en que giré el cuello hacia la izquierda, y desde mi silla miré para arriba con una tranquilidad feroz que me sirvió para decirle: “Carácter es lo que me sobra”.  


Obviamente que llamé por los materiales y los mandaron en un remise media hora después.  


No tomo como personal el maltrato, porque ese día repartió cachetazos por toda la clínica.  


Después esa misma semana Vanesa – la jefa de Recursos Humanos  – hizo un comentario sobre lo que había aumentado de peso desde que había dejado de fumar y yo le dije en voz alta “no seas boluda Vanesa, no es para tanto”.  


La Licenciada me llamó a su oficina para decirme que tuviera cuidado con mi vocabulario.   

En ese caso le di la derecha, tenía razón. Yo tengo un problema serio y quisiera insultar menos.  

Al día siguiente me llamó la atención por otra pavada, y al día siguiente me felicitó por la gestión del bendito gazebo, y al día siguiente fue ella quien insultó a una persona mientras estábamos solas en la oficina y la debo haber mirado como desorientada, porque enseguida me dijo: “Bueno, nosotras podemos insultar cuando estamos acá, solas... lo que no se puede hacer es gritar malas palabras a viva voz para que escuche toda la clínica”.

En fin, hablemos de abuso de poder...  


También estuve reflexiva y recordé que hacía mucho que no veía a Valentín, así se llama el marido de Jazmín. Y es porque ahora la visita en el piso 4to directamente. A algunas personas las visitan en el zoom de planta baja y por eso, para evitar amontonamiento de sillas de ruedas, oxígenos, sueros y familiares gritando; el lunes tengo que comprar el bendito gazebo para poner en el patio y que la gente no muera por causa del frío, sería el colmo.  


Hablé con Norma, la jefa de fonoaudiología, hablé con Gabriela, la jefa de Kinesiología y hablé con Lucía, la jefa de Terapia Ocupacional. Las tres me dijeron que el ACV que tuvo Jazmín, es irreversible. Yo no me resigno a su destino, a que su vida se apague algún día de todos los míseros días que va a vivir, pudiendo tan solo comunicarse moviendo y cerrando los ojos.  


Cambiando de tema, hoy domingo fui a coordinar el grupo de Loreto, la reunión de Narcóticos Anónimos, me encantó verlo a Juan el padrino de Valeria, su mirada cristalina me derrite y me traslada al universo propiedad de la ilusión.  


Mi amiga Clara ya se había dado cuenta que antes que yo de que entre nosotros dos (por Juan y por mí), iba a pasar algo, todavía no sé qué.  


Después del grupo nos reunimos unos compañeros enfrente al Alto Palermo, sobre Coronel Díaz, no me acuerdo el nombre del bar, vamos seguido.   


Del bar se fueron yendo de a poco y con Juan nos fuimos al parque Las Heras a tomar sol. Yo estaba con la bici y él con la moto. Él dejó la moto al lado de la iglesia y yo me senté en el pasto con la bici al lado. El tipo ya estaba preparado, había llevado una lona y todo.   


Venimos hablando desde hace poco, me resulta una persona interesante.  

Esta tarde nos contamos un poco nuestras historias de vida, él empezó Narcóticos Anónimos cuando no existían los teléfonos celulares. Después hablamos de qué hago masajes y después nos fuimos al pasto, bah, ya estábamos en el pasto, pero derrapamos.  


Julieta, mi amiga, trabaja para el gobierno de la ciudad, en el gobierno de la ciudad regalan preservativos y gel lubricante. Yo tengo la lívido baja y le pedí gel. Me trajo un montón de sobrecitos; yo los tenía en la mochila; terminamos haciéndonos masajes en los pies con el gel lubricante y riéndonos de nosotros mismos. Lo mejor que me puede pasar en la vida es reírme y suelo reírme bastante seguido y con Juan fue genial.  


 Obviamente nos gustamos, pero le dije:  


-              Mirá, Raquel (Mi madrina en Narcóticos Anónimos, que es una especie de psicóloga para drogadictos, pero drogadicta como yo); me dijo que hasta que no escriba el cuarto paso no me relacione con nadie y yo le voy a hacer caso.  


El cuarto paso es un punto muy importante para nosotros, los adictos. Parece que es ahí cuando recién empezamos a conocernos, y yo ya tuve una historia con Rolando cuando tenía media hora sin drogas y una sola baldosa sin vómito de alcohol;  fue muy a los comienzos de mi tratamiento. Un amor más platónico que real, ahora no tengo ningún apuro y se lo dije a Juan.  


-              Me cae bien Raquel, la conozco de hace mucho y no quiero pelearme con ella.  – Dijo Juan Y se rió, mientras se le hacían arruguitas en toda la cara.  


-              Claro, por supuesto, vas a tener que esperar y lo que cuesta vale. – Y puse mi mirada seductora, cada uno sabe siempre cuál es el punto fuerte en la batalla de la conquista. 


-              Bueno, te espero. – Me miró fijo y me sonrojé, a los cincuenta y tres  años, me sonrojé.  


Así terminó el día y me cambió la onda, y me doy cuenta de qué tengo una sonrisa de oreja a oreja. 


Si presto atención, muy a lo lejos voy escuchando como late mi corazón y se acercan las mariposas, creo y no es que quiera, que este hombre va a tener un significado importante en mi historia. 


Además, descubrí el día de mi cumpleaños que me volvieron a brillar los ojos como antes de la muerte de mi hija.  


Y a este punto, casi no importa ser la única en mi sector que no recibió aumento de sueldo.  


martes, 3 de mayo de 2022

Así se escribió "El origen de la alegría", de Pablo Ramos



 "Antes que comenzara la noche de la pandemia, Pablo se sumergió en su casa en la Paternal, una vez más, durante cuatro años para escribir la novela que hubiese preferido nunca tener que escribir."*

Escribe Santiago Asorey



Abelardo Castillo, el maestro de mi maestro, dijo alguna vez que lo valioso de una obra radica en la forma que fue hecha, las condiciones espirituales y materiales en las cuales fue escrita. Soy amigo de Pablo hace más de 15 años. Fui testigo de cómo escribió este libro, conozco las condiciones espirituales y materiales bajo las cuales fue escrito. Conozco, quiero decir, el origen del Origen. Es algo así como conocer los cimientos de una casa, las bases que soportan el andamiaje ficcional, emocional, intelectual y espiritual. Conocer las bases de este libro es entender la diferencia entre una casa que se puede sostener durante cientos de años o volar como cartón tras la primera tormenta. El lector distraído podría pensar que es fácil escribir de esa manera. Pero la verdad es que escribir un libro como El origen de la alegría podría enloquecer o matar a la persona que lo escribe. Tal vez les suene exagerado, pero no. Alguna vez lo dijo el escritor Leonardo Oyola: para escribir como escribe Pablo se necesita de un coraje y una fuerza distinta. Una fuerza que no abunda en otros escritores de la literatura argentina y que convirtió a Pablo en el mejor escritor de su generación. Una fuerza que viene de afuera de la literatura para convertirse en una Literatura extraordinaria. Así fue como antes que comenzara la noche de la pandemia, Pablo se sumergió en su casa en la Paternal, una vez más, durante cuatro años para escribir la novela que hubiese preferido nunca tener que escribir. Un libro en homenaje a su hermana Verónica que murió en 2017. Pablo escribe sobre lo que otros callan. Ahí donde muchos optan por escribir sobre dinosaurios, Pablo elige escribir sobre el meteorito que cae y los arrasa. Y se necesita locura, coraje y Fe para seguir transitando el desierto de la literatura, donde uno no sabe bien hacia dónde va. Se necesita soportar las dudas y la locura mientras uno pisa donde no hay seguridades. Pablo lo hizo, guiado por la Fe ciega, y el resultado es este libro fundamental para el lector que entiende de que está hecha la verdadera literatura. 

Cuando conocí a Pablo yo tenía 15 años. Como a muchos otros alumnos, Pablo me abrió las puertas de su casa con una generosidad en la cual se entregó como se entrega en sus libros. Porque no hay dos Pablos. El que escribe y el que camina por la vereda son la misma persona. Pablo Ramos escribe y habla con la carne, de putas y de madres, de padres, de infiernos y de Dios. Escribe sin eufemismos y sin poses. Escribe desde la verdad. No escribe así: es así.

Hace diez años tuve la posibilidad de entrevistarlo tras la publicación de Ley de la Ferocidad. En esa entrevista pronunció una frase que todavía hoy me resuena. La recordé al terminar de leer “El Origen de la Alegría”. “Con cada libro dejo todas las fórmulas viejas y busco las nuevas para ese libro. Eso es experimental. No se trata de sacarle las comas a un cuento. Hay artistas que no tienen capacidad para ver más allá de la superficie de las cosas”. Esta premisa se fue cumpliendo en cada uno de sus libros, pero en el Origen de la Alegría pude ver que había algo más. Con Pablo siempre hay algo más. Pablo arriesga toda su obra en el próximo libro, cada vez. Así llegó a un nuevo lugar de su literatura. Se trata de un registro muy distinto a todos sus libros, y el cierre de la tetralogía es también su cúspide como escritor. Al menos, claro, hasta el próximo libro. Por lo pronto, el lector está invitado a habitar esta casa que Pablo escribió.

*Esta nota fue publicada previamente en Télam y AGENCIA PACO URONDO.


miércoles, 13 de abril de 2022

QEPD, por Nancy Bearzotti


Escribe Nancy Bearzotti




Mi hermana me llamó para avisarme que se había muerto el tío Ramón, lo velaban en Lanús a la noche.

- Me llamó Marta, parece que tuvo un ACV, se quedó dormido y no se volvió a despertar.

Se hizo un silencio incómodo.

- ¿Escuchaste lo que te dije?

- Aja.

- Mami quiere ir al velorio y yo esta vez no la puedo acompañar; ya sé lo que vas a decir, que te queda re lejos, que no te gustan los velorios; pero pensá en mami, quiere estar con su hermana. Por una vez, no seas egoísta y andá.

Corté, no le dije ni que iba ni que no, creo que la dejé hablando sola.

Detesto la pantomima del velorio, y amo la novela “Los asesinos en los días de fiesta”, está claro que no es divertida la muerte. Lo descubrí sin querer, sin tener capacidad para procesar esa información a los ocho años, en el velorio de Leonardo Chiesa, mi compañerito de la escuela primaria del que estaba perdidamente enamorada.

Y ahora mi hermana me pedía que fuera justo a ese velorio. Esbocé una mueca irónica, me reí en silencio y con desprecio; a ellas ya se los había contado.

No me sorprendió su llamado, mi familia es como los personajes de la película “De eso no se habla”.

Lo que me sorprendió fue no poder ponerle palabras a lo que sentí en el cuerpo cuando supe que había muerto.

En fracción de segundos vi la película completa de esa parte de mi infancia con mi tío y el dolor me traspasó como la puñalada que debí haberle dado si hubiese podido discernir o acaso vislumbrar mínimamente lo que ese señor hacía conmigo; ya era tarde. Pero no para que los recuerdos se agolparan uno tras otros al punto de que tuve que sentarme porque creí que me desvanecía.

Lo primero que vino a mi memoria fue el último partido de Racing contra Independiente en la cancha de Racing, ese que terminó tan violentamente como mi niñez.

Los peligrosos partidos de los domingos fueron suplantados por la visita a la casa de mi tía Amelia, que alquilaba en esa oportunidad un departamento muy bonito en Remedios de Escalada.

Siempre íbamos con mi madre, recuerdo que al abrir la primera puerta subíamos un piso por una escalera de mármol beige con manchitas marrones como lunares irregulares y que Alicia, mi prima e hija de Amelia y Ramón estaba apoyada sobre el marco de la puerta del departamento e iba a nuestro encuentro para acompañarnos directo a la cocina, donde nos esperaban las otras hermanas de mi mamá, tomando mate, comiendo facturas y jugando a los naipes.

Mi mamá solo descansaba los domingos, descansaba de todos, incluso de mí.

Tal es así que cada vez que yo intentaba acercármele, me mandaba a jugar con mi tío Ramón.

Él siempre estaba en el living comedor, con la televisión encendida y el volumen bien alto como sonido cómplice.

Yo me acercaba aterrorizada, no podía escapar de lo que venía.

Era un ritual, como el juego de naipes de mis tías, solo que este no era un juego tan simple, era el de un depredador devorando su presa. Este hombre me sentaba sobre sus piernas y abusaba de mí.

El pene de mi tío fue el primero que conocí. Los besos en la boca, húmedos y desagradables fueron los suyos. Todo el cuadro me erizaba la piel, era un sinsentido que ese dolor de estómago me atravesara en presencia del mejor amigo de mi padre. Yo tenía siete años.

Durante mucho tiempo tuve un sueño recurrente, despertaba toda transpirada.

Iba con mi mamá y hermana al almacén de Nesca, sobre Moreno, cruzando la calle Del valle Iberlucea. En la vereda había un pozo profundo y a ambos lados una hilera finita de baldosas. Mi madre y hermana caminaban una por cada lado y cuando llegaban al final del abismo, desde el otro lado me gritaban, “dale, cruzá, no seas estúpida”. Yo lloraba a gritos y le pedía a mi mamá ayuda. Ellas se reían, yo caía en el pozo y antes de tocar fondo me despertaba llorando, con la garganta oprimida.

Nadie entendía porque soñaba esa pesadilla, nadie tampoco intentó averiguar demasiado.

Decidí ir al velorio, a esa parodia, mi familia completa estaba al tanto de quién era mi tío, era un secreto a voces su perversión.

La mañana siguiente a su noche de bodas, mi tía Amelia fue trasladada a un hospital por un desgarro en la vagina, su marido la destrozó. Así comenzó ese matrimonio, esa pareja de cómplices.

Con el tiempo me fui enterando de que Ramón era un violador serial. Su hija no lo recuerda, pero tampoco entiende porque cuando se acuesta con un hombre ve el rostro de su padre.

Así que salí de casa, tomé un taxi desde Belgrano a Lanús solo para poder verle la cara por última vez y siendo adulta a ese monstruo que me arrebató la inocencia.

Llegué a casa de mi madre y allí estaba: afligida. Nos subimos al auto, habló todo el viaje y no recuerdo una sola palabra; yo estaba en otro lado recordando por primera vez en años el dibujo exacto de los labios de Ramón, la imagen la veía pegada, muy cercana a mi cara, como cuando me sentaba en sus rodillas y pasaba aquello. Abrí la ventanilla del auto, en pleno invierno porque me faltaba el aire.

Al llegar a Velatorios La paz, entramos en la sala donde desde lejos se veía el cajón, sus deudos abrazados, me sentí un personaje clave de una película de Almodóvar o Alex de la Iglesia, por lo bizarro.

En la medida en que me iba acercando escuchaba las palabras; Que en paz descanse. ¡Pobre! Pero no sufrió, por suerte no sufrió…

Las escuche cuatrocientas cincuenta y ocho veces, - Que en paz descanse. Y yo me pregunté, ¿Acaso descansa? ¿Merece descansar? ¿Adónde descansa?

Si es así, tengan a bien informarme, tengan a bien darme la oportunidad de terminar con mi vida para que esto no quede impune, en el momento en que lo encuentre en el limbo de los descarriados, me ocuparé de torturarlo; día tras día, noche tras noche.

Ya estoy frente al cajón, su cara sin expresión no le quita lo depravado. Lágrimas de satisfacción se deslizan por mi rostro, sin embargo, no puedo emitir sonido quiero gritarles a todos que eso que está ahí es un sapo verde, uno asqueroso que arruinó mi vida.

Me pierdo, me creo la historia de que la venganza es un plato que se sirve tan frío cómo está su cuerpo y que pronto seré un fantasma. Y me repito, como un mantra a mi muerte, hagan lo que quieran conmigo, si es cajón y ceremonia, se ocuparán de que me vea limpia y presentable, si voy directo al horno, me vea como me vea, ya no me verán más.

Deseo fervientemente que no utilicen las siglas QEPD, porque imagino imposible que alguna vez halle la paz.

Abrazo a mi tía Amelia y a mi prima llorando desconsoladamente, formando parte de la farsa. El fruto nunca cae lejos del árbol.


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