viernes, 14 de octubre de 2022

Pablo Ramos: "Mi literatura es física y se siente en el cuerpo"



El escritor dialogó con  las periodistas Rocío Baró y Soledad Massin de Rosario 3 sobre El origen de la alegría, su última novela, entre muchos otros temas. 




Y asegura además que es su mejor novela, dedicada a la memoria de su hermana muerta Verónica. "Escribir civiliza el dolor", señala el autor de El origen de la tristeza, libro al que reconoce de una época mucho más pura suya, como El juguete rabioso, de Roberto Arlt, que acababa de releer cuando charló con el Club de Lectura de Rosario3. 

Para Ramos, con excepción de Domingo Sarmiento, Arlt es el mejor escritor argentino de todos los tiempos, el paralelo absoluto de Edgar Allan Poe y a quien siempre quiso abrazar. 

–En El origen de la alegría vuelve a aparece Gabriel Reyes, ¿encontraste en él tu alter ego?

–Completamente voluntaria la tetralogía, no como la trilogía de (Mario) Levrero, que es involuntaria. Ésta es voluntaria en función a que mi literatura nace de la motivación de cosas que me pasan en la vida que no sé dónde poner. Entonces como no sé dónde poner, las cargo un poquito en la mochila y en un momento escribo un libro.

Nació con la promesa, cuando muere mi hermanita Verónica, yo prometo en un libro Amor, no Roma, mi amor, escribo un poema y le prometo que mi mejor novela va a tener la motivación de ella y de no dejarla morir del todo. Y eso lo vine mascando dos años, tuve intentos, pero sin embargo un poquito antes de que empiece la pandemia, me largué con todo, con El origen de la alegría, que no se llamaba así. El primer archivo se llamaba Desde esta noche tan oscura, que es la primera parte, la parte larga.

El origen de la alegría es un cuento, viene a ser el primer cuento que escribe Gabriel, el personaje se transforma en escritor.

Me largué a escribir desaforadamente y desorganizadamente textos que yo sabía que eran del mismo orbe, que compartían el mismo universo y compartían la negación, el dolor, la laceración de la pérdida y en un momento me lo puse a organizar y vi que había una novela.

En realidad siempre vi que había novela porque soy de cumplir esas promesas sagradas a los muertos y, bueno, dije que mi mejor novela iba a tener su nombre sobre mi nombre en el poema y está dedicada a ella. Y creo que es mi mejor novela.

–A la hora de escribir, ¿se puede escapar del dolor del recuerdo? ¿Cómo lo transitaste?

–No, escapar del dolor es absurdo. Yo lo transité de todas las maneras posibles que se transita un duelo: negación al principio, con recaídas de actitud personales, deprimiéndome, haciendo de cuenta que no había pasado, como aislándome. Después de la negación viene el enojo. Yo identifico esos procesos que (Jacques) Lacan habla. Estuve muy enojado con ella, con Dios –yo soy una persona católica–, dejé de la misa. Después del enojo viene la depresión: estuve tirado casi un año en un sillón y después viene la aceptación.

Y con la aceptación viene la conciencia de que lejos de quedarte en la oscuridad de haber perdido a alguien, entendés el privilegio de haberlo tenido. Esos procesos se pueden ver en la novela.

Y si una persona escribe, no digo un escritor, si una persona, cualquier persona como dice Santa Teresa, escribe un diario personal atraviesa estas etapas del duelo que pueden ser más . Porque está la vergüenza también a veces, la vergüenza ante la muerte. Mucha gente siente vergüenza ante la muerte de un ser querido según cómo es esa muerte, pero en mi caso fueron esas cuatro bien identificadas que estructuran esta novela.

Si uno escribe, como la escritura es un sistema, y uno corrige y vuelve a lo escrito y lo puede leer, no solo son palabras tiradas en un confesionario o llanto en el pecho de un amigo –que está bien también–, si uno escribe atraviesa eso de una manera muy sólida. Es más profunda la negación, es más profunda la depresión, y la ira también es más fuerte, pero a su vez cuando viene la aceptación, es más completa. Creo profundamente en que escribir civiliza el dolor en el sentido que lo convierte en una materia prima.

La civilización, por lo menos la que me dio mi cultura y de la cual no reniego que es occidental y cristiana, me da las herramientas con la palabra escrita de civilizar, de convertir, esto que diría (Jean Paul) Sartre, un escritor dinamita su vida y construye con los escombros de su biografía los ladrillos de su literatura: de agarrar un cacho de escombro de mi vida y perfilarlo y convertirlo en un ladrillo. Con un escombro difícilmente se pueda construir algo recto, algo sólido. La diferencia entre escombro y ladrillo se llama civilización.

–Hablando de cosas tan íntimas y tan fuertes...

–Mi literatura es íntima y fuerte, no puedo no ser autorreferencial, me pasa eso.

–¿Hay algo que te guardás?

–Absolutamente todo. Por eso mi literatura es buena, porque es pudorosa. Quien crea que está leyendo el detalle de mi vida privada no entendió nada de lo que es la literatura. Por eso la palabra alterego no funciona en lo más mínimo, es un yo literario. O sea la gente que piensa que yo escribo sobre mi vida, cuando lee (En cinco minutos levantate) María, ¿qué piensa? ¿que yo fui una mujer de 60 años?

Roberto Arlt dice a veces pienso que no sé si la gente es estúpida en serio, o se toma muy a pecho toda la burda comedia de sus noches sin sus días. Cuando en esta novela hay un perro que habla, ¿qué piensan?, ¿que yo encontré un perro que habla?

Entonces lo que me guardo es todo, pero lo cuento todo. Si yo contara los detalles particulares de mi vida privada, no tendría lectores.

–¿Cómo te gusta definirte entonces como escritor?

–Escritor y músico, el sustantivo alcanza. Soy un escritor sincero, frontal y que trabaja mucho el lenguaje, un trabajador. Lucho mucho con las novelas antes de ponerme a escribir y después las corrijo muchísimo, nunca menos de 10 versiones van a ver, de hecho bastantes más.

Y mi literatura también es muy física, se siente como en el cuerpo. Yo trato de que no sea una cosa de una comunicación de una mente a la otra, sino que imparte un poco en el cuerpo y a veces incomoda, por supuesto, pero no a nivel de la truculencia.

–Decías que sos muy trabajador del lenguaje, ¿cuándo y cómo empezaste a prestarle atención?

–En el psicoanalista. El psicoanalista trabaja en el lenguaje, no el psicólogo, el psicoanalista digo. Nueve años de psicoanálisis con un lacaniano a mí es lo mejor que me pudo pasar, me hizo entender las posibilidades y las potencias del lenguaje, me hizo entender la posibilidad del significado, de la resonancia, de cómo yo pongo una palabra en un personaje y resuena de otra manera.

Por ejemplo, imaginemos esto: vamos a usar a Rocío. “Rocío entró, estaba ensangrentada y me dijo que la había matado”. No a Soledad. Vamos a poner la muerte en la voz de un personaje para que resuene en nosotros. “«Rocío entró, estaba ensangrentada, la maté», me dijo”. Cambió por completo. La información es exactamente la misma, pero lo que resuena del significante en vos es completamente distinto. Yo digo que tiene como diez veces más potencia la segunda versión.

Entonces, empecé a entender cuando hablaba –recomiendo el segundo seminario de Lacan a todos los escritores–, la verdadera potencia que hoy entiende la física cuántica. Esta idea del Génesis que Dios dijo que haya luz hizo y fue luz. Si nosotros, cuando escribimos decimos algo y eso se hace. Imaginate, estamos reunidos acá por una historia que yo escribí –por otras también– esta relación de ahora es una relación de transferencia, por lo tanto esta entrevista es una de las formas del amor, indudablemente.

Porque es transferencia, respeto, amistad, sinceridad, tratar por más que sea difícil. Yo soy escritor difícil de entrevistar, me meto en lugares difíciles. Mi respeto es meterme igual en el lugar difícil, ese sería mi parte el respeto. Entonces en este momento, la palabra generó esto. Esto no existía antes: Pablo, Soledad, María en un costado también para mí. Es una realidad para mí, para ustedes no. Entonces yo descubrí esa potencia del lenguaje y dije, “bueno, es lo mejor que puedo hacer en la vida”. La música es lo mejor que uno puede hacer por uno, para mí.

–¿Qué estás leyendo en este momento?

–Estaba leyendo El juguete rabioso porque me encargaron un prólogo. Y después... no estoy leyendo nada nada, perdón por defraudarlas.

Puedo estar sin leer un montón de tiempo porque entiendan esto: tengo tres grupos (de talleristas). A veces escucho 25 cuentos en una semana. El juguete rabioso es lo último que leí.

–Me imagino que El juguete rabioso lo releíste...

–Lo releí, lo releí, la segunda lectura después de los 16 años.

–¿Y que encontraste en esa relectura?

–Bárbaro, como siempre: esos personajes tan fuertes, conmoverme con el primer Arlt que era un poquito más torpe que el Arlt en su prosa maravillosa de Los siete locos, o de Amor brujo. Imagínense que lo escribió a los 20 años. Pensé mucho en él, en esas ganas de abrazarlo que siempre tuve. Un muchacho de 20 años escribiendo en las sierras de Córdoba con su mujer muriendo de tuberculosis al lado, el paralelo absoluto de (Edgar Allan) Poe.

Silvio Astier, más allá de la dificultades de la prosa, se anticipa a Holden (Caulfield) en el personaje de El guardián entre el centeno (de J. D. Salinger) y encima tiene 14 años. Se anticipa a Salinger como 20 años. La verdad que lo que más rescato es la construcción de esos tremendos personajes y ese diálogo final con el ingeniero (Arsenio) Vitri está el título de mi novela La ley de la ferocidad.

Sale de ahí de ahí. Esta idea tan romántica de Arlt de la malicia, es una malicia tan bondadosa que es como el terror de Poe, no asusta a nadie. La malicia de Roberto Arlt en los tiempos que corren no no perturba a nadie, pero conmueve.

Reencontrarme con personajes como El Rengo, con su idea de La vida puerca que fue el título que (Ricardo) Güiraldes le hizo cambiar... menos mal que se lo encontró a Güiraldes, ¿no? Y se le murió muy rápido, tuvo mucha mala suerte, imaginen que murió a los 42 años Roberto Arlt y dejó toda esa obra.

Solamente Los siete locos y los lanzallamas, alcanza para ponerlo a la altura del mejor escritor argentino de todos los tiempos, sin contar a (Domingo Faustino) Sarmiento. Hay gente que juega aparte, por la cantidad de libros, como demasiado. Pero aparte hay muchos escritos políticos. Pero si uno saca a Sarmiento no hay comparación con una obra tan pasional, tan desmedida.

Casi no lo dejan entrar en el grupo de Boedo y terminó siendo el referente el grupo de Boedo con un libro. Yo entiendo cuando le costaba conseguir editor porque tenía una prosa muy explicativa, muy pretenciosa, pero por supuesto, si yo leyera El origen de la tristeza, mi primera novela encontraría todos los mismos defectos que puedo encontrar en una primera novela de Arlt y tampoco podría reescribirla porque perdería el candor que tiene. Era un escritor más puro cuando escribí El origen de la tristeza. Ahora tengo un nombre, me dan un adelanto. Un poco me aburguesé en mi vida para bien, pero creo que no en mi literatura. Pero eso le corresponde juzgarlo a ustedes, cualquier cosa me avisan.

jueves, 6 de octubre de 2022

El ladrón de Shady Hill, un cuento de John Cheever

 


Me llamo Johnny Hake. Tengo treinta y seis años. Mido 1,78 en calcetines, peso 64 kilos desvestido, y estoy, por así decirlo, desnudo en este momento y hablando en la oscuridad. Fui concebido en el hotel St. Regis, nací en el hospital presbiteriano, me educaron en Sutton Place, fui bautizado y confirmado en la iglesia de San Bartolomé, y me entrené con los Knickerbocker Greys, jugué al rugby y al béisbol en Central Park, hacía gimnasia en el armazón de los toldos de los bloques de apartamentos del East Side, y conocí a mi mujer (Christina Lewis) en una de esas grandes fiestas en el Waldorf. Serví cuatro años en la marina, ahora tengo cuatro hijos y vivo en un suburbio llamado Shady Hill. Tenemos una hermosa casa con jardín y barbacoa al aire libre, y las noches de verano, sentado allí con los niños y mirando lo que el escote de Christina deja ver cuando se inclina para dar la vuelta a los filetes y echarles sal, o simplemente contemplando las luces del cielo, me estremezco como me estremecen ocupaciones más audaces y peligrosas, y me imagino que eso es lo que significa el dolor y la dulzura de la vida.

       Inmediatamente después de la guerra, fui a trabajar con un fabricante industrial, y creí que aquel empleo acabaría convirtiéndose en mi vida. La empresa era patriarcal, es decir, el anciano te ponía a hacer una cosa y luego te cambiaba a otra, llevaba las riendas de cada caballo —el molino de Jersey y la planta de transformación de Nashville— y se comportaba como si hubiese soñado toda su industria en el curso de una siesta. Yo me quitaba del camino del viejo tan ágilmente como podía, y me comportaba en su presencia como si fuese un pedazo de arcilla que él hubiese moldeado con sus propias manos y al que hubiera infundido el fuego de la vida. Era el tipo de déspota que necesitaba una fachada, y en eso consistía el trabajo de Gil Bucknam. Era la mano derecha, la fachada y el pacificador del anciano, y podía negociar cualquier asunto con la humanidad de la que el viejo carecía, pero empezó a faltar a la oficina; al principio un día o dos, luego dos semanas, y posteriormente durante más tiempo. Al volver, alegaba problemas estomacales o vista cansada, aunque se veía de lejos que estaba trastornado. No era tan extraño, puesto que beber como un cosaco era uno de los cometidos que debía cumplir para la empresa. El viejo lo aguantó durante un año, y después vino a mi despacho una mañana y me dijo que me presentara en el apartamento de Bucknam y le comunicara que estaba despedido.
       Era una maniobra tan sucia y tortuosa como enviar al botones a poner de patitas en la calle al presidente del consejo de administración. Bucknam no sólo era mi superior, sino que me llevaba muchos años y era un hombre que condescendía a pagarme una copa en cualquier momento, pero así solía proceder el viejo, y yo sabía lo que tenía que hacer. Telefoneé a casa de Bucknam y su mujer me dijo que podría ver a Gil esa tarde. Comí solo y anduve vagando por la oficina hasta eso de las tres; a esa hora salí, y me dirigí andando desde nuestra sede, en el centro de la ciudad, hasta el apartamento de Bucknam, en una de las calles setenta del East Side. Era a principios del otoño —se estaba celebrando el campeonato mundial de béisbol— y una tormenta se cernía sobre la ciudad. Alcancé a oír el estruendo de artillería en las nubes y a olisquear la lluvia cuando llegué al domicilio de Bucknam. Su mujer me hizo pasar, y todas las penalidades del pasado año parecían pintadas en su cara, apresuradamente escondidas por una densa capa de maquillaje. No he visto nunca unos ojos tan apagados; llevaba uno de esos vestidos anticuados con grandes flores estampadas que se usaban en las fiestas al aire libre. (Tenían tres hijos en la universidad, un yate con un marinero a sueldo y muchos otros gastos.) Gil estaba en la cama y la señora Bucknam me llevó al dormitorio. La tormenta estaba ahora a punto de estallar, y todo estaba bañado por una grata semioscuridad tan semejante al alba que más que transmitirnos uno a otro malas noticias parecía que estábamos durmiendo y soñando.
       Gil estuvo divertido, adorable, condescendiente, y me dijo que se alegraba muchísimo de verme; había comprado un montón de regalos para mis hijos en su último crucero a las Bermudas, y se había olvidado de enviármelos.
       —¿Podrías traer esas cosas, cariño? —preguntó—. ¿Te acuerdas de dónde las pusimos?
       Ella volvió a entrar en la habitación con cinco o seis paquetes grandes de aspecto caro y los depositó sobre mis rodillas.
       Pienso en mis hijos como un padre afectuoso, y me encanta hacerles regalos. Por eso me entusiasmé. Era una artimaña, desde luego —sospecho que de ella—, una de las muchas que seguramente habría concebido a lo largo del año anterior para que el mundo no se les cayera encima. (Pude advertir que el papel de envolver no era reciente, y al llegar a casa y encontrar dentro unos viejos suéters de cachemira que las hijas de Gil no habían llevado a la universidad y una gorra escocesa con la badana sucia, aumentó mi compasión por los Bucknam en apuros). Con el regazo lleno de obsequios para mis niños y la piedad rezumando por todos mis poros, no me atreví a darle la puntilla. Hablamos del campeonato de béisbol y de ciertos asuntos insignificantes de la oficina, y cuando empezó a llover y se levantó viento ayudé a la señora Bucknam a cerrar las ventanas del apartamento. Después me marché, cogí uno de los primeros trenes y me volví a casa en medio de la tormenta. Cinco días después, Gil Bucknam tomó la decisión de dejar la bebida definitivamente y se presentó en la oficina para sentarse de nuevo a la derecha del anciano patrón; la mía fue una de las primeras cabezas que pidió. Di en pensar que si mi destino hubiera sido ser bailarín de ballet ruso o fabricar piezas de orfebrería, pintar bailarinas Schuhplattler en cajones de escritorio y paisajes sobre conchas de almeja o vivir en algún lugar de marea muy baja como Provincetown, no habría conocido un puñado de gente más extraña que la que conocía en aquella empresa. Y entonces me decidí a volar con mis propias alas.

       Mi madre me enseñó a no hablar nunca de dinero cuando el dinero sobra, y por mi parte he sido siempre muy reacio a hablar de él cuando escasea, de modo que apenas puedo referir lo que ocurrió durante los seis meses que siguieron. Alquilé un local para oficina —un cubículo con espacio para un escritorio y un teléfono— y envié cartas, pero rara vez me contestaban, y habría dado lo mismo que el teléfono hubiese estado desconectado, y cuando llegó el momento de pedir dinero prestado, no encontré un lugar donde acudir. Mi madre odia a Christina, y de todas formas no creo que tenga mucho dinero, porque nunca me compró un abrigo o un bocadillo de queso cuando yo era pequeño sin recordarme que el obsequio procedía de su economía.
       Tenía muchos amigos, pero aunque mi vida dependiera de ello no podría pedirle a un hombre que me invitara a una copa y darle un sablazo de quinientos billetes; y yo necesitaba más. Lo peor de todo es que no había descrito la situación a mi mujer de una forma adecuada.
       En eso pensaba una noche en que nos estábamos vistiendo para ir a cenar a casa de los Warburton, que vivían carretera arriba. Christina estaba sentada ante el tocador, poniéndose los pendientes. Es una mujer hermosa y en la flor de la vida, y su ignorancia de la penuria económica es completa. Posee un grácil cuello, sus senos relucían al alzarse bajo la tela de su vestido y, al observar el deleite saludable y honesto que extraía de la contemplación de su propia imagen, no me atreví a decirle que estábamos arruinados. Ella había endulzado gran parte de mi vida, y al contemplarla renacían en mi interior los manantiales de una clara energía que transformaba en vívidos y alegres la habitación, los cuadros de la pared y la luna que alcanzaba a ver por la ventana. La noticia la haría llorar, estropearía su maquillaje y habitación de huéspedes. Parecía haber tanta verdad en su belleza y en el poder que ella ejercía sobre mis sentidos como en el hecho de que nuestra cuenta bancaria arrojase un saldo negativo.
       Los Warburton son ricos, pero no alternan; incluso es posible que les traiga sin cuidado. Ella es una vieja cobarde, y él la clase de hombre que a uno no le hubiera gustado tener como compañero de escuela. Es una mala persona, tiene la voz áspera y una idea fija: la lascivia. Los Warburton siempre están gastando, y por eso hay que hablar de dinero con ellos. El suelo de su vestíbulo es de mármol blanco y negro procedente del antiguo Ritz; su casita de Sea Island está siendo habilitada para el invierno; van en avión a Davos para pasar allí diez días; piensan comprar un par de caballos de monta y están construyendo una nueva ala para su casa. Esa noche llegamos con retraso. Los Meserve y los Chesney ya estaban allí, pero Carl Warburton aún no había llegado y Sheila estaba preocupada.
       —Carl tiene que atravesar un barrio horrible para ir a la estación —dijo—, y lleva encima miles de dólares; tengo tanto miedo de que lo atraquen...
       Carl llegó por fin a casa, contó un chiste verde a la variada concurrencia y nos sentamos a cenar. Era de esas fiestas en las que todos los presentes se han dado una ducha y puesto sus mejores galas, y en que algún viejo cocinero lleva desde el amanecer pelando champiñones o extrayendo la carne de la concha de los cangrejos. Yo quería pasármelo bien. Ése era mi deseo, pero mis deseos no lograron esa noche hacerme despegar los pies del suelo. Me sentía como cuando mi madre me llevaba de niño, por medio de amenazas y promesas, a una de aquellas fiestas de cumpleaños indescriptiblemente atroces. La reunión se prolongó hasta eso de las once y media, y volvimos a casa. Me quedé un rato en el jardín acabando uno de los puros de Carl Warburton. Era la noche del jueves y mis cheques no serían devueltos hasta el martes siguiente, pero tenía que hacer algo pronto. Christina estaba dormida cuando subí y también a mí me rindió el sueño, pero desperté alrededor de las tres.
       Había estado soñando con envolver pan en papel de colores. Había visto en sueños un anuncio a toda página en una revista de difusión nacional: ¡DÉ UN POCO DE COLOR A SU PANERA! Rebanadas de pan cubrían la página con colores de tonos parecidos a los de las joyas: pan turquesa, pan rubí, pan de color esmeralda. La idea me pareció buena en sueños; me había animado, y verme sumido en la oscuridad del dormitorio fue como si me echaran un jarro de agua fría. Repentinamente entristecido, me puse a pensar en todos los cabos sueltos de mi vida, y así llegué a evocar a mi madre, anciana ya, que vive sola en un hotel de Cleveland. La vi vistiéndose para bajar a cenar en el comedor del hotel. Inspiraba piedad imaginarla así: solitaria y entre extraños. Y, sin embargo, cuando volvió la cabeza, vi que todavía le quedaban algunos dientes afilados en las encías.
       Me envió a la universidad, lo dispuso todo para que mis vacaciones transcurrieran en agradables entornos y espoleó mis ambiciones, las mismas que conservo, pero se opuso tenazmente a mi matrimonio, y desde entonces nuestra relación ha sido tirante. A menudo la he invitado a que venga a vivir con nosotros, pero siempre se niega, y siempre con resentimiento. Le envío flores y obsequios, le escribo todas las semanas, pero parece que estas atenciones únicamente sirven para fortalecer su convicción de que mi matrimonio ha sido un desastre para ella y para mí. Luego pensé en las cintas de su delantal, pues cuando yo era niño me parecía que aquellas cintas estaban tendidas sobre los océanos Pacífico y Atlántico; me daban la sensación de que se enlazaban, como estelas de vapor, bajo la mismísima bóveda del paraíso. Entonces la evoqué sin rebeldía ni inquietud; simplemente con la tristeza de comprobar que todos nuestros esfuerzos habían cosechado tan pocas emociones limpias, y que ni siquiera podíamos tomar juntos una taza de té sin remover toda clase de amargos sentimientos. Anhelé corregir aquel estado de cosas, revivir toda la relación con mi madre sobre un trasfondo más sencillo y humano, un marco en el que mi educación no se hubiera cobrado un precio tan alto en emociones malsanas. Quise recrear todo aquel pasado en una Arcadia afectiva en que nuestra conducta fuera diferente, para de este modo poder pensar en ella a las tres de la mañana sin sentimiento de culpa y para ahorrarle soledad y olvido en su vejez.
       Me acerqué un poco a Christina, y al entrar en el espacio bañado por su calor sentí de pronto que todo era amable, encantador, pero ella se movió en sueños y se alejó de mi lado. Entonces tosí. Tosí de nuevo. Tosí ruidosamente. No pude contener la tos, salí de la cama, fui al oscuro cuarto de baño y bebí un vaso de agua. Me asomé a la ventana del baño y miré el jardín. Hacía un poco de viento del alba —un rumor lluvioso inundaba el aire— agradable de sentir en la cara. Había unos cigarrillos detrás del retrete y encendí uno para recobrar el sueño. Pero al inhalar el humo me dolieron los pulmones, y de improviso me asaltó el convencimiento de que me estaba muriendo de cáncer.
       Había experimentado todo tipo de disparatadas melancolías —nostalgias de países donde jamás había estado, anhelos de ser lo que no podía ser—, pero aquellas fantasías resultaban triviales comparadas con la premonición de mi muerte. Tiré el cigarro al retrete (¡pin!) y enderecé la espalda, pero el dolor en el pecho no hizo sino aumentar, y me persuadí de que el deterioro ya se había iniciado. Mis amigos pensarían en mí cariñosamente, sin duda, y seguramente Christina y los niños me recordarían con amor. Pero luego volví a pensar en el dinero, los Warburton y los cheques sin fondos acercándose a la cámara de compensación, y me pareció que el dinero prevalecía sobre el amor. Había codiciado a algunas mujeres —sucumbido a la envidia, de hecho—, pero me dio la sensación de que nunca había ambicionado a nadie del modo como esa noche anhelaba dinero. Fui al armario de nuestro dormitorio y me puse unos viejos zapatos azules de lona, un par de pantalones y un jersey oscuro. Luego bajé y salí de casa. La luna había salido y no había muchas estrellas, pero el aire de encima de los árboles y los setos rezumaba una luz tenue. Rodeé el jardín de los Trenholme, hollando la hierba sigilosamente, y llegué por el césped a la casa de los Warburton. Aceché los ruidos procedentes de las ventanas abiertas y sólo oí el tictac de un reloj. Subí los peldaños de la escalinata delantera, abrí la puerta de tela metálica y crucé el piso de mármol del antiguo Ritz. Bajo la débil luz nocturna que entraba por las ventanas, la casa parecía una concha, un nautilo modelado para hospedarse a sí mismo.
       Oí el ruidito producido por la chapa del collar de un perro, y el viejo cocker de Sheila vino trotando por el vestíbulo. Lo acaricié detrás de las orejas y el animal volvió al sitio donde tenía su cama, gruñó y se quedó dormido. Conocía la casa de los Warburton tan bien como la mía. La escalera estaba alfombrada, pero primero asenté el pie sobre uno de los peldaños para ver si crujía. Luego empecé a subir la escalera. Las puertas de todos los dormitorios estaban abiertas, y en el de Carl y Sheila, donde a menudo había dejado mi abrigo con ocasión de grandes cócteles, capté el sonido de una respiración profunda. Me detuve en la entrada un segundo para orientarme. En la penumbra pude discernir la cama y una chaqueta y un par de pantalones colgados en el respaldo de una silla. Con rápidos movimientos, entré en el cuarto, saqué un abultado billetero del bolsillo interior de la chaqueta y emprendí el camino de vuelta hacia el vestíbulo. Mi violenta emoción tal vez me volvió torpe, porque Sheila se despertó. Oí que decía:
       —¿Has oído ese ruido, cariño?
       —El viento —murmuró él entre dientes, y se restableció el silencio.
       Me hallaba ya a salvo en el vestíbulo, a salvo de todo excepto de mí mismo. Parecía atenazado por un ataque de nervios. Me había quedado sin saliva, mi corazón parecía haber detenido su bombeo, y fuera cual fuese la fuerza que mantenía mis piernas derechas, me había abandonado. Únicamente logré avanzar apoyándome en la pared. Me aferré a la barandilla al bajar la escalera y salí de allí tambaleándome.

       Una vez en la oscura cocina de mi casa, bebí tres o cuatro vasos de agua. Debí de permanecer junto al fregadero una media hora o quizá más antes de que se me ocurriera registrar el billetero de Carl. Bajé al sótano y cerré la puerta antes de encender la luz. Había poco más de novecientos dólares. Apagué la luz y regresé a la oscuridad de la cocina. Oh, ¡jamás sospeché que un hombre pudiera ser tan desdichado ni que la mente pudiera abrir tantos compartimentos y anegarlos de remordimiento! ¿Dónde quedaban los riachuelos de truchas de mi juventud y otros inocentes placeres? El olor a cuero quemado de las aguas sonoras y la penetrante fragancia de los bosques tras una lluvia torrencial; o, al rayar el alba, las brisas estivales olorosas al aliento herbáceo de las vacas lecheras —la cabeza puede darte vueltas— y todos los arroyos pletóricos de truchas (o así lo imaginaba en la oscura cocina), nuestro tesoro sumergido. Lloré.
       Shady Hills es, como digo, un suburbio, blanco de críticas de los planificadores urbanos, aventureros y poetas líricos, pero si uno trabaja en la ciudad y tiene hijos que criar, no concibo un lugar mejor. Es cierto que mis vecinos son ricos y que en este caso la riqueza significa ocio, pero emplean su tiempo sabiamente. Viajan por el mundo y oyen buena música, y ante un surtido de libros en un aeropuerto, elegirán Tucídides y en ocasiones santo Tomás de Aquino. Instados a construir refugios antiaéreos, plantan árboles y rosas, y sus jardines son espléndidos, radiantes. Si a la mañana siguiente hubiese contemplado desde la ventana de mi cuarto de baño la maloliente ruina de una gran ciudad, posiblemente no habría sido tan violento mi sobresalto como lo fue al recordar lo que había hecho la noche anterior; los fundamentos morales se habían retirado de mi mundo sin alterar un ápice la luz del sol. Me vestí furtivamente —¿qué hijo de la oscuridad desea oír las alegres voces de su familia?— y cogí uno de los primeros trenes. Mi traje de gabardina pretendía reflejar limpieza y honradez, pero yo era una desdichada criatura de pasos descarriados por el rumor del viento. Leí el periódico. En el Bronx habían robado una nómina por valor de treinta mil dólares. Una rica mujer de White Plains había vuelto a casa de una fiesta y se había encontrado con que sus pieles y sus joyas habían desaparecido. Se habían apoderado de sesenta mil dólares en medicinas de un almacén de Brooklyn. Me sentí mejor al comprobar lo corriente que era mi delito. Pero solamente un poco, y no por mucho tiempo. Luego hice frente una vez más a la conciencia de que yo era un vulgar ladrón y un impostor, y que había hecho algo tan censurable que violaba los principios de cualquier religión conocida. Había robado y, lo que es peor, había allanado la morada de un amigo y pisoteado todas las leyes no escritas que aseguran la supervivencia de una comunidad. Mi conciencia me picoteó tanto el ánimo —como el duro pico de una ave carnívora— que mi ojo izquierdo se contrajo repentinamente, y una vez más me sentí al borde de un colapso nervioso. El tren llegó a la ciudad y yo fui al banco. Al salir casi me atropella un taxi. No temí por mis huesos, sino por la posibilidad de que encontrasen en mi bolsillo el billetero de Carl Warburton. Cuando creí que nadie me miraba, limpié la cartera con mis pantalones (por las huellas digitales) y la dejé caer en un cubo de basura.
       Pensando que un café me sentaría bien, entré en un restaurante y me senté a una mesa en compañía de un desconocido. No habían retirado los manteles de papel ni los vasos de agua medio vacíos, y en el lugar que ocupaba el extraño había una propina de treinta y cinco centavos que había dejado un cliente anterior. Consulté el menú, pero por el rabillo del ojo observé que el desconocido se embolsaba los treinta y cinco centavos. ¡Vaya granuja! Me levanté y salí del restaurante.
       Llegué a mi cubículo, colgué el sombrero y el abrigo, me senté ante el escritorio, estiré los puños, suspiré y alcé la mirada como si estuviera a punto de empezar una jornada llena de desafíos y decisiones. No había encendido la luz. Al cabo de un rato ocuparon la oficina de al lado y oí a mi vecino aclararse la garganta, toser, raspar una cerilla y disponerse a atacar los asuntos del día.
       Las paredes eran delgadas —mitad cristal esmerilado y mitad madera contrachapada—, y no existía intimidad acústica en aquellos despachos. Busqué en mi bolsillo un cigarro con tanta cautela como la que había desplegado en casa de los Warburton, y aguardé a que un camión que pasaba por la calle hiciese ruido para ahogar el chasquido de mi cerilla. El prurito de la indiscreción se apoderó de mí. Mi vecino estaba tratando de vender por teléfono unas existencias de uranio. Procedía del siguiente modo: primero era cortés, luego grosero: «¿Qué le pasa, Fulano? ¿No quiere ganar un dinerillo?» Después se mostraba muy desdeñoso: «Lamento haberlo molestado. Creí que tendría sesenta y cinco dólares para invertir.» Hizo doce llamadas sin hallar comprador. Yo estaba más silencioso que un ratón. Luego llamó a la oficina de información de Idlewild para enterarse de la llegada de aviones procedentes de Europa. El de Londres llegaría a su hora. Los de Roma y París venían con retraso.
       —No, no está aquí todavía —oí decir a alguien por teléfono—. Todavía está oscuro ahí al lado.
       El corazón me latía a toda velocidad. Entonces mi teléfono empezó a sonar y conté doce timbrazos antes de que cesara.
       —Estoy seguro, seguro —dijo el hombre del despacho contiguo—. Está sonando su teléfono y no contesta, no es más que un solitario hijo de puta en busca de trabajo. Adelante, adelante, te digo. No tengo tiempo de ir ahí. Vamos... Siete, ocho, tres, cinco, siete, siete.
       Cuando colgó, fui hasta la puerta, la abrí, la cerré, encendí las luces, moví los percheros, silbé una canción, me dejé caer pesadamente en la silla ante mi escritorio y marqué el primer número de teléfono que se me pasó por la cabeza. Era el de un antiguo amigo, Burt Howe, que exclamó al oír mi voz:
       —Hakie, ¡te he estado buscando por todas partes! Seguro que levantaste el campamento y te escabulliste.
       —Sí —respondí.
       —Te escabulliste —repitió Howe—. Te has esfumado. Pero de lo que quería hablarte es de ese negocio que pensé que podría interesarte. Es un chollo, pero no te llevará más de tres semanas. Tan sencillo como un robo. Son crédulos, estúpidos y están forrados: es como robar.
       —Sí —dije.
       —Bueno, entonces, ¿podemos vernos a las doce y media para comer en Cardin y que te dé los detalles?
       —De acuerdo —respondí con voz ronca—. Muchas gracias, Burt.
       —Fuimos a la cabaña el domingo —estaba diciendo el hombre del despacho vecino cuando yo colgué—. A Louise le picó una araña venenosa. El médico le puso una inyección. Se pondrá bien. —Marcó otro número y repitió—: Fuimos a la cabaña el domingo. A Louise le picó una araña venenosa...
       Era posible que un hombre cuya mujer ha sido mordida por una araña y que disponga del tiempo necesario llame a tres o cuatro amigos para contárselo, y era asimismo posible que la araña fuese una frase cifrada de advertencia o conformidad con determinado negocio ilícito. Lo que me atemorizaba era el hecho de que, habiéndome convertido en un ladrón, me parecía verme rodeado de ladrones y estafadores. Mi ojo izquierdo repitió el tic, y la incapacidad de una parte de mi conciencia para resistir al asedio de los reproches que me formulaba otra vez me obligaron a buscar desesperadamente a alguien a quien se pudiese censurar. Muchas veces había leído en los periódicos que el divorcio conduce en ocasiones al delito. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía alrededor de cinco años. Era una buena pista que en seguida me condujo a otra mejor.
       Mi padre se fue a vivir a Francia después del divorcio y no lo vi durante diez años. Luego escribió a mamá pidiéndole permiso para verme y ella preparó el encuentro diciéndome lo borracho, cruel y obsceno que era el viejo. Transcurría el verano y estábamos en Nantucket, y yo cogí solo el vapor y fui a Nueva York en tren. Me reuní con mi padre en el Plaza a primera hora de la noche, aunque no tan temprano como para que no hubiese empezado ya a beber. Con el agudo y sensible olfato de un adolescente, olí su aliento a ginebra y noté que se golpeaba contra una mesa y que a veces repetía sus palabras. Pensé más tarde que aquella cita debió de ser agotadora para un hombre de su edad, sesenta años. Cenamos y luego fuimos a ver Roses of Picardy. Tan pronto como salieron las coristas, me dijo que podría acostarme con la que me apeteciese; había resuelto todos los trámites. Incluso podría elegir a una de las bailarinas solistas. Ahora bien, si yo hubiera pensado que él había cruzado el Atlántico para prestarme aquel servicio habría sido distinto, pero sentí que había hecho el viaje con objeto de causar un perjuicio a mi madre. Yo estaba asustado. El espectáculo se desarrollaba en uno de esos teatros anticuados que parecen sostenerse gracias a los ángeles. Ángeles de un color pardo dorado sujetaban el techo; sostenían los palcos; incluso se habría dicho que eran el soporte de un anfiteatro que daba asiento a cuatrocientas personas. Pasé mucho tiempo mirando a aquellos polvorientos ángeles dorados. Si el techo del teatro hubiera caído sobre mi cabeza, habría sentido alivio. Después de la función volvimos al hotel para lavarnos antes de reunimos con las chicas, y el hombre se tendió en la cama durante un minuto y empezó a roncar. Cogí su cartera, que contenía cincuenta dólares, dormí en la estación Grand Central y me volví temprano a Woods Hole. Así pues, todo aquel asunto se explicaba, incluso la violencia de la emoción que había experimentado en el vestíbulo superior de los Warburton; había estado reviviendo aquella escena acaecida en el Plaza. No fue culpa mía que entonces hubiera robado, ni tampoco lo fue cuando acudí a casa de mis vecinos. ¡Fue culpa de mi padre! Entonces recordé que estaba enterrado en Fontainebleau desde hacía quince años, y ahora no sería mucho más que polvo.
       Fui al servicio de hombres, me lavé las manos y la cara y me peiné hacia atrás con cantidad de agua. Era hora de salir a almorzar. Pensé con inquietud en la comida que me esperaba y, al preguntarme por qué, reparé con asombro en que se debía al libre empleo que Burt Howe daba a la palabra «robar». Confié en que no siguiera usándola.
       En cuanto esta idea revoloteó por mi mente en los servicios, la contracción de mi ojo pareció extenderse hasta la mejilla; era como si el verbo estuviese hincado en el idioma inglés como un anzuelo envenenado. Yo había cometido adulterio, y la palabra «adúltero» no poseía fuerza para mí; me había emborrachado, y el vocablo «borrachera» carecía de un poder extraordinario. Sólo el término «robar» y su cortejo de sustantivos, verbos y adverbios poseían la facultad de tiranizar mi sistema nervioso, como si yo hubiera desarrollado inconscientemente cierta doctrina en la que el acto de hurtar cobrase preeminencia sobre los demás pecados que se enumeran en los Diez Mandamientos, y fuese signo de muerte moral.
       El cielo estaba oscuro cuando salí a la calle. Las luces fulguraban por todas partes. Miré al rostro de la gente que se cruzaba conmigo en busca de alentadoras señales de honradez en un mundo tan corrompido, y en la Tercera Avenida vi a un joven con una taza de hojalata que mantenía los ojos cerrados para aparentar ceguera. El sello de la ceguera, la impresionante inocencia de la parte superior de una cara, se veía desmentido por el ceño fruncido y las patas de gallo de los ojos de un hombre que era capaz de ver su bebida en el bar. Había otro mendigo ciego en la calle Cuarenta y Uno, pero no examiné sus cuencas oculares porque advertí que no podía certificar la autenticidad de cada mendigo urbano.
       Cardin es un restaurante para hombres situado en una de las calles cuarenta. La agitación y el bullicio del vestíbulo me volvieron retraído, y la chica del guardarropa, al reparar (me imagino) en el tic de mi ojo, me dirigió una mirada hastiada.
       Burt estaba ya en la barra, y después de haber pedido las bebidas hablamos directamente de negocios.
       —Para un asunto como éste deberíamos vernos en un callejón trasero —dijo—, pero se trata de un primo, su dinero y demás. Son tres críos. Uno de ellos es P. J. Burdette, y entre los tres tienen un millón limpio para tirarlo por ahí. Está visto que alguien va a robárselo, así que lo mismo puedes ser tú.
       Coloqué una mano sobre el lado izquierdo de mi cara para tapar el tic. Al tratar de llevarme el vaso a la boca, me derramé ginebra sobre el traje.
       —Los tres acaban de salir de la universidad —prosiguió Burt—. Y los tres tienen tan llenos los bolsillos que si los dejas sin blanca ni siquiera lo notarán. Pues bien, para participar en este atraco lo único que tienes que hacer es...
       Los servicios estaban al otro extremo del restaurante, pero fui hasta allí. Llené el lavabo de agua fría y hundí en él la cabeza y la cara. Burt me había seguido hasta los lavabos. Mientras me secaba con una toalla de papel, dijo:
       —En serio, Hakie, no iba a decirte nada, pero ahora que te has puesto malo, por lo menos puedo decirte que tienes un aspecto pésimo. Te aseguro que me di cuenta de que algo no andaba bien nada más verte. Sólo quería decirte que, sea lo que sea, whisky, droga o problemas en casa, es mucho más tarde de lo que crees, y quizá deberíamos hacer algo al respecto. No me guardes rencor por decirte esto.
       Respondí que estaba enfermo, y aguardé en el retrete el tiempo suficiente para que Burt se largara. Luego recogí mi sombrero y coseché otra mirada de hastío de la chica del guardarropa y, sentado en una silla, leí en el periódico de la tarde que unos ladrones de banco habían huido en Brooklyn con dieciocho mil dólares.
       Paseé por las calles preguntándome cómo me convertiría en carterista y ladrón de bolsos, y los arcos y las agujas de la catedral de San Patricio sólo me recordaron los cepillos de limosnas para los pobres. Cogí el acostumbrado tren a casa, contemplando por la ventanilla el apacible paisaje y el primaveral atardecer, y me pareció que los pescadores y los bañistas aislados y los vigilantes de los pasos a nivel, los que jugaban a la pelota en los solares y los amantes no avergonzados de su diversión, los propietarios de pequeñas embarcaciones y los hombres que jugaban a las cartas en los parques de bomberos eran quienes remendaban los grandes agujeros que hacían en el mundo las personas como yo.

       Christina es de esas mujeres que cuando la secretaria de la asociación de ex alumnos de su universidad le pide que describa su posición social, se marea pensando en la diversidad de sus actividades y sus intereses. ¿Y qué tiene que hacer en un día determinado, haciendo una excepción aquí y allá? Me lleva en coche al tren. Manda reparar los esquís. Reserva una pista de tenis. Compra el vino y la comida para la cena mensual de la Société Gastronomique du Westchester Nord. Consulta alguna que otra definición en el Larousse. Asiste a un simposio de la Liga de Mujeres Votantes acerca del alcantarillado. Va a un almuerzo de gala en honor de la tía de Bobsie Neil. Arranca las malas hierbas en el jardín. Plancha el uniforme de la asistenta. Pasa a máquina dos páginas y media de su periódico sobre las primeras novelas de Henry James. Vacía los cubos de basura. Ayuda a Tabitha a preparar la cena de los niños. Practica con Ronnie el bateo de béisbol. Se riza el pelo con horquillas. Trae una cocinera a casa. Me espera en la estación. Se baña. Se viste. Recibe a sus invitados en francés a las siete y media. Dice «bonsoir» a las once. Descansa en mis brazos hasta las doce. ¡Eureka! Cabría afirmar que es orgullosa, pero yo creo que es únicamente una mujer que se divierte en un país próspero y joven. Sin embargo, cuando vino a buscarme al tren aquella noche, me resultó difícil estar a la altura de su gran vitalidad.
       Aunque no me hallaba en condiciones de hacerlo, tuve la mala suerte de que tocara hacer la colecta en la comunión matutina del domingo. Respondí a las piadosas miradas de mis amigos con una sonrisa muy torva, y después me arrodillé junto a la sucia vidriera ojival que parecía hecha a base de culos de botellas de vermut y borgoña. Me arrodillé sobre un cojín de imitación de cuero, donado por algún gremio o auxiliar para reemplazar a uno de los raídos de color marrón que al empezar a abrirse por las costuras y a enseñar mechones de paja, hacía que todo el local oliese como un viejo pesebre. El olor de paja y flores, el resplandor de la vela y los cirios cuya llama vacilaba ante el aliento del párroco, así como la humedad de aquel edificio de piedra con mala calefacción, me resultaban muy familiares y pertenecían a mi infancia en igual medida que los rumores y los aromas de una cocina o una guardería, y, no obstante, aquella mañana eran tan intensos que me sentí mareado. Entonces percibí en el zócalo, a mi derecha, el roer de unos dientes de rata que perforaban como un taladro el duro roble.
       —Santo, Santo, Santo —dije en voz muy baja, con la esperanza de espantar al animal—. ¡Señor de los ejércitos, el cielo y la tierra están LLENOS de tu gloria!
       La reducida congregación murmuró amén con un rumor como de pisadas, y la rata se escabulló corriendo a lo largo del zócalo. Y entonces —quizá porque estaba demasiado absorto por el chirrido de los dientes de la rata, o tal vez porque el olor a humedad y paja resultaba soporífero—, alcé los ojos que había cobijado con ambas manos, vi que el oficiante bebía del cáliz y caí en la cuenta de que yo no había comulgado.
       Una vez en casa, hojeé el periódico dominical buscando reseñas de nuevos robos, y comprobé que abundaban. Habían saqueado bancos, vaciado de joyas las cajas de caudales de algunos hoteles, atado a sillas de cocina a mayordomos y sirvientas, robado partidas de pieles y diamantes industriales, irrumpido en comercios de comida preparada, estancos y casas de empeño, y alguien se había llevado un cuadro del Instituto de Arte de Cleveland. A última hora de la tarde, salí al jardín y recogí las hojas muertas con el rastrillo. ¿Qué mayor penitencia que limpiar el césped de los desechos del oscuro otoño bajo los rayados y pálidos cielos de la primavera?
       Mientras rastrillaba, se acercaron mis hijos.
       —Los Tobler están jugando al softball
 [juego parecido al béisbol que se juega con pelota blanda] —dijo Ronnie—. Todo el mundo está allí.
       —¿Por qué no vais a jugar? —pregunté.
       —No se puede si no te han invitado —contestó Ronnie por encima del hombro, y luego se marcharon.
       Entonces reparé en que se oían los vítores del partido al que no nos habían invitado. Los Tobler vivían al final de la manzana. Las alegres voces parecían volverse cada vez más nítidas a medida que se hacía de noche; incluso pude oír el ruido del hielo chocando contra los vasos y las voces femeninas que se alzaban con débil regocijo.
       Me pregunté por qué no nos habrían invitado a jugar en casa de los Tobler. ¿Por qué nos habían excluido de aquellos placeres sencillos, aquella alegre reunión, de las risas, las voces y los portazos que parecían brillar en la oscuridad al haberme negado mi participación en el bullicio? ¿Por qué no me habían pedido que fuese a jugar a su casa? ¿Por qué el éxito social —la escalada, en realidad— excluía a un buen tipo como yo de un partido de softball? ¿Qué clase de mundo era aquél? ¿Por qué tenían que dejarme solo recogiendo hojas muertas al atardecer —como de hecho estaba— invadido de tanta tristeza, abandono y soledad que mi cuerpo tiritaba?
       Si hay alguien a quien detesto, es al sentimental sin personalidad: a toda esa gente melancólica que debido a un exceso de piedad por los demás desconocen el estremecimiento de su propia esencia y se deslizan por la vida sin identidad, como brumas humanas, compadeciendo a todo el mundo. El mendigo sin piernas de Times Square, con su humilde exposición de lápices, la anciana pintarrajeada que habla a solas en el metro, el exhibicionista de los urinarios públicos, el borracho tirado en la escalera del metro, toda esa gente suscita algo más que piedad: son, de golpe, la suma de todos los desventurados. Los desechos humanos parecen pisotear sus propias almas malogradas, dejándolas al crepúsculo en un estado muy similar a la escena de un motín carcelario. Decepcionados de sí mismos, están siempre dispuestos a desilusionarse de los demás, y erigirán ciudades enteras, creaciones completas, firmamentos y principios sobre los cimientos de una decepción bañada en lágrimas. De noche, en la cama, pensarán tiernamente en el apostante que ha perdido una fortuna al extraviar el boleto ganador, en el gran novelista cuya obra magna fue quemada por error al confundirla con basura, y en Samuel Tilden, que perdió la presidencia de Estados Unidos por culpa de las trampas del colegio electoral. Y como yo detesto semejante compañía, me resultaba doblemente doloroso apiadarme de mí mismo. Y al ver un cornejo desnudo bajo la luz de las estrellas, pensé: ¡Qué triste es todo!

       El miércoles fue mi cumpleaños. Me acordé a media tarde, en la oficina, y la idea de que Christina pudiera estar planeando una fiesta sorpresa me hizo pasar de la posición sedente a la vertical, sin aliento. Después llegué a la conclusión de que ella no lo haría. Pero los meros preparativos de los niños me suponían un problema emotivo: ignoraba la forma de afrontarlos.
       Me marché temprano del despacho y tomé dos copas antes de coger el tren. Christina parecía muy contenta cuando fue a buscarme a la estación, y yo puse muy buena cara a pesar de mi inquietud. Los niños se habían puesto ropa limpia y me desearon feliz cumpleaños con tal fervor que me sentí horriblemente mal. Sobre la mesa había un montón de regalitos, sobre todo cosas hechas por los niños: gemelos confeccionados con botones, un bloc de notas y otras cosas por el estilo. Creí estar bastante alegre, teniendo en cuenta las circunstancias, y saqué fotos, me puse mi ridículo sombrero, apagué de un soplo las velas de la torta y di las gracias a todos, pero al parecer todavía había otro regalo —el gran regalo—, y después de cenar me dejaron en casa mientras Christina y los niños salían afuera, y luego entró Juney, me sacó al jardín y me llevó a la parte de atrás de la casa, donde estaban todos. Apoyada contra la pared había una escalera extensible de aluminio con una tarjeta y una cinta atada a ella, y yo dije, como si me hubieran dado un golpe:
       —¿Qué diablos significa esto?
       —Pensamos que la necesitabas, papá —dijo Juney.
       —¿Para qué necesito una escalera? ¿Qué os creéis que soy, el dependiente de una librería?
       —Contraventanas —dijo Juney—. Cortinas...
       Me volví hacia Christina.
       —¿He estado hablando en sueños?
       —No —contestó ella—. No has hablado en sueños.
       Juney comenzó a lloriquear.
       —Podrás quitar las hojas de los canalones para la lluvia —dijo Ronnie. Los dos chicos me miraban con cara larga.
       —Por lo menos tienes que reconocer que es un regalo muy poco habitual —le dije a Christina.
       —¡Santo Dios! —exclamó ella—. Vamos, niños. Vamos.
       Estuve dando vueltas por el jardín hasta después de oscurecer. Las luces se encendieron en el piso de arriba. Juney seguía llorando, y Christina le cantaba. Luego se calló. Esperé hasta que se encendió la luz de nuestro dormitorio, y al cabo de un rato subí la escalera. Christina estaba en camisón, sentada ante su tocador, y en sus ojos había gruesas lágrimas.
       —Tienes que tratar de comprender... —dije.
       —Aunque quisiera, no podría. Los niños han estado ahorrando durante meses para comprarte ese chisme.
       —Tú no sabes por lo que he pasado.
       —Aunque lo hubieras pasado peor que en el infierno, no te lo perdonaría. No te ha ocurrido nada que pueda justificar tu conducta. La han tenido escondida una semana en el garaje. ¡Son tan encantadores!
       —No me he sentido yo mismo últimamente.
       —No me digas a mí que no te has sentido tú mismo —replicó—. He estado esperando que te marchases esta mañana y he temido que volvieras a casa esta noche.
       —No me he portado tan rematadamente mal.
       —Peor aún —dijo ella—. Has sido brusco con los niños, odioso conmigo, grosero con tus amigos, y malvado a sus espaldas. Peor imposible.
       —¿Quieres que me vaya?
       —Oh, Señor, ¿si quiero que te vayas? Volvería a respirar.
       —¿Qué hacemos con los niños?
       —Pregúntaselo a mi abogado.
       —Entonces, me iré.
       Bajé a la sala y me dirigí a donde guardábamos las maletas. Al sacar la mía descubrí que el cachorro de los niños había mordido la correa de cuero hasta desatarla por uno de los lados. Cuando intentaba buscar otra maleta, todas las demás se me cayeron encima, magullándome. Arrastré tras mis pasos hasta el dormitorio la maleta con su larga correa colgando. «Mira —dije—. Mira esto, Christina. El perro se ha comido la correa de mi maleta.» Ni siquiera levantó la cabeza.
       —He invertido veinte mil dólares al año en esta casa durante diez años —grité—, ¡y cuando llega la hora de marcharme ni siquiera tengo derecho a una maleta decente! Todo el mundo tiene una. Hasta el gato tiene una buena bolsa de viaje. Abrí bruscamente mi armario y sólo encontré cuatro camisas limpias.
       —¡No tengo camisas limpias ni para una semana! —grité.
       A continuación reuní unas cuantas cosas, me calé el sombrero y salí. Por un instante pensé incluso en llevarme el coche; fui al garaje y le eché un vistazo. Entonces vi el letrero que rezaba 
SE VENDE , y que había colgado de la casa cuando la compramos mucho tiempo atrás. Desempolvé el letrero, cogí un clavo y una piedra, rodeé la casa hasta la entrada delantera y clavé en un arce el rótulo SE VENDE. Después me fui a pie hasta la estación. Está como a dos kilómetros. La larga correa de cuero iba arrastrándose a mi espalda; me detuve y traté de cortarla, pero no lo conseguí. Al llegar a la estación, descubrí que el próximo tren no pasaba hasta las cuatro de la mañana. Decidí esperar. Me senté sobre la maleta y aguardé cinco minutos. Luego desanduve el camino a casa. A mitad del trayecto vi a Christina, que bajaba la calle con una camisa, suéter y zapatos de lona —las cosas que más rápido se pone uno encima, pero eran prendas estivales—, volvimos juntos a casa y nos acostamos.
       El sábado jugué al golf, y aunque el partido terminó tarde, quise darme un baño en la piscina del club antes de volver a casa. En la piscina no había nadie, aparte de Tom Maitland. Es un hombre de piel morena y bien parecido; muy rico, pero muy callado. Parece introvertido. Su esposa es la mujer más obesa de Shady Hill, y a nadie le gustan gran cosa sus hijos, y creo que es el tipo de hombre cuyas fiestas, amistades, asuntos amorosos y negocios descansan a modo de intrincada superestructura —castillo de naipes— sobre la melancolía de su primera juventud. Un soplo podría derrumbarlo todo. Casi había anochecido cuando dejé de nadar; el local del club tenía las luces encendidas y se oían los ruidos de la cena en el pórtico. Maitland estaba sentado al borde de la piscina y columpiaba los pies en el agua de color azul intenso, que olía a cloro del mar Muerto. Yo me estaba secando y, al pasar junto a él, le pregunté si no pensaba bañarse.
       —No sé nadar —dijo.
       Sonrió, desvió de mí los ojos y contempló el agua inmóvil y reluciente de la piscina en el oscuro paisaje.
       —Teníamos una piscina en casa —prosiguió—, pero nunca tuve ocasión de nadar en ella. Siempre estaba dando clases de violín.
       Y he aquí que aquel hombre de cuarenta y cinco años, millonario como mínimo, ni siquiera era capaz de flotar, y no creo que tuviese tampoco muchas oportunidades de hablar con tanta franqueza como acababa de hacerlo. Mientras me vestía, se asentó en mi cerebro la idea (sin que yo la alentase) de que los Maitland serían mis próximas víctimas.
       Pocas noches después, me desperté a las tres de la mañana. Repasé mentalmente los cabos sueltos de mi vida —mamá en Cleveland, la fabrica—, y luego fui al cuarto de baño a encender un cigarrillo antes de recordar que me estaba muriendo de cáncer y dejando a viuda y huérfanos sin un céntimo. Me puse mis zapatillas azules de lona y el resto de la indumentaria, eché una ojeada por las puertas abiertas de los dormitorios de los niños y salí de casa. Estaba nublado. A través de jardines traseros llegué hasta la esquina. Luego crucé la calle y me planté ante el camino de acceso a la casa de los Maitland. Caminaba por la hierba, a la orilla de la grava. La puerta estaba abierta y entré tan excitado y temeroso como cuando estuve en la mansión de los Warburton; bajo la luz tenue me sentía incorpóreo: un fantasma. Me guié por el olfato al subir la escalera hasta donde sabía que estaba el dormitorio y, tras percibir una respiración profunda y ver sobre una silla unos pantalones y una chaqueta, busqué el bolsillo de ésta, pero no había bolsillos. No era una chaqueta de traje; era una de esas de satén brillante que usan los niños. No tenía sentido buscar una cartera en los pantalones de Tom. No la llevaría encima para segar la hierba del jardín. Salí de allí precipitadamente.
       No volví a dormirme esa noche; me quedé sentado en la oscuridad pensando en Tom y en Gracie Maitland, en los Warburton y en Christina y en mi propio destino miserable, y en lo distinto que era Shady Hill visto de noche y a la luz del día.
       Pero volví a salir la noche siguiente, esta vez al domicilio de los Pewter, que no sólo eran ricos, sino borrachines, y que bebían tanto que no me explicaba cómo podrían oír los truenos en cuanto apagaban las luces. Salí, como de costumbre, poco después de las tres.
       Estuve pensando tristemente en mis comienzos: en cómo me engañó aquella pareja de tramposos en un hotel del centro tras una cena de seis platos regados con vino, y mi madre me había dicho muchísimas veces que, si ella no hubiera bebido tantos cócteles antes de aquella famosa cena, yo todavía seguiría en una estrella, a la espera de nacer. Y pensé en mi viejo padre y en aquella noche en el Plaza, en los muslos con cardenales de la campesina de Picardía, en los ángeles de color pardo dorado que sostenían el teatro, y en mi terrible destino. Mientras me encaminaba hacia la casa de los Pewter, se produjo un áspero revoloteo en todos los árboles y jardines, como una corriente de aire sobre un lecho de fuego, y me pregunté cuál sería la causa, hasta que sentí la lluvia sobre mi cara y mis manos, y entonces me eché a reír.
       Ojalá pudiera afirmar que un bondadoso león me devolvió al buen camino, o bien un niño inocente, o incluso las notas de la música distante de alguna iglesia, pero no fue más que la lluvia sobre mi cabeza —su fragancia revoloteando hasta mi olfato— la que me mostró la magnitud de mi liberación de los huesos de Fontainebleau y las artes de un ladrón. Había maneras de salir del apuro si me preocupaba por utilizarlas. No estaba atrapado. Yo estaba aquí en la tierra porque yo lo había escogido. Y me tuvo sin cuidado el modo en que me habían sido concedidos los dones de la vida, puesto que los poseía, y los poseí entonces: el vínculo entre las raíces de la hierba húmeda y el vello que crecía en mi cuerpo, el escalofrío de mi mortalidad que había conocido las noches de verano, amando a los niños y mirando dentro del escote del vestido de Christina. Me hallaba ya delante de la casa de los Pewter; alcé la vista hacia la vivienda a oscuras y después di media vuelta y me alejé. Volví a acostarme y tuve agradables sueños. Soñé que navegaba en un barco por el Mediterráneo. Vi unos peldaños de gastado mármol que bajaban hasta el agua, vi el agua misma, azul, salada y sucia. Planté el mástil, icé la vela y empuñé el timón. Pero al hacerme a la mar me pregunté: ¿por qué debía parecer que sólo tenía diecisiete años? No se puede tener todo.
       No es, como alguien escribió una vez, el olor del pan de maíz el que nos hace retornar de la muerte; son las luces y las señales del amor y la amistad. Gil Bucknam me telefoneó al día siguiente, me dijo que el viejo estaba agonizando y me preguntó si volvería a ocupar mi puesto de trabajo. Fui a verlo y me explicó que era el viejo quien había pedido mi cabeza, y, por supuesto, me alegré de retornar al hogar de la fábrica.
       Lo que no logré entender, mientras bajaba esa tarde por la Quinta Avenida, fue cómo un mundo que parecía tan sombrío podía, en cosa de minutos, tornarse tan agradable. Las aceras parecían brillar y, al regresar en tren a casa, sonreí a aquellas necias muchachas que anunciaban fajas en las vallas del Bronx. A la mañana siguiente me pagaron un anticipo de mi sueldo y, tras adoptar ciertas precauciones respecto a mis huellas digitales, metí novecientos dólares en un sobre y fui andando hasta la casa de los Warburton cuando ya se habían apagado las últimas luces del vecindario. Había estado lloviendo, pero ya había escampado. Las estrellas empezaban a mostrarse. No tenía sentido extremar la prudencia, y rodeé la casa hasta la parte trasera; encontré abierta la puerta de la cocina y dejé el sobre encima de una mesa de la oscura estancia. Cuando comenzaba a alejarme de la casa, un coche de policía aparcó junto a mí y un agente a quien conozco bajó la ventanilla y me preguntó:
       —¿Qué está haciendo en la calle a estas horas de la noche, señor Hake?
       —Paseando al perro —contesté alegremente. No había perro por ninguna parte, pero no miraron—. ¡Ven aquí, Toby! ¡Vamos, Toby! ¡Qué buen perro! —llamé, y me fui silbando alegremente en la oscuridad.

(“The Housebreaker of Shady Hill”)
Originalmente publicado en The New Yorker (14 de abril de 1956, pág. 42);
The Housebreaker of Shady Hill, and Other Stories
(New York: Harper, 1958, 185 pp.)

La penitencia: un cuento de Inés Garland

 


Ese verano podría haber sido como cualquier otro. Habíamos pasado Navidad en Buenos Aires y dos días después, como todos los años, papá y mamá nos llevaron al campo. Ramona iba sentada entre Clara y yo, en el asiento de atrás, y miraba al frente, muy quieta. Siempre viajaba así, con los brazos cruzados y la espalda bien derecha; de a ratos movía los labios como si estuviera rezando y miraba a mamá, a la nuca de mamá, con unas miradas cortas y disimuladas.

Antes de llegar al camino de tierra mamá y papá nos anunciaron que ese año no podrían quedarse con nosotras ni una sola noche; unos amigos los esperaban al día siguiente. Clara se puso a llorar. Ramona siguió mirando al frente, pero apretó la mandíbula. Decidí que esta vez no iba a dejar que papá y mamá se fueran sin decirles cómo era Ramona con nosotras cuando ellos no estaban, pero a pesar de lo decidida que estaba, no se me ocurría cómo hacer para contarles todo sin que Ramona me oyera.

La solución se me ocurrió cuando vi el maizal crecido cerca de la casa. Mientras ellos bajaban las valijas y abrían la casa le expliqué, sin muchos detalles, el plan a Clara. La agarré de la mano, corrimos hasta el maizal y nos acostamos boca abajo en la tierra.

Mi plan era simple: mamá y papá iban a tener que buscarnos para despedirse -yo estaba segura de eso-; cuando se agacharan para darnos un beso, las hojas del maizal los esconderían y entonces, ahí abajo y protegida de Ramona, yo les iba a contar todo. Parecía tan fácil, tan perfecto.

Desde nuestro escondite escuchamos la voz de mamá que nos llamaba. Clara me miró con los ojos muy abiertos y me di cuenta de que quería levantarse, correr hacia mamá. Tenía cinco años: todavía pensaba que si lloraba mucho ellos no se irían. Yo le pasé el brazo por la espalda y la obligué a quedarse acostada. Temblaba contra mi cuerpo como un cachorro.

El ruido del auto se alejó y yo seguí acostada con el brazo sobre la espalda de Clara y el corazón a los tumbos hasta que no se oyó más nada. No se me había ocurrido que podían irse sin buscarnos. Cuando me paré sólo quedaba una nube de tierra que flotaba como una gelatina en el horizonte.

Clara debe de haber visto en mi cara que se habían ido. Gimió apenas y me clavó esa mirada que yo le conocía de memoria: los ojos tan negros que no se les veía la pupila. Me di cuenta de que pensaba que le había mentido, que yo había sabido desde el principio que mamá y papá se iban a ir sin despedirse, y le había robado la única posibilidad de impedirlo.

Ramona estaba parada en la galería con las manos apoyadas en el respaldo de una silla de mimbre. De lejos no parecía enojada pero al acercarnos pude verle la mancha de transpiración en el pecho. Siempre era una mala señal esa mancha que caía por el escote y terminaba en punta.

-Aparecieron –dijo, y podría haber sido sólo un comentario si no nos hubiera estado mirando de la forma en que nos miraba. De esta penitencia sí que no se salvan.

Clara se largó a llorar. Le agarré la mano. Ramona se dio vuelta para entrar en la casa y la seguimos en silencio. Sus piernas, de atrás, eran como ramas peladas, lustrosas, con la pantorrilla alta como un nudo de la madera, un puño cerrado que subía y bajaba cuando ella caminaba. El vestido se le había pegado a la espalda.
Esa tarde nos hizo jugar en nuestro cuarto. Ella se quedó en el suyo. No podíamos ver lo que hacía pero la oíamos caminar de un lado a otro y soplar como si silbara sin melodía, un soplido entrecortado que, decía, la ayudaba a pensar. En nuestro cuarto había olor a cal y a humedad. Nos costaba mucho jugar cuando no nos decía nada y soplaba así toda una tarde.

Estábamos por irnos a dormir cuando nos dio el colgante.

-Su madre les dejó esto -dijo–. No se lo merecen.
Una cadena con un dije redondo, de oro, que se abría para mostrar dos fotos, una de mamá y una de papá. En las fotos tenían anteojos negros y se reían. Clara empezó a llorar y a besar las fotos.

-Tenélo vos -le dije.

Yo no lo quería.

-Cuidadito con perderlo -dijo Ramona-, tu mamá me lo encargó especialmente.

Después de eso Clara siempre andaba con el colgante por todos lados y lo abría a cada rato para mirar las fotos.

Esa noche, como siempre, Ramona nos hizo rezar arrodilladas, una junto a la otra, con los codos apoyados sobre la cama. Mientras rezábamos, el ruido del motor explotó en el silencio y todas las luces se encendieron a la vez. La ventana se llenó de cascarudos voladores que golpeaban para entrar. Parecían lluvia.

-Ahora tengo que salir a saludar al puestero nuevo, pero mañana vamos a hablar sobre lo que hicieron -dijo Ramona antes de irse.

No podía dormirme. El motor de la luz sonaba en la oscuridad y Clara daba vueltas en la cama y hablaba en sueños. Mucho más tarde apagaron el motor y todo el silencio del campo cayó sobre la casa como una manta. Cada tanto se oía un perro que aullaba. Cuando me dormí soñé con lobos.

A la mañana siguiente, mientras tomábamos el desayuno, vino el puestero y preguntó por nosotras. Yo hubiera querido saludarlo -su voz parecía tan alegre- pero Ramona y él se quedaron hablando afuera, del otro lado de la puerta mosquitero. Ella cada tanto giraba un poco la cabeza para mirarnos sobre el hombro. No hacía falta que hablara para que supiéramos que no quería que nos acercáramos. Sabíamos leer su cuerpo; su cabeza de pelo crespo y corto -tan chica sobre la espalda ancha- se movía apenas para mirarnos, como si la nuca y las orejas pudieran vernos también.

Fue el puestero el que habló del pozo ciego.

-Todavía no lo terminé y la tierra está muy floja -dijo-. Tengan cuidado.

-No se preocupe -le contestó Ramona.

Pero lo primero que hicimos después del desayuno fue ir a ver el pozo ciego. Ella nos llevó y nos hizo parar en el borde. Sentí su mano caliente y húmeda en la nuca cuando me empujó apenas hacia adelante.

-No se ve el fondo –dijo-. ¿Se puede saber por qué se escondieron?

Me estaba mirando a mí sola y la pregunta inesperada, dicha ahí, me asustó. Traté de soltarme, pero Ramona apretó un poco los dedos y me quedé quieta.

-Era un juego –dije.

-Ah, claro, un juego -cerró los ojos un instante.

Después giró para enfrentarme y me fue mirando, con lentitud, como si tuviera que hacer foco para meterme de lleno en el centro de su mirada. Bueno, no importa mucho, ¿no? Igual voy a tener que pensar una penitencia. Una buena penitencia.

Clara se empezó a comer las uñas.

-Dejáte esos dedos -le dijo Ramona-. Tu penitencia ya la pensé.


-¿Y la mía no? -le pregunté.

-Estoy en eso -dijo.

En el fondo del pozo parecía de noche, sin estrellas y sin fin.

Ese día jugamos un rato en la galería y después nos quedamos en el cuarto de Ramona con los postigos cerrados y ella nos contó cuentos y nos trenzó el pelo.
-No me gusta tener que enojarme -le dijo a Clara mientras le hacía la trenza-. Me obligan a castigarlas.
Hablaba y tiraba del pelo para ajustar la trenza, los ojos de Clara se alargaban hacia atrás, llenos de lágrimas. El tic-tac del reloj de lata sonaba en el olor dulzón del cuarto.

-Lo hago por el bien de ustedes -dijo.

Volví a preguntarle por mi penitencia. Traté de que mi voz sonara indiferente. Ella sonrió.

-¿Para qué me voy a apurar con todo el tiempo que tengo?

La penitencia de Clara fue la misma de siempre. Ramona llevaba a todas partes unas cajitas de cartón gris de las que se usan para guardar bijouterie barata. Cuando quería poner a Clara en penitencia, la encerraba en algún lugar oscuro con las cajitas y le decía que estaban llenas de bichos.

-Si te movés los bichos van a salir de las cajas y te van a comer –le decía.

Yo había tratado mil veces de convencer a Clara de que no había bichos adentro de las cajas. Una vez hasta le había explicado que ningún bicho que entrara en una caja tan chica podía comerse a una nena de su tamaño. Pero ella jamás ponía en duda la palabra de Ramona.

Esa tarde, sin gritar, se dejó encerrar en una casilla de madera que había servido alguna vez de baño y que ya nadie usaba. En la mano apretaba el colgante.

-Y vos te quedás allá -me dijo Ramona señalando el escalón que llevaba a la cocina-. Más te vale ni acercarte a tu hermana.

Entró a la casa y yo me senté en el escalón. La casilla donde estaba Clara oscilaba en el calor de la siesta. Cada tanto me parecía oír su llanto, muy bajo, como si hubiera tenido miedo hasta de llorar. El zumbido de un abejorro que perforaba la viga del techo llenaba el aire. Del agujero en la madera salía una llovizna de aserrín que se quedaba flotando al sol. Parecía que el tiempo se había detenido para siempre.

No me acuerdo qué pensé antes de pararme y correr hacia la casilla. Sé que abrí la puerta y levanté la tapa de dos de las cajas

-¿Ves que no tienen nada? -grité y saqué a Clara de ahí adentro.

Se quedó parada en el pasto seco sin poder sacar la vista de las cajas destapadas. Alrededor del cuello llevaba el colgante abierto con las caras sonrientes de mamá y papá. Se lo saqué. Todavía lo tenía en la mano cuando sentí un tirón muy fuerte: Ramona, que me había sujetado por el pelo y me obligaba a girar. Le vi la frente llena de perlitas transparentes. Las gotas de sudor más grandes empezaron a bajarle por la cara. Resbalaban y ella las dejaba caer, juntarse en la punta de la nariz, en el labio de arriba, en la pera, las dejaba bajar por el cuello hacia el escote sin secárselas, como si no las sintiera. No se movía. Y la mancha del escote se alargaba hasta terminar en punta como un mapa del sur. Los ojos se le habían achicado y ahora eran dos rayas de odio que me miraban a mí.

-Quién te creés que sos -dijo.

Y me llevó a la rastra clavándome los dedos en el brazo. Traté de soltarme y me abofeteó. Clara venía atrás, gritando, pero ella no parecía oírla. Me insultaba con voz ronca, con la voz desatada de cuando no había nadie más para verla así. Me arrastró hasta el borde mismo del pozo ciego.

-¿Ves que no tiene fondo? ¿Ves que de ahí no salís?
Me había soltado el brazo y me empujaba la cabeza hacia adelante. Yo sentía en la nuca la palma de su mano empapada.

-¿Eso querés?

Instintivamente estiré el brazo con el colgante sobre la boca del pozo. Ramona se quedó mirándolo. Yo lo tenía agarrado de la cadena con el puño cerrado. Las dos fotos en su cuna de oro se balanceaban como un péndulo. Ella soltó mi brazo para tratar de sacármelo. Abrí la mano y lo dejé caer. Ella manoteó el aire con desesperación y la tierra floja cedió bajo sus pies. Se aferró al borde del pozo con una sola mano, un instante. No sé si gritó cuando se alejaba hacia el fondo.

A veces sueño con Ramona. Siempre hace calor y yo le seco la transpiración con la palma de mi mano. Estamos de pie, enfrentadas, y la miro a los ojos. Trato de adivinar lo que va a decirme. En los sueños estoy por saber, por fin, cuál es mi penitencia.


Cuento breve del libro "Una reina perfecta" de la autora argentina.

jueves, 29 de septiembre de 2022

Inmanejable, cuento de Lucia Berlin

 



En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delirium trémens.

El truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma en la medida de lo posible hasta que consigas una botella. Azúcar. Té con azúcar, es lo que te dan en los centros de desintoxicación. Temblaba tanto, sin embargo, que no podía tenerse en pie. Se estiró en el suelo e hizo varias inhalaciones profundas tratando de relajarse. No pienses, por Dios, no pienses en qué estado estás o te morirás, de vergüenza, de un ataque. Consiguió calmar la respiración. Empezó a leer títulos de los libros de la estantería. Concéntrate, léelos en voz alta. Edward Abbey, Chinua Achebe, Sherwood Anderson, Jane Austen, Paul Auster, no te saltes ninguno, ve más despacio. Cuando acabó de leer todos los títulos de la pared se encontraba mejor. Se levantó con esfuerzo. Sujetándose a la pared, temblando tanto que a duras penas podía mover los pies, consiguió llegar a la cocina. No quedaba vainilla. Extracto de limón. Le quemó la garganta y le dio una arcada; apretó los labios para volver a tragárselo. Preparó té, con mucha miel; lo tomó a pequeños sorbos en la oscuridad. A las seis, en dos horas, la licorería Uptown de Oakland le vendería un poco de vodka. En Berkeley tendría que esperar hasta las siete. Ay, Dios, ¿tenía dinero? Volvió sigilosamente a su habitación y miró en el bolso que había encima del escritorio. Su hijo Nick debía de haberse llevado su cartera y las llaves del coche. No podía entrar a buscarlas al cuarto de sus hijos sin despertarlos.
Había un dólar con treinta centavos en calderilla en el bote del escritorio. Revisó los bolsos del armario, los bolsillos del abrigo, un cajón de la cocina, hasta que reunió los cuatro dólares que aquel maldito paki cobraba por una petaca a esas horas. Los alcohólicos enfermos le pagaban. Aunque la mayoría compraban vino dulce, porque hacía efecto más rápido.
Era una caminata larga. Tardaría tres cuartos de hora; tendría que volver corriendo a casa para llegar antes de que los chicos se despertaran. ¿Lo conseguiría? Apenas podía caminar de una habitación a la otra. Y reza para que no pase un coche patrulla. Ojalá tuviera un perro para sacarlo a pasear. Qué buena idea, se rio, le pediré a los vecinos que me presten el suyo. Claro. Ninguno de los vecinos le dirigía ya la palabra.
Consiguió mantener el equilibrio concentrándose en las grietas de la acera, contándolas: un, dos, tres… Agarrándose a los arbustos, los troncos de los árboles para darse impulso, como si escalara una montaña muy escarpada. Cruzar las calles era aterrador, parecían tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar. De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío. Un coche de policía a toda velocidad, sin luces. No la vieron. Un sudor frío le caía por la espalda, el fuerte castañeteo de sus dientes rompía la quietud de la mañana oscura.
Llegó jadeante y mareada a la licorería Uptwon de Shattuck Avenue. Todavía no estaba abierta. Siete hombres negros, todos viejos menos un chico joven, esperaban de pie junto a la puerta. El hindú estaba sentado al otro lado del escaparate, ajeno a ellos, tomando café con parsimonia. En la acera dos hombres compartían un frasco de jarabe NyQuil para la tos. Muerte azul, eso sí se podía comprar toda la noche.
Un viejo al que llamaban Champ sonrió al verla.
-¿Qué pasa, mujer, te has puesto mala? ¿Tan mala que te duele hasta el pelo?
Ella asintió. Se sentía exactamente así; el pelo, los ojos, los huesos.
-Anda, toma- le ofreció Champ-, cómete alguna - estaba comiendo galletitas saladas, le dio un par-. Tienes que obligarte a comer algo.
-Eh, Champ, déjame unas pocas- le reclamó al chico.
La dejaron que comprara primero. Pidió vodka y soltó un montón de monedas en el mostrador.
-Está justo – dijo.
El hombre sonrió-
-Cuéntelo, hágame el favor.
-Venga ya. Mierda – protestó el chico mientras ella contaba las monedas con las manos temblando a más no poder. Se guardó la petaca en el bolso y salió a trompicones. En la calle se agarró a un poste de teléfono, sin atreverse a cruzar.
Champ estaba bebiendo de una botella de Night Train.
-¿Eres demasiado señora para beber en la calle?
Ella negó con la cabeza.
-Me da miedo que se me caiga la botella.
-ven – dijo él-. Abre la boca. Necesitas un trago o te quedarás por el camino.
Le arrimó la botella a los labios y le dio un poco de vino. Ella sintió cómo le corría por dentro, cálido.
-Gracias- dijo.
Cruzó por la calle deprisa y trotó desgarbadamente por las calles de vuelta a su casa, noventa, noventa y una, contando las grietas. Era todavía de noche cuando llegó a la puerta.
Recobró el aliento. Sin encender la luz, sirvió un poco de zumo de grosellas en un vaso y un tercio de la botella. Se sentó y bebió despacio, sintiendo cómo el alcohol la reconfortaba a medida que calaba en su cuerpo. Se echó a llorar, de alivio por no haber muerto. Se sirvió otro tercio de la botella con un poco de zumo, y entre trago y trago recostaba la cabeza en la mesa.
Después de la segunda copa se sentía mejor, y fue al lavadero y metió la colada en la lavadora. Se llevó la botella al cuarto de baño. Se duchó y se peinó, se puso ropa limpia. Diez minutos más. Comprobó que la puerta estaba cerrada, se sentó el váter y se terminó el vodka. Con esos últimos tragos no solo se puso a tono, sino que se sintió ligeramente ebria.
Pasó la colada de la lavadora a la secadora. Estaba batiendo el concentrado de naranja para preparar zumo cuando Joel entró en la cocina, restregándose los ojos.
-No tengo calcetines, ni camisa.
-Hola, cariño. Toma unos cereales. Cuando termines de desayunar y ducharte, la ropa estará seca – le sirvió un vaso de zumo, y otro a Nicholas, que estaba callado en silencio junto a la puerta.
-¿Dónde demonios has conseguido licor? – la empujó al pasar y se sirvió cereales. Trece años. Era más alto que ella.
-¿Podrías devolverme la cartera y las llaves del coche?- le preguntó.
-La cartera sí. Te daré las llaves cuando vea que estás bien.
-Estoy bien. Mañana volveré al trabajo.
-Ya no eres capaz de dejarlo sin ir al hospital, mamá.
-Me pondré bien. Por favor, no te preocupes. Tengo todo el día para recuperarme – fue a echar un vistazo a la ropa de la secadora-. Las camisas están secas – le dijo a Joel-. A los calcetines les falta diez minutos, más o menos.
-No puedo esperar. Me los pondré mojados.
-Sus hijos se fueron a buscar los libros y las mochilas, se despidieron con un beso y se marcharon. Ella se quedó en la ventana y los vio bajar la calle hacia la parada del autobús. Esperó hasta que el autobús los recogió u desapareció por Telegrah Avenue. Entonces salió, fue directa a la licorería de la esquina. Ya había abierto.

Lucia Berlin. 2016. Manual para mujeres de la limpieza. Alfaguara ediciones, 173- 176.

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