lunes, 22 de mayo de 2023

El arte de convertirse en escritor original en tres días, ensayo de Ludwig Börne

Escribe Ludwig Börne













Hay personas y escritos que ofrecen instrucciones para aprender latín, griego o francés en tres días, contabilidad incluso en tres horas. Pero a nadie se le ha ocurrido todavía enseñar cómo puede uno convertirse en tres días en un escritor bueno y original. ¡Y eso que es tan fácil!

No hay nada que aprender, más bien desaprender mucho; no hay que experimentar nada nuevo, basta con olvidar algunas cosas. Tal como está hoy el mundo, las mentes de los eruditos —y por ende también sus obras— semejan esos viejos manuscritos a los que primero hay que raspar las aburridas disputas de los Padrastros de la Iglesia o las disparatadas digresiones de un monje para descubrir debajo a un clásico latino. Los pensamientos sublimes son congé­nitos a todas las mentes humanas, y también los pensamientos originales, porque con cada persona que nace se vuelve a crear el mundo; pero la vida y la escuela los acaban recubriendo con sus bagatelas. Uno se puede hacer una idea aproximada del estado de la cuestión si tiene en cuenta lo siguiente. Reconocemos un animal, una fruta o una flor a través de su imagen real; se nos aparecen tal como son. ¿Se podría sin embargo identificar una perdiz, un arbusto de frambuesa o una rosa si sólo conociéramos el paté de perdiz, el zumo de frambuesa y el perfume de rosas? Pues esto sucede con la ciencia, esto pasa con todas las cosas que asimilamos a través del intelecto y no de los sentidos; se nos presentan elaboradas y transformadas, e ignoramos qué aspecto tienen en estado crudo y desnudo.

La opinión es la cocina en la que se degüellan, despluman, despedazan, guisan y condimentan todas las verdades. Nada escasea más que los libros sin juicios, es decir, libros que contienen cosas y no meras opiniones. Son muy pocos los escritores originales, y los mejores de ellos se diferencian de los no tan buenos en mucha menor medida de lo que cabría esperar tras un cotejo superficial. Uno se arrastra, el otro corre, uno cojea, otro baila, uno va en coche y el otro cabalga hasta su meta; pero la meta y el camino son los mismos para todos. Los pensamientos altos y novedosos sólo se conquistan en soledad; pero ¿cómo se conquista la soledad? Uno puede huir de los hombres, pero queda atrapado en el tumultuoso mercado de los libros; uno puede desembarazarse de los libros, pero ¿cómo se saca de la cabeza todos los conocimientos convencionales adquiridos en la escuela? Para lograr convertirse en un ignorante es esencial practicar el bello y verdadero arte de educarse a uno mismo; pero es éste un arte que se practica rara vez, y casi siempre con suma torpeza. Así como por cada millón de personas hay apenas mil pensadores, por cada mil pensadores sólo se halla uno que piensa por él mismo. Un pueblo es como un puré al que sólo el cazo da forma; lo duro y sólido se encuentra únicamente en la costra del fondo, en la capa más baja del pueblo; en el resto sigue siendo puré, y aunque extraigamos una porción de él con una cuchara dorada no por ello se convertirá la cucharada en algo distinto de lo que queda en el cazo.

El verdadero afán científico no es un viaje de descubrimiento colombino, es una odisea. El hombre nace en parajes extraños, vivir significa buscar un hogar, y pensar es vivir. Pero la patria de los pensamientos es el corazón; de esta fuente tiene que sacar el agua quien la quiera beber fresca; el intelecto es una corriente que fluye, un río enturbiado por miles de personas que se bañan en él, chapotean, se lavan y sumergen cáñamo en sus aguas. El intelecto es el brazo; el corazón, la voluntad; la fuerza se puede entrenar, desarrollar, pero ¿de qué sirve la fuerza sin el valor para utilizarla? Reprimimos nuestros pensamientos por vergüenza y cobardía. Sobre ellos ejerce más presión la censura de la opinión pública que la de la autoridad. Para ser mejores de lo que son, a la mayoría de los escritores no les falta intelecto, les falta carácter.

Esta carencia es consecuencia de la vanidad. El artista, el escritor, quiere descollar sobre sus semejantes, pretende superarlos; pero para superar a alguien se necesita primero situarse a su altura, para adelantarlo se tiene que enfilar su mismo camino. De ahí que los buenos escritores tengan tanto en común con los malos: el bueno lleva al malo dentro de sí, sólo que él es algo más; el bueno va por el mismo camino que el malo, sólo que unos pasos por delante. Quien atiende a su voz interior en vez de al vocerío que llega del mercado, quien tiene el valor de divulgar aquello que le ha enseñado su corazón resultará siempre original. La franqueza es el origen de toda genialidad, y los hombres serían más lúcidos, más ingeniosos, si fueran más honestos. Y ya estamos en las instrucciones de uso prometidas al principio. Tomen algunas hojas de papel y escriban tres días consecutivos, sin falsedad ni hipocresía, todo lo que se les pase por la cabeza. Consignen lo que piensan sobre ustedes mismos, sobre su mujer, sobre la guerra turca, sobre Goethe, sobre el proceso criminal de Fonk, sobre el juicio final, sobre sus jefes; y pasados los tres días, se quedaran atónitos antes los nuevos pensamientos que han tenido.

En esto consiste el arte de convertirse en tres días en un escritor original.

 

lunes, 27 de febrero de 2023

"Once cuentos escritos con maestría", Rey Andújar sobre Cuando lo peor haya pasado de Pablo Ramos


Escribe Rey Andújar*




Todo pasa. Lo peor incluso, pasa. El recuerdo como un pájaro caliente en mi mano pasa y me susurra: estás en Cuba, en una Feria del Libro. Con la relación entre calidad y precio de los textos en La Habana, has llevado dos maletas para traerlas llenas del material bélico de la palabra. Los libros, dice Joan Ferrer, son armas de construcción masiva. Y yo le creo. Dos maletas llenas de libros como un traficante cualquiera. El Carlitos Way de las fóking palabras. Tiro las redes en Centro Habana y al final del viaje, como mal pescador, triste en el aeropuerto, reviso mi presa. Entre esos libros descubro un librazo de cuentos escritos por Pablo Ramos, por algo o por mucho merecedor del Premio Casa de las Américas 2004. Cuando lo peor haya pasadoes uno de esos libros que se quedan contigo sin importar mudanzas y acarreos, fracasos y rotas promesas. Siempre al leerlo juré escribir algunas líneas sobre el mismo pero, del 2008 para acá, cuánto ha llovido, caballero. Bueno, al final escribo siempre para mí, para mi gusto y mi dulce condenación.

Hablamos de once cuentos escritos con maestría sí, pero también con una inusitada dejadez, como si fluyeras con las historias que en sí son bastante tristes, algunas hasta patéticas, y sin embargo te rasgan por dentro. Son las travesías esquizofrénicas de un muchacho grande de tu edad que lo ha perdido todo y sin embargo se entrega a la palabra, a la escritura de un cuaderno como si la religión no fuese otra cosa que unos pensamientos puestos en letra de molde. La primera historia nos deja saber que estamos frente a un escritor que asume el ejercicio de la palabra como una manera de decir presente. La tristeza nos duele a todos dice Ramos, pero todos flotamos de diferente manera en la melcocha que es la tristeza, y la soledad. El tipo dice “Me ahogo en una cama tan grande que dan ganas de serrucharla a la mitad [...] esa sensación de confinamiento, de dar vueltas y vueltas por el living como si fuera una celda, perturbado”. La segunda historia se acerca un poco al drama superficial. La tristeza y punto. O lo que Barthes define como “la mirada que acorrala, ya que el nacimiento del lector corresponde a la muerte del autor, definitivamente”. En el segundo cuento, titulado “Todo puede suceder”, nuestro hombre se pasea por las calles de la Ciudad de la Furia, bajo la lluvia, con un zapato que se le ha perdido a una muchacha. El cuento es la historia del zapato, claro, pero es también la historia de una sonrisa rota, o “realmente una broma que espera ser completada con la correspondiente entrega del zapato”. El cuento que da título a la colección muestra una de las razones de la locura del escritor: el amor de su vida. Su novia, que se vuelve después su esposa, entra en unas contradicciones que no le permiten al tipo escribir sus historias. Si no escribe, el hombre entra en una depresión que lo hace aberroncharse al rocaje vivo, como un animal acorralado. Y bajo la presión de la página en blanco, en nombre San Hemingway, el hombre manda a esa mujer que “lo perturbaba como el influjo de la luna sombre su sangre” al mismísimo carajo.

De ahí en adelante hay cuentos bellísimos, que son a la vez formas de ensayar la desidia hasta el suicidio. Hay un cuento muy bueno en donde un hincha se imagina la ciudad en llamas rojiazules antes de lanzarse al vacío desde un puente peatonal. El cuento que cierra la colección, una pieza de lujo, se intitula “Por las colinas de la luna”. El escritor ya se ha dejado de la mujer. Hay una hija y una novia-amante de por medio. El poeta, también traficante (insertar carcajada de Yván Silén aquí), hizo un trúcamelo con un perico que decidió vender clandestinamente. Al principio todo shani, ya que la merma rindió para gastar, comer y guardar, pero luego de la bonanza llegó la paranoia y el tipo no quería ni tan siquiera abrir la puerta. Todo el cuento se da cuando la ex-mujer llega con la niña para visitarlo y él, poética, bellísimamente, cuenta su depresión y su imposibilidad a través de los cristales por los que ve a su hija hacer dibujitos y palabras sueltas con el aliento en los cristales. Qué pedazo de cuento. Cuando la mujer y la niña se van, el hombre regresa hacia el living “sumergido en un silencio oscuro, apenas coloreado por el sonido pálido del televisor. Estás dispuesto a cabalgar de nuevo, Mississippi, decía John Wayne. Por las colinas de la luna y hasta los valles oscuros de la noche, aseguró Mississippi”. Yo, que ahora escribo esto con el corazón en la boca, por un miedo o varios, del tamaño de piezas de ajedrez tamaño regular, pienso que por libros como éste es que uno se dedica a esta vaina de la lectura… que es como el amor o un relámpago que une en dos la isla.

*Texto publicado originalmente en Acento.com


El arte de convertirse en escritor original en tres días, ensayo de Ludwig Börne

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