Escribe Ludwig Börne
Hay personas y escritos que ofrecen instrucciones para aprender
latín, griego o francés en tres días, contabilidad incluso en tres horas. Pero
a nadie se le ha ocurrido todavía enseñar cómo puede uno convertirse en tres
días en un escritor bueno y original. ¡Y eso que es tan fácil!
No hay nada que aprender, más bien desaprender mucho; no hay que
experimentar nada nuevo, basta con olvidar algunas cosas. Tal como está hoy el
mundo, las mentes de los eruditos —y por ende también sus obras— semejan esos
viejos manuscritos a los que primero hay que raspar las aburridas disputas de
los Padrastros de la Iglesia o las disparatadas digresiones de un monje para
descubrir debajo a un clásico latino. Los pensamientos sublimes son congénitos
a todas las mentes humanas, y también los pensamientos originales, porque con
cada persona que nace se vuelve a crear el mundo; pero la vida y la escuela los
acaban recubriendo con sus bagatelas. Uno se puede hacer una idea aproximada
del estado de la cuestión si tiene en cuenta lo siguiente. Reconocemos un
animal, una fruta o una flor a través de su imagen real; se nos aparecen tal
como son. ¿Se podría sin embargo identificar una perdiz, un arbusto de frambuesa
o una rosa si sólo conociéramos el paté de perdiz, el zumo de frambuesa y el
perfume de rosas? Pues esto sucede con la ciencia, esto pasa con todas las
cosas que asimilamos a través del intelecto y no de los sentidos; se nos
presentan elaboradas y transformadas, e ignoramos qué aspecto tienen en estado
crudo y desnudo.
La opinión es la cocina en la que se degüellan, despluman,
despedazan, guisan y condimentan todas las verdades. Nada escasea más que los
libros sin juicios, es decir, libros que contienen cosas y no meras opiniones.
Son muy pocos los escritores originales, y los mejores de ellos se diferencian
de los no tan buenos en mucha menor medida de lo que cabría esperar tras un
cotejo superficial. Uno se arrastra, el otro corre, uno cojea, otro baila, uno
va en coche y el otro cabalga hasta su meta; pero la meta y el camino son los
mismos para todos. Los pensamientos altos y novedosos sólo se conquistan en
soledad; pero ¿cómo se conquista la soledad? Uno puede huir de los hombres,
pero queda atrapado en el tumultuoso mercado de los libros; uno puede
desembarazarse de los libros, pero ¿cómo se saca de la cabeza todos los
conocimientos convencionales adquiridos en la escuela? Para lograr convertirse
en un ignorante es esencial practicar el bello y verdadero arte de educarse a
uno mismo; pero es éste un arte que se practica rara vez, y casi siempre con
suma torpeza. Así como por cada millón de personas hay apenas mil pensadores,
por cada mil pensadores sólo se halla uno que piensa por él mismo. Un pueblo es
como un puré al que sólo el cazo da forma; lo duro y sólido se encuentra
únicamente en la costra del fondo, en la capa más baja del pueblo; en el resto
sigue siendo puré, y aunque extraigamos una porción de él con una cuchara
dorada no por ello se convertirá la cucharada en algo distinto de lo que queda
en el cazo.
El verdadero afán científico no es un viaje de descubrimiento
colombino, es una odisea. El hombre nace en parajes extraños, vivir significa
buscar un hogar, y pensar es vivir. Pero la patria de los pensamientos es el
corazón; de esta fuente tiene que sacar el agua quien la quiera beber fresca;
el intelecto es una corriente que fluye, un río enturbiado por miles de
personas que se bañan en él, chapotean, se lavan y sumergen cáñamo en sus aguas.
El intelecto es el brazo; el corazón, la voluntad; la fuerza se puede entrenar,
desarrollar, pero ¿de qué sirve la fuerza sin el valor para utilizarla?
Reprimimos nuestros pensamientos por vergüenza y cobardía. Sobre ellos ejerce
más presión la censura de la opinión pública que la de la autoridad. Para ser
mejores de lo que son, a la mayoría de los escritores no les falta intelecto,
les falta carácter.
Esta carencia es consecuencia de la vanidad. El artista, el
escritor, quiere descollar sobre sus semejantes, pretende superarlos; pero para
superar a alguien se necesita primero situarse a su altura, para adelantarlo se
tiene que enfilar su mismo camino. De ahí que los buenos escritores tengan
tanto en común con los malos: el bueno lleva al malo dentro de sí, sólo que él
es algo más; el bueno va por el mismo camino que el malo, sólo que unos pasos
por delante. Quien atiende a su voz interior en vez de al vocerío que llega del
mercado, quien tiene el valor de divulgar aquello que le ha enseñado su corazón
resultará siempre original. La franqueza es el origen de toda genialidad, y los
hombres serían más lúcidos, más ingeniosos, si fueran más honestos. Y ya
estamos en las instrucciones de uso prometidas al principio. Tomen algunas
hojas de papel y escriban tres días consecutivos, sin falsedad ni hipocresía,
todo lo que se les pase por la cabeza. Consignen lo que piensan sobre ustedes
mismos, sobre su mujer, sobre la guerra turca, sobre Goethe, sobre el proceso
criminal de Fonk, sobre el juicio final, sobre sus jefes; y pasados los tres
días, se quedaran atónitos antes los nuevos pensamientos que han tenido.
En esto consiste el arte de convertirse en tres días en un escritor
original.