El Hombre Lagarto
Autor: David Poissant
Entro en el
garaje con un chirrido cuando está asomando el sol y veo a Cam en la escalera
de la casa, con su hijo Bobby. Cam está de pie. Es un hombre corpulento, pura
fibra y músculos gracias a una década de trabajo en el gremio de la construcción.
Tiene mangas de dragones verdes tatuados en los dos brazos, desde las axilas
hasta las muñecas. Dice que, si se mira de cerca, puede verse un par de mujeres
desnudas entre las escamas.
Cuando Crystal lo
dejó, Cam se quedó con el chico, lo cual muestra qué clase de madre era
Crystal. Cam es el único amigo que me queda. Cuando está sobrio es un santo, y hace
diez años que no prueba una gota de alcohol. Pone una mano sobre el hombro del
niño, pero Bobby se suelta y sale corriendo. Viene directo hacia la camioneta,
se agarra a mi pierna y la abraza con todo el cuerpo.
Empiezo a caminar
en dirección a Cam. Bobby rebota y ríe con cada paso que damos. Cam y yo nos
estrechamos la mano como si nada, pero su expresión lo dice todo.
–¿Otra vez turno
de noche? –dice.
Hecho un rollo
marrón, el delantal asoma de mi bolsillo delantero, y yo apesto a grasa de
cocina.
–Sí –digo.
No le dije a Cam que perdí los estribos y le grité a un cliente, que aparentemente algunas personas no saben qué significa «vuelta y vuelta», que mi decisión de trabajar en el turno de diez a seis es lo que me permite tener luz y agua en casa.
–Bobby –dice
Cam–, ve a jugar un rato, ¿sí?
Bobby suelta mi
pierna y mira a su padre, escéptico.
–No me obligues a
decírtelo dos veces –dice Cam.
El chico corre
hasta mi buzón, se tira en el césped, se cruza de piernas y frunce el ceño.
–Sigue caminando
–dice Cam, y Bobby lenta, deliberadamente, se pone de pie y camina rezongando
hacia su casa.
–¿Qué pasa?
–digo–. ¿Qué problema hay?
Cam sacude la
cabeza.
–Red ha muerto
–dice.
Red es el padre
de Cam.
«El hijo de puta
me daba unas tremendas palizas», dijo Cam una noche, hace tiempo, cuando los
dos bebíamos demasiado y nos contábamos historias tristes. Al cumplir dieciocho,
Cam se enroló en el ejército y fue a combatir en la primera guerra del Golfo.
La última vez que vio a su padre, el viejo estaba cruzando el jardín,
tambaleándose, borracho. «¡Vete de una buena vez!», le gritó. «Vete a morir por
tu país de mierda.»
Bobby nunca supo
que tenía un abuelo.
No sé si Cam se
siente molesto o aliviado y no sé qué decir. Cam debe haberse dado cuenta,
porque dice:
–Está bien, yo
estoy bien.
–¿Cómo fue?
–pregunto.
–Estaba bebiendo
–dice Cam–. El barman dijo que Red estaba riéndose y de golpe cayó de frente
sobre la barra. Cuando fueron a despertarlo ya estaba muerto.
–Guau –digo. Es
una estupidez decir «guau», pero estuve levantado toda la noche. Mi mano
todavía sostiene una invisible espátula de acero, tengo manteca debajo de las
uñas.
–Necesito que me
hagas un favor –dice Cam.
–Lo que sea
–digo. Cuando estuve en la cárcel, fue Cam el que pagó la fianza. Cuando mi
esposa y mi hijo se mudaron a Baton Rouge, fue Cam el que golpeó mi puerta, me hizo
levantar a la fuerza, tiró todas mis botellas en el jardín delantero, les
prendió fuego y me consiguió un trabajo en el restaurante de su amigo.
–Necesito que me
lleves a su casa –dice Cam.
–Bueno –digo.
Hace años que Cam no tiene coche. Muchos de los vecinos de la manzana no pueden
pagar postigos para protegerse de las tormentas, así que ni pensar en un coche.
Pero estamos en St. Petersburg, una ciudad para peatones, y el centro está a
sólo cinco minutos de caminata.
–Bueno, no te
apresures a decir que sí –dice Cam–. La casa de Red está en Lee.
–¿Lee, Florida?
Cam asiente. Lee
está cuatro horas al norte. Es una de las últimas ciudades sobre la
Interestatal 75 camino a Georgia.
–No hay problema
–digo–. Siempre y cuando esté de vuelta esta noche antes de las diez.
–¿Otra vez turno
de noche? –pregunta Cam.
Yo asiento.
–Bueno –dice–.
Vamos.
* * *
El año pasado
tiré a mi hijo por la ventana del comedor. No recuerdo con exactitud cómo
ocurrió. Recuerdo que entré en la habitación. Recuerdo que vi a Jack con la
boca pegada a la boca del otro chico, recuerdo sus manos moviéndose rápido en
la entrepierna del chico. Después me recuerdo de pie, en el jardín, mirándolo
desde arriba. Lynn salió corriendo de la casa a gritos. Vio a Jack y me dio una
cachetada. Me pegó puñetazos en los hombros y en el pecho. Arriba, desde el
marco de la ventana, el otro chico nos miraba temblando, abrazándose con sus
brazos flacos. Jack estaba tirado en el suelo. No se movía, excepto por el sube
y baja del pecho.
El panel de la
ventana se había roto impecablemente y no había rastros de sangre, sólo
esquirlas de vidrio desparramadas sobre las flores, pero Jack tenía un brazo
doblado debajo de la cabeza como si estuviera dormido y el codo fuera su almohada.
–Llama al 911 –le
gritó Lynn al chico.
–No –dije. Yo no entendía nada de lo que estaba pasando, pero sabía que no podíamos pagar una ambulancia–. Yo lo llevo.
–¡No! –gritó
Lynn–. ¡Lo vas a matar!
–No lo voy a
matar –dije–. Ven aquí.
Le hice un gesto
al chico, que sacudió la cabeza y retrocedió.
–Por favor –dije.
El chico pasó,
algo indeciso, por encima del borde filoso de la ventana. Plantó el pie en la
cornisa de ladrillo de la pared del frente y saltó los pocos metros que lo
separaban del suelo. Los vidrios rotos crujieron bajo sus zapatillas.
–Agárralo de los
tobillos –dije. Deslicé las manos bajo las axilas de Jack y entre los dos lo
levantamos. Uno de sus brazos se arrastraba por el suelo cuando lo llevamos al coche.
Lynn abrió la puerta trasera. Acostamos a Jack en el asiento y lo tapamos con una
manta. Hicimos lo que había que hacer, lo que uno ve que hacen en la televisión.
Algunos vecinos
habían salido a mirar. Los ignoramos.
–Necesito que me
acompañes –le dije al chico–. Cuando terminemos te llevo a tu casa. El chico
retorcía el dobladillo de la camisa con las dos manos. Tenía los ojos llenos de
lágrimas.
–No voy a
lastimarte, si es lo que estás pensando.
Salimos rumbo al
hospital. Lynn nos siguió en mi camioneta. El chico iba a mi lado en el asiento
del acompañante, el cuerpo pegado a la puerta, aferrando el cinturón de
seguridad con una mano a la altura de la cintura. Cada vez que pasábamos un
bache se daba la vuelta para mirar a Jack.
–¿Cómo te llamas?
–le pregunté.
–Alan –dijo.
–¿Cuántos años
tienes, Alan?
–Diecisiete.
–Diecisiete.
Diecisiete. ¿Y alguna vez estuviste con una mujer, Alan?
Alan me miró;
estaba más pálido que un muerto. Aferró con más fuerza todavía el cinturón de
seguridad.
–Es una pregunta
simple, Alan. Te estoy preguntando:
¿estuviste con
una mujer?
–No –dijo Alan –.
No, señor.
–¿Entonces cómo
sabes que eres gay?
Jack se revolvió
en el asiento de atrás. Gimió y se quedó callado. Alan lo miraba.
–Mírame, Alan
–dije–. Te hice una pregunta. Si nunca estuviste con una mujer, ¿entonces cómo
sabes que eres gay?
–No lo sé –dijo
Alan.
–¿Quieres decir que no sabes si eres gay o que no sabes cómo lo sabes?
–No sé cómo lo sé
–dijo Alan–. Pero lo sé.
Pasamos por la
panadería, el lavadero y el supermercado, y llegamos a los límites de la ciudad.
A lo lejos, la silueta del helicóptero en el tejado del hospital. A nuestras
espaldas, la persecución constante de la camioneta.
–¿Y tus padres
están enterados de esto? –le pregunté.
–Sí –dijo Alan.
–¿Y están de
acuerdo?
–En realidad, no.
–No. Apuesto a
que no, Alan. Te apuesto lo que quieras a que no están de acuerdo.
Miré por el
espejo retrovisor. Jack no había abierto los ojos, pero se había llevado una
mano a la sien. La otra mano, la que correspondía al brazo roto, yacía a un costado
de su cuerpo. Los dedos se movían, pero sin propósito; la mano se abría y se cerraba
con movimientos espasmódicos.
–Tengo una
pregunta más para hacerte, Alan –dije.
Alan parecía
estar a punto de vomitar. Tenía los ojos clavados en el camino sinuoso que se
abría delante de nosotros. Tenía miedo de mí. Miedo de mirar a Jack.
–¿Qué derecho
tienes a enseñarle a mi hijo a ser gay?
–¡Yo no se lo
enseñé! –dijo Alan–. Yo no lo soy.
–¿No eres?
¿Entonces cómo lo llamas? ¿Cómo llamas a lo que estabais haciendo? Lo que
hacíais en el sofá.
–Señor Lawson
–dijo Alan, y el tono de su voz cambió.
Y entonces sentí
que estaba hablando con otro hombre–.
Con el debido respeto,
señor, permítame decirle que fue Jack el que me buscó.
–Jack no es gay
–dije.
–Sí que lo es. Yo
lo sé. Jack lo sabe. Su esposa lo sabe, señor Lawson. No entiendo cómo usted no
lo sabe. No entiendo cómo no vio las señales.
Traté de imaginar
qué señales, pero no pude. No podía recordar nada que señalara que yo
terminaría allí, llevando a mi propio hijo al hospital con un traumatismo de
cráneo y un brazo roto. ¿Qué señal podría haber anticipado que, después de este
día, después de pasar dos meses en un motel y otros dos meses en la cárcel, la
que había sido mi esposa durante veinte años se divorciaría de mí porque, en
sus propias palabras, yo estaba «lleno de odio»?
Frené delante de
la puerta de urgencias y Alan me ayudó a sacar a Jack del coche. Una enfermera
corrió a nuestro encuentro empujando una silla de ruedas. Sentamos a Jack en la
silla y la enfermera se lo llevó rodando.
Llevé el coche al
estacionamiento y volví caminando a la entrada del hospital. Alan seguía de pie
en la acera, en el mismo lugar donde yo lo había dejado.
–¿Dónde está
Lynn? –dije.
–Dentro –dijo
Alan–. Jack está despierto.
–Bueno, voy a
entrar. Te sugiero que te vayas.
–Pero usted dijo
que me llevaría a casa.
–Lo lamento
–dije–. Cambié de opinión.
Alan se quedó
mirándome, mudo, haciendo gestos con las manos en el aire.
–Ah –dije–. Tengo
una señal para ti.
Levanté el pulgar
por encima del hombro y lo sacudí hacia atrás varias veces mientras entraba en
el hospital.
* * *
Despierto. Al
volante de mi camioneta, Cam conduce por caminos laterales llenos de baches
enormes como cráteres.
–Arriba, a brillar
–dice–. Bienvenido a Lee.
Es casi mediodía.
El sol resplandece en lo alto y la cabina de la camioneta es un horno. Me
limpio las legañas de los ojos y la baba de las comisuras de la boca. Cam mira el
camino con un ojo y con el otro estudia las direcciones que garabateó en tinta
negra en la parte de atrás de una caja de cereales. Nunca vio la casa donde su
padre pasó los últimos años.
Entramos por un
camino de tierra. La camioneta se sumerge en un gran bache lleno de agua y
emerge enseguida.
El camino está flanqueado por hileras de pinos. Sus agujas tiemblan cuando pasamos. Avanzamos siguiendo las curvas; casi no hay carteles. Cada pocos kilómetros pasamos por una entrada para coches, la casa metida entre los árboles y escondida de la vista. Es un lugar maldito. Y ya me dan ganas de irme.
–No sé dónde
carajo estamos –dice Cam.
Avanzamos un poco
más. Pienso en Bobby solo en la casa, pienso que Cam le dio seis VHS antes de
irnos.
–Cuando termines
de mirarlos todos –dijo–, nosotros ya estaremos de vuelta. Después puso la
primera película, una de Disney, y nos fuimos.
–Estará bien
–dijo Cam–. Ni siquiera se dará cuenta de que nos fuimos.
–Podríamos
traerlo con nosotros –dije. Pero Cam se negó.
–No sabemos con
qué nos vamos a encontrar –dijo.
Unos kilómetros
más adelante vemos a una niña de pie a un lado del camino. Cam detiene la
camioneta y baja el vidrio de la ventanilla. La niña da un paso adelante. Mira por
encima de su hombro, después nos mira. Está descalza tiene la cara manchada de
tierra. Lleva puesto un vestido marrón y un moño verde en el pelo. Tiene una
cuerda enroscada en la muñeca y en la punta de la cuerda flota un globo azul.
–Hola –dice Cam. Asoma la cabeza por la ventanilla con la mano extendida, pero la niña no la estrecha. Se queda mirando los brazos de Cam, los dragones enroscados.
Retrocede. –La estás asustando –digo.
Cam frunce el
ceño, pero vuelve a meter la cabeza en la cabina y apoya las manos en el
volante. Le sonríe a la niña con su sonrisa más cariñosa.
–¿Puedes decirnos
cómo llegar a Cherry Road? –dice.
–Sí –dice la
niña. Levanta el brazo y el globo flamea con el movimiento–. Es por allá –dice.
Y señala en la dirección de donde vinimos.
–¿Está muy lejos?
–pregunta Cam.
–No es el próximo
camino sino el siguiente. Es un callejón sin salida. Hay una sola casa.
Sacude la muñeca
y el globo le golpea el puño. Cam le muestra la caja de cereales.
–Es ahí –dice.
–Ah –dice la
niña. Y se queda callada un instante–. Van a visitar al Hombre Lagarto. Yo lo
vi. Lo vi una sola vez.
Cam me mira. Yo
me encojo de hombros. Los dos miramos a la niña.
–Bueno, gracias
–dice Cam. La niña le pega un tirón al globo. Cam da una vuelta en U y la niña
nos dice adiós con la mano.
–Linda niña
–digo.
Ponemos rumbo a
Cherry.
–Maldito
monstruito –dice Cam.
* * *
La casa está
oculta por los pinos y el jardín plagado de malezas altas hasta las rodillas.
Huellas de neumáticos indican la entrada. Flamencos de plástico motean el
jardín, los picos curvos asomando entre la hierba crecida, las patas de alambre
oxidado, los cuerpos de un rosa pálido.
El techo de la
casa está cubierto de agujas de pino y hay pilas de tejas donde alguien dejó un
parche a medio hacer. El piso del porche está hundido y la baranda podrida, los
tablones flojos. Clavo la uña en la madera blanda y entra sin dificultad.
Nuestra misión no
es clara. No hay cadáver que identificar ni papeles que firmar. No hay nada que
heredar y no habrá funeral. Pero yo sé por qué estamos aquí. Es la única manera
que tiene Cam de despedirse.
La puerta
delantera está cerrada con llave, pero bastan dos patadas para hacerla ceder.
–Aquí –dice Cam.
Toca la madera unos centímetros por debajo de la cerradura antes de romper la
puerta con el taco de la bota.
Dentro, la casa
espera el regreso de su dueño. La luz del vestíbulo está encendida. El
extractor de aire hace temblar la ventana sobre la pila de la cocina. El
empapelado sepia de las alacenas cuelga curvado como corteza de abeto, dejando
a la vista finos rastros de pegamento amarillo.
Escuchamos voces.
Cam me apoya una mano en el pecho y se lleva el índice a los labios. Se manotea
la cintura buscando un revólver que no existe. Ninguno de los dos se mueve
durante un minuto entero, y después Cam suelta una carcajada.
–Carajo –dice–.
Es un televisor –ulula. Se pasa la mano por el cabello–. Casi me cago encima
del susto.
Entramos en la
habitación principal. También está patas arriba, las pantallas de las lámparas
cubiertas por una gruesa capa de polvo, la mesa auxiliar bajo un mar de
periódicos y cartas sin abrir. Hay un sillón viejo de aspecto siniestro, los
brazos sostenidos en su lugar con cinta de embalar. Un resorte asoma desde el
almohadón, bañado en tétanos.
La excepción es
el televisor. Hermoso. Setenta y dos pulgadas de gloriosa pantalla.
–Mira esa imagen
–digo. Cam y yo retrocedemos para mirarla. El televisor está sintonizado en el
Canal Militar, una de las tantas extravagancias del cable. Bombarderos B-24
cruzan el cielo blanco y negro, las hélices tienen el tamaño de mi cabeza. Sobre
los altavoces hay una botella de Windex y un paño mugriento junto con varios
controles remotos de muchos botones. Cam agarra uno, lo examina, aprieta un
botón y el sonido sube. El zumbido de los motores de los aviones y el fuego
cruzado invade la habitación de un altavoz a otro. Pego un salto. Cam esboza una
sonrisa burlona.
–Nos lo llevamos
–dice–. Nos llevamos esta mierda.
Aprieta otro botón
y la imagen se reduce a un único punto blanco en el centro de la pantalla. El
punto se desvanece y muere.
–¡No! –dice Cam–.
¡No!
–¿Qué hiciste?
–digo.
–No sé. ¡No sé!
Cam sacude el
control remoto, agarra otro, presiona más botones, agarra un tercero, toca
todos los botones. El televisor zumba y rezumba y la imagen vuelve a la vida.
–Ahhhh –dice Cam.
Nos sentamos en
el sillón, esquivando el resorte. Vemos asoladas las playas de Normandía, vemos
cómo arrojan dos bombas y se gana la guerra. Estamos a mitad de camino de Vietnam
cuando Cam anuncia: «Voy a revisar su cuarto». No es una invitación. Cam
desaparece durante media hora. Cuando regresa tiene un aspecto terrible. Está
mortalmente pálido y tiene los ojos enrojecidos. Trae una caja de zapatos bajo
el brazo. No le pregunto nada y él tampoco dice nada.
–Carguemos el
televisor y vayámonos de aquí –dice–.
Voy a buscar la
camioneta. Oigo abrirse y cerrarse la puerta de vidrio a mis espaldas. Escucho
algo parecido a un grito. Después, la puerta vuelve a abrirse. Me doy la vuelta
y veo a Cam. Si antes tenía mal aspecto, ahora da miedo.
–¿Qué pasa?
–digo.
–Es enorme –dice
Cam–. En el patio de atrás.
–¿Qué? ¿Qué es
enorme en el patio de atrás?
–Gran. Puto.
Caimán.
* * *
Es un gran puto
caimán. Yo he visto caimanes antes, en el cine, en el zoológico, pero nunca tan
grandes y nunca tan de cerca. Nos quedamos mirándolo. No sabemos si es macho,
pero decidimos que lo es. Es enorme. Es una locura. También es la cosa más
triste que vi en mi vida. En el patio de atrás hay una jaula improvisada, un
óvalo de alambre tejido con techo de gallinero. Dentro, el caimán chapotea en
una vieja piscina de plástico para niños. El plástico de la piscina está
resquebrajado por el peso del caimán. Con medio cuerpo llena la piscina, el
vientre hundido en unos pocos centímetros de agua marrón espesa, las patas colgando
a los lados. La cola, del tamaño de un hombre, sigue la curva de la cerca de
alambre.
Cuando nos ve, el
caimán sisea y sus patas delanteras patalean en el aire. Abre las fauces
mostrando unos dientes amarillos y una garganta del color de la piel de un
pavo, pero del lado de dentro. Hay moscas y jejenes por todas partes. Algunos
entran volando por la boca abierta y aterrizan en los dientes del caimán. Otros
hormiguean en las llagas abiertas que tiene en el lomo.
–¿Qué carajo hace
aquí este bicho? –pregunta Cam.
–Red era el
Hombre Lagarto –digo–, aparentemente.
Miramos al
caimán. El caimán nos mira. Calibro la jaula y me pregunto si podrá darse la
vuelta de golpe.
–Parece aburrido
–dice Cam.
Y es verdad. El
caimán parece aburrido y enfermo. Cierra las fauces y sus ojos abiertos son lo
único que me recuerda que está vivo.
–No podemos
dejarlo aquí –dice Cam.
–Tendríamos que
llamar a alguien –digo.
¿Pero a quién
llamar? ¿Al gobierno? ¿A la protectora de animales?
–No –dice Cam–.
Lo matarían.
Cam tiene razón.
Ya lo vi más de una vez en el noticiario. Un tarado cría un caimán. El caimán
se escapa. Le han dado de comer en la boca y no le tiene miedo a los seres
humanos.
La noticia
siempre termina de la misma manera: «lamentablemente hubo que eliminar al
caimán».
–No veo que
tengamos otra opción –digo.
–Tenemos la
camioneta –dice Cam.
Mi boca dice que
no, pero mis ojos deben estar diciendo que sí, porque antes de que me dé cuenta
de lo que ocurre, estamos examinando la caja de la camioneta. Cam mide el ancho
con los brazos abiertos.
–No funcionará
–digo.
Cam me ignora.
Saca una lona azul del asiento de atrás y la desenrolla sobre el suelo, al lado
de la camioneta.
–No va a entrar
–digo.
–Sí que va a
entrar. Apretado, pero va a entrar.
–Cam –digo–. Un
momento. Espera un poco.
Cam se apoya
contra la camioneta. Me mira a los ojos.
–Supongamos que
conseguimos sacar al caimán de la jaula y subirlo a la camioneta. Supongamos
que logramos hacerlo sin perder ni un solo dedo. ¿A dónde lo llevamos?
Quiero decir,
¿qué mierda vamos a hacer, Cam? ¿Qué mierda vas a hacer con dos metros de
caimán vivito y coleando?
¿Y el televisor?
Pensé que querías llevarte el televisor.
–Carajo –dice
Cam–. Me olvidé del televisor.
Miramos la
camioneta. Levanto la vista. El cielo pasó del azul brillante al azul claro y el
sol desapareció tras un manto de nubes. En el suelo, una esquina de la lona
flamea con la brisa, guiñando una arandela dorada.
Cam baja la
cabeza, como con pesar.
–Tal vez podamos
poner el televisor en un rincón de la
caja –dice.
–Cam –digo–,
podemos llevarnos el caimán o podemos llevarnos el televisor, pero no las dos
cosas.
* * *
–Lo más difícil
será atarle el hocico con cable –decide Cam.
–Todo será
difícil –digo, pero Cam no está escuchando.
Encuentra un
trozo de costilla en el frigorífico de Red. Está podrido, pero al caimán no
parece importarle. Cam pone el trozo de carne cerca de la jaula y el caimán
sale de la piscina anadeando. Apoya sus orificios nasales contra el alambre
tejido. El olor rancio del caimán y el hedor a carne putrefacta me revuelven el
estómago y tengo arcadas.
–Si vomitas, te
mato –dice Cam.
Hemos arrasado el
garaje de Red. A nuestros pies, tenazas, un rollo de cable, cinta de embalar,
un pedazo de soga, otro de cuerda elástica, una docena de postes de madera, mi lona
y, sin que yo sepa muy bien por qué, una motosierra.
–Para protección
–dice Cam, empujando la vieja motosierra con el pie. La cadena está oxidada y
cuelga separada de la hoja.
Imagino a Cam
haciéndola funcionar, la cadena crujiendo, volando, aterrizando lejos en el
pastizal. Intento imaginar la lucha entre el hombre y la bestia, Cam aplastado
bajo doscientos cincuenta kilos de caimán, la cabeza de Cam en la boca del
caimán, Cam arrastrado en círculos por el patio, una confusión de extremidades
y gemidos. En todas las escenas la motosierra no sirve absolutamente para nada.
Cam tiene las
manos enfundadas en agarraderas para horno, situación que aceptó a regañadientes
cuando los guantes de boxeo que encontró, si bien ofrecían mayor protección, no
aportaban la habilidad de agarrar, levantar o sostener.
–Es una estupidez
–digo–. ¿Realmente vamos a hacer esto?
–Ya lo estamos
haciendo –dice Cam. Aleja una mosca de su cara con la mano enguantada.
La cerca de
alambre tejido cruje. Nos damos la vuelta y vemos al caimán empujándola con el
hocico. Resopla. Mira el trozo de costilla, abre y cierra las fauces. Es
sorprendentemente grande.
Cam estacionó la
camioneta en el patio trasero. Se quita los
guantes. Abre la caja dejando a la vista el fondo ancho y desnudo y empezamos a
clavar los postes en ángulo desde
el céped hasta la
puerta abatible. Colocamos encima los tablones y Cam los sujeta entre sí con
las cuerdas elásticas. Las tablas son largas, miden casi un metro: la física
está de nuestro lado. Tendríamos que poder arrastrar a la gran bestia rampa
arriba.
Volvemos a
prestarle atención al caimán, que ahora intenta embestir contra el alambre
tejido, salvo que no tiene capacidad de maniobra ni cómo tomar velocidad. Por
encima de su cabeza, a la altura de las rodillas, hay una compuerta de alambre
del tamaño de un puño cerrado con un candado con combinación. Con cada
embestida del caimán, el candado salta y golpea contra la compuerta. Con cada
embestida yo también salto.
–No puede salir
–dice Cam. Y agarra las tenazas.
–Imposible
saberlo –digo.
–Si pudiera, ¿no
te parece que ya lo habría hecho?
Cam mete la
tenaza en el grillete del candado, dobla las rodillas y se agacha. Aprieta con
fuerza y su cara se pone roja. Gruñe, se oye un chasquido y el candado cae al
suelo seguido por un movimiento rápido. Cam aúlla y cae. Las fauces abiertas del
caimán asoman a medias por el agujero. Lo único que veo son dientes.
–¡Hijo de puta!
–grita Cam.
–¿Estás bien?
–digo.
Cam levanta las
manos y mueve los diez dedos.
–Estoy bien –dice
Cam–. Estoy bien
Levanta el trozo
de costilla y se lo arroja al caimán. La carne aterriza sobre el hocico de la
bestia, queda allí colgando, y luego se desliza por un lado.
–No es un perro
–digo–. No lo va a agarrar en el aire.
Cam vuelve a ponerse
los guantes y lentamente agarra la carne que está sobre el césped a menos de un
metro de distancia de los dientes. De pronto la jaula parece menos sólida, no
parece un lugar del que el lagarto jamás podría escapar.
La jaula se
sacude, pero esta vez es por el viento que se ha levantado. Me pregunto si
habrá tormenta en St. Petersburg. Cam tendría que estar en su casa con Bobby y
estoy a punto de decírselo. Pero tiene la mirada fija. Está absolutamente
decidido a hacer lo que estamos haciendo.
–Voy a meterle la
carne en la boca y, cuando lo haga, quiero que le envuelvas las fauces con
cinta de embalar
–dice Cam.
–De ninguna
manera –digo–. No pienso poner mi mano al alcance de ese monstruo.
Y entonces ocurre
esto: mi hijo aparece en mi memoria y en mis pensamientos, el brazo colgando
laxo desde el codo. La enfermera pregunta qué pasó y él levanta la vista, dispuesto
a mentir por mí. Hay algo hermoso en la pausa
entre esa
pregunta y la siguiente. Luego siento la mano del oficial sobre mi hombro y
escucho: «¿Podría acompañarme afuera, por favor?». Oh, lo escuché más de cien
veces, nunca dejo de escucharlo. Es un susurro, es una condena a la cárcel.
Quiero recolocar
el codo en su lugar con mis propias manos. Quiero volver el tiempo atrás.
Quiero al Jack de cinco o diez años. Lo quiero enroscado sobre mis rodillas
como un perro. Lo quiero escribiendo en las paredes con un lápiz naranja y echándoles
la culpa a los ángeles que viven en el ático. Lo quiero antes de que su voz baje
dos octavas, antes de que aprenda a pararse con una mano en la cadera, antes de
que se sienta confundido.
Quiero a mi hijo
de vuelta.
–¡Vamos! –grita
Cam–. No te achiques ahora. En cuanto muerda la carne, envuélvele el hocico con
la cinta.
–Dame tus guantes
–digo.
–¡No!
–Dame los guantes
y lo hago.
–Pero con los
guantes puestos se te hará difícil usar la cinta.
–Confía en mí
–digo–. Sabré hacerlo.
Lo hacemos. Cam
sacude el pedazo de carne frente al hocico de la bestia hasta que muestra los
dientes. Las fauces atacan. Se oye un crujido antinatural cuando el hueso en
forma de T del trozo de carne se transforma en dos íes y luego en un montón de
puntos. Envuelvo el hocico con una buena cantidad de vueltas y corto la cinta debajo
de las fauces. Aplasto la cinta con las manos enguantadas. Después empiezo a
envolver el hocico como loco. Le doy más vueltas de cinta a la mandíbula. La
cinta se desenrolla en círculos como un gusano negro y chato. Cuando por fin
retrocedo, las fauces del caimán están herméticamente cerradas y mis manos
tiemblan.
–No puedo creerlo
–dice Cam–. No puedo creer que de verdad lo hiciste.
* * *
El caimán pesa
como la mierda. Lo sostenemos por la cabeza. Envolvemos con los brazos el
vigoroso pescuezo y las patas delanteras. Hundimos los dedos en los flancos
escamosos. Avanzamos de lado hacia la camioneta. La cola del caimán deja una
huella en el césped. Sus patas traseras se clavan en la tierra, pero no se
retuerce ni da azotes. No es un caimán saludable. Me detengo.
–Vamos –dice
Cam–. Ya casi llegamos.
–¿Qué estamos
haciendo? –digo.
–Metiendo un
caimán en tu camioneta –dice él–.
Vamos.
–Pero míralo
–digo.
Cam observa la
cabeza ancha y verde del caimán, las narinas orientadas hacia arriba y los ojos
como pelotas de ping-pong. Levanta la vista.
–No –le digo–.
Míralo de verdad.
–¿Qué? –se
impacienta Cam. Cambia el peso de lugar, domina mejor a la bestia–. No sé qué
quieres que vea.
–Ni siquiera
lucha contra nosotros. Está demasiado enfermo. Aunque lo dejáramos libre, ¿cómo
saber si sobrevivirá?
–Imposible
saberlo.
–Sí, imposible
saberlo. No sabemos de dónde vino. No sabemos a dónde llevarlo. ¿Y si lo
hubiera criado Red?
¿Cómo sobrevivirá
a la intemperie? ¿Cómo aprenderá a cazar y atrapar peces y demás?
Cam se encoge de
hombros y niega con la cabeza. –¿Entonces por qué? –pregunto–. ¿Por qué hacemos
esto?
Cam y yo nos
miramos a los ojos. Un minuto después bajo la vista. Mis brazos quedaron
debilitados por el peso del caimán. Me tiemblan las piernas. Seguimos adelante.
* * *
No le di a Jack
la oportunidad de mentir. Me declaré culpable de castigo físico en segundo
grado y dejé a todos los demás libres de culpa y cargo. Me dieron cuatro meses,
pero cumplí dos, más multas, más servicio comunitario. Si con eso hubiera
terminado todo, me habría salido barato.
Pero perdí a mi
familia. La última vez que vi a Jack estaba de pie junto al coche de su madre
mostrándole su nueva licencia de conducir a Alan. Estaban apoyados sobre el
capó como dos señoritas, pero se rieron como hombres al ver algo en la
matrícula: una errata. Peso: 1500. Los miré desde el umbral. Jack se mantenía a
distancia, daba un respingo cada vez que me acercaba.
Alan me había ayudado
a cargar los muebles. Con cada mueble, yo pensaba en el cuerpo de Jack. Cómo
colgaba entre nosotros esa tarde, cómo se balanceaba, cómo todo se parecía a
ese juego en el que dos amigos agarran a un tercero por las muñecas y los
tobillos y lo arrojan desde un puente a un lago.
Metimos todas las
posesiones de Jack y Lynn en el camión de mudanzas. Yo no sabía adónde iban. No
esperaba volver a verlos, pero revisando mapas y direcciones en una pila de
cosas de Lynn encontré escrita la dirección de su nueva vivienda en Baton
Rouge. Podía perdonar que Lynn no quisiera verme, pero no toleraba que se
llevara a mi hijo. Decidí que algún día iría a verlo, pero ese día parece cada
vez más lejano con cada tarde que pasa. ¿Y qué hará Jack cuando abra la puerta?
En mis sueños siempre es Jack el que abre la puerta. Yo abriría los brazos para
saludarlo.
Diría todo lo que
no dije hasta ahora.
Pero ese día fue
Alan quien le dijo a Jack que viniera a despedirse. Lynn esperaba en el camión
de mudanzas, lista para partir. Alan me señaló, discutió con Jack en voz baja.
Hasta que por fin
Jack empezó a caminar hacia mí. Yo no me moví del umbral y Jack se detuvo a
menos de un metro.
¿Qué puedo
decirles sobre mi hijo? Fue un niño hermoso, y viéndolo allí parado delante de
mis ojos vi que se había transformado en algo diferente: un hombre al que yo no
comprendía. La camiseta le quedaba demasiado ajustada y no llegaba a cubrirle
el ombligo. Una tira de vello marrón nacía en el ombligo y desaparecía bajo la
hebilla de plata del cinturón. Tenía las uñas pintadas de negro. Le habían
quitado el yeso y su brazo derecho era un nido de vello oscuro y rizado.
Yo quería
decirle: «quiero entenderte».
Quería decirle:
«haré lo que sea necesario para ganarme tu confianza».
Quería decirle: «te
quiero».
Pero nunca se lo
dije. No a Jack –sí, soy esa clase de hombre–; no podía soportar la idea de
decirle esas palabras por primera vez y que él no me dijera lo mismo.
Así que no dije
nada.
Jack extendió la
mano y nos saludamos como si fuéramos extraños.
Todavía siento la
infinitud del apretón de manos de Jack: la aceptación de las palmas juntas,
carne de mi carne.
* * *
La lluvia llega
en ráfagas y los limpiaparabrisas apenas pueden detenerla. Conduzco yo. Cam va
sentado a mi lado. Puso la caja de zapatos sobre el asiento, entre nosotros.
Apoya un brazo
protector sobre la tapa de la caja. El caimán intenta girar sobre sí mismo
tironeando de los postes en la parte de atrás. Antes de subir, ajustamos la
lona sobre la caja de la camioneta para ocultar de la vista nuestro cargamento,
pero no demasiado fuerte. Ahora la lona se comba bajo el peso del agua y
amenaza con ahogar al animal escondido debajo.
Cam mueve el dial
de la radio y alcanzamos a captar noticias entrecortadas sobre el tiempo antes
de que los altavoces entren en estática.
«...ahora elevado
a la categoría de tormenta tropical... por lo general indica la formación de un
huracán... la tormenta adquirirá mayor velocidad cuando pase por el golfo... se
espera que entre en la costa norte por la zona del brazo territorial... y al
sur por St. Petersburg...».
Cam apaga la
radio. La lluvia bombardea los vidrios, los negros destellos de los
limpiaparabrisas empujan con dificultad el agua.
No pregunto si
Bobby les tiene miedo a las tormentas. De niño yo les tenía miedo, pero Jack
no. Cada vez que había tormenta, Jack se paraba en la ventana y miraba las ramas
volando por las calles y los cables de luz caídos en las aceras. Sonreía y se
quedaba mirando hasta que Lynn lo sacaba de la ventana y todos nos metíamos en
el baño, envueltos en mantas, linterna en mano. Sólo entonces, acurrucado en la
oscuridad, Jack lloraba a veces.
–Tendríamos que
volver –digo–. Quizá se haya cortado la luz.
–Bobby es un
chico valiente –dice Cam–. Estará bien.
–Cam –le digo.
–Por si no lo
recuerdas, hay un caimán en la caja de tu camioneta.
No digo nada.
Pase lo que pase, Cam es el único responsable. «Nada de esto», me digo a mí
mismo, «es culpa tuya.»
Un trueno hace temblar
la camioneta. Un poco más adelante, un relámpago prende fuego a un poste de
teléfono. Una lluvia de chispas cae sobre la autopista. Coches y camiones
quedan cubiertos por una tenue capa de fuego.
Pero nadie se
detiene.
No tengo la menor
idea de adónde vamos, pero Cam dice que estamos cerca.
«Cam», pienso,
«después de esto, ya no te debo nada.
Cuando esto
termine, estaremos en paz».
–Si lo que te
preocupa es el trabajo –dice Cam–, hablaré con Mickey. Le diré lo de Red.
Comprenderá que llegues un poco tarde.
–Mickey es lo que
menos me preocupa ahora –digo.
No digo: «Mickey
me chupa un huevo». No digo: «Mickey y tú podéis iros al infierno».
–Mira –dice Cam–,
sé por qué estás haciendo el turno de noche. Mickey me contó que le gritaste a
un cliente.
Pero esto es otra
cosa. Él entenderá.
Reconozco inmediatamente
el dolor en la parte de atrás de la garganta. Cuando esté solo, únicamente un
milagro podrá impedir que me agarre a la botella.
–Toma la próxima
salida –dice Cam–. Cuando bajes, dobla a la derecha.
Conduzco la
camioneta rampa abajo hacia Grove Street. El agua acumulada se viene hacia
delante y desborda la lona. Las patas del caimán rascan la cubierta de plástico
de la caja.
–¿Dónde nos estás
llevando? –pregunto.
–A Havenbrook –dice.
Espero que Cam diga que es una broma. Pero Cam no está bromeando.
* * *
El lago más
grande bordea el campo de golf. Cam ya ha visto caimanes aquí antes, bestias
enormes que suben a la orilla a tomar el sol y asustan a los golfistas. Yo
nunca jugué al golf en mi vida y Cam tampoco, pero el año pasado Cam estuvo a
cargo del equipo que reparó el tejado de la sede del club después del huracán.
Recuerda el código de cinco dígitos, y todavía funciona. La reja de seguridad
se desliza sobre sus rieles y entramos por el camino pavimentado que utiliza el
personal de mantenimiento.
No hay nadie en
el campo. Los greens están sembrados de ramas arrancadas. Hay un carrito blanco
abandonado, caído de costado, cerca del hoyo quince.
Un relámpago cruza
el cielo. La lluvia cae en torrentes sobre el parabrisas y súbitas ráfagas de
viento sacuden la camioneta desde todos los flancos. Aferro con fuerza el
volante para no salirme del asfalto. Hasta Cam tiene los ojos muy abiertos, los
dedos enterrados en el almohadón del asiento. La caja de zapatos rebota entre
nosotros.
Llegamos al lago,
pero la costa está a medio campo de fútbol de distancia. El green está
empapado, espeso de agua, y el lago ya desborda sus orillas. Sé que nos
hundiremos en el lodo si una de las cuatro ruedas se desvía del asfalto, y sé
que si eso sucede jamás podremos sacar la camioneta de allí.
–No puedo llegar
a la orilla –le digo a Cam.
Tengo que gritar
para hacerme oír sobre el viento y la lluvia y los truenos ensordecedores.
Parece que el mundo se viene abajo.
–No podemos
seguir adelante.
Cam dice algo que
no alcanzo a escuchar y sale de la camioneta dando un portazo. Bajo de un salto
y el frío húmedo me golpea la cara. En cuestión de segundos quedo empapado, la
ropa me pesa. Lo único que oigo es el viento.
Me muevo como
bajo el agua.
En cuanto Cam
afloja la lona, el viento la atrapa e, inflándola, la hace subir al cielo como
un flameante paracaídas azul, directo hacia las copas de los árboles. Pero
queda enredada en las ramas y unos segundos después sólo se oye el flap-flap de
las esquinas sueltas de la lona azotadas por las ráfagas.
Cam me grita
algo. Sus dientes brillan bajo la luz intermitente de los relámpagos, pero el
viento ahoga sus palabras. Me doy unos golpecitos en la oreja y Cam asiente.
Camina hacia el caimán. Nos acercamos despacio a él. Espero que embista, pero el
animal yace inmóvil. Observo las fauces. Todavía están sujetas con cinta.
Comprendo que este será nuestro último desafío. Si el caimán huye de nosotros
antes de que retiremos la cinta, no podrá salvarse.
Mientras me
pregunto cuál de nosotros subirá a la caja, el caimán inicia su avanzada. Nos
apartamos de un salto para dejar pasar doscientos cincuenta kilos de reptil
desde la caja de la camioneta al green. La puerta cruje bajo el peso y queda
suelta como una puerta trampa en el aire, las bisagras vencidas. Ahora el caimán
está libre sobre el césped.
Nosotros no nos
movemos, él tampoco. Cam se acerca a mí. Improvisa un megáfono con las manos y
la boca, y se inclina para decirme algo al oído. El aliento caliente en mi cara
me sobresalta en medio del frío y la lluvia feroz.
–Creo que está
aturdido –grita Cam–. Es el momento justo para quitarle la cinta.
Asiento con la
cabeza. Estoy exhausto y ansioso, y sé que nos resultaría imposible arrastrar
el caimán hasta la orilla. Me pregunto si logrará llegar, si encontrará el
camino hasta el agua, o si la caída de la camioneta habrá sido el golpe mortal,
si mañana los encargados de la cancha encontrarán el cadáver de un caimán a
doscientos metros del lago. La noticia ocuparía la primera plana del St.
Petersburg Times. «Huracán mata caimán gigante.» Los empleados del club quedarían
pasmados.
–Móntate a
horcajadas sobre el pescuezo –grita Cam–.
Y aplástale la
cabeza contra el suelo. Yo trataré de sacarle la cinta.
–No –digo. Y
señalo mi pecho. Hago un círculo en el aire con la mano, como quien desenrolla
algo.
Cam se sorprende
al principio, pero asiente. Vuelve a apoyar sus manos sobre mi cara y me grita
al oído sus palabras calientes.
–Espera mi señal
–dice, pero lo aparto de un empujón. No espero ninguna señal. Sin pensarlo, ya
estoy en el suelo, de lado, con medio cuerpo hundido en el lodo y enterrando
las uñas en la cinta de embalar. Mis ojos están a pocos centímetros del ojo del
caimán. Parpadea sin parpadear; una membrana delgada y casi transparente se
desliza sobre el globo ocular, de atrás hacia adelante. Es algo digno de verse.
Un guiño cómplice. Lo veo y me siento a salvo.
Es más difícil
sacar la cinta de lo que fue ponerla. La lluvia la ablandó, el pegamento se puso
viscoso. Después de varias vueltas, mi puño pierde firmeza. Finalmente dejo que
la cinta me envuelva la mano como una serpiente. Sigo desenrollando y pronto mi
puño se transforma en una pelota de fruta oscura y pegajosa. El último pedazo
de cinta se desprende del hocico y ruedo apartándome del caimán. Me levanto del
suelo y Cam me tira hacia atrás. Me sostiene de pie. El caimán abre las fauces.
Abre muchísimo la boca y después la cierra de golpe. Y se va, se va,
zigzagueando hacia el agua.
Es rápido y
fuerte, y me alegra que haga frío y esté lloviendo para que Cam no vea las
lágrimas que surcan mis mejillas y no se dé cuenta de que tiemblo porque estoy llorando.
Cam me suelta y siento que me caigo, pero no, en realidad estoy corriendo.
¡Corriendo! Y me río y grito cosas y doy saltos. Pego puñetazos en el aire.
Grito: «¡Vete!
¡Corre!». Y justo
antes de que el caimán llegue al agua, tomo impulso y las yemas de mis dedos
rozan las últimas crestas y escamas de la cola que zigzaguea como látigo
delante de mí. El cielo es una confusión de relámpagos y alcanzo a ver ese
cuerpo gigantesco, torpe y sin gracia en tierra, deslizarse en el agua como
nació para hacerlo. El cuerpo enorme corta el agua, veloz y elegante y liso, y
el caimán desaparece de la vista, vuelve al mundo al que pertenece, nuevamente
a salvo en la quietud caliente del lodo y los peces y las cosas que no vemos y
que viven en la profunda, verde oscuridad.
* * *
Cam y yo hablamos
poco y nada en el viaje de regreso. La lluvia se ha transformado en llovizna
tenue y constante.
La cabina de la
camioneta está helada. Cam acerca las manos a las rejillas de ventilación para
capturar débiles y esporádicas corrientes de calor. Hicimos una buena acción,
dice
Cam, y yo estoy
de acuerdo. Pero ¿a costa de qué? Encendemos la radio, pero ahora la tormenta
se dirige al norte.
Los reporteros se
han trasladado a otras ciudades: Clearwater, Homosassa, Ocala.
–Fue una sola vez
–dice por fin Cam–. Hará unos quince años. Hablé con Red.
Esto sí que es
toda una novedad para mí. Sé que no se trata de una revelación menor.
–Yo lo llamé
–dice Cam–. Lo llamé y le dije: «¿Papá? Sólo quiero que sepas que tienes un
nieto que se llama Robert y que yo creo que debería conocer a su abuelo». ¿Y
sabes qué me dijo el muy miserable? Colgó. Lo único que me dijo
Red en veinte
años fue «Hola» cuando atendió el teléfono.
–Lo lamento
–digo.
–Si él me hubiera
dicho, si una sola vez me hubiera dicho que lo lamentaba, le habría perdonado
todo. Le habría perdonado incluso que me asesinara. Era mi padre. Le habría
perdonado todo.
Se frota las
manos vigorosamente para hacerlas entrar en calor.
–¿Sabes por qué
me hice todos estos malditos tatuajes?
–dice–. Para
disimular las cicatrices de la noche que Red me cortó con un cuchillo para
filetear pescado: pero yo lo habría perdonado si él hubiera dicho algo,
cualquier cosa, cuando atendió el teléfono.
Cam no tiembla ni
solloza ni estrella el puño contra el tablero, pero cuando desvío la mirada veo
su reflejo en la ventanilla, un nudillo en cada órbita ocular, y me arrepiento de
mi impaciencia, del enojo que he sentido durante toda la tarde.
–Pero lo intentaste
–le digo–. Al menos no pasarás el resto de tu vida con la duda.
Nos quedamos
callados un buen rato. La lluvia en el techo es como música ahora, y me
suaviza.
–Sabes, en el
golfo peleé junto a soldados gays –dice Cam, y casi hago salir la camioneta del
camino. Una rueda se desliza sobre el borde del asfalto y el espejo lateral
casi choca contra el guardarraíl cuando intento retomar la ruta.
–¡Diablos! –dice
Cam–. Sólo estoy diciendo que eran buenos tipos y que si Jack es gay no es el
fin del mundo.
–Jack está
confundido –digo–. No es gay.
–Bueno, sea gay o
no sea gay, lo que tú pienses o quieras o digas no cambiará nada.
–Cam –le digo–,
con todo respeto. Eso no es asunto tuyo.
–Ya lo sé –dice
Cam. Se endereza en el asiento y aferra la manija de la puerta cuando entramos
en nuestra calle–.
Lo único que te
digo es que no es demasiado tarde. Subimos por la entrada del garaje. Cam baja
de un salto antes de que estacione. El jardín es un caos de basura y ramas
rotas. El viento arrancó dos persianas del frente. El buzón está ladeado. Por
lo demás, todo parece estar en orden. Miro calle abajo y compruebo que mi casa
sigue en pie.
Cuando vuelvo a mirar
la casa de Cam, lo que veo me parte el corazón en mil pedazos. Veo a Cam
corriendo por el jardín. Veo a Bobby, las manos apretadas contra el ventanal.
Tiene la cara hinchada y enrojecida. Cam desaparece dentro de la casa y
enseguida aparece junto al niño; se pone de rodillas y lo abraza contra su
pecho.
Murmura las
palabras «lo siento, lo siento» una y otra vez. Bobby se desploma en sus
brazos, entierra la cabeza en el pecho de Cam, y mi amigo envuelve a su hijo en
dragones.
Me quedo
mirándolos. Permanecen así abrazados durante unos minutos, enmarcados por la
ventana y la casa y el cielo cada vez más oscuro. Los miro y después abro la caja
de zapatos y miro dentro.
No sé qué
esperaba encontrar, pero no era esto. Lo que encuentro son cartas, más de cien
cartas. A razón de una carta por mes durante aproximadamente diez años, todas sin
abrir. Todas fechadas y selladas «devolver al remitente»; la última enviada hace
una semana apenas. Todos los sobres escritos con la misma letra temblorosa.
Todas dirigidas a un mismo y único destinatario, Mr. Cameron Starnes, por un
mismo y único remitente: Red.
Y entonces sé que
no existió ninguna llamada telefónica, que Cam nunca perdonó nada, que jamás
volvió a acercarse hasta que el monstruo desapareció.
Miro las cartas y
sé en qué quiere impedir Cam que me transforme.
Salgo por donde
entré. Freno delante del buzón de Cam y guardo allí la caja de zapatos. Sana y
salva. Sigo calle abajo, hasta el final de la cuadra. Me detengo en el cartel
de stop. No sé si doblar a la derecha o a la izquierda. Finalmente me decido
por la interestatal. En el restaurante me espera un uniforme limpio y seco, y,
si me apresuro un poco, no llegaré tarde a trabajar. Pero no voy a trabajar. Son
diez horas en camioneta hasta Baton Rouge, pero lo haré en ocho. Llegaré a
primera hora de la mañana. Iré hacia el norte, siguiendo la tormenta. Conduciré
bajo la lluvia y el viento. Pasaré toda la noche al volante.