miércoles, 16 de marzo de 2022

El origen de la alegría y la literatura como un acto vital

 "El origen de la alegría es una declaración de principios escrita con las tripas, es un viaje desesperado a no se sabe dónde". 

Escribe Juan Lavagnino


Es difícil hablar de alguien tan cercano. Porque Pablo es cercano aunque no lo conozcas. No hace falta, alcanza con leerlo. Y eso me pasó a mí cuando descubrí su primer libro de cuentos y después salí corriendo a buscar sus primeras novelas, sentí que estaba leyendo a un amigo, porque eso son sus libros para nosotros los lectores. Amigos, compañeros, que nos traen historias reales, muchas veces historias duras, o tristes, pero donde siempre o casi siempre Pablo encuentra una belleza y la comparte, digo “casi” porque si no la encuentra la inventa para poder seguir, para que podamos seguir.

Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, dice “los libros que en realidad me gustan son esos que cuando terminás de leerlos te gustaría ser muy amigo del autor para poder llamarlo por teléfono” y agrega “no hay muchos libros de esos”. Bueno ahora hay un par más, porque los libros de Pablo son de esos libros. Cuando terminé de leer En 5 minutos levántate María, lo busqué en Facebook y le mandé un mensaje. Nunca me respondió. O en ese momento, no me respondió. Varios años después, cuando tuve la suerte de poder empezar el taller, una noche le comenté que le había enviado un mensaje cuando terminé su libro. Me dijo que se acordaba, y yo no sé si era así, él, que recibe mensajes todo el tiempo –porque lo que me pasó a mí le debe pasar a la mayoría–, “me acuerdo” me dijo, y me hizo sentir bien.

Entonces cuando sale un libro nuevo de Pablo Ramos se parece un poco a esa sensación de cuando viene un amigo que querés mucho y te ponés contento, porque te vas a reír y es probable que en una de esas también llores, porque tu amigo trae historias de todo tipo, pero seguramente antes de despedirse va a hacerte volver a sonreír. Como me pasó con esta novela, que me hizo reír mucho, a pesar de todo el dolor que encierra esa noche tan oscura, uno al final comprende qué fue todo ese viaje delirante de Gabriel por la ruta, después de lo peor que puede pasarle a alguien, algo tan horrible que ni siquiera se puede nombrar. Y sin embargo, y gracias a Dios, hay un viaje delirante en limusina, hay libro nuevo, hay literatura (de la que dan ganas de llamar por teléfono), como la que hace Pablo Ramos, y gracias a ella y por ella, hay vida, y por ella vale la pena.

El origen de la alegría es una declaración de principios escrita con las tripas, es un viaje desesperado a no se sabe dónde, es sobre todo, y a pesar de todo, el impulso de un acto vital. Con esta novela Pablo hizo carne –o hizo libro–, la frase final del Innombrable de Beckett: “Hay que seguir. No puedo seguir. Voy a seguir”.

lunes, 14 de marzo de 2022

El origen de la alegría y la lectura como mirar al abismo, por Damián Marrapodi

Escribe Damián Marrapodi  / Foto Nora Lezano



Lo primero que leí de Pablo fue su cuento “Cuando lo peor haya pasado”, que arranca con la siguiente frase: “Todo comienza bien”. Si todo comienza bien, no me imagino cómo va a terminar, me dije. Y seguí leyendo. A los pocos párrafos ya estaba metido de lleno en el universo que narra, donde se condensa, creo, gran parte de su literatura. Cuando terminé de leer pensé “a este tipo le dolió escribir esto”. También me dije “así es como hay que escribir”. No tenía muy claro a qué me refería con eso, pero más tarde lo supe: un día, en su casa, Pablo sacó de un cajón una pila de hojas. Habría más de cien: “Es el borrador del primer capítulo mi nueva novela, todavía no lo terminé” -dijo.

Conozco a Pablo como lector, como amigo y como tallerista. Si hay un denominador común a estos tres aspectos, es decir, al escritor, al amigo y al maestro, es su generosidad. Porque Pablo no se guarda nada. El lector lo sabe y también lo sabe Alfredo, cuando en “El origen de la alegría”, le dice a Gabriel: el que guarda nunca tiene.

En sus talleres nos enseñó algo que él había aprendido y atesorado hacía tiempo atrás: que no se corrige texto, se corrige persona. Eso me hizo sentir alivio. Fue también en sus talleres que me dio algo que creo de mucho valor y es la fe en las palabras y la posibilidad de ordenar las cosas de alguna manera.

Más de una vez lo escuché decir, decirme a mí, decirle a otro compañero: “ojo, tené cuidado con esto, detenete acá y reflexioná, no te lo digo como profesor, qué me importa la literatura, te lo digo como amigo”.

Como lector puedo decir que nadie atraviesa una novela de Pablo Ramos y sale de la misma manera en la que entró. En el medio pasa algo que no sé cómo explicar, es como si alguien te llevara de la mano para mostrarte desde un puente, un abismo; para luego acompañarte de nuevo hacia la orilla.

De manera inversa a ese “Todo comienza bien” de “Cuando lo peor haya pasado”, en “El origen de la alegría” se parte desde de un caos. Y ese viaje en limusina que parece a priori del todo azaroso, sin rumbo cierto, se transforma en otra cosa; en un viaje que el lector entiende que es así y que no podría haber sido de otra manera; porque hay ternura, porque hay piedad y porque también hay belleza.

Le debo mucho a Pablo, le debo cosas que sé que no puedo pagarle -además de alguna que otra cuota-; pero si hoy mi mundo es más amplio, es decir, si mi capacidad de amar tiene la posibilidad de ser más grande que antes, eso es gracias a Pablo Ramos. Y si el mundo de un lector al terminar de leer “El origen de la alegría” es más grande, eso es también gracias a Pablo Ramos, claro.