viernes, 18 de febrero de 2022

Sobre la literatura de Pablo Ramos, por Sebastián Ronchetti


Escribe Sebastián Ronchetti*




Cuando presentamos en este mismo lugar hace dos años Amor no Roma mi amor, leí un texto que hablaba sobre el libro de Pablo y sobre lo que Pablo significaba para mi, no voy a repetir ese texto, pero si quería retomar una idea y es aquella de como un libro te puede cambiar la vida. Y en mi caso fue El origen de la tristeza. Había alguien, un escritor que era del barrio, que había ido a mi escuela, que hablaba del viaducto, de Arsenal, de la Saladita.... pero igualmente no era eso lo que me pasaba, no era el color local, la empatía, la identificación lo que me había modificado para siempre, era saber que los que venimos de acá nomás, de estás calles del sur, de estos barrios del conurbano, de una casa de chapa o de un monoblock podemos escribir y que nuestras historias pueden ser universales y atravesarnos. Toda una revelación para alguien que además había abrazado la literatura desde niño como yo.

Claro, y el que escribía era Pablo Ramos además. Un escritor de una potencia inaudita, un rayo que hace casi 20 años pegó en el corazón de la literatura argentina y provocó un temblor. Quiero que imaginen la emoción que siento en este momento, desde que Pablo me convocó casi no puedo dormir. Recordemos el día y la hora, más o menos, como podamos, ya se sabe, cada uno lo contará distinto pero en fin es 4 de diciembre de 2021, alrededor de las 19hs y llegó, acá está, El origen de la alegría, la novela que completa la tetralogía de Pablo Ramos.

¿Cuántas vidas cambiará también este libro?

Por lo pronto, me animo a decir q la de Pablo o por lo menos la de Gabriel Reyes el personaje que nos viene acompañando todos estos años.

En su ensayo Moverse hacia la ternura, Pablo escribió lo siguiente:

Si podemos hablar ¿por qué entonces escribir? ¿Qué sentido tiene hacerlo? ¿Qué es, en definitiva, lo que una persona que escribe habitualmente, o sea, un escritor, persigue al sentarse horas y horas frente a una máquina de escribir? ¿Dinero, fama, gloria?, no creo, eso es para pocos, y en todo caso eso viene después.

¿Qué es lo que descubre un escritor cuando descubre que va a ser escritor? ¿Qué nombre propio le puso a ese sentimiento que tiene atornillado a la glotis? Ese que, al mismo tiempo de ser descubierto, promete una herramienta para la extirpación y susurra al oído que, pase lo que pase, digan lo que digan (tus ex mujeres, tus ex suegras, tu propia madre, tu propio padre, tus hijos) tienes que escribir, tienes que escribir, tienes que escribir. Ese sentimiento es la impotencia.

De la impotencia, de la imposibilidad de comunicarse con el mundo y en especial con el mundo cercano, con esos seres queridos que si no se están yendo su permanencia en nuestras vidas pende de un hilo. Del terror que sentimos frente a la inminente ruptura de ese hilo, y de la impotencia, también, que nos genera ese terror, porque pese a amar, pese a necesitar, pese a ser necesitados no somos capaces ni siquiera de saber “de qué hablamos cuando hablamos de amor”

No leí la nueva novela en su versión editada, pero tuve el privilegio de leer algunos borradores el año pasado y creo que en estos 2 párrafos del ensayo ya está la clave que la prefigura , ese hilo se rompió de forma inesperada, temprana y dolorosa y Gabriel inició un viaje que finalmente lo llevará a un descubrimiento, al descubrimiento de la escritura, y también a moverse pero curiosamente hacia el mismo lugar, acá cerca en sarandí, en este Aleph del conurbano, donde en el mismo punto va a encontrar el origen de la tristeza y el origen de la alegría, Pablo dice también en Hasta que puedas quererte solo:

“La Ternura es el hecho estético por excelencia, porque es la inminencia de una revelación que no se produce y que tal vez nunca se produzca. Lo más probable es que jamás lleguemos a la Ternura, claro, eso sería llegar a ser Dios. Pero no se trata de llegar a ella sino de ‘moverse hacia ella’: hacia el otro”

Y lo decía Santa Teresa: Las palabras (¿serán las palabras de Alfredo en El origen de la alegría, será la escritura?) llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la mueven hacia la ternura.

Se cierra esta tetralogía (o pentalogía si incluimos El Sueño de los murciélagos) y no puedo dejar de pensar en esta frase de La Ley de la ferocidad, en este imperativo paterno: “Alguna vez vas a escribir la historia de tu familia”. Y acá está todo, aquel Gabriel preadolescente que va dejando de ser niño a partir del dolor en El origen de la tristeza; el Gabriel adulto, que construye el relato alrededor de los tres días del velatorio de su padre en La ley y la historia de Gabriel desde la primera persona de la madre en María y ahora este Gabriel que ante el mayor dolor de su vida encontrará en todo eso la posibilidad de la alegría, de la ternura y por qué no de la salvación.

Y está Pablo escritor también, con ese imperativo y con esa responsabilidad de saber lo que debe escribir y lo que no, que lo convierte en un escritor moral como ha dicho muchas veces. La aventura de los personajes es física y moral también ha repetido otras tantas.

Pablo y sus mitologías. Gabriel y sus mitologías.

Y, claro, como dijimos antes, toda mitología se vuelve universal.

Quiero decir también con todo este recorrido que Pablo ha sido íntegro y leal una vez más a su manera de pensar la escritura, ese escribir desde las fibras más íntimas para encontrar aquella verdad literaria que se plasmará en el papel, donde pereciera decir, como nuestro querido Salmón, que la honestidad no es una virtud sino una obligación.

Y de nuevo es el propio Pablo el que ya lo dijo, justamente en un poema llamado Hacia Vero:

Ni siquiera importa el pan

Ni el vino

Ni el pedazo de carne que pongas

Adentro del sándwich

Lo que importa es otra cosa

Un condimento que no abunda

Lo que importa es la integridad

Y la lealtad.

Gracias Pablo. Te estábamos esperando.


*Texto leído por el autor en la presentación del Origen de la Alegría 4 de diciembre en el Centro Municipal de Arte.


Palabras a mi maestro, por Irene Kleiner

 

Escribe Irene Kleiner


 

Siempre supe que iba a escribir sobre ese primer día en que llegué a la casa de Pablo Ramos; mi primer día de taller. Estaba nerviosa, claro, yo apenas me asomaba a la posibilidad de escribir; estaba dando más que primerísimos pasos  y no tenía la ventaja de la juventud que todo promete, a la que se le pueden perdonar las tonterías. No tenía idea de cómo había surgido en mí ese deseo, hoy puedo nombrarlo así, pero en ese momento ni siquiera lo percibía como tal, es más, creo que había hecho lo posible por no enterarme de su latido silencioso.

Había conocido a Pablo casi de casualidad, en una charla sobre El origen de la tristeza. Hoy no me acuerdo casi nada de lo que habló ese día, lo que sí recuerdo fue su posición, el lugar desde donde dijo lo que nos dijo. Honestidad pura: sus miedos, sus fracasos, sus fantasmas, pero no los pasados, porque cualquiera habla de esas debilidades que gracias a vaya a saber qué, pudo dejar atrás. No, el escritor Pablo Ramos, a quien admirábamos los que habíamos leído su libro, el editado, el que había obtenido premios, no tenía respuestas, no quería explicarnos nada; tan solo venía a mostrarnos las mordeduras de sus perros rabiosos, como él las llama. Esa tarde se abrió ante nosotros en su enorme humanidad.

Vuelvo entonces a mi primer día, frente a la puerta de una casa antigua de La Paternal. Era casi diciembre, y yo le había escrito un mail diciéndole que quería empezar a asistir a su taller. ¿Qué era lo que yo suponía? Que me iba a decir que me esperaba al regreso de las vacaciones, que empezábamos después del verano, o algo parecido. “Vení el jueves” me contestó. En ese primer gesto, en algo tan simple que podía parecer un detalle, yo acusé el impacto: “no estamos en el colegio, ni en la Facultad, querida, esto no es la formalidad de un calendario académico, esto es otra cosa, si querés escribir, si sentís el ronroneo zumbándote en la cabeza o en alguna otra parte del cuerpo, ¿de qué vacaciones me hablás? ¿A quién le importa en qué mes estamos?” Eso que nadie pronunció significó para mí darme cuenta de que estaba entrando a algo diferente a lo que estaba acostumbrada, a cómo yo pensaba las cosas, tan ordenadas, organizadas, con planes ciertos.

Cuando se abrió la puerta, Ramos no estaba, todavía no había vuelto del gimnasio (en esa época iba al gimnasio). Me recibieron sus alumnos que iban y venían por todos lados como si fueran los dueños de casa, me hicieron pasar, y ahí se abrió un escenario que por supuesto no era el que imaginaba, aunque no sé si imaginaba algo, pero lo cierto es que pasé a un living abarrotado de cosas, un colchón en el piso, comida, no recuerdo si en esa época había perros, creo que sí, pero ahí ya se me mezcla con la casa de ahora en la que siempre hay perros y algún gato que deja un alumno y nunca más viene a buscar;  esa casa en la que, de solo entrar, uno siente que ingresó a un lugar sagrado donde se respira literatura. Lo que sí recuerdo es que se entreabrió una puerta en ese ir y venir de los alumnos, una puerta que ya no existe, porque Pablo reformó su casa, y pude ver a una chica con el torso desnudo, de espaldas, a quien otra chica (que me dijeron, era la novia de Pablo), le estaba haciendo masajes. Todo era lo más natural para todos. “Ya estoy acá, pensaba”, con esa sensación de ser la nueva, la chica que tuvo que cambiar de colegio en séptimo grado; no sabía dónde parame o sentarme. Alguien me convidó un mate.

Cuando llegó Pablo nos acomodamos en el patio; me hizo presentar y me explicó cómo funcionaba el taller: reglas muy claras, imprescindibles para que funcione lo que yo llamo “el método Ramos”, no sé si él habló de método,  pero yo les aseguro que lo tiene, y que sus resultados son sorprendentes, claro que para eso no es solo cuestión de método, hay que abandonar unos pedazos de tierra firme y estar dispuesto a hundirse en aguas profundas, aun sin saber nadar.

En esa casa, que terminé queriendo, con sus cosas tiradas, los platos apilados en la pileta de la cocina, o sin gas porque ya no se podía pagar, pero siempre con un calefactor eléctrico que Pablo ponía cerquita de las que somos friolentas, aprendí que hay ciertos desórdenes y caos necesarios, que eso no se contrapone a lo serio, a lo riguroso ni a la precisión. En eso Ramos es inflexible, te lleva a lo máximo de tus posibilidades, a lo mejor que podés dar; a que escribas lo que tenés que escribir, eso que uno a veces desconoce de uno mismo y él, con una capacidad increíble, escucha más allá de tus palabras.  Siempre le digo que sería un gran psicoanalista, porque sabe leer en todas las líneas del pentagrama de lo que uno dice. Sus devoluciones, las correcciones de Ramos, no terminan en el texto de la hoja A4 que todos llevamos impresa, él escuchó desde lo primero que dijiste cuando llegaste, lo que le contaste que te pasó con una amiga o con tu hijo, o una anécdota al pasar, todo forma parte de todo porque la literatura no está separada de nuestras vidas y en eso, Pablo Ramos es una de las personas más coherentes y sinceras que conozco.

Tal vez por eso, algunos no pueden atravesar ese puente inestable que cruje sobre un río de aguas peligrosas, porque contra cualquier estética, él propone y sostiene una ética.

El libro que hoy celebramos, es una clara puesta en acto de esa honestidad; de una verdad que a veces es descarnada, pero a la que Ramos no le teme. Porque Pablo Ramos no mide,  se desnuda y lo hace con el pudor de su dignidad moral, porque es aceptando lo más oscuro que nos habita que se hace posible una escritura verdadera, esa que él derrama tan visceral como poética.

Encontré en los diarios de Abelardo Castillo unas palabras que bien podrían ser de Ramos: “No he venido al mundo para salvar a nadie, ni siquiera a mí mismo. Lo único que puedo hacer es buscar implacablemente una verdad que a veces vislumbro. Eso sí acaso le sirva a alguno”. Vaya si nos ha servido a tantos, querido Pablo; en lo que a mí respecta, el agradecimiento es infinito.