lunes, 27 de septiembre de 2021

Autobiografía de un viajante, por John Cheever




Escribe John Cheever*

Nací en Boston en 1869, en una familia de maestros de escuela y capitanes de barco que había vivido en Boston desde antes de lo que alguien pudiera recordar. Éramos pobres y mi madre viuda regentaba una casa de huéspedes. Mi otro hermano y mi hermana trabajaban, y yo me preparaba para empezar a trabajar tan pronto como terminara la escuela secundaria. Decidí entrar en el negocio del calzado y ser viajante de comercio. Quería ser viajante de comercio como otros quieren ser doctores o generales o presidentes.

Cuando tenía doce años dejé la escuela y conseguí un empleo como cadete en una firma importante que fabricaba botas y zapatos. Durante el primer año mi salario fue de cien dólares. Luego me promovieron a dependiente y pasé a ganar doscientos dólares al año. No era fácil conseguir empleo por ese entonces y tuve que trabajar duro para conservar el mío. Cuando iba al trabajo las calles estaban vacías, y cuando regresaba a casa, vacías y oscuras. Por fin se me dio la oportunidad de aprender el otro extremo del negocio, el de la construcción, en una fábrica de calzado en Lynn. Fui a vivir allí en una casa de pensión y aprendí cómo se hacen los zapatos. 

Todavía sé cómo fabricar un zapato. Puedo decir el precio y a veces incluso el fabricante de casi todos los pares de zapatos que veo; aunque en ocasiones me enferma mirarlos, tan mal hechos están. En fin, trabajé allí por cinco años, y en 1891 mi salario se había elevado a setecientos dólares. Ese fue el año en que me dieron mi primera oportunidad de vender en la calle.

No lo olvidaré nunca mientras viva. Tomé un tren de Boston a Nueva York y otro desde Nueva York hasta Baltimore. Me gusta viajar en tren. (Cada vez que he pasado unas vacaciones en el campo, caminaba todos los días hasta la estación para ver pasar el único tren de la jornada). 

Tenía un traje nuevo y una nueva bolsa de viaje y una valija de muestras y un par de zapatos nuevos. Qué infierno cómo dolían esos zapatos. Nunca más he viajado con zapatos nuevos desde entonces. Mi billetera rebosaba de dinero para gastos. El dinero también me gusta. Cada vez que tengo dinero en el bolsillo y cada vez que tomo un tren para otra ciudad, parece como si mi vida estuviese comenzando otra vez. Cuando subí a aquel tren me parecía que mi vida estaba comenzando.

Esa vez fui a Baltimore, como dije. Llegué a Baltimore al final de la tarde. Tomé una sala de muestras en el hotel Carrollton. En la habitación había agua corriente pero no había baño. La tarifa era de cuatro dólares al día, incluyendo cuatro abundantes comidas, si uno las quería. 

El hombre que recibía tu sombrero en la entrada del comedor, me acuerdo, jamás te daba un ticket, pero siempre le devolvía el sombrero correcto a cada pasajero. Una propina de diez centavos era más que suficiente. Los camareros eran corteses y tenían un aire distinguido. El comedor se encontraba en el segundo piso. Me quedé dos días e hice lo suficiente para cubrir mis gastos y mi salario por poco menos que el costo de venta que había estimado la oficina central. Cuando volví, mi jefe me felicitó.

Ese fue mi primer éxito y el comienzo de una serie de éxitos. Mi madre había muerto ya y mi hermano y mi hermana estaban casados. No vi mucho a mi madre al final de su vida y siempre lo he lamentado. No tenía mucho interés en saber lo que hacían mi hermano y mi hermana. Tenía mi propia vida. Eso me mantenía ocupado todo el tiempo. Cada cartel que miraba y cada forma y color que veía y hasta la lluvia y la nieve me hacían pensar en argumentos de venta y en zapatos. Trabajé con esa firma hasta 1894 y luego tuve una mejor oferta en Syracuse, así que para allá me fui. Estaba embolsando tres mil dólares al año, en ese entonces. Siempre viajé en los trenes más rápidos y me hacía cortar la ropa por un buen sastre y me quedaba en hoteles caros. Tenía un montón de amigos y muchas mujeres. El tiempo pasaba rápidamente. Mi salario se incrementaba en mil dólares cada año.

Aquellos años en el camino fueron los mejores y parecía que nunca iban a terminar. Con frecuencia vendía dos cajas de zapatos en lo que me tomaba un vaso de whisky. La mitad del tiempo no sabía qué hacer con el dinero. Era exitoso. Era más exitoso de lo que jamás había imaginado que podría ser; incluso cuando tenía doce años. Pasé todos esos años en trenes y clubes nocturnos y hoteles. Periódicamente mi zona cambiaba, de manera que en un momento u otro cubrí cada sección de los Estados Unidos. Conozco bien los Estados Unidos y amo este país. Incluso hoy puedo recitar cientos de nombres de ciudades como si fueran nombres de mujeres, y conozco los hoteles y los horarios y hasta el humo de los trenes tiene un dulce aroma para mí.

Tenía diez trajes y veinte pares de zapatos y dos veleros, que guardaba en Boston y en los que salía a navegar cada vez que estaba en la ciudad. Apostaba a los caballos en todos los grandes hipódromos y jugaba al solitario en Canfield, y a los dados y a la ruleta. Era masón y socio honorario de los Elks y tenía dos grandes primas de seguro.

Mi récord de ventas variaba según cambiaban las condiciones, pero mis ingresos se mantenían cerca de los diez mil. Bajaba en algunas temporadas y subía en otras. Sequías, fuertes lluvias, modas, muertes, peleas entre socios, todo tenía sus efectos en el negocio, pero básicamente era el mismo negocio que había estado aprendiendo desde que tenía doce años. Si perdías un cliente siempre podías ganar otro. Los míos eran compradores individuales que trabajaban para firmas individuales. Los zapatos que yo vendía eran hermosos y caros. Además, el negocio tenía temporadas de alza porque los hombres usaban botas en invierno y zapatos Oxford en verano, y nadie usaba nunca zapatos Oxford en invierno. Si alguno lo hacía estaba loco.

En 1925 mi salario comenzó a bajar, pasó de diez mil a ocho mil. En esa época estaba trabajando para una firma en Rockland y tenía mi cuartel general en el hotel Statler de Detroit. Al final de aquel año, la firma abandonó el negocio. Empezaba a hacerse sentir la tendencia de moda hacia los zapatos baratos. Fueron prudentes al retirarse cuando lo hicieron, en lugar de quedarse esperando como los idiotas que fuimos los demás.

A comienzos del año siguiente empecé a viajar para una firma de Lynn, pero marcharon a la quiebra cuando apenas había estado con ellos nueve meses. Todos los hombres sensatos cambiaban de ramo y se olvidaban del asunto. Pero yo no podía cambiar de ramo y olvidarme del asunto. Tenía cincuenta y siete años. Estaba envejeciendo. No sabía de otra cosa que de trenes, hoteles y zapatos.

Después de eso traté de encontrar otra firma que fabricara la clase de zapatos que estaba acostumbrado a manejar, pero no la encontré. Todas estaban liquidando o a punto de irse a la quiebra. Finalmente salí a vender zapatos baratos para una firma de Weymouth, Massachusetts. 

Era la primera vez en mi vida que vendía zapatos mediocres y odiaba tener que hacerlo. Tenías que vender mil pares para recaudar lo que en los viejos tiempos hacías con cien. Mis ventas apenas si cubrían mi comisión, mi salario y los gastos. Trabajé duro y vendí montones de zapatos, pero no lograba sacarles ninguna utilidad. Era como tratar de parar la lluvia con las manos. En esos últimos años nunca ganaba más de tres mil dólares.

Después de eso, todos mis viajes cerraban en rojo. Los métodos para hacer negocios habían cambiado más rápido de lo que yo podía cambiar. Las cadenas de zapaterías y las zapaterías manejadas directamente por los fabricantes desplazaron a los pequeños comercios. 

Los zapatos baratos desplazaron a los caros. Los boletos de tren aumentaban y no es que las tarifas de hotel bajaran precisamente. El puñado de distribuidores independientes que quedaban no compraban lo suficiente para pagar los gastos de venta. Vivir al minuto, así lo llamábamos.

Para mi cumpleaños número sesenta y dos me encontré sin trabajo. No he vuelto a trabajar desde entonces. Me estoy poniendo viejo. Mi póliza de seguro caducó. Se me acabó el dinero. Mi hermano y mi hermana han muerto. Mis amigos murieron. El mundo en el que sabía cómo moverme, cómo hablar y cómo ganarme la vida ha desaparecido. El ruido del tráfico bajo la ventana de esta habitación amoblada no hace otra cosa que recordármelo.

Hemos sido olvidados. Todo lo que sabemos no sirve para nada. Pero cuando pienso en mis tiempos por los caminos y en lo que hacía y en lo que ha sido de mí, rara vez pienso en todo eso con amargura. Hemos sido olvidados como viejas guías telefónicas o como almanaques viejos o como la luz de gas o esas grandes casas amarillas con cornisas y cúpulas que construían antes. Eso es todo. Aunque a veces me siento como si mi vida hubiese sido un fracaso total. Lo siento a veces por la mañana, mientras me estoy afeitando. Me pongo enfermo, como si hubiese comido algo que no me cayera bien, y tengo que bajar la navaja y sostenerme de la pared.

Este cuento fue publicado en  el libro Fall River. Trece cuentos no reunidos. 


La Ciudad de la Luz: entre dos rutas o villa hermosa, por Pablo Ramos





Escribe Pablo Ramos*

Lo que está en el medio es lo que se pasa de largo. Lo que está en el medio es lo que no se mira. Lo que está en el medio es lo que molesta. Lo que está en el medio, entre tal o cual cosa, o tal o cual lugar, parece no existir y tiene destino de fantasma. No es el caso del barrio Entre Dos Rutas, un terreno más o menos trianguloso de gente trabajadora entre la ruta 25 y la autopista Panamericana. Y no es el caso gracias a lo que me dijo una mujer que tiene ahí una casa en cuyo garaje funciona una feria americana.

Doña Hermosa la bauticé yo, debido a que le pregunté si podía poner su nombre en esta crónica o prefería que le inventase uno y ella me pidió que se lo inventase. Esto sucedió hoy sábado 25 de septiembre, en mi caminata de esta mañana. 

El día en que lo conocí caminábamos con Ariel Naon, el notable contrabajista de Liliana Herrero y más notable hermano del alma para mí, desde Villa Morra II, donde vive su suegra, hasta perdernos un poco. Cruzamos la Guido y entramos en esa zona en la cual yo nunca había caminado. Tras andar y andar nos dimos cuenta de que estábamos perdidos. Los dos somos muy novatos en este enorme territorio pilarense, pero lejos de preocuparnos nos alegramos ya que nos gusta perdernos en un relativo gran espacio, sabiendo más o menos por donde se puede volver a encontrar la senda que nos lleve a la Morra nuevamente.

El lugar nos gustó mucho. Nos llenaba de oxigeno ya que, frente a la vereda de las casas edificadas, todas de bajo, sin ningún intento de condominio de papel al menos por ahora, había un enorme espacio verde inhabitado. Eso que suele ocurrir en el partido de Pilar todo el tiempo. Calles de tierra que se meten y serpentean en bosques repentinos, pequeños montecitos acá y allá, retazos de animalidad salvaje, de pampa antigua que van acariciando el alma siempre. Y siempre y cuando no haya un basural. Pero todo estaba limpio en la zona, tan solo ensuciaba la vista un patrullero de la bonaerense al fondo de un lote baldío donde seguramente el cana dormía la siesta. 

Nos preguntamos una y otra vez con Ariel en dónde estábamos e intrigado fue que me adelanté a él y me metí en la casa de Doña Hermosa.
La invitación no fue impertinente ya que el portón abierto y las ropas a la vista, algunas con precios y todo, indicaba que el paso era permitido.
-Hola, disculpe –le dije.
-Hola, disculpo –bromeó ella.
-¿Cómo se llama este barrio?
-Le dicen Entre Dos Rutas, pero a mí ese nombre no me gusta -dijo doña Hermosa.
-Es una zona muy linda -le dije.
-Varios de acá le decimos Villa Hermosa.
-Villa Hermosa, entonces –dije—uno debería poder elegir el nombre de su barrio, ¿no es cierto?
-Uno debería poder elegir, y punto –me dijo la mujer.
Busqué algo para comprarle y me llevé una camisa de mujer, o una especie de no sé qué de mujer colorida. Una prenda muy linda que luego di a mi maestro de tenis Luisito Aguirre junto con otras ropas que él da a no sé quién en no sé dónde. Pero seguro a alguien que vale la pena, porque yo confío en Luis.

Salimos de allí con Ariel y volvimos por la 25, donde suele ser difícil caminar y también peligroso como en cualquier ruta. Nos despedimos y yo quedé bastante tiempo pensando en ese barrio y en esa mujer. 

Otra tarde, volvíamos de Villa Rosa en auto con María y le pedí de buscar la casa. La encontrarnos, pero cerrada con candado desde afuera. Se la mostré y volvimos a admirar el barrio, pero no más que eso. Pasaron más días hasta esta mañana de sábado en la que volví a ver a la mujer en donde le dije que iba a escribir sin saber cómo ni qué decir pero que necesitaba que esto que ella me había dicho, las dos cosas que me había dicho, se publicaran en El Regional ya que yo había pensado mucho en ellas

-Qué cosas, hijo –me dijo Doña Hermosa.
-Primero eso de que usted le dice a su barrio Villa Hermosa, y lo otro es esa idea que parece tan sencilla, tan obvia pero que es casi imposible para más de la mitad de los argentinos de hoy: poder elegir.
-¿Yo dije eso? –me preguntó ella.
-Más o menos, una vez que pasé por acá mismo, la primera vez que pasé.
-No me acuerdo de Usted, hijo –me dijo—pero igual eso que supuestamente dije es lo mismo que pienso todo el tiempo.

Esta vez no le compré nada, me despedí y prometí volver. Creo que prometí algo más exagerado: alquilarme algo por ahí o puede que le haya dicho que me iba a comprar algo por ahí. No sé, a veces las emociones me hacen decir cosas desmedidas. No son mentiras porque en el momento así las pienso y así las siento. Pero bueno, tampoco eso me exonera de callarme un poco más la boca. El tema con la gente que me emociona es que no sé cómo decirles que me emociona, cómo decirles eso sin quedar como un idiota excesivamente sentimental. 

Volvía a casa pensando en poder elegir. En el discurso políticamente correcto de estos días que incluye una supuesta mente abierta para poder elegir. Y que va desde un león para la cena a autorizar la cirugía genital de une niñe de 7 años. “Bueno, es una elección” “Podemos elegir” “Elijo no invitarte” “elijo no verte” Ect. Etc. Etc. 

Claro, hoy podemos elegir comer sano, comer productos hechos sin agroquímicos. Yogures seleccionados con la mejor leche de vaca o leche de almendras, e ir hasta Zelaya y tirar bien separados nuestros residuos para el reciclaje sin pensar ni preocuparnos si realmente serán reciclados ni cómo ni por quien. También podemos elegir vivir en lugares lindos, Las Chacras de Murphy por ejemplo, o el Club de golf Agujerito Blanco, nombres inventados que bien podrían ser reales por lo ridículos ¿no?  Ya que podemos elegir: elijamos. Elijamos por ejemplo comer el dulce de leche hecho por la Vaca Budista que no tiene conservantes y mucho menos tiene gusto a dulce de leche. Confiemos en que la palabra budista garantiza que la gente que trabaja ahí es muy consciente de que el universo es uno y estamos todos unidos por un hilo de oro puro que por suerte no tuvo nada que ver con la mafia del oro y que tampoco alguien osó robar ya que el dueño del hilo vive bien custodiado por guardias y alambres electrificados. Alambre electrificado que incluso en el condominio de clase media baja en el que yo vivo rodea de electricidad las medianeras. Al mejor estilo arquitectónico de Auschwitz, solo falta el cartel EL TRABAJO LOS HARA LIBRES. Podemos elegir como los Médicos por la verdad. ¿Los conocen? O los Epidemiólogos Argentinos Metadisciplinarios. ¿Metadisciplinarios? Aunque no sean oncólogos tal vez le den un viaje de ayahuasca o de la terapia del beso en la frente para curar un cáncer, declamando la gran noticia de que la quimioterapia es mala para la salud. Si usted no los recuerda ellos hablaban de no aislar a los SANOS. El concepto SANIDAD que claramente solo ellos conocen. Y manifestaban sin barbijo cuando la mayor parte del pueblo estaba en problemas y ahora que en la provincia se está desregularizando el uso ellos dicen que es momento de usarlo. Bueno algunos de ellos, al menos. Los únicos médicos por la verdad están a dos manos en los hospitales, anónimos y saturados, ganando muy poco y haciendo MUY MUY mucho por lo demás. Carajo.

Bueno, disculpen este tono y el muy muy mucho, y estas palabras. Pero al oír a Doña Hermosa decirme lo bueno que pudiera ser elegir, el derecho indeclinable que tendría que ser elegir se me voló la cabeza. Tenemos un país donde muy pocos eligen algo, muy pocos. Y no es culpa de Alberto esto. Es culpa de los Macri, los Clarín, Los Larreta y en el caso de la pandemia de todos estos seudocientíficos fachos que apoya y usan a la gente.
Ellos son personas que van siempre de ruta a ruta, y el pueblo argentino, el pueblo del mundo, los niños del pueblo, nuestros niños, son los que se quedan en el medio. Siempre. El padre Angelelli definió Pueblo como aquel que no explota y que lucha contra la explotación. No alcanza con no-explotar. Y aunque ya es algo reciclar tu latita de cerveza y el plástico de tu cremona, no alcanza. Por más que abraces a la empleada doméstica y digas a tus amigos que es parte de la familia, ella sólo es la que barre tu mierda por muy poco. Ella está en medio de las rutas de una vida que pende de un hilo y que tal vez no sepa que el hilo se ha roto para siempre. Pero al padre Angelelli lo mataron los milicos más vale. Mi cabeza estaba por colapsar cuando me crucé con Cristian y él me saludó con una sonrisa que hizo que me detenga, por dentro y por fuera me detuve. Y hablamos; y le conté todo, y le conté está crónica que iba a escribir.
-¿Con todo no? –me dijo.
-Con todo –respondí. 
-Entonces gracias –dije- me llamo Pablo.
-Yo Cristian –dijo él—que Dios te acompañe.

Cristian, justamente. Increíble. A veces no puedo elegir casi nada, pero a veces también la vida, la calle, Pilar misma ahora, eligen bien por mí. Eligen Mejor que lo que siempre yo elegí en la vida.

*Este artículo es parte de una saga de crónicas publicadas semanalmente por el escritor Pablo Ramos en el diario www.pilaradiario.com.