jueves, 30 de septiembre de 2021

La militancia de la tristeza, por Fernando Daniel Rosso

 





Escribe Fernando Daniel Rosso

Querido papá: Te escribo esta carta porque sé que nunca la vas a leer, no tengo los huevos para dártela en la mano, además ni siquiera tenés mail, ni facebook y si bien hace unos meses usas whatsapp con un celular que te regaló tu mujer, después de que con ella te insistiéramos para que estemos más comunicados, no quisiera recibir una respuesta que me genere más conflictos de los que ya tengo y que la pequeña isla de armonía que pudimos conseguir se hunda por un ataque de sincericidio. Qué estupidez, pienso ahora que lo escribo, nunca estuvimos comunicados, lo que comúnmente se llama estar comunicados: hablarse todos los días, preguntarse cómo estás, desearse un buen día y cosas por el estilo. Vos nunca fuiste de hablar y yo salí a vos, te copié, fui “tu vivo retrato”, como decía mamá, ¿te acordás?

Siempre te quise tener cerca, papá, esa es la única verdad que tengo para decirte. Desde mucho antes que existieran los celulares y lo más parecido era el zapatófono del Agente ochenta y seis yo solamente pensaba en estar con vos y al igual que él cuando se encontraba con el espía que aparecía en los lugares más insólitos yo también esperaba encontrarte en cualquier parte: adentro del tacho de la basura, adentro de la heladera o del placar cuando iba a buscar la ropa para ir al colegio. Creo que vivimos nuestra luna de miel cuando era chico y recién empezaba a pensar las cosas, a preguntarte por el origen de la vida, ¿cómo podía ser que los dinosaurios hayan vivido hace millones de años si nosotros estábamos en el año mil novecientos ochenta y seis y yo podía darme cuenta de esto con apenas siete años? Maradona levantaba la copa del mundo y fuimos juntos hasta la casa del diez a festejar algo que yo no terminaba de entender pero que vos me querías transmitir con todo el amor. Las cuentas no me daban papá, no me daban, y vos pusiste cara seria cuando te hablé de los dinosaurios, como de orgullo, como si en ese preciso momento hubieras tomado conciencia de que tu hijo estaba creciendo y podía pensar más allá de lo que le enseñaban en el colegio o lo que le mostraba la televisión. La abuela me regalo unos libros de dinosaurios que se paraban en las hojas y yo quedé fascinado, fue entonces que me empezaste a llevar a los museos, visitamos el de ciencias naturales en Parque Centenario y el de La Plata, viajamos casi dos horas en tren y fuimos a comer a una parrilla antes de conocerles los huesos a nuestros antepasados. Me acuerdo que la primera vez te agarré del brazo y te pregunté, asustado, si estaban vivos, si todavía estaban vivos y si yo me podía subir encima del Tiranosaurio Rex a dar una vuelta por el parque. Vos me miraste con ternura y me bajaste a la tierra lo mejor que pudiste. “Ya se extinguieron hijo, hace millones de años que se extinguieron pero igual nos están esperando”. Me acuerdo de que antes de entrar te agarré fuerte de la mano, tenía miedo, tu respuesta me dejó en un estado intermedio que no sabría cómo nombrar, entre el susto y la ilusión, y lo único que alcancé a pensar fue que vos me podías defender de los dinosaurios como de cualquier monstruo, que si estaba cerca tuyo nada malo me podía pasar. Supongo que es lo que piensan todos los chicos de siete años que tienen a su papá cerca. Supongo que fue lo que quise seguir sintiendo una vez que ya no estabas a mi lado entonces me oculté tu ausencia. Me negué que ya no estuvieras como antes, que yo había crecido, que tenía un hermano que también te necesitaba, que ya no había museos para visitar ni momentos para compartir juntos los dos solos, lejos del día a día de la casa y de la familia. Fue en ese momento en que me inventé un amigo imaginario. Calculo que yo tendría diez años cuando te empecé a ver a vos, papá, como a un monstruo, y sólo la compañía de otro yo podría ayudarme a defenderme de vos en mi cabeza. Fue también el comienzo de lo que soy ahora, de lo que no quisiera ser, de lo que va al revés de la ternura que me supiste dar esos primeros años. Tu cara tenía el seño fruncido cuando volvías del trabajo y las comisuras hacia abajo. No podías infundirme más temor y por eso traté de evitarte como así también sentí que vos lo hacías conmigo y con todo lo que te generara molestias en casa. Venías harto, podrido de todo, mamá corría a prepararte dos sándwich cargados porque venías muerto de hambre: “Preparame algo para comer que estoy muerto de hambre”, decías cada vez que cruzabas la puerta y visto de afuera parecía como si vinieras de la guerra cuando en realidad venías del trabajo, y decías que ahí no tenías hambre, que no era por el dinero, pero todos sabíamos que sí, que era por eso y que eras capaz de no comer ni tomar nada con tal de no gastar un peso, como si en casa no tuviéramos para comer. ¿Por qué papá? ¿Por qué te hacías eso? ¿Me vas a explicar alguna vez? ¿Por qué nos hacías eso? Empecé a crecer con la idea secreta de que gastar está mal, de que estar contento está mal y que todo lo que no fuera cumplir con la responsabilidad era algo así como un pecado familiar. Encima nunca me diste un peso papá. Ahora me río solo cuando llevamos con mi mujer a nuestro hijo a la calesita o a los jueguitos y me acuerdo patente cuando iba con vos, papá, a Sacoa, al video juegos, y cuando te mostraba mis ganas de jugar a alguno de ellos me decías que jugara sin ficha. Yo disfrutaba viendo cómo otros pibes jugaban al Street Fighter y pensaba: “¿cuándo podré tener mi propia plata y jugar todo lo que yo quiera?” Cuando te pedía me decías que no tenías, siempre me dabas la misma respuesta y yo me imaginaba tu billetera vacía, lo creía realmente así. Me costaba imaginarte con plata comprando algo. Hasta en la cancha mangueabas los cigarrillos, lo descubrí poco después cuando me empezaste a llevar. Como era menor de edad no pagaba entrada, lo único malo era que tenía que aguantarme la sed durante dos horas y media porque la Coca Cola era muy cara y te negabas a que llevara mi cantimplora porque decías que los muchachos te iban a cargar y te iban a tildar de amarrete. Así y todo te pedía que no fumaras y un día te enojaste conmigo por eso. Yo tenía miedo de que te murieras papá. Yo sabía que el cigarrillo podía matarte pero ahora que lo pienso mejor, creo que lo que más me dolía era saber que el papá que yo quería se había muerto hacía rato.

Los días se fueron volviendo más y más parecidos a sí mismos. Vos volvías del trabajo y te acostabas a descansar en la cama y a escuchar la radio hasta que estuviera la cena mientras yo terminaba la tarea y preparaba las cosas para el día siguiente. Nos alejamos el uno del otro, no sé porqué, ¿habrá sido por la vergüenza que me generabas?, ¿por el miedo que me daba que nos hayamos querido tanto después de  disfrutar tantas cosas los dos solos? Calculo que por eso vinieron las miserias, el amor que preferimos guardar en el bolsillo antes que ofrecerlo para ver la sonrisa del otro que también sería la nuestra, la de los dos mirándonos a los ojos.

No entiendo esa militancia de la tristeza papá, ¿quién te hizo tanto daño?, ¿la abuela?, ¿mamá gorila?, ¿papá gorila?, la puta madre papá, la puta madre. Tengo pocas anécdotas tuyas con los abuelos. Sé muy poco de ellos y de mis antepasados. Una vez te escuché recriminarle a la abuela que el abuelo le tuvo que pedir de rodillas para que le diera de comer. Hace poco me contaste en casa que de chico tuviste que salir corriendo en medio de un partido de fútbol que estabas jugando para sacarle las manos a la abuela del cuello de la vecina. La odiaba por peronista. Hubiera querido conocer al abuelo. Por alguna razón me siento identificado con su sumisión, con su esfuerzo. Sé que tenía tres trabajos; de chico me contaste cien veces que el abuelo había visto el cuerpo de un tipo que se había pegado un tiro en el baño del hipódromo por alguna deuda impagable cuando trabajaba de boletero los domingos. De tanto que repetías la historia me lo imaginé desangrándose con la cabeza hundida en el inodoro. Imaginé también que ese podía ser mi final si decidía dedicarme al juego. No dudo que haya sido este recuerdo el que me incentivó en un momento crítico de mi vida a inclinarme a la ruleta. Pero sólo llegué a perder los ahorros en dólares que con esfuerzo había conseguido de mi primer trabajo. El disparate de creer que podía encontrar un método infalible para ganarle a la ruleta parecía un modo ilusorio de vencer a la muerte. Esa que estaba presente en todo lo que contabas, papá, y que si uno no seguía al pie de la letra los pasos que vos señalabas ella amenazaba con aparecer en cualquier momento.    

Mamá, mientras tanto, se ocupaba de la casa y de nosotros. De que cada uno tuviera las cosas que necesitaba: una cama hecha, un plato de comida, la ropa limpia bien doblada. A mí me parecía todo más un acto mecánico tras otro que una muestra de amor. Mamá parecía un robot en acción. No quiero ser injusto pero sus quejas y reproches fueron una tortura. Reconozco que yo no colaboraba en nada, igual que vos papá. El único que se apiadaba de ella era Gonzalo, que no decía ni hacía nada tampoco y andaba todo el día en ojotas y pantalón corto pero con el tiempo se convertiría en su confidente. Yo me quedaría cada vez más sólo, tratando de hacer mi vida afuera, evitándolos a ustedes. Me iba a la casa de Daniel y me quedaba a dormir. Pasaba horas, días enteros, sin que ustedes supieran nada de mí y sin embargo cuando volvía a casa todo era más de lo mismo. Supongo que me iba para esperar que algo cambiara a mi regreso, supongo que esperaba llamar tu atención, papá. Ya habíamos entrado y salido muchas veces de esos momentos de golpes y encierros en el baño. Yo te desafiaba como Ringo Bonavena a Muhammad Alí en la previa de la pelea y muchas veces fantaseé con knockearte en el primer round y por eso te buscaba, te ponía la mejilla y vos me la dabas vuelta de un cachetazo y cuando un día me planté y cerré los puños te pusiste loco y me encajaste una trompada que me dejó el ojo inflamado. Te quiero papá, sos un hijo de puta, te quiero. Lo que en aquel tiempo me hizo odiarte, hoy me hace quererte.

Cuando ya no podían más me encerraban en el baño del fondo. Se iban al supermercado y como yo me negaba a ir con ustedes me guardaban allá. Yo lloraba hasta que me quedaba sin lágrimas y me sentaba en el inodoro a pensar. El silencio y la falta de espacio estimulan la reflexión. Odio el encierro pero ayuda a buscar en el fondo de qué estamos hechos. De hecho escribir, leer, analizar y analizarse requieren un encierro hacia dentro para salir más fortalecido. No dudo que lo que soy ahora lo logré después de aguantar los golpes y luchar contra el encierro más duro, el de adentro. Como una especie de filosofía china que busca liberar lo que uno lleva arrastra, lo que hiciste me obligó a buscar la gema que brilla en mi interior. Con todo, sé que con el tiempo logré sacar por lo menos algo de eso que soy. 

Creo que entre todo lo que pasó el que se llevó la peor parte fue Gonzalo. Una vez que terminó el secundario le costó mucho avanzar en la carrera. En casa decidieron bancarlo para que sólo se ocupara de estudiar y eso lo encerró aún más. Vos, papá, seguiste manteniendo la casa. Yo, por suerte, ya no estaba. Con mamá de ama de casa y él encerrado entre apuntes y números que lo martirizaban, los dos solos en medio de tanto silencio, no tardaron en hacerse íntimos confidentes y apoyarse uno al otro. Luego de años de peleas, discusiones y portazos entre vos y mamá, te fuiste con otra mujer, te fuiste sin querer dejarnos porque lo querías todo, siempre lo quisiste todo. Yo ya no vivía en casa cuando ocurrió, me había ido a vivir primero con la abuela tras dar mi portazo y después con mi primera novia, tras dejarla sola a la abuela. Tampoco me porté bien. Dejé sola tanto a la abuela como a mi primera novia, y a ella la dejé por otra de la cual me sentí enamorado y que a los pocos meses perdí para quedarme solo otra vez.

Tengo el relato de mi hermano que saltó a defender a mamá cuando la trataste de cero a la izquierda porque ella no te quería firmar el divorcio. Me fui enterando más tarde de lo que le pasaba a mamá cuando me separé de mi primera novia. Sus ganas de trabajar, de dejar de depender económicamente de vos. Pudo empezar a estudiar distintas terapias alternativas, hasta llegó a trabajar con algunas pacientes. A mí también me ayudó con auriculoterapia y masaje tailandés. Gracias a vos, papá, pude irme a vivir sólo al departamento que había sido de la abuela, después de que sufriera un ACV y terminara en un geriátrico con demencia senil. Mucho tiempo me sentí culpable del ACV de la abuela. No dejo de pensar que fue un shock emocional que me fuera así, de repente. Yo era una compañía para ella y por más que me persiguiera y no me dejara respirar con preguntas y horarios ella me bancó en su casa y me ayudó a seguir con mi vida. En esa época, como estaba a tres cuadras iba casi todos los días a casa y como vos también te habías peleado con tu mujer volviste con mamá a casa. Todo tan normal y extraño a la vez que por momentos me sentía en una película de Almodóvar. Vos seguías con tu rutina. Ibas a trabajar y cuando volvías comías con nosotros en calzoncillos y camiseta blanca con la boca cerrada y la mirada clavada en el televisor mientras los demás no sabíamos dónde meternos. A mí se me caía la cara de vergüenza, sé que es una expresión anticuada pero creo que le calza justo. Yo quería ayudarte, vos me pediste ayuda. No querías hacerle mal a mamá pero tampoco sabías cómo decirle la verdad sin que se viniera abajo. Los dos sabíamos que la vida de mamá éramos nosotros, su familia. Al final eso terminó siendo su sepultura. Esto último lo agrego yo. Al poco tiempo de mi llegada y de que tanto vos como mamá se acostumbraran a las idas y vueltas, mamá pasó por momentos de profundo dolor. Ella tenía tiempos en que sostenía con fuerza la ilusión de tu regreso definitivo pero cuanto más creía en que te quedarías más dolorosa para ella era tu salida. Ella creía fervientemente en que no estabas ahí porque la otra lo sabía hacer muy bien. Sí, me lo dijo a mí a solas en el balcón, una noche buena en víspera de navidad, una noche en la que vos habías prometido estar y que a último momento decidiste dejar los sánguchitos de miga en la heladera para irte con tu mujer. Digo tu mujer y dudo de la cualidad que le estoy dando. Si ella era tu mujer, mamá ¿quién era?, ¿tu mamá también?, a veces tengo la impresión de que fuimos como hermanos papá y por eso creo que estoy tan loco o por lo menos cargo una locura que todavía a duras penas puedo domesticar. No te estoy reprochando nada, es más, en esa locura creo que hay una verdad, una genuina inocencia que despierta lo más noble y real de mi persona pero que está desprovista de una razón que, se supone, debería tener. La cuestión es que al poco tiempo mamá empezó a tener una inflamación en el vientre que a mí se me hacía parecida a un embarazo tardío, un embarazo imposible en una mujer de cincuenta y siete años que tosía y escupía flema en el baño con una frecuencia cada vez mayor. Se la pasaba comiendo verduras hervidas  que, según decía, le había recomendado el médico pero a medida que pasaban los días tosía cada vez más y cuando se acostaba a descansar la tos era todavía más seca y reiterada. Hoy en día, cuando paso por el pasillo que da a la que fuera su habitación donde ahora duermo con mi mujer me parece escucharla. Recuerdo el sonido de su tos y mis ganas de abrazarla. Recuerdo cuando me enteré que vos, papá, volviste un día a casa y al verla así la llevaste a la clínica Santa Isabel. En el Adventista le decían que no era nada serio mientras le hacían más y más estudios. Cuando ese mismo día llegué a la clínica encaré a la doctora y le pregunté por mamá, por el diagnóstico y las posibilidades de recuperación. La doctora fue contundente: cáncer de ovario avanzado, sin posibilidades de recuperación. Entré a la habitación donde estaba ella con una sonda en el brazo que le daba suero. Estabas vos,  papá, y Gonzalo, serios, pero mamá levantó los brazos y festejó mi llegada como si estuviéramos de fiesta. Creo que para ella todo se reducía en estar los cuatro juntos como sea.

Después de dos o tres operaciones donde no murió de milagro finalmente mamá quedó en coma farmacológico. Una noche, después de dos meses de haber ingresado a la clínica, mamá murió. Cuando me avisaron por teléfono preferí no ir y seguí durmiendo como si nada, hice como si nada. Ya le había dicho que la quería mucho uno de esos días en los que estaba en terapia intensiva sin poder hablar aunque llegó a apretar fuerte mi mano en señal de retribución, como si ella también me quisiera. Yo, paralelamente, llevaba un tratamiento de quimioterapia por un linfoma de Hodgkin que me habían detectado a principio de año y en pleno tratamiento se desató la enfermedad de mamá. Vos, papá, sufriste muchísimo lo mío, me acompañabas a darme la quimioterapia con una cara como si me estuvieran a punto de enterrar vivo después de cada sesión. Lo de mamá sé que te destrozó. Todavía lo padeces, todavía hoy, después de quince años. Volvimos juntos los tres con esa cajita que contenía sus cenizas después del crematorio y dijiste clarito con lágrimas en los ojos: “yo me la lleve viva y mirá cómo la traje”. Después de años de venir a ver a la cajita cuando mi hermano estaba trabajando y podía ver a mamá a solas, tanto vos, papá, como Gonzalo decidieron tirarla al Río de la Plata. Yo no me opuse pero tampoco lo aprobé. Yo sabía que mamá no era esa cajita pero también ahora me doy cuenta que no tengo a qué cosa hablarle donde piense que esté ella. La gente que me conoce me dice que no me preocupe, que hable con ella igual, que ella desde donde esté me va a escuchar. Sé que me lo dicen de buena fe, convencidos de que me va hacer bien, y yo los escucho pero no les hago caso. No me hago a la idea de tener una charla con ella sin saber exactamente dónde está. Perdoname mamá, tuviste un hijo limitado, vos papá, supongo que también lo deberás saber.        

Ahora, que estamos grandes, que conocemos mejor nuestros dolores, nuestros miedos, apenas si tenemos una relación cordial, como la de cualquier padre con su hijo y viceversa. Ya quedaron sepultados esos recuerdos de otoño donde me llevabas a Plaza de Mayo a darle de comer a las palomas, ya quedaron atrás esos instantes donde te buscaba para que me dieras el beso de las buenas noches y yo te abrazara fuerte, tan fuerte para que mis sueños me dejaran seguir estando con vos. Nunca te perdí papá, siempre estuviste en mi memoria y en mi corazón pero pasaron muchos años de ausencia, de dolor, de contradicción donde ninguno de los dos daba el brazo a torcer y ahora, después de tantas cosas, creo que nos volvimos a ver con cariño, a hablar con respeto y cuidado. Lástima que durante tanto tiempo hayamos olvidado la frescura del niño que corría hasta su padre a pedirle un abrazo, un consejo o una respuesta. La vida siempre me resultó misteriosa y por eso le tengo miedo. Creo que nunca me pude acostumbrar a que un padre también es un hombre que duda, que no tiene respuestas para todas las preguntas y que, muchas veces, pierde el horizonte. Yo te sigo queriendo y eso no va a cambiar nunca. Creo que todo lo que dije demuestra que somos humanos. Todo lo bueno y lo malo que sos es también de lo que estoy hecho.

Te piensa y te sueña siempre: Tu hijo rebelde.


martes, 28 de septiembre de 2021

Una lectura de “Cuando lo peor haya pasado”, por Raúl García Dobaño


En el año 2004, el escritor Pablo Ramos ganó el premio Casa de las Américas con su primer libro de cuentos “Cuando lo peor haya pasado”, luego editado por Alfaguara. El autor Raúl García Dobaño ofrece su lectura sobre el libro en el marco de una publicación realizada en el sitio web dela institución cultural fundada en La Habana, Cuba.




Escribe Raúl García Dobaño

Un hombre que ha sido abandonado por su mujer, dolido de soledad y asediado por ideas suicidas, lanza huevos desde su balcón, a las 2 de la madrugada, contra la ciudad. Un pibe de la calle, que vende flores en bares de Buenos Aires, conoce una puta -ángel para el niño- que lo ayuda y lo protege. Antes de desaparecer, la elegante meretriz deja al niño una enigmática y poética carta. Un escritor de cuentos ha visto en crisis su vida debido al alcoholismo; intenta curar su adicción, y sufren, él y su familia, las consecuencias de la abstinencia (¿ya lo peor había pasado?). Un diletante fetichista tiene una singular historia con un zapato de mujer. Adicto a las drogas, un joven pierde su familia, hace trampas a un connotado traficante y se convierte, él también, en traficante, y a la vez en un degradado sujeto incapaz de rebasar la caída. Por una aparente casualidad, un hombre joven se encuentra con un viejo, un polaco judío sobreviviente del nazismo, que perdió toda su familia en el Holocausto. La extraña comunicación que se establece entre el joven y Moisés -así se llama el judío- tiene alcance alegórico de esperanza. Son éstas algunas de las historias narradas en los once cuentos de Cuando lo peor haya pasado, del argentino Pablo Ramos (1966), obra impecablemente editada por la misma institución en cuyo certamen literario ganó premio.

Un rapto de impresionismo: el libro atrapa la atención, sus personajes convencen -a veces seducen-, y se abandona placenteramente el lector a un lenguaje desenfadado y sugerente, e incluso se divierte -valioso efecto-, sorprendido por el humor fino, los inteligentes guiños de complicidad y las continuas invitaciones a participar.

Un viejo colega me dijo una vez que la proclamada unidad en un cuaderno de cuentos -exigida a veces con demasiada impertinencia- era una falacia, y que la verdadera unidad de un libro cualquiera está en su autor, en su voz y en su visión. Pero con este cuaderno de cuentos -sólo setenta y siete páginas y once cuentos relativamente breves- sucede algo que salta a la vista una vez terminada la primera lectura: aisladamente, cada historia tiene, en sí, no pocos valores humanos y literarios; pero, apreciadas en su conjunto, las pequeñas historias individuales adquieren categoría de mosaico, fresco del Buenos Aires de hoy. Efectivamente, el autor impone su visión y su voz en personajes y situaciones que encajan de molde en una ciudad -emblemática para la América Latina, soñada alguna vez por todos- que, como el resto del mundo actual, sufre una honda crisis de valores, acentuada en la ciudad del tango por la amarga y convulsa historia reciente, causa de laceraciones que no han podido curarse aún.

Una rica relación entre lo individual existencial y la contextualización de los personajes -su irremediable condicionamiento histórico- ha sido inteligentemente trabajada por el autor. La ciudad -son cuentos limpiamente citadinos-, como estructura social y humana, palpita siempre, de forma más o menos expresa o implícita, y es sustrato. El abandono -de la esposa, de los padres-, la soledad y la drogadicción y sus secuelas, son temas que se reiteran en variaciones. Y sentimientos de angustia, vacuidad, frustración, miedo o desesperanza, incomunicación.

Pero, aunque a veces personajes y situaciones llegan a ser desgarradores -somos testigos incluso de un suicidio-, el humanismo, la sinceridad y el arte salvan al conjunto de posibles morbo, sordidez o pesimismo: la medida y la mesura no abandonan nunca al escritor. Desde personajes socialmente excluidos con crueldad -el pibe de la calle, por ejemplo- hasta los que pertenecen a la clase media: he ahí el rango social de los personajes. La alta burguesía, y los rascacielos o los barrios de ricos, o la suntuosa parafernalia que los representa, casi no aparecen, o están vistos desde lejos. "Recuerdo que un auto enorme, plateado, de vidrios oscuros, se acercó a la esquina donde yo estaba, frenó junto a mí" (47), dice el pibe de la calle en "Los ángeles también pueden morir".

De esta manera lo debió ver también el autor, escritor autodidacta que nació y vivió en un arrabal de Buenos Aires, y que en este libro ha querido pisar firme y fabular sobre lo más vivido y cercano. Así los personajes, atrapados en situaciones más o menos difíciles, individual y socialmente, reaccionan sin brújula cierta y optan por respuestas absurdas, dolorosas o incluso trágicas. En muchas ocasiones se mueven bajo la tormenta, la lluvia y el frío -como exigía el teatro isabelino a las buenas tragedias-, y los vemos frecuentemente en bares, calles y lugares conocidos de la ciudad, y sobre todo en la intimidad del hogar, donde el ser humano muestra más limpiamente su desnudez y su miseria.

Además de los protagónicos, aparece en la obra una galería de personajes secundarios que completan el surtido social y que están descritos, en profundidad y color, según convenga a los propósitos de la historia: esposas frustradas, prostitutas, habitantes de los bares, porteros, vecinos curiosos, traficantes, explotadores de niños de la calle, oscuros policías, niños en que se adivina la crisis familiar... Veamos este portero: "Cayetano es el nombre del portero, un pegador de mujeres que afirma que Franco había venido al mundo para salvar a España. Un verdadero hijo de puta con nombre de santo. Yo podía imaginármelo escoba en mano, mirando a la vieja y asintiendo con la cabeza como un cura en el confesionario" (14). O este oficial de la policía bonaerense: "Estaba decidido a irme cuando se abrió la puerta y salió el oficial de guardia: un hombre flaco, de traje gris, de mirada inteligente y ojos achinados. Inspiraba respeto inmediatamente seguido de temor" (57).

Sin alardes técnicos ni innovaciones estridentes, el autor muestra dominio de los principios clásicos y contemporáneos del cuento, sobre todo al lograr un alto nivel de sugerencia semántica a través de la composición y el lenguaje. Las historias están salpicadas de pistas, constantes guiños que nos obligan no sólo a leer con detenimiento, sino, en ocasiones -y con placer-, a volver atrás. Asimismo, el punto de vista del narrador tiene elementos destacables. De los once cuentos, ocho están narrados en primera persona, punto de vista apropiado a la naturaleza de las historias, y donde el autor demuestra dominio y habilidad, especialmente en la eficacia para dosificar y distribuir la información imprescindible para el lector. Cuando utiliza la tercera persona, combina la omnisciencia con la del narrador objetivo, y llega a puntos de interés técnico y expresivo. Veamos este ejemplo: En el cuento "Cuando lo peor haya pasado", el escritor protagonista se queja, a través del narrador, de que es imposible escribir sin privacidad: "El problema en su casa es que llegan y le hablan directamente a él, le preguntan cosas y se quedan ahí, esperando una respuesta. // ¿Por qué piensa en plural?" (28). Y resulta que el narrador sabe lo que piensa el personaje, pero no por qué. El lector, sin embargo, se da cuenta a esta altura del relato que es en su esposa en quien piensa el personaje-escritor, la que le hace preguntas y se queda a esperar la respuesta. Más adelante, la esposa llega de la calle y dice el narrador:

Ella está a un costado, sobre el sillón, bajo la biblioteca de estantes de vidrio, leyendo el diario y comiendo un pedazo de pan. Él se distrae mirándola comer. No es en realidad un pedazo, sino un pan mediano, entero. Ella come un pan entero y lee los clasificados, deja que las migas le caigan sobre la ropa, las sacude, indiferente, siempre con la vista en los anuncios, como si nadie más existiera. // Él abre un texto viejo en la computadora y comienza a leerlo en voz apenas alta. En realidad lo murmura, para sí, sin ninguna intención, solamente por la costumbre que tiene de hacerlo. Lee el texto y siente que no está nada mal. Piensa: nada está mal en realidad. Tiene una familia, un empleo, alquila un departamento con cocina, habitación y baño y ha dejado de tomar definitivamente. ¿Por qué no comerá un pedazo de pan en vez de un pan entero? Se va a atragantar [28-29].

El narrador, aparentemente objetivo, duda un momento y rectifica, porque en realidad la mujer no come un pedazo de pan, sino uno entero. Esta pequeña falla del narrador, aunque subsanada, acentúa la acción descrita y la traslada, en singular simbiosis, al pensamiento del personaje por medio de la pregunta que éste se hace. ¿Quién es en realidad este ambiguo pero interesante narrador?, y ¿dónde está situado?

Sirva el ejemplo citado, también, para apreciar el humor que se desprende de la situación y de la manera desenfadada de contarla, algo que resulta frecuente y se agradece en los cuentos, y que se convierte en valioso rasgo estilístico del autor. En el primer cuento del libro, "En un cuaderno de hojas lisas", el narrador protagonista, que ha sido abandonado por su mujer y su hijo y lanza huevos contra la ciudad a las 2 de la madrugada, dice: "No puedo sacarme de la cabeza la imagen de ellos dos viviendo en un circo y con un malabarista. La simple idea me da escalofríos: mi hijo compartiendo el carro con la mujer barbuda, jugando cerca de las jaulas de los animales peligrosos, respirando el deprimente olor de las bestias encerradas" (16). La imagen, totalmente absurda para el personaje, pero terriblemente real, lleva en sí la carga de un humor casi trágico.

En "Todo puede suceder", historia de la singular relación de un hombre con un zapato de mujer, absurdo y humor van de la mano. El narrador protagonista encuentra en el zapato un papel con un nombre y una dirección, y dice: "Resulta evidente que el papelito estaba adentro del zapato. Pero, ¿a quién se le puede ocurrir poner una dirección en el zapato, como si fuera una agenda o algo parecido? ¿Será que esto es realmente una broma que espera ser completada con la correspondiente entrega a domicilio? ¿O será que esta mujer, más loca que una cabra, le puso una etiqueta con su dirección al zapato izquierdo simplemente porque sí?" (19).

El procedimiento de llevar a primer plano objetos aparentemente insignificantes es muy utilizado por Ramos en el cuaderno. Hay en verdad un regodeo, un gusto por los objetos, por la insospechada relación que a veces guardan con los seres humanos. Lo alcanza a partir de una mirada cinematográfica que le permite enfocar distintos planos. Y a partir de descripciones plásticas, sugestivas: "Fui hasta la cocina, abrí la heladera, tomé varios huevos y comencé a aplastarlos primero contra el piso y luego contra mi cabeza. Sentí el crujido de las cáscaras al partirse y el contenido helado y pegajoso que me corría por la nuca hasta la espalda" (15).

Por este camino, y mediante el montaje de elementos cuidadosamente seleccionados, el autor logra crear atmósferas de valor. Veamos el caso de un personaje que acude a una estación de policía con el propósito de defender a un niño -o al menos para preocuparse por su suerte- que ha sido arrestado por supuesto gamberrismo. Aparece en el cuento "Luces de colores". La atmósfera es opresiva, casi aterradora: un pasillo oscuro; un ventilador que hace ruido de sierra de carnicero; un sillón que, roto, pellizca la piel, y un silencio de hospital. ¿Y el niño?

El lenguaje, tendiente a la naturalidad, tanto en el léxico como en la sintaxis, ajustado al narrador y al tono, deja ver a ratos imágenes de lograda fuerza expresiva, como esta de fondo sinestésico: "caminé hacia la pieza despacio, sumergido en un silencio oscuro, apenas coloreado por el sonido pálido del televisor" (77). Parco en adjetivos, a veces los halla significativos y sugerentes: "Pensó en lo que sería vivir en otro país, en la suave lejanía que conllevan esas palabras" (45). Y, como en la carta que la prostituta le deja al pibe de la calle, puede llegar al lirismo: "Lo que dice la nota es un secreto que hasta hoy no compartí con nadie. Habla de la vida, y dice algo acerca de un barco que se va y de las huellas que nunca dejan los pájaros en las nubes" (54).

Debo referirme, a la inclusión de elementos documentales en la trama de ficción, sobre todo en locaciones de Buenos Aires que son referencias abundantes en los cuentos. La lista es larga, pero valga para los que, aun desde lejos, amamos la mítica ciudad: Parque Rivadavia, Corrientes, el Ferrocarril Roca, el Sur de Avellaneda, la Avenida San Martín, la Avenida Montes de Oca...

He dejado para el final una cita que aparece en "Tal vez algún día". El narrador protagonista cuenta: "-Ellos no van a volver -me dice Moisés [el viejo judío], y ahora sé que es imposible esconderse de este hombre-. Ni los míos, ni los tuyos, ni los de nadie. El problema es si tú te pierdes adentro tuyo, que el golpe haya hecho tanto efecto que ya no te quede nada. No es mi caso, hijo, y puedes creerme, tampoco el tuyo" (63).

"Ahora sí que es imposible esconderse de este hombre." La afirmación devela un hecho crucial para la anécdota. Sabemos, entonces, que el protagonista también ha perdido seres queridos por otra barbarie, más reciente, en Argentina. Y de repente la atmósfera de misterio se aclara y queda limpio el juego alegórico. Procedimiento técnico puesto de continuo al servicio de la idea. El mensaje que las palabras de Moisés contienen lo dejo al lector, que tendrá el gusto de reflexionar, igual seguramente que a lo largo de Cuando lo peor haya pasado, valioso punto en la rica cosecha de cuentos y cuenteros de la hermana Argentina. Entonces sentirá que el autor bonaerense lo ha invitado: vení a tomar unos mates.

* Pablo Ramos: Cuando lo peor haya pasado, La Habana, Casa de las Américas, 2004. Premio de cuento.

lunes, 27 de septiembre de 2021

Autobiografía de un viajante, por John Cheever




Escribe John Cheever*

Nací en Boston en 1869, en una familia de maestros de escuela y capitanes de barco que había vivido en Boston desde antes de lo que alguien pudiera recordar. Éramos pobres y mi madre viuda regentaba una casa de huéspedes. Mi otro hermano y mi hermana trabajaban, y yo me preparaba para empezar a trabajar tan pronto como terminara la escuela secundaria. Decidí entrar en el negocio del calzado y ser viajante de comercio. Quería ser viajante de comercio como otros quieren ser doctores o generales o presidentes.

Cuando tenía doce años dejé la escuela y conseguí un empleo como cadete en una firma importante que fabricaba botas y zapatos. Durante el primer año mi salario fue de cien dólares. Luego me promovieron a dependiente y pasé a ganar doscientos dólares al año. No era fácil conseguir empleo por ese entonces y tuve que trabajar duro para conservar el mío. Cuando iba al trabajo las calles estaban vacías, y cuando regresaba a casa, vacías y oscuras. Por fin se me dio la oportunidad de aprender el otro extremo del negocio, el de la construcción, en una fábrica de calzado en Lynn. Fui a vivir allí en una casa de pensión y aprendí cómo se hacen los zapatos. 

Todavía sé cómo fabricar un zapato. Puedo decir el precio y a veces incluso el fabricante de casi todos los pares de zapatos que veo; aunque en ocasiones me enferma mirarlos, tan mal hechos están. En fin, trabajé allí por cinco años, y en 1891 mi salario se había elevado a setecientos dólares. Ese fue el año en que me dieron mi primera oportunidad de vender en la calle.

No lo olvidaré nunca mientras viva. Tomé un tren de Boston a Nueva York y otro desde Nueva York hasta Baltimore. Me gusta viajar en tren. (Cada vez que he pasado unas vacaciones en el campo, caminaba todos los días hasta la estación para ver pasar el único tren de la jornada). 

Tenía un traje nuevo y una nueva bolsa de viaje y una valija de muestras y un par de zapatos nuevos. Qué infierno cómo dolían esos zapatos. Nunca más he viajado con zapatos nuevos desde entonces. Mi billetera rebosaba de dinero para gastos. El dinero también me gusta. Cada vez que tengo dinero en el bolsillo y cada vez que tomo un tren para otra ciudad, parece como si mi vida estuviese comenzando otra vez. Cuando subí a aquel tren me parecía que mi vida estaba comenzando.

Esa vez fui a Baltimore, como dije. Llegué a Baltimore al final de la tarde. Tomé una sala de muestras en el hotel Carrollton. En la habitación había agua corriente pero no había baño. La tarifa era de cuatro dólares al día, incluyendo cuatro abundantes comidas, si uno las quería. 

El hombre que recibía tu sombrero en la entrada del comedor, me acuerdo, jamás te daba un ticket, pero siempre le devolvía el sombrero correcto a cada pasajero. Una propina de diez centavos era más que suficiente. Los camareros eran corteses y tenían un aire distinguido. El comedor se encontraba en el segundo piso. Me quedé dos días e hice lo suficiente para cubrir mis gastos y mi salario por poco menos que el costo de venta que había estimado la oficina central. Cuando volví, mi jefe me felicitó.

Ese fue mi primer éxito y el comienzo de una serie de éxitos. Mi madre había muerto ya y mi hermano y mi hermana estaban casados. No vi mucho a mi madre al final de su vida y siempre lo he lamentado. No tenía mucho interés en saber lo que hacían mi hermano y mi hermana. Tenía mi propia vida. Eso me mantenía ocupado todo el tiempo. Cada cartel que miraba y cada forma y color que veía y hasta la lluvia y la nieve me hacían pensar en argumentos de venta y en zapatos. Trabajé con esa firma hasta 1894 y luego tuve una mejor oferta en Syracuse, así que para allá me fui. Estaba embolsando tres mil dólares al año, en ese entonces. Siempre viajé en los trenes más rápidos y me hacía cortar la ropa por un buen sastre y me quedaba en hoteles caros. Tenía un montón de amigos y muchas mujeres. El tiempo pasaba rápidamente. Mi salario se incrementaba en mil dólares cada año.

Aquellos años en el camino fueron los mejores y parecía que nunca iban a terminar. Con frecuencia vendía dos cajas de zapatos en lo que me tomaba un vaso de whisky. La mitad del tiempo no sabía qué hacer con el dinero. Era exitoso. Era más exitoso de lo que jamás había imaginado que podría ser; incluso cuando tenía doce años. Pasé todos esos años en trenes y clubes nocturnos y hoteles. Periódicamente mi zona cambiaba, de manera que en un momento u otro cubrí cada sección de los Estados Unidos. Conozco bien los Estados Unidos y amo este país. Incluso hoy puedo recitar cientos de nombres de ciudades como si fueran nombres de mujeres, y conozco los hoteles y los horarios y hasta el humo de los trenes tiene un dulce aroma para mí.

Tenía diez trajes y veinte pares de zapatos y dos veleros, que guardaba en Boston y en los que salía a navegar cada vez que estaba en la ciudad. Apostaba a los caballos en todos los grandes hipódromos y jugaba al solitario en Canfield, y a los dados y a la ruleta. Era masón y socio honorario de los Elks y tenía dos grandes primas de seguro.

Mi récord de ventas variaba según cambiaban las condiciones, pero mis ingresos se mantenían cerca de los diez mil. Bajaba en algunas temporadas y subía en otras. Sequías, fuertes lluvias, modas, muertes, peleas entre socios, todo tenía sus efectos en el negocio, pero básicamente era el mismo negocio que había estado aprendiendo desde que tenía doce años. Si perdías un cliente siempre podías ganar otro. Los míos eran compradores individuales que trabajaban para firmas individuales. Los zapatos que yo vendía eran hermosos y caros. Además, el negocio tenía temporadas de alza porque los hombres usaban botas en invierno y zapatos Oxford en verano, y nadie usaba nunca zapatos Oxford en invierno. Si alguno lo hacía estaba loco.

En 1925 mi salario comenzó a bajar, pasó de diez mil a ocho mil. En esa época estaba trabajando para una firma en Rockland y tenía mi cuartel general en el hotel Statler de Detroit. Al final de aquel año, la firma abandonó el negocio. Empezaba a hacerse sentir la tendencia de moda hacia los zapatos baratos. Fueron prudentes al retirarse cuando lo hicieron, en lugar de quedarse esperando como los idiotas que fuimos los demás.

A comienzos del año siguiente empecé a viajar para una firma de Lynn, pero marcharon a la quiebra cuando apenas había estado con ellos nueve meses. Todos los hombres sensatos cambiaban de ramo y se olvidaban del asunto. Pero yo no podía cambiar de ramo y olvidarme del asunto. Tenía cincuenta y siete años. Estaba envejeciendo. No sabía de otra cosa que de trenes, hoteles y zapatos.

Después de eso traté de encontrar otra firma que fabricara la clase de zapatos que estaba acostumbrado a manejar, pero no la encontré. Todas estaban liquidando o a punto de irse a la quiebra. Finalmente salí a vender zapatos baratos para una firma de Weymouth, Massachusetts. 

Era la primera vez en mi vida que vendía zapatos mediocres y odiaba tener que hacerlo. Tenías que vender mil pares para recaudar lo que en los viejos tiempos hacías con cien. Mis ventas apenas si cubrían mi comisión, mi salario y los gastos. Trabajé duro y vendí montones de zapatos, pero no lograba sacarles ninguna utilidad. Era como tratar de parar la lluvia con las manos. En esos últimos años nunca ganaba más de tres mil dólares.

Después de eso, todos mis viajes cerraban en rojo. Los métodos para hacer negocios habían cambiado más rápido de lo que yo podía cambiar. Las cadenas de zapaterías y las zapaterías manejadas directamente por los fabricantes desplazaron a los pequeños comercios. 

Los zapatos baratos desplazaron a los caros. Los boletos de tren aumentaban y no es que las tarifas de hotel bajaran precisamente. El puñado de distribuidores independientes que quedaban no compraban lo suficiente para pagar los gastos de venta. Vivir al minuto, así lo llamábamos.

Para mi cumpleaños número sesenta y dos me encontré sin trabajo. No he vuelto a trabajar desde entonces. Me estoy poniendo viejo. Mi póliza de seguro caducó. Se me acabó el dinero. Mi hermano y mi hermana han muerto. Mis amigos murieron. El mundo en el que sabía cómo moverme, cómo hablar y cómo ganarme la vida ha desaparecido. El ruido del tráfico bajo la ventana de esta habitación amoblada no hace otra cosa que recordármelo.

Hemos sido olvidados. Todo lo que sabemos no sirve para nada. Pero cuando pienso en mis tiempos por los caminos y en lo que hacía y en lo que ha sido de mí, rara vez pienso en todo eso con amargura. Hemos sido olvidados como viejas guías telefónicas o como almanaques viejos o como la luz de gas o esas grandes casas amarillas con cornisas y cúpulas que construían antes. Eso es todo. Aunque a veces me siento como si mi vida hubiese sido un fracaso total. Lo siento a veces por la mañana, mientras me estoy afeitando. Me pongo enfermo, como si hubiese comido algo que no me cayera bien, y tengo que bajar la navaja y sostenerme de la pared.

Este cuento fue publicado en  el libro Fall River. Trece cuentos no reunidos. 


La Ciudad de la Luz: entre dos rutas o villa hermosa, por Pablo Ramos





Escribe Pablo Ramos*

Lo que está en el medio es lo que se pasa de largo. Lo que está en el medio es lo que no se mira. Lo que está en el medio es lo que molesta. Lo que está en el medio, entre tal o cual cosa, o tal o cual lugar, parece no existir y tiene destino de fantasma. No es el caso del barrio Entre Dos Rutas, un terreno más o menos trianguloso de gente trabajadora entre la ruta 25 y la autopista Panamericana. Y no es el caso gracias a lo que me dijo una mujer que tiene ahí una casa en cuyo garaje funciona una feria americana.

Doña Hermosa la bauticé yo, debido a que le pregunté si podía poner su nombre en esta crónica o prefería que le inventase uno y ella me pidió que se lo inventase. Esto sucedió hoy sábado 25 de septiembre, en mi caminata de esta mañana. 

El día en que lo conocí caminábamos con Ariel Naon, el notable contrabajista de Liliana Herrero y más notable hermano del alma para mí, desde Villa Morra II, donde vive su suegra, hasta perdernos un poco. Cruzamos la Guido y entramos en esa zona en la cual yo nunca había caminado. Tras andar y andar nos dimos cuenta de que estábamos perdidos. Los dos somos muy novatos en este enorme territorio pilarense, pero lejos de preocuparnos nos alegramos ya que nos gusta perdernos en un relativo gran espacio, sabiendo más o menos por donde se puede volver a encontrar la senda que nos lleve a la Morra nuevamente.

El lugar nos gustó mucho. Nos llenaba de oxigeno ya que, frente a la vereda de las casas edificadas, todas de bajo, sin ningún intento de condominio de papel al menos por ahora, había un enorme espacio verde inhabitado. Eso que suele ocurrir en el partido de Pilar todo el tiempo. Calles de tierra que se meten y serpentean en bosques repentinos, pequeños montecitos acá y allá, retazos de animalidad salvaje, de pampa antigua que van acariciando el alma siempre. Y siempre y cuando no haya un basural. Pero todo estaba limpio en la zona, tan solo ensuciaba la vista un patrullero de la bonaerense al fondo de un lote baldío donde seguramente el cana dormía la siesta. 

Nos preguntamos una y otra vez con Ariel en dónde estábamos e intrigado fue que me adelanté a él y me metí en la casa de Doña Hermosa.
La invitación no fue impertinente ya que el portón abierto y las ropas a la vista, algunas con precios y todo, indicaba que el paso era permitido.
-Hola, disculpe –le dije.
-Hola, disculpo –bromeó ella.
-¿Cómo se llama este barrio?
-Le dicen Entre Dos Rutas, pero a mí ese nombre no me gusta -dijo doña Hermosa.
-Es una zona muy linda -le dije.
-Varios de acá le decimos Villa Hermosa.
-Villa Hermosa, entonces –dije—uno debería poder elegir el nombre de su barrio, ¿no es cierto?
-Uno debería poder elegir, y punto –me dijo la mujer.
Busqué algo para comprarle y me llevé una camisa de mujer, o una especie de no sé qué de mujer colorida. Una prenda muy linda que luego di a mi maestro de tenis Luisito Aguirre junto con otras ropas que él da a no sé quién en no sé dónde. Pero seguro a alguien que vale la pena, porque yo confío en Luis.

Salimos de allí con Ariel y volvimos por la 25, donde suele ser difícil caminar y también peligroso como en cualquier ruta. Nos despedimos y yo quedé bastante tiempo pensando en ese barrio y en esa mujer. 

Otra tarde, volvíamos de Villa Rosa en auto con María y le pedí de buscar la casa. La encontrarnos, pero cerrada con candado desde afuera. Se la mostré y volvimos a admirar el barrio, pero no más que eso. Pasaron más días hasta esta mañana de sábado en la que volví a ver a la mujer en donde le dije que iba a escribir sin saber cómo ni qué decir pero que necesitaba que esto que ella me había dicho, las dos cosas que me había dicho, se publicaran en El Regional ya que yo había pensado mucho en ellas

-Qué cosas, hijo –me dijo Doña Hermosa.
-Primero eso de que usted le dice a su barrio Villa Hermosa, y lo otro es esa idea que parece tan sencilla, tan obvia pero que es casi imposible para más de la mitad de los argentinos de hoy: poder elegir.
-¿Yo dije eso? –me preguntó ella.
-Más o menos, una vez que pasé por acá mismo, la primera vez que pasé.
-No me acuerdo de Usted, hijo –me dijo—pero igual eso que supuestamente dije es lo mismo que pienso todo el tiempo.

Esta vez no le compré nada, me despedí y prometí volver. Creo que prometí algo más exagerado: alquilarme algo por ahí o puede que le haya dicho que me iba a comprar algo por ahí. No sé, a veces las emociones me hacen decir cosas desmedidas. No son mentiras porque en el momento así las pienso y así las siento. Pero bueno, tampoco eso me exonera de callarme un poco más la boca. El tema con la gente que me emociona es que no sé cómo decirles que me emociona, cómo decirles eso sin quedar como un idiota excesivamente sentimental. 

Volvía a casa pensando en poder elegir. En el discurso políticamente correcto de estos días que incluye una supuesta mente abierta para poder elegir. Y que va desde un león para la cena a autorizar la cirugía genital de une niñe de 7 años. “Bueno, es una elección” “Podemos elegir” “Elijo no invitarte” “elijo no verte” Ect. Etc. Etc. 

Claro, hoy podemos elegir comer sano, comer productos hechos sin agroquímicos. Yogures seleccionados con la mejor leche de vaca o leche de almendras, e ir hasta Zelaya y tirar bien separados nuestros residuos para el reciclaje sin pensar ni preocuparnos si realmente serán reciclados ni cómo ni por quien. También podemos elegir vivir en lugares lindos, Las Chacras de Murphy por ejemplo, o el Club de golf Agujerito Blanco, nombres inventados que bien podrían ser reales por lo ridículos ¿no?  Ya que podemos elegir: elijamos. Elijamos por ejemplo comer el dulce de leche hecho por la Vaca Budista que no tiene conservantes y mucho menos tiene gusto a dulce de leche. Confiemos en que la palabra budista garantiza que la gente que trabaja ahí es muy consciente de que el universo es uno y estamos todos unidos por un hilo de oro puro que por suerte no tuvo nada que ver con la mafia del oro y que tampoco alguien osó robar ya que el dueño del hilo vive bien custodiado por guardias y alambres electrificados. Alambre electrificado que incluso en el condominio de clase media baja en el que yo vivo rodea de electricidad las medianeras. Al mejor estilo arquitectónico de Auschwitz, solo falta el cartel EL TRABAJO LOS HARA LIBRES. Podemos elegir como los Médicos por la verdad. ¿Los conocen? O los Epidemiólogos Argentinos Metadisciplinarios. ¿Metadisciplinarios? Aunque no sean oncólogos tal vez le den un viaje de ayahuasca o de la terapia del beso en la frente para curar un cáncer, declamando la gran noticia de que la quimioterapia es mala para la salud. Si usted no los recuerda ellos hablaban de no aislar a los SANOS. El concepto SANIDAD que claramente solo ellos conocen. Y manifestaban sin barbijo cuando la mayor parte del pueblo estaba en problemas y ahora que en la provincia se está desregularizando el uso ellos dicen que es momento de usarlo. Bueno algunos de ellos, al menos. Los únicos médicos por la verdad están a dos manos en los hospitales, anónimos y saturados, ganando muy poco y haciendo MUY MUY mucho por lo demás. Carajo.

Bueno, disculpen este tono y el muy muy mucho, y estas palabras. Pero al oír a Doña Hermosa decirme lo bueno que pudiera ser elegir, el derecho indeclinable que tendría que ser elegir se me voló la cabeza. Tenemos un país donde muy pocos eligen algo, muy pocos. Y no es culpa de Alberto esto. Es culpa de los Macri, los Clarín, Los Larreta y en el caso de la pandemia de todos estos seudocientíficos fachos que apoya y usan a la gente.
Ellos son personas que van siempre de ruta a ruta, y el pueblo argentino, el pueblo del mundo, los niños del pueblo, nuestros niños, son los que se quedan en el medio. Siempre. El padre Angelelli definió Pueblo como aquel que no explota y que lucha contra la explotación. No alcanza con no-explotar. Y aunque ya es algo reciclar tu latita de cerveza y el plástico de tu cremona, no alcanza. Por más que abraces a la empleada doméstica y digas a tus amigos que es parte de la familia, ella sólo es la que barre tu mierda por muy poco. Ella está en medio de las rutas de una vida que pende de un hilo y que tal vez no sepa que el hilo se ha roto para siempre. Pero al padre Angelelli lo mataron los milicos más vale. Mi cabeza estaba por colapsar cuando me crucé con Cristian y él me saludó con una sonrisa que hizo que me detenga, por dentro y por fuera me detuve. Y hablamos; y le conté todo, y le conté está crónica que iba a escribir.
-¿Con todo no? –me dijo.
-Con todo –respondí. 
-Entonces gracias –dije- me llamo Pablo.
-Yo Cristian –dijo él—que Dios te acompañe.

Cristian, justamente. Increíble. A veces no puedo elegir casi nada, pero a veces también la vida, la calle, Pilar misma ahora, eligen bien por mí. Eligen Mejor que lo que siempre yo elegí en la vida.

*Este artículo es parte de una saga de crónicas publicadas semanalmente por el escritor Pablo Ramos en el diario www.pilaradiario.com.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Flannery O’Connor y las cosas que hacen a la Gran literatura

 






Escriben Darian Lago y Santiago Asorey

El cuento “La vida que salves puede ser la tuya” de Flannery O’Connor es un acuario donde uno puede ver de qué cosas está hecha la Gran literatura. Esa que conmueve y sacude al lector a pesar de los años que pasaron de la publicación original (publicado en 1971 A Good Man Is Hard to Find and Other Stories) o de la mala traducción al español que se puede encontrar en internet. Los diálogos entre el señor Shiftlet y la Vieja muestran de qué forma las conversaciones en la literatura funcionan como un espejo invertido donde el lector construye un contexto que expresa lo opuesto a los que personas dicen. El genio de O’Connor está en escribir con la conciencia del lector. Acertando en cuales son los elementos que va poner el lector solo con su imaginación. Porque hay cuentos donde el lector también escribe. Algo falta, ¿pero qué? En el cuento una madre le quiere enchufar su hija a un desconocido. A su hija que ve un pájaro y aplaude, a su hija que tan solo se sienta en la tierra y juega con sus pies…y de repente uno se da cuenta: es tonta. Flannery O´Connor no lo dice nunca, pero lo sugiere de tan sutil manera que lo brutal se convierte en bello. Un buen cuento, un gran cuento, es aquel donde uno no sabe lo que está sucediendo hasta que sucede. Escribió John Cheever en sus diarios personales que “una página de buena prosa es aquella donde uno puede oír la lluvia. Una página de buena prosa es aquella donde escuchamos el rugido de una batalla. Una página de buena prosa tiene el poder de hacernos reír. Una página de buena prosa me parece a mí el diálogo más serio que pueden llegar a tener las personas bien informadas e inteligentes a la hora de mantener ardiendo pacíficamente los fuegos de este planeta”. Bueno, O’Connor no solo cumple ese requisito, también construye una obra maestra donde la belleza del texto excede todos los prejuicios morales del lector y nos lleva a una instancia profundamente humana y cruel. El equilibrio y la simetría en la relación de estos personajes, la falta de autocompasión en ellos, el rio subterráneo que los conecta más allá de todas las diferencias, lo convierte en un texto inolvidable. Un texto inolvidable que comienza de la forma más simple posible: un hombre llega. Tiene un sombrero en la cabeza, una caja de herramientas en la mano, y sobre él brilla el sol. Listo. No se necesitan mecanismos espectaculares ni trampas literarias para fabricar un contexto. Como en “Visor” de Carver, donde un hombre golpea a la puerta, o como en “Bouchard y Péuchet”, de Flaubert, donde dos hombres se sientan al mismo tiempo en el mismo banco. ¿Simple? Tal vez, pero solo en apariencia. Porque a partir de ahí el escritor deberá arremangarse para convencernos a nosotros, lectores, de que un mundo, al menos un mundo, se va a sacudir con la llegada de un hombre, con un golpe en la puerta. “La vida que salves puede ser la tuya” es una obra de arte construida con muy poco, un rancho, una vieja, su hija, y así nos enseña que la Gran literatura, esa de la que hablamos, le otorga a una flor la fuerza de un paisaje.


Flannery O’Connor
(Savannah, Georgia, 1925-1964)


La vida que salvéis puede ser la vuestra

      La vieja y su hija estaban sentadas en el porche cuando por primera vez apareció el señor Shiftlet por el camino. La anciana se deslizó hacia el borde de la silla e inclinó el cuerpo protegiéndose los ojos del sol hiriente con una mano. La hija no veía cuanto ocurría a lo lejos, de modo que continuaba jugando con los dedos. Aunque la anciana vivía sola en ese lugar desolado con su hija y jamás había visto al señor Shiftlet, supo, aun en la distancia que mediaba, que se trataba de un vagabundo, y que no representaba ningún peligro. El hombre llevaba recogida la manga izquierda del abrigo para mostrar que sólo tenía medio brazo y su escuálida figura se inclinaba levemente hacia un lado como si la brisa lo empujara. Llevaba un traje negro y un sombrero de fieltro marrón levantado sobre la frente y caído en la nuca, y una caja de herramientas de hojalata que sostenía del asa. Caminaba a paso lento por el sendero, con el rostro vuelto hacia el sol, que parecía balancearse en la cima de una pequeña montaña.
      La vieja no cambió de posición hasta que él estuvo casi dentro del patio; entonces se levantó y apoyó una mano cerrada en un puño en la cadera. La hija, una muchacha grandota con un vestido corto de organdí azul, lo vio de pronto y dio un respingo; comenzó a patear y a señalar y a emitir sonidos inarticulados y exaltados.
      El señor Shiftlet se detuvo justo dentro del patio, dejó la caja en el suelo y se tocó el ala de sombrero para saludar a la joven como si esta se comportase normalmente; luego se volvió hacia la anciana y se lo quitó. Sus cabellos, morenos, largos y lacios, caían lisos a ambos lados desde una raya al medio hasta la punta de sus orejas. La frente le cubría más de la mitad del rostro que terminaba de pronto, con las facciones apenas proporcionadas, en unas mandíbulas prominentes como una trampa de acero. Parecía un hombre joven, pero tenía el aspecto de serena insatisfacción del que está de vuelta de todo.
      —Buenas tardes —dijo la anciana. Tenía el tamaño de un poste de cedro de la cerca y llevaba un sombrero gris de hombre muy calado.
      El vagabundo se quedó mirándola sin decir nada. Giró sobre sus talones y se volvió hacia la puesta de sol. Abrió lentamente ambos brazos, el que tenía entero y el corto, para abarcar entre ellos una extensión del cielo y su figura formó una cruz mutilada. La anciana lo observó con los brazos cruzados sobre el pecho como si ella fuera la dueña del sol. La hija contemplaba la escena, con la cabeza echada hacia delante, y sus manos pendían, gordas e inútiles, de las muñecas. Tenía el cabello largo y dorado, y los ojos tan azules como el cuello de un pavo real.
      El señor Shiftlet permaneció casi cincuenta segundos en esa posición, luego recogió su caja, se acercó al porche y se dejó caer en el primer escalón.
      —Señora —dijo con firme voz nasal—, daría una fortuna por vivir donde pudiera ver el sol hacer esto todas las tardes.
      —Lo hace todas las tardes —repuso la vieja, y se volvió a sentar.
      La hija también se sentó y observó al hombre con una mirada furtiva y precavida, como si fuese un pajarraco que se hubiese acercado demasiado. Él se ladeó, hurgó en el bolsillo de su pantalón y en un instante sacó un paquete de chiles y le tendió uno. Ella lo cogió, lo desenvolvió y comenzó a mascarlo sin quitarle los ojos de encima. El hombre ofreció otro a la anciana, pero ésta levantó su labio superior para indicar que no tenía dientes.
      La pálida y aguda mirada del señor Shiftlet ya había revisado todo cuanto había en el patio —la bomba cerca de la esquina de la casa y la alta higuera donde tres gallinas se preparaban para dormir— y desplazó la mirada hacia el cobertizo, donde vio la parte trasera y aherrumbrada de un automóvil.
      —¿Conducen ustedes? —preguntó.
      —Ese coche no s’ha movío en los últimos quince años —respondió la vieja—. El día que murió mi marido, dejó de moverse.
      —Ya na es como antes, señora. El mundo está casi podrío.
      —Tiene razón —convino ella—. ¿Es usted de por aquí?
      —Tom T. Shiftlet —murmuró mirando los neumáticos.
      —Mucho gusto en conocerle —dijo la anciana—. Lucynell Crater, y la hija, Lucynell Crater. ¿Qué hace usté por aquí, señor Shiftlet?
      Él juzgó que el coche debía de ser un Ford de 1928 o 1929
      —Señora —dijo, y se volvió hacia ella para dedicarle toda su atención—, permítame decirle algo. Hay un doctor en Atlanta que cogió un cuchillo y sacó el corazón humano, el corazón humano —repitió, inclinándose hacia ella—, del pecho de un hombre y lo sostuvo en la mano —y extendió la mano, con la palma hacia arriba, como si aguantara el leve peso de un corazón humano— y lo estudió como si fuera un polluelo de un día, y, señora —dijo e hizo una larga pausa dramática durante la cual adelantó la cabeza y sus ojos de color de arcilla brillaron—, ese hombre no sabe más qu’ustedes o que yo acerca d’eso.
      —Es verdá —dijo la anciana.
      —Vaya, si cogiera ese cuchillo y cortara todas las puntas del corazón, todavía no sabría más qu’ustedes o que yo, se lo aseguro. ¿Qué s’apuestan?
      —Na —respondió la anciana sabiamente—. ¿De dónde viene, señor Shiftlet?
      Él no contestó. Metió la mano en el bolsillo y sacó un saquito de tabaco y un estuche de papel de fumar; lió un cigarrillo con destreza, a pesar de hacerlo con una sola mano, y se lo puso bajo el labio superior. Luego sacó una caja de cerillas de madera y prendió una en la suela de su zapato. La mantuvo encendida como si estudiase el misterio de la llama mientras ésta descendía peligrosamente hacia su piel. La hija empezó a alborotar y a señalar la mano del hombre y a agitar un dedo ante él, pero justo cuando la llama estaba a punto de quemarle se inclinó con la mano ahuecada sobre el fósforo como si fuera a prender fuego a su nariz y encendió el cigarrillo.
      Lanzó al aire la cerilla apagada y expulsó una bocanada gris en el atardecer. Su cara adoptó una expresión taimada.
      —Señora —dijo—, hoy día la gente hace cualquier cosa. Puedo decirle que me llamo Tom T. Shiftlet y que vengo de Tarwater, Tennesse, pero usted nunca m’había visto antes, así que ¿cómo sabe que no estoy mintiendo? ¿Cómo sabe que no soy Aaron Sparks, de Singleberry, Georgia, o cómo sabe que no soy George Spèeds, de Lucy, Alabama, o cómo sabe que no soy Thomson Bright, de Toolafalls, Mississippi?
      —No sé na d’usté —musitó la anciana, fastidiada.
      —Señora, a la gente no l’importa cómo se le miente. Tal vez lo mejor que puedo decirle es que soy un hombre, pero, dígame, señora —añadió e hizo una pausa y su tono se tornó aún más lúgubre—, ¿qué es un hombre?
      La anciana empezó a pelar una semilla.
      —¿Qué lleva en esa caja d’hojalata, señor Shiftlet? —preguntó.
      —Herramientas —respondió echándose hacia atrás—. Soy carpintero.
      —Bueno, si viene aquí pa trabajar, podré darle comida y un lugar pa dormir, pero no puedo pagarle. Se lo advierto antes de que empiece.
      No hubo una respuesta inmediata ni ninguna expresión especial en el rostro del hombre. Se apoyó contra el madero que sostenía el tejado del porche.
      —Señora —dijo con lentitud—, p’algunos hombres ciertas cosas significan más qu’el dinero.
      La anciana se meció en su silla sin hacer comentario alguno y la hija observó el gatillo que subía y bajaba en la garganta del señor Shiftlet. Este dijo a la anciana que el dinero era lo único que interesaba a la gente, pero que él no sabía para qué estaba hecho el hombre. Le preguntó si el hombre estaba hecho para el dinero o para qué. Le preguntó si sabía para qué estaba hecha ella, pero la anciana no contestó y siguió meciéndose y se preguntó si un hombre con un solo brazo podría colocar un tejado nuevo en la casita del jardín. Él hizo muchas preguntas que ella no contestó. Le explicó que tenía veintiocho años y que había hecho muchas cosas en la vida. Había sido cantor de gospel, capataz en el ferrocarril, ayudante en una casa de pompas fúnebres y había estado tres meses en la radio con Uncle Roy y los Red Creek Wranglers. Contó que había luchado y dado su sangre en las Fuerzas Armadas de su país y visitado todas las tierras extranjeras, y en todas partes había visto gente a quien no le importaba si hacían las cosas así o asá. Dijo que a él no le habían criado de esa manera.
      Una luna gorda y amarilla apareció en las ramas de la higuera como si fuera a dormir allí con las gallinas. Dijo que un hombre debía ir al campo para ver el mundo entero y que ojalá viviera en un lugar tan desolado como ese, donde todas las tardes pudiera ver ponerse el sol como Dios lo había ordenado.
      —¿Está casao o soltero? —preguntó la anciana.
      Hubo un largo silencio.
      —Señora —dijo él al final—, ¿dónde se puede encontrar una mujer inocente hoy día? Yo no andaría con la escoria que puedo recoger.
      La hija estaba muy encorvada, con la cabeza casi inclinada sobre las rodillas, observándolo a través de una puerta triangular que había hecho con su cabello; de pronto cayó al suelo y comenzó a lloriquear. El señor Shiftlet la enderezó y la ayudó a sentarse de nuevo en la silla.
      —¿Es su hija? —preguntó.
      —La única que tengo —respondió la anciana—, y es la criatura más dulce de la tierra. No la dejaría por na del mundo.Y además es lista. Barre, guisa, hace la colada, da de comer a las gallinas y trabaja con el azadón. No la dejaría ni por un cofre de joyas.
      —No —dijo él con tono afable—, no deje que ningún hombre se la lleve.
      —El hombre que venga por ella —afirmó la anciana— tendrá que quedarse por aquí.
      En la oscuridad, los ojos del señor Shiftlet se habían quedado fijos en el parachoques del automóvil que destellaba en la distancia.
      —Señora —dijo alzando el brazo corto como si pudiera señalar con él la casa, el patio y la bomba—, no hay na roto en esta plantación que no pueda arreglar, hasta con un brazo inútil. Soy un hombre —agregó con dignidad— aun cuando no esté entero. ¡Yo poseo —dijo tabaleando con los nudillos sobre el suelo para subrayar la inmensidad de lo que iba a decir— una inteligencia moral! —y su rostro atravesó la oscuridad hacia un rayo de luz que escapaba por la puerta y se quedó mirando a la anciana como si a él mismo le sorprendiera esa verdad imposible.
      Ella no se dejó impresionar por la frase.
      —Le he dicho que puede quedarse y trabajar a cambio de comida —dijo—, si no l’importa dormir en ese coche.
      —Señora —dijo él con una sonrisa de satisfacción—, ¡los antiguos monjes dormían en sus ataúdes!
      —No estaban tan avanzados como nosotros —repuso la anciana.
      
      A la mañana siguiente empezó a trabajar en el tejado de la casita del jardín, mientras Lucynell, la hija, sentada sobre una piedra, lo observaba. Apenas había transcurrido una semana de su llegada al lugar cuando los cambios que había hecho ya podían apreciarse. Había arreglado las escaleras de la entrada y de la parte de atrás, construido un nuevo corral para los cerdos, reparado una cerca y enseñado a Lucynell, que era por completo sorda y nunca había pronunciado una palabra en su vida, a decir la palabra “pájaro”. La chica grandota de rostro sonrosado lo seguía a todas partes, diciendo “bbbbbbbiiiiirrrd” y dando palmas. La vieja los observaba a cierta distancia, secretamente contenta. Se moría de ganas de tener un yerno.
      El señor Shiftlet dormía en el duro y angosto asiento trasero del automóvil, con los pies saliendo por la ventanilla. Tenía su navaja de afeitar y un bote con agua sobre una caja que le servía de mesita de noche, había colocado un pedazo de espejo sobre la luna trasera y colgaba cuidadosamente la chaqueta de una percha que había puesto en una de las ventanillas.
      Al caer la tarde se sentaba en las escaleras y hablaba mientras la anciana y Lucynel se mecían vigorosamente en sus sillas, cada una a un lado. Las tres montañas de la anciana se alzaban negras contra el cielo azul oscuro y de vez en cuando recibían la visita de varios planetas y de la luna después de que esta abandonaba a las gallinas. El señor Shiftlet señaló que había mejorado la plantación porque se había interesado personalmente por ella. Dijo que hasta iba a hacer funcionar el automóvil.
      Había levantado el capó y estudiado el mecanismo, y dijo que podía afirmar que el coche lo habían fabricado en esa época en que realmente sabían fabricarlos. “Ahora —dijo—, un hombre coloca un tornillo y otr’hombre coloca otro tornillo, y entonces tienes un hombre por cada tornillo. Por eso debes pagar tanto por un coche: estás pagando a todos esos hombres. En cambio, si tuvieras que pagar a un solo hombre, podrías conseguir un coche más barato y en el que s’ha puesto un interés personal, y sería un coche mejor”. La anciana estuvo de acuerdo con él en que así debería ser.
      El señor Shiftler aseguró que el gran problema del mundo era que a nadie le importaba nada ni se paraba un momento a preocuparse por las cosas. Dijo que nunca hubiera podido enseñar una palabra a Lucynell si no se hubiera preocupado y dedicado el tiempo necesario.
      —Enséñele a decir otra cosa —dijo la anciana.
      —¿Qué quiere que diga? —preguntó el señor Shiftlet.
      La sonrisa de la vieja era amplia, desdentada e insinuante.
      —Enséñele a decir “querido” —respondió.
      El señor Shiftlet ya sabía lo que ella tenía en la mente.
      Al día siguiente empezó a trabajar en el automóvil y al atardecer le dijo que si ella compraba una correa de ventilador lo haría funcionar.
      La anciana dijo que le daría el dinero.
      —¿Ve a esa chica? —le preguntó señalando a Lucynell, que estaba sentada en el suelo a menos de un metro, mirándolo, los ojos azules aun en la oscuridad—. Si alguna vez un hombre se la quisiera llevar, yo le diría: “¡No hay hombre en la tierra que pueda arrancar de mi lado a esta dulce niña!”, pero si él me dijera: “Señora, no me la quiero llevar, la quiero aquí”, yo le diría: “Señor, no tengo na que reprocharle. Yo no dejaría pasar la oportunidad de tener un hogar y conseguir a la joven más dulce del mundo. No es usté tonto”. Eso le diría.
      —¿Qué edad tiene? —preguntó el señor Shiftlet como de pasada.
      —Quince o dieciséis —respondió la vieja. La muchacha rondaba los treinta años, pero debido a su inocencia era imposible adivinarlo.
      —Sería una buena idea pintarlo también —observó el señor Shiftlet—. No querrá que se cubra de herrumbe.
      —Ya veremos —repuso la anciana.
      
      Al día siguiente se encaminó hacia el pueblo, donde adquirió las piezas que le hacían falta y un bidón de gasolina. Avanzada la tarde, unos ruidos ensordecedores escaparon del cobertizo y la anciana salió corriendo de la casa pensando que Lucynell tenía otro ataque. Lucynell estaba sentada sobre una jaula de pollos dando golpes con los pies y gritando: “bbbbbbiiiiiird, bbbbiiiiird”, pero el alboroto que armaba quedaba ahogado por el estruendo del automóvil. Tras una descarga de explosiones, emergió del cobertizo, majestuoso e imponente. El señor Shiftlet estaba sentado al volante, muy tieso. Tenía una expresión de seria modestia, como si hubiera resucitado a un muerto.
      Esa noche, meciéndose en el porche, la anciana fue derecha al grano.
      —Quiere usté una mujer inocente, ¿no es así? —preguntó, comprensiva—. No quiere saber na de la escoria.
      —Así es, señora.
      —Una que no hable —continuó ella—, que no le conteste ni diga palabrotas. Se merece usté esa clase de mujer. Allí está —y señaló a Lucynell, que estaba sentada con las piernas cruzadas en la silla y se cogía los pies con las manos.
      —Así es —admitió él—. No me daría ningún problema.
      —El sábado —dijo la anciana—, usté, ella y yo iremos en coche al pueblo y se casarán.
      El señor Shiftlet cambió de posición en la escalera.
      —No me puedo casar en este momento —repuso—. To lo que uno quiere hacer requiere dinero y yo estoy sin blanca.
      —¿Pa qué necesita el dinero? —preguntó la vieja.
      —Hace falta dinero —respondió él—. Hoy día hay gente que hace las cosas de cualquier manera, pero, según yo lo veo, nunca me casaría con una mujer a la que no pudiera llevar de viaje como si ella fuese alguien. Quiero decir, llevarla a un hotel y agasajarla. No me casaría con la duquesa de Windsor —añadió con firmeza— a menos que la pudiera llevar a un hotel y darle de comer algo bueno. M’educaron d’esa manera y no hay na que yo pueda hacer al respecto. Mi madre m’enseñó cómo debía comportarme.
      —Lucynell ni siquiera sabe que’es un hotel —musitó la anciana—. Escuche, señor Shiftlet —dijo inclinándose hacia delante—, conseguirá usté un hogar y un pozo d’agua profundo y la muchacha más inocente de la tierra. No necesita dinero. Le voy a decir algo: no hay lugar en el mundo pa un hombre vagabundo, pobre, mutilado y sin amigos.
      Las desagradables palabras se posaron en la cabeza del señor Shiftlet como una bandada de águilas en la copa de un árbol. No dijo nada de inmediato. Lió un cigarrillo, lo encendió y luego habló con voz serena.
      —Señora, un hombre está dividido en dos partes, cuerpo y espíritu.
      La vieja apretó las encías.
      —Un cuerpo y un espíritu —repitió él—. El cuerpo, señora, es como una casa: no va a ningún lao; pero el espíritu, señora, es como un automóvil: siempre está en movimiento, siempre…
      —Escuche, señor Shiftlet —repuso ella—, mi pozo nunca se seca y mi casa está siempre caldeada en invierno y no hay ninguna hipoteca en este lugar. Puede ir al juzgado y comprobarlo. Y allá, en el aquel cobertizo, hay un buen coche —preparó el cebo con cuidado—. P’al sábado lo puede tener usté pintao. Yo pagaré la pintura.
      En la oscuridad, la sonrisa del señor Shiftlet se estiró como una serpiente cansada que se despierta al lado del fuego. Al cabo de un instante, se repuso y dijo:
      —Tan sólo digo qu’el espíritu d’un hombre es más importante pa él que cualquier otra cosa. Tendría que llevar de viaje a mi esposa un fin de semana sin reparar en gastos. Debo obedecer lo que me indica mi espíritu.
      —Le daré quince dólares pa un viaje de fin de semana —dijo la vieja con tono desabrido—. Es lo único que puedo hacer.
      —Eso apenas servirá pa pagar la gasolina y el hotel —repuso él—. No llegaría pa la comida délla.
      —Diecisiete cincuenta —dijo la anciana—. Es to lo que tengo, así qu’es inútil que trate de exprimirme. Puede llevarse la comida d’aquí.
      El señor Shiftlet se sintió profundamente herido por la palabra “exprimir”. No albergaba la más mínima duda de que ella tenía más dinero cosido al colchón pero ya le había dicho que no le interesaba su dinero.
      —Procuraré que eso alcance —repuso, y se retiró zanjando así las negociaciones con la anciana.
      El sábado, los tres fueron al pueblo en el automóvil, cuya pintura aún no se había secado, y el señor Shiftlet y Lucynel se casaron en el juzgado con la anciana como testigo. Cuando salieron, el señor Shiftlet comenzó a estirar el cuello. Parecía malhumorado y resentido, como si lo hubiesen insultado mientras alguien le sujetaba.
      —Esto no m’ha gustado —dijo—. No es más que algo que una mujer hace en una oficina, sólo papeleo y análisis de sangre. ¿Qué saben de mi sangre? Si me sacaran el corazón y lo cortaran en pedazos, no sabrían na de mí. No m’ha gustao na.
      —S’ha cumplío la ley —dijo la anciana con aspereza.
      —La ley —replicó el señor Shiftlet, y escupió—. Es la ley lo que no me gusta.
      Había pintado el coche de verde oscuro con una franja amarilla bajo las ventanillas. Los tres se sentaron en el asiento delantero y la anciana comentó:
      —¿No está guapa Lucynell? Parece una muñeca.
      Lucynell llevaba un vestido blanco que su madre había desenterrado de un baúl y se tocaba con un sombrero panamá con una ramita de cerezas rojas en el ala. De vez en cuando su expresión plácida cambiaba a causa de algún pensamiento travieso como un brote de verde en el desierto.
      —¡Se lleva usted una joya! —dijo la anciana.
      El señor Shiftlet ni siquiera le dirigió la mirada.
      Volvieron a la casa para dejar a la anciana y coger la comida de aquel día. Cuando estuvieron listos para partir, ella se quedó al lado de la ventanilla del coche con los dedos cerrados sobre el vidrio. Las lágrimas comenzaron a brotar de las comisuras de sus ojos y a rodar por las sucias arrugas de su rostro.
      —Nunca m’he separao d’ella dos días —dijo.
      El señor Shiftlet puso el motor en marcha.
      —Y no se la daría a ningún hombre, a excepción d’usté, porque he visto que actúa como es debido. Adiós, querida —añadió aferrándose a la manga del vestido blanco. Lucynell la miró y no pareció verla. El señor Shiftlet hizo avanzar el coche y la vieja tuvo que sacar la mano.
      Era un mediodía claro, cálido, rodeado de un cielo azul pálido. A pesar de que el automóvil no podía ir a más de cincuenta kilómetros por hora, el señor Shiftlet se imaginó fantásticas subidas y bajadas y curvas cerradas, que solo estaban en su cabeza, y se olvidó de la amargura de la mañana. Siempre había deseado un coche pero nunca había podido comprarlo. Conducía muy deprisa porque quería llegar a Mobile al anochecer.
      De vez en cuando interrumpía sus pensamientos el tiempo suficiente para mirar a Lucynell sentada a su lado. Se había comido el almuerzo tan pronto como partieron y ahora arrancaba las cerezas del sombrero y las arrojaba una a una por la ventanilla. Él se sintió deprimido a pesar del coche. Había conducido unos ciento sesenta kilómetros cuando decidió que ella debía de tener hambre de nuevo y, al legar a un pueblecito, estacionó frente a un local pintado de color aluminio llamado The Hot Spot, la llevó dentro y pidió para ella un plato de jamón y sémola. El viaje la había adormecido y, tan pronto como se sentó en el taburete, descansó la cabeza sobre la barra y cerró los ojos. En The Hot Spot no había nadie más que el señor Shiftlet y el muchacho tras la barra, un joven pálido con un trapo grasiento al hombro. Antes de que le sirviera la comida ella ya estaba roncando suavemente.
      —Dáselo en cuanto se despierte —dijo el señor Shiftlet—. Lo pagaré ahora.
      El muchacho se inclinó hacia ella, miró el cabello largo de un dorado rojizo y los ojos dormidos entrecerrados. Luego levantó la vista y miró al señor Shiftlet.
      —Parece un ángel de Dios —murmuró.
      —Estaba haciendo autostop —explicó el señor Shiftlet—. No puedo esperar. Tengo que llegar a Tuscaloosa.
      El muchacho se inclinó de nuevo y con sumo cuidado tocó con un dedo una hebra de pelo dorado. El señor Shiftlet partió.
      Se sentía más deprimido que nunca mientras conducía solo. El atardecer se había vuelto caluroso y sofocante y el campo era ahora llano. En el cielo, a lo lejos, se preparaba una tormenta muy lentamente y sin truenos, como si se dispusiera a drenar todas las gotas de aire de la tierra antes de caer. Había momentos en los que el señor Shiftlet prefería no estar solo. Además, pensaba que un hombre con automóvil tenía responsabilidades para con los demás y se mantuvo alerta por si veía a alguien haciendo autoestop. De vez en cuando, veía letreros que rezaban: CONDUZCA CON CUIDADO. LA VIDA QUE SALVE PUEDE SER LA SUYA.
      La angosta carretera descendía a ambos costados hacia campos secos, y aquí y allá surgían en un claro casuchas y alguna que otra gasolinera. El sol comenzó a ponerse justo delante del coche. Era una bola rojiza que, a través del parabrisas, parecía levemente chata en las partes superior e inferior. Vio a un chico vestido con un mono y un sombrero gris parado en el arcén, aminoró la marcha y se detuvo a su lado. El muchacho no tenía el pulgar levantado, tan sólo estaba plantado allí, pero llevaba una maletita de cartón y el sombrero puesto de una manera que indicaba que se iba para siempre de algún lugar.
      —Hijo —dijo el señor Shiftlet—, veo que quieres viajar.
      El muchacho no dijo ni que sí ni que no, pero abrió la portezuela y se sentó, y el señor Shiftlet empezó a conducir. El chico tenía la maleta en el regazo y los brazos cruzados sobre ella. Volvió la cabeza hacia la ventanilla, sin mirar al señor Shiftlet. Este se sintió angustiado.
      —Hijo —dijo al cabo de un minuto—, tengo la mejor madre del mundo, así que supongo que debes de tener la segunda mejor.
      El muchacho le dirigió una rápida mirada oscura y acto seguido volvió de nuevo el rostro hacia la ventana.
      —No hay na más dulce —continuó el señor Shiftlet— que la madre d’uno. M’enseñó las primeras oraciones sobre sus rodillas, me dio amor cuando nadie lo hacia, me dijo lo que estaba bien y lo que no, y veló para que yo hiciera las cosas bien. Hijo —añadió—, ningún día de mi vida he lamentao tanto como aquel en que abandoné a mi madre.
      El muchacho se removió en el asiento pero no miró al señor Shiftlet. Descruzó los brazos y puso una mano sobre la manija de la puerta.
      —Mi madre era un ángel de Dios —prosiguió el señor Shiftlet con voz crispada—. Él la trajo del cielo y me la dio y yo la abandoné —sus ojos se nublaron al instante con un velo de lágrimas. El automóvil apenas se movía.
      El muchacho se volvió con rabia en el asiento.
      —¡Vete a la mierda! —gritó—. ¡Mi vieja es una bolsa de piojos y la tuya es una zorra apestosa! —y tras esto abrió la portezuela y saltó con su maleta a la cuneta.
      El señor Shiftlet quedó tan sorprendido que condujo lentamente unos cincuenta metros con la puerta todavía abierta. Una nube exactamente del mismo color que el sombrero del muchacho y en forma de nabo había descendido sobre el sol, y otra, de aspecto más feo, se agazapó detrás del coche. El señor Shiftlet sintió que toda la podredumbre del mundo iba a tragárselo. Levantó el brazo y lo dejó caer sobre el pecho.
      —¡Oh, Señor! —rezó— ¡Aparece y limpia este mundo de las porquerías!
      El nabo continuó descendiendo lentamente. Unos minutos más tarde, sonó de atrás, como una risotada, el estruendo de un trueno y unas gotas de lluvia fantásticas, como tapas de latas, se estrellaron contra la parte posterior del coche del señor Shiftlet. Se apresuró a pisar el acelerador y con el muñón fuera de la ventanilla corrió contra la lluvia galopante hasta Mobile.